Viaje a pie

Fernando González

1929

Al General Tomás Cipriano de Mosquera, un conciudadano.

Viaje a pie de dos filósofos aficionados

21 de diciembre de 1928

ANTES de todo, un autor debe definir su clima interior. Este enmarca, define el libro.  En cada época de su vida el individuo tiene tres o cuatro ideas y sentimientos que constituyen su clima espiritual. De ellos, de esos tres o cuatro sentimientos o ideas, provienen sus obras durante esa época.

He aquí, tomadas de nuestro diario de diciembre de 1928, unas notas que definen nuestro ambiente interior durante la época de la realización, de la gestación de este libro:

“Diciembre, 5. —Cielo azul pálido; quieto el ambiente. Somos muy felices fisiológicamente. El Pacífico debe estar rutilante. Todos venimos del mar. Nuestras células son zoófitos marinos, nadan en soluciones salobres.

Perpetua lucha es la vida del hombre. Concentrarse es el método para vencer.

En este diciembre los árboles deben dar unas sombras muy frescas a las orillas de los ríos del Trópico; las selvas deben tener un silencio religioso en estos mediodías y el mar debe estar tibio, debe enviar a las costas tufaradas de vida. Nos sentimos el animal perfectamente egoísta”.

* * *

NOS llamamos filósofos aficionados para no comprometernos demasiado y porque ese nombre es mucho para cualquiera. Sólo un estoniano, el conde Keyserling, pudo tener la desfachatez de escribir dos enormes volúmenes con el título de Diario de viaje de un filósofo.

Todos nuestros colegas, desde antes de Thales, han sido modestos. En los manuales de filosofía lo primero que se explica es aquello de que filósofo quiere decir amigo de la sabiduría; se enseña allí, en las primeras hojas, a descomponer la palabra en philos y en sophos, con lo cual el estudiante imberbe cree que sabe griego y les repite eso a las primas, junto con aquello que decía Sócrates en los alrededores de la Acrópolis durante sus noches de moralizador: “Sólo sé que nada sé”.

Habíamos principiado este diario: “Sonaban en la vecina iglesia, melancólicamente, las cinco campanadas...”, y borramos eso porque eran reminiscencias del estilo jesuítico de nuestro maestro de retórica, el padre Urrutia. Un compañero nuestro, que siempre ganaba los premios, comenzaba así las descripciones de los paseos a caballo: “Eran las cinco de la mañana cuando, después de recibir la Santa Hostia, salimos alegres, como pajarillos, a caballo, nosotros y el reverendo padre Mairena...”.

A las cinco (no se puede comenzar de otro modo, definitivamente), abandonamos los lechos, que, entre paréntesis, han sido los lugares de nuestras mejores lucubraciones, inclusas las referentes a Venus.

Salimos hacia El Poblado, en tranvía, por una de esas hermosas carreteras antioqueñas que son las más baratas del mundo.

Eran las siete cuando comenzamos a trepar con nuestros morrales hacia la montaña oriental del valle de los indios sedentarios del Medellín, por una carretera de un kilómetro que se continúa en una pendiente pedregosa; el kilómetro de carretera se hizo para que tres caciques fueran a sus quintas a digerir rezos y hurtos.

Pero antes de seguir y para que el libro se amolde a la definición que nosotros hemos creado, después de inspirarnos en el padre Ginebra, a saber: “Organismo ideológico impreso”, diremos cuál será este viaje a pie, cuáles sus finalidades, cuáles sus motivos y cuál el efecto pragmatista que nos propondremos al escribirlo y al darlo a la estampa. El reverendo padre Urrutia jamás decía dar a luz un libro, y, por haberlo escrito así, uno de nosotros perdió el curso de retórica.

Diga el lector si eso de organismo ideológico impreso no cumple con lo que enseña el padre Prisco de todo lo definido y nada más que lo definido. Y como, según Aristóteles (conste que apenas hemos oído hablar de él), definir es obra genial, desde que dimos a luz esa definición nos hemos apellidado aficionados a la metafísica.

Hacemos muchas digresiones; el lector tiene que perdonarlo, pues es defecto de nuestra educación clerical.

El viaje se define así: Medellín, El Retiro, La Ceja, Abejorral, Aguadas, Pácora, Salamina, Aranzazu, Neira, Manizales, Cali, Buenaventura, Armenia, Los Nevados, a pie y con morrales y bordones. A propósito de bordón, observa el coaficionado don Benjamín que los Ignacios afirman que el jesuita debe ser como bordón de hombre viejo. Esta observación ennobleció ante nosotros mismos nuestras figuras; nos dio aplomo. Lo airoso o desairado de la actitud humana depende de la ideología presente entonces en el campo de la conciencia. De ahí que aquellos que tienen gran movilidad espiritual sean también variadísimos en sus actitudes físicas. Respecto de los bordones, quedaban ennoblecidos por el recuerdo de la disciplina jesuítica.

Vimos y sentimos las nubecillas doradas por el sol y las sensaciones poeticofisiológicas que produce el amanecer al viajero; pero de esto resolvimos no decir nada porque son tema de estudiante de retórica, así como resolvimos llamar siempre sol al sol y nunca astro rey ni Febo.

A la media hora de caminar había nacido la idea de este libro y habíamos resuelto adoptar como columna vertebral moral del viaje la idea de ritmo.

El ritmo es tan importante para vivir como lo es la idea del infierno para el sostenimiento de la Religión Católica. Cada individuo tiene su ritmo para caminar, para trabajar y para amar. Indudablemente cuando un hombre y una mujer se atraen, eso se verifica por sus ritmos; es porque unidos son importantísimos para la economía del universo. Por el ritmo podrían calificarse los hombres...

Respirábamos el aire de la mañana como buenos profesores de gimnasia sueca. Esas inspiraciones hondas nos traían las mismas emociones que producen en todos los que han gastado veinte o veinticinco pesos en literatura estimulante (Dr. Crane, Marden, Atkinson, etc.). Cada uno de nosotros se propinaba una buena dosis de autosugestiones. Entonces fue cuando apareció nítida la idea del ritmo, a saber: para no cansarse hay que descubrir nuestros ritmos, ajustar a ellos nuestros pasos y el movimiento de bordones y acompañarlos de profundas respiraciones de atleta yanqui.

La salud, la conservación de nuestra elasticidad juvenil, son finalidades del viaje. ¡Cuán desconocido y despreciado es el deporte por los colombianos clericales! Quieren mucho el cuerpo humano, pero en la oscuridad; es un amor de facto.

* * *

Necesitamos cuerpos, sobre todo cuerpos. Que no se tenga miedo al desnudo. A los colombianos, a este pobre pueblo sacerdotal, lo enloquece y lo mata el desnudo, pues nada que se quiera tanto como aquello que se teme. El clero ha pastoreado estos almácigos de zambos y patizambos y ha creado cuerpos horribles, hipócritas.

Observa don Benjamín, ex jesuita, que su maestro de novicios, el reverendo padre Guevara, les ordenó que no se bañaran durante un año, porque así les sería fácil conservar la inmaculada castidad de San Luis Gonzaga. ¿Qué mujer atrevida podría acercarse a un novicio? Este sistema del padre Guevara es mucho mejor que el alambre de púas.

En Colombia, desde 1886 no se sabe qué sea alegría fisiológica; se ignora qué es euritmia, qué es eigeia.

¿Podría un sedentario de este pueblo andino comprender al yanqui que se lanzó en bola de caucho por el Niágara, o al galo que atravesó el Atlántico en solitaria navecilla de vela? ¡Meses y meses en medio y en garras de ese divino monstruo glauco, oscuro, plata, oro! ¿Podrán nuestras mujeres comprender a la Lindy americana? El gran efecto del excursionismo es formar caracteres atrevidos. Que el joven se acostumbre a obrar por la satisfacción del triunfo sobre el obstáculo, por el sentimiento de plenitud de vida y de dominio. El hombre primitivo no comprende sino los actos cuyo fin es cumplir sus necesidades fisiológicas.

Los pueblos acostumbrados al esfuerzo son los grandes. Así, los países estériles están poblados por héroes. La grandeza de Roma se explica porque ese puñado de Rómulos eran hombres desesperados que tuvieron que robar sus mujeres y sus tierras. Fue el mejor, entre ellos, quien cargó y corrió más briosamente con su joven sabina; quien mejores músculos y atrevimiento tuvo para la lucha. Así comenzó el estímulo y de ahí nacieron las sugestiones, emociones y moral de los fuertes que produjeron a los Gracos, Pablo Emilio, Mario, César, Nerón... Cuando fueron ricos y nacieron los complejos literarios, cuando nació esa vulgaridad que se llama emociones estéticas, que de todo tienen menos de estéticas, vino la raza sedentaria que fue testigo de las invasiones y triunfos sobre Roma de aquellos bárbaros barbudos, fornidos, orgullosos de sus músculos, de su moral de hombres de presa y de su estética de superhombres.

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CADA ciencia que se posea es una ventana más para contemplar el mundo. Así, el viajero que sea botánico, gozará de la vegetación; el mineralogista, etc. El hombre de ideas generales, como nosotros, goza de todos los aspectos, pero con la desventaja de la disminución de cada uno de ellos.

El ignorante se aburre en los caminos; sólo percibe las sensaciones de cansancio y de distancia. Es como un fardo. Su alma está encerrada en la carne. Los ojos le sirven sólo para ver la comida, el obstáculo y la hembra; el oído, para oír ruidos, y el tacto, olfato y gusto, para los fines primordiales.

Sirve para ilustrar esta idea el considerar el yo como un prisionero en casa cerrada y que, mediante labor, fuera abriendo miradores y salidas al mundo.

Íbamos, pues, de cara al oriente, trepando a Las Palmas, por el camino bordeado de eucaliptus, entregados a nuestro amor a la juventud, al aire puro, a la respiración profunda, a la elasticidad muscular y cerebral. Bajaban serranos y serranas, vacas y terneros, todo oliendo a leche y a cespedón.

Entramos a despedirnos de parientes que veraneaban por allí, gente sedentaria que al vernos de viajeros a pie, nos miraban tristemente como a vesánicos. Ninguno de nuestros conciudadanos (si es que en Colombia aún tiene uno conciudadanos) podía comprender nuestros motivos. Para ellos, se camina cuando se va para la oficina, cuando se viene del mercado. No está aún en las posibilidades mentales de nuestro pueblo el comprender los fines interiores. Cuando nos ven hacer gimnasia nos miran con ojos espantados. Una de nuestras criadas huyó de la casa después de vernos hacer los movimientos de Ling, diciendo que no trabajaba en casa de locos. Encontramos en cada pueblo jovenzuelos montados en mulas orejonas que nos miraban como a seres extraños. En las posadas nos decían: “Pero, ¿vienen ustedes a pie?”. La señora de la fonda “La Ciénaga” nos dijo que si su marido no hubiera estado allí para recibirnos, ella nos hubiera hospedado en el cuarto de los sospechosos. Todos nos repetían: “Yo, teniendo los veinticinco pesos que cuesta la mula, no me metería por aquí, a pie”. Nuestro pueblo es muy tímido e ignorante: las frutas hacen daño; bañarse es perjudicial. Dicen: “La cáscara guarda al palo”. Todos parecen educados por el padre Guevara...

Llegamos al pie de la cuesta para trepar a Las Palmas, a la casa donde solemos beber leche espumosa, postrera, es decir, última o la bajada, leche olorosa a vaho de ternero. La mujercita había salido a buscar sus vacas y encontramos en la casa a su hermana, hermosa quinceña, maestra en escuela campestre del Retiro. Carnes prietas, quemadas por la brisa de la tierra alta, y espíritu generoso como el de todas las maestras. Sí; las maestras son muy generosas... Esta serrana, vestida con un faldín prensado, en esa mañana de plenitud, nos trajo algunas emociones e ideas. Pensamos que la belleza es la gran ilusión; pensamos que la naranja es una esfera de oro, y que para comérsela se tira la corteza dorada. ¡Aquella falda prensada!... Pero no; nosotros no queremos describir lo que pasaría, si fuéramos a comernos aquel fruto de la altiplanicie andina. No queremos describirlo porque podrían acusarnos de corruptores de la juventud, como lo hicieron con el maestro Sócrates —“Sócrates, embadurnado de gracia como si fuera con una miel”— los socios de la juventud Católica de Atenas, Meletus, Anytus y Glycon. A nosotros también podrían acusarnos el hijo de don Jesús y el hijo de don Enrique. ¿Qué pasaría entonces? Pues que este areópago de santos montañeros nos condenaría a perder nuestros empleos judiciales —peor que la cicuta—. ¿Y qué haríamos? De pueblo en pueblo, montados sobre este esqueleto de los Andes, a pie, iríamos repartiendo nuestros retratos de andarines, circuidos de estas leyendas: “Voyage autour du monde; around the world. Se hablan ocho idiomas, entre ellos el medellín y el chibcha. Contribuya con su óbolo para este viaje que hará progresar la industria del alpargate”.

