Historia de Otraparte

Por Javier Henao Hidrón

La sabiduría viene con la vejez. Esta es la hermosa e indiscutible ley: aprendemos la lección cuando se desgastó el vestido. (F.G.)

Nosotros, los destructores, lo que desearíamos destruir es a nosotros mismos (F.G.)

Otraparte es el nombre que Fernando González dio en 1959 —el año de publicación del Libro de los viajes o de las presencias— a La Huerta del Alemán.

Con tal motivo hizo colocar en el pórtico una verja de hierro, cuya elaboración encargó a su sobrino Javier Restrepo González (el don Florín de La tragicomedia). La inscripción que la misma lleva en su parte superior, en hermosas letras de bronce, confiere al cambio de nombre de la Huerta un profundo significado, aparentemente enigmático, pero que se refiere a sí mismo, a su convicción acerca de los peligros del yo:

¡CAVE CANEM SEU DOMUS DOMINUM!, que quiere decir, “cuidado con el perro, o sea, con el dueño de la casa”.

Por el simbolismo que entraña, Otraparte fue considerado en su época por los conciudadanos del maestro como una denominación novedosa y tenido como signo de rebeldía. Efectivamente representa, ante todo, la evocación del vivir a la enemiga (“¿Por qué afirmo que vivo a la enemiga? Porque he luchado contra todo lo existente”). Denota, por tanto, una actitud de independencia, de distanciamiento social y de búsqueda de sí mismo; e inclusive, en lenguaje metafísico, el escenario escogido para continuar la realización existencial de ese “irse yendo”, que por lo demás define de modo tan preciso la vida del hombre.

Desde el punto material de apreciación, es casa campestre situada en Envigado, en la margen izquierda de la carretera que une a este municipio con Medellín.

Los terrenos correspondientes los adquirió Fernando González en 1937, tres años después de su regreso del primer viaje por Europa.

Resulta curioso señalar que fueron también de propiedad de Lucas de Ochoa, su tatarabuelo materno, quien los compró en 1798 a Francisco de Isaza y Atuesta.

En una pequeña casa de tejas de zinc y paredes de bahareque que tenía junto a su huerta, vivió allí solitario durante varios años de las décadas del veinte y el treinta, un alemán llamado Walterio, al parecer refugiado de la Primera Guerra Mundial. Un día en que se movilizaba en un bus de escalera entre Envigado y Medellín, murió en accidente de tránsito con su cargamento de hortalizas.

Desde su regreso de Marsella, en el segundo semestre de 1934, Fernando González habitaba en calidad de arrendatario a Villa Bucarest, cuyo ambiente describe de este modo:

La casa es de corredores que la rodean separados del prado por baranda de un metro de alto. Al frente del corredor delantero, por donde me paseo recordando, y soñando con la juventud que voy a crear, hay un prado de sesenta metros en donde organan los mayos y en donde le doy de beber a la vaca. Ahí estoy, sentado en el brocal del pozo, revolviendo la aguamasa. La vaca bebe y bebe, despacio, y de vez en vez levanta el testuz, saca la lengua áspera y la introduce en las húmedas fosas nasales, me mira y me suelta el vaho que huele a leche, a ternero, y yo me acuerdo de mademoiselle Tony... (...) Del prado sigue la carretera y luego una casa con huerto lateral, en donde hay un balso, árbol alto, ramas separadas, hojas grandes, sinvergüenza como un hermano cristiano de las colonias, o como mi alma cuarentona (...) Al otro lado de tal casa hay un madroño, como verdioscuro, árbol religioso, que produce frutos amarillos, agridulces y de corteza amarga. Mira usted esos dos árboles y le sale involuntariamente esta pregunta: ¿por qué no hay hombres bellos en Colombia? (1)

En Villa Bucarest le fue creciendo el instinto de “tener finca raíz”, aunque advertía que no le gustaban sino las que no venden, o las de precio imposible. Y en torno de este deseo, filosofaba: “El placer lo causa la resistencia, la serie de resistencias que oponen los objetos a nuestra conquista, hasta llegar al sí”.

El anhelo se convirtió en realidad en el año de 1937, cuando en un remate judicial adquirió unos terrenos situados cerca de Villa Bucarest. Eran los mismos que habían pertenecido al agricultor alemán. Y poco a poco, en ellos fue construyendo una nueva casa.

