Corporación Otraparte

Lectura y Conversación

Rafael Patiño Góez

Junio 8 de 2006

"Opera Quinta" de Rafael Patiño Góez

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Rafael Patiño Góez (Medellín, 1947). Poeta, pintor, traductor, bioenergético. Autodidacta, ha trabajado como profesor universitario en áreas tales como francés, inglés, arte cibernético. Colaborador de destacadas revistas y periódicos nacionales e internacionales. Ha traducido poesía de muchos rincones del mundo. Conferencista en el área de medicinas alternativas. Actualmente realiza traducciones, desde el inglés y el francés, del trabajo de algunos poetas invitados al XVI Festival Internacional de Poesía de Medellín así como algunos textos de dramaturgia para el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá. Ha publicado “El Tras-ego del Trasgo, o de las nueces astutas del desastre” (Universidad Pedagógica, Bogotá, 1980), “Clavecín Erótico” (Autoedición, Medellín, 1983), “Libro del Colmo de Luna” (Autoedición, Manizales, 1986), “Canto del Extravío” (Autoedición, Medellín, 1990), “Le Néant Perplexe” (Bilingüe francés-español, Medellín-Québec, 1999”, “Máscaras de Poesía Negra” (Selección y traducción de poetas negros de África y las Antillas, Universidad de Valencia, Venezuela, 2006) y “Opera quinta” (Hombre Nuevo Editores, Medellín, 2006).

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"Opera Quinta" de Rafael Patiño Góez

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Opera quinta de
Rafael Patiño Góez
o los monólogos del
alquimista embrujado

Por Ricardo Cuéllar Valencia

Entonces hablaré...
Sobrepasando las marcas del silencio
Hablaré igual que antaño.
Con mi azagaya cortaré
La panza de la noche
Para que las estrellas hagan recomenzar
Mi escalofrío con su letra.

R. P. G.

En la Colombia de hoy, más que nunca, los extremos en todos los campos, reales e imaginarios, son de una ineludible incapacidad conciliadora, excepto, algunos intentos a los que aspira la política crítica y democrática, desde una evidente acción minoritaria.

La lírica y el realismo en todos sus senderos cuentan, en nuestro país, con bifurcaciones que hacen la historia de la poesía escrita. Pero muy pocos poetas han frecuentado los saberes antiguos de Asía, África, Europa y América. En la modernidad recuerdo dos poetas que asumen elementos, referentes y representaciones de Europa medieval y de Asia: Fernando Arbeláez y Jaime Jaramillo Escobar. Sobre todo el primero es quien frecuenta espacios del imaginario poético oriental. Lo que interesa, ahora, destacar, es no sólo la pretensión universalisadora de los poetas, si no el necesario y renovado enlace con los saberes poéticos milenarios. Al mundo de la alquimia, en dimensiones muy diferentes, han viajado Álvaro Mutis, Fernando Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar, Raúl Henao y Rafael Patiño, entre otros escasos frecuentadores de tan antiguo y secreto saber. Y aún a sus raíces herméticas de orden egipcio. No podemos dejar de pensar en J.L. Borges, Octavio Paz, Ramos Sucre, Olga Orozco, Enrique Molina... Quien ha llegado a fondos insospechados y puesto de nuevo los saberes orientales y sobre todo los heredados de medio oriente, en relación con occidente, en el orden de las preocupaciones modernas, de otra manera, enriquecida, es José Lezama Lima. El poeta cubano crea espacios de un absoluto irremediable, perfecto, dicho en términos poéticos. A muchos espanta y huyen despavoridos. No importa. Lo que nos incumbe enfatizar es que la frecuentación de los saberes antiguos mirados con ojos modernos, con otras configuraciones literarias y formas verbales, lo logran poetas como Henry Michaux. Este poeta belga de lengua francesa retrotrae una gama ineludible de poetas: Artaud, Mallarmé, Lautréamont, Rimbaud, Baudelaire, Nerval... Sin dejar de pensar en los románticos alemanes que fincaron buena parte de sus buscas en los saberes medievales. Y, obvio, más allá de esa frontera.