Ya ven los lectores a dónde nos llevarían los de la Juventud Católica si describiéramos a ese hermoso fruto de la serranía despojado de su corteza y de cara al sol naciente, o, mejor dicho, de cara a las estrellas, y nosotros, según D’Annunzio, “Chini sopra di lei come per bere d’un calice”. Y, además, somos filósofos castos. Continuemos, pues, nuestro viaje de modo que este libro pueda caer en manos de pálida virgen. Es nuestro deseo, además, que sirva de sermonario a los curas de esta tierra de santos y santas palúdicos.

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TREPAMOS sobre el lomo andino. Allá abajo, en ese vallecito del Aburrá enmarcado por altas cordilleras, hemos vivido treinta y cuatro años, perseguidos por el diablo, ese anciano que aún conserva la cola de nuestros antepasados los monos, recibiendo las ideas generales a precios carísimos de manos del Negro Cano, el librero. ¡Qué juventud! Allá, en la altura, reímos alegremente...

A la derecha estaba la antena del inalámbrico. La torre se eleva, huyendo de la limitación de las montañas, buscando el ámbito universal. ¡Qué esfuerzo para levantarse de esta tierra! Esa torre fue para nosotros la representación de lo que los romanos llamaban humánitas.

Un romano tenía humánitas cuando se había hecho universal; cuando era un ciudadano del universo. Un Nerón elevó su corazón y su mente por encima de todo prejuicio humano; llegó al supremo egoísmo; todo lo relacionaba con su propio ser, y, así, se hizo dios. Un Mohandas Ghandi elevó su corazón y su mente a la inmensa altura donde sólo existe amor. Este, por otro método, se hizo también dios, o sea, hombre. Ambos tenían humánitas.

En esa mañana olorosa a cespedón se levantaba por encima de las colinas que la circuían, buscando la liberación del límite, de las fronteras, buscando el espacio, res communis omnibus, haciéndose humana, la antena de Marconi.

* * *

Hay por allá fuentecillas más puras que la pureza, que forman la quebrada Las Palmas, de cuya agua debe beber el que quiera redondear su concepto de agua. Sabe a musgos, a sombra; al beberla vienen las imágenes de monte, de helechales y de grutas milagrosas. Siente uno que el mundo está lleno de fuerza, vis vitæ, de esa fuerza que hace germinar al óvulo. Se siente deseo de cambiar la frase de Linneo: Omnia animalia ex ovo, así: Omnia ex vi.

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POR ese camino, ya lejos del marco estrecho de nuestros treinta y tres años, lejos de las ideas generales suministradas a precios altísimos por el Negro Cano, lejos del monótono amor de nuestras primas, abrimos los ojos y vimos que todo es amor y muerte. Unos racimos de flores inverosímiles, moradas, carnosas, servían de regios lechos amorosos a los insectos, a los pistilos y a los estambres.

Nos encontramos dos viejas que sirven de correo hebdomadario entre Medellín y La Ceja. Reparten en las casas riberanas al camino todo lo que necesita el hombre primitivo: tres o cuatro noticias, ollas y recados amorosos.

“Todo depende del ánimo”, nos dijo una de estas viejas al preguntarle si llegaríamos a La Ceja. ¡Qué frase tan llena!

Desarrollamos la idea de la anciana en la siguiente forma:

Los que triunfan, lo deben a una creencia arraigada, generalmente a la creencia en sí mismos. Son fracasados los que no han creído en algo que les sirviera de columna vertebral para desarrollar su personalidad; algunos, muy interesantes por cierto, creyeron fuertemente, pero la creencia se desvanecía para ser reemplazada. Estos son aquellos de quienes se dice: “Eran muy inteligentes y nada han realizado; ¡qué inexplicable!”.

He aquí un joven de facultades mediocres; pero, ¡qué hermoso porvenir el suyo! Está hinchado de egoencia como un sapo bravo. Cree en sí mismo con una convicción jesuítica. Y es constante en el amor a sí mismo, como tu estúpido amante a ti, grácil Julia. Claro que ama su labor, pues si ama su persona, no se cansa en su trabajo. Este es malo hoy, pero mañana o después, ¿quién será capaz de igualarlo? El mundo lo buscará, lo necesitará. Este jovenzuelo chilla como una virgen, y al fin, todos miran y lo perciben y acaban por creer lo mismo que él: en la enorme joroba de su egoencia.

Hay que curar al fracasado haciéndole creer en sus fuerzas, en su importancia. Los educadores (y todos lo somos, ya del niño, ya del amigo enfermo, ya del prójimo decaído) deben hacer nacer o renacer la fe en las fuerzas propias.

Es curioso este ánimo humano; este reino de la psicología es admirable: el hombre es lo que se cree. Por eso dijimos: ¡Qué hermoso porvenir y qué hermosa obra la de este joven que se cree héroe o predestinado y que chilla ásperamente como una cigarra hasta que lo busquen y lo perciban y crean en sus gritos!

Por eso, curad al amigo abatido, haciéndole creer en sí mismo o en algo que le sirva de eje, de hilo madre para tejer la tela de su vida.

¡Cuán propia es esta vida moderna, rápida, difícil y varia, para perder toda fe, para ir por la vida como madero agua abajo!

Todos los seres que se ponen en contacto por primera vez luchan para decidir cuál sea el amo, para saber cuál abdica de sus creencias y demás accesorios psíquicos y convertirse en un admirador, en un esclavo del otro.

Esta lucha es inconsciente. Pero está tan unida a la vida, que casi se confunde con ella. De esta brega terrible, cuyo jadeo nos pareció percibir al oír a la vieja y al contemplar el amor de los insectos entre las corolas, salen determinados los destinos individuales y el de la humanidad. De niños tuvimos intuición de esto, y grabamos como máxima: Nuestro destino es irremediable y nadie tiene la culpa de él.

Aquellos toros que luchan ante la vacada..., y los insectos gallardos, belicosos, todo es luchar por el dominio, que pertenece a quien mejor ánimo tenga. El ánimo, esa fuerza desconocida que nos hace amar, creer y desear más o menos intensamente. El ánimo, que no es la inteligencia, sino la fuente del deseo, del entender y del obrar.

Nuestra idea, nuestra pobre opinión acerca de un problema jurídico, no fue aceptada por la Academia, cuando la expusimos... Después la dijo un pirata lleno de vida, y la dijo con no sé qué, con cierto ardor..., y fue aceptada, admirada. No podemos quejarnos: lo aceptado fue la fuerza vital de aquel pirata.

En definitiva, lo que hace mover al mundo no es sino el ánimo de los héroes.

* * *

Al oír a la vieja, también te recordamos a ti, bendita Julia, y te compusimos este canto:

¡Oh, tú, amor, mujer y bestia! Bestia divina en todo: en tu cuerpo prieto, en tu cabellera ferina, y en tus ojos...! ¡Cuánta luz en tus ojos negros! ¡Era como luz en la noche! Allí, más que en parte alguna, estaba tu fuerza que se nos imponía, que nos hacía despreciar nuestro lote de vida, para admirarte. Era igual el destello de tus ojos al destello de los ojos ferinos entre las oscuras cuevas.

Y así, bestia en todo tu ser, nos destrozaste la personalidad, rompiste con tu sola presencia los ejes de nuestra individualidad; todo nos fue baladí, excepto tú, nuestra vencedora.

Así es el amor. Vencimiento del amante y triunfo del amado. Era la vida que encerrabas tú, era tu ánimo lo que se imponía a nuestra pobreza, y por eso te ansiábamos como al agua en el desierto.

¿Por qué inculparte cuando fuiste de aquel mancebo duro como manzana, si su fuerza te atrajo irresistiblemente como la luz en la noche al insecto... y te abandonó destrozada de amor, pues la vida encerrada en él era movimiento, frivolidad, nada de esclavitud?

Así, pues, siempre es la fuerza vital la que domina. En todas las manifestaciones de este vivir, triunfa la energía descubierta por el doctor Mesmer; va recorriendo el tiempo y riéndose de todo...

* * *

Al oír a la vieja, se nos iluminó el problema de la vejez, el de la enfermedad, el del pesimismo, del escepticismo, de la tolerancia, el problema todo de la vida, incluso el problema social.

La vejez, que se compone de falta de fe, tolerancia y amor, no es sino agotamiento de esa energía que causa todo el fenómeno variado de la vida.

Los valores positivos, los del triunfo, acompañan a la juventud.

Los códigos morales, las virtudes aceptadas, petrificadas, las catalogaron hombres debilitados ya. Predicador de moral se llega a ser al declinar de la vida.

Es cierto que hay un estado de alma enfermizo, el estado colombiano, que consiste en estar obnubilado, metido en una idea como en una concha, en una idea religiosa. A esto, que se llama fanatismo, se le ha dado un alcance inmenso, y bajo ese nombre algunos espíritus liberales de América han tratado de clasificar los sentimientos juveniles: el entusiasmo, el amor, la afirmación imperiosa de su propio valor y del valor de su obra.

Han perdido de vista que la abundancia de vida se afirma indefectiblemente, que es exclusivista. Ya puede ser ilusión el amor de un joven —vaso de vida—: su ánimo hará que esa ilusión sea realidad.

Al contrario, quien envejece se petrifica y para él lo imposible adquiere magnitud inmensa. La vejez, “la hora jorobada del reumatismo”, va acompañada de todas las virtudes que describe el catálogo universitario.

El problema de los pueblos aparece iluminado por este concepto de nuestra vieja. Cuando se agota la energía de la raza, aparecen los predicadores de la paciencia y demás parásitos. Grecia nos da un ejemplo cuando, al decaer, apareció aquel tábano sobre el caballo Atenas: Sócrates. Contaba él mismo que un frenólogo le dijo que su cabeza era el nido de las malas pasiones. Sócrates, feo y frío, lógico como un serrucho, tolerante y descreído, apareció cuando se acabó el ánimo griego. Surgió la moral, ese chorro inicuo de frases que sale de las bocas sin dientes.

También Alemania de hoy, con sus jóvenes tiesos y de cabeza sonrosada: ahí han aparecido los predicadores de la energía, de la guerra. Nietzsche —¡cómo se alegra la vida al recordarlo!— fue el goce dionisíaco. Alemania, a pesar de la confabulación universal, impide que el viejo continente se convierta en erial.

* * *

Aquí llegamos con la frase de la vieja, con ese concepto en que se niega la antítesis de vejez y de juventud, este concepto en que se reduce todo a la cantidad de ánimo; este concepto de que el idearium y las pasiones son meros efectos del ánimo, explicables por la cantidad de energía, y confesamos que esa frase coincidió con nuestra experiencia. Nos hemos ido alejando de la juventud y de la creencia. A medida que crece nuestra pobreza vital, aumenta nuestra moralidad y nuestro apego a los prejuicios y al valle en donde el Negro Cano comercia con las ideas generales.

Venid vosotras, ¡oh, ideas de juventud y de vida, a alegrar a los abandonados de la alegría de sentirse tibios, pletóricos del jugo sagrado del árbol prohibido! ¡Venid, jóvenes ideas, retozonas como muchachas de falda corta!

* * *

Esta frase de la vieja respondía muy bien a nuestra experiencia. El hombre, cuando llega a los treinta años, a esa cima dorada, principia a anidar filosóficamente. Dicen que en el niño se reemplazan completamente en un año las células que componen su organismo, y que ese renovarse es lento en el hombre maduro y desaparece casi completamente en el viejo. Lo mismo pasa con las ideas y emociones. ¡Qué más dogmático que un anciano! A los treinta años el hombre adopta una filosofía. Las siguientes notas, tomadas de nuestro diario del día en que cumplimos la edad de Jesucristo cuando lo crucificaron por orden del diletante Pontius Pilatus, comprueban todo esto:

Abril 24 de 1928. —A pesar de esta abrumadora tristeza, pondré contención y arte (alegría) en mi vida. Ese es el imperativo categórico: alegrarnos y alegrar a quienes nos rodean. Generalmente nos entristecemos unos a otros; nos amargamos este relámpago, este epifenómeno que es la vida humana.

“Estoy triste porque no hallo un fin que me interese. Si todo es igual, ¿por qué no adoptar el de la alegría? En eso consiste el ser buenos, en alegrarnos.

“Caen mis cabellos y mis dientes se amarillean. Crecen las niñas, y crecerán otras, y vendrán amaneceres, atardeceres, soles y cielos esplendorosos. ¡Mis cabellos, entonces, idos, y mis dientes amarillentos! ¡Qué epifenómeno es mi vida! ¡Qué bagatela, tan efímera y deseable, la belleza! No hay más remedio que irse agarrando a un propósito que nos escude contra la tristeza de la decadencia y de la muerte.

“¿Por qué, si soy un vulgar y despreciable epifenómeno, esta tristeza? ¿Por qué florecen árboles y florece la belleza femenina, y sigue el devenir, y yo me quedo, me voy muriendo?

“Por momentos quisiera destruir lo bello... ¡Deseo horrible del que decae, del hombre que envejece y que no admite el hecho, la posibilidad siquiera, de que haya belleza que no sea suya y que siga el vivir después de su muerte!

“Tú, futura muchacha de quince años, frívola como el espíritu y como el agua, informe o infinitiforme como el aire, tú, grácil muchacha, pasarás tu mano larga y llena de fuego latente como el centro de las esferas celestiales, pasarás tus afilados dedos por los suaves cabellos de mis descendientes. ¡Yo quisiera asesinarte, hermosa y futura muchacha! ¿Por qué no te haces imposible al mismo tiempo que mi juventud se aja? En verdad que esto de envejecer, esto de llegar a los treinta y tres años, es una burla sangrienta que nos hace el tiempo, esa suprema necesidad”.

* * *

Estas viejas son felices en el camino. “Soñamos con él cuando la necesidad nos obliga a quedarnos en casa”. ¿Qué más propio del organismo humano que vivir al aire libre, respirarlo en toda su pureza, beber agua viva, comer los alimentos que nos ofrece la tierra, sin intervención del arte? Caminar es el gran placer para el cuerpo, pues todo está hecho para ello.

Hay una prueba a priori de que la organización económica del mundo es absurda: esa organización ha creado la ciudad y la vida sedentaria. ¡Hay una lista enorme de enfermedades ciudadanas! Y, para conservar la juventud, el ciudadano ha inventado sustitutos a la vida gitanesca; son la gimnasia y las preparaciones químicas. ¿Puede el arte concentrar la vida que hay en un fruto recién cogido, concentrarla en una lata? Hoy, los sabios llaman a eso vitaminas.

Estas viejas llevan la alegría a los campos. ¡Y qué casas estas de las montañas de Antioquia! Parecen nidos de aves puestos sobre precipicios. Para llegar a ellas hay que ser elástico y ágil como el mono.

* * *

Almorzamos en casa de la muchacha que fue, hace cinco años, la alegría de los escopeteros, cazadores de tórtolas. Hoy es una señorita de treinta años, endurecida y agriada por la soltería. Cruel destino el de la mujer que permanece virgen y soltera. Se convierte en monstruo duro, pesimista y vengativo.

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LLEGAMOS mojados y tristes al Retiro, ese criadero de buenas gentes. Para que el lector comprenda cómo era nuestra tristeza, diremos que era bíblica; la Biblia afirma que el hombre después del coito es un animal triste.

Vive allí la muchacha que, hace dos años, en un pueblo del norte de Antioquia, despertó los impulsos de don Benjamín. ¡El amor! Fueron estos unos amores de montaña aislada del mar; únicamente en estos pueblos aislados, en donde vive el diablo, tiene el amor ese interés misterioso que le dan el pecado, el diablo y el infierno; únicamente aquí tiene el amor la atracción del delito. Fueron amores en que sólo hubo la incitación. Ella —¡cuán sabrosas las dos sílabas de su nombre!— exclamaba, tiritando como una mariposa en peligro, cuando el instinto y la fuerza reconcentrados por doce años de jesuitismo, vencía los prejuicios de los buenos movimientos: “¡No seas loco!”. Amores de los que llaman castos, pero que son los más refinadamente sensuales, pues todo está en los ojos electrizados. También, quizá por contraposición, llaman casta a la paloma. Los únicos amores castos son los que van acompañados de la sinceridad; se realizan en donde hay ferrocarriles, en donde está cercano el mar.

¡El amor! Todo él está en los ojos y en los actos. ¿Para qué sirve la palabra allí? Una mujer quiere a un hombre: ¿Que el padre morirá? Que muera. ¿Qué resulta el fin de todo? Que venga ese fin. Pero la mujer no lo dice; en esos casos no habla; en esos conflictos le brillan los ojos y obra; obra como rueda una piedra por la pendiente. Es que el amor es el negocio esencial; el afecto filial, el sentimiento de honor, las ideas, son accesorios lujosos, lo mismo que los pétalos: lo esencial es el pistilo y el estambre.

¡El amor! Todo está en los actos; no se debe hablar. Por eso decía Enrique Laserre que las mujeres tienen el pudor en las orejas.

Escolio acerca de Stendhal, en un
pasaje de “El rojo y el negro”.

A su antigua amante, mujer escrupulosa y sensitiva, quería reconquistar. Entra por la ventana, de noche, temeraria e imprudentemente. Ella lo recibe con palabras de odio que no tenían valor real, que eran fingidas, sugeridas por su confesor. Él, mientras le echa el brazo por la cintura, le habla de algo que a ella le interesa y que es extraño al asunto. Así logra ser amado intensamente.

Esto nos enseña que las palabras sirven casi siempre para disimular, para vestir los actos, para hacerlos amables al bautizarlos, para tergiversar su origen. Un acto, antes de estar bautizado, está en la niebla de la posibilidad, puede ser mil cosas, es indeterminado, vago, inexistente. Una vez que se le ha dado un nombre queda petrificado. La palabra es determinadora. Si le pedimos un beso a una mujer, lo niega indignada. Es porque entonces afirmamos; afirmamos que es capaz de regalar el beso. Pero si se lo damos sin hablar de él, todo pasa deliciosamente, porque entonces nada se puede afirmar, porque fue acto nuestro, porque nosotros hicimos el esfuerzo. Fue que no hablamos.

En el caso de Stendhal, a esa indeterminación de las intenciones femeninas se agregó el hacerla a ella más irresponsable ante sí misma, al obrar en momentos en que su atención estaba en otra parte.

En el caso de Stendhal sucedió también que lo arraigado en la naturaleza femenina era el sentimiento de amor, sofocado accidentalmente por la fraseología del confesor. Las ideas de éste estaban en aquella alma accidentalmente, y sangre suya era el amor al joven. Para obrar según ideas o sentimientos accidentales es preciso estar constantemente recordándolos, trayéndolos al campo de la conciencia. Sólo se obra conforme a una idea o representación cuando ella está en la subconciencia. De tal manera que el joven obró sabiamente al distraer la atención de ella, pues así obtuvo que su amada obrara de acuerdo con los sentimientos de la subconciencia. El pobre confesor quedó relegado a los momentos de meditación intensa. La vida nuestra es automática, instintiva; la parte de la voluntad y conciencia es mínima.

Conclusiones:

  1. Un beso se da y no se pide.
  2. En amor nada debe proponerse, sino hacerse.
  3. A nadie se le debe proponer con palabras un acto indebido.
  4. Casi nunca que se propone se obtiene.
  5. Casi nunca que se comienza acariciando se falla.
  6. Es común que la mujer se deje forzar, cuando por nada se entregaría.
  7. En amor no se debe hablar y jamás se debe dar el más leve indicio de que se recuerdan los favores o de que han envanecido.
  8. Nada del amor se debe subir al plano de la conciencia con palabras dichas a la amada.
  9. La voluntad desaparece cuando la atención está ocupada en otra parte.
  10. La mujer es el ser más enamorado del pudor, del honor, de la buena reputación y es una esclava del amor. ¡Qué deliciosamente frívola!
  11. Cuando no se ha hablado de un acto, queda la palabra como el gran recurso para tergiversarlo, para que desaparezca.
  12. Toda mujer que se distrae, se entrega.

* * *

Fue un delirio aterrador esa noche pasada en El Retiro, en ese hotel que parece una jaula desvencijada. La vitrola del frente arrulló hasta la una de la mañana los sueños que nos producía un cuarto de litro de aguardiente, y la figura gorda del huésped que a cada momento cruzaba nuestro cuarto con un candil en la mano... La vitrola, el aguardiente, el cansancio y la figura gorda de don Rafael producían una desarmonía psíquica propia para el fin de nuestras vidas pecadoras.

En Antioquia hay muchos hombres gordos y de una gordura muy rara. ¿Por qué tendrán ese vientre esférico? Es un vientre de yegua; protuberante del ombligo para abajo; los botones del chaleco semejan una cincha y la bragueta de los pantalones se abre y deja ver los botones, semejando una boca que bosteza. Si ponemos allí, atravesando el chaleco, de bolsillo a bolsillo, una cadena de oro... ¡Es algo aterrador durante una pesadilla arrullada por la vitrola, después de un cuarto de litro de aguardiente y de siete leguas de viaje a pie! Como si fuera una idea trascendental, seguían nuestros espíritus en esa noche espantosa asediados con el problema de la gordura antioqueña.

Nos levantamos aterrados y escribimos el siguiente tratado de pesimismo. Lo transcribiremos aquí, para que el lector sepa cuál es el origen de toda filosofía pesimista. También escribimos un canto a la alegría:

“La vida del hombre sobre la tierra es brega y tristeza. Vivir es luchar con el tiempo, el cual nos arrastra, a pesar de resistirlo. ¡Qué horrible es, durante algunos días, vivir!...

El único método para vivir que conserva la alegría, es vivir resistiendo al deseo que nos urge por el goce; vivir despacio, inervados.

Pascal dijo que el método liberta el espíritu. Esto lo dedujo indudablemente después de algunos días de vivir sin continencia.

La fuerza nerviosa es una cantidad determinada en cada uno y hay que gastarla con método. Educar la voluntad no es otra cosa que crear llaves de contención para los nervios; es un problema igual al aprovisionamiento de agua para una ciudad. ¿Qué es una juerga? Salir con dos o tres amigos en automóvil. Poner la vitrola a cantar Ramona..., y, después, otro disco femenino”.

Este es el canto a la alegría:

“¡Mejor que todo es la inervación!

¡Nada como la regularidad térmica del organismo!

¡Cuán horrible es la esclavitud!

¡La esclavitud del alma por los deseos es de temer como la muerte!

¡Peor que la muerte eres tú, apresuramiento!

Peor que el frío de la muerte eres tú, Ramona..., en esta noche en que el huésped nos deja entrever su enorme panza a la luz del candil”.

* * *

La grafonola acompaña siempre a lo más delicioso, las circunstancias antecedentes del amor. Porque, así como el delito, el amor tiene circunstancias antecedentes, concomitantes y consiguientes. Todo lo agradable de la vida es antecedente del amor; todo lo que llamamos alegría, en cualquiera de sus manifestaciones, es antecedente del amor. La perspectiva del amor es el encanto del viajero, el encanto de todo lo que vive, la ilusión de todo lo que existe, desde el átomo hasta Dios. ¿Qué importa el objeto? Es una disculpa para poder amar. Nacimos para eso y antecedentes del amor son todos los heroísmos y todas las obras. Así como en la fonda desconocida el viajero siente una alegría vaga que no es otra cosa que la perspectiva de las figuras femeninas posibles, asimismo está el amor detrás de las trabajosas obras de Hegel... Las circunstancias concomitantes y subsiguientes al amor son tristeza. Entonces se convence uno de que lo engañó esta madre Naturaleza que sólo se preocupa por la especie. Las circunstancias subsiguientes al amor son iguales a viajar durante días en un tren: se experimenta la misma desazón en la columna vertebral.

¡La grafonola! Todo iba despacio allá en la antigüedad. Una Friné o una Aspasia determinaban para toda una época las circunstancias del amor y de la gloria; hoy los reinados de la belleza duran a lo sumo quince días; somos más artistas, más frívolos. ¿Podemos leer un libro de quinientas páginas? ¿Hay algún héroe que lea de seguido el Don Quijote de la Mancha? ¿Hay alguna mujer bella cuyo amor dure más de veinticuatro horas? No; ningún editor parisiense se atrevería a darnos un libro que tuviese más de ciento treinta hojas. Los vestidos femeninos son de telas frágiles para que no duren sino el tiempo de una emoción. ¿Qué se hicieron aquellas ropas eternas que pasaban a las primas? Parece que nuestros antepasados no supieron que el hombre es una máquina muy delicada; vivían para la eternidad, y nosotros vivimos para el tiempo; y la eternidad es una, y el tiempo se compone de segundos. Nosotros dejamos el libro de cincuenta y tres hojas en el asiento del tren o del avión. ¡Aquella americana, aquella silueta estilizada que vimos a la orilla del mar, leyendo descuidadamente a Miomandre, y que dejó el libro sobre la silla de paja! Nuestros antepasados tenían casas de piedra, bibliotecas de tomos fabulosos, empastados en cuero, y sus mujeres eran anchas, carnudas. Las nuestras se parecen a nuestros libros de cincuenta y tres hojas; las leemos, nos leen, y nos dejamos tirados sobre los asientos de paja. Todo lo nuestro pertenece al tiempo, que está compuesto de segundos. Por eso, en nuestro delirio nos aterraba la gordura del antioqueño.

Esas mujeres de las grafonolas, esas mujeres cuyos cuerpos inducimos por sus voces y cuya boga dura unos quince días, determinan las modas del amor.

Y por eso, porque no tenemos ideas sino opiniones, porque no hay eternidad, porque no hay sino un pequeño manojo de segundos y un pequeño manojo de emociones, nuestras mujeres son delgadas y lo único que no les perdonamos es la constancia. ¿Qué cosa más horrible para nosotros que una mujer constante? Es como una idea fija; es como un vestido que uno no se pudiera quitar. El encanto de la mujer consiste en que nos abandona; es el mismo encanto de la vida; ¿pues qué sería de la vida y del amor a ella si no supiéramos que íbamos a morir?

Porque ya no pensamos en la eternidad, porque somos un manojo de segundos, lo supremo para nosotros es el dinero. También éste se compone de centavos y con él se compra todo lo que se ha inventado para adornar el tiempo. Por eso, desde que Lutero descubrió que en Roma estaban vendiendo la eternidad, dejamos de creer en ella, pues es absolutamente evidente que todo lo venal es terreno.