Cuando concluyeron los trabajos y la habitó con su familia, transcurrían los meses finales de 1940.

Haciendo reminiscencia de su anterior dueño, la casafinca recibió el nombre de La Huerta del Alemán.

En el proceso de planeación y construcción, participaron tres amigos suyos: el arquitecto Carlos Obregón, el ingeniero Félix Mejía Arango (Pepe Mexía) y el pintor (ingeniero y arquitecto, además) Pedro Nel Gómez. Este último diseñó el patio, el hermoso patio que semeja una alfombra adornada por un pozo circular construido de cemento y piedra; Obregón hizo los planos y Mejía Arango dirigió la obra.

De estilo predominantemente colonial, tiene un segundo piso que consta de una alcoba y su correspondiente balcón, aspecto que resalta su belleza y le confiere un atractivo especial.

El sentimiento de euforia que aquella feliz circunstancia le producía, era contrarrestado, entretanto, por factores negativos. Al sabor amargo dejado por el hecho de tener que suspender las ediciones de la revista Antioquia, se agregaba ahora la tempestad desatada por la publicación del libro Santander. Ante el peligro de que el mito del héroe nacional fuese derruido, la prensa capitalina y académicos de la historia acudieron prestos a hacer la defensa más vehemente del “Hombre de las Leyes”. Sobre Fernando González cayó una lluvia de críticas, que lo dejaron solo e impotente.

Es entonces cuando decide escribir su libro más hondo, dramático y doliente: El maestro de escuela.

Aquella novela autoanalítica que termina de redactar el 12 de febrero de 1941, es publicada en escasos tres meses por la Editorial ABC, de Bogotá, gracias a la colaboración siempre decisiva de su hermano Alfonso. En el intervalo resuelve dedicar el libro a Thornton Wilder, quien visitara la casa durante los dos días finales del mes de marzo.

Expone allí las razones que lo obligan a retirarse de la literatura. Una es la imposibilidad de seguir nutriéndose de métodos introspectivos, y la otra, la desazón producida en su espíritu por las reacciones de un medio hostil que considera a quienes proceden a enfrentársele, idiotas e inadaptados sociales.

La Huerta del Alemán se convierte en el refugio de un perseguido.

Con todo, la labor de decoración de la casa no se detiene. A ella procede con exquisito gusto: coloca a la entrada una fuente que adornó la plaza principal del vecino municipio de Caldas; de Cali hace traer los vitrales, obra del artista Leandro Velasco; de la capilla de Envigado, las lámparas; y consigue las rejas forjadas a mano que pertenecieron a la Casa de la Moneda. Un capitel, tallado en piedra caliza, sobresale ostentando la figura mitológica de un sátiro; es escultura importada de Centroamérica, obsequio de su hermano Jorge. Y en el corredor, una banca que perteneció a la Iglesia de Cartago, servirá para el diálogo amistoso, la lectura y el solaz del pensamiento.

Ello explica el por qué Thornton Wilder, poco después de visitarla, expresó este elocuente concepto, que sirve para definirla en la amplia perspectiva de su entorno:

“La casa nueva de Fernando González en Envigado encierra más gusto que todo Chapinero”.

Seguirán años de soledad. El pensador no hallará consuelo sino en su familia y en el placer que le proporciona La Huerta con la siembra y cuidado de plantas, el ordeño, la poda de árboles... así tenga que ganarse la vida como asesor jurídico de la Oficina de Valorización de Medellín o acudir al ejercicio independiente de la abogacía. Y, por otra parte, disfrutará con los experimentos homeopáticos, en los cuales encontraba un estímulo a su vocación, a su preferencia por la antítesis y al método emocional concebido para “vibrar al unísono con el biografiado” (2).

De cuando en cuando medita en la posibilidad de vivir fuera de Colombia. Del mismo modo que en 1938 había pensado establecer su domicilio en Chile, hacia 1950 estuvo tentado por trasladarse a México. Pero las dificultades económicas representaban un obstáculo y faltaba, también, en tratándose de esta última aventura, el apoyo de su familia.