Los poetas mencionados hacen parte de esa legión de escritores que conforman una tradición que permite la pervivencia de saberes antiguos, mágicos, míticos, esotéricos, alquímicos y surrealistas. No siempre bien vistos y más bien desdeñados. En Colombia ha predominado la poesía lírica, sin dejar de pensar en las cercanías a ciertos ocultos saberes del fundador de la modernidad poética: José Asunción Silva, del malogrado Porfirio Barba Jacob o las alusiones de León de Greiff.

Difícil es buscar y encontrar una filiación directa entre poetas de esta estirpe. Los senderos de acceso siempre son muy particulares y los hallazgos no dejan de ser muy personales. Existe un espacio pleno de símbolos y signos, de imágenes y elementos que los relaciona.

La poesía de Rafael Patiño Góez nace de profundas indagaciones en saberes mimetizados, agazapados en la cultura. Y más allá: detrás de sus espejos. Su pertenencia se inscribe entre lectores selectos, iniciáticos, frecuentadores de mundos propios de la magia, el mito, de la alquimia, el esoterismo, lo barroco americano, las poéticas clásicas, las filosofías herméticas, ciertas retóricas y, claro, todo ello observado desde una mirada surreal, mirada moral que ha aprendido a viajar por los laberintos de la vida, las estancias del amor y el erotismo, los encuentros o aproximaciones con el ser y la poesía.

El mundo de la magia lo recrea desde sus inmersiones en los decisivos trabajos de Carlos Castaneda, especialmente levanta velas desde Las enseñanzas de Juan. A partir allí, las relaciones que devela la mirada poética con las formas de vida y lenguajes de la naturaleza y presencias del cosmos, adquieren para Rafael Patiño, otra dimensión que lo distancia de las tradiciones occidentales y lo acerca a los saberes milenarios americanos.

El diagrama metafórico, desde su primer libro publicado, Clavecín erótico, es fresco y siempre perenne. En la poesía escrita por Rafael las ideas navegan detrás de la insólita metáfora. Primero la metáfora, vida sustantiva de la palabra poética. Uno se encuentra con una pureza sustancial, con una manera inequívoca de ascender a la profundidad de las visiones que se le imponen, evidentemente exactas, desde los triángulos impalpables del ritmo secreto de las palabras que nombra el poema.

Una deleitosa economía verbal juega en precisas imágenes que, en muchos momentos, ponen en jaque el orden lógico del discurso poético tradicional. Se impone la lógica de la irracionalidad como un saber poético. Aquí el conocimiento por los sentidos juega un papel decisivo en la percepción y construcción de las imágenes y metáforas que se despliegan a lo largo de Opera Quinta.

Varios son los momentos que sus indagaciones frecuentan. Uno de esos momentos felices que visita con aguda insaciabilidad es el Deseo, en las florescencias eróticas que le propicia la amada. Desde el comienzo del poemario Opera Quinta de manera deliberada el narrador y la poética se confunden o funden en una sola entonación:

Vivo en la matinée de tu marea
Tejiendo ecos con el pulso en marejadas
Cuando sumo mi sueño en tu hospedaje
Canta mi juglar su tonada
Arropado entre un rubí de la noche

(Matinée en tu marea)

Y el poeta después de cantarle a la musa, Beatriz, “Mi Venus”, escribe en dos líneas su Poética, poética que va más atrás que la del latino Horacio:

Entre el bosque de seda del poema
La altura del árbol habla de una eterna edad.

(Poética)

El mundo erótico de nuestro poeta va más allá de las insulsas vanidades de los sexos y pocos, en realidad, se acercan a él con auténtica creatividad, como lo demanda su sabia y tradicional práctica, lo sabemos literaria y lúcidamente desde Sade, a quien Patiño ha traducido y sobre todo asumido. El poeta no recrea simplemente el gozo erótico, sino que revela el Homus Eróticos en su esplendor:

Ser cuerpo era un festejo,
Gajos de luz abrían heridas en el ojo ebrio,
Yo te decía ven y el cristal
Retrataba tus uñas en mi carne.

Un mástil erguido en mi cuerpo se mecía en tu centro
Y mascullábamos al amanecer nombres equívocos
Bella jeta alzada grupa fruto reverberante
Anillándose en el dedo
Axila donde insulé el olfato de fauno
Universo incendiado entre una leche de lujuria
Abyecto y delicioso empalamiento del amor
.

(Ser cuerpo era un festejo)

Otro de los momentos que Rafael asume como intensamente propio, dada la terrible cotidianeidad que lo rodea en Medellín es la muerte y la guerra que allí cabrestean todo tipo de criminales. Lo singular es que el poeta Patiño las observa como realidades dadas, con metáforas de una exquisita belleza que sacuden nuestra sensibilidad ante esa espantosa e ineludible presencia:

... ...
Mientras también para todos
La guerra germina con la espora del alba
Y toca a la puerta
Bañada por el agua roja
Donde abrevamos día a día nuestra luna.

(Espora del Alba)

Burla de la Parca es un poema largo, de 40 versos, ante la brevedad del verso de Rafael. Relato que da cuanta de cómo poetas y pintores, en diversos momentos, han escapado y huido, de la muerte. Las dos últimas partes llaman la atención por su original forma de consignar lo que se vive en el país, más allá de la simple denuncia y, por lo tanto, se puede escuchar los acordes melódicos que entona la parca y el espasmo que produce su canto:

Apenas ayer y entre clarines y atabales
La guerra se aposentaba en nuestros sueños
Y la muerte se entretenía en las encrucijadas
Igual que un macilento Hamelin
Tocando una melodía irresistible
Que extraviara el radiante desfile de la vida
Hacia mortales precipicios

Y arriba, arriba, en el hiato rodado de las cumbres
Entre el bosque de seda donde duerme el poema
Cuando la muerte circunspecta toca su ocarina
Comprendes que será en vano
Sentirte a salvo en el escondite del pellejo
Algo salta afuera de ti para mirarte
Mientras tu sueño se funde en un sol coagulado

(Burla de la Parca)

El poeta sabe de la realidad de un personaje que con persistencia lo habita y no puede más que darle vida para compartir con él ciertos momentos:

Ahora desayuna sombra
Y pacta augurios con el viento
Vaga entre escrituras de escalpelo
El revés que le narra su llama piel
Ardiendo va,
Embrujado entre tu noche.

(El Alquimista Embrujado)

Una de las palabras clave en el mundo de la magia es fuego, en medio del cual el hechicero invoca y evoca espíritus con los cuales dialoga y ejecuta determinadas acciones como bien lo recuerda la antropología cultural y, de forma esclarecedora, Octavio Paz en El arco y la Lira. El poeta, el brujo y el mago, con los mismos procedimientos, transfiguran la realidad. La parte tres del poemario intitulada como el libro mismo, Opera Quinta, dividido en trece, es cardinal gracias a que en ella nos encontramos con uno de los momentos singulares la poética de Rafael Patiño. Sin manierismo o cultismo que desdibuje la intención creadora nos hallamos con unos versos de nítida poética mágica:

Un clavicordio anda de puntillas por la siesta,
No obstante que de inmediato yo esté de pie
Y la noche venga a acurrucarse entre mis piernas.

Entonces digo de nuevo la palabra fuego,
Su magia vierte aliento sobre la realidad
E incluso la ocultación vira su mimetismo
Dirigiéndose a los verdes bruñidos
Donde mi piel desgarrada silba al viento
Como un estandarte hecho de llamas.

(Opera Quinta lll)

En el cuarto poema de la sección Opera Quinta tres versos son los que logran llegar a una de las más bellas y sabias definiciones del poema, escrita por Rafael Patiño. Primero el poema viviente que el poema escrito y desde la abismal experiencia de la escritura el poema es. Ese espacio de la palabra sin fondo, o la palabra como abismo implica, ineludiblemente, como ya lo indicara Baudelaire, embriaguez. Nuestro poeta concibe el espacio abismal de la palabra con verdadera y renovada alegría:

Mi mano desposa un poema viviente
Desde donde me lanzo al abismo de una palabra
Que mueve su cola mojada con el entusiasmo de un Baco

(Opera Quinta lV)

El poeta para Rafael, además de brujo y mago es un auténtico vampiro:

Cuando el paisaje de mi infancia se esparció
La madre del eco
Me sopesó entre un viento nocturno;

Como un crío feroz de la muerte
Mis dientes crecieron por entonces
Para morder lo eterno
Chupando esta amarga sangre del poema
.