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¡EL dinero! Indudablemente el nombre mejor para nuestro siglo es este: El siglo del hombre que hace fortuna. Vivimos a la caza de la fortuna; gastamos nuestras energías en la consecución del dinero. Es un afán tan grande como el que se tenía antaño por la bondad del alma.

Todo es para nosotros un medio de conseguir dinero; se persigue la ciencia, para ello; se desea la moralidad, la honorabilidad social, porque producen dinero; nuestro amor es frívolo y mercenario; por eso es tan agradable; la cónyuge —vocablo del lenguaje de los antiguos— se consigue porque tiene dinero. Deseamos tener carácter, porque es cualidad para conseguir dinero. Para eso cultivamos la literatura. Todos los segundos de nuestras vidas están empapados de la necesidad de conseguir dinero. Este es nuestro último fin, indudablemente.

Nuestras necesidades se han multiplicado; nuestros placeres son tantos como nuestros segundos... ¡Son tantas las mujeres hermosas y tantas las bagatelas que adornan sus cuerpos transitorios... y todo se vende! La moneda o, mejor dicho, el billete, es la piel mágica en que se viaja por países feéricos; ¡el billete es la imagen de todo lo agradable!

Movimiento rápido a leguas por hora, a kilómetros por minuto... Es necesario correr, acumular rápidamente, porque nos deja la vida. Este es el siglo del hombre que hace fortuna.

Nosotros, el hombre que hace fortuna, porque es un manojo de segundos y de emociones, es flaco, alto, demacrado, huesudo, de maxilares angulosos, ojos brillantes y anhelantes. El hombre que hace fortuna es la misma figura del perro cazador. Porque el hombre que hizo fortuna es gordo y apoplético como nuestros antepasados, lleno de hidratos de carbono.

Y morimos de apoplejía, de cáncer en el hígado, de nefritis, de gota, a los cuarenta y cinco años. Y generalmente el hombre que hizo fortuna es sadista y se derrite por las niñas de trece a catorce años: son las dependientas de sus grandes almacenes.

¡¡Honor al hombre de acción, al joven cazador, honorable, duro, superhombre, de egoencia desarrollada, cruel!! ¡Honor al hombre seductor que ha metodizado todo en orden al dinero! El hombre de acción es hermoso. ¡Loor a nuestro hombre recto, de mirada firme, pletórico de ansias!

Sí; porque el hombre de acción, a pesar de que se contiene por sistema, es un ansioso; a pesar de que va paso a paso, por sistema, es un desesperado; a pesar de que sostiene el valor de la tranquilidad, es un intranquilo.

La paciencia, la contención, todas las antiguas virtudes de nuestros gordos antepasados, se predican a la juventud, pero no ya como virtudes, sino como métodos. La moral es pragmatista. Se aceptan las virtudes de los viejos tratadistas, pero porque son útiles.

¿Cómo se edifican hoy los templos? En un barrio que se intenta urbanizar, se regalan diez mil varas para una iglesia. ¡Así viene la bendición de Dios! Las calles se regalan al Municipio. Nosotros, el hombre moderno, practicamos todas las antiguas virtudes, pero no buscamos agradar a Dios, sino comprarlo; lo tratamos como los agentes viajeros a los empleados públicos: dándole propinas.

Nosotros, el joven de acción, grabamos en nuestras oficinas los mandamientos recibidos por este nuevo Moisés, el filósofo pragmatista.

¿Por qué no roba el hombre de acción? Porque pierde el crédito. Por eso no roban los Bancos; por eso no roban los países. El crédito ha reemplazado al diablo en su papel moralizador. El joven pragmatista tiembla y palidece ante la perspectiva de perder el crédito, como temblaba y palidecía la monja hermosa después de abrazar a su amante por sobre los muros del convento, ante la perspectiva del rabo prensil del diablo. El CRÉDITO. Es una creación nuestra, más imponente que Júpiter. ¡Cuántos tratados se han escrito acerca de este dios!

El mejor ejemplar del hombre que hace fortuna que hemos encontrado en Colombia, un indio rubio, el Dr. Y., nos decía que su maestro en universidad belga les daba este imperativo categórico: “No dejéis constancia escrita sino en último caso, para que no perdáis el crédito”. Sí; el hombre cazador teme a la prueba preconstituida; teme a la prueba material. ¡Qué antiestético es todo lo petrificado! El indicio es una prueba elegante; con él se puede probar lo que se quiera, o sea: nada se puede probar; es indeterminado como todo lo espiritual. No dejar rastro es el ideal en la acción. Por eso el robo es vulgar, y el hurto, que consiste en tomar lo ajeno sin que quede huella, progresa a medida que aumenta el auge del hombre-fiera. El hurto consiste en ejecutar un ACTO con la limpieza, suavidad e invisibilidad del viento. El adjetivo empleado para los negocios y los hurtos es este: LIMPIO. El hurto y el negocio son hermanos gemelos. Las cualidades de hurtador y negociante son las mismas; los procedimientos, idénticos. La diferencia está en que el hurtador se lleva todo el objeto, y el negociante devuelve parte de su valor en lo que se llama precio.

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Como don Benjamín está muy cansado después de esta noche apocalíptica del Retiro, y como un filósofo es un ser parecido al rumiante, continuemos filosofando, queridos lectores. ¿Por qué no? ¿Qué nos urge? Apenas somos aficionados a la filosofía y a los viajes. Continuemos, pues, con el estudio de este joven interesante que somos: El hombre que hace fortuna.

El movimiento de la vida moderna es desvanecedor; ahí, lo más difícil es conservar la tranquilidad de alma, la unidad de fin y la organización de medios. A cada instante se presentan infinidad de imágenes deseables, de posibles finalidades... LA VOLUNTAD ES TENTADA A CADA SEGUNDO. Y por el solo hecho de vencer esas tentaciones, se gasta una cantidad inmensa de energía nerviosa. Por eso nosotros, el joven cazador, estamos demacrados y somos angulosos y flacos.

Predomina en esta lucha fiera el concepto de hombre activo y hombre pasivo, de yo activo y yo pasivo.

Este concepto se funda en nuestra verdad de que el hombre actúa sobre el hombre no por la fuerza de la verdad abstracta —mito de nuestros gordos antepasados—, sino por la fuerza del fluido nervioso. ¡Lucha fiera en que vence el más disciplinado, no el que mejor razón tenga! Lucha fiera que exige metodizarse. El billete es la finalidad. La cantidad de dinero sirve de metro para saber el valor del hombre. La pobreza es signo inequívoco de inferioridad. La pobreza es indicadora de toda clase de inferioridad. En realidad, el pobre, fuera de ser peligroso, es un ser que disgusta. Está lleno de odios y envidias; es un ser torcido y frustrado; sus cualidades se han marchitado.

En este correr apresurado de los segundos, nosotros, el hombre fiera, tenemos como primer mandamiento LA CONTENCIÓN.

¡La contención! Allá en nuestro valle estrecho del Aburrá hemos visto a muchos comerciantes que corren detrás de las mujeres, detrás de todas las mujeres; hemos visto que corren afanosamente detrás de los negocios y del dinero, como si se fueran a acabar. Se dejan seducir por toda mujer y dicen que gozan del amor; se dejan poseer por toda sensación del paladar y dicen que gozan del gusto. Nadie goza sino nuestro joven metódico que usa de las cosas y no se deja poseer por ellas. Siempre que el hombre llega a ser incapaz de prescindir de algo, se hace esclavo de ello y disminuye su poder. Es preciso en toda circunstancia, en todo momento, aun ante la mujer más hermosa, poseerse a sí mismo. Es muy agradable gustar de las cosas buenas dondequiera que se hallen, pero desde el momento en que entra en el alma la sombra del lazo, debemos recordar que somos libres, instrumentos libres para reunir los billetes. Cuando el espíritu tiene alguna emoción triste en la contemplación de la belleza, cuando tiene algún movimiento de impaciencia, de desenfreno, es señal de que no está gozando de la belleza, sino que es dominado por ella.

Todo lo que se le impone, lo doblega y aminora, lo evita el hombre de acción. Y la belleza es lo más peligroso para el impreparado. Nosotros, este potro salvaje que describimos, evitamos siempre que se menoscabe en lo más mínimo la cruel egoencia que deseamos tener. Y quien no sea así, para nada nos importa.

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He aquí, dedicada a los hombres que corren detrás de las mujeres, como si éstas fueran a acabarse, las normas de nuestro joven anguloso:

RECOGERSE. Significa retraer todos los deseos, los tentáculos que ha sacado el fluido nervioso hacia el mundo exterior. Significa unificarse, aislarse con todo lo suyo en uno mismo. Significa evitar que el pensamiento se vaporice, que se dilate la voluntad. Significa comprimirse en un solo núcleo duro, egoísta. Consiste en no amar, no desear, no pensar, ponerse en guardia contra todo. Con este método se adquiere lo que se llama estado positivo. Nuestro joven practica este método durante el treinta por ciento de su tiempo. Y después, sale el pensamiento o el deseo, controlados por la voluntad metodizadora, con una fuerza inverosímil.

Sólo el pragmatista que lo ha ensayado durante mucho tiempo sabe la fuerza de un alma metodizada, concentrada, cuando en el momento dado lanza su deseo y su pensamiento hacia un fin determinado.

Nunca se debe meditar a un tiempo en más de una cosa, y jamás se debe desear lo que no merezca la pena. El hombre disperso nada hace. Ninguna substancia obra si no está concentrada.

Nosotros, siguiendo el ejemplo de los grandes amantes, no amamos sino una mujer en cada tiempo; nosotros, el joven pragmatista, siguiendo el ejemplo de los grandes pensadores, no pensamos sino en un problema a cada tiempo, y siguiendo el ejemplo de los grandes activos, concentramos nuestra actividad en nuestra obra: el dinero, representativo de todo lo terreno.

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Hacemos constar aquí muy claramente que el joven pragmatista no ama el dinero por instinto, de nacimiento, por decirlo así. Nosotros no admiramos ni predicamos a favor de los avarientos sin estética, sucios, innatos. No, aquí se trata de disciplina mental. El joven pragmatista pretende saber cómo se reúne una gran fortuna y cómo se vive una gran vida. El joven pragmatista admira lo único que hay admirable en este esferoide: EL MÉTODO; la capacidad de perfeccionarse que tiene el hombre; la LÓ-GI-CA.

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El joven pragmatista es impasible. Dice: Todo esfuerzo que hagas para atraer a ti los seres y las cosas es un desperdicio; la fuerza atractiva obra cuando está concentrada en el interior. En todo movimiento de impaciencia, en todo esfuerzo brusco se pierde gran cantidad de ese algo que llamamos vitalidad. La fuerza acumulada durante la indiferencia atrae como imán las cosas buenas. Sólo suceden aventuras deliciosas a quien no las busca. El hombre es vitalidad, acumulador de vitalidad, y es preciso ser metódicos. La vitalidad conserva el organismo después de formarlo y lo defiende; cuando esa fuerza nos abandona, enfermamos y morimos.

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Educar y educarse es dirigir conforme a principios científicos la delicada y soberbia substancia nerviosa. Llegar a ser un hombre propio para los fines que indican el tiempo compuesto de segundos y la tierra compuesta de frivolidades venales.

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A la una de la mañana se extinguió el lánguido amor de la grafonola, cesó nuestro disco del superhombre, despareció el gordo don Rafael y nos dormimos. Decía Voltaire que la vida no era terrible, porque uno pasaba la mitad de ella dormido. ¡Es una observación interesante! El sueño, así como la oscuridad en los cuadros, da viveza, hace resaltar nuestras emociones. ¡Qué dulce es el cuadro de los amantes, él con la cabeza desmayada sobre el pecho ondulante de ella! Es el mejor campo de batalla y el único que nosotros conocemos. Algunos han comparado el sueño con la muerte y, engañados, han dicho que la muerte debe ser agradable porque es como el sueño. Todos ellos se equivocan; morir no es dormir. Cuando uno está dormido, proviene el goce de esa sensación confusa que tienen todas las células de nuestro organismo, de esa delicada sensación de reposo. El placer consiste en que sabemos que dormimos. La muerte sería agradable como el sueño si uno supiera que estaba muerto y si no fuera para siempre.

En fin, despertamos y continuamos viajando. Una pelea de perros acompañó nuestro paso por la plaza del pueblo, y luego nos perdimos a través de los predios incultos de esta tierra. Mucho tiempo anduvimos por un sendero de rumiantes, sin saber para dónde íbamos. Tampoco sabemos para dónde vamos al vivir. No era, pues, grande nuestra tristeza por estar perdidos, pues perdidos estamos desde que allá, en compañía de nuestros queridos amigos los jesuitas, no pudimos encontrar el primer principio filosófico. Cuando le decíamos al reverendo padre Quirós que cómo se comprobaba la verdad del primer principio que nos daba, nos decía: “Ese es el primero; ese no se comprueba”. Desde entonces estamos perdidos. Y así como por este sendero nos guiaban las huellas de un rumiante, asimismo nos guía por la vida, impidiéndonos la pérdida absoluta, la huella que dejaron en nuestra alma de niños tres mujeres: la madre, la Hermana Belén, y tú, Margarita.

