Corporación Otraparte
Boletín n.º 121
Septiembre 22 de 2014

Memorando Colectivo 2014

Nadaístas por la paz

Si no se hace la paz ahora,
¿para cuándo se va a dejar?
A la mierda con la guerra

Septiembre 25 de 2014

Nadaístas por la paz

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Presentación del “Manifiesto Nadaísta por la Paz” y homenajes a Gonzalo Arango y al maestro Fernando González en el cincuentenario de su muerte. El documento está dirigido a Humberto De la Calle Lombana y la Mesa de Paz en La Habana, Cuba, de parte de Pedro Alcántara, Jotamario Arbeláez, Patricia Ariza, Pablus Gallinazo, Armando Romero, Jan Arb, Rafael Vega Jácome, Álvaro Medina, Elmo Valencia y Gonzalo Arango.

Los asistentes al evento están invitados a realizar lecturas espontáneas de textos de Gonzalo Arango y Fernando González. Con la participación de Jotamario Arbeláez, Elmo Valencia y Jan Arb.

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Jotamario ArbeláezJotamario Arbeláez. Cali (1940). Hijo de sastre, poeta del barrio Obrero, creativo publicitario y periodista desparpajado. Reprobado en Santa Librada College, es hoy su Ilustre Egresado. Recibió la Medalla del Congreso. Ganó cuatro premios de poesía. Columnista de El Tiempo. Entre sus publicaciones se cuentan El profeta en su casa, Mi reino por este mundo, El cuerpo de ella, Paños menores, Culito de rana, Nada es para siempre, La muerte de Jotamario, Zona de tolerancia. Dice Gonzalo: J. Mario no necesita presentación. Hace cinco años se presentó él mismo en el atrio de la Catedral de Manizales, con estas palabras: “Me llaman el Brigitte Bardot de la poesía. Soy uno de los hombres más misteriosos del mundo por lo poco que se sabe de mí. Mi novia me despertó esta mañana para decirme que yo me llamaba J. Mario, y que mi patria se llamaba Colombia. A mí me importa un pito”.

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Elmo ValenciaElmo Valencia. Cali (1926). Huyendo de La Violencia, viajó a Estados Unidos donde compartió con los poetas beatniks hasta 1960, cuando llegó, con una obra asombrosa, a participar del grupo de Cali. Descubrió el zen en Islanada y lo incorporó al nadaísmo, fundando el N-Z. Fue jurado con Allen Ginsberg, Mario Vargas Llosa y Camilo José Cela del Premio Casa de las Américas, Cuba, 1966. Entre sus publicaciones se cuentan Islanada, El universo humano, Cuentos nadaístas, El profeta de la nueva oscuridad, El cielo de París. Dice Gonzalo: Un nadaísta no tiene nada qué pedirle al diablo, ni siquiera en el infierno. Así como Dios también tiene su infierno, que es su amor a los hombres, para el diablo el infierno es su nadaísmo. Esto lo desarrollaré más ampliamente en la revista “El Ojo Pop”, que bajo mi dirección y la de Elmo Valencia, muy pronto mirará a Colombia.

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Jan ArbJan Arb. Cali (1945). Poeta vanguardista que derivó al misticismo. En los 60 las revistas Eleven Finger de Londres y El corno emplumado de México difundieron con entusiasmo sus textos vanguardistas. Joven iracundo retornó a Cristo. Desde entonces entró al silencio público aunque no al retiro del mundo. Recibe mensajes de sus maestros y los emite a una comunidad de creyentes. Ha publicado El robo en el amor. Dice Gonzalo: Lo que soy yo no vuelvo a comer a la casa de J. Mario, ni empastado. Pues como las desgracias no llegan solas, el hermano que le sigue, Juan Antonio (Jan Arb), también se volvió nadaísta. Comentando esta nueva tragedia familiar, Elmo reprochaba en broma: “Lo que son estos Arbeláez no dieron ‘la talla’”. Y con una perversa alegría celebramos el ingreso del nuevo desertor.

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Ilustración por Pedro Alcántara - De la serie “Qué muerte duermes, ¡levántate!” (1967)

Ilustración por Pedro Alcántara
De la serie “Qué muerte
duermes, ¡levántate!” (1967)

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Declaración de
principios afines

Los participantes en este compendio, escritores y artistas vinculados al Nadaísmo de vieja data y descreídos hasta la médula de las componendas políticas, manifiestan su respaldo y compromiso con las conversaciones de paz que se adelantan en La Habana entre representantes del Gobierno y de la guerrilla, entidades a cual más desacreditada pero de las únicas que depende pactar la paz, con la decidida mediación de Humberto De la Calle Lombana. Consideran que su misión de denuncias con papel y tintas y cuerdas y en las tablas durante casi todo el tiempo del vergonzoso salvajismo patrio, les permite acoger el proceso como una oportunidad de paz imperdible, merecido destino de una Colombia desfigurada en masacres pasadas y presentes que indignados repudian. Valoran que, aunque no se superen todos los problemas internos de seguridad, pues subsistirán narcotráfico, bandas criminales, delincuencia común y de cuello blanco, más los agazapados y desembozados enemigos de la paz, será una gran conquista que la guerra no declarada se declare al fin cancelada. Concluyen que actuar de otra forma, o no actuar, sería aupar los esfuerzos inaceptables de quienes prefieren la continuación de una guerra impredecible a una paz donde haya razonables concesiones de parte y parte. Ante una crucial circunstancia histórica que los deja sin evasivas, y cuando se ha atizado una guerra sucia contra las posibilidades de paz, expresan con toda su vehemencia a los integrantes de la mesa de conciliación en La Habana: ¡A la mierda con la guerra!

Nadaístas por la paz
Mayo de 2014

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Ilustración por Pedro Alcántara - De la serie “Qué muerte duermes, ¡levántate!” (1968)

Ilustración por Pedro Alcántara
De la serie “Qué muerte
duermes, ¡levántate!” (1968)

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Fragmento de
“Elegía a Desquite”

Sí, nada más que una rosa, pero de sangre. Y bien roja como a él le gustaba: roja, liberal y asesina. Porque él era un malhechor, un poeta de la muerte. Hacía del crimen una de las más bellas artes. Mataba, se desquitaba, lo mataron. Se llamaba “Desquite”. De tanto huir había olvidado su verdadero nombre. O de tanto matar había terminado por odiarlo.

Lo mataron porque era un bandido y tenía que morir. Merecía morir sin duda, pero no más que los bandidos del poder.

[...]

Nunca la vida fue tan mortal para un hombre.

Yo pregunto sobre su tumba cavada en la montaña: ¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir?

Si Colombia no puede responder a esta pregunta, entonces profetizo una desgracia: Desquite resucitará, y la tierra se volverá a regar de sangre, dolor y lágrimas.

Gonzalo Arango

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Ilustración por Pedro Alcántara - De la serie “Qué muerte duermes, ¡levántate!” (1968)

Ilustración por Pedro Alcántara
De la serie “Qué muerte
duermes, ¡levántate!” (1968)

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El rebelde, nadaísta y
bohemio que negocia
la paz de Colombia

Por David Baracaldo Orjuela

Una vez a la semana se reunía la logia completa en un salón de tertulias. La Manizales de entonces, tan conservadora y correcta, no lograba aislarse de la convulsión global de mediados de los sesenta; tiempos de revoluciones y movimientos sociales, de rebeldías juveniles y surgimiento de ídolos, de música, arte y literatura europea, estadounidense y del boom latinoamericano.

El grupo de jóvenes, del que hacía parte Humberto De la Calle Lombana, veía con fascinación la vida de “allá afuera”. Casi finalizando la tarde de cada jueves salían de la Facultad de Derecho en la Universidad de Caldas y se encontraban en su cuartel de las ideas, en el que hablaban sin ataduras de los desastres del mundo, como entonces lo percibían.

Las tertulias solo comenzaban con algunos cigarrillos Pielroja y acaso unos tragos de aguardiente. Algunos de los mejores oradores, entre ellos Humberto, se tomaban la vocería, declamaban poemas, leían capítulos de libros escritos por García Márquez, Ernesto Sábato, Julio Cortázar o Mario Vargas Llosa. Discutían con deleite sobre las obras de Albert Camus, Hemingway, Sartre, Faulkner y Steinbeck. Terminaban en acalorados debates sobre la política caldense, paisa y colombiana. Resultaban en consensos de rechazo al intervencionismo gringo que intentaba ahogar las revoluciones latinas, de las que de seguro percibían el aliento del imperialismo soviético. Humberto retomaba la palabra y aprovechaba para leer algún escrito suyo, no necesariamente un poema, tal vez sobre política. Luego concluían comentando de la vida.

Su grupo de intelectuales en formación durante sus años de universidad fueron el secreto a voces que más apreció de su juventud. Cuando con los meses fortalecieron un lazo intelectual tan especial decidieron crear el grupo Las 13 pipas. [...] Por la moda adquirieron pipas y en ellas fumaban tabaco, para reemplazar los cigarrillos. Humberto De la Calle se sumó a este vicio, aunque muy pronto lo dejó. En cambio era un extraordinario jugador de cartas, una fiera en este hobby según otro de sus camaradas, Ariel Ortiz Correa, quien añade también que con el tiempo se convirtió en un admirable catador de vinos y un destacable jugador de golf “en sus años mozos”. Fue tímido pero fiestero, sociable, amante de la música de The Beatles, del tango y del vallenato. El Humberto De la Calle bohemio era un admirador y defensor de los pensamientos liberales y progresistas. Un hombre aplomado en sus discusiones públicas y también abierto para que en Las 13 Pipas participaran cuantas visiones del mundo fueran posibles. Para él todas fueron muy valiosas. Sus compañeros destacan su defensa profunda por las ideas que en ese momento eran de tajo rechazadas por la curia de Manizales. Varias veces se vio en problemas por sus discursos en la universidad y no temía expresar su respeto a la homosexualidad (pues admiraba a escritores y artistas homosexuales) y el consumo de marihuana. Eso sí, todos sus amigos aseguran que nunca fumaron cannabis, aunque veían con normalidad que muchos de los estudiantes del campus lo hicieran. En cambio se sentían atraídos por el vino, el aguardiente y el tabaco. [...]

Humberto, el rebelde

En la universidad, De la Calle fue siempre un joven aplomado, correcto y tranquilo. En plaza pública podía subir el tono y su vehemencia durante un discurso pero, como buen orador, lo hacía con la intención de cautivar a las masas. Cuando era necesario se unía a protestas y huelgas educativas. En alguna oportunidad también participó en una pedrea.

Ariel Ortiz Correa recuerda una marcha universitaria “muy grande, fue nacional”. En una de las concentraciones tanto Ortiz como De la Calle ofrecieron un discurso a la multitud académica, en la que hicieron referencia a que Estados Unidos pretendía formar una base militar en el norte de Colombia. “Humberto se refirió a eso e incitó al resto de estudiantes a que nos fuéramos al Centro Colombo Americano en Manizales. Pero nunca dijo que fuéramos a tirar piedras, aunque en esa ocasión se armó una pedrea. Pero en esa época era simpático o inocente, porque los estudiantes no tiraban a darles a los policías ni los policías a los estudiantes. Pero lo cierto fue que resultó un agente lesionado, y como Humberto fue el que llevó a los estudiantes allí, el que dio el discurso incendiario, la Gobernación se le fue en contra y lo detuvieron en la policía. El decano Adolfo Vélez dirigió la operación de rescate y Humberto salió. Después demostramos que nosotros, cuando empezó la pelotera, nos fuimos a una fuente de soda cerca. Humberto no tiró ni una sola piedra, y creo que no la ha tirado jamás”, aseguró.

Humberto, el nadaísta

Desde la secundaria Humberto De la Calle se sintió atraído por la literatura europea de corriente existencialista. Luego, saliendo del colegio se le vio encantado por los escritos de Gonzalo Arango, fundador del nadaísmo. Compaginaba con los fundamentos del manifiesto que llegó a Manizales y luego compartiría un par de momentos con sus principales precursores.

Pero de todas formas De la Calle fue un nadaísta por convicción, no un activista reaccionario como Gonzalo Arango, Elmo Valencia, Amílcar Osorio y Jotamario Arbeláez. Este último describió a KienyKe.com la primera vez que ellos, los protagonistas del nadaísmo, se encontraron a ese muchacho “flaco, inquieto, mamagallista, gran lector de literatura existencialista y surrealista”, con quien no hubo mucho tiempo para intimar, pues eran los tiempos “de la borrasca”. Eran los inicios de los sesenta. Desde Cali y Medellín, el ala nadaísta viajó a Manizales en busca de quienes quisieran compartir el inconformismo que depositaban.

Arbeláez dice que De la Calle era muy joven y les apoyó en la convocatoria para una conferencia en la Universidad de Caldas, de la que terminaron expulsados, no sin antes agarrar a botellazos los ventanales del periódico La Patria, que había publicado un editorial que los insultaba. Los nadaístas de pura cepa fueron recibidos como héroes en Pereira por un joven llamado César Gaviria. “Resultó curioso que este par de jóvenes (De la Calle y Gaviria), simpatizantes de nuestro ideario bárbaro y que entonces no se conocían, resultaran 30 años más tarde el presidente y su ministro de Gobierno”, relató Arbeláez.

Pero fue esa la única vez en la que Humberto acompañó de frente a los padres del nadaísmo en alguna actividad pública. Incluso en Manizales no militó con el grupo que allí los representaba, comandado por Mario Escobar Ortiz. No obstante nunca negó su aprecio por esas ideas, ni mucho menos por Arango y los otros nadaístas. Muchos años más tarde, en el 96, Jotamario Arbeláez era secretario de Cultura de la Gobernación de Cundinamarca y a su posesión invitó a todos los nadaístas que había en Bogotá, incluyendo al entonces vicepresidente de la República Humberto De la Calle. [...]

De la Calle no era el más activo o consagrado de los nadaístas, aunque de paso valga precisar que en el nadaísmo no se consagra nadie ya que están en contra de lo sagrado y consagrado. Pero a él, más allá de apreciar las lecturas de Arango, Sartre, Kafka, Camus o Heidegger, le era imposible dejar de lado una substancial angustia, melancolía y desencanto por la realidad que percibía. Esa angustia por la violencia y desigualdad que vivió su generación, la que le precedió y la de ahora. Una sensación que hoy muchos aseguran le ha brindado una sensibilidad especial para encarar, en nombre del país, un proceso de paz con el que los colombianos esperarían que finalicen décadas de guerra. “Aunque ya no sea tan intenso su discurso existencialista, y para muchos haya dejado de serlo, yo diría que aún es nadaísta. Seguramente continuará con las lecturas de Borges, Sábato y todos estos que nos mostraron la angustia del nuevo mundo. Estoy seguro de que esa angustia por lo social que siempre ha tenido lo llevó a participar en este proceso de paz. Él ha tenido un pensamiento que a pesar de ser intelectual y profundo no es escéptico o agnóstico, sino de profunda fe en el hombre, y sobre todo la angustia de preguntarse para dónde vamos si continuamos viendo esa tremenda cotidianidad del país”, declara Enrique Quintero. En varias oportunidades Humberto De la Calle ha reconocido su pasado nadaísta y bohemio, aunque no lo menciona como trascendental en su vida. Sin embargo sus ideas, su rebeldía, el respeto por lo diferente y su sensibilidad por la realidad colombiana fueron, de seguro, algunos de los motivos que hoy lo tienen encarando las negociaciones del proceso de paz. Para muchos como Jotamario Arbeláez es “la mejor carta que se está jugando el Gobierno”, y se arriesga a predecir que tal vez con su éxito pueda heredar el poder. Quizá, piensa, sea el momento para que Colombia pruebe con un gobernante de alma bohemia y nadaísta.

Fuente:

Revista KienyKe, septiembre 3 de 2013.

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Este expediente, Maestros y señores, es un proceso contra la Colombia de hoy, país cuyo dios es el dinero malganado; país que ya siente náuseas por el trabajo; país abandonado ya de la gracia. A la Colombia de 1947 se le puede aplicar lo que a Macbeth: para ella como para él, la Copa de la Vida está ya vacía. En Envigado, por ejemplo, ya no hay sino choferes y fogoneros de camión de pasajeros. En los pueblos colombianos, donde antes se veían caminos y senderos transitados por niñez estudiosa y conquistadora, por laboriosos campesinos, y en donde el sol salía y se ponía para alumbrar bregas creadoras y para acompañar sueños agradables, hoy pululan ladrones de gallinas y de presupuestos, y el sol amanece para calentar gusaneras y se oculta para que estos culos de humanidad duerman abrazados a sus vergüenzas, que no a sus remordimientos, que estos son de hombres.

Fernando González

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Nadaístas por la paz

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