Corporación Otraparte

Presentación

Abro la noche

Marzo 22 de 2012

“Abro la noche” de David Marín

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David Marín Hincapié (Colombia, 1990) es estudiante de últimos semestres del pregrado Letras: Filología Hispánica (Universidad de Antioquia). Su libro de poemas en prosa “Abro la noche” (Fundación Arte y Ciencia, 2011), en el que hace un homenaje a la figura ya mítica del poeta francés Arthur Rimbaud, mereció en 2010 la Beca de Creación Poesía Joven de la Alcaldía de Medellín. Del tono que tiene su obra, ha dicho: “Tiene que ver mucho con la forma en que me relaciono con el mundo. Desde niño el silencio siempre ha sido un elemento fundamental en mi vida. El tono reposado, esa especie de quietud lingüística, es ante todo una respuesta a la necesidad del silencio en medio de tanta idiotez sonora. Además, es una manera de encontrarme con el lenguaje en la intimidad. Es la forma en que la individualidad se manifiesta y resiste ante el bullicio. Podría decir que es mi manera de desobedecer al ruido que impone y caracteriza a la sociedad de masas”.

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La edad del sacrificio es la edad de la poesía. La juventud, que devela el mundo con su antorcha victoriosa, chisporrotea por las páginas de este libro. Con los ojos cerrados, el autor se confronta con sus delirios, sus miserias y sus alegrías. Esculca el fuego de los mayores, se arriesga hasta “esa agonía última” buscando su propia voz. En Abro la noche desaparece el verso pero se aviva la poesía. El autor acepta el desafío planteado por Stevenson, según el cual la prueba de fuego de la poesía está en la prosa. Asistimos a una recreación del mundo, pues no puede ser otro el intento del poeta que se sabe abocado a lo inevitable.

Los Editores

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David Marín Hincapié

David Marín Hincapié

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Poemas de David Marín

El gusano

Arthur Rimbaud, recostado en materias deleznables, persigue el ritmo de la respiración. El aire de esta noche es su perpetua búsqueda. Sumergido en la oscuridad, su único deseo es salir corriendo. Ahí está, como la piedra y el metal, el cuerpo tocado por la fiebre. Ahí está el grito sórdido de cada célula. La piel erizada. Pobre muchacho, toma aire para arrebatarle la calma a las estrellas. Aspiras, entonces, el vacío y el silencio. Mueves un ojo y luego otro para beber la imagen. Percibes un leve mascullo del cerebro en la inmensidad de la tierra. A tu mente llega la visión: un campo de rostros apretados, las manos ocultan la boca. Un gusano húmedo y baboso se arrastra por tu pierna derecha. Detrás de él hay una estela azul. Ahora se dirige al ombligo. Penetra la carne lentamente como una verdad tibia. Sientes el ahogo. Invadido por la sensación recuerdas el orgasmo. Los pulmones vuelven a inspirar. El ojo vuelve a abrirse. La piel vuelve a erizarse. Gimes. Miles de gusanos abandonan ese pedazo de cuero que se desinfla y reposa en un montón de huesos.

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La espera

Despierto en ese lugar del silencio. Me oculto en los pliegues del espanto y el deseo de callar. Ojos que pasan y repasan el brillo de un sol negro. Puerta de la noche que se abre al jardín del mutismo. A un lado, un murmullo de hiedra. Al otro una melodía cercana al llanto. Negras y más negras las miradas del ojo que todo lo ve. Mis manos en la piel de las palabras. Humedad, bruma, vapor de locura. Celebración del éxtasis en la punta de los dedos. También de la imagen que inhalo desde la oscuridad. Y de aquella que asciende y se difumina. Me pregunto si habrá algo más después del espejo nocturno. Sé que no hay temblor entre los labios. Es esto una fiesta de la quietud. Alguien debería inmolar el gemido de un veneno que se fermenta en la cabeza. Otro, que ha escuchado, debería cortarse las orejas y arrojarlas hacia atrás en su camino. Un soplo de calma recubre el escollo y el ensueño de la expectativa. Ahí enfrente alguien se espera a sí mismo. Ahora es el instante para comprender que no hay senda ni recorrido. Que la permanencia es un temblor prístino alrededor del fuego nocturno. Que toda espera es abolir la certidumbre.