Resultó sensata la decisión de quedarse en Envigado. Amaba esta tierra, así tuviese en Colombia enemigos que lo trataban con acerbia. Ciertamente había que preferir a los amigos entrañables, los paisajes paradisíacos, la invitación a pensar y el placer de mirar esas muchachas “que se salen por la piel”.

Este gusto suyo por la homeopatía, función vital con la cual vinculaba filosofía y medicina en la brega por mostrar los males e incitar reacciones, inspiró una interesante tesis de grado elaborada para optar el título correspondiente en la Facultad de Filosofía del Colegio Mayor del Rosario. Titulada La filosofía homeopática de Fernando González (Bogotá, 1983), su autor, Germán José Núñez Trujillo, adopta como tema conductor una anécdota del Viaje a pie en donde se narra que un yanqui, agente viajero, decía a peones arrieros que el clero colombiano era una peste y que el país estaba en la barbarie; es cuando Fernando González, que presenciaba la escena, golpea al mister en la cabeza y le replica airado: “Sólo nosotros, los colombianos, podemos hablar mal de Colombia, y sólo nosotros, los católicos, podemos renegar de los curas”.

El autor sostiene que en dicha verdad asoma el sentido primordial del pensamiento filosófico de Fernando González, en el que hay coincidencia con la ley homeopática que se expresa así: Sólo lo semejante cura lo semejante. Es una filosofía que crece en medio de un malestar generalizado y el tratamiento que a éste le otorga evoca una terapéutica homeopática. En tal sentido, por ejemplo, si Suramérica padece de una grave enfermedad, adquirida por la imitación de modelos provenientes del exterior, el remedio será una medicina homeopática que le incite a vivir a semejanza de sí misma, buscando en su tierra, en sus raíces, en la exaltación del orgullo propio, el modo de recuperar su estado de salud.

Digamos que son igualmente de corte homeopático, el método emocional, en el cual la intuición pretende hacer converger sujeto y objeto, así como numerosas frases, desparramadas en sus libros: “En la naturaleza, cada cosa crea su remedio, hasta la vida, cuyo remedio es la muerte”; “La muerte, única y necesaria solución al problema de nacer”; “Lo bello es lo sencillo y que arroja vida de dentro: la belleza es centrífuga”, y aquella con que se dirige a Cosme el viejo: “¡Somos dioses cagados, muy respetables y despreciables, Cosme!”, etc.

Correlativamente, consideraba que los hombres también tienen su ubicación dentro de la dialéctica histórica que comprende tesis, antítesis y síntesis. A la primera pertenecen los que dominan este mundo y acaparan sus honores; hay quienes viven la síntesis, con capacidad de irla trascendiendo, pues están más allá de bienes y males, como idos, como locos en absoluto... (Aquí sitúa, por ejemplo, a Einstein y ... Lucas de Ochoa). Pero otros nacieron para la antítesis: “Somos los anarquistas, rotos y pobres”.

Así vivirá hasta 1953, cuando se le brinda una segunda oportunidad de viajar a Europa y representar a Colombia en calidad de cónsul.

Regresa en la mitad del segundo semestre de 1957. Y entonces:

Me di nuevamente a callejear, caminar por la carretera, sentarme en las barrancas y en los cafés de las aceras, para atisbar agonías, entierros y mujeres, que son mi vocación. Primero son las agonías; segundo, los entierros; tercero, las muchachas... (3).

Se siente incitado a abandonar el ya prolongado silencio literario, por un optimismo que es cada vez más visible. Desea volver a escribir. Esta idea lo obsesiona: sueña con tener en sus manos un libro “duro, límpido, vivido” y que quepa en el bolsillo de la chaqueta. Pero no quiere convertirse en publicista, por cuanto está convencido de que el mensaje de su nueva obra (un manual para viajeros de mundos interiores) sólo podrá ser entendido una vez desaparezcan los intereses predominantes en Colombia.

Guiado por esos sentimientos escribe el Libro de los Viajes o de las Presencias y tres años después, La Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera. En esta última obra, inspirada por sefarditas cristianos, el huerto del Padre Elías es denominado Progredere, para indicar los progresos del entendiendo, que es la Inteligencia en gerundio; pero el día del entierro de quien fuera cura de Entremontes, el padre Restrepón hizo un apartado del rincón del cementerio, prohibió que ahí se hicieran nuevos entierros, y en la puertecita traída de Progredere inscribió la palabra Otraparte.