En aquella mañana brumosa, al atravesar las charcas del sendero, en donde éste se perdía, se oían las frases malhumoradas de don Benjamín que preguntaba no se sabe a quién: “¿Dónde están las huellas?”. Es la misma pregunta que dirigimos a las esferas celestiales en los momentos de angustia. ¿Y quién nos va a responder? Estamos solos, irremediablemente solos...

Al mucho tiempo encontramos un niño que nos indicó el camino. Este niño llevaba de cabestro un gato negro. ¡Qué extraño modo de llevar un gato! Todo era ilógico en esa mañana. Nos dijo el niño que iba a botar el gato muy lejos; que muchas veces lo había hecho ya y que el gato volvía a la casa. Decididamente lo sabroso de la vida son las circunstancias antecedentes: el deseo y los actos que ejecutamos para conseguir un gato; el deseo, las rondas y demás preliminares para conseguir la amada. ¡Pero tener un gato y tener una amada y querer desasirse de un gato y pretender desasirse de ella!... Ambos tienen uñas. Decía Balzac que la mujer perfecta araña.

¡Cuán trágico en el amor el papel representado por el macho! Damos vueltas y revueltas alrededor de la amada. La hembra, quizá porque sólo es amada mientras es deseada, va alargando el asedio. Ved los escorpiones, cómo se pasean días y días cogidos por sus palpos; el macho de la araña que se acerca a ella tembloroso, se devuelve y espera durante días el momento propicio, si es que antes no es devorado por ella. La hembra dirige el amor y lo dirige de un modo lento, saboreado, así como dirigía Josué la toma de esas pobres ciudades de la tierra prometida, tocando trompeta y dando vuelta alrededor de los muros hasta que a estos les daba la gana de caerse. Y una vez que conseguimos un gato o que logramos el amor de la mujer, ¿cómo desprendernos de ellos? Nos siguen a todas partes. Las hembras del escorpión y de la araña devoran a sus amantes y a nosotros nos devoran con su constancia. Aquel gato lo había llevado el niño al otro lado de un río y había vuelto a la casa. Recordamos la historia del abogado Raimundo Saldarriaga. Después de mil luchas, después de tres años de rogar y sufrir, logró un amor ilegal. ¡Casi todos los amores son ilegales! La legislación, en este caso del amor, no está de acuerdo con la vida; el amor legal es una excepción y hay quien afirma que ni siquiera es amor. Aquí se nos ocurre adoptar el hermoso apotegma del magistrado Juan Evangelista Martínez: “Hay que adaptar la legislación a la vida”.

—¿Qué le pasó a usted, Raimundo, con su barragana?

—Hace cuatro años estoy luchando por desasirme de ella; me voy para otro distrito judicial, y allá me sigue; la insulto y le pego, y más me quiere. Últimamente he adoptado una rabulería para librarme de ella. ¡Para algo ha de servir la profesión! He resuelto establecer un gallinero moderno en un pueblo retirado y enviarla allí; el amor que las mujeres tienen por las gallinas es el único sustituto; ella no vendrá a molestarme, por no abandonar las gallinas.

Raimundo es el mejor abogado de Colombia; su ingenio es riquísimo. Este procedimiento, esta invención procedimental, ¿no lo colocan a la cabeza de los jurisconsultos del país?

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AQUEL día caminamos muy despacio; los bueyes nos dejaban. ¿Para qué diablos íbamos a correr? Las cosas que no han de ser nuestras, no se dejarán coger. Cuando el sol declinaba, sentados sobre una dura piedra, compusimos este canto:

“Un inefable sentimiento de apacibilidad, una alegría o ebriedad apacible y sana nos produce el convencimiento de que todo lo nuestro habrá de llegar al minuto, hora, día y año. Aquí sentados paladeamos nuestro futuro que nadie podrá robarnos, ni aun nosotros mismos.

“Nosotros no somos el ansioso; nuestros ojos guardan las imágenes que a ellos llegan, porque esas son las que debían llegar; nuestras manos palpan muy lentamente las formas que son suyas, porque ellas son las destinadas; nuestros corazones están listos para recibir lo que el seno del devenir les guarda. No se gasta nuestra fuerza vital en perseguir los seres que no son suyos, los sucesos que no le pertenecen. Aquí nos tienes, VIDA, DIOSA DE LOS OJOS MALICIOSOS, tranquilos, sentados sobre esta dura piedra, seguros de tu amor; los celos no desbaratan nuestros corazones. Tú eres la infiel entre las infieles, a pesar de que no retrocedes ni abandonas al amante. Aquí nos tienes, sentados sobre la dura piedra, oliendo la grama olorosa a inocencia, llena de vitalidad, esperando tus dones.

“Las mujeres que han de servirnos de almohada, las que han de llorar por nosotros, vendrán a buscarnos en donde estemos, si han de ser nuestras. ¿Para qué correr tras ellas? Vendrá también el oro que ha de ser nuestro, y vendrá a esta dura piedra, al escondrijo más oculto, la muerte, y vendrá el deshonor, el dolor y el odio. ¿De qué huimos? ¿Para qué escondernos? ¿Por qué lamentarnos? ¿Para qué remordernos la conciencia? Con recogimiento recibimos lo nuestro; nadie nos pide cuenta y a nadie se la pedimos. Somos el que puede afirmar: el hombre tiene lo que merece; no tendrá lo que no merece. Venga, pues, a cada uno lo suyo.

“Hemos perseguido la alegría y a pesar de que parecíamos alcanzarla, no pudimos. Lo nuestro es lo único que llegará a nosotros. ¿Y qué será lo nuestro? Parece que nada sorprendente nos está reservado en esta pelota terrestre”.

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PORQUE una moneda cayó al suelo sobre el escudo colombiano, decidimos pasar la noche en la casa de doña Pilar. Desde que no pudimos encontrar el primer principio filosófico aumentó la cantidad de suerte y azar en nuestro pobre vivir. Todo compromiso, aun la cita amorosa, es un torcedor. Hay allí, cerca al río Piedras, dos casas; nos decidió por la casa de la derecha el rostro atormentado del Libertador, en una moneda de diez centavos. ¿Cara o sello? Y la cara es la de Simón bolívar; y, en realidad, es la única cara interesante de estas cinco repúblicas intertropicales. ¡Y cómo lo atormentaron! En su efigie de la moneda de diez centavos, su cabellera conserva el rastro de los suaves dedos de doña Manuelita Sáenz. ¡Es una cara muy triste la de este superhombre que había terminado ya su obra! Estaba convencido de que no había libertado hombres, sino negroides. Y después de que lo hicieron morir con una camisa francesa, prestada, sin que hubiera ninguna figura femenina a su lado, han puesto su efigie en las plazas, para que siguiera contemplando nuestras malas pasiones, y en las monedas para que su cara decidiera si nos quedábamos en la casa de la derecha. ¡Pobre Simón Bolívar, que libertó cinco repúblicas, y que apenas se fueron los españoles vio que no había quedado sino un hombre: él, solitario, en un desierto de alimañas!

En la casa de la derecha viven doña Pilar y su anciano marido. Son gentes de otro tiempo; han tenido un álbum de autógrafos. Colombia fue el país de la literatura hasta por ahí al final del siglo. Un soneto era entonces lo que es hoy para un joven ex ministro el ser agente de la casa Halle Garten. Era el tiempo de nuestro apasionamiento; fue el tiempo del idealismo. Entonces un Rojas Garrido amaba sus ideas mucho más que su vida. ¡Qué almas tan apasionadas aquellas de la Colombia liberal!; era un país digno y heroico. Fue la del sesenta y tres una Constitución que admiró por su idealismo a Víctor Hugo. Aquellos hombres eran poetas, héroes y quijotes sin tacha. ¡Pero en todo hemos sido desarmónicos! Un sátiro de Cartagena dio principio a la descomposición moral. Comenzaron vendiendo a Panamá y hoy está casi todo vendido. Ya Colombia no hace versos. A la sombra del Simón Bolívar atormentado de las plazas públicas, a la sombra de las iglesias y sirviendo de moneda la cara angulosa del Libertador, se reparten los dineros. No tenemos ideas; no tenemos sino opiniones; de vez en cuando hacemos un soneto a Cristo Rey y por ello nos envían como diputados.

Ya en este álbum, dice doña Pilar, no escriben nada interesante. ¡Qué vamos a escribir, si apenas sabemos que estamos perdidos, que vamos para Abejorral a trazar dos cuadras de carretera, devengando mil pesos mensuales! ¡Qué vamos a escribir, si apenas sabemos que ya casi acabaron de robarse el dinero yanqui! ¿En dónde está la agricultura? ¿Qué obra productiva? ¡Qué vamos a escribir, si apenas pasan por la casa de doña Pilar a vendernos amuletos, automóviles y salchichas, los rubios agentes viajeros...!

Los libros de doña Pilar, desde mil novecientos tres están llenos de miseria. Todos los que han pasado desde entonces tienen el alma oscura. Además, el mundo espiritual es tan miserable generalmente; apenas se hermosea en un genio...

Y qué horrible fue la noche, picados por animalillos invisibles, miríadas que transitaban por la piel y que nos hicieron delirar nuevamente: soñábamos que nuestro cuerpo era Colombia y que los innúmeros animalillos eran las generaciones habidas desde Rafael Núñez.

Pero hay en el álbum de doña Pilar un autógrafo que dice: “¡Viva Colombia!, 1906. —Carlos E. Restrepo”.

Sí; durante este período oscuro ha habido un hombre que ha querido al país más que a sí mismo, y tiene la misma cara angulosa y triste del Simón Bolívar de Santa Marta y, quizá, también morirá con una camisa prestada.

Noche horrible aquélla, pues roncaba además a nuestro lado el hombre gordo de Medellín. Venía de las olimpiadas de Cali, borracho, este señor José María: “¿Que no hay pieza? ¡Bien pueda cobrar lo que quiera! ¡Aquel viejo ladrón de Manizales que me alquiló esta mula!... ¡Pagué cien pesos, y vea usted lo que me dio! ¡Cómo despilfarran dinero esos manizaleños en los tales cables! ¡El Valle del Cauca no sirve para nada! ¡No hay como Medellín, en donde se propugna por las carreteras”.

Entonces vimos claro el significado del hombre gordo. Este es un producto del trópico, así como las cucurbitáceas que cubren las tierras del Retiro. El hombre gordo es el hombre exagerado; carece de lo que llamaban los clásicos y los moralistas antiguos el sentido de la medida. Son muy peligrosos; caen sobre los individuos y sobre los pueblos como una montaña aplastadora: dos hombres gordos idearon la Carretera al Mar, que ha sido nuestra ruina, y dos hombres gordos han gastado en eso diez millones. Toda nuestra vida de república ha sido vida de hombres gordos. Siempre hemos carecido de la delicadeza del animal de sangre. Ser un hombre flaco consiste en aceptar la idea o la sensación actual de un modo equilibrado, o sea, armonizándola con su complejo espiritual. A los antioqueños los domina un deseo o una idea y se desparraman.

El principio básico del hombre culto es NO DEJARSE ARRASTRAR POR LO BUENO QUE ESTÁ FUERA DE SU CAMINO. La educación es centrífuga; se adopta un principio o una ciencia como núcleo alrededor del cual se va dilatando el conocimiento y la vida en círculos concéntricos. Por eso el hombre culto es el hombre vertebrado. El psicólogo, por ejemplo, tiene su ciencia como un núcleo que da el colorido a toda su formación mental, sin desdeñar los demás conocimientos. El uno absoluto, que es el todo y que aprehendería el hombre por intuición, si fuera infinito, podemos compararlo con una circunferencia cuyo centro esté en todas partes. Así, es centro de la infinita realidad cualquiera ciencia o cualquier propósito; desde ellos se llega a percibir una remota vislumbre de lo infinito. El hombre culto se limita y contiene acatando su imperfección; es un reconocimiento de la incapacidad para abarcarlo todo. La cultura consiste en el humilde reconocimiento de nuestra imperfección y del deber en que estamos de vivir conforme a nuestro plano actual. Para adquirir el éxito es necesario darle todo nuestro corazón al fin perseguido y desechar todo lo demás en cuanto no tenga relación con él y por bueno y agradable que sea. Esta es la filosofía del hombre gordo de Medellín que roncaba sin medida en la casa de doña Pilar, soñando, quizá, en propugnar por las carreteras.

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CREPÚSCULO vespertino en El Vergel, cerca de Aranzazu, a unos mil novecientos metros de altura, la posada de don Manuel Ospina. La casa mira al occidente, y allá, en el abra por donde corren las quebradas de esa tierra, en tarde del 28 de diciembre, cuando el sol está en el hemisferio Sur, en tarde de nubes bajas, vimos hundirse el sol (el Febo del padre Urrutia) como globo de oro, inmenso. Nubes plomizas lo surcaban. Descendió con majestad. Así murió, de pies, como emperador, el gran Diocleciano. Apenas hundido allá en nuestro monstruo deseado, el gran Pacífico, principió la gran fiesta dionisíaca de sus colores en las nubes de tierra fría, unas bajas y otras altas. A cada minuto cambiaban los colores. Por donde murió había una ceja de oro, lejana; encima, nubes plomizas, ocre, y una abertura de plata en el cielo. Después, por debajo de ese oro y plomo, unas crestas negrísimas que eran los picos de las montañas. Luego, azul pálido y oro sobre la lejana cordillera; azul desteñido, con el gran lucero vespertino, y el oro de la cordillera se fue borrando. ¡En verdad que es hermoso nuestro esferoide!

