Corporación Otraparte

Presentación

Obra negra

—Mayo 12 de 2016—

“Obra negra” de Gonzalo Arango

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Presentación a cargo de
Daniel Llano Parra (prologuista)
y Felipe Restrepo David (editor)

Oír grabación del evento

Ver la nota de Camelia y
Danielle en “El Escaparate”:

Daniel Llano Parra es historiador de la Universidad de Antioquia y miembro del Grupo de Investigación en Historia Social (GIHS) de la misma institución. Es autor de “Enemigos públicos - Contexto intelectual y sociabilidad literaria del movimiento nadaísta 1958-1971” (2015).

Felipe Restrepo David es filósofo de la Universidad de Antioquia y magíster en Letras de la Universidad de São Paulo (Brasil). Colabora para la Revista Universidad de Antioquia desde 2005. Ha publicado “Voces en escena: dramaturgia antioqueña” (Fondo Editorial Ateatro Revista, 2008, Beca de Investigación Teatral del Ministerio de Cultura) y “Conversaciones desde el escritorio: siete ensayistas colombianos del siglo xx” (Fondo Editorial Universidad EAFIT, 2008, Beca de Creación Literaria en Ensayo, Alcaldía de Medellín). Actualmente es candidato a doctor en Humanidades en la Universidad de EAFIT (tema de investigación: literatura colombiana de viajes) y editor de planta de la misma institución.

Fondo Editorial Universidad EafitBiblioteca Gonzaloarango - Fondo Editorial Universidad Eafit

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Gonzalo Arango fue un poeta, ensayista y periodista colombiano nacido en Andes, Antioquia, en 1931, y fallecido en un accidente automovilístico en 1976. Su nombre está asociado con la fundación de uno de los movimientos culturales y poéticos más importantes de la literatura colombiana del siglo xx: el nadaísmo. Entre los escritores nadaístas se cuentan Jaime Jaramillo Escobar (x-504), Amílkar Osorio, Eduardo Escobar, Jota Mario Arbeláez y Elmo Valencia. Arango trabajó como periodista en El Espectador y en la revista Cromos. Entre sus libros publicados se destacan: Manifiesto nadaísta (1958), La consagración de la nada (1964), Sexo y saxofón, Prosas para leer en la silla eléctrica (1965), Providencia (1972) y Obra negra (1974). Póstumamente se han publicado otros libros que reimprimen o recogen partes inéditas de su obra, tales como Reportajes (1993) y Teatro (2001). El Fondo Editorial Universidad EAFIT publicó en 2006 Cartas a Aguirre (1953-1965), su epistolario con Alberto Aguirre, y en 2015 Cartas a Julieta, correspondencia enviada por Arango a Julieta González.

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Yo le oí a un amigo, Félix Ángel Vallejo, noticias de un joven que estaba en Cali, un desesperado que le escribía acerca de náuseas por la poesía, la metafísica normal, la novela, y por todo lo humano; que las náuseas eran ya vómito por nuestra universidad, por los maestros y por los personajes de la patria; que ese estado se llamaba Nadaísmo y que eran sinnúmero ya sus compañeros. [...] Inmediatamente viví que eso era una aurora en Suramérica. [...] Sí. Voy a orar por ese joven que se está desnudando, el primogénito en esta América pajosa de complejos coloniales. [...] Luego, un domingo, se me apareció en un café de Envigado, y lo reconocí y fue como si me hubiera llegado yo mismo a mí con los ojos asustados y atisbadores de mis 27 años. Fue una fiesta en mi larguísimo viaje que ni el ojo vio ni el oído oyó y nadie podrá ya borrar ese encuentro.

Fernando González

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La ambigüedad de Gonzalo Arango en torno a la existencia humana lo llevó a redactar, desde 1962, testamentos en los que se despojaba de sí mismo y aseguraba de forma recalcitrante no tener nada qué legar. En el “Testamento” de Obra negra, Arango fue contundente al afirmar que no debía ser tomado en cuenta como un literato ni mucho menos como un intelectual. Después de su muerte aspiraba a pasar desapercibido, estar condenado al olvido o, cuando menos, a ser odiado con furor. Entonces, ¿a qué se debe la respuesta multitudinaria a los eventos programados para evocar su nombre? ¿Cómo descifrar la atracción que aún despierta entre sus lectores? El recuerdo que se conserva de Arango es el del poeta procaz que con calavera en mano incitaba a la ignominia y ofrecía una crueldad redentora. Pero sobre todo, los actos públicos como la quema de libros al frente del Paraninfo de la Universidad de Antioquia en 1958 y el sabotaje del Primer Congreso del Pensamiento Católico de 1959, fueron los que consolidaron su figura profética. Esta reedición es la oportunidad para conocer al profeta que esperaba embellecer el mundo “bajo el rostro del exterminio”, pero también para acercarse a la vida de un poeta a través de sus convicciones y confusiones.

Daniel Llano Parra

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Primer “Manifiesto nadaísta” por Gonzalo Arango

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César o divinidad

Yo pasé por todos los recovecos, las guaridas elegantes, y caí ciego en las trampas del laberinto del sistema aciago.

Aprendiendo a pensar me perdí.

Experimenté todo; deserté de todo.