En los últimos años de la vida de Fernando González, Otraparte se convirtió en un lugar casi mítico. El nombre se hizo popular, y solía ser pronunciado con admiración y respeto. Al maestro empezaron a llamarlo, unos “El mago de Otraparte” y otros “El brujo de Otraparte”. Con frecuencia era visitado por jóvenes ansiosos de conocerlo, por intelectuales (Félix Angel Vallejo, Carlos Castro Saavedra, Manuel Mejía Vallejo, Carlos Jiménez Gómez, Alberto Aguirre, Oscar Hernández, Leonel Estrada, León Posada, Darío Ruiz, María Helena Uribe, Regina Mejía, Rocío Vélez, Olga Helena Mattei...) y por sacerdotes, siendo notable entre estos últimos el padre Andrés Ripol, benedictino, con quien sostuvo una intensa y bellísima correspondencia epistolar (4).

Entre los jóvenes que por entonces se acercaron al maestro, estuvieron muchos de los integrantes del grupo de los Nadaístas. Principalmente el jefe de éstos, Gonzalo Arango, a quien dedicó la “primera libreta regalada” de la cuarta parte del Libro de los Viajes (5).

Inicialmente creyó en los Nadaístas, en quienes veía a una juventud rebelde, con ansias de cambio y en proceso de liberación. “Aparecieron las náuseas por ese mundo de la nada en que vivimos”, llegó a decir, entusiasmado (6).

Pero la disyuntiva era clara: “Suceso prometedor o desastroso”. Había llegado la hora de nacer o de ser nada. Sólo una actitud vital muy definida podía legitimar la rebeldía. Por eso sus palabras tienen carácter de premonición: “Si reniegan del mundo, de su mundo sin que se despeguen de él, entendiendo, enloquecerán o serán mera vanidad” (7).

Como consecuencia de su desprecio por el mundo de la nada, que es un inferorum (abismo terrible), Fernando González no admitía sino el nadaísmo absoluto o muerte absoluta de la vanidad, puesto que solamente ésta (la Nada Real) conduce al juicio de identidad y nos permite volver a nacer mediante el bautismo del fuego y del amor.

De ahí su prevención respecto de la literatura existencialista, cuando es promovida por jóvenes cuya actitud resulta ser meramente de arrebato y ensoñación. Ello por cuanto “van en busca de tesoros, impetuosos y juveniles, y vuelven con una muchacha de Montmartre” (8).

Así se llega al año de 1964. Una intensa vida interior guiaba sus actos; parecía haber conseguido aquel estado de beatitud del Padre Elías, su alter ego superador, encarnación de un ideal al cual aspiró desde su juventud.

El 16 de febrero, domingo, a eso de las siete y treinta minutos de la noche, sufrió un infarto cardíaco que lo trasladó definitivamente al verdadero Otraparte... o reino del Silencio. Allí debió encontrarse con los amigos que llenaron casi todo su espacio vital: Jesucristo, Pablo de Tarso, Zaqueo, el Padre Elías, Nicodemus, San Ignacio, San Francisco, Bolívar, Estanislao, Carlosé y don Benjamín.

Estaba próximo a cumplir 69 años de edad.

Cuando le sobrevino el infarto, la taza de café que tenía a su lado se derramó sobre la hoja de papel en la cual estaba escribiendo sus más recientes deseos y haciendo al mismo tiempo un examen acerca de su existencia:

Fundaré el seminario nuevo, el seminario en que los textos sean los mismos seminaristas... Los libros son muertos, mientras que los seminaristas son moribundos en Dios.

(...)

¿Qué soy yo? ¿Yo? Nada, Creatura. Acepte o no acepte soy nadie en Dios.

Así, la última palabra que escribió fue precisamente esa: Dios. Al único SER sustantivo lo había buscado con ansiedad desde joven y en los últimos años de vida consiguió hacerlo habitante de su intimidad. Como enseña Buda, Dios no baja hasta los hombres, sino que éstos deben elevarse hacia lo divino.