Porque don Benjamín está triste a causa de estas noches de insomnio, hemos recordado este atardecer. Don Benjamín dijo: “Mi herida del calcañar se abrió y no puedo caminar”. En el Buey conseguiremos para Don Benjamín un caballo de ojos mansos, un caballo flaco para que siga paso a paso, pues somos aficionados a la filosofía, y el filósofo es un rumiante amigo de la lentitud. El caballo brioso es como joven pródigo.

Lo único propio que tenemos es nuestra energía; está encerrada dentro de nuestros cuerpos formados de huesos, carne y piel. Lo nuestro está limitado por nuestra piel; ella es nuestro lindero. ¡Qué bien alindados estamos los hombres!

Dice El Eclesiastés que no demos nuestra energía a las mujeres. Eso nuestro, la energía, lo dilapidamos en el deseo desordenado. ¿Qué debemos hacer? Acumular fuerza y gastarla con método; porque el avaro de su fuerza es un miserable. Hay que darle a la fuerza su destino, que es gastarse. ¡Quieto aquí, corazón! Esta boca nos devora y nos devoran estos corazones ansiosos. El método y la contención son los que pueden hacer del hombre un bípedo interesante. ¿Por qué gastar siempre? Somos pródigos. El gasto normal se efectúa sin esfuerzo, es una irradiación de la energía, cuando ésta abunda. ¡Hemos hecho un encuentro! La fuerza irradia; así se gasta científicamente. Nos devoran esta boca, este corazón y estos ojos. Este sentimiento del desorden hizo decir lo siguiente: “No des tu fuerza a las mujeres” (Eclesiastés). “El método liberta el espíritu” (Pascal). “El hombre es doble; el bien y el mal luchan en él”.

Un caballo brioso es como joven pródigo. La vida cósmica es lenta, reposada. Natura non facit saltus. Únicamente el hombre es animal pródigo, desordenado, saltarín y, al mismo tiempo, animal triste. Los animales domésticos han sido contagiados de tristeza y desorden por el hombre. La casa del hombre es el lugar del pecado. Toda la vida cósmica es ordenada, metódica y alegre. El mono, el perro, el caballo, han sido corrompidos en la casa del hombre.

Pues sí; para don Benjamín conseguiremos un caballo manso, silencioso y que sea consonante de nuestros ensayos.

Como don Benjamín está triste, compusimos un ensayo acerca de la tristeza:

* * *

“EL HOMBRE DESPUÉS DEL COITO ES ANIMAL TRISTE”.

Porque es la entrega de nuestra fuerza vital. Ella, mientras estaba en nosotros, nos hacía desear; hermoseaba el universo, pues de no ser así no desearíamos.

Entregamos la vida en potencia para la formación de otros seres. Somos entonces la imagen del saco vacío. El organismo queda flácido. Por eso dice la Biblia que es animal triste; es una tristeza orgánica, de cada célula, diferente a la que causa una emoción concreta, espiritual. ¡Los viejos de Voronoff! A la flacidez, a los músculos vacuos, tristes, sucede la plétora, brillo e inervación. “Es un animal triste”, o sea un enervado. Eso no es tristeza; eso lo tienen los otros animales. Verdadera tristeza no hay sino en el hombre; el resto del cosmos es energía armoniosa. Así, pues, don Benjamín apenas está enervado, a causa del insomnio producido por los hombres gordos de Antioquia.

En el universo, sólo en el hombre se encuentra la irregularidad y la tristeza de estar perdido, de la contradicción de sus múltiples deseos. ¡La irregularidad! Todos los otros seres cumplen su destino dentro de la regla inmutable y están contentos; de todo el universo, menos del hombre, sale una armonía que es como canto de alabanza a la suprema energía o suprema ley que se llama Dios.

Esta observación nos ha llevado a colocar la causa de la tristeza humana en la irregularidad del vivir del hombre; y es irregular porque el hombre de hoy es apenas un ensayo, complicado como todo lo que es ensayo.

Los datos del problema son estos: todo es alegre y en el hombre hay tristeza; todo vive según medida y normas, menos el hombre, que es irregular y desmedido.

Debe haber una relación de causa a efecto entre estos factores.

De esta inconformidad humana nació el misticismo, que consiste en colocar nuestros destinos en otra existencia que vendrá después de la muerte. Dicen los místicos: “El hombre está triste porque la tierra no es su patria, porque aquí está desterrado, porque aquí no es su medio ambiente.” Esta es la explicación más antigua que se ha dado de la tristeza del hombre. Es una explicación que tiene por complemento la hipótesis de una dualidad: cuerpo y espíritu. Este, que no forma parte del universo corporal y visible, está llamado a satisfacerse, o sea a cumplir su fin, en otra existencia, cuando abandone su unión con el cuerpo. Tenemos así que, según esta explicación, la tristeza, ese fenómeno humano, proviene de la incompatibilidad del espíritu y del mundo material; no es otra cosa que la inadaptabilidad del hombre al medio impropio en que vive transitoriamente.

De aquí el concepto de Job: “Guerra es la vida del hombre sobre la tierra”; y de aquí el método místico de contradecir el cuerpo y de hipertrofiar una sola idea y un solo deseo: la idea y el deseo de Dios.

Nuestra hipótesis para explicar la tristeza del hombre es que somos un ser nuevo en el universo; y como ser nuevo, imperfecto y complicadísimo en su funcionamiento, como el primer telar que se inventó. ¡Cómo se enredaban y se contradecían las múltiples partes de ese primer telar!

Somos un ser nuevo. Esta extraña modalidad de la materia que llamamos espíritu aún no ha aprendido a vivir, a obrar; desea contradicciones; no sabe de dónde viene ni para dónde va y se admira al ver que posee ese don raro de volver sobre sí misma. En fin, esta es una hipótesis que si la continuamos puede dañar este libro. ¿Quién puede soportar hoy la seriedad de un tratado de metafísica, por más que tenga su origen en la consecución de un caballo manso?

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DESPUÉS de escribir en el álbum de doña Pilar, salimos al camino y abandonamos el camino. El camino es casi toda la vida del hombre; cuando está en él sabe de dónde viene y para dónde va. Caminos son los códigos, y las costumbres, y las modas. El método es un camino. Por eso Jesucristo, cuando quiso manifestar su infinita importancia, dijo que ÉL era EL CAMINO.

Pero nosotros sentimos en casa de doña Pilar la rebeldía contra el camino, contra esa línea por donde van todos los hombres, por donde van los arrieros, los agentes comerciales. Sentimos odio por la limitación. Hay en el corazón humano el deseo extraño de librarse del límite. ¿Será este el secreto de la grandeza de Jesucristo y de Sócrates? Los dos dominaron el universo, dieron normas al mundo, y ninguno de ellos escribió. Una vez escribió Jesucristo, pero lo hizo en la arena y nadie supo qué. No escribieron, es decir, no se limitaron. ¿Por qué hablan del poder de la Imprenta? ¿Qué escritor es comparable a esos DOS que nada escribieron y que dominan la humanidad como dos infinitos caminos invariables? ¿Será éste el secreto de la belleza en las obras de Shakespeare? Ese Hamlet apenas pronunció unos dos monólogos de ideas ilimitadas; quedó vago, semejante a esos DOS que nada escribieron. Todos los grandes héroes están en la leyenda; los limitados, los hombres biografiados, los que han concretado su pensamiento y su vida, son pobres hombres, despreciables como todo hombre.

El hombre es un animal que suda, que digiere, que elimina toxinas, que desea la mujer ajena y todo lo ajeno, y que apenas por instantes piensa. De vez en vez aparece una luz en esa inmensa noche del alma encarnada; apenas por instantes separados por siglos aparece un sentimiento o una idea noble para salvar, redimir este saco humano de podredumbre. ¿Cuánto hace que le dieron la cicuta a Sócrates o que crucificaron a Jesucristo? De ahí para acá no hay sino sudor y deseos de rapiña.

La humanidad se agarra desesperadamente a sus grandes hombres; les compone sus vidas con leyendas; corrige sus actos, los pule, pues los grandes hombres fueron en realidad seres vulgares el noventa y ocho por ciento de sus vidas. Apenas muere uno que haya logrado pensar, sentir y obrar, lo coge la humanidad desesperadamente y perfecciona su imagen. ¡Y qué sería del hombre si no fuera por estos semidioses que lo sugestionan y lo obligan por momentos a inhibir, no los instintos de la fiera, sino del animal sucio que es! No ha habido San Francisco, ni César ni Spinoza. A ellos los creó la humanidad guiada por el deseo de purificarse.

¡Qué aridez nuestras vidas dentro de sus límites de los caminos y de la piel! Casi todo el tiempo vivimos porque la entrada a la muerte está muy bien guardada. ¡Y lo que es el concepto de Santo y de Héroe! Seres que inhibieron sus pasiones horribles; seres que lucharon con la monstruosidad. Fueron hombres que desearon no serlo. El Héroe y el Santo son el resultado del asco que tiene el hombre por sí mismo.

¿En dónde está la serenidad? Leonardo da Vinci apenas tenía momentos para dedicar a sus obras. La serenidad del más sereno y la sabiduría del más sabio eran momentos.

El camino hace adelantar y al mismo tiempo es un obstáculo. ¿Quién se atreve a modificar el camino? ¿Cuánto hace que los caminos de la humanidad son Jesucristo y Sócrates? Por eso el hombre progresa muy lentamente; un genio cada diez mil años y en el intervalo el hombre practica, deforma, pervierte las emociones o ideas legadas por ese genio; algo bueno le queda. ¡Cómo han deformado en mil novecientos veintinueve años el camino de Jesucristo! La Cruz es ya de oro, sobre pechos de púrpura y en palacios de mármol.

El camino es la línea de menor resistencia; para abandonarlo tiene que esforzarse el espíritu. ¿Quién lo ha dejado? Uno que otro loco, y los reformadores Solón y Licurgo simularon la locura para disculparse de querer reformar las instituciones.

Nosotros volvimos al camino, ya muy tarde, rotos, hambrientos. El hambre y la desnudez son las consecuencias de abandonar el sendero. Apenas habíamos adelantado diez kilómetros hacia el sur. Amar y abandonar el camino ha sido toda nuestra vida. ¡Pero siempre hemos vuelto! Cada dos años pedimos perdón a Dios y a los prejuicios. Es que vamos irremediablemente perdidos desde aquel año aciago de mil novecientos cinco en que no pudimos encontrar el primer principio filosófico, allá en la grata compañía y colaboración del reverendo padre Quirós S. J.

Llegamos a la posada “El Buey” malhumorados. Estaba allí un yanqui, agente viajero. ¿Qué más insoportable que un hombre que vende, cuyo oficio es sugestionar, aplicar el método Marden? Ese fue el origen de nuestra antipatía. Oímos que decía a sus peones arrieros que el Clero colombiano era una peste y que el país estaba en la barbarie. Cerca a nosotros había un freno; lo cogimos por las riendas y le dimos dos frenazos al míster en la cabeza, diciéndole: “Sólo nosotros, los colombianos, podemos hablar mal de Colombia, y sólo nosotros, los católicos, podemos renegar de los curas”. Nos fuimos huyendo y llegamos a Abejorral, el dulce nido de los empleados públicos, la cuna de los ordenadores de papel de oficio, a las diez de la noche. ¿Habríamos matado al míster? No pudimos dormir, pues esperábamos al funcionario de instrucción.

Sólo el marido puede insultar a su mujer; sólo el nacional puede hablar mal de su país. ¡Qué gran verdad ésta! Al fin, a las cinco de la mañana, nos dormimos beatíficamente. ¿No merecíamos el cielo, después de haber expuesto nuestras vidas por estos clérigos de cuyas sotanas sale un olor sui géneris, mezcla de santidad y de billetes viejos? Soñamos que un ángel de formas femeninas nos subía al cielo muy suavemente. Llegamos, sacaron una enorme balanza; el ángel echó en un plato este libro y todas nuestras dulces locuras; echó en el otro un freno, un freno tan pesado que la balanza cayó hacia esa parte hasta perderse en las estrellas. No pudimos contener la risa al pensar en el peso enorme que había adquirido el freno... ¿Qué sería del míster si le diéramos con este freno celestial?

¡Cuánto pesan las buenas obras!

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ERAN los días del censo y la población de Abejorral disminuye. Ese Abejorral es la cuna de los Ministros, de los Jueces, Alcaldes y de todos los Secretarios de las oficinas. De Abejorral es Clodomiro Ramírez, ese Clodomiro lento, suave y embadurnado de goce; ese Clodomiro que en Grecia hubiera sido con Epicuro fundador de la filosofía del placer. Nació en Abejorral don Dionisio Arango, Presidente de la Corte Suprema, y que es el genio del sentido común. ¿Y qué Gobernador, Ministro o Secretario de Juzgado y Alcaldía no es un Gutiérrez, un Arango, un Jaramillo de Abejorral? El arte de enseñar está monopolizado por los Betancourt. Todos los de Abejorral son semicachacos y semiletrados.