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La caricia

La muchacha es de costumbres árabes. Sus piernas desnudas traen el brillo del desierto. El cuerpo es una manifestación de seducción que intenta traspasarme. Puedo notar la elongación de sus ojos. Y más allá esa mirada diciéndome: “Tu pasado es fulgor de sensaciones. Eres línea celestial disipada en espanto. En tu piel, más que claridad, encuentro ímpetu, anhelos de salir corriendo por los campos. Eres la eternidad del poema, porque lejos del reconocimiento y la aceptación, tú eres el propio poema. Nadie volverá a leer esos versos de la infancia. Esos balbuceos de la adolescencia. Ya ni tú mismo los recuerdas. Has olvidado las blasfemias, los escándalos del amor y el desamor. La escritura que diste es una selección de hermetismo e ingenuidad. Y de alguna manera se aferra a tu biografía para escapar de la desilusión. Tu palabra no tiene la fuerza de esas ventiscas que te ensimismaban en los bosques franceses. Porque tus revelaciones provenían de esa relación casi mística con la naturaleza. Tus dioses del parnaso te han desterrado de la geografía poética. Te creías ángel rodeado de palomas blancas, cuando eres rebeldía cultivada en los predios del egoísmo y la vanidad. ¿Qué misterio piensas desentrañar, cuando la gangrena te masque y te escupa para devolverte a la nada como una insoportable putrefacción? ¿Qué gemido prorrumpirás cuando huelas a plenitud de bacterias y la sangre te abandone por los orificios que fabriquen los gusanos? ¿Qué ay proferirás cuando la mosca sea el único animal que se te arrime?”. Entonces la tomo por las manos que huelen a jazmín. Una música de panderetas invade mis oídos. Le pido que baile. Escucho los sonidos que producen sus nalgas. Le doy una palmada en ellas y de su boca surge una sonrisa. La muchacha pasa una mano por mi mejilla. Y en esa caricia sus preguntas se han ido de mi mente.

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El rostro

Tu pierna sangra. Tu tiempo va a ningún lado. Porque el tiempo se desperdiga en el goteo. Hay moho en rincones de tu cuerpo. Moverte sería provocar el cauce de líquidos viscosos que te invaden. Estás acostado y a tu lado una ventana deja ver la dimensión del día. Tu rostro es una dolencia que se alimenta de nostalgias. No persigues la salvación porque no hay nada para preservar. Estar en algún lugar de la incertidumbre es estar en los dominios de la muerte, piensas. Miras a cada momento por el ventanal. Hay movimiento en las nubes. Se forma una cadena de ellas y tú descubres allí el signo de la brevedad. Porque el rostro que creías ver se ha convertido en el vuelo de un cuervo. El ave traza el canto y en el puedes escuchar la desesperanza. Prefieres, entonces, cerrar los ojos. Sientes que te surcan intensos dolores. Pero te acoges al reino del silencio y caminas territorios donde la placidez deja de ser una simple sensación. Sabes que no hay cuerpo capaz de soportar el ardor de esta etapa incandescente de la vida. Y mientras terminas de concebir ese pensamiento, te dejas llevar por un soplo que entra y con el cual te sientes curado. Intentas levantarte. Tus huesos traquean como una banca destartalada. El movimiento es un grito que se disipa en gemidos. Es un lamento que recorre la desolación y te lanza, de nuevo, a esa habitación olorosa. Eres ningún sentimiento. Lo sabes porque al entrar en predios de la muerte entras a ningún pensamiento.

Fuente:

Hincapié Marín, David. Abro la noche. Fundación Arte y Ciencia, Medellín, 2011.

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