Sabía que no iba a morir. Pero inexorablemente “algún día nos hacemos cadáveres”. Y como lo único vacío es ese cadáver, es necesario darle sepultura o convertirlo de una vez en ceniza. El de Fernando González fue enterrado en el cementerio de Envigado, al día siguiente, lunes, en las horas de la tarde; previamente, en la iglesia Parroquial de Santa Gertrudis —la misma donde había sido bautizado—, tuvo cumplimiento la ceremonia religiosa.

En la plaza principal, frente a la iglesia, con antelación se reunieron familiares, amigos, parte de la ciudadanía y en riguroso desfile, los alumnos de la escuela que en Envigado lleva su nombre (declarada monumento nacional por el Gobierno, según decreto 1913 de 2 de noviembre de 1995).

Fueron actos sobrios, pero cálidos y emocionantes.

Uno de los asistentes al entierro fue el escritor y poeta Gonzalo Arango. El inquieto jefe del movimiento nadaísta, que había encabezado desde 1958 la rebelión contra toda la literatura colombiana anterior a su época (posteriormente de ella no salvaría sino la obra de Fernando González), andaba en busca del silencio, bregando por encontrarse a sí mismo y realizar la belleza absoluta. Su vivencia la tradujo de este modo:

Vi su cadáver: ¡qué paz! ¡Qué consentimiento con la muerte! Qué dichosa beatitud. Descansaba con una serenidad y una confianza de santo. Yacía pleno de amor divino, como si al morir hubiera realizado sus bodas con Dios. Ni un rastro de turbación, ni de duda, ni de espantosas incertidumbres. Estaba todo él identificado con la Otra Vida.

Y agregaba:

El se había hecho digno de Dios, porque lo había buscado con pasión, con fe y desesperación. Para mí era un espíritu inmortal, el más santo y el más humano de los hombres que conocí. A él le debo lo mejor que hay en mí, espiritualmente. Su presencia me elevaba hasta lo más profundo y puro de mí mismo (9).

(Narra también Gonzalo Arango que al salir del cementerio, un estudiante curioso le preguntó si Fernando González había sido nadaísta... No —respondió—, es eternista).

Otro testimonio pertenece al sacerdote español Andrés María Ripol, de la Orden de San Benito, convertido en los últimos meses de la vida del maestro en su más próximo y entrañable amigo. Domiciliado en Medellín desde marzo de 1953, había fundado en compañía de David Pujol y otros benedictinos un monasterio y anexo al mismo un colegio, situado en los límites con Envigado y por tanto, cercano a Otraparte, circunstancia que le permitió conocer a Fernando González en los meses previos al viaje de éste a Europa. Durante los años posteriores, el padre Ripol continuó dedicado con entusiasmo a la labor evangélica y docente; pero llegó el día en que un nuevo superior, enviado desde España, empezó a crearle dificultades que resultaron insalvables. Soportaba esta angustiosa situación, cuando en agosto de 1963 se encontró de nuevo con su viejo conocido, quien apenas comenzaba a recuperarse de un espasmo cerebral y fue como si dos almas gemelas vivieran el milagro del amor, sub specie aeternitatis. Desde entonces sostuvieron una intensa y nobilísima amistad, traducida además en un frecuente intercambio de cartas, todas ellas plenas de misticismo.

Pues bien, el padre Ripol hacía 24 horas que se había despedido de su “Mago”, como le llamaba y de Medellín, cansado como estaba de soportar el ejercicio despótico de la autoridad por el prior de Santa María, el monasterio que fuera escenario de sus luchas y anhelos durante cerca de once años; iba, pues, camino del destierro, en busca del “hueco donde caer muerto”, cuando encontrándose en Cali recibió la sorpresiva y dolorosa noticia. Sin pérdida de tiempo preparó su retorno y al mediodía del lunes, de nuevo en Otraparte, celebró la Santa Misa como preludio a los diversos actos religiosos. (Luego continuó su viaje, su incierto viaje que lo llevaría por Centroamérica, por los Estados Unidos y finalmente al seno de su amada Cataluña. Pero había de cumplirse su dolorosa profecía, expresada en una de las cartas dirigidas a su amigo, después de que éste fracasara en el intento de hacer entrar en razón al prior: “Temo que tendré que abandonar mi orden que tanto amé, pues creo con fundamento que ni quieran aceptarme en Montserrat, mi casa-madre”).