Allí fue, y sólo allí pudo ser, en donde conseguimos el caballo blanco, filósofo, lento, un genio del caminar despacio, para don Benjamín. ¡Ya éramos tres! Dos aficionados a la filosofía y un caballo aficionado a la lentitud.

¡Éramos tres! El número pitagórico. Dios son tres personas; nosotros éramos tres animales y un solo filósofo.

¿Por qué es tan importante el número tres? A causa de que dos no pueden convivir pacíficamente; es preciso el tercero que sirve, unas veces, para gastar en él el mal humor, y otras, de conciliador.

Esos franceses ingeniosos comprendieron que el matrimonio, la unión de dos, era un absurdo, como lo es una mesa de dos patas. Entonces inventaron el matrimonio de tres: el marido que paga, la mujer y el amigo. Ese es el ménage à trois. ¡Pobre marido que paga, que contempla a la mujer en deshabillé y que sufre por la noche el cansancio de amor de la mujer! ¡Pero el marido es el amigo de otro ménage à trois! Sin el amigo de su mujer, el marido no podría salir de casa y ser el amigo de otra. ¡Qué bella combinación! Sólo a esos ilustres conciudadanos de Raimundo Poincaré podía ocurrírseles arreglar así esta respetable institución que los romanos pusieron bajo la protección del dios Himeneo. ¡Cómo cambian los tiempos! ¿Qué se hizo Himeneo? Ya se ha olvidado hasta el origen de su nombre.

Y un marido francés quiere al amigo de su mujer entrañablemente.

El número tres es pitagórico. El Gobierno se compone de tres, Ejecutivo, Legislativo y Judicial; este último hace un papel triste, el mismo del marido en el ménage à trois; tres son los elementos del universo, aire, tierra y agua.

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QUÉ felices bajamos esa pendiente para llegar al río Arma. El sol produce allí sensaciones de vida. Todas las células del cuerpo gozan de la sombra y el calor. ¡Qué hendidura tan inmensa le ha hecho el río Arma a los altos Andes: Allá, en la hondonada, donde se juntan la quebrada Circe y el río, entre inmensos árboles, soñamos vagamente. Allí, en pleno cielo del trópico, bajo ceibas inmensas y trepadoras lascivas que abrazan desesperadamente a los árboles, se adormilaron nuestras funciones fisiológicas y soñamos; soñamos con las ideas generales.

Tendidos sobre la yerba, a la orilla de aquel río pagano, a las tres de la tarde, contemplamos que descendía lentamente de las faldas del Arma una teoría de mujeres jóvenes al parecer; sus vestidos eran excitantes, vaporosos; la brisa soplaba contra ellas y les determinaba las formas. ¿Por qué no detenían graciosamente los vestidos para defenderse del impudor del viento, como hacen las niñas honestas, y por qué tenían esas miradas provocadoras? Porque ellas eran las ideas generales, las ideas de todos los bachilleres, las ideas de la educación publica. ¡Pobres muchachas rameras! Algunos han dilapidado su juventud en los alcoholes y nosotros la dilapidamos en medio de estas graciosas mujeres desvergonzadas, las ideas generales.

Los primeros principios de todas las ciencias son ideas generales. ¿Cuál de esas proposiciones amplias, cuál de esas muchachas no ha sido nuestra, no ha estado en los brazos envolventes de nosotros, bachilleres jesuíticos?

Colombia es el país de las ideas generales. Todos los jóvenes colombianos estamos ojerosos debido al trato constante con estas muchachas que no defienden graciosamente sus vestidos de las acometidas de Eolo, como decía el padre Urrutia.

Desde que la democracia inventó la educación pública, gratuita, ha llegado a ser espantosa la prostitución de las ideas generales. Nosotros las hemos visto entrar en las zapaterías, en las carnicerías. ¡Qué horror! ¿No habéis leído gruesos tomos escritos por carniceros o abogados en que estos cuentan sus relaciones con las ideas generales?

Un enamorado de ellas, un colombiano víctima de ellas, quiso en mil novecientos veintidós introducir al país las ideas especializadas, esas muchachas castas cuya única diversión es ir al cine con sus fríos amigos, los jóvenes anglosajones. ¿Qué pueden temer al lado de esos jóvenes tiesos, cuyas manos están siempre a la vista? Y el General Ospina, después de una vida de crápula entre las ideas generales, introdujo los expertos; unos americanos e ingleses sin noticia siquiera de las ideas generales, y cada uno de ellos con una sola mujer suya, absolutamente suya. Estos hombres fueron los técnicos, y esas mujeres fueron las ideas especializadas.

¿Y qué iba a pasar en este trópico ardoroso, sensual? Pues que esas señoras honestas dejaron de serlo; se entregaron a Esteban Jaramillo, Ministro de Hacienda; se entregaron a un sobrino del padre Marulanda; se entregaron al mismo General Ospina, a pesar de sus setenta y tantos años, y se entregaron —¡admiraos!— al doctor Lázaro Tobón. Allí las hemos visto, en su oficina, en forma de gruesos volúmenes; y en la teoría que bajaba hacia un remanso del río Arma, venían esas anglosajonas más impúdicas, más carnosas y menos agradables.

Aquí no hay ideas propias. Colombia es el comunismo ideológico.

Llegaron las ideas generales a donde estábamos reclinados y formaron tal algarabía que nos hicieron levantar y despedirnos con estas palabras: “Oigan, señoras, y perdonen que las llamemos así; nosotros estamos hastiados de ustedes; venimos desde muy lejos en busca de una idea nuestra, sólo nuestra, aunque sea por el espacio de diez segundos; vamos a recorrer la tierra en busca de una idea que no haya sido poseída por el doctor Emilio Robledo. La encontraremos en Manizales, o en Buenaventura, aunque sea una de esas ideas negras que hay allá...”.

* * *

Cuando salía la luna, rojiza como una vieja idea general, abríamos nosotros la puerta de trancas que da acceso a la casa de la elástica Julia; es en la media falda, en clima ardoroso, oloroso a gramíneas. Allí dormimos, sin mantas, desnudos. ¡Qué tierra pagana es la tierra caliente! Dormimos desnudos, con la sangre tibia y la imaginación calentada por las ideas generales y por el cuerpo vibrátil de Julia. Julia es la hija de la dueña; ¡dieciséis años en aquella tierra olorosa a yerba! Su novio era un marinillo. Hace pocos días comenzó a decir a Julia que su padre se oponía a los amores porque ella era de origen liberal. Aquí está el antioqueño dominado por el cura y la ignorancia. Mientras don Benjamín se bañaba la herida del calcañar recibió miradas de pasión de la desgraciada Julia. Nos dormimos pensando en ese marinillo que en las vertientes del Arma, al lado de la vibrátil Julia, se preocupaba por el partido conservador... Don Benjamín, ya dormido, repetía: “Yo me hubiera inquietado más bien por la conservación de la especie; yo también soy conservador”.

¿Aquí es preciso averiguar por qué don Benjamín se llevaba todo el amor...? El tratadista más antiguo, el cura de Hita, sostiene que las cualidades del buen amante son la mesura, el sosiego y la lozanía. Don Benjamín es valiente, mesurado y lozano. Sus maneras amplias, de curva suave y sacerdotal, sugerían a Julia el desvanecimiento lento en el infinito colchón de plumas del nirvana... y sus ojos azules, que revelan el fuego intenso y disperso del cielo azul de los trópicos, miraban a Julia reposadamente. La mirada fija, concreta, no es amorosa; la mujer se asusta. ¡Pero esa mirada fija de don Benjamín, que lo dice todo, es como una tazada de opio!

El caballo pacía. Feliz tú, compañero, a quien no atormentan las hembras, como le sucedía a aquel viejo pariente de Platón que dialogaba con Sócrates en el Pireo. Pero no; ¡desgraciado tú! ¿Qué hay agradable que no sea circunstancia antecedente del amor?

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SUBIENDO a pie la vertiente del Arma tuvimos la impresión nítida de la dureza y pesadez que nos atrae hacia la tierra. ¡Qué dificultad para elevarse! Somos hijos de la tierra y sus parásitos; nos liga a ella, como un cordón umbilical, la ley de la gravedad. Por momentos la abandonamos, nos parece que existe otro ser que nos llama hacia las alturas aéreas; nos parece abandonar todo lo terrestre y después caemos más definitivamente abrazados a su seno materno; somos únicamente materia dura, materia grave. Cuando levantábamos las piernas para trepar hacia Aguadas tuvimos la impresión nítida de la atracción terrestre. Esta esfera dura es nuestra cuna y nuestro sepulcro. ¿Por qué deseamos abandonar esta madre? ¿Por qué los ímpetus de elevarse? ¿Por qué el Santo y el Héroe? Es un indicio, un leve indicio, de que hay en nosotros algo que no es terrestre. Ese leve indicio ha creado la metafísica y el misticismo.

Trepando por esa vertiente meditamos acerca de la atracción y del péndulo. La ley de éste es verdadera en todas las manifestaciones de la vida: Todo alejamiento de la línea vertical trae otro correspondiente hacia el lado opuesto. El péndulo tiende, debido a la atracción terrestre, a disminuir las reacciones hasta quedar en posición vertical; no sucedería así con un péndulo ideal sobre el cual no ejerciera su atracción la tierra; pero entonces no habría línea vertical y no se movería el péndulo; toda posición sería justa, indiferente. El péndulo tiene repugnancia a separarse de la línea que se dirige al centro de la tierra. Es cuerpo suspendido que siempre señala o desea señalar hacia el centro que lo atrae. Nosotros somos péndulos atraídos irremediablemente hacia el centro de la materia. El movimiento no es otra cosa que las reacciones de los seres efectuadas para recuperar la línea dirigida al centro de la gravedad. Y la tierra, y los planetas, y todos los soles se mueven. ¿Qué centro de gravedad los atrae? Los atrae la perfecta armonía, el fin de los fines, Dios.

Ved cómo trepando la vertiente hacia Aguadas terminamos en un misticismo trascendental.

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DON Benjamín, ex jesuita, conserva amistades entre el clero viejo y también resabios de buena mesa conventual. Con una carta de otro clérigo fuimos donde el padre X. Hace cincuenta años está allí de cura y ya se olvidó de su tierra del Peñol. Nos dio leche cremosa, y su sobrina tiene unos ojos tan limpios, grandes y brillantes que allí comprendimos por primera vez lo que es el aspecto de la virginidad de cuerpo y alma. ¡Qué ojos! El cura es delgado, seco de carnes y no puede comprender el boxeo; habla despectivamente de Renault y de Uzcudum. Los místicos no comprenden otra lucha que la brega con el mundo, el demonio y la carne. ¿Por qué ponen tres? Después de leer muchas vidas de santos podemos afirmar que el único enemigo es la carne; el diablo se presenta en las suaves curvas de la carne; el mundo, ¿qué es el mundo sino la mujer? La carne inventa sofismas intelectuales para dominar al místico. El gran enemigo del cura es la carne. ¿Por qué se dividió la Iglesia? ¿Cuál fue la causa verdadera de la separación de Lutero? Que los frailes alemanes estaban cansados de dormir solos, o mejor dicho, de dormir con el diablo. Porque nadie duerme solo; o dormimos con la dulce compañera, o el diablo viene a ocupar su puesto. Y dormir con el diablo no tiene gracia. ¡Es un colega!

El cura no quiere al obispo; el cura desea que el obispo se muera después de recibir los Sacramentos y se vaya para el cielo; el cura desprecia a la mujer porque, en veces, no la ha tratado en el lugar que a ella le es propio; ya lo dijo el cura de Hita que para dos cosas nace el hombre, a saber: “Para haber mantenencia y para haber ajuntamiento con hembra placentera”. Tampoco comprende el cura el cultivo del cuerpo humano. “Un viaje así, a pie, apenas para cumplir una penitencia”. De ello se trata, contestamos con aires de misterio. Entonces don Benjamín recibió miradas amorosas de la sobrina. Don Benjamín, que es lozano e mesurado, es cuerdo e non sañudo, nin triste nin airado...

“Es una penitencia, padre...”, repetía don Benjamín. A la sobrina le brillaron más, húmedos, los ojos.

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EN Aguadas vimos un entierro. Ante la idea de la muerte cesa nuestro atrevimiento. Seis hombres llevaban el ataúd y ellos mismos eran el cortejo fúnebre. No había más. Lo único esencial en un entierro es el cadáver y el sepulturero. Las andas y el coche son accesorios; las lágrimas son un lujo; las mujeres enlutadas y los viejos barrigones que hablan de la brevedad de la vida, son una gloriona irónica para el muerto. La única escena de la vida en que la riqueza es una tontería sin sentido es un entierro. Ese entierro de Aguadas nos hizo experimentar el terror de la muerte porque allí no había sino el cadáver y el sepulturero. El cadáver tiene la inexpresibilidad absoluta; no se le puede aplicar ningún adjetivo; no está serio, ni triste, ni aburrido, ni inconforme; todas las cosas tienen un significado, menos los cadáveres. Un hombre muerto queda tan vacío que es un indicio aterrador de que su parte esencial se fue no se sabe para dónde. Este indicio es el que nos hace entrar a las iglesias, a las pagodas o a las mezquitas, a donde quiera que dicen estar el Dios escondido que tiene en su poder los destinos de eso que nos abandona con el último suspiro.

