Boletín semanal con la obra de Fernando González Ochoa
Los negroides (1936) — Decimosexta y última entrega
Los negroides
(Ensayo sobre la Gran Colombia)
Uno de los mayores bienes es la soledad, pero huimos de ella; el que no tiene hijos busca perros y gatos; el que no tiene necesidades se las crea. Bello es el impulso del hombre; esencialmente es hacia la plenitud, pero todos vamos por caminos torcidos. Algo hay misterioso en esa historia del pecado original.
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Muchos tropiezos tienen los idealistas, porque obran suponiendo que hay algo tras las apariencias.
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He recibido ofensa grave. ¡¡Paciencia!! Esto aprendí hoy.
(Se repite en mi mente el drama imbécil, al copiar estos pensamientos hoy, abril de 1936.
Ahí reveo al Cónsul suramericano, comiendo lechugas, solo en su mesa, esperando vanamente a la que deseó dominar, llamando esto, en términos del Padre Ignacio, convertir. Como el dominado era él; como estaba cometiendo gravísimo pecado de deleite sensual, de ahí la algarabía de los pensamientos anteriores acerca de no meterse en otras almas, la soledad y otras cosas de “La Compañía”.
Reveo al consulito. Pidió vino... Salió semiembriagado, solo, metido en su balandrán, por la calle Veinte de Septiembre, pensando en la maldad europea, atisbando recogecabos, para criticarlos; atisbando mujeres hermosas para insultarlas mentalmente... Un verdadero jesuita soltado era ese consulito, jesuita que renegó de “las cautelas” del Padre Ignacio, que siempre deben llevarse en el bolsillo, a saber: no tocar; no mirar a las mujeres; doblegar los sentidos.
La muchacha florentina no quiso convertirse, es decir, dejar que un suramericano perverso esclavizara sus piernas elásticas de 19 años, sus pechos puntudos y su alegría de vivir. La soberbia de este jesuita lo arrastraba a criticar a toda Europa, a la primavera, porque ella no se convirtió por el hecho de que él no quiso acostarse y le regaló la moneda con el retrato de “ese Bolívar”.
Reveo a este cónsul-jesuita-soltado: llueve; marcha por la vía XX de Septiembre; subiendo las escalas que conducen a las callejuelas de la parte alta sobre el puerto, divisa en la penumbra a una muchacha alta y fuerte, morena, que le sonríe; sube las escalas tras ella, la alcanza y vuelven juntos; entran a una tienda, compran un pollastre asado y vino y se van a la soledad; él cree que la lleva a convertir; ella habla apenas un dialecto...
Así es como este cónsul-jesuita escribe al día siguiente, antes de partir para Milán, los pensamientos que siguen).
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La maldad europea es asombrosa. Nada humano de valor hay en Italia.
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Puede el hombre no pensar en aquello que le desagrada. Esto se llama facultad de olvido; como todas, puede aumentarse con las disciplinas; tal facultad es la fuente de la beatitud, porque permite no tener en el campo consciente sino las imágenes predilectas. He olvidado lo que me perjudica, lo que me hace sufrir. ¿Se debe pensar, por ejemplo, en la muerte? No, porque agota.
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Cometer error que dure toda la vida es trágico; pero debemos bregar por mitigar las consecuencias: es el único remedio.
A veces, entre dos seres hay tanta diferencia que todo se lo dañan mutuamente, hasta el Cielo.
(Nótese bien la cantidad de remordimiento y de sofismas curativos que hay en estos pensamientos. Medítese y se verá que toda filosofía es terapéutica).
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Esta barbiche italiana es la cochinería mayor que tiene la humanidad. Italia empalaga. No aman a los niños; son capaces de asesinarles. Todo es hiriente; la literatura de los portales y pilastras, ésa de los carteles, cuando viene Starace o cuando se llevan los huesos de la Anita Garibaldi, es igual de ofensiva a los artículos de “El Tiempo”. “Pasa la gloria e pasa la salma e il ricordo d’Anita Garibaldi verso la gloria del Janicolo per volontá del Duce e consenso del popolo”, etc. “Camerate di tutte le arme, camice rosse, camice nere, gloriosi” etc. “L’Italia di Garibaldi nella sua”, etc., etc.
Llevé a Fernandito al arenal del parque Acquasola y se les acercó a jugar a dos niños más grandes, mujer y hombre, y lo amenazaron, le tiraron arena, con ira y odio. Este pueblo es indigno de estimación. Es malo, deforme; los hombres tienen las nalgas muy abajo, las caras como de viciosos solitarios, alargadas, y el pelo largo, y para peinarse echan de un golpe la cabeza para atrás, para arrojar las melenas: es movimiento atroz de pésimo gusto.
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No se ha oído que un italiano haya ejecutado hazañas en la soledad; siempre en grey; de ahí el fascio.
Nota.—Ahí tienen los lectores amigos de la psicología el origen de los juicios humanos: las piernas de una muchacha; las heridas causadas por una muchacha eufórica a un seudo-jesuita que quiso convertirla, por soberbia.
Ahí tienen los moralistas la evidencia de que el hombre no puede librarse de la mujer sino en apariencia y mediante “las cautelas” de mi padre Ignacio. El que mire, el que toque, el que huela y oiga caerá en el pecado de la deshonestidad, para el cual está prometido por Juan un lago de fuego —gehenna ignis— y por Lucas un lugar de tinieblas, locus tenebrarum.
Quien desee salvarse y no verse por las escalinatas que hay en la vía XX de Septiembre, échese al bolsillo “las cautelas”.
Génova, mayo de 1932.
Notas puestas en Envigado, en abril de 1936.
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Fuente:
Los negroides. Medellín, Editorial Bedout S.A., cuarta edición, 20 de mayo de 1976, p.p. 149 - 154. Número total de páginas: 154.
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