No quiso flores (y se cumplió), la caja más sencilla de la mortuoria, como había vivido. El que había contemplado tanto con lupa todas las flores y que tanto las amaba, había prohibido que las pusieran junto a su cadáver, porque ahí eran vanidad. Y nada odiaba él tanto como la insinceridad de la vanidad. Pero todo el pueblo de Envigado que lo recibió en su seno, el mismo que lo vio nacer en la calle con caño, estaba en la calle. A la entrada del cortejo un grupo escolar de niños con suéter rojo y un gorrito blanco ostentaba una pancarta que decía: Escuela Fernando González. (...) En la parroquia de Sta. Gertrudis, la mística benedictina que tan bien él conocía y amaba, colocaron su féretro... Atrás, en la bancada, ricos y pobres; las señoras que se habían “escandalizado” por sus “palabras” escritas —tan bien aplicadas y certeramente filosofadas—, estaban también ahí. Doctores por él amados pero también insultados en su “representación no entendida”, procesionaron igualmente (...). Semejaba aquello comunitario acto de fe a toda la vida y enseñanzas de aquel “universal” de la Verdad, de la Vida, de la Valentía, de la Pureza de Intención, de la Autenticidad (...) y luego llevamos lo que no era él, lo que de él eran reliquias no más, a donde llega el olvido (10).

(En las últimas cartas, que datan de fines de enero y principios de febrero de 1964, Fernando González le manifiesta al padre Ripol sus sentimientos de tristeza y soledad por la próxima, irremediable y definitiva despedida del amigo y compañero, mas no deja de infundirle fe y esperanza, y expresarle su renovada solidaridad ante el drama humano que vive, y así le dice: “El Señor lo está pescando a Ud., con toda su divina maestría... Y cuando Ud. menos lo espere, se hallará en La Abadía del Abad, en donde no hay arrugas, ni lejanías, ni opiniones... y estaremos todos hechos uno solo en Caridad..., incluso los pájaros bobos o priores”.

Las cartas están escritas en Otraparte o en Ningunaparte o en la Abadía Chiquita —que ya todo es una sola y misma cosa— y Fernando González se firma con el nombre de Etza Ambusha que le pusiera el padre Ripol, evocando en su “Mago” a algún supuesto dios amerindio).

* * *

Nueve años después, un acontecimiento de inusuales características produjo en las gentes estupor e indignación: el robo del cráneo del maestro. En la prensa colombiana el insólito hecho suscitó variados comentarios. Según El Tiempo, los autores de la violación de su tumba habían sido “hippies” admiradores suyos, quienes en vida frecuentaban la residencia del escritor, situada en el municipio de Envigado y conocida con el nombre de Otraparte; los mismos habían sido impulsados a actuar de semejante manera, por el deseo de estudiar la capacidad cerebral del notable pensador (11). El Espectador, por su parte, aludía “al robo sacrílego perpetrado por sujetos no identificados, quienes violentaron la bóveda que guardaba los despojos mortales del prominente escritor”, y explicaba: “De la sepultura sólo se llevaron los profanadores el cráneo de Fernando González y los otros restos los dejaron premeditadamente. Esto dio pie a reforzar la hipótesis de las autoridades, en el sentido de que quienes cometieron el desafuero sabían plenamente qué era lo que buscaban” (12).

Creen los familiares —escribía algunos días después un periodista— que los culpables son jóvenes que admiraron profundamente la personalidad del filósofo y profeta y aprecian demasiado sus obras literarias (13).

Sólo a un hombre como Fernando González podía sucederle que le robaran el cráneo deliberadamente —escribía, con indignación, María Helena Uribe—. Se entregó de tal modo al lector, que alguno, corto de entendimiento, se sintió con el derecho de apoderarse de él y en eso está equivocado, equivocadísimo. Aceptando que quien lo robó sea un fanático y morboso admirador, debe admitir que no conoce en absoluto la filosofía de quien cree su maestro. Permanecerá estancado en el desarrollo conciencial que le recomienda el escritor mientras no devuelva la última cáscara que guardaba la nuez vana de quien hoy vive en el espíritu de los colombianos (14).