Me adherí con juramentos a las banderas que luego traicioné, a los credos en que nunca creí.

Desterrado de la razón vagué por los arrabales como un loco perdido. Mi hogar era los extramuros, las ruinas, los nidos de las águilas abandonados, los lechos de los ríos secos.

En las montañas adoré a los bandidos que más tarde injurié.

Las autoridades me abrumaron con su terrible falso poder, hasta el punto de desfallecer con sólo presentir un crimen, el olor de un policía.

Me sublevé, hacha en mano, contra los dogmas humillantes de la dignidad de la vida.

En los jardines del tirano nunca me invitaron a roer el pan del poder, el de la gloria. Me daban a morder, en cambio, el hueso del sacrificio.

El poder era mi sueño, pero en la vida me supo amargo y perecedero: pan de muerte.

De las iglesias me expulsaron con exorcismos de azufre de excomunión, aunque impulsado por un feroz misticismo y un deseo de salvación salvaje, por impetrar perdón me ofrendaba en holocausto para que el humo de la plegaria de mi cuerpo me trajera de la hoguera el aroma de mi condición divina: ¡El Martirio!

Merodeaba en los aleros de los palacios del poder y la riqueza, y canjeaba poemas inspirados por besos adúlteros con mujeres espléndidas. A falta de oro, Judas fue mi preceptor en el sexo.

Poseía todo lo que codiciaba, y después lo traicionaba.

Entregaba mi alma por la clave de un sésamo para espiar en los paraísos eróticos de la aristocracia: carne de carnaval, amaneceres de embriagueces turbias, lujurias grises, el tedio de la incomunicación, la muerte perfumada y desnuda, el horror en el infierno de las delicias.

Después de las orgías pactaba conspiraciones contra cualquier césar o divinidad.

La taberna fue mi templo, mi universidad.

En las antesalas de la gloria mendigué poder, santidad, heroísmo, con la abnegación de un pordiosero. Me rechazaron siempre por mi invencible aire de pureza que descubrían en el fondo de mi satanismo modelo; o en mi rojo aire libre de profeta pirómano por la cólera y la compasión del mundo.

En una edad lejana fui portero de alcobas concubinas en un prostíbulo real. Y, eunucobufón, pecaba con las llaves de oro de la imaginación inventando abracadabras para violar los secretos del sexo de la nobleza. ¡Oh jubilosas lujurias, oh satánicos éxtasis de fornicación!

Mi Gólgota fue la castidad.

En el delirio de la imaginación ascendí a tamborero del Palacio de Justicia. Mi misión era siniestra: ordenar los ajusticiamientos sin derramar una lágrima. Envidiaba el dedo en el gatillo de los fusileros: su mano firme y su corazón helado.

De ahí me trasladaron como censor al Palacio de Bellas Artes. Abrumado de méritos contra la Libertad, fui proclamado verdugo y me ahorqué por el honor de una medalla.

La bandera del Trono se enlutó por mí.

Mis mundos eran subterráneos y sinuosos como los del gusano y el topo. En la noche saltaba de cangrejo a búho. Del búho al ángel me separaba un abismo en el que sembré semillas de redención: un puñado de lujurias marchitas y derrotas frescas.

Arruiné mi vida por enriquecer el ego.

Pasé sin desgarramiento del Corazón de Jesús al comunismo; de las sosas academias a los antros de perdición; de la idolatría al sacrilegio.

De la razón degollada di a luz el Nadaísmo como tabla de salvación para cruzar la noche náufraga del materialismo del siglo, y sobrevivir a sus feroces signos.

Apuré todo lo sagrado como un tintero de veneno purificador, pero la santidad me derrotó con sus primeras espinas.

Me afilié en los bandos malditos y afilé mis garras para la barbarie. En la tensión del arco descubrí que la acción no era mi cielo.

Escapé en un velero perseguido por submarinos atómicos.

Me degradaron en público alegando mi ternura como traición a la patria.

Me rebelé contra el orden opresor que impone los privilegios del poder a los pobres.

Mordí la piedra de la derrota filosofal.

Impotente contra la iniquidad y la inmundicia, me hice bandido político, bandido lógico, y una vez me reventaron como un sapo por no llenar los requisitos de la infamia, máxima virtud de los tiranos.

Asalté los tesoros y repartí el botín entre los terroristas, las prostitutas chancrosas y los criminales en retiro.

Yo no conquistaría ningún cielo, ningún trono, por la virtud. Armado de mis feroces atavismos: el terror y la misericordia, me lancé a la aventura.

Bienaventurados los aventureros porque de ellos serán los tesoros de la Imaginación.

Fue así como derrotado de todo me hice bandido del poema, y un rayo me hirió de luz mientras miraba la gaviota de Providencia sobre una nube color naranja.

Después de tales peripecias hallé el camino al caer al abismo donde me encontré a mí mismo.

Agobiado por la felicidad di el salto a la penúltima fe: ¡El Amor! Forjar en los más altos cielos del ser su trono en la cúpula divina.

Gonzalo Arango

El Monasterio, 1973

Fuente:

Obra negra. Fondo Editorial Eafit / Corporación Otraparte, segunda edición en Colombia, Medellín, abril de 2016, p.p.: 25-28.

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