(Infancia del Vampiro)

El tema del celoso fue muy agasajado por algunos poetas románticos, sobre todo españoles, sin olvidar a Shakespeare, el siempre excepcional; hoy en día muy pocos lo retoman, escasamente nuestros mejores románticos, como lo son en ciertos momentos de sus obras, Pablo Neruda y Jaime Sabines. Rafael Patiño el asunto del celoso lo asume con un tono irónico, crítico y revelador que merece destacar. Inicia el poema así:

Si una manada de vuelos comanda la abubilla
El celoso frunce el cejo y estira su delirio;

Si describimos la abubilla entendemos mejor los versos citados. La abubilla es un hermoso pájaro de plumaje rojizo en la parte superior del cuerpo y desde un poco mas arriba de la mitad hacia abajo lo cubren plumas de franjas blancas y negras. La cabeza está engalanada por un gran copete de plumas. Con la imagen de la abubilla como ave viajera, elegantemente hermosa, con su roja cabeza, entre todas las que comanda observamos al celoso mirar ese vuelo al tiempo que frunce el cejo y estira su delirio.Nada más exacto que entender que el celoso se constriñe ante la imagen simbólica que lo desafía, lo que de hecho no logrará más que prolongar su persistente delirio. Continúa el poema.

Su amor nada en la quietud del alabastro
El celoso gira su rueda de hueso:

¿Qué me perderá...? —se pregunta
Acaso el centelleo del joven caucásico
Que me habita entre resuellos...;

—El mastín que ladra en la cantera del ser...
¿Qué cosa anuncia sino la cabeza cercenada del amante?

El amor del celoso transcurre en la quietud que asemeja un alabastro, piedra blanca, translúcida, compacta y maleable. ¿Qué lo puede perder? Su condición de seductor. Le sucede que escuchar, inevitablemente, el potente ladrido del mastín, ese perro guardián, muy leal, grande, que habita los espacios laberínticos del ser, lo conduce como a un ciego y, así, sordamente anuncia la cabeza tirada, cercenada, del amante. Continúa el poema.

El que estruja su nocturno y escurre la mirada
Contra el valladar del día
No tiene a fe del celo ni sueño ni descanso:

Diez jóvenes nadan desnudos
En las oscuras lagunas de sus ojos
Pues el celoso se entretiene en chupar su propia sangre
Mientras copulan los fantasmas
Entre la lava oscura de su suerte
.

El celoso no se tolera en el día o la noche, vive sin descanso. Siempre está dudando del que llega, y tal su obsesión que todo aquel que pasa cerca de su amada es su enemigo o mejor, como lo dice bellamente el poeta: “Diez jóvenes nadan desnudos/ En las oscuras lagunas de sus ojos”. El celoso se consume, infatigable y cruel y mientras los fantasmas realizan sus amatorios festejos, él es el vampiro de su propia suerte.

Lo que con suma belleza plástica y precisas metáforas nos indica el poeta sobre la condición del celoso, el psicoanálisis de manera escueta, seca, científica, afirma que el celoso es un infiel, real o imaginario, de ahí la farsa inconsciente de sus tormentos. He aquí un buen ejemplo de dos maneras, dos caminos, de llegar a verdades fundamentales de la condición humana.

El tema que asume la palabra poética de Rafael Patiño va signado por elipsis, condensaciones de imágenes (metonimias), metáforas herméticas, visiones mágicas y surreales. El poeta sale, con toda evidencia, de los lugares comunes y desde una fogosa imaginación nos ofrece, por ejemplo, delirantes hallazgos de la posesión carnal, para inventarse, inventándola a ella, como una brújula que pierde toda dimensión posible, para arribar, desde lo insólito, a este o aquella orilla. También la desolación y la soledad lo incitan a estas exploraciones.

