Mi Simón Bolívar
(Lucas Ochoa)
Fernando González
1930
Al Mayor Santander y al General Páez.
Introducción
Soy amigo de Lucas Ochoa. Algo así como su discípulo, aunque a ratos me burlo de él. Estoy convencido de que es necesaria cierta dosis de ironía para la admiración inteligente. Me explicaré: Sólo los inferiores admiran con seriedad. La vida es en todas sus fases movimiento. Todo vibra. Por ejemplo, la densidad proviene del grado de vibración de las moléculas, o mejor, de los electrones. De ahí que un sentimiento puro, la admiración pura... ¿qué mujer ama a quien la adora ciegamente? Una pasión así carece de gracia.
Pero es demasiada filosofía para afirmar que soy amigo de Lucas Ochoa. ¡Es tan sabrosa la metafísica!
En todo caso, lo evidente es que Lucas y yo sostenemos como un primer principio que el hombre es centro del universo, el cual es alimento para su conciencia.
Emocional llamamos nuestro método. Comprender las cosas es conmoverse; hasta que uno logre la emoción intensa, no ha comprendido un objeto; mientras más unificados con él, más lo habremos comprendido. De ahí que sea tan viva la definición de la belleza cuando se hace consistir en la cualidad de los objetos que nos incita a poseerlos. El amor es la tendencia a la unificación. El supremo sentimiento místico es la concentración de la conciencia en Dios: una unificación tan completa, que llega a producir el éxtasis.
Nosotros llamamos sabio al que ha sentido vivir el universo y ha vivido con él. De ahí la gran idea trascendental de Lucas, que verá el lector más adelante, acerca de la conciencia. Por ella divide así a los hombres: fisiológicos, hombres maridos, hombres cívicos, patriotas, continentales y hombres de conciencia cósmica. Este último es el sabio; se ha unificado con el universo y percibe esa unificación; se percibe a sí mismo como Dios. ¿No somos hijos de Dios y, por consiguiente, dioses?
El sabio, mediante el método emocional, ha percibido la voluntad de todos los seres y las ansias de todo lo que existe. Mediante ese método ha hecho que su conciencia, por decirlo así, avanzara sus raíces, como inmenso árbol, a través de todo lo que existe, para nutrirse de ello. “Nada es extraño a mí”. En realidad, la conciencia es todo en el hombre y el secreto de la sabiduría consiste en vivir con todas las cosas. Para entender al niño hay que tener la emoción infantil. Para entender a los astros hay que vivir con ellos...
Me viene ahora el recuerdo de un albéitar: el caballo no se dejaba colocar en la pista y caracoleaba fogoso. Acercóse un matón alto, delgado, con una cicatriz en la cara y le pasó la mano por el espinazo con una emoción vibrante; le sopló y mordió una oreja, y se montó... Eran una sola voluntad, un solo animal ardiente: Y la amiga que estaba a mi lado quedó en éxtasis.
Todos recordamos nuestros instantes de amor. La compenetración con el ser querido la percibe uno sin saber cómo llegó a esa percepción evidente; es entonces como si ambos amantes pensaran y desearan del mismo modo, y ambos saben (¿cómo?) que se aman y lo que desean. Es una ley superior a la de las ondas eléctricas.
¿Y qué le pasa al sabio? Desaparece en él el concepto de patria. Su conciencia es cósmica.
Nuestros antepasados que tenían una conciencia aún inferior, que eran hombres de sólo fisiología poderosa, hijos de los Balboas, Juanes de la Cosa y Pizarros, llamaban, por ejemplo, trompa a los labios del esclavo. Para el sabio son todos estos conceptos, relativos.
La Patria es precisa para el hombre fisiológico, contra el robo y el asesinato. Pero el sabio no es poseído por esta pasión: es un mahatma.
En un período bajo de la conciencia, a los hombres los cohesiona y sostiene el concepto de Patria; pero todo es andaderas y el fin reside en la unión con la fuerza infinita. La energía se expande, mediante el método emocional.
¿Qué pueden importar al sabio la alabanza y el honor literario? Sabe que ser es diferente a parecer. Pueden decirle mil atributos ¿y qué ganancia obtiene? El que se entrega al método emocional sabe que la alegría está en el poder de la conciencia.
Escribe Lucas en uno de sus cuadernos íntimos:
“Me da risa pensar en muchos conocidos, imaginando que repentinamente se quedarán solos en el mundo. ¿Qué sería de ellos, pobres hombrecillos vanidosos, que publican todas las boletas, todas las alabanzas?
Aquí estamos los mahatmas en medio de nosotros mismos. Para nosotros la soledad está en la compañía, pues lo que más despreciamos es el amojonamiento. Nada habla, sino el hombre. Los árboles están sembrados y los mueve el viento, pero callan. Los animales no hablan, ni los minerales. Pero todo es consciente y se emociona. Indudablemente lo que más ha impedido al hombre, en cierto modo, el ascenso a la conciencia cósmica ha sido el lenguaje, que es limitador y separador de individualidades. Por eso los grandes conscientes que ha tenido la humanidad han percibido como una etapa próxima del hombre, la comunicación emotiva, sin necesidad del lenguaje articulado”.
Nuestro criterio práctico de la vida ha sido así:
Somos diosecillos andrajosos que trepamos la escala de la conciencia. Sentémonos a la puerta de todo lo bello hasta hacerlo nuestro, por el método emocional. Persigamos al héroe hasta uniformarnos, hasta que viva en nosotros. Sólo por la emoción podremos embellecernos a nosotros mismos. Pero no perdamos de vista que el universo es el objeto y que no debemos ser poseídos. Lo que empobrece es el ansia, el ansia que ahoga al que se hunde en el agua, el ansia que apresura el desgaste del enfermo. El ansioso es objeto alimenticio, carnada de anzuelo. Hay acción absorbente y deprimente; la primera es emoción y la segunda, pasión. Contemplamos —por ejemplo— una mujer hermosa: si nos desordenamos, toda nuestra energía se la absorbe ella y quedamos temblones, ansiosos y enfermos. Abramos nuestra alma a los fluidos de la salud y la belleza de esa mujer y así nos tonificaremos armoniosamente.
Estar pletórico o eufórico, significa lleno, dueño y tranquilo. La belleza es un reino y sus esclavos son los incontinentes que ignoran el método que conduce a la sabiduría.
¿Cómo absorbemos la energía? Una nota de Lucas nos responde:
“Considerando las emociones e ideas y paladeándolas. Ahora estoy tibio; siento circular por mi organismo todo el paisaje, todo el sol, todo el sonido y todo el silencio. Yo en la tierra y la tierra en el cosmos. Nada hala de mí:
Sois frutos del árbol de la vida;
no sois mis cazadores;
mi corazón no es fruto,
sino el devorador.El devorador de las cosas bellas;
el cazador sentado
bajo el árbol
de la conformidad.Ahora cantan las aves
humildes.
Para mí cantan los humildes;
para el cazador
reposado”.
* * *
Lucas Ochoa ha vivido la mayor parte de su tiempo entre la gente morada de Colombia. Aquí han venido mezclándose las razas incesantemente hasta producir este tipo peculiar, enclenque, pequeño, de uñas violadas y amigo de los congresos, que es el colombiano.
Recorrió Lucas hacia el norte y hacia el mediodía, al levante y al poniente, en busca inútil de la belleza humana. Entonces fue al pasado y halló que en Santiago de León de Caracas había nacido, a la una de la mañana del veinticuatro de julio de mil setecientos ochenta y tres, un español criollo, heredero de toda la energía de los conquistadores, y que en su corta vida de cuarenta y siete años, cuatro meses y veinticuatro días había cumplido los siguientes principios en que se resume la actuación de la energía humana:
I. —Saber exactamente lo que se desea:
II. —Desearlo como el que se ahoga desea el aire;
III. —Sacrificarse a la realización del deseo.
Este hombre fue SIMÓN BOLÍVAR.
Encontrada la belleza humana, se aisló Lucas de sus conciudadanos y se entregó durante años a realizar en sí mismo al héroe.
* * *
En primer término, esbozaré la biografía de Lucas Ochoa, para que así pueda entenderse mejor la que hizo él de don Simón Bolívar.
Una biografía no es otra cosa que las reacciones que los hechos y pensamientos de un hombre producen en el que los contempla. Para comprender esas reacciones, es indispensable conocer el medio en que se producen.
* * *
Este primer volumen de “MI SIMÓN BOLÍVAR” contendrá, además de la biografía de Lucas Ochoa, una segunda parte:
Ensayo de la mensura de Bolívar, y un capítulo acerca de El Hombre que se Documenta.
Esto último es preciso para conocer el proceso psicológico.
En el segundo volumen estará la biografía del Libertador (1).
———
(1) Fernando González no llevó a término este proyecto. (N. del E.)
Lucas Ochoa
¿Cómo no perseguirlo, a Lucas, mi vecino?... Sus barbas efímeras, muertas en las mejillas, son retrato de su ánimo; indican sus grandes ritmos, euforias y depresiones. Durante treinta o cuarenta días crecen y vemos entonces al loco, de ojos ansiosos parecidos a los de Benito Mussolini... (cuando retratan a este señor, ensaya unos ojos feroces como si fuera a comerse a Francia y a la señora Kolontay).
Si Lucas está en posesión de sus barbas, su andar es variado, rápido o lento y sus ideas van en pos del reposo o de alguna mujer y habla de la castidad. Sus vestidos son anchos, viejos vestidos enviados por algún hermano rico. En sus bolsillos van los tratados acerca de los Budas, de los astros lejanos, teologías, magias y libretas...
Era un día de barbas. Los rayos solares calentaban hasta el hervor cuando me encontré con Lucas. ¡Pobre Lucas! Sonreía. Y me confesó el motivo: Delante iban unas jóvenes mujeres y él hacía una semana que padecía por el ímpetu carnal, por su gran capacidad de ser absorbido por la hembra: Me dijo:
“Hace días que lucho y al primer descuido se desvía mi imaginación. Ahora sonrío. Pienso: ¡Qué agradable lo que estoy sintiendo al ir en pos de estas mujeres armoniosas! Me salvaré, pues sonrío. He logrado desdoblarme ya y contemplar objetivado al Lucas Ochoa sátiro. Ahí va delante el lascivo Lucas, y yo, la razón pura, voy aquí contigo riéndome de él, del pobre atormentado. Mujercillas: Lucas es como la bola de saúco atraída por la varilla frotada. ¡Las mujeres! Conversan bagatelas y más bagatelas y se ofrecen cuando ya no es tiempo, como un premio por haberlas divertido”.
“¿Qué hacer vosotros los nerviosos, tú, Lucas que vas delante, que no admites dilaciones?”.
Otras veces aparece Lucas afeitado. Y entonces es lento en el andar, esbelto, habla con mesura y en su libreta lleva anotaciones de esta índole:
“Julio 2. —Comer poco; caminar muy despacio. La ambición mata: es un deseo que intranquiliza y chupa todo el prana como el peor parásito. Es un desequilibrio de fuerzas. Pas de femmes; pas de café”.
“Julio 4. —No querer nada para tenerlo todo. No desear nada. No gozar con nada. ¿Qué me importa lo de la existencia terrena, aun mi propio placer, si todo está sujeto a la ley del crecimiento? Asisto al crecimiento de mi pasión loca y pienso: Envejecerá y morirá... y entonces no me arrastra”.
“Julio 5. —No enojarse. Las dos en punto: Me enojé con el motorista del tranvía. Las cuatro y media: Encontré dos Hermanos Cristianos que casi me cubren con las sotanas, y permanecí sereno. Pero, ¡cómo es terrible este mal humor contenido!”.
“Julio 6. —Pas de femmes. Las tres de la tarde. Al ir en automóvil a efectuar un embargo, encontré unos ojos femeninos que cruzaron con los míos. Gran emoción. ¿Qué se dijeron? ¿Qué se dicen los ojos que se cruzan para alejarse? ¿Qué se dicen los astros que se cruzan las órbitas? Sólo sé que de la intensa emoción de aquellos ojos he quedado débil, olvidado del ruido arterial y me parece que floto en los espacios interplanetarios. ¡Qué horrible es el ruido arterial en mi oído izquierdo!”.
“Agosto 30. —Lucas Ochoa no se enoja. Será una razón pura. Será lento, muy lento. ¿Para qué correr, si todo sucede sin apresuramiento?”.
* * *
Tiene Lucas treinta y cinco años. Lo encontré un día al descender de la montaña Santa Elena en cuyas faldas está la ciudad. “Por todas esas cimas —me dijo señalando las que enmarcan el estrecho valle del río— voy en los días sin trabajo, detrás de Lucas, espiando al hombre apasionado, aconsejándolo...”.
Era domingo. Venía con las manos en los bolsillos de los pantalones y con el andar pausado del hombre amigo de sí mismo. De lejos se veía el fingimiento, la imposición de la voluntad enfermiza sobre los nervios locos, sobre las meninges irritadas. Es el hombre de su idea. ¿Cómo camina, o cómo habla o cómo ríe? Según su idea. Es el hombre indeterminado. Venía con andar mecido y sonrisa despreciativa y de complacencia propia. ¿Qué pensaba? Sólo mías, porque lo admiro, son sus confidencias.
“¿Cuándo lograré quererme a mí mismo —me dijo— como se quiere el andaluz afilador que va con paso circunspecto arrastrando el mollejón y sonando de vez en cuando una musiquilla impertinente? Ahora cultivaré un sentimiento que acaba de nacerme: el orgullo. Allá arriba, al borde de una fuente diáfana, sentí de pronto que en el universo puede uno engreírse cuanto quiera; que el complejo emocional es la realidad. Todos estos son cabos de hombres, pedazos de humanidad envanecida. Ocuparé todo el espacio como un Hermano Cristiano. Yo también, como El, soy hijo de Dios. Caminaré con desprecio por todo lo humano y a todo lo miraré con desdén”.
Otras veces sube a las montañas con sus hijos y los cuida con amor infinito, pero va anotando en la libreta: “No enojarse. Contención”.
Me interesa Lucas porque deseo que la revelación de sus cuadernos íntimos haga conocer al mundo, en su “Simón Bolívar”, la imagen que se formó del hombre Suramericano. Esas libretas deben ser interesantes, porque en ellas debe palpitar el Simón Bolívar de un filósofo enfermo, quizás de un filósofo místico. Porque ellas pueden decirnos de qué manera llegó a enamorarse Lucas de su héroe; cómo se fue formando la imagen a medida que aumentaba el hervir de su cerebro; cómo lo extrajo, palpitante y nítido, del fárrago de la literatura hispanoamericana; qué hacía para ir en pos de su héroe, en busca de Simón, y, en fin, cómo su conciencia, que se pierde en la locura, lucha por defenderse con el recuerdo de un hombre que fue todo amor a la tierra y a la realización de sueños.
Cómo se hizo psicólogo Lucas Ochoa
Tenía ocho años cuando lo mandaron don Juan de Dios y su madre doña Petronila al internado de los Reverendos Padres. Lucas, en aquel entonces, se orinaba en la cama dormido. El Padre Aguirre, un gigante rubio, vascongado, le dijo una vez: “No beba agua, muchacho, ni tome sopa”. Ahí comenzó Lucas a reconcentrarse, a rumiar sus tristezas. Y a tal extremo llegó su obsesión que culminó en un sistema heroico que desde entonces comenzó a hacer de Lucas el hombre de los métodos, hasta llegar a ser el que pronuncia esta palabra por sílabas: mé-to-do. Quitaba el cordón a uno de sus zapatos y se amarraba heroicamente. En cinco experimentos quedó curado Lucas. Y entonces, a la edad de ocho años, escribió su primer ensayo psicológico acerca del Dolor. En él sostenía que cada célula es una conciencia.
Hay que buscar el origen de las grandezas en los incidentes pequeños en apariencia. Pero no alarguemos esto; por sí mismo es demasiado trascendental.
Cómo arrojaron a Lucas de la Universidad
Los Padres Jesuitas expulsaron a Lucas, quien había demostrado demasiada personalidad desde su primer método y ensayo psicofisiológico.
Don Juan de Dios, su padre, lo llevó a la Universidad de Antioquia.
A los quince días, cuando ya había aprendido Lucas que el mapa de Suramérica se parece a un jamón con tres grandes venas, una en la parte más ancha (que es el Amazonas) y que se encuentra amarrado a Norteamérica por una débil longaniza, le dijeron:
—“Vea, jovencito. Allá en la capilla está el Padre Marulanda absolviendo estudiantes. Vaya, confiésese”.
—“Yo no me confieso”.
Don Estanislao, el doctor Pacho Güedes y otros hombres ceremoniosos, doctores vestidos de negro, fueron a don Juan de Dios y lo asustaron con la narración de este caso único de rebeldía y con la descripción completa del maligno retraimiento de Lucas.
La junta de estos señores, resolvió encomendar al Padre Marulanda la conversión del incrédulo.
—“A ver, Lucas; hay que confesarse; camine, camine yo lo confieso.
—“No, Padre, porque tengo un pecado que...
— “Cuente, cuente hombre, a ver qué es eso.
—“Vivíamos en Girardota, Padre, en una finca, cuando a la vecina Rosa María le apareció en la bóveda palatina un flemón así de grande y afirmaron que era un cáncer los médicos del pueblo.
Prometió al Señor Caído, doña Rosa, irse caminando de rodillas desde la puerta de la iglesia hasta el nicho de la imagen. Y así lo hizo la vieja, siendo esto para todos motivo de santificación. Al llegar al santuario del Señor Caído cogió un cabo de vela, manoseado por todas las beatas y por el sacristán, y se lo introdujo... y más aún: se lo tragó, pues fue en la boca donde se lo introdujo.
Después de esto y al pasar Rosa María por cerca de mi burro, el animal le dio una coz en la boca tumbándole al mismo tiempo la inflamación y los dientes y dejándola curada.
Al volver a la finca me llené de una ira majestuosa contra el burro milagrero y casi lo mato a palos. Desde entonces, Padre, estoy convencido de que soy un hombre desgraciado y apenas propio para presbiteriano”.
La rectoría, en vista de este pecado, expulsó a Lucas de la Universidad.
Una carta de Lucas
Ningún esfuerzo humano he omitido para hacerme a todos los documentos precisos, según la psicología moderna, que me pongan en posesión del personaje.
En mil novecientos veinte, Lucas Ochoa tuvo una especie de amorío con una negra, vibrante como el caucho crudo, según expresión de mi propio biografiado. De ella obtuve algunas cartas de Lucas, la siguiente de las cuales nos suministra datos preciosos acerca de su temperamento:
“Mi ángel negro: Llovió durante un mes y hoy hace un sol abrasador y el cielo es todo tentación. Pienso en cosas agradables. Ayer crucé cerca al cadáver de un gato y me dije: Debe haber olores que no percibimos. El perro huele la liebre y los hombres no. Lo mismo respecto a sonidos, sabores y luces. ¿Por qué, entonces, no podría haber otros seres que no vemos, ni oímos, ni sentimos, ni olemos...? Queda así comprobado, Negra, que es posible la existencia de seres ignotos. Aquí, a mi lado, puede haber otros seres; un mundo dentro de éste. Creemos que el sonido que no oímos, no existe. ¡Es curioso el antropomorfismo! ¡Cuántas maravillas y terrores habrá!
Pues a las moscas les gusta la cadaverina. Gustar es afinidad entre el sujeto y el objeto. Aquí está el origen de la diversidad de clasificaciones estéticas y morales, porque también el lobo tiende a asesinar, a devorar al hombre. ¡Cuán determinadas por nuestra constitución orgánica son todas las apreciaciones!
Mi constitución orgánica, ya que pertenezco a la especie homo, me hace parecer, querida amiga, como el summum de todo lo agradable reposar sobre tu cuerpo (¿reposar?).
Un gallinazo... Si yo fuera gallinazo, ¡cuánto me repugnaría tu carne negra, lavada y nueva...! ¿No te parece esto muy curioso?
Es evidente que todo esto no conduce a ninguna conclusión importante; ni esa ha sido, en modo alguno, mi intención. ¡Que Dios me libre de deducir proposiciones generales y pesimistas! Tampoco te enojes, pues con el mismo brío con que hoy comprimo contra mi cuerpo tu organismo vivo, devoraría los senos descompuestos de tu cadáver, si fuera yo un gallinazo. Te amaría con igual entusiasmo. El amor es afinidad. Aquí tengo la prueba de ello. Oye: Cuando estoy débil, fláccido, después de tus caricias, siento desagrado al verte. Y la afinidad entre tú y yo se restablece con dos días de reposada castidad. Te amo, o sea, me atraes, porque entre tú y yo no puede haber conversación: besas, pero no dialogas; murmuras únicamente. Hablas para expresar tus sensaciones oscuras, pues la conciencia no se ha especializado en ti.
No deduzco nada de esta observación, a no ser que los gustos dependen de la constitución orgánica; que sólo percibimos lo que nos es posible; que las diversidades de conducta y de apreciación proceden de diferencias, quizás débiles, de los organismos. Dicen que a Enrique IV le gustaba oler las axilas de las mujeres. No califiques al rey, pues deseo que esta nota sea estímulo para tu ecuanimidad, para que te enorgullezcas de tus crespas axilas.
Yo comía tierra, hace veinte años, poco más o menos. Hoy me gusta el olor de la tierra mojada. Por eso orino contra las paredes sin cal y aspiro el vaho con delicia. Una vez la abuela, para curarme, me hizo comer tierra amarilla: y después me dijo que era de cementerio.
Ayer, mientras hacía eso, pensé: ¡Cuán lejos estoy de la divinidad y de cuántas pequeñeces están llenos mis días!
Pero oler un muro humedecido y formar en mi patria una revolución son asuntos de igual importancia si se consideran desde el punto de vista que no sea el aprecio que de ellas hacen mis conciudadanos.
Los seres determinados por formas son ilusos: irremediablemente deben reaccionar. Ayer iban los hombres apresurados detrás de las mujeres y los cuervos descendían precipitados a la carroña. Estaban cumpliendo el fin a que los determina su forma. Me dio lástima de los hombres y sobre todo de mí mismo.
El ciento por ciento de los hombres viven ilusos. El que salió del vientre materno, entró al reino de las formas y como tal debe obrar. Fatalmente amará y su amor es materia, por espiritualizado que aparezca. Pero sí podemos ascender en ilusiones. Ese es el ideal religioso y el heroico. Cierto que el hombre todo es energía sexual, pero también es verdad que puede dirigirse a remotos ideales. ¿Dónde está la grandeza?
Por consiguiente, he resuelto abandonarte. La lógica entre lo anterior y esta determinación no la entenderás tú. Yo nací para místico, místico tentado por la carne. Adiós”.
Salida para Nueva York
Retrocedamos un poco. Arrojado Lucas de la Universidad, a los diez y seis años y a causa del burro, don Juan de Dios, hombre rico y prudente, decidió enviarlo a Nueva York, para que allí terminara la formación de su corazón y de su inteligencia y también de su cuerpo, a pesar de que era un mozuelo espigado y de buenos músculos. Al padre de Lucas le habían informado que en los Estados Unidos de la América del Norte los jóvenes era como enormes larvas, larvas de superhombres; que allá todos, hombres y mujeres, a causa de la gimnasia y de la inocencia eran como bolas de mantequilla, rubicundos y tiernos, y que muchos a los quince años lanzaban un balón hasta un kilómetro de distancia de un sólo puntapié. Esto le hizo concebir el viaje de su hijo y formar la resolución inquebrantable de bautizar con el nombre de Dolly a su futura hija.
Una mañana de febrero aparecieron en la portada de la hacienda cuatro personajes: don Tomás Lalinde, ingeniero entonces del ferrocarril de Antioquia en el sector de Pavas; don Juan Arango que iba a Nueva York a estudiar el manejo de unas máquinas recién llegadas al almacén de sus consocios y el joven Hoyos que llevaba el laudable fin de aprender a repartir empréstitos así: dos millones para mí, uno para mi hermano Antonio, medio para mis amigos yanquis y medio para el ferrocarril. También tenía el proyecto de aprender un poco de ingeniería. El cuarto de los personajes, el Padre Navarro, franciscano español, llevaba para Tierra Santa el precio de la salvación de las almas colombianas, el precio de las medallas y del vino para consagrar.
Tomaron a Lucas y se despidieron.
Todos habían comulgado antes de emprender el viaje y como estaban en santa gracia de Dios sostenían edificante y animada charla, menos Lucas que iba silencioso y pensaba:
“Mi familia no me quiere y desea alejarme. De mí emana un fluido antipático. Nadie...”.
La meditación de Lucas fue interrumpida en mitad de un bosque por la súbita aparición de un tigre que asustó la mula en que cabalgaba abstraído adelante de sus compañeros. Desbocada la caballería y maltratado Lucas no fueron a parar hasta la orilla del próximo pueblo. Los santos compañeros comentaban:
“Indudablemente está perdido. Se fue adelante en busca de mujeres. Don Juan de Dios no obtendrá nada de este sinvergüenza”.
Un duelo
En Pavas se hospedaron en la fonda de don Mateo Ruiz. A la aurora del siguiente día supo Lucas que sus compañeros se habían internado de cacería en el vecino predio, incluso el Reverendo Padre. A la una en punto ordenó Lucas que le sirvieran el almuerzo y don Mateo le contestó que no sería posible hasta que regresaran los ingenieros y el padre franciscano.
—Vea, so granuja —contestó Lucas indignado—. Yo estoy pagando mi dinero y no espero a nadie. Anoche dos de esos bandoleros insistían en colocar a la cocinera un escapulario, desconociendo la ley de la gravedad. ¡De manera que me sirve el almuerzo!
Al volver los compañeros, don Mateo les relató lo sucedido, y dijo don Tomás Lalinde:
—Usted es un corrompido, joven, y tiene que batirse conmigo.
Aceptó Lucas, pero el fraile, levantando los brazos, exclamaba: “¡Cómo se nos ocurrió a nosotros aceptar la compañía de este incrédulo tan malo, de este impío que sólo viene a provocar duelos y a excitar la ira del Señor contra nosotros!”.
Una tempestad
Dormía Lucas en un hotel de Puerto Berrío, que era entonces una casa de madera, cuando a la una de la madrugada lo despertaron fuertes ruidos y percibió grandes iluminaciones. Eran una tempestad y un huracán. Los rayos se cruzaban entre las nubes y de las nubes caían a las palmeras, y el viento hacía llorar toda la naturaleza. Tuvo Lucas la sensación de que la esfera terrestre se había desviado de su órbita y se despeñaba hacia soles desconocidos. Estaba paladeando esta sensación cuando fue derribada la puerta y aparecieron, en camisas de dormir, con sendos rosarios en la mano, los ingenieros antioqueños y el Reverendo Padre.
—¡Hínquese, joven, e implore la misericordia divina! Hasta hoy ha sido usted un rebelde.
—Ojalá —contestó Lucas— nos parta un rayo... porque yo no quiero vivir entre curas y colombianos. Se salen de aquí o mato uno.
¡Cuán interesante, por atormentada, la conciencia adolescente de Lucas Ochoa!
En el mar
Por fin se embarcaron. A las doce horas, de noche, comenzó el navío a balancearse lentamente con un vaivén que a Lucas pareció más arrullador que el de su cuna de niño cuando la negra Chinca luchaba con sus primeros insomnios.
Se había quedado don Tomás en Pavas y los otros compañeros se presentaron ante Lucas, increpándolo:
—Ahora sí reza usted, porque nos traga el mar.
—¡Salgan de aquí, bellacos!
En lo más recio de la tempestad, descubrió Lucas el proyecto de sus acompañantes de arrojarlo al mar, porque así lo ordenaban los Santos Libros en la historia de Jonás. Corrió sin pérdida de tiempo y le dijo al capitán, un inglés presbiteriano:
—Porque soy partidario de la Reforma, aquellos colombianos que vienen conmigo quieren arrojarme al mar. Y porque en la cama les quito a las muchachas el escapulario.
El Capitán acercóse al grupo de conspiradores:
—No me formen aquí congresos —les dijo—; si quieren hacerlos váyanse a la ciudad de Cariaco, a Santa Fe. O bien en Medellín pueden construir una Asamblea Departamental.
En Nueva York
Llegó Lucas Ochoa a Nueva York. Una ciudad larga y estrecha; como treinta kilómetros de larga. Los jóvenes en realidad muy fuertes, pero a causa del color no le agradó la juventud a Lucas. Una epidermis que deja escapar la alegría vital y los vellos dispersos que salen cada uno de pequeñas protuberancias como de carne de gallina. Y el pelo de los sobacos, despoblado y desteñido, que hacía recordarle las prietas y doradas axilas de los trópicos. Indudablemente, pensaba, ¡qué larvas de hombres más fuertes componen la juventud yanqui! Y apuntaba en su libreta:
“Hay demasiada inocencia, demasiada naturalidad. Hay demasiado impudor natural”.
Estudió matemáticas y una judía le robó el dinero, mientras lo abrazaba.
Atentamente analizó la vida, fríamente, y concluyó en su cuaderno de notas que la prosperidad se debía a las siguientes circunstancias:
“I. —No hay primos hermanos. Los pobladores han llegado de diferentes partes.
II. —Nunca en la misma cama se acuestan los blancos con los negros, de suerte que no existe el mulato.
III. —No hay vicios solitarios en la juventud.
IV. —Cada uno depende económicamente de sí mismo y nadie sabe definir el concepto de Estado. No manosean a éste como en la América del Sur.
V. —Los sacerdotes usan pantalones”.
Envió estas observaciones a su padre, el cual dijo desconsolado a sus amigos que nada prometía Lucas para el porvenir porque sus observaciones eran muy sencillas y no citaba autores ni estadísticas.
Lucas Ochoa profesor de psicología
Después de haber estudiado dos años psicología experimental (durante los cuales se convenció de que Estados Unidos era un medio impropio para esa ciencia, pues no existe la maldad) supo Lucas, con algunos detalles, la muerte de su padre. Supo que había donado casi toda su fortuna a una iglesia, implorando, para que le naciera una hija, el favor de un santo. (Don Juan de Dios prometió regalar, y regaló, una estatua de San Ramón Nonato, de oro, y que pesara tanto, por lo menos, como la recién nacida. Desgraciadamente para Lucas —y para la madre— la niña pesó catorce libras).
Volvió, pues, Lucas y encontró que a su nueva hermana le habían puesto el nombre de Dolly Elcy Wudrow de San Francisco de California y que por testamento de su progenitor heredaba las tres cuartas partes de todos los bienes.
La Junta de ancianos prudentes de la Universidad acordó para Lucas la cátedra de Psicología, pues quedaba en la miseria por causa de la santidad paterna.
“Aquí veis (comenzó Lucas su primera clase), aquí veis los aparatos de mensura que he traído de la Universidad de Filadelfia. Lo que llamáis alma puede medirse. Puede medirse la memoria, la emotividad...”.
Durante cuatro días, en presencia de sus discípulos, logró obtener la mensura de la capacidad vital, o respiratoria, del pueblo colombiano.
“Dos litros, señores, es el término medio de la capacidad vital de nuestro pueblo, en individuos de veinte a veintinueve años. Esa capacidad en los Estados Unidos es de cinco litros. De aquí, señores, proviene el poco rendimiento de nuestros congresos. Indudablemente, esto comprueba la necesidad de importar jóvenes para nuestras mujeres y mujeres para nuestros hombres. Día por día será más reseco aquí el elemento humano...”.
Ocho conferencias había dictado a sus discípulos el nuevo maestro de psicología, cuando le interrumpió el Reverendo Padre Rector el noveno experimento:
—Si pretende, usted, maestro Lucas, medir el alma in se...
...y Lucas fue expulsado de la cátedra (1).
———
(1) Entonces fue cuando tuvo la moza negra de la carta...
Lucas, Juez
Encontróse nuestro protagonista en la miseria, y considerando que nuestro pueblo es de los congresos y asambleas; que su fundador fue un señor Francisco Santander, envidioso y a quien llaman el hombre de las leyes, resolvió graduarse de abogado. En dos años realizó el proyecto y fue nombrado Juez, a pesar de sus maldades y debido al recuerdo de la estatua de catorce libras.
En su Juzgado, entre un montón de expedientes por sodomías y robos, conocí a Lucas, me hice su amigo y examiné sus libretas.
Retrato de Lucas Ochoa
Estatura mediana (1 metro con 73). Frente alta y larga, echada para atrás. Los ojos hundidos entre dos cavidades que protegen las cejas pobladas y cerdosas, en cada una de las cuales tres o cuatro pelos largos y canosos. Lo demás no tiene importancia.
He observado sus actitudes peculiares cuando sale de sus habitaciones: se detiene en la puerta; mira, levantando las cejas, a una estampa del Corazón de Jesús que tiene allí entronizada su mujer; luego observa hacia los patios interiores y después mira a derecha e izquierda... Esto me hace creer que percibe la existencia de seres extrahumanos.
Desde el principio de nuestras relaciones lo noté preocupado con el Libertador y un día me dijo que tenía la intención de escribir la historia del Hombre suramericano. Entonces me prometí a mí mismo apoderarme de sus anotaciones para ir siguiendo la evolución de esa idea en el alma de mi amigo Lucas.
Lo ataqué con la alabanza (únicamente el sueño es mejor que la alabanza.) Y así obtuve que me entregara su primer cuaderno, quedando en mi poder Lucas Ochoa, el hombre de las libretas, el hombre de las contradicciones. Las transcribo con fidelidad.
Primera libreta
Mayo 13 de 19... ¿Cómo continuar mi vida solitaria, interior, en esta tierra sin arte y sin personalidad? ¿Dónde encontraré al grande hombre que me sirva de estímulo?
Ayer un predicador maldecía a las mujeres que entraban la fecundación; maldecía el incremento del materialismo en las ciudades. ¿Y dónde estaban los perseguidores tenaces de la belleza o de la gloria?
Unos doscientos místicos hay en el mundo que buscan la belleza... ¡Cuánto se profundizan los que viven encerrados en un amor! La fuerza anímica al no dilapidarse en variadas impresiones y emociones, ahonda y liberta. Hay algo que es diferente de los deseos y de las intelecciones: la esencia. Y cuando mediante la disciplina de la raza se separa algo de la animalidad, aparecen el Héroe, la Belleza o el Arte. Son las primeras moradas del superhombre.
Necesito belleza. ¿Pero dónde encontrarla?
Ahora comienza a anochecer. Hace pocos instantes podía mirar al sol moribundo, velado por el humo de las quemas que preceden a la cosecha. Lo veía titilar, un titilar inmenso. Apenas es una estrella, una estrella cercana. Ya comienzan a aparecer las otras y yo busco en mi memoria la existencia de seres bellos, seres grandes... Apenas surge el recuerdo de una mujer, alta, poderosa, tan poderosa que todo lo arrastraba; detrás iban los deseos como fieras mansas. Apenas la vi pasar y huí. Yo siempre huyo de la belleza de la carne, porque es terriblemente entristecedora. (Esto fue en Nueva York.)
La belleza es deseable, más que el dinero, más que la fama. Necesito ahora vivir entre la belleza. El hombre es el animal que da y recibe, es el que cambia. “No es bueno que Adán esté solo”. ¿Dónde encontraré la grandeza a quien deseo entregarme?...
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Observemos los cinco países independizados por Simón Bolívar. Están poblados por gentes variadísimas: negros, mulatos, mestizos, zambos... Un teatro, una reunión cualquiera, una iglesia, una escuela, son aquí como una colcha de retazos. No hay tipo determinado. Y son enfermizos como todo híbrido. Muy sensuales. El uso prematuro y el abuso de la sensualidad nos determina esta multitud de hombres torcidos y sin propósitos. Llega la excitación y la arrojan ahí mismo en gritos, en palabras, en piedras... No hay control. Falta aún el hombre.
Cuatro de estas repúblicas han estado en manos de dictadores viles, y la otra se echa como pava en celo y no hay siquiera el dictador que la posea.
Yo no soy, yo, Lucas Ochoa, sino un teólogo. He escogido la mejor parte: disputar con el Maestro. No puedo más que excitar al dictador. Hombre sin propósitos, y Bolívar tuvo un solo propósito; hombre de finalidades conyugales, y Bolívar lanzó el dardo de su anhelo más allá que Zarathustra.
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¡No encontraré la belleza! Hermosa, pero los tobillos hinchados.
El afán mata a mis conciudadanos. ¡Cómo se apresuran, detrás de finalidades caseras, las mujeres, el dinero, el goce fugaz! Mientras más corren, más pronto morirán.
¡Qué enemiga de sí misma es aquí la vida! La tenemos y brillan los ojos, los músculos están tensos, el vientre enjuto, el psiquismo eurítmico: Pues a gastar todo eso hasta sentir náuseas, a vivir desmesuradamente, a dilapidar...
No critico. Describo apenas el jadear de la naturaleza en este hermoso continente para crear el hombre adaptado y armonioso. El laboratorio de la naturaleza es lento. Suramérica es un horno. Los pobladores de hoy somos transitorios. Cuando no se ha logrado desencarnar el yo, hay que ocupar el tiempo en las bregas de la carne. Sufrimos con paciencia relativa la calvicie, la obesidad, las encías inermes y los miembros cansados cual de mula jadeante en una pendiente (la pendiente es a los treinta y ocho años).
No deja de ser fenómeno interesante contemplar a la mujer que llega a la pubertad, tentadora, y que en treinta días se marchita y se le exprime el jugo vital. ¡Adelante! Eso grita la vida en Suramérica. ¡Da tu jugo a la especie! ¡Reprodúcete! Es un desbordamiento para que se mezclen las sangres y para que en lejana época aparezca el tipo perfecto. Ya hay muestras. De vez en cuando se contemplan algunos seres que nos hacen exclamar: ¡Si así fueran todos, cuán hermosos serían los destinos de la humanidad!
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Mayo 21... ¿Sabes tú qué es belleza, si no has visto y tocado la pelusa en las nucas impúberes? ¡Tan fresca la piel ahí!... ¡Tan viva y titilante la pelusa!
Hoy he sentido una emoción estática al contemplar esto, al atardecer, en un tranvía. Y es porque he visto a la divinidad en el pelo que se esbozaba lleno de vida en la nuca de una adolescente.
¡En este continente aparecerá el gran mulato! En este horno en que se funden las razas hay indicio ya de que aparecerá el tipo armonioso; hay promesas iniciales de perfeccionamiento. Teresa de la Parra, Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y mis bellezas del vellón adormecedor, ¿no son rubores como de una aurora?
Pero en general son feos, monstruosamente feos, los suramericanos. Ahora estoy en la esquina de un parque. Son feos; cada uno tiene su fealdad, su temor o su ansia. Deseos y temores cercanos, que no alcanzan más allá de los vestidos.
Recuerdo ahora la novela de Wells La Isla del Doctor Moreau. Desierta isla, convertida en fábrica de hombres, en laboratorio, por el hábil cirujano que, con el sistema nervioso de diversos animales, perros, gatos, y demás cuadrúpedos, se entretenía en fabricar hombres, en perfeccionar la obra de Dios.
Esta isla desierta era una humanidad triste; cada monstruo llevaba el peso de su animalidad peculiar. Se reunían a recitar los mandamientos morales que les daba el profesor Moreau, pero al anochecer iban como sombras por la selva, perseguidos por los deseos de su animalidad...
La isla del doctor Moreau es Suramérica. Mulatos, zambos, blancos, pardos, cuarterones, quinterones, recorren las selvas tropicales, las praderas ardorosas, las frías cimas. Y hay caras de perro, de cerdo, de burro y todo es un infierno caldeado por deseos ignotos.
¿Cuándo aparecerá el hombre definitivo y armonioso?
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Ambicioso de oro y de especias llegó Cristóbal Colón a esta tierra donde habitaba una raza adaptada y hermosa: quince o veinte millones de hombres fuertes y de costumbres naturales. Con él vinieron, con Cristóbal, los hombres que más deseaban el oro en la Europa en “crisis”, los más ambiciosos y los más aventureros.
En cien años sólo quedaron cinco millones de indios, y un fraile, el Padre de las Casas, se hizo célebre porque los defendía. Asesinados cruelmente o diezmados en las minas, como esclavos, fueron sustituidos por negros del Dahomey. También llegaron al Nuevo Mundo ingleses, franceses y portugueses ambiciosos. Y sacerdotes católicos de todas las razas que robaban oro para el Rey y conciencias para el Cielo. (Sacerdotes ingleses, españoles y franceses que vinieron a fecundar las pocas indias que aún quedaban). Este continente soleado fue el suave colchón de la sensualidad cosmopolita.
Se dividió todo esto en castas rivales. Ser blanco, sin mezcla, era una gloria. Los mulatos, mestizos y zambos fueron engendrados por inmigrantes que tenían desarrollada la conciencia del pecado: así se explica el alma atormentada, triste de los iberoamericanos. Somos los hijos del pecado.
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Mayo 24... Paseo dominical, a pie, acompañado de mis hijos. ¡Qué bueno poder evitarles los vicios sexuales! Crecerían fuertes y firmes. Y así contribuiría yo, Lucas Ochoa, al advenimiento del hombre suramericano. No serían subhombres...
Nos detuvimos ante la jaula de los monos, en “El Bosque”. ¡Qué graciosos los monos! Así podrían ser aquí los hombres...
Las manos —cuatro— y el rabo prensil es lo más perfecto que tiene el mundo de los animales. ¿Cómo puede ser posible que descendamos del mono? Sería degenerar el organismo del simio. Son inocentes. Allí comprendí lo que es inocencia y lo que es pecado. Cerca de las jaulas estaba el hombre en todas las edades y en todas las formas. El hombre es melancólico; el mono es inocente. Aquél arrastra un gran peso, el pecado, sobre todo nosotros, descendientes de todas las razas y contaminados por los inmigrantes de todos los claustros. Los hombres parecemos presidiarios descompuestos por la pesada cadena: el peso del pecado nos quita la gracia. El amor es feo en el hombre, por eso. Por eso es feo todo acto de hombre. El mono se rasca la cabeza con gran inocencia. El hombre no sabe comer, ni beber, ni amar. Todo en él es contradicción porque está contaminado por el remordimiento, por la conciencia de su “pecado”. Sobre todo en el suramericano está latente el pecado del español que en noche calurosa empujó la puerta de la esclava negra y después se fue a rezar, y a poner aquella cara larga y atormentada de Felipe II.
Cuando el hombre come, la boca muestra la imperfección del pecado de la gula. Cuando ama...
El Cristianismo tiene, para explicar estas cosas tan curiosas, el pecado original...
El niño sí es hermoso, como el mono. Cuando se acerca a la pubertad es cuando es más feo el hombre: es un pecado con calzones cortos. ¡Qué horrible y qué perverso! El que piensa no puede soportar al hombre de los catorce hasta los veinte años...
...(Este pecado de calzones cortos arrojaba colillas encendidas a los monos y se moría de risa cuando estos se rascaban contra la barriga las manos quemadas).
Después de la pubertad el hombre es triste, un poco menos feo. Está manchado por todas las lacras de las pasiones y del pecado. Agachado, porque lleva en el recuerdo un pesado fardo de suciedad y de remordimiento.
Sí; el mono es inocente y las razas perfectas son inocentes, o sea naturales, imágenes de la esencia igual a sí misma. El hombre es melancólico. ¿El pecado original? ¿Será el hombre compuesto de espíritu y carne y por eso, por ser híbrido, su semejanza con el pájaro manco, con el pájaro bobo que tiene alas y no puede volar?
El hombre y el mono son diferentes. Se parecen más el perro y el hombre.
Lo que llamamos civilización, buenas maneras, es el modo de disimular nuestra fealdad, nuestra falta de naturalidad. El hombre después de pecar, se tapó con hojas. ¡Qué símbolo tan bello!
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Son las dos. Yo, Lucas de Ochoa, reposo tendido, con mis tres hijos, bajo una ceiba. Reposo sobre mi tierra americana caldeada. Una negra, vibrante, de catorce años, mira los monos enjaulados. Las nubes pasan. Pasan los hombres y todo lo mío pasa. A veces un objeto me parece indispensable.
¡Cuán infeliz se hace el hombre cuando siente que una mujer le es necesaria! Se desboca como el caballo picado por el tábano...
Deja pasar ocho días, y la muerte de tu hijo se convertirá en melancolía; ocho días, y esta negra estará olvidada. ¡No seas caprichoso como niño!
(Cuando no me domino, hablo del mismo modo que mis tíos y abuelos: dogmático, imperioso).
Los niños me hablan. ¡No me habléis tanto, hijos míos! Son irritaciones meníngeas. No reaccionéis inmediatamente. Yo deseo que haya un gran espacio entre las incitaciones y vuestras reacciones. ¡Cuán bella es la madurez del pensamiento! En Grecia...
¡Aquietarse! Generalmente estamos en tensión; sale en chorros la energía cuando vamos anhelantes como los perros que corren con la lengua fuera... Siempre que deseamos o que tendemos, los músculos están tensos en determinadas partes del organismo y hay inhibiciones y derrames de energía aquí y allá. Aquietarse consiste en tranquilizar todo el organismo y dominarlo, de modo que no haya hiperestesias. El movimiento rítmico es el distintivo del hombre aquietado.
Siempre la ecuanimidad. Si no existe, fíngela en tu cuerpo y de ahí pasa a realizarse. ¡Nada me urge! Yo no soy un esclavo; mi ser no está hecho sino para la alegría. No para el dinero, para la sensualidad ni para la gula y el trabajo. ¡Que mi cerebro jamás se obnubile ni se caliente como motor de automóvil! ¡Que yo jamás corra o me desespere! ¡Firme, Lucas, firme!
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Me reconcentro, cierro los ojos y pienso en todo mi interior; recorro todo mi organismo interno.
Ahora sólo existo yo, acostado sobre mi tierra americana. Mis hijos callan, tristes, bregando por aprender a controlarse. Yo quiero saber, quiero leer, en mis células, el origen de estas ansias.
Cristóbal Colón, Juan de la Cosa, Ojeda, Pizarro, Balboa, hombres ansiosos por carácter, por raza y por su época, recorrían las costas suramericanas, posesos de la inquietud, buscando la cosa excelente con la que se forman los tesoros, se consigue cuanto se desea y hasta se hacen llegar al paraíso las almas. Y mi sol suramericano acababa de exasperarlos.
Los indios los recibieron con dulzura, pero ellos cometieron felonías y se asesinaron mutuamente a causa de un puñado de polvo.
Don Fernando, el perverso y el católico, envió en mil quinientos once los primeros esclavos negros al Nuevo Mundo, esclavos cogidos a los moros en la guerra de Granada.
En mil quintetos diez y seis el emperador Carlos V vendió a un flamenco el derecho de introducir a la isla de Santo Domingo cuatro mil negros cada año. Posteriormente se hicieron concesiones a genoveses y portugueses para la introducción de negros. Una sola compañía de Portugal se comprometió a suministrar diez mil toneladas, de mil seiscientos noventa y seis a mil setecientos uno.
...Y don Simón Bolívar, ascendiente del Libertador, obtuvo el privilegio para introducir por año cuatro mil toneladas de negros a Caracas.
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Por mis células, allá entre los huesos craneanos y la masa encefálica, va la imaginación, y ya percibo confusamente algo del alma atormentada de mi tierra. ¡Qué felicidad inmensa conocer a Lucas, explicarme a Lucas Ochoa que ahora reposa sobre Suramérica, con sus tres hijos tendidos en la grama bregando por controlar las reacciones!...
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Los hombres blancos y barbudos están acogotando a los caciques temblorosos. Los Aguirres, Ochoas y Balboas están marcando con hierro candente, antes de distribuirlos por todo el continente, a negros y negras en Cartagena de Indias.
“Repugna al sentido común —dice un cronista— el solo recuerdo de la impune violencia de los preceptos más triviales, naturales y de moral, de que era víctima la porción femenina de los esclavos, de parte de los amos corrompidos que sacrificaban a sus brutales instintos las indefensas jóvenes nacidas de madres sujetas a la servidumbre; las más de las veces eran mulatas de formas seductoras, inteligentes y apasionadas de temperamento, excluidas del sentimiento del pudor innato en la mujer, cualquiera que sea su condición, porque desde antes de salir de la edad de la inocencia, quedaban sujetas a la impudicia. Como consecuencia inevitable de estos antecedentes, resultaban hijos esclavos de sus progenitores; y matrimonios contraídos dentro de grados de parentesco rechazados por la naturaleza, en razón de que la malicia de los amos ocultaba la procedencia de los cónyuges”.
En ninguna parte de la tierra ha dominado tanto el hombre al hombre como en la América del Sur. Jamás el hombre ha podido dilatar tanto su ansia de dominio como la dilataron los conquistadores en esta tierra. Los indios y los negros eran sus esclavos a quienes marcaban, azotaban y mataban y quienes no tenían cabellos sino motas, nariz, sino trompa, geta, en lugar de boca y patas en lugar de pies.
Violaban a las esclavas y procreaban mulatos, más despreciados que el esclavo. La blancura era una gloria. Ahora sí comprendo que un español criollo era más, tenía más capacidad de expansión, debía tener más orgullo que un rey de España. ¿De quién descendía?: De los Balboas. ¿Y quién ha sido más hombre de acción, más heroico que los Balboas, que en vértigo de locura desafiaban selvas impenetrables, plagas desconocidas, soledades infinitas, enemigos apenas presentidos; que en unos dieciocho días se abrían trocha desde el Atlántico en busca de un Océano desconocido y de un Eldorado imposible? Y eran dueños de una inmensa humanidad para saciar en ella todas sus ansias.
Esto es, una disciplina propia para crear el superhombre.
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Mi letra del principio de este diario era diferente, más firme y voluntariosa. La última es el caballo desbocado de mi padre Juan de Dios.
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Junio... Recuerdo ahora que en un viaje a Yarumal, a unos inventarios de mortuoria, vi un niño tan sano como el dios de la vida. Estaban sus ojos tan llenos de vitaminas, que irradiaban como irradian las mañanas de sol, nuestros bosques vírgenes y los arroyos salvajes. Esos ojos me causaron agradable agitación. Sentí que así debían ser los pequeños judíos que Jesucristo pedía que dejaran llegar a él.
¿Qué hacer para que mis hijos no se marchiten, no se resequen en el período de formación? Aquí los gobiernos no se han preocupado sino un poco por las plagas de la caña de azúcar; ninguno ha cuidado del producto humano. Hacer hombres es el fin, porque somos medio para el superhombre. Sólo en Norteamérica, la patria de Emerson, el filósofo de la belleza, está apareciendo la ciencia del embellecimiento humano. Ese fue el secreto de Grecia. En Esparta se ejercitaban los jóvenes desnudos.
Aquí en las Repúblicas de Bolívar el sexo mata a los niños a los trece años. El sexo que es la fuente de la vida, de la belleza y del valor. El mestizo tiene las meninges irritadas. Nuestros pueblos montañosos son vencidos por dos plagas que atacan el producto humano en sus raíces: los vicios solitarios y el amor prematuro...
¿Cuándo volverá el día en que la belleza del cuerpo de una mujer sea escala de ascensión?
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Nuestras repúblicas son hermosas: montañas y montañas. Los arroyos las dividen y dejan flancos de pendientes verdísimas, y en la cima, donde comienza el corte secular, aparece el sol, o por allí se hunde. La luz corre por esas cañadas como ríos de tibieza y vida... Se experimenta una sensación agradable al descender por esos flancos y ver algo tan terrenal.
Suramérica es la armoniosa cuna para el hombre del porvenir: por las arterias de sus pobladores de hoy corren las malas pasiones, pero a la vez corren volcánicos deseos de algo innominado...
...También los ríos suramericanos, pequeños mares de agua dulce, llevan inmensos troncos podridos, largas serpientes retorcidas...
¿Podrá surgir la grandeza de otra parte que de la podredumbre? ¿Podrá salir el santo de otra parte que del pecado? ¿Y no resulta el héroe de los grandes despiadados?
Visita a Lucas Ochoa
Resolví visitar a Lucas y captarme sus apuntes con el cebo de la admiración.
Era domingo y estaba en el baño, a descubierto, tendido cerca del agua, con sus hijos, desnudos, recibiendo el sol de la mañana.
—El cuerpo desnudo es una gran universidad —me dijo cuando entré—. Todo está en el cuerpo; la inteligencia es el resultado de la armonía cósmica orgánica.
—En tus cuadernos, Lucas, hace falta el fenómeno clerical para completar tu estudio profundo de la América del Sur.
—Todo aparecerá —me respondió—, y tendremos completa la cuna de nuestro héroe. En mi interior escudriñaré los datos. Practiqué las ciencias ocultas en la América del Norte: La Ciencia Cristiana, el Yoga, la Teosofía...
Una viuda yanqui me enseñó a tenderme en una cama, desnudo, boca arriba, mirando a la techumbre, o hacia el cielo estrellado, para concentrar las fuerzas interiores, inhibir los músculos, las emociones, los pensamientos, los deseos, hasta percibir la imagen del yo, el cuerpo causal, flotando en el techo o en las esferas interplanetarias.
¡Cuánto debo a esa viuda! Ella fue mi maestra de concentración; me enseñó que todas las actividades se ejercen por medio de los músculos. Mediante ella experimenté la ley del conato, a saber: inhibiendo todas las actividades, menos una, ésta adquiere una intensidad como la de los rayos solares en el espejo ustorio.
Se llamaba Mrs. Willson y era hija de Mrs. Olcott, secretaria de H.P. Blavatsky. Pero...
¡Cuán difícil fue para mí el Yoga inhibitorio, desnudo al lado de Mrs. Willson, desnuda también!
Cuando logres inhibir todos los movimientos musculares, quedará unificado el campo mental —me decía la hija de la secretaria del fundador de la Teosofía—. Pero mis músculos, sobre todo uno, revelaban en los primeros días la irregularidad de mi campo mental...
Sostenía la señora Willson que la sensualidad suramericana provenía precisamente de falta del Yoga muscular; que los latinos...
Yo le argumenté que no había sido siempre así, pues Cervantes asegura que en tiempos anteriores hubo en España vírgenes que durante setenta años recorrieron, con su virginidad a cuestas, todas las rutas de Sierra Morena, sin dormir una noche bajo tejado. Esto no es nada —interrumpió la señora Willson—; en los Estados Unidos abundan las virginidades centenarias.
En días anteriores había yo invitado a mi joven profesor de Psicología experimental (Mr. Reed) para que fuéramos, al salir de clase, a ver subir las muchachas al tranvía. Muchas gracias —fue entonces su respuesta—, usted sabe que yo no me ocupo de tranvías. Comprendí, por el tono de su voz, que la juventud yanqui no tenía la noción de ver subir las muchachas al tranvía. Y anoté en mi libreta: “Un pueblo que no se preocupa por las piernas, será eternamente un pueblo rico”.
A los dos meses yo era un experto en Yoga. Sabía que el hombre es un microcosmos y que mediante la inhibición puede dirigir su fuerza mental en la dirección que elija y percibir con toda exactitud lo que desee.
¿Qué otra cosa sino grandes técnicos en Yoga han sido los multimillonarios yanquis?
Y la señora Willson me obsequió un libro titulado así: “Cien millonarios norteamericanos”.
Supe por casualidad que muchos de mis compatriotas se habían consagrado a esas disciplinas. Que Pedro Nel Ospina (el General) había adoptado el Yoga del petróleo, y el joven Hoyos, el de los empréstitos. Desnudos, mirando al techo, se concentraba el primero así: Oleoducto... Tropical... Subsuelo... Presidencia... y el segundo beatíficamente repetía: dos millones para mí... medio para el ferrocarril...
Mientras me disciplinaba le correspondía el turno a un condiscípulo muy alto y tímido. Mrs. Willson me contaba sus dificultades para hacerlo desnudar: Era Carlos Lindbergh que se entrenaba para ser el as del vuelo.
En fin, tú comprendes que mi educación me capacita para acostarme sobre una de nuestras colinas vírgenes, entornar los ojos y percibir en mí, en el pequeño microcosmos, toda la historia de nuestro clericalismo.
¿Quién más preparado que el discípulo predilecto de la señora Willson, yo, Lucas, poseedor de aparatos de mensura psíquica, para describir el ambiente social, la cuna material, el nido psicológico del héroe y para medirle las hormonas y los trifonas al Libertador?
Porque tú debieras conocer que los trifonas tienen tanta importancia como las hormonas en una biografía. Estos son excitantes de la actividad funcional y provienen de glándulas especiales, mientras que los trifonas son sustancias fabricadas por ciertos glóbulos blancos de la sangre y presiden la cicatrización y regeneración de los tejidos.
La gran actividad provenía de las hormonas en Bolívar, El Liberador; pero era un efecto de los trifonas su magnanimidad, el olvido de las injurias personales. Al gran desgaste de los trifonas se debió la vejez prematura de este ser superior que efectuó su obra con hombres tan pequeños que toda su vida fue un perenne desgaste de poder cicatricial.
* * *
Interrumpí a Lucas, que era interminable cuando hablaba de su vida norteamericana, y como la finalidad de mi visita era instigarlo a una completa descripción de Suramérica, le dije:
—Los dos años de matemáticas y además tus experimentos en la cama de la viuda y en la escuela del profesor Reed, te capacitan para medirle las glándulas de secreción interna al General Bolívar y a los pequeños héroes que lo acompañaron. Pero debes preparar el campo. Buscar dentro de tus células al negro, a la negra, al mulato, al cuarterón, al español criollo y al empleado público recién llegado de la metrópoli peninsular. Y a propósito, amigo Lucas: ¿cuando te reconcentrabas para percibir tu cuerpo mental, no viste, por casualidad, en la cama de Mrs. Willson a los Reverendos Padres?...
Como únicamente el sueño después de un trabajo intenso y moderado es mejor que la alabanza, obtuve que me diera una libreta y la promesa de otras. En ésta se puede ver el método que Lucas aplicará al Libertador. Son documentos psíquicos... y, por eso mismo, no serán entendidos por la mayor parte de mis compatriotas.
Siendo Lucas, el biógrafo, un fenómeno psíquico casi tan esquivo como un pez en el agua o como el fenómeno espiritista, esta segunda libreta podría dedicarse a los que tengan tres inteligencias, como tienen los rumiantes...
Segunda libreta
- —Toda idea o representación tiende a ser acto.
- —Todo ideal tiende a realizarse.
- —La emoción es la conciencia del estado orgánico.
- —La atención crea el interés y éste crea la atención. La desatención al quitar el interés mata el deseo.
- —La atención es la dedicación de los sentidos y de las actividades intelectuales a un tema u objeto. Se produce por inhibición de las percepciones extrañas. Se compone de un esfuerzo sucesivo de los músculos. Hay mayor irrigación sanguínea. Es voluntaria o involuntaria.
Por los anteriores principios se puede crear el arte de rehacerse uno mismo.
Si no renuevo el interés, cesa la atención y es vencido el propósito.
El arte de ser hombre de voluntad consiste en mantener el interés en el fin.
No dejar extinguir el deseo de lo que nos propusimos.
La inconstancia proviene de la desatención, y ésta, de la falta de interés; en la vida cotidiana sólo hay atención involuntaria. La voluntaria es rara y cansa mucho, por ser fenómeno artificial.
La acumulación de energía nerviosa es el secreto de los hombres interesantes. Esa acumulación se experimenta por estos efectos: inervación general; bienestar; amor a la vida y atracción, como el imán. Hay aumento en todas las actividades.
* * *
No es bueno descargar el fluido de un todo. ¡Serenidad, aun en la ira!
* * *
Es muy perjudicial para la energía esperar, porque se gasta. Aquí entra la ley de que se debe gastar energía metódicamente, pues si no se gastare, no se tendrá; la vida es movimiento.
* * *
La energía atrae por sí sola; no se debe hacer esfuerzo para atraer. Para dejar una costumbre el remedio es olvidarla.
Si se recuerdan los actos acostumbrados, se le presta atención a la costumbre y aumenta el deseo.
* * *
Concentrarse es, más que todo, OLVIDAR lo demás...
El yogui o brujo
La Ciencia de la brujería, abandonada hoy a causa de la civilización de cocina, se reduce a las siguientes reglas:
- Concentración.
- Aquietamiento.
- Vitalización de las facultades escogidas para desarrollar.
Estas tres reglas son una sola que consiste en esta palabra de oro: POSEERSE.
* * *
Yo tengo escogidos mi mal y mi bien. A continuación está una lista de mis bienes y de mis males graduados con signos de más y de menos, según la cantidad de bien o de mal:
| I Dinero + | I Café - | |
| II Salud + + + + | II Alcohol - | |
| III Inteligencia + 20 | III Tabaco - - | |
| IV Atracción + + 80 | IV Amor o deseo - - | |
| V Alegría + + + 1000 | V Miedo - - - 20 | |
| VI Concentración + + 800 | VI Odio - - - 100 | |
| VII Ecuanimidad + + 1000 | VII Ira - - 10 | |
| VIII Método + + 200 | VIII Envidia - 100 | