Pensamientos de un viejo

Fernando González

1916

DEDICATORIA

PARA UNA LECTORA LEJANA

A vosotros, amigos míos,
mi sombra os oculta mis pensamientos.

Desde mi tinglado...

La parábola de la llaga

Cierta vez uno de los discípulos fue al maestro y, con lágrimas en los ojos y voz susurrante y temblorosa, comenzó a lamentarse de la miseria de su casa, de la tristeza de sus padres, y del hambre que sufrían sus hermanos...

—No sigas —dijo el sabio—; deja tus lloriqueos, y recibe, como mi compasión, esta parábola que voy a darte:

Había en cierto tiempo un mendigo, cuya pierna derecha era una llaga tan atristadora, tan grande y tan repugnante, que en verdad respondía al nombre de cementerio de la alegría.

A todo el que veía aquella llaga, se le llagaba de tristeza el alma; y muchos que la vieron dieron razón a Schopenhauer.

El que iba alegre para una fiesta, ya no podía bailar ni reír; el que iba para un banquete, ya no podía comer los manjares ni beber el vino; el que iba a ver a su amada, llegaba taciturno.

Aquella úlcera era el cementerio de las alegrías.

Aconteció, pues, que pasando una ocasión un loco por junto al mendigo, éste le pidió una limosna.

—Mi limosna —dijo el loco— será un consejo: ¡Oculta tu llaga!

Así habló el loco...

Los hombres vulgares, y vulgares son casi todos los hombres, no saben guardar las distancias.

Cuando un hombre de genio es bueno para con ellos, llegan a mirarlo como a un igual.

Para que admiren y crean, es menester imponérseles por medios desusados, como el aislamiento y el misterio.

El respeto de los hombres tiene mucho de supersticioso: no creen sino en lo que no ven.

Las tribus salvajes muestran gran perspicacia al no sacar a sus reyes sino en las grandes solemnidades, pues lo que es comprendido es despreciado.

He oído decir a algunos al hablar de libros que no comprenden, que esos libros son los más profundos.

La humanidad acepta por amo a todo aquel que se impone por el misterio, pero paga con el desprecio al que se deja comprender.

Dios, desde que vio la estupidez de los hombres, no quiso volver a mostrarse a los ojos humanos, como en otro tiempo lo hacía.

Esta amarga estupidez es lo que no deja tributar honores a los genios, sino después de su muerte.

¿No se podría explicar así la vida de los filósofos y sacerdotes?

Su celibato, su desprecio por lo humano, ¿no descansará en este raciocinio: “Es necesario que vean en nosotros algo regalado por las potencias divinas, algo incomprensible”?

Ya Federico Nietzsche indicó el gran influjo de la locura en las costumbres como único medio para modificarlas.

Todas las prácticas que hoy respetamos tuvieron un origen lleno de nebulosidades.

Fue necesario presentarlas como venidas de lo alto, reveladas a un hombre de vida aislada, que despreciara al mundo y la carne. Estas costumbres hoy las tenemos como buenas en sí, y hemos perdido de vista la trama intrincada de su origen, debido a una larga práctica de ellas.

La parábola del jardín

Los discípulos mostraron al maestro el discurso del loco, en que éste habla de la vulgaridad de los hombres.

Y el sabio les dijo esta parábola:

Desde el pueblo veían un jardín y una fachada muy hermosos.

Figuraos: los hombres comenzaron a imaginar el resto del edificio, y fue tanto su imaginar, que al fin se dijeron: “Es el edificio más hermoso que ha existido...”.

Y a su ánima entró la curiosidad de ver el palacio.

Pero se encontraron con una casa igual a las del pueblo: sólo eran hermosos el jardín y la fachada.

Y uno de ellos dijo: “No vale la pena”.

Y al tiempo se derrumbó la parte fea del edificio, y murieron los hombres que la habían visto, y se levantó una nueva generación.

Los hombres se dijeron: ¡Qué bello sería este palacio cuando estaba completo! ¡Este jardín es obra de dioses...!

* * *

Las obras del artista son el jardín. Y cuando uno sólo conoce las obras, se dice: es un genio. Pero si se acerca, ya no verá sólo los momentos excepcionales del artista...

¡Es un hombre como yo...!

Muere el genio, y queda ancho campo para imaginar...

Ya no atribuiréis, terminó el maestro, la causa de los hechos de que habla el loco, sólo a la vulgaridad de los hombres, sino también a la humanidad del genio...

¿Cómo? ¡Todo es humano, demasiado humano!, diréis con el loco de Roeken.

Así contestó el viejo...

Érase un viejo filósofo que tenía unas barbas muy largas y muy blancas, y que vivía en las montañas entregado a meditaciones sobre la vida. Era de gran saber, sobre todo en las cosas del corazón.

Cierto joven fue un día a visitarlo, y le dijo:

¿No se entristece usted viviendo tan solo? Usted no puede decir: hoy llega papá... Ahora vienen mis hijos... ¿Por qué no se casó usted? Veo que desprecia todo lo humano, y entonces ¿en qué halla alegría? ¿Qué le retiene en la vida?

¡Oh! los hijos, los amores todos, ¡son los dioses que protegen la vida...!

—Joven —contestó el anciano—, si caminaras por el camino del saber no dirías esas cosas. Entonces sabrías que el alma es un mundo en donde pueden florecer flores más bellas que en el mundo exterior.

Mis hijos son mis pensamientos.

Hoy llegan mis niños sonrosados: así me digo en los días venturosos.

¿Qué amas tú en las mujeres a quienes amas? No a ellas sino al ideal que en ellas has puesto. Yo disuelvo mi alma en el universo todo, y así amo todo el universo.

Aprende a hacer de tu alma tu tesoro: allí encontrarás lo necesario para vivir una vida divina. No permitas que tu corazón esté sometido, para alegrarse, como para entristecerse, al querer de los hombres...

Que tu novia esté en tu propia alma y tus hijos en tu propia alma...

Sigue por este sendero que conduce a la vida divina... Y sabe que los dioses no necesitan de protectores para la alegría de su vivir...

Mide la grandeza de un hombre por la disminución de sus dioses: por eso jamás creas en aquellos filósofos que escriben para agradar al público.

Y cuando encuentres uno que pueda vivir solo, di entonces: este debe tener un rico tesoro; se ha hecho divino, y por eso jamás mira hacia arriba como los perros humildes...

Así dijo el viejo de las barbas blancas.

La parábola del loco

Sucedió que en cierto pueblo había un hombre loco, es decir, que no pensaba ni decía como los demás.

Y como en nuestra época ya no se cree que la locura tenga algo de divino, como en los días de Grecia, se reían de él y le despreciaban, como si fuera un hombre enloquecido por el Diablo.

Digo mal, pues se cree en la locura mística, en la que se refiere a ultramundos, pero no en la locura producida por el pensamiento.

Sucedió, pues, que un día de mercado hubo una riña entre un perro rico y gordo, y otro flaco y pobre.

Figuraos lo que pasaría.

El perro grande derribó a su adversario y mostraba intentos de concluir con él.

Los hombres pobres y flacos del mercado, como por un instinto que les mostraba lo que a ellos podía acontecer, acudieron con piedras en defensa del pobre perro vencido.

Nuestro loco que esto vio, dijo al pueblo:

Vosotros creéis hacer un bien a ese perro, pero en verdad le hacéis, evitándole la muerte, un grave daño, pues es la mayor amargura la amargura del vencimiento. Hacéis también un grave daño a la vida, pues toda impotencia que vemos, todo vencimiento que sobrevive, toda miseria que se manifiesta, envilecen la vida.

Así dijo el loco, pero no lo oyeron.

Y los que lo oyeron no lo entendieron.

El paralítico

Y era un paralítico, y su familia lo llevó a la montaña, en donde al menos sus ojos podrían complacerse, y su alma juguetear con sueños.

Y maniático se volvió el paralítico en la montaña: así decían las gentes.

De la mañana a la tarde permanecía sentado a la puerta de la casa. No hablaba. El alma puesta en los ojos, y los ojos en el horizonte, así se estaba las horas hundido en profundo soñar.

Y ¿cuál fue la locura del paralítico? Oíd: la pobre ánima encerrada en cárcel tan miserable se enfermó de tristeza. Y al llegar a la montaña, sintió brisas libertadoras... y se asomó al mundo; y vio, allá, en la lejanía, una forma blanca, como de mujer. ¡Quizá una nube! Y desde entonces, alegrada esa alma, no volvió a mirarse a sí misma, sino al horizonte, que pobló de mujeres, alegrías, dolores... ¡Sueños!

* * *

Y ¿qué es el hombre, sino el paralítico de la parábola?

¿Qué ha hecho el hombre y en qué se ocupa el hombre? Lo mismo que el paralítico: sueña... Llena el horizonte de ultramundos, alegrías y dolores, para no verse tan triste...

Dolor y alegría

Tú, ¡oh rey! —contestó el sabio—, me pides que te diga en dónde está la felicidad.

Dolor, alegría... Palabras que sólo tienen sentido en relación al ser sensible. Para ti el tener sólo un pedazo de pan es tristeza, mientras que para un mendigo es alegría.

Comparas los estados de tu alma, y así formas la escala de lo bueno y lo malo, de lo triste y lo alegre.

Mira este río. Si en todo su curso el agua corriera con igual rapidez, entonces no podrías decir: en este sitio el río tiene gran mansedumbre...

Vivir es cambiar constantemente. Así, mientras vivas pasarás constantemente de un estado a otro... y unos serán más agradables... habrá para ti alegría y dolor...

Tú dices cuando te sientes alegre: si pudiera vivir siempre así. Pero no; ese momento no sería placentero, si en tu vida no hubiese otros menos agradables, para compararlos...

No puede haber alegría si no hay dolor, y éste existirá mientras haya vida...

No creas tampoco que al morir terminen el dolor y la tristeza. La muerte es sólo un cambio de forma. ¿Has visto un cementerio de aldea? ¡Cuántas flores, cuántas mariposas y cuántos frutos! Allí comprende uno que la muerte sólo es un cambio de forma. Y ¿quién será capaz de asegurarte que las flores no sienten, gozan y sufren? Yo creo que las flores son espíritus más silenciosos que los hombres... Y ¿quien será capaz de asegurarte que no volverás a ser hombre, después de haber servido para tapar un agujero, como decía el melancólico Príncipe...?

Así pues, ¡oh rey!, te contesto que la felicidad y el dolor son dos inseparables, y que los dos son hijos de la vida...

¡Suprimir la vida...! ¡Pero es imposible! ¡Todo cambia, renace, y nada muere! Cuentan que el filósofo sepulturero Van-Rum decía este decir mientras su locura: “¡No poder uno morirse!”.

Así dijo el viejo de las barbas largas, a cierto rey que fue a visitarlo, y que le preguntó en dónde estaba la felicidad.

El decir invernal

Todo el día ha llovido. Ahora es el crepúsculo, un crepúsculo de melancolía. Todo es blanco, de blancura turbia. El agua ríe, o llora, o canta, según el querer de las almas... Pero mi corazón dice que la lluvia solloza...

Propicio es el tiempo para meditar los pensamientos de Spinoza, de los Vedas y de Schopenhauer...

“El Uno Primitivo...”. “Todas las cosas son fenómenos del Ser Único...”. “Todo cambia, pero el Ser permanece eternamente...”.

Y en verdad que en este crepúsculo blanco, de blancura turbia, parece que el mundo tuviera un alma, y que esa alma, disuelta en las cosas, fuese Sor Melancolía...

Pero no; tú, novia de mi corazón, eres la esencia del mundo: eres mi alma, y mi alma es parte del Uno Primitivo... Es el Ser... Tú, mi novia, eres Sor Melancolía.

Quisiera vivir en los países del Norte, donde todo es blanco, frío, melancólico; allá, donde el alma se disuelve en la atmósfera, y se hace una con las cosas... Allá, durante los anocheceres más sombríos, podría entonces exclamar: ¡mi novia es la esencia del mundo! ¡Mi novia es todo lo blanco y melancólico...!

Por la ventana abierta penetra el frío. En la pieza vecina la viejecita lee en voz alta las historias de Job, mientras Peter Altenberg, mi perro, dialoga con sus sueños...

La parábola de la vida

Pasaba el maestro con sus discípulos por junto al mendigo de la llaga.

—Maestro —exclamó uno de los discípulos— es muy cierto que en la vida hay injusticia: unos gozan menos que otros, o si quieres, unos sufren más que otros. Mira ese mendigo...

El sabio dijo así:

El soñador trepó en alas de su anhelo a la cumbre del sueño; y fue su mayor alegría. La vida vino a él, y le habló estas palabras:

“Tú has gozado mucho, sufre ahora mucho. Así es mi justicia...”.

El viejo siempre fue mendigo y pobre de espíritu. Cierto día no hubo en su choza un pedazo de pan. La vida vino a él y le dijo este decir:

“Tú has gozado poco, sufre ahora poco. Así es mi justicia: si grande el contento, grande la tristeza; si pequeño el contento, pequeña la tristeza...”.

El que tenga oídos para oír, que oiga.

Y el contento de ese mendigo es tan grande cuando logra despertar en alguien la compasión, es decir, cuando consigue igualar a otro con él, como grande es su tristeza en los momentos de desconsuelo...

Y tú —terminó el sabio, dirigiéndose al discípulo de la exclamación— juzgas del sufrir del mendigo, conforme al sufrimiento que esa llaga te produciría a ti...

Juzgas de las cosas, sirviéndote de criterio tu propio ser...

Cuando hayas rumiado bien estas verdades, ya no dirás: ¡Maestro! ¡Hay injusticia en la vida!

Y el maestro y sus discípulos se alejaron del mendigo de la llaga.

Vivir...

El maestro habló a sus discípulos, diciendo:

Cada uno debe vivir y analizar sus experiencias: así resultará original el tesoro de sus verdades.

No hay dos personas idénticas, y, por lo tanto, jamás una verdad se presentará a dos por un mismo aspecto. A cada uno lo visitará de diferente manera, despertará en él distintos sentimientos, y el camino seguido será también diferente...

He aquí lo esencial: vivir nuestra vida y sacar de ella el tesoro de nuestro saber.

Pero la mayor parte de los hombres están atareados en la lectura de libros, sin preocuparse de leer su propia alma. Y esos son los que dicen: todo es viejo; todo se ha dicho ya.

En verdad os digo, amigos míos, que cada verdad tiene tantos aspectos como hombres hay, y que todo aquel que se estudie, llegará a ella por un sendero original, y serán originales también los sentimientos que despierte en su corazón.

Cada verdad debe estar teñida con nuestra propia sangre. Entonces la amaremos con un grande amor.

Estad atentos para recoger la imagen que la vida deje al pasar por vuestro ser.

Si cada hombre se estudiara más a sí mismo, y se preocupara menos de la impresión que en otros ha dejado la vida, descubriría que su visión del universo es distinta a la de todos los demás...

Y el maestro agregó, dirigiéndose a uno de los discípulos que trataba de imitar el estilo de Renan:

No imitéis tampoco el estilo de ninguno, por admirable que sea. Sería eso despreciar vuestra propia personalidad. En el yo debéis buscar la sabiduría, y el modo de expresar la sabiduría...

Así habló el maestro a sus discípulos.

Así habló el loco...

Toda interpretación de la vida es verdadera, porque indica la forma y modo que la vida toma en el ser que interpreta: es como el viento, que al penetrar en una caverna, produce distinto sonido que al insinuarse en un bosque.

La vida en sí no tienen ninguna significación; según sea el ser, así es la vida.

Cada filósofo da su forma y modo a la vida; sólo que dice, engañado por su orgullo, que así es siempre.

Si dejo caer mi mano sobre una hormiga, para ella el golpe será mortal, mientras que un elefante ni siquiera se dará cuenta de que lo he tocado; luego el golpe en sí es indiferente y sólo tiene significación relativamente al ser sensible, siendo además distinta según sea el ser.

Tampoco son las cosas conforme nosotros las vemos.

Para una hormiga será una montaña lo que para nosotros un pequeño guijarro.

Se juzga al no-yo conforme al yo, o, mejor dicho, éste es creador de aquél.

La misma lógica que rige nuestros razonamientos es una creación de nuestro yo.

El espacio y el tiempo tampoco son conceptos en sí, pues uno sólo tiene conciencia de la duración de sí mismo (la cual cambia según sea el estado de alma), y según eso juzga lo demás.

Así habló el solitario...

Aquel día fue un amigo a visitar al solitario.

Éste se alegró en gran manera, pues ya comenzaba a fastidiarse de tanto interrogar, de tanto hablar con su propia alma.

Momentos de charla amena y superficial, son precisos en la vida del pensador.

—¿Cuál es tu entretenimiento en esta soledad? —preguntó el amigo al solitario.

—Soñar. Esa es mi diversión. Desde que me estudio a mí mismo, lo que más admirado me trae es este constante mudarse de mi alma. La más pequeña variación atmosférica hace cambiar mi yo. Y cada nuevo cambio trae una nueva visión del Universo.

Esa es mi diversión. Soñar mundos; filosofar, pues ¿qué otra cosa, si no aquello, es filosofar?

Placer divino es este de crear mundos.

A veces pienso en los hombres que pasan la vida atareada, sin tener un momento de ocio para soñar, y me figuro que esos hombres no han sentido alegría...

No para todo hombre se hizo este entretenimiento.

En todos cambia constantemente el yo, pero no todos son capaces de llevar su alma hasta los últimos y más vagos sueños...

Fastidiarse durante los momentos de ocio es señal de incapacidad para conocerse a sí mismo; aquellos que odian el ocio son hombres serviles, poseídos del espíritu de la pesadez. Para ellos, su alma es como una estrella inaccesible.

¡Soñar! Esa es mi diversión. A veces, tirado a la sombra de mi árbol frondoso, contemplo las nubes. Me figuro una noviecita que formo de las nubes más blancas, más lejanas, y le cuento cuentos, decires que van saliendo de mi corazón...

Déjame imaginar...

La niña iba creciendo en espíritu. Su padre le traía siempre, al volver de sus viajes, algún regalo: muñecas, cuentos de hadas y de brujas...

Mira —le dijo la niña al padre— cuando traigas algún regalo para mí, no me lo entregues sino después de algún tiempo. Yo pensaré: es un libro de cuentos, y los cuentos son así: érase un hada que quería mucho a los niños... Érase una princesita muy buena... Así imaginaré muchos cuentos, creyendo que esos son los que dice el libro que me traes.

Otras veces será una muñeca. Y yo pensaré: es una muñeca que sabe llorar... Es una muñeca... Y tendré muchos cuentos y muñecas, muchos regalos. ¡Y estaré tan contenta!

Cuando me entregas el regalo, me pongo triste. Ya no puedo imaginar. Ya no puedo pensar cómo serán los cuentos, ni cómo será la muñeca...

* * *

Tenéis razón al decir que esta niña es soñada. Oíd: estaba el solitario tirado a la sombra de su árbol, mirando las nubes. Formó, de las nubes lejanas, una figura de niña, y luego, le dio su propia alma.

¡La novia del solitario es su propia alma!

Mi día de difuntos

Porque te fuiste amiga,
he sentido en este morirse
del día, que mi alma me
pesa cada vez más...

Comenzaba a levantarse el misterio en la sierra. Era la hora en que nuestra alma se va tornando más y más pesada...

El niño sintió miedo, como si algo extraño fueran a contemplar sus ojos, y se acercó un poco más al padre...

¿Hablaría el niño para apartar la mirada de sí mismo? Tal vez. La palabra sirve para eso: para olvidar, para alejar un poco nuestro mundo interior...

Sí; pero era la hora en que el hombre tiene necesidad de cariños que le ayuden a llevar su carga de misterios, su gama de sensaciones... O quizá también, cariños a quienes mirar para no mirarse a sí mismo... ¡Tantas cosas! Y por esas tantas cosas dijo el niño a su padre:

¡Papá! ¿Cómo era la abuelita...?

El Padre. —Primero fue una niña sonrosada...

El niño. —¿Y después...?

El padre. —Después fue una viejecita blanca...

El niño. —¿Y después...?

El padre. —¿Después...? ¿Después? ¡Melancolía del recuerdo!

Y en aquella hora amorosa el niño experimentó la tristeza del irse de los cariños, y pensó que al irse todos tendría que cargar solo con el peso de su alma...

El niño. —¡Pobrecitos los viejos! ¿No, papá?

¡Oh anhelo de la nada!

La novia nube. —¡El crepúsculo! Mira. Presta al mundo un aire de muerto: Silencio, olvido, melancolía...

El solitario. —Silencio... Olvido... ¡Negaciones!

Para encontrar belleza es necesario disolver nuestra alma en las cosas; es necesario contemplar el constante cambio de los fenómenos, y recordar así el irse de nuestros quereres.

Todo pasa, todo cambia y todo vuelve a renacer... Y el alma se va tornando silenciosa, melancólica... En aquellas regiones todo es crepuscular... Silencio, olvido... Presentimientos del Alma Única, infinita, que atrae entonces al pobre corazón. Es algo, algo así como un eterno crepúsculo.

Allí termina todo lo que es... Alegría, dolor, bueno, malo... ¡No! Allí nada ES. ¡Negación! ¡Eterno sueño, en el eterno lago de La Nada!

Las nubes

Para una niña que esté triste.

Ocúltase el sol, y comienza la hora propicia para todo ensueño. Para sueños tristes de viejo, y para sueños de enamorado; para meditaciones de filósofo, y para sentires de poeta; para sueños con la vida, y para sueños con la muerte...

Las nubes, coloreadas por el sol, cambian a cada momento de forma.

¿Qué dicen los niños? Los niños dicen:

Aquella nube parece una flor...; aquella una mariposa enorme...; aquellas se persiguen, juegan... ¡Qué juguetonas y alegres son las nubes...!

Y los niños dan saltos y gritos de alegría.

¿Qué dicen los viejos? Los viejos de hablar lento dicen:

Aquella nube se asemeja a la muerte...; aquella otra parece un cadáver. ¡Qué melancólico es el crepúsculo y qué tristes son las nubes...!

Y los viejos de hablar lento, callan, se abisman en el lago de los recuerdos, en ese lago de aguas verdosas, que es placentero y doloroso a la vez...

Y ¿qué dice la vida? La vida dice:

A mí, lo mismo que a las nubes, unos me dan su alegría, otros me regalan su tristeza. Yo no soy triste ni alegre.

Y la vida repite las palabras que dijo al discípulo de Dionisos:

Vosotros, los hombres, ¡oh virtuosos!, me prestáis vuestras virtudes.

El paralítico

Jamque quiecebam voces hominumque, canumque,
Lunaque nocturnos alta regebat equos.

Ovidio

Dijo el paralítico: madre, ha llegado el verano. El jardín está florecido, y la brisa me trae aromas de amores idos... Esta luna es perversa. ¡Mira cómo da a los campos el aspecto de una añoranza! Ciérrame los ojos para no ver esa luna. En mi corazón, a su hechizo mágico, van floreciendo los antiguos anhelos, que son ya imposibles... Es un desfile de ilusiones... Ciérrame los ojos con tus manos amorosamente viejas...

* * *

La luna seguía melancolizando lentamente los senderos y las almas... Y la viejecita cerró los ojos al paralítico...

* * *

Y luego: ábreme los ojos, madrecita. Deja que la luna haga florecer en mi corazón anhelos imposibles, y que la brisa me traiga olores de quereres lejanos... Mi alegría debe estar en mi cementerio. ¡Déjame ver cómo sangra mi corazón! No es tristeza esto. Es melancolía... ¡Melancolía es un paralítico en cuyo corazón florecen amores imposibles...! ¡Melancolía es un sendero adormido al hechizo de la luna...! ¡Melancolía es ver cómo sangra nuestro corazón...!

* * *

¡Oh, almas raras, almas refinadas, cuya alegría está en ver cómo se van los amores, las ilusiones, cómo todas las cosas pasan, se hunden en el misterio! Almas pervertidas por el análisis, descontentas, ansiosas de eternidad, que se vengan de la vida diciendo: ¡pondré mi alegría en ese constante irse de todo!

Y el viejo llora...

Por el camino polvoriento, cabalgando en una mula parda, va un viejo que tiene ya todo el cabello blanco.

El viejo reflexiona. Una orgía fue su juventud, y un hospital es hoy su casa: la hija, histérica; el mayor de los hijos, paralítico; el segundo cubierto de llagas asquerosas, y del otro le avisan hoy que se está muriendo.

Así dice la carta: “Ven, pronto. Nuestro hijo se muere. Tengo miedo. Ven pronto...”.

Y el viejo que tiene todo el cabello blanco, y que va por el camino polvoriento, cabalgando en una mula parda, llora lágrimas amargas, las más amargas de su vida, y por primera vez comprende que él jamás tuvo el derecho de ser padre...

La hora más triste

Cuentan que el filósofo Van-Rum se hizo sepulturero. ¡Bella profesión para un filósofo...! Y cuentan también que era más hosco que Schopenhauer.

Cierto día alguien le oyó exclamar: ¡Estos muertos renacen!: yerbas, flores, mariposas... Allí hay un rosal. Viene una mujer con su amante, aspira el perfume de las rosas, y éste se convierte en besos... y los niños devienen...

Oíd como cuentan las historias: ...y aquel día Van-Rum vio que una hermosa enlutada lloraba sobre una tumba. Y acercándose a ella, le dijo: ¡mujer! Tu amado sólo ha cambiado de forma. En esas flores está la esencia de tu amado. ¿Por qué lloras? Crees que las lágrimas duran sólo un instante, pero te engañas. Nada muere... Tu tristeza irá a entristecer otras almas... No puedes reír, llorar o cantar sin que conmuevas todo el Universo...

Seguid, ¡oh humanos!, riendo, llorando o cantando, que de rumores, alegrías y besos se impregnará la atmósfera y la vida...

Desde entonces —terminan las historias— Van-Rum se enloqueció. Sólo decía estas palabras: “¡No poder uno morirse!”.

Soñar...

El poeta está envuelto en el humo de su pipa, y dice:

¡Oh! ¡El sueño! Por él vivimos muchas vidas distintas; él nos liberta de la esclavitud del ser. Ser de un modo, ¡qué triste...!

Lo que es dura un instante y se acaba, y ¿qué más horrible que el placer que acaba?

Por el sueño vivimos todas las vidas que pudiéramos haber vivido en realidad.

Por eso amo el beso, porque es una promesa, y una promesa es un sueño.

¿Amar a una mujer? Eso es real.

Lo mejor es amar el deseo de amar; amar las figuras ilusorias de nuestra alma.

¿Se llama Berta, María o Carmen?

No; su nombre no es ninguno; es el que yo quiera, y a cada instante cambia mi querer.

No es Carmen ni Berta. No es blanca ni morena. No puedo decir cómo sea, porque a cada instante la quiero de un modo y no se puede decir lo que dura sólo un instante.

Si digo: es morena, cuando lo haya dicho ya no lo es.

Por eso la amo, a la novia que tiene todas las bellezas, y todos los encantos y todos los modos.

¡Pobres de vosotros los que amáis lo que es; vuestro corazón morirá al peso de lo que es...! Vosotros siempre sois Pablo o Juan, mientras que yo unas veces soy un viejecito muy blanco que recuerda sus quereres, y otras soy un galán enamorado...

¿Ser o no ser? No; ser nada y serlo todo...

Así dijo el poeta. Y se envolvió en el humo de su pipa y se abismó en sus sueños... Riendo unas veces, otras llorando... En su casa decían que estaba loco.

¡Pobre corazón!

—Niño, ¿no baja hoy al pueblo? Hay gran gentío y mucha diversión...

Así me dijo esta mañana mi vecino, un viejecito, mi compañero de conversaciones crepusculares...

Y me senté a contemplar el pueblo. Mi pobre corazón loco quería ir hacia ella... Y, romántico, recordaba los tiempos de sus amores. Allí encontraré —decíase— aquella mujer que tanto quise... ¡Estoy cansado de verme tan solo...! ¡Vamos al pueblo a ver la novia de los ojos negros...! Así decía mi corazón.

¡Pobre corazón loco! Aún eres muy niño y muy romántico. Es preciso echar sobre ti más y más hielo. Es necesario endurecerte más y más. No eres aún digno de la misión que te he dado. Te prometí un reino de belleza, más apacible, más tranquilo, más silencioso, y no podrás entrar en él, porque aún sientes nostalgia de aquellas noches de luna en que te estabas a la reja de la novia...

Cierto día te dije: desde hoy la vida sólo será para ti, un medio de llegar al conocimiento. Si amas, será para saber más... Si ríes, para saber más... Si lloras, para saber más... Si sangras, para saber más y más... ¿No recuerdas? Entonces ¿qué son tus lloriqueos? Además ¿no te he enseñado que el mundo sólo es bello para quien lo mira de lejos...?

* * *

Cuando después de mucho tiempo, me sorprendí conversando con mi propio corazón, no pude menos de envidiar la sonrisa de Voltaire, y continuar la arenga diciendo: ¡vamos! Recuerda las palabras de Dostoievski: “Hay gran placer en herirse uno a sí mismo”. Coge ahora tu bordón y vamos a trepar a aquella alta montaña, para contemplar desde allí el pueblo, recordar tu pasado y analizar tus lloriqueos...

Es menester endurecerte más y más, pobre corazón loco...

Clori

He comprendido, amigo José, que la verdadera filosofía se fundamente en un desdeñoso levantamiento de hombros: que la afirmación y la negación son indignas del sabio, cosas del pueblo... y que el entusiasmo, todo lo que sea salirse de una absoluta risa indiferente, es irracional, algo que muestra el predominio del límite, de la vida, sobre la razón, que es la facultad que nos conduce al levantamiento de hombros, a la absoluta ausencia de conceptos...

Se llenó mi soledad de gentes ansiosas de aire libre. Primero vino Clori, y luego, un poeta verleniano, un pintor, un tenorio, un músico, un nietzschano, un pesimista... Y todos ellos, menos Clori, eran gentes de nuestro tiempo: almas huecas, almas sin voluntad, donde las brisas susurran... Y las brisas susurrantes son tres o cuatro espíritus fuertes, como Tolstoi, Schopenhauer, Nietzsche. Aquellos pobres seres eran discípulos...

Pero Clori no era así: Clori proclamaba enérgicamente que la verdadera sabiduría consiste en tener dientes muy blancos. ¡Y triunfó! La fe que tenía y mostraba en su opinión la hizo triunfar. Ella dijo al pesimista que dejara esas tonterías, ese decir a cada instante que la vida es mala, ese hablar de cosas tristes; que eso estaría muy bien en Alemania, pero no en aquella loma tan llena de sol y de luna.

Y dijo al tenorio que el papel más triste de los tiempos actuales está representado por D. Juan. Y dijo... Y todo eso lo dijo entre risas, mostrando su blanca dentadura... Cuatro semanas después, el tenorio había abandonado la sonrisita, el poeta se había recortado las melenas, y el pesimista iba en pos de Clori, riendo alegremente...

Cinco semanas después, los discípulos de Nietzsche, de Verlaine, de Tolstoi, y de Shopenhauer, se habían hecho discípulos de Clori, y proclamaban, como única verdad, el tener blanca dentadura...

Allí, entre los naranjos, rodeada de sus discípulos, riendo alegremente, Clori os enseña...

La hoja

La novia-nube. —Mira, cae del árbol una hoja como si fuera... Me he puesto triste...

El solitario. —Como si fuera... Comprendo tu decir. La hoja cae en nuestro propio corazón y nos hace recordar las tristezas de todo lo que se fue... Al caer la hoja, se quiebra la paz del lago de los recuerdos...

Recordamos cómo se volaron los amores, cómo se murieron las mariposas, cómo se fueron los quereres...

Te has puesto triste...

Y ese lago

Pasa una mujer por el sendero...

Tú contemplas cómo se va alejando hasta que se pierde en la distancia...

Pasa una mujer por tu corazón... y se va alejando hasta que se pierde en un recodo de la vida...

Y a tu alma caen gotas de melancolía.

Se va la juventud con todos sus quereres...

Y a tu alma caen muchas gotas de melancolía.

Y así, a medida que va pasando la vida, se va formando en tu corazón un lago verdoso, melancólico...

* * *

Desde una cima contemplas un sendero solitario. Y esa visión te hace recordar otro sendero por donde se fue alejando una mujer; esa visión quiebra la paz del lago de melancolía que hay en tu alma...

Recordar es quebrarse la paz del lago melancólico...

Es bello lo que quiebra la paz del lago de melancolía que el irse de las cosas va formando en el corazón...

Los recuerdos

I

Hoy vuelvo a ti, árbol amado de mi corazón. Bajo tu sombra vivieron muchos de mis sueños. La parte de mi alma, todos los recuerdos que están enredados en tu ramaje, o que vagan al amparo de tu sombra, son de una sutil melancolía... Ni un solo instante desagradable enturbia nuestra amistad. Contigo, prestándote yo mi alma, departía, rumiando mis contentos y disipando mis dolores... Experimento lo más sutil que pueda gustar el alma: en estos sitios vagan mis almas muertas, los sueños de otras épocas... Siento la melancolía de estar visitando mi propia tumba... El hombre se va muriendo poco a poco, a medida que se van muriendo sus amores. Y por eso los viejos son tan tristes.

Toda ilusión que se va, es un alma que muere en nosotros, y los sitios en donde pasó aquel amor, son su cementerio.

Alrededor de mi árbol, vagan, como mujeres pálidas, mis sueños... Ellos son el alma de mi árbol.

II

¡Vieja estancia de los abuelos! ¡Parece que tuvieras en ti la melancolía! Me dices: recuerdo cuando el abuelo Juan... Recuerdo tu sueño cuando cayó la hoja del árbol... Tu vista trae a mi espíritu el aroma de unos quereres muy lejanos, y hace que recuerde todos mis sueños...

¡Eres muy vieja...! En las telarañas de tus rincones parece que estuvieran enredadas las vidas de aquellos viejecitos... ¡Y ahora se va enredando mi propia vida...!

¡Me espantas deliciosamente, vieja vivienda del abuelo Juan! Has asistido al morirse de muchas de mis ilusiones, y por eso ahora me repites: recuerda... recuerda... ¡Es mi propio espíritu quien habla en ti, y ante quien siento terrores deliciosos! En ti, mi alma se contempla a sí misma...

Tic, tac.

¡Amigo Rum! Oye los decires de mis almas muertas que hablan en el antiguo reloj mohoso.

Tic, tac...

Una hoja cae del árbol...

Tic, tac...

Una mujer pasa por el sendero de tu corazón...

Tic, tac...

¡Oh, amigo Rum! ¡Mira cómo me muerde la melancolía! ¡Mira cómo es preciso morir para ir a buscar a Fina, allá, en el lago verdoso del eterno ensueño...!

III

Aquel niño tenía en los ojos la tranquilidad del lago de los recuerdos. Había nacido para recordar los hechos de sus abuelos...

El recuerdo es de los viejos. La mitad de la vida es para obrar, y la otra mitad se dedica a la añoranza.

Aquel niño que tenía los ojos apacibles, era el brote último de una raza grande, que dejó huella luminosa en sus caminos.

A medida que la humanidad envejece, los ojos de los hombres se van haciendo tranquilos y tristes...

La mirada de aquel niño ya no se dirigía intrépida en busca de nuevas sendas, ni sus pasos eran firmes y apresurados. No; sus ojos miraban melancólicamente la casa antigua de los antepasados, y sus pasos resonaban en los senderos cubiertos de musgo por donde vagan las añoranzas...

Y el último hombre será todo recuerdos; en él se encarnará todo el pasado... ¿Cómo obrar? Se lo impiden las cadenas que lo atan a muchos sepulcros... ¡El último hombre sólo amará los amores muertos...!

Sí; a medida que la humanidad envejece, se va tornando más y más interior: en ella se van encarnando las almas de todos los muertos.

Y nada que ame tanto el último hombre, como a esos espíritus vencidos que aparecen al final de las razas triunfantes y poderosas. ¡Pobres y dulces almas que llevan el gran cansancio!

¡Nada que ame tanto el último hombre como los decires de Jesús! Al fin de aquel libro que relata la historia del pueblo de los grandes valores; al fin de esa historia llena de matanzas, crueldades, crímenes y grandezas, aparece el decadente Jesús con sus bienaventuranzas... ¡Así mismo vendrá el último hombre, encarnación de la melancolía, al fin de este suceso absurdo que se llama vida...!

Una tarde alegre

Todo es dulce al corazón; hasta el sufrimiento es miel para el corazón.

Es la niña. Llora, ríe, corre por los campos cogiendo flores, mariposas y pájaros. Y unas veces es su madre, que le cuenta de la Virgen María, y de cómo Jesús sanaba a los enfermos, perdonó a la Magdalena, y reía a los niños... Y otras es la vieja nodriza, que le cuenta cuentos de hadas, y consejas de brujas...

Y todo esto es miel para el corazón.

Es la niña que comienza a hacerse mujer. Ya no ríe, ni corre por los campos. Sueña. Sueña con el amado, y lee historias que unas veces la ponen triste, otras le llenan el corazón de alegrías, pero que siempre despiertan en su alma deseos vagos...

Y todo esto es miel para el corazón.

Es la mujer. Y ya no sueña con el amado que será bello como un príncipe, ni quiere aquellos libros de amor tierno y romántico. Lee a Maupassant, a Queiroz, a D’Annunzio; y su alma se torna complicada al contacto del alma de Adria, de Jorge, de Hipólita.

Y todo esto es miel para el corazón.

Es la viejecita. Y ya no ríe, y ya no sueña, y ya no lee a Maupassant. Recuerda. ¿Qué más dulce que esta palabra: recordar? La viejecita dice a su corazón: ¿recuerdas?... En aquella reja una vez. ¿Recuerdas...? ¿Recuerdas? Todo es en la viejecita como un claro de luna. Algunas veces la viejecita lee:

“Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalem.

Vanidad de vanidades...”.

Y todo esto es miel para el corazón.

El día de la gran tristeza

Aquellos primeros escritos revelaban un hombre apasionado. No dudé en decir que era el poeta de las cosas pequeñas del alma. Sabía escoger las palabras más silenciosas, más sutiles. Recordaba a Maeterlinck. Es un hombre interior, decíame yo, pero es un hombre voluble. Ama intensamente, pero dura poco su amor.

Y pasó un año, y cambió el poeta. Ya no era el poeta de las cosas pequeñas del alma. Era un Rabelais, pero un Rabelais muy triste. De todo se reía. Su estilo era perverso. Pero esas risas eran, para mí, gritos de desesperación. A través de ese constante burlarse del arte, de la filosofía, del amor, de la vida, se adivinaba al hombre desesperado de no poder amar, al hombre que tiene cerradas ya todas las fuentes de la alegría y que se refugia en la venganza. Sí; comprendí que el poeta aquél quería vengarse de no poder amar, haciendo que el alma de los demás se tornase árida también...

Y un día que hablé con el poeta le dije:

—A usted que ama las historias tristes le interesará esta historia:

Mi amigo era un hombre refugiado en su alma, y cuando de ella salía era para mirar otras almas. Era un apasionado por los secretos del corazón. Y como amaba intensamente, escribía páginas de verdadero arte, lo que se llama páginas teñidas en sangre...

Pero he aquí que, no sé por qué cruel destino, mi amigo era voluble; era un artista, y al mismo tiempo, cosa rara, era un crítico. Hoy despreciaba lo que ayer había amado con pasión...

Y usted sabe, que en su carácter de humanas, todas las cosas pueden amarse, o despreciarse intensamente...

Adivinará usted fácilmente el fin de mi historia...

Llegó para mi amigo un día, que fue el día de la gran tristeza... ¿Adivina usted? Aquel día mi amigo ya no pudo amar, ya no pudo escribir aquellas páginas de antes... Al ir a escribir, al ir a hacer obra de arte, es decir, “obra de amor”, se le aparecía el desprecio, veía la humanidad de aquello que iba a adorar...

Y usted que ha experimentado la alegría, la divina alegría que da el triunfar de la palabra, diciendo en palabras la historia de algún amor silencioso, comprenderá que aquel día fue para mi amigo el día de la gran tristeza...

¿Adivina usted? Y fue un odio, un odio mortal a la vida, al arte, a los hombres... ¡La venganza! He ahí su único consuelo... Desde entonces mi amigo escribe páginas en que se ríe de todo, pero es una risa la suya que indica la gran tristeza de no poder amar...

¡Triste destino este de hacer a los demás la vida árida! ¿No cree usted? Comprendo que todo es humano, y por lo tanto, que mi amigo está en su derecho... Pero el suyo es un oficio triste... Ya que estamos en la vida, la verdad para nosotros es la vida: el amor, la belleza, la gloria... ¿No cree usted?

Cuando terminé, el poeta me miró tristemente. Parecía decirme:

—Usted me ha hecho imposible el único consuelo. Ya no podré vengarme, porque la venganza me parecerá despreciable...

Nada me dijo el poeta, pero esa mirada era horriblemente triste...

El amor

I

A. —Advierte que yo no digo: la verdad, sino: mi verdad.

B. —De lo contrario, Pilatos te preguntaría: ¿qué es la verdad?

II

¿Cómo deben mirar los contemplativos al amor?

Late en cada hombre cierta tendencia, cierta especie de atracción hacia el todo. Hay momentos en que uno quisiera confundirse con el aire, con el agua, con la brisa, en una palabra, ser todas las cosas.

Durante estos estados de alma —que se producen especialmente en la soledad, y en medio de la naturaleza— aquella se complica, y el hombre se siente intranquilo como si fuera a revelársele algo muy grande, como si fuera a presentarse repentinamente el dios Pan.

¡Cómo tiende el alma hacia el dios Pan! ¡Cómo se enloquece de amor al no poder unificarse con él! Por ahora no es posible. Entonces ¿qué sucede?

Ese deseo impotente, imposible de efectuarse, crece más y más, hasta llegar al punto en que el alma no resiste y busca algún medio de aligerarse.

¿Y qué mejor para concretar aquel amor, aquella unificación, que otra alma? Amar es robar. Amar a una mujer es querer enriquecer nuestro yo, con el yo de ella; no es otra cosa que un modo de efectuarse, de concretarse la tendencia y el amor al universo, al todo, el panteísmo que, en mayor o menor grado, hay en cada uno de los hombres.

El amor, esa avaricia del alma, es propio de la vida, de la salud, de los hombres poderosos de vitalidad, que quieren ser más de lo que son, serlo todo en el todo, hacerse inmortales. Cuando el hombre está lleno de vida, lo afirma todo, todo le parece bueno; en esos momentos se vuelve afable, bondadoso; en su alma se despiertan pasiones grandes, que ocupan el lugar del odio, de la envidia, de la calumnia, de todas esas pasioncillas babosas que llenan el alma de los vencidos, de los enfermos y de los impotentes.

Pero el artista debe oponerse a la naturaleza, debe corregir la naturaleza.

En efecto, cuando el alma tiende con mayor pasión hacia el todo, es cuando produce sus mejores obras.

La norma del artista será: no saciar su alma sino esperar que ésta, por efecto de su gran tensión, busque el medio de aligerarse, produciendo obras maestras.

El amor a una mujer, es decir, el deseo de poseer el alma de una mujer, puede ser para el artista fuente de inspiración. Esto sucede cuando la mujer no corresponde a su amor. Peter Altenberg dice con profundo sentido psicológico:

¡Insondable y sagaz naturaleza,
que por llenar tu aspiración te esfuerzas!

tú cuidas en los antros de la vida
de la especie Petrarca, madre mía,

¡porque en esa mujer de sus encantos
él engendró la raza de sus cánticos!

Esa también la causa de que todo enamorado sea algo poeta. Pero eso dura mientras se lucha por la posesión del alma de la mujer, pues cuando se llega a tener completo dominio de ella, disminuye o cesa completamente el amor, debido a que el alma está ya libre de la tendencia de que hablamos al principio, y cuya satisfacción es el objeto del amor.

¡Oh viejo bordón de los abuelos!

Ligia está triste. Acaba de ver a su hermano paseándose por el jardín y contemplando un bordón nudoso, que aquella mañana había encontrado entre las vejeces de la familia. Con los ojos llenos de lágrimas, y con ese aire de loco, que es lo característico de sus momentos de exaltación, pasea exclamando:

—¡Oh viejo bordón de los abuelos!

Ligia es la única que conoce el alma del joven pensador. Él ha puesto todo su amor en ella.

(Ligia se acerca a su hermano, haciendo como si persiguiera una mariposa).

Ligia. —¡Julio...! ¡Julio...! Espérame, que vamos a pasear juntos... Tengo que reñirte por algunas cosillas... ¿Por qué ya no vienes conmigo a regar las flores? ¿No me decías que ese devenir lento de las flores te enseñaba muchas cosas? Hablemos en serio... Te estás volviendo loco de veras. De algunos días acá no haces otra cosa que pasearte por los corredores, alimentando esa pícara culebrilla que llevas en la cabeza... Ahora mismo acabo de oír tus locuras...

Julio. —Ah, Ligia, no digas que son locuras. Oye: ¿no recuerdas cuando nuestra madre nos contaba las historias de la familia? Y ¿no recuerdas la historia del abuelo Juan, aquel viejo maniático y enfermo? Pues mira: cuando uno se estudia a sí mismo, encuentra que su alma es hecha de pedazos del alma de los antepasados. Estos días he estado meditando en las historias que nos contaba nuestra madre y el abuelo Juan se me ha aparecido como una visión futura de mí mismo... ¡Y este bordón perteneció al abuelo Juan...! ¡Y este bordón acompañó a todos nuestros antepasados en su camino...! ¡Todos ellos siguieron un mismo camino...! Hoy llega a mí, que me he separado de lo que ellos amaban, y me acompaña por un nuevo sendero. “¡Ya no es la misma la senda!”. ¿Comprendes ahora?

¡Oh, viejo bordón de los abuelos!

Escribir...

Cierta vez el maestro habló a sus discípulos sobre la meditación, diciendo:

Conviene reflexionar mucho en las ideas, antes de publicarlas, y ver si son dignas, pues acontece que después de publicadas el orgullo impide reconocer los defectos, y sigue uno defendiéndolas como grandes verdades.

Si todo escritor meditara detenida e imparcialmente, quemaría por la noche mucho de lo escrito en el día; pero generalmente escribe lo primero que se le ocurre, lo cual no viene a ser otra cosa que imaginaciones sugeridas por sus propios defectos para justificarse...

Tiempo después algunos discípulos dijeron al maestro:

Desde que seguimos tu consejo de meditar mucho antes de escribir, todo nos parece disparatado.

Y qué —dijo el sabio— ¿estáis fastidiados por eso? Veo que no escribís por amor a la verdad y por necesidad de libraros de la abundancia de vuestro tesoro, sino por deseo de figurar.

Y la misma razón que os impulsa a ensuciar cuartillas, impulsa a casi todos los demás.

Sois como perros cazadores. Vais jadeando detrás de una verdad o de una rima, y cuando lográis atraparla, en los ojos reflejado vuestro amor a las alabanzas, la mostráis al público gritando: ved, yo soy un pensador... yo soy un poeta...

Siempre que veo un hombre ojeroso y pálido, me digo: éste debe ser un hombre que escribe. El deseo de gloria no le ha dejado dormir tranquilo; sus ojos pregonan su gran ansiedad.

En verdad os digo, amigos míos, que muy pocos son los libros escritos con sangre: los demás son productos de la gran ansiedad.

Así habló el maestro a sus discípulos.

Bajo un árbol

Es el mediodía, y es un sol, sediento del amor de la tierra, que ahuyenta de mi alma al “espíritu de la pesadez” y la torna apta para volar, a través del aire seco, persiguiendo los sueños-mariposas...

Allá, lejos, por un sendero muy amarillo, caminan unos viejecitos... yo creo que son unos viejecitos...

Y en este mediodía, tirado a la sombra de mi árbol frondoso, quiero escribir un cuento-mariposa, dedicado a una niña soñadora, que sepa los sueños que trae el mediodía, y los que sugiere el crepúsculo, y los que regalan el sol niño, las noches negras y la luna de andares gatunos...

* * *

Eran dos viejecitas muy blancas y muy buenas, que amaban con un querer muy dulce a la Virgen María. La más añeja de las viejecitas tenía un palomar, todo de palomas blancas, que era su encanto. La otra, la menos vieja, cultivaba flores para la Virgen, y, sin duda por nostalgia de los besos no recibidos, y como un símbolo, sólo quería flores rojas, muy rojas...

La más añeja de las viejecitas se iba en los atardeceres a decirles cuentos a sus palomas, y al ver las parejas tan amorosas, les hablaba de amor, les decía que se quisieran mucho. ¿Por qué no habían de quererse sus pobres palomicas?

Un día llegó el señor Cura, y la viejecita le contó con gran inocencia, pues para ella el beso era una cosa muy santa, cómo se besaban sus palomitas; le contó la ternura de esos idilios al atardecer, y le contó los decires que ella soñaba...

El señor Cura no supo entender esa gran inocencia; creyó que el Demonio estaba sirviéndose de las palomas para hacer sus diabluras, y prohibió a la viejecita volver al palomar...

Desde entonces, la viejecita de las palomas, siguió mirando al cielo en las noches estrelladas, y pensaba:

—¿También las estrellas no son besos?

Cuento para niños

Carlota tiene nueve años, y es un encanto de nenita. ¡Y cómo quiere a Olga, su muñeca de ojos azules! Sí; Carlota, como todas las niñas, se prepara inconscientemente para su destino de amor, de madre.

¡Ah! ¡Y si todos tomáramos tan en serio la vida, como en serio toma Carlota sus juegos con la nena! Y, después de todo, un juego de muñecas es este mundo, y esta vida... Sólo que los años nos van haciendo malos, nos van quitando la inocencia..

—¡Mamá! Olga se murió anoche y la van a enterrar... ¡Ay! ¡Pobrecita...!

—No seas tonta... ¡Cómo pudo morirse Olga...! No llores... ¡Tú sí eres boba...!

Pues sí, señor; Olga se murió anoche y Carlota está muy triste, llorando... Pero, a pesar de eso, Olga se murió anoche, y es preciso enterrarla.

Y el entierro de Olga, fue así como el de los niños...

¡Y Carlota se entristeció tanto...!

Pero, ¿no os dije que Carlota, así como todos los niños, iba preparándose para la vida...?

¿No os dije que para eso sirven las muñecas?

Inconscientemente aquella nenita se iba preparando para ver morir sus quereres...

Y por eso, a pesar de todo, Olga se murió anoche...

Debo un gallo a Esculapio

Sócrates

Aquel crepúsculo, no uno de esos crepúsculos triunfantes, de colores afirmativos, sino uno invernal, en que el sol al morirse formaba lejanos lagos de tintes indefinibles... Uno de esos crepúsculos que ni siquiera hablan del pasado, que matan toda voluntad, sugirió en Félix el sentimiento, que transformado luego en ideas, había de apoderarse de su alma.

* * *

Y quizá sus últimas lecturas, aquellos libros de Salomón, de Spinoza, de Heráclito, habían preparado ya su alma para esto que le regalaba el atardecer, y que veía tan claramente, después de un poco de análisis.

Sí; era un gran amor por este crepúsculo que nada afirmaba, que nada decía, y era un gran odio a todo lo afirmativo, a todo lo que quería imponerse... Sintió gran repugnancia hacia el superhombre de Nietzsche... y comprendió que todo lo que es, necesariamente es limitado, que todo lo que dice algo, es limitado... y todos esos filósofos que discuten, que buscan la verdad, quedaron envueltos en el concepto de no ser, en eso que el crepúsculo le regalaba... Y Félix tradujo la frase de Schopenhauer: “Toda individualidad es una equivocación”, así: “Todo lo que es, es un error; la verdad está en la nada...”.

Y Félix miró con gran dulzura unos cipreses, que custodiaban una casita, allá lejos... Son, se dijo, unos extraños cipreses...

* * *

Y comprendió que mientras fuese una individualidad, trataría de dar un sentido a las cosas, trataría de dominar...

Eso es feo, había dicho a su hermana, y luego, arrepentido, fue y le dijo que eso era como ella quisiese...

Félix había amado a Fina. Por eso, se dijo, comprendo que desde pequeño está en mí este odio a lo afirmativo...

Sí; tiene ella el atractivo de lo ilógico, habíase dicho en aquellos tiempos... Era Fina una mujer sin voluntad, una de esas mujeres que pasan por el mundo sin querer definirlo, una mujer más allá, por encima de todo...

Fina —habíale dicho Félix—, usted me ama...

Y ella: sí...

Fina, haga esto...

Y ella: sí...

Fina, aquello es triste...

Y ella: sí...

Una de esas almas que parece que ya, antes de nacer, hubiesen vivido y trajesen una gran desolación...

* * *

Padeces, afirmó su amigo, el médico nietzschano, una disminución de fuerzas vitales. Por eso eres un negador de la vida. Todo pesimismo, toda negación, es señal de empobrecimiento de los instintos... La filosofía explica al filósofo; es una consecuencia necesaria de su estado de alma...

* * *

Las gentes decían: Fina no es armónica. Y Félix precisamente por eso la amaba tanto. Por una especie de aberración, y a pesar de reconocerlo como un absurdo, había llegado a no poder representarse lo infinito, sino como algo desarmónico...

También decían de Fina: no tiene espíritu. Y Félix decíase: Espíritu, Dominio, Límite, Ser. Todo eso le repugnaba. Fina estaba representada así: sin espíritu, sin sentido, sin límites, no ser...

Y lo peor —así lo afirmaba su amigo, el médico nietzschano—, era que Félix había llegado a no tener ningún odio, ninguna pasión que le hiciera soportable El Ser... A Schopenhauer, por ejemplo, observa sagazmente Nietzsche, le retuvieron en la vida, impidiéndole ser verdaderamente pesimista, sus odios: Hegel, la mujer, la sensualidad... Y Félix ni siquiera odiaba ya; en él estaban muertos todos los instintos de vida; sólo sentía un gran amor por Fina, es decir, por el dios Nada...

Y el verdadero pesimista, terminaba el nietzschano, es decir, aquel en quien están muertos todos los instintos afirmativos, necesariamente huye de la vida...

* * *

Y no se engañó el médico. Félix, antes de morir, pensó que quizá sería todo lo contrario, que quizá el estado de afirmación de la vida, sería la enfermedad... Y así se lo escribió a su amigo: “...Al menos yo tengo en mi favor la afirmación de otro gran filósofo, Sócrates: Sócrates, que según la explicación de tu maestro, con aquellas palabras: ‘Debo un gallo a Esculapio’, quiso decir que la vida es una enfermedad”.

El filósofo y el poeta

Muere el sol, un sol veraniego, con tanta alegría, con tanto contento, con tanto derramamiento de sonrisas sobre la tierra, y tantas bendiciones para lo humano, que el poeta, lleno su corazón de recuerdos, melancólicos como todo recuerdo, ríe y llora de felicidad, pues toda gran felicidad es melancólica, tiene algo de amargura...

El filósofo, sentado a la puerta de su cabaña, contempla y saborea también la placidez de la tarde. Habla así a su corazón:

Con esta muerte tan alegre, tan llena de sonrisas y de bendiciones, el sol da un ejemplo a los hombres. Yo sólo conozco un hombre que haya muerto así, como muere el sol, y ese hombre fue Zaratustra el de la caverna.

En estos instantes aquel poeta de quien me contaron los pastores que se había venido a mis montañas, debe de estar recordando, imaginando y embelleciendo los caminos posibles de su vida...

El poeta, amparado por la muerte del sol, se encamina a la cabaña del filósofo. Piensa:

¡Singulares montañas estas! Todo el pasado se aparece, misterioso y dulce como un crepúsculo.

¡Extrañas soledades estas! El yo se multiplica en muchos yoes: unos discuten... otros meditan, éste sueña, aquél recuerda. ¡Qué tumulto interior! Aquí está uno lleno de sí mismo, se siente a sí mismo.

El solitario es el hombre que está menos solo; el solitario es el hombre más hablador.

A veces, cuando es mayor la soledad, siente uno horror, miedo de sí mismo, miedo de cosas misteriosas. El Hombre está lleno de misterios, y en estas soledades palpa uno esos misterios.

A vosotros, que no creéis en la grandeza del solitario, quisiera traeros aquí y deciros: meditad, recordad, anhelad.

¡Oh soledades del viejo de la montaña! Estoy triste. Habéis despertado en mí un gran deseo: quisiera meter dentro de mí todo el universo, quisiera hacerme inmortal.

Yo soy incapaz de soportar esta felicidad. Quizá ese anciano, que según decires de los cabreros hace diez años que se vino al aislamiento, después de mucho haber visto, espantará mi tristeza y remediará mis males.

Pero he aquí que mientras estos sentires, el poeta se llegó a la cabaña. Y el viejo, apoyado en su cayado, vino a él:

El poeta. —Anciano: tus andares, y esa águila que llevas a tu lado, me dicen claramente que eres el discípulo de Zaratustra el de la caverna.

Yo soy un poeta. Cansado del ruido que hacen los hombres resolví venirme a vivir al amparo de estas soledades. Pero desde entonces se ha despertado en mí tal tumulto de ideas, de recuerdos, de anhelos; se ha multiplicado tanto mi yo; mi estado de alma es tan... indecible, que hoy dije a mi corazón: el solitario es el hombre que está menos solo... el solitario es el hombre más hablador...

¡Anciano!: estoy triste; quiero volver a mis antiguos caminos.

El filósofo. —Has dicho bien: ¡La indecible! Así nombraste lo que sienten los creadores. La indecible es la gran alegría, un poco melancólica y con un poco de amargor.

Precisamente cuando llegaste, estaba contemplando el sol y tomando ejemplo de su muerte. Mira cómo esparce bendiciones sobre todas las cosas: sobre el gusano y sobre la mariposa; sobre el hombre honrado y sobre el hipócrita... Siéntate y cuenta tus cuentos que el sol los bendecirá.

El poeta. —¿Los antiguos caminos...? Mi madre: sus caricias, las oraciones que me enseñaba y los cuentos que me decía; los sueños de aquellas noches, dormido al amparo de sus cantares... Los juegos; las pequeñas que yo decía mis novias. ¿Después? Aquella de los ojos negros... Rosa, María, Teresa... Los primeros versos que hice fueron para ellas; para ellas fueron los primeros balbuceos de mi pasión... Aquello era alegría. ¿Y hoy? Aplastado por tus montañas...

El filósofo. —Tú sientes, pero no comprendes, La indecible. En la mentira está la felicidad. Los poetas viven del recuerdo, y por eso viven en la mentira, pues al recordar se agranda, se aumenta, se abrillanta.

La verdad mata. Un filósofo para poder vivir tiene que ser algo poeta. ¡Feliz yo que te he encontrado! Desde hoy endulzaré mis amargas verdades con la miel de tus mentiras.

Vosotros los poetas vivís recordando, es decir, embelleciendo, y por eso sois mentirosos y sois felices.

En aquellos tiempos, en aquellos antiguos caminos, no eras tan feliz como tú crees. Mientras se vive un instante no se es feliz; feliz se es cuando después de pasado ese instante, se recuerda. Recordando una época, te parece que fue feliz, y mientras recuerdas, vives en esa época y gozas esa felicidad. Y recordando, vives todas aquellas vidas en que tu vida pudo bifurcarse; y he aquí que siempre son alegres, y vives otras tantas vidas alegres.

Tu amargura viene después de tu añoranza, cuando vuelves sobre ti mismo, y ves que todo aquello no fue realidad. Pero ¿por qué no decir: toda vida es sueño?

Tu felicidad es, pues, la gran felicidad, un poco melancólica, y con un poco de amargor.

El poeta. —Me quedo en tus montañas...

Así terminó la conversación del poeta con el discípulo de Zaratustra el de la caverna.

Historia de Rum

I

Esta es la historia de Rum: ...Era un atardecer triunfante. Del pueblo llegaban, moribundos ya, los rumores de una fiesta. El alma del solitario estaba rebosando de amores y anhelos imposibles. Pero ¿para qué decir cómo estaba el alma del solitario? El solitario dijo:

Ven, gato de los ojos de filósofo melancólico. Súbete a mi mesa que vamos a recordar los caminos de mi corazón... ¿Recuerdas cuando olvidé los rezos y las historias que me enseñara la viejecita, con qué amor defendía la metafísica de Schopenhauer? Yo te decía: ¡Amigo Rum! No todo es egoísmo; hay desinterés en la compasión: entonces se rompe el principium individuationis.

¿Recuerdas? Durante esta época, yo te despreciaba por egoísta. Todo mi amor era para Peter, el perro humilde...

Pero ¿recuerdas la noche de tu triunfo, aquella noche macabra en que colgamos a Peter de una viga, después de terminar la lectura de Humano, demasiado humano? Tú, acurrucado sobre un libro, viendo la agonía de Peter, parecías decir: el principium individuationis permanece. Tú eres un ser y yo otro...

Pero después ¿recuerdas? Nos vino una gran tristeza de haber colgado a Peter. Comprendimos que todo es como uno quiere... Non est tanti. ¡Pobre Peter! decía yo cuando me atormentaba el recuerdo...

Tú también aprendiste a mirarlo todo con vaga nostalgia. Nos hicimos gitanos, o mejor, hicimos de nuestras almas senderos silenciosos, por donde pasaran todos lo sueños... Comprendimos que lo mejor es vivir anegados en melancolía...

Y ahora, por las noches, tú, echado sobre algún libro, haces run... run... mientras que yo leo en voz alta los decires de Verlaine, de Mallarmé... Tienes los mismos ojos de Peter... ¿Será que a ti también se te aparece de noche la imagen del perro, mirándote con gran pesadumbre...? ¡Pobre Peter! Yo quiero su recuerdo como si fuera un sueño triste...

Run... run...

“Huyamos allá abajo...”.

II

Y una noche el solitario se dio a contemplar la caravana de recuerdos que pasaba por el sendero de su corazón... Y, al fin, el opio de su pipa y el veneno de sus recuerdos lo envolvieron en una visión fantástica... Quizá fue un momento de locura...

Run... run... hacía el gato negro, echado sobre un libro de Verlaine.

¡Vamos amigo Rum! Yo sé que tienes deseos de morir... Has gozado ya todos los sueños, y ya eres tú el sueño... Nietzsche, Verlaine, Mallarmé... Nada te dicen esos nombres: ¡Ni siquiera recuerdas a Peter! Nada te dice lo que es y deseas el no ser, el Dios-Nada.

¡Vamos, amigo Rum! Esos ojos tuyos ya no dicen que estés triste o alegre, que estés de un modo u otro. Nada dicen esos ojos tuyos, si no que deseas que te entierre bajo el ciprés que tiene el color de los sueños...

Si; yo sé que deseas ir a ver qué nuevas cosas hay por allá, entre las flores, entre las mariposas... Yo sé que deseas cambiar, viajar soñando a través del Ser Único...

Mira este puñal que nos ha servido para cortar las hojas de los libros... A ver tu corazón, amigo Rum... Sí; lo mismo que un reloj... En este corazón llevas el tiempo... Pero es necesario detener el tic... tac... Te enterraré al pie del ciprés que tiene el color de los soñares...

* * *

Y desde entonces, el solitario pasa los atardeceres cerca a la tumba de Rum, recordando aquellos días.

Run... run...

“Huyamos allá abajo”.

* * *

Y desde entonces, en las noches invernales, el solitario se envuelve en el humo de su pipa, y envenena su alma de recuerdos, hasta que vuela más allá de todo concepto, hasta que desaparece el recuerdo de la viejecita, de Rum, de Peter, y sólo queda la esencia de todo: un vago deseo de morir bajo el ciprés que tiene el color de los sueños...

Esa es la historia de Rum...

Bienaventurado...

Venturoso aquel que tiene, allá, en una aldea lejana, la casa en donde pasaron sus vidas los abuelos, porque él podrá contemplar su alma: cada hombre lleva el alma de uno de sus antepasados... El abuelo don Juan, el abuelo don José...

La casa es sonora y vetusta, custodiada por tres enormes cipreses que fueron sembrados por don Juan, viejo mujeriego y pesimista...

Y por los largos corredores, y por el jardín, pasean su nostalgia los antepasados.

Y en las salas sombrías, en las salas misteriosas, se oye la voz de las abuelas: doña Berta, doña Isabel...

¡El libro que te prestara cierto día tía Rosa! Eres viejo ya, y, mientras oyes las pisadas firmes del abuelo Juan, y la risa mística de doña Berta, abres el libro como si fuera tu propio corazón... y recuerdas... y desfila ante tus ojos aquella mujer, aquella niña que dejó en tu corazón la primera gota de melancolía; y sientes un delicioso pavor, porque todo eso es tu propia alma...

Y mientras se oyen las pisadas de don Juan, recuerdas... Era una vieja que te contaba cuentos de aparecidos, y decires antiguos de la comarca... ¡Venturoso aquel que tiene allá, en una aldea lejana, la casa en donde pasaron sus vidas los abuelos!

El bordón nudoso que acompañó en sus travesuras nocturnas a don Juan... Una carta romántica de doña Isabel...

Llueve. En la pieza sólo se oye el run run de un gato negro... y el alma adivina la presencia de los espíritus abuelos...

—Tía Valentina, cuentan que el alma pecadora de don Juan se aparece en esta comarca.

Tía Valentina: —Cinco crepúsculos hace que yo le vi bajo el ciprés grande. Estaba apoyado en su bordón, y miraba hacia el pueblo...

—¡Tía Valentina, tía Valentina, cuéntame historias de la familia!

Tía Valentina: —Cierta vez doña Berta, que era muy santa... Cuando murió don Juan...

Y vuelve el silencio, y el sentir los espíritus familiares...

Todo se hunde en el misterio. Parece que todo fuera un recuerdo. El bordón está triste. Los libros se han cubierto de polvo... Los muebles parecen gemir, y las arañas hilan sus telas sobre todas las cosas, como para impedir que las almas se vayan... Tía Valentina, cuenta, cuenta decires. Algún día tú también serás un decir en labios de alguna vieja de cabellos blancos. Ella dirá: cierto día el abuelo Fernando... ¡Y todo es un sueño...! Aquellos años, un sueño... Aquellas niñas, que ya son viejas, un sueño... Aquel domingo lluvioso en que viste a la colegiala al salir de misa, en la aldea, otro sueño...

Y siguen las arañas tejiendo sus telas, para impedir que se vayan las almas, que se vayan los recuerdos...

Y tía Valentina sigue diciendo: “Cierta vez...”, “Cuando murió don Juan...”.

¡Sangra, sangra corazón, que para ti es este manjar sabroso y amargo!

Y las arañas siguen tejiendo sus telas... ¡Jamás llegarás a olvidarla! Aunque la vida blanquee tus cabellos; aunque tu vida sea llena de azares; aunque otras mujeres se lleguen a ti, jamás llegarás a olvidar a la mujer que te hizo llorar por primera vez, a la niña que dejó en tu alma la primera gota de tristeza...

Jamás llegarás a olvidarla. Porque ella fue la primera que te enseñó que todo pasa, que todo se hunde en el misterio; porque las flores que ella te dio se fueron poniendo tristes; porque al ver cómo sobre esas flores iba cayendo el polvo, y una araña iba tejiendo su tela, y ese amor se iba volviendo recuerdo, tu corazón experimentó por la primera vez el placer más divino: la meditación...

¡Jamás la olvidarás! Y cuando estés en la casa de los abuelos, y oigas los decires de tía Valentina, ella pasará de nuevo por el sendero de tu alma.

¡Bienaventurado el que posee una casa antigua, allá, en una aldea lejana!

— o o o —

La amada

Llega la amada...

“Nuevos caminos el amor me pide.
Y del arpa a su voz, cambio las cuerdas”.

E. Marquina

El león rugía por las noches. ¿Por qué no hacerlo? ¿Qué le importaba que los otros leones durmieran y pudiesen despertarse cuando él sacudía la melena? Pero he aquí: llegó una hembra, hermosa como ninguna, y de ella se enamoró el león que era independiente y que jamás se había dicho: “No puedo hacerlo porque...”.

Y porque la leona podría despertarse, ya no volvió el león a rugir por la noche, ni a sacudir la melena.

¿Deseas algo? Pues de eso deseado eres esclavo. ¿Quién no desea algo? ¿Quién no es esclavo en la tierra?

¡Soledad! Yo me digo ahora: ¿el solitario eternamente tirado bajo un árbol? ¡Oh! ¡Has puesto, amada, a mi cuello, la cadena de tu risa...!

* * *

“Y muero porque no muero...”. ¡Eterno placer amargo este del amor! Perpetuo deseo de poseer tu alma, y perpetua lejanía de tu alma! Siempre seremos y yo; siempre, a pesar de que mis ojos miren de muy cerca a tus ojos, habrá un espacio en donde cada uno se forme una imagen mentirosa del otro... ¿Cómo podré entender lo que sientes al oír aquella música, si mi alma es distinta de la tuya? ¡Egoísmo amargo este del amante: querer ser uno en donde hay dos; querer luchar con el espacio, y con el tiempo, y con el límite!

* * *

¡Cuánto daría yo, amada, porque fuese cierta la sentencia del Maestro: Amoris vulnus ídem qui sanat facit!

“¡La llaga del amor, quien la sana, la hace!”.

Jamás podré cumplir mi anhelo de poseer tu alma: siempre habrá y yo. ¿Y qué quiere el amante? Precisamente no es el amor otra cosa que el deseo de suprimir la distancia. Así: la llaga del amor muere con el hombre.

Y el alma se hace esclava...

Esta manera del amor es muy dulce: ¡saber que las consecuencias de tus actos ya no pesan sobre ti solamente! ¡Saber que tu tormento entristecerá otro corazón!

Cierto que el amor limita al hombre, pues ya no obra como obraría si estuviese solo en la tierra...

Pero también es preciso meditar la esclavitud. Además, en ese estado de meditación puede encontrarse una sutileza. ¡Ser, amada, el esclavo de tus ojos! ¡Meditar siempre, antes de obrar, para saber si eso nublará tus miradas! ¡Oh! ¡Aquella es una gran dulzura después de haber sido el pensador para quien no hubo vallas...!

Y el alma quiere ser consolada...

Hay un gran tormento en definirse uno a sí mismo; es una tristeza el que los otros digan: “Ese hombre es...”. De esa manera es sagrada la mentira, y te aconsejo que mientas a tus semejantes para que no te conozcan...

¡Pues bien! Una de las divinas maneras del amor es ésta de tener otro ser a quién definirnos, a quién contarle cómo somos... Es ésta de saber que hay alguien que nos conoce, que sabe los motivos de nuestras acciones, y que nos perdona todo, porque todo lo comprende. Pues muy cierto es que al mirar todos los motivos de una acción, se comprende que fue necesaria...

En el camino del amor

¿Has tirado una piedra a la naranja, y ésta no ha caído del árbol? Pues tu deseo se exaspera y se agranda.

* * *

La brisa hacía mover la hoja en mi dirección, y la hoja cantaba: “Siempre me moveré en este sentido...”. ¡No sabía que era el viento, que ella era esclava de la brisa!

Esa es la triste parábola del amor. Y este es mi gran tormento: saber que es la vida quien me regala tu alma, y que mañana quizá te lleve de mi lado...

* * *

Un filósofo, amada, me parece que Coelius Secundus Curio, dice esta gran mentira: “El encuentro de un amigo a quien ha tiempo no veíamos, nos hace gustar el placer de la resurrección...”. No. ¡Nada más melancólico y que tanto nos recuerde la tristeza de tener que morir!

¡La tristeza de tener que morir! Porque nadie quiere la muerte, porque todo hombre se ama a sí mismo... Y aquel que voluntariamente le busca, es por demasiado amor a sí mismo también: por demasiado amor a aquello que para él es la vida, y que no puede alcanzar.

Cierto que hay un placer de índole refinada en ver cómo el tiempo ha pasado, cómo ya es distinta el alma del amigo, y diferente el alma que antaño tenía la vida. Pero es un contento triste, que no habla de resurrección sino de muerte, y que se fundamenta en la gran verdad de Dostoievski: “Hay un gran placer en herirse uno a sí mismo”.

En un sentimiento es preciso buscar muchos motivos, innumerables movimientos del alma. Así, al verte, después de algún tiempo de ausencia, el encuentro tiene para mí el regalo de tus miradas nuevas. Porque has vivido otra vida, porque nuevas sensaciones han pasado por tu alma, tus miradas tienen otro significado para mí.

Y así como para el amante la amada tiene cada día un nuevo misterio, así mismo tiene la vida un valor nuevo para el buen vividor.

¡Oh, este placer de verte hoy vestida con el misterio que te dio el vivir de ayer!

¡Al comienzo tus miradas sólo decían promesas, y ahora en ellas leo muchas alegrías y tristezas del pasado!

La manera de tus ojos, ahora, me hace pensar en la gran mentira que dijo un filósofo, me parece que Coelius Secundus Curio...

Es un sentimiento silencioso, por decirlo así, el que me trae tu retorno... No es la alegría bulliciosa de la resurrección, sino algo digno de que uno se entristezca por tener que morirse.

Otra manera del amor

¡Oh! ¡Es divina por sobre todas esta manera de amor!: ¡que tus ojos van tomando el misterio del pasado! ¡Que en tus ojos se va quedando la esencia de las tristezas y venturas del pasado! Tus ojos son el libro de nuestro amor. Tus miradas jamás son de la misma manera. Toda sensación pone un nuevo modo en tus miradas...

* * *

Alejarse de la amada, aunque el corazón sangre, para en el retorno elevarse a la gran altura de la alegría: es esa una experiencia digna en el amor.

El gran deseo

¡Oh, amada! Se me ha ocurrido algo sutil; me ha llegado la nostalgia de la gran alegría amarga. ¡Verte muerta! ¡Quisiera gozar de esa enorme tristeza que me acobardaría el corazón! ¡Quisiera ver hasta dónde llegaban el dolor de tu muerte y el amor a tu recuerdo! De una manera inmortal dice Séneca: Quidam amando occidunt.

Se aleja el alma de la amada

Tú, amiga, me ocultas algo. ¿Dime cuál es esa culebrilla que no me deja entrar a tu corazón? Yo sé que tienes algo que no quieres decir, o que no te atreves a decir. Hoy no hemos podido conversar agradablemente. Hay algo que hace amargas tus palabras.

Las maneras del amor

¿Cuántas maneras son en el amor? Infinito es su número, finito sólo por la limitación de nuestro espíritu... Así como a medida que es más aguda la vista se distingue mayor número de matices, así mismo, a medida que se agranda la sensibilidad del amante, gusta mayor número de maneras en el amor...

La unificación

Quiero pedirte, amiga, hoy que mi espíritu está amargo, que me cuentes el porqué de algunos de los actos de tu vida... Quiero sentir que mi alma está cerca de tu alma... Quiero que digas: “Porque...”. Y, así, ver tan claramente en tu corazón como si fuese mi propio corazón. Quiero estar seguro de que ninguna mentira nos separa, pues la más pequeña mentira separa las almas, y, al contrario, se unifican en la absoluta sinceridad.

“En la delicia del mirar suspensos...”

¿Recuerdas cómo se reían del payaso? Y nosotros, que lanzamos muy alto “la flecha del anhelo”, no pudimos reír. ¿Era posible, por ventura, que nuestras almas, ardiendo en la llama de un gran amor, comprendieran el porqué de esa risa?

* * *

 ¿Qué le importa, amada, a quien tiene una gran pasión, el que los otros digan: ¡bien! o digan: ¡mal!? ¡Nada! Porque el que tiene una gran pasión se ha libertado de los pequeños lazos que lo esclavizaban a los otros hombres.

¡Bien! Todo ese espectáculo ¡oh humanos! es hermoso. ¡Todo lo que hagáis es bello para mí! ¿Cómo podría gritar: ¡malo!, el que está con el corazón repleto de bien? El que ha lanzado muy alto “la flecha del anhelo”, es afirmativo y santifica todas las cosas.

¿Cómo es tu amor? ¿Cómo es tu odio? ¿A qué altura has lanzado tu deseo? Si es grande la pasión, es hermosa; si pequeña, es fea... Ni hermosas ni feas son en sí: el temple de cada alma les da el valor.

* * *

“Quidquid ad summum venit ad exitum prope est”.

He corrido por los campos, loco de alegría. Y fue un intenso placer el sentir los músculos cansados. Cuando una pasión viene a mí, me place paladearla lentamente y con recogimiento. Pero hoy no ha podido contenerla mi alma, ni han sido suficientes los sueños para librarme de ella. He tenido que correr por los campos, como si me estuviese persiguiendo un animal salvaje...

En mi carrera topé a un enemigo, y le hablé cariñosamente. Toda gran pasión mata las pasioncillas del alma. Quien está demasiado alto no puede odiar a los pequeños. Quien está demasiado alto da siempre a manos llenas. Quien está demasiado alto no puede ser juez de los pequeños: para eso es preciso tener un poco de amor y un poco de odio. Y el que está muy alto se consume en su altura, y sonríe siempre a todas las bajezas.

Cuando la amada se aleja...

En nuestro tiempo son necesarios los animales domésticos, porque ya no hay esclavos. Estos eran muy útiles para que las personas de alma encogida descargasen su malhumor. Es preciso reemplazarlos con un perro, o con cualquier otro animal de ojos mansos. La cólera, el despecho, y todas las otras pasiones por el estilo, secan el alma del hombre que las tolera por mucho tiempo. Yo os aconsejo conseguir un perro para que lo apaleéis en los días amargos. El hombre que no es amo; el hombre que no tiene derecho para despreciar y para golpear otro ser, no puede tener buenos pensamientos. Sólo el que contempla bajezas, se considera alto.

* * *

¿Por qué se rodean de animales (en sentido figurado también) todos los grandes hombres?

* * *

¡Ay! Estaba mirando al mundo desde tu altura, y todo me parecía risueño. Te alejaste, y entonces me fue necesario buscar a mi perro, para golpearlo...

La belleza de la amada

Cuán intensamente te recordé, amada, al leer esta noble verdad extraña de Lord Verulamio: “No hay hermosura exquisita sin cierta extrañeza en la proporción”.

¡Frase posible sólo de ser entendida por aquel que haya enseñado su corazón a gustar las discusiones metafísicas! El hombre que se acostumbra a contemplar las sombras misteriosas que aparecen más allá del mundo y de sus conceptos limitados, acaba por enamorarse del silencio y de la belleza de la desarmonía. ¿Quién si no el noble Lord Verulamio, que llevó su alma a lo más exótico del sentimiento, pudo decir esta frase, la más divina de todos los libros: There is no exquisite beauty without some strangeness in the proportion?

* * *

Es un campo solitario este de los sentimientos que están más allá de las ciudades, de las palabras comunes, de las risas incoloras, y que sólo se encuentran descritos, de vez en vez, en los viejos tratados de escolástica... Por ejemplo: en una disertación escrita en lenguaje árido por algún sabio monje, encontrarás conceptos de una superioridad tal, que son imposibles de ser entendidos por los hombres de ahora, que han modelado sus almas en la armonía de la Venus de Milo...

En aquella época incomprendida, en aquella revolución grandiosa, cuando apareció en el mundo la doctrina del Cristo, nació el concepto más grandioso de la vida, y un concepto de belleza superior al de los griegos: la belleza desarmónica... Mucho más hermosa es para mí una virgen gótica que la Venus de Milo: porque es de una belleza metafísica... Y para que no te burles de mi loca afirmación, te recuerdo la sentencia de Lord Verulamio...

La desarmonía

La primera máxima de mi estética es: sólo puede haber belleza en la desarmonía. Cuando hemos hecho abrevar nuestro corazón en todos los sueños inventados por los hombres, aparece en nuestro espíritu la nostalgia del país desconocido, del país sin contornos, que está más allá de los conceptos, y más allá de la vulgaridad de los rostros humanos, que ríen unas veces y otras lloran... ¡Oh, este mi anhelo infinito de belleza desarmónica! ¡Oh, tú, mujer de mi anhelo que estás más allá de la belleza y de la fealdad!

¿Dónde encontrar el país que esté más allá de los conceptos...?

Vivir intensamente

Si te alegras, que tu alma trepe a la más alta cima de la locura. Si viene a ti la tristeza, haz de manera que salga de tu corazón este canto: ¿pero se ha visto una tristeza más grande que mi tristeza? Necesario es vivir intensamente, estar despierto al modo divino... ¡Echa lejos de ti toda pequeñez! Si odias, que tu odio sea intenso. Si amas, que sea de manera que el desamor rompa tu alma. Esto es misticismo: poner toda la sangre en el ídolo, arder en la llama sagrada... En el cuerpo del místico se ve el consumirse de su vida: ¡es siempre sarmentoso y atormentado el cuerpo del místico!

¡Pero si este vivir nuestro no pueden aprenderlo, amada! El que tiene corazón plebeyo, eternamente será plebeyo... ¡Aun en la bienaventuranza!

La parábola del amor

A pesar de ser tan hermosa la luna, jamás nos apresuramos a contemplarla...

Esa es la parábola que debes guardar en el corazón, tú, mujer que deseas ser amada por mucho tiempo. ¿No ves que la luna estará eternamente allí? ¿No ves que la luna jamás se hace desear?

Porque la vida puede llevarte...

No puede encontrarse un contento sin mezcla de intranquilidad. Siempre, al deseo alcanzado, sigue el lanzar un poco más alto la flecha del anhelo. Al lograr un deseo, muere el valor de la cosa deseada. Pero yo sé que jamás te poseeré perfectamente, absolutamente. Yo sé que en tu alma habrá siempre un misterio que pondrá en mis ojos el brillo de los del cazador... Jamás podré dejar de amarte, porque mañana serás distinta de la mujer que hoy es mía, y quiero ser amado también por la mujer de mañana...

Esa es tu arma...

Hoy sé que me amas, y debía dejar de amarte puesto que mi deseo se cumple. Pero sé también que mañana puedes no amarme, y eso me hace arder eternamente en la llama sagrada... Mi ignorancia del futuro es tu gran arma contra mí... Dejaría de amarte muy pronto si fuese cierta tu promesa de que eternamente serás mía...

“Hoy que tengo el espíritu cobarde”

Puede el alma ser llevada al amor por el miedo al misterio. ¿Qué sucede después de la muerte? ¡Nada podemos descifrar en esa negra noche...! Así como en un libro que no hemos abierto aún podemos suponer todos los decires posibles, así mismo, en la desconocida muerte podemos imaginar todos los sueños... ¡Y eso nos hace temblar como la hoja solitaria que mueve el viento en el árbol seco...! Queremos tener a alguien cerca para amarle, y así dejar de mirarnos a nosotros mismos... Queremos abandonar la soledad de nuestro propio yo, pues al solitario que así vive consigo mismo, le atormenta el eco espantoso que en el más allá forma el bullicio de su espíritu... ¿No has oído cantar y silbar al viajero que camina en la noche negra? Pues lo hace para ahuyentar los fantasmas que cree van a venir a su encuentro... Así mismo, buscamos en el camino de la vida alguien a quién desear, buscamos la manera de hacer un poco de ruido, para que nuestra alma no piense tanto en los misterios de ultratumba... Buscamos otro ser a quién mirar, para apartar los ojos de nuestro propio corazón...

Quizás

El vivir del enamorado (todo hombre lo es de algo) es una mezcla de intranquilidad y de alegría, o mejor dicho, de alegría intranquila. Cuando el hombre se convence de que su deseo es imposible, entonces se entristece. Mientras se anhela, hay alegría por el quizá sea posible,y tormento, al mismo tiempo, por el quizá sea imposible. Es decir, el quizá es lo que entretiene la vida del hombre. De ahí el que yo dé a las mujeres este consejo: si queréis ser amadas siempre por vuestro amante, no lo atristéis con un no, ni os entreguéis con un sí rotundo. Que siempre vuestra alma sea para él una posibilidad; que siempre vuestro ser tenga para él, el significado de un tal vez...

La mosca verde y la palabra divina

¿Qué has hecho? Tus labios ignorantes han matado el sueño al darme ese beso maldito. ¿No te había dicho que yo sólo amaba el quizá de esos labios? ¿Oyes el zumbido atediado de la mosca verde? ¿Qué hacer? ¡La mariposa que iba delante de mí, y que entretenía mi vida, se ha dejado atrapar! ¿Lloras? ¡Pobres de nosotros que hemos matado el ideal, y que hemos oído el zumbido de la mosca verde!

* * *

¿Has visto, mujer, el amor que tiene a la vida aquel de quien la vida huye? ¿Has visto qué mundo de anhelos se despiertan en el alma de un tísico o de un paralítico? Así mismo, debes huir de mí, amor mío.

Quizá. ¡Qué palabra más sutil! Que siempre tu ser tenga para mí el significado de un quizá. Yo quiero que mi ideal sea mi verdugo...

Que el corazón jamás se aquieta...

La limitación es la gran tristeza, y la vida se fundamenta precisamente en ella. Así, renegar del límite es renegar de la vida toda, ¡hasta de la misma alegría! ¿Y qué hombre no se siente como acobardado por un peso, después de todo contento? El corazón jamás se aquieta; siempre lleva el ansia como de un vivir sin medida. Para que una alegría fuese perfecta, sería preciso que muriese el deseo de más alegría. ¿Y cómo desaparecer ese deseo, si hay un campo infinito en dónde desear? ¿Cómo desaparecer ese deseo, amada, si mi alma siempre será distinta de tu alma? Y si el contento llegase a ser infinito ¿no atristaría al corazón, el saber que se acaba? Y si se hiciese eterno ¿no ves que entonces no sería contento, porque éste no puede vivir sin la tristeza...?

¿Cómo definir entonces la vida? Un anhelar perpetuo, y un gran desconsuelo ante toda realidad.

Mi orgullo, y el aforismo del amor

Si el pensador es noble, descubrirá verdades aristocráticas, y si plebeyo, buscará sus verdades debajo de los puentes. Así, Spencer no tenía derecho para ver las verdades de Spinoza... Y tú no tienes derecho para encontrar bella a mi amada.

Hasta en la verdad hay distinción de clases: hay verdades nobles, y hay verdades para plebe. Por eso yo no me enojo cuando me contradicen. Quiere decir que ese hombre no es de mi esfera, que no vive mi vida. Voy a daros una parábola: el perro de Alcibíades decía que el rabo era un absurdo.

Muy cierto es que el amor no sufre dilaciones. Pero también es cierto que sólo puede haber amor allí en donde hay un poco de misterio. Es decir, el amor busca la manera de destruirse a sí mismo.

La hoguera sagrada

¿Se me ha entendido qué cosa es vivir vida solitaria? Esto no podréis aprenderlo. Vivir mirando al mundo desde la altura de una gran pasión: tener el alma consumiéndose en la hoguera de un gran sentimiento; ¡contemplar devotamente los matices que va tomando la vida a cada instante...! ¡Este vivir es sólo para las almas escogidas!

* * *

El bailarín se acercó al joven que decía: “¿Para qué moverse?”, y le dijo esta parábola: sólo tiene derecho para sentarse a llorar en las piedras del camino el que lleva los pies sangrientos: sólo tiene derecho para hablar mal de la montaña el que a ella ha subido. ¡Vamos a danzar la danza de la vida: subiremos a la montaña, y luego bajaremos a la hondonada!

* * *

He conseguido un muñeco que hace monerías cuando lo tiro de una cuerda... ¿Pero no ves que es preciso vivir ligeramente, rodeados de cosas fútiles, sin ningún sentido, cuando el alma tiene horas de intensa pasión?

¿Que el payaso representa mal su papel?

¡Tú eres el malo! La bondad y la maldad de las comedias y de la vida, dependen del payaso interior...

¡Santa sea para nosotros la tristeza! ¡Pues mira que sin el dolor de tu ausencia no me habría embriagado con este contento de tu retorno! Es divino el dolor porque nos trae la alegría, porque es padre de la alegría... Pero esta manera del querer la canta con más sutileza Ludovico Ariosto:

Pero ch’ogni altro amaro che si pone
Tra questa soavissima dolcezza,
É un augumento, una perfezione,
Ed un condurre amore a piú finezza.

Así termina el canto a mi Eulalia

“Cerca, coronado con hojas de viña,
reía en su máscara Término barbudo...”.

Cuando Pericles y la cortesana Baquis llegaron al taller del escultor Demeter, las sombras principiaban a cubrir los edificios de Acrópolis...

Y ante el mármol que mostraba apenas el torso de una Venus, dijo Pericles: al ver esta divina y futura diosa, tú, ¡oh Baquis! te la imaginas acabada, y con toda la belleza que quisieras en una estatua. Por eso repites extasiada:

¡Qué divina!

Recuerdo, ahora, de una cortesana a quien conocí en mis viajes. Era sabia como jamás lo fue mujer ateniense. Decía: “No me pidas que quite de mi cuerpo todos los velos. Tú eres sabio ¡oh Pericles! y sabes que si muere el imaginar, muere el encanto”.

Y Baquis dio un beso en la boca magnífica del griego: así terminaban todas las filosofías en aquella edad feliz...

* * *

Y este discurso de Pericles nos enseña, amada, que es menester cantar en nuestro amor al dios Término. ¡Pero qué felices pudimos ser! Es preciso poner entre nosotros al más divino de todos los dioses, para que podamos decir aquella exclamación. Somos demasiado artistas, eres tú, amada, demasiado artista, para que lleguemos a matar el imaginar, uniendo nuestras vidas...

Todas las bellas aventuras suceden en dos caminos que se cruzan: con esa máxima me despido de tu amor...

— o o o —

Meditaciones

I

Eres y tienes que ser de un modo; es necesario que seas definible. Considera la infinidad de vidas posibles, y luego, considera que tú no podrás ser sino de un solo modo, que no podrás ser sino una de esas vidas, y caminar por uno del infinito número de senderos que existen...

Considera cuántos caminos nuevos se te han presentado mientras ibas por el camino de tu vida, y que no los conoces, y que si hubieses escogido uno de ellos, te habrías quedado sin conocer el que ahora sigues, y también los demás que se te han presentado...

Y tu único consuelo ¡oh soñador! es soñar las vidas posibles... Suéñate la vida que habrías vivido de haber tomado aquel sendero desde cuya entrada te llamaba Carmen... Y así, para consolar tu corazón, sigue soñando todos los caminos. Mira: los atardeceres, las nubes viajeras, el invierno, el verano... todas las cosas fueron hechas únicamente para ayudar al ensueño de esta infinita posibilidad.

II

Considera que tu idea tiene que ser limitada, y que es consecuencia de tu modo de ser. Considera que por lo tanto es tan definible como lo eres tú. Considera que la defiendes y la afirmas como la verdad, no siendo sino tu verdad. Si hubieses sido otra vida, si hubieses tomado otro sendero, otra sería también tu idea, tu visión del mundo...

Y todas esas otras verdades están lejos de ti; lejos de ti están también los amores, sufrimientos y desengaños que ellas suponen. Y mientras tú afirmas la vida, mientras predicas la venida del superhombre, la imagen de Jesús se te presentará, camino de la aldea de Magdalena, predicando el amor...

Y tu único consuelo ¡oh soñador! es soñar todas las visiones posibles. Mientras las nubes son arrastradas en rápida procesión, sueña que vas por los caminos de Galilea, tras el Maestro... ¡Y sufre y goza todos los amores, tristezas y desfallecimientos que suponen sus bienaventuranzas! Y mientras pasan las nubes, tirado bajo el árbol frondoso, ¡oh soñador! suéñate todas las visiones posibles, todos los amores, y todas las tristezas...

¡Oh anhelo mío! El límite me entristece... Tengo un gran deseo de ir a unirme a ti, allá, en la muerte, en la infinita ensoñación.

III

¡Cuán innumerables son los caminos por los cuales puede ir nuestra vida! Innumerables son los senderos que desde el instante presente conducen al futuro... Cierto es que no puedes escoger entre ellos, que el pasado fija tu camino venidero; pero cierto es también que tú ignoras cual será esa tu senda.

¡Qué hastío tan inmenso sería el de aquel que, alcanzando un conocimiento tan perfecto de sí mismo y de la trama de los seres, llegase a conocer su vida futura! Ya no existiría para él ese atractivo de lo desconocido, eso que excita y embriaga de placer a los valientes navegantes.

Las sendas de la vida son innumerables, y la más pequeña cosa, unos ojos de mujer con que topes en tu camino, bastarán para desviarte por desconocidos rumbos.

Para mí la vida tiene ese encanto de ser una posibilidad infinita, un infinito quizá. Y eso me impide, anhelo mío, ir a unirme a ti en el eterno lago verdoso...

La vida no es mala ni buena. ¡Pero yo quiero! Quiero gustar todos los dolores, placeres, melancolías y tristezas; quiero navegar sin rumbo fijo; quiero vivir todos los sueños; quiero inventar nuevas bebidas sutiles para mi corazón; quiero exclamar con el esclavo: “Nada me es desconocido en la vida”. Esto que siento es el ansia de poseer más monstruosa; es la tristeza infinita de ser de un modo; de no poder gozar todas las filosofías, todas las bellezas, todas las tristezas... Ya sé yo que el ser en quien están reunidas las tristezas de Jesús, y la alegría de los niños, y el amor de Magdalena, y los odios de Swift, eres tú, tú, el lago verdoso de la nada, tú, el no ser, la muerte. Ya sé yo que tú eres la bebida extraña, desconocida, donde están reunidas todas las cosas... ¡La nada! ¿Cómo gustar esta palabra? Un lago verdoso, con el verde de las algas, eternamente tranquilo... y allí la completa desaparición de todas las cosas y los seres.

Pero déjame gustar antes el placer y el dolor de las sendas.

IV

Los niños: —¡Cuántas mariposas!

Los viejecitos: —Son coloreadas y locas como la juventud, y son efímeras como todo lo humano...

Las viejecitas: —“¡Te adoro...!”. “¡Te adoro!”. ¡Oh alegrías! Se las llevó la vida, así como el viento se lleva las mariposas...

El poeta: —Sólo es bello lo que cambia y se va...