Como Luis de Góngora y Francisco Quevedo, Rafael Patiño desde la palabra poética crea otras palabras, establece relaciones secretas entre ellas, descubre nuevos sonidos y ritmos por medio de, entre otras técnicas, estallidos sintácticos y choques semánticos. Adjetiva ciertos sustantivos y lo contrario, como una constante en su escritura. Este procedimiento literario es inequívocamente subversivo. Es una poesía que por asumir tales recursos, exige mucho del receptor, más de lo que normalmente se propone la generalidad de los escritores. Ellos, este tipo de poetas, establecen el reto y saben que pocos, muy escasos, serán sus lectores. Ese es el precio de su apuesta.

Las necesidades de decir o desdecir o decir de nuevo los enfrentan a las realidades del lenguaje y esa relación compleja y decisiva en sus buscas, en una lúcida revelación, los conduce a llevar el lenguaje por muy diferentes cauces a los establecidos. Viajan por diversas culturas sin ninguna impunidad, sin ninguna cercanía con la conocida mesura diletante. Una sola palabra clave les basta. La urdimbre se teje y abajo queda la erudita alusión. Así deletrean sus secretas porfías. Se trata de una claridad en permanente batalla con las certezas. La profundidad será una constancia del hallazgo.

En el caso de la escritura poética de Rafael Patiño debe destacarse la insoslayable presencia de lo erótico como un acto que rebasa el deseo carnal —sin dejarlo atrás, por supuesto- y se instala en las ebrias sedas de Deseo, desde el cual es posible y necesario poner en cuestión ciertos asuntos de la cultura, como bien lo han enseñado Bataille, Klossosky y Blanchot, sin olvidar al poeta y ensayista Jorge Gaitán Durán, primer lector de Sade en América Latina, escribió Octavio Paz. Para Patiño el erotismo no se reduce el gozo dado, gracias a que sabe desde sus entrañas fisiológicas y sensibles, mirar el mundo y ponerlo en situación. Un poema en prosa da cuenta de lo que afirmamos, en tanto que es punto de partida de su visión:

Con relámpagos de pupila felina se enciende la pasión erguida como un tótem. Veo aproximarse a tu piel mis dedos ornados por arcos voltaicos.

Entonces apenas si dudo cuando eres una mujer de cabellos rubios que se aproxima y viene a susurrarme un poema cuyo cuerpo de amor quemamos sobre la bóveda celeste. Ella deja que la materia puesta al desnudo muestre sus caminos humeantes de donde se desprende un cuerpo filosófico.

La serpiente visible deja que la serpiente invisible suba hacia la testa para reparar el seso.

(Opera Quinta, Vll)

Otro poema nos coloca en relación con el universo del deseo, ahora equivoco:

Con la forma del bíceps, trono
Desde donde brama la rabia del cuerpo,
Una sombra cava el proyecto de odiarte;
Sin embargo, bisbiseos, ceceos, voces
Y también obcecaciones.
Afuera en la torre solar,
El amor se corrompe.

Lejos, el colibrí claquea su pico,
El ñu enseña a correr a su becerro
Y sustituimos nuestra soledad
Con la equivoca pinza del deseo

(Deseo Equívoco)

El placer posee su lugar exclusivo, siempre variante, no un lugar cualquiera, cada vez que nace la luz matutina. Veamos:

Fresca aún la cicatriz del cielo
La untuosa amiga del placer se desliza a mí,
Yo la doblo en la redoma de mi plexo
—Loados el lingan y el yoni
Cuando el cielo se multiplica
En la pupila ciega de nuestros sexos.

(Kama)

Citemos un poema donde juega el escritor con diversos referentes culturales que sólo un lector eficiente podrá descifrar:

He pensado que debí decir
Hermosa señora del tricornio
Como se refresca tu voz y pensé
En la dama manca de Velásquez...
Creo que he dejado que me destroces, ¡Oh zorra!
Como al muchacho espartano, y lo peor, que
Como el viejo Witoldo hayas hecho
Una coliflor de mi cerebro,
Pero he de escalpar tu piel aceituna
En mi pupila
Insidiosa cómplice del sueño.

(Versión de Señora del Tricornio)

El poeta Patiño, de manera efectiva y constante, frecuenta el universo de la alquimia como un espacio que él asume y consume, en sus eternos espirales, desde los vértices ascendentes de la poesía:

Sobre una tortuga está el ánfora del éter
Entre el ánfora del éter el aire gira
Entre el girar del aire la tierra anida
En el nido de la tierra se empolla el fuego
Con el mensaje del fuego
Sobre la tierra y entre el aire
El agua mueve la vida.

(Danza de los Elementos)

Dos ejemplos de hermetismo son Puente Doce y Palabras Sordas para un Ciego, donde el poeta maldito deja percibir, como en otros poemas, sus más profundas convicciones. La última parte del libro, Opera Quinta, es una travesía por secretos muy recónditos de su pulso poético fúrico, que los lectores eficientes deberán deletrear. En la parte final nos encontramos con auténticas alucinaciones que lo relacionan con ciertas obras de Michaux, sin olvidar los aprendizajes en Las enseñanzas de don Juan. Su personal experiencia alucinógena le permite escribir, por ejemplo:

Oigo bostezos de flor
¡Noche crustácea
Crepitando en piel de nácar
!

El conocimiento por los abismos, desde la alucinación que propicia la mezcalina, es una de los más complejos en tanto que exige un reordenamiento general de los sentidos, de sus tácticas y estrategias, los cuales llegan a percibir más allá de lo que la mirada de la razón hace posible. Patiño registra en varios poemas esa forma de alto conocimiento, reservada para pocos. Recuerdo como antecedente, en Colombia, diversos poemas de Carlos Bedoya.

Un singular poema cierra el libro que podríamos señalar como el que cifra sus combates con la palabra, el encuentro con sus luces fluorescentes y las relaciones intimas que entabla, en la obra escrita, con la tradición europea y americana; sobre todo, la música que hace florecer y habita su poesía y se explaya mágicamente en su arte poética:

Madama Musiquela haciolada dalo tardo
Entro al-mizcla-Do Dulz-ay-no!
Carcaj-é voz-queja el Bosco
Lo-más-si-mi-ésquina
Albor-ni-zo-bar-ni-zo
Ser-vez-ah! ¡Pu-ed-oh!

(Madama Musiquela)

Apenas hemos esbozado algunos rasgos de la obra poética que hoy presentamos: Opera Quinta. Extenso será detenerse en este trabajo singular cuyos temas y sobre todo las formas que elige para contarnos sus trasgos nocturnos y diurnos, demanda. Opera Quinta es un trabajo que hará no ruido inútil, más si excitará bruscos ademanes y, esperamos, sólidas reflexiones. Sólo intentamos, por el momento, un merecido homenaje al amigo y poeta que es Rafael Patiño Góez.

Finalmente es necesario advertir que Rafael es pintor y traductor. Contamos con una bella versión de 19 poetas de expresión francesa, portuguesa e inglesa, intitulada Mascaras de poesía negra, de próxima aparición. De ella ha escrito, en el prólogo, Juan Manuel Roca: El destello en las imágenes que hay en todos los poetas, su fustigante verbo que toma del surrealismo esa especie de látigo lingüístico inaugurado por Lautréa- mont, pero que especialmente conserva el ritmo, el tamborileo, de la gran nación africana, nos pone en contacto con una gran cantera, con una gran cultura. Pocas veces, como en la “Antología Negra” del investigador Frobenius (en donde recoge narraciones eróticas y burlonas de la antigua y desarrollada cultura del Sahara y de la selva del Níger), podemos asistir a una saga y a una gesta poética como estas “Mascaras de Poesía Negra”. Sentimos en estas tradiciones el pulso, el ritmo que nos jalona el pie y nos aguza el oído, “quintaesencia del arte negro”. “Mascaras de Poesía Negra” es una invitación a bogar por los ríos de la geografía espiritual del África, por las selvas de sus lenguas sibilantes, por las colinas del sueño, bajo el negro sol de una de las más asombrosas poéticas realizadas por el hombre.

Por fin tenemos la oportunidad de leer en un sólo tomo la obra poética de Rafael Patiño Góez fraguada durante cuarenta años. Que los lectores asuman Opera Quinta y la gocen en sus más íntimos silencios, no hay otra manera.

Alcalá de Henares
1º de mayo de 2006

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