Y el cadáver pesa más; al morir nos hacemos más terrenales; nos llama más fuertemente la tierra...

* * *

Sentimos miedo en Aguadas. Sentados en una banca de la plaza, al lado de un policial, hojeamos un tratado acerca de la muerte, escrito por un alemán y encontrado en la botica. A pesar de toda esta lectura, no pudimos encontrar todos los motivos de nuestro pavor ante la muerte.

Meditamos. Nos miramos hacia dentro aterrorizados, así como lo hicimos tantas veces en la umbrosa capilla jesuítica bregando por asir los picaruelos e invisibles animalillos que eran nuestros pecados, para arrojarlos humildemente en la sotana olorosa del padre Cerón. Minúsculos pecados, pecadillos inasibles, pero que el sacerdote, y nosotros ahora, calificamos de monstruos. Porque eran pecados de deleitación, eran pecados de circunstancias antecedentes. Premeditar. He ahí el pecado humano. Nosotros, bachilleres jesuíticos, hemos premeditado, hemos abusado de nuestra razón desde aquel lejano año de mil novecientos dos hasta esta cima dorada en que nos encontramos. Y nada hemos ejecutado; premeditábamos en los sutiles labios de las primas y en la dulce sonrisa volteriana. Nos recordamos acurrucados en el rincón penumbroso de la capilla, al lado del confesionario, de esa severa casilla en donde tuvo sus orígenes la psicología introspectiva, revisando nuestra alma, desplegando sus dobleces, atentos, buscando los animalillos de nuestra premeditación, con fruiciones de placer superiores a las que experimenta la mujer hermosa que recorre con sus dedos sensitivos las medias de seda. Nuestro mayor pecado estaba en el goce del examen; agrandábamos el animalillo para asombrar al padre Cerón. El pecado es lo que hace interesante al hombre. El mismo padre Cerón hacía una pausa admirativa en su ronroneo y entornaba los ojos cuando le presentábamos un vistoso insecto; cuando le describíamos sus delicadas alas, sus filigranas en que hacía juegos de perversidad la deleitación. Y nuestras almas se perfeccionaban así en el pecado; allí fue donde aprendieron los veinte tomos de los siete pecados capitales. ¡Qué soberbia en nuestra humildad!: se inclinaban más nuestras cabezas, se hacían más humildes nuestros ojos, pero se erectaba más nuestro orgullo satánico cuando el jesuita separaba de nuestras bocas su peluda oreja, nido de todas las complicaciones e hibrideces de los siete insectos capitales y decía silabeando: “¡Perversidad!...”. Sí; nosotros somos los hijos del confesionario; ésa fue nuestra universidad; allí fue nuestro maestro de psicología el Diablo que con su cola prensil hurgaba y revolvía nuestras almas...

Por eso la psicología introspectiva es invento nuestro, invento de los pueblos latinos que se confiesan. Los anglosajones, al suprimir el confesionario, atentaron contra el progreso del alma; acabaron con el taller en donde el espíritu se modelaba y perfeccionaba en la deleitación y en el estudio de sus perversidades.

¿El señor Fabre? ¿Qué vale el señor Fabre con sus insectos al lado de nosotros con nuestros pecados? ¿Qué vale la paciencia del señor Fabre? Este señor llevaba los alacranes a su casa, les preparaba vivienda confortable y durante horas, y días, y meses, los atisbaba con deseo igual al de los ancianos que atisbaron a Susana en el baño.

Por supuesto que Fabre publicó varios tomos como producto de su curiosidad, y de los viejos no sabemos si pudieron sorprender los ocultos secretos de Susana.

¡Oh, tú, lejana muchacha, tú fuiste la mujer perfecta; tu cuerpo fue, en nuestra imaginación jesuítica, el resumen de la perfección; tú fuiste creadora de nuestra imaginación. ¿Por qué eres hoy tan fea?

Leyendo a los latinos parece que no hayan tenido esfuerzo y constancia. ¡Tan graciosos y agradables son! Leyendo a los alemanes queda uno con la impresión de que trabajaron mucho; le parece a uno contemplar a un hombre que jadea y suda al trepar una pendiente con un gran peso a la espalda, o contemplar a un magistrado que redacta una sentencia.

Con cuánta sencillez, por qué pendiente tan suave iba nuestra imaginación cuando creaba tus labios, oh prima, cuando creaba la fuerza interna que al expandirse hacía brotar las pentélicas curvas de tu cuerpo: panales del himeto, columnas del templo de Salomón, concavidades y convexidades de pequeños cielos a donde nos agachábamos a llorar, a llorar por nuestros horribles pecados.

De aquí que el vulgo crea más profundos a los alemanes. Nosotros no hemos dudado en prestarle a jóvenes hermosas —toda joven es hermosa y toda fea es vieja— los tratados livianos de Bergson; esas profundidades son cristalinas. Pero a un alemán hay que leerlo en un cuarto oscuro, con luz artificial, en un laboratorio, con cuaderno de notas, etc. ¡Es como trabajar la tierra! Hay que vestirse y prepararse para ello. ¡Pobres sabios alemanes! Para leerlos y para comprenderlos es preciso ser raro, casposo y misógino. ¿Será por eso por lo que aborrecen a las mujeres? ¿Será venganza? No querer a las mujeres es tan absurdo como suicidarse. ¡No querer a las mujeres! Se necesita ser muy alemán para ello. Rojizos; la sangre está como regada debajo de ese cutis y debajo de ese cuero cabelludo rapado y lavado. Caminan tiesos como imperativos categóricos estos jóvenes alemanes que nos llegan con una cartera de prospectos, muestras y catálogos debajo del brazo; son como el DEBER parado a lo kaiser. ¿Qué es el imperativo categórico de Kant? Contemplad a un agente del choricero Bock y lo entenderéis mejor que en los gruesos volúmenes de Kœnigsberg.

¡Los alemanes! Escriben a sus jefes —el director de la casa es como un general— que aquí, en Colombia, no hay sino indios. Son espías; humildes con los superiores hasta el servilismo y déspotas con los inferiores. El gerente de un Banco alemán es un dios rubio, cabeza de algodón rosado; parece el niño que pintan en los avisos del jabón Reuter, ya crecido. El gerente de un Banco alemán hace suicidar a sus dependientes con su tiranía y se arrodilla delante de los miembros de la Junta Directiva. “Se suicidó el contador del Banco Alemán Antioqueño, quien acababa de regresar de Europa, donde pasó las vacaciones. Días después de llegado de Berlín, se encerró en su pieza del hotel y se hizo un disparo de revolver sobre el corazón. Se ignoran los móviles. —Corresponsal. —Barranquilla”.

Lo más notable de los alemanes son sus cabezas. No sabemos explicar por qué esas testas afeitadas nos impresionan más que los nevados de los Andes a nosotros, peludos del trópico.

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VIAJAMOS de noche, tristes, atormentados ante la idea de la muerte. Teníamos miedo. ¿Por qué tiene miedo don Benjamín? Para averiguarlo buscamos la oscuridad, reminiscencia de la penumbra en que estaba el confesionario del padre Cerón. En la oscuridad se examina mejor el alma.

Nos miramos por dentro y vimos allí confusos sueños, formas de amor, ansias de riqueza y miedo a la muerte.

La tierra está cubierta con la obra del hombre: cultivada casi toda como un jardín; cruzada por caminos suaves por donde circulan la riqueza y el hombre mismo llevados por la rueda, el invento de Teramenes; el agua del mar convertida en un camino; cubierta de templos para adorar y conseguir la amistad de la fuerza oculta; cubierta de fábricas para embellecerlo todo... ¡La cáscara terrestre está labrada por el hombre!

Nos miramos por dentro en el camino solitario y oscuro y pensamos que esta labor sólo es humana, pues ningún animal hace otro trabajo que el momentáneo ordenado por su instinto.

¿Qué vimos en nuestras almas? Que son tres los motivos de esta inmensa obra; que en nosotros hay hambre, amor y miedo. Todos sus trabajos los ha ejecutado el hombre debido a estas tres causas; todo su desenvolvimiento es motivado por ellas.

Estos móviles son también los de todo lo que existe, pero, como el hombre razona, son trascendentales en él.

La vida es movimiento causado por los tres grandes factores llamados hambre, amor y miedo. Todos los demás están comprendidos allí.

Consideremos, pues, al hombre en sus tres aspectos de hambriento, amante y miedoso. Toda la invención y toda la ideología humana caben aquí, en estas tres casillas.

Durante toda su vida el hombre está bajo el imperio de estos motivos; ellos son míticos; todos actúan en los varios períodos de su vida, pero en la juventud prepondera el amor, y en la vejez el miedo a la muerte. Nosotros, entre Aguadas y Pácora, en noche oscura, estábamos en las garras del miedo. ¡Aquel entierro elemental y este Dios escondido que tiene en su poder los destinos de eso que nos abandona cuando los pulmones cesan de ondular! ¿Qué hace el hombre en la juventud? Amar a la mujer. ¿Y qué hace el viejo? Tocar en la muda puerta que separa esta existencia del más allá posible.

¿Qué hemos visto? Hemos visto a unos traficando y a otros sembrando; obraban por el motivo del hambre. Hemos visto a la juventud, hombres y mujeres, mirarse con ansia. “Los caballeros miraban a las damas y éstas bajaban los ojos”. Los jóvenes detrás de las mujeres, y éstas felices y fingiéndose perseguidas. Hemos visto en la catedral a los viejos canónigos que movían los labios y producían un sonido de abejas; y vimos allí a otros viejos arrodillados frente a los altares, que se golpeaban el pecho, besaban el suelo y tocaban con los nudillos de los dedos como para que les abrieran la entrada a las bodas de Camacho. Todo eso a impulsos del miedo.

Te vimos a ti, grácil Julia, en un rincón de nuestras almas de treinta años. En la juventud el hombre está principalmente en las garras del amor: O va detrás de las mujeres, o huye de ellas y en noches aterradoras de insomnio, en la celda de un convento, las quiere aún más al disciplinar su carne que cuando iba tras ellas. ¡Irremediablemente la juventud está en las garras del amor!

Estudiar al hombre y toda su obra y mundo interior desde el punto de vista del hambre, el amor y el miedo, es el único método científico.

En el espacio de tierra que rodeaba a un hombre y a una mujer unidos por el instinto de la procreación —esencia rudimentaria del amor—, en ese espacio de donde cogían con qué saciar sus hambres, estaba el origen de las naciones en que está dividido el mundo.

El amor unía bajo un mismo techo a un hombre y a una mujer, y el amor y el hambre unían bajo un mismo cielo a las familias próximas por la sangre y por la configuración de la tierra. El hambre impulsaba a unos grupos a robar a los otros. Así, porque el hombre es amante y hambriento, apareció la familia y la nación; apareció la organización política y todos los derechos. El hombre, al legislar, quiso amparar sus riquezas y defender su amor.

La formación de un pueblo, su desarrollo, sus depredaciones y desenvolvimiento de su religión pueden contemplarse detalladamente en los libros santos del pueblo judío. A impulsos del hambre y del amor se formó la familia de Abraham; el hambre los llevó a Egipto y de allí los sacó y les hizo recorrer la tierra en una carrera centenaria de robos y asesinatos. En este pueblo, el más hambriento, el pueblo de la banca, del anatocismo, aparecen hipertrofiados los tres móviles de la acción humana. La religión, el miedo a las fuerzas ocultas, el miedo a la muerte, aparece allí desde la forma bárbara del Dios escondido que hablaba a Moisés en la zarza ardiente, desde el Jehová terrible que los protegía del enemigo y les regalaba la tierra con la orden terminante de arrasarla, de no dejar ancianos, ni mujeres, ni siquiera animales, hasta la forma superior de Jesucristo. Era tanto el horror de los judíos por la muerte, era tan parecido al nuestro, que la última etapa de su religión fue la resurrección hasta de la carne. Mientras fue un pueblo joven estuvo bajo las garras del hambre, y su dios, Jehová, fue el protector de sus riquezas y el sustentador de ellas; cuando fue un pueblo viejo, bajo las garras del miedo a la muerte, Jehová se transformó en el dulce dios que promete la resurrección y la felicidad eternas.

Estos motivos de la acción humana y sus derivaciones se desarrollan armónicamente.

Allá, en el clan o en la tribu, cuando el hombre estaba dominado principalmente por el hambre, el amor de la mujer era para el luchador fuerte, para el guerrero adornado de plumas; después, para el hombre rico y hábil y para el metafísico que conoce los misterios de ultratumba.

Hace unos cuarenta mil años existía en la tierra un extraño animal. Había vivido en las ramas de los árboles, comiendo frutas; a medida que la tierra progresaba en su consolidación, se iban delimitando las estaciones, y en inviern