La investigación oficial, como suele ocurrir en estos casos, no suministró ninguna evidencia sobre los autores, ni sobre las circunstancias que rodearon la violación de la bóveda en donde se guardaban los restos mortales del ilustre envigadeño.

Al margen de dicha investigación, el autor de este libro conoció de fuente fidedigna que dos jóvenes estimulados por la euforia etílica, fueron quienes en la noche del sábado 13 de enero de 1973, penetraron sigilosamente en el cementerio (burlando la vigilancia del sepulturero, pues éste sólo advirtió lo ocurrido al amanecer del domingo), y tras llegar a la tumba del maestro, sustrajeron el cráneo, guiados por el propósito de conservarlo y evocar su grande y poderoso cerebro.

Aquellos jóvenes tenían entre sí inquietudes comunes, literarias y hasta metafísicas, e inclusive vínculos de sangre, pero estaban viviendo una profunda crisis existencial.

Al ser enterado de lo sucedido, Simón González Restrepo hizo este poético y desprevenido comentario: “Son formas de amor, un poco equivocadas”.

Demostraba así que era discípulo fiel de su padre, quien en Don Mirócletes había discurrido con cierta benevolencia, no exenta de ironía, acerca del destino de su cadáver:

¿Será bueno dejar mi cadáver a los estudiantes de medicina? Son muchachos juguetones que tienen la inteligencia cruda. Mejor es disponer que me hagan la autopsia y dejar trescientos pesos para ello y que le dejen a mis hijos los datos para efectos de sus enfermedades hereditarias. El corazón no lo puedo legar, a pesar de mi amor por los colombianos, porque quizá será engorroso para la gente, para la sirvientica que tenga que sacudirle el polvo al frasco; y si éste cae y se rompe, es fastidioso (15).

La calavera permaneció guardada con especial cuidado en la alcoba de uno de aquellos jóvenes exaltados por el drama de la vida. Y fue devuelta a la familia del maestro, mediando el secreto de confesión, precisamente el 7 de junio de 1979, día en que murió doña Margarita Restrepo de González. (Hoy los restos de Fernando y Margarita reposan en el osario de la Iglesia de San Marcos, en Envigado).

En el mes de noviembre siguiente, la Asamblea de Antioquia por medio de la ordenanza número 76 de 1979, declaraba monumento departamental a Otraparte.

A pesar de la declaración oficial, la casa-finca no fue adquirida por el departamento de Antioquia y estuvo a punto de desaparecer, absorbida por los planes de urbanización de la zona en que se encuentra.

Con todo, en el mes de febrero de 1984, pasó a ser propiedad del municipio de Envigado, luego de una transacción en la cual intervinieron los herederos del maestro (en su calidad de propietarios, en proindiviso, del predio denominado Otraparte), la sociedad Inversiones y Proyectos Limitada y el Departamento de Valorización de Envigado. El inmueble fue desenglobado en dos lotes, con el fin de que los herederos pudieran vender el lote número dos (2) a Inversiones y Proyectos Limitada, y esta sociedad transferir a título de cesión a favor del municipio de Envigado, el derecho de dominio y la posesión efectiva del lote número uno (1), donde se encuentra la casa con su zona de retiro, cuya superficie es de 1.260 metros cuadrados y está alindado así:

Por el frente y oriente, en longitud aproximada de 24.50 metros con la carrera 43A (Avenida El Poblado-Envigado); por el sur, en línea quebrada de 49 metros de longitud aproximada, con terrenos de Inversiones y Proyectos Ltda.; por el occidente, en una línea de 28.30 metros de longitud aproximada, con terrenos de Inversiones y Proyectos Ltda.; y por el norte, en longitud aproximada de 43.65 metros, con el lote número 2 de propiedad de los señores González Restrepo (16).

En la actual nomenclatura urbana corresponde a la carrera 43A, número 27 sur 11.

(La entrada se hizo siempre por camino en dirección diagonal. Pero desde cuando la casa dejó de ser habitada por la familia González Restrepo y el terreno adyacente quedó reducido a su frente hacia la carretera, se ingresa en línea recta por un caminito de piedra que divide en dos partes el jardín en cuyo centro se destaca una fuente de agua, mientras a ambos lados los árboles purifican el aire y dan al entorno un ambiente de naturaleza).

Meses después se constituyó una Junta Asesora de la alcaldía municipal de Envigado, encargada de promover la restauración de la casa y su adecuación como Museo biográfico y filosófico.

La apertura de la Casa Museo Fernando González tuvo cumplimiento el 6 de agosto de 1987 y desde entonces se dispone de un escenario apropiado para estudiar su obra y percibir su presencia.

Sometida a indispensables obras de refacción, que comprendieron el mejoramiento de su planta interior y el cambio de la fachada de entrada al antejardín, por otra más alta, segura y artística, de estilo colonial, Otraparte fue reinaugurada el 16 de febrero de 2000, día del trigésimo sexto aniversario del fallecimiento del maestro. Pero ahora ha sido convertida en sede del proyecto que lidera el municipio de Envigado a nivel nacional, denominado Ciudad Educadora. La función de museo abierto y de casa de estudio que propiciaba la creación filosófica y literaria alrededor de la obra de Fernando González, antes desarrollada con exclusividad, se conserva en condición subalterna, con lo cual la voluntad expresada por sus herederos en los años previos al nacimiento de la casa museo, queda también parcialmente desvirtuada.

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Nota de Otraparte.org: A partir de 1987 la Casa Museo Otraparte funcionó de manera intermitente hasta finales de la década de 1990, cuando fue cerrada definitivamente por el Municipio de Envigado. En consecuencia, el 10 de abril de 2002 se creó la Corporación Fernando González - Otraparte, entidad que actualmente se preocupa por su cuidado y difunde la obra del maestro Fernando González Ochoa.

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Notas:

(1) Cartas a Estanislao, op. cit., pp. 196 a 198 (Subrayado del texto). Volver
(2) A la alabanza de la homeopatía dedica el capítulo IX del Libro de los Viajes (op. cit., pp. 45-48). Volver
(3) Libro de los Viajes, op. cit., p. 9. Volver
(4) El padre Ripol se domicilió más tarde en España. El 29 de octubre de 1987 visitó de nuevo a Otraparte, convertida ya en Casa Museo y en el libro de visitantes escribió: “A mi mago, que transformó mi alma por el amor en la Presencia”. Volver
(5) lb., pp. 205-218. Volver
(6) Rev. Colombia Nueva. Medellín, junio de 1959, p. 24. Volver
(7) Libro de los Viajes, op. cit., p. 103. Volver
(8) lb., p. 314. Volver
(9) Carta a su hermana misionera residente en el Vaupés, escrita una semana después de la muerte de Fernando González y que permaneció inédita hasta su publicación en el periódico El Mundo, de Medellín, el 11 de abril de 1990. Volver
(10) En Las cartas de Ripol, Editorial El Labrador, Bogotá, 1989, pp. 218 y 219. Volver
(11) Edición del 16 de enero de 1973, p. 8-A. Volver
(12) Edición del 16 de enero de 1973, p. 7-A. Volver
(13) Héctor Muñoz, El Espectador, 29 de enero de 1973, ensayo titulado Profanación e idolatría: El cráneo del filósofo. Volver
(14) Fernando González, su cráneo y su nada en El Espectador (magazin Dominical), 4 de febrero de 1973, p. 11. Volver
(15) Don Mirócletes. op. cit., p. 223. Volver
(16) La escritura es la número 245 del 18 de febrero de 1984, otorgada en la Notaría Segunda de Envigado, y contiene una cláusula cuarta plagada de inexactitudes, que dice: “...la casa de habitación existente en el lote fue declarada MONUMENTO NACIONAL (sic) por haber sido residencia del ilustre escritor y filósofo maestro Fernando González Ochoa según la ordenanza No. 16 (sic) de 1979, del Concejo Municipal de Envigado (sic)...”. En la misma escritura la familia González Restrepo dejó constancia de que con la aludida transacción “hace en realidad un aporte fundamental en beneficio de la comunidad y contribuye a perpetuar la memoria del maestro Fernando González Ochoa”. Volver

Fuente:

Fernando González, filósofo de la autenticidad. Javier Henao Hidrón, Editorial Marín Vieco Ltda., cuarta edición revisada, Medellín, septiembre de 2000, capítulo 18, pp. 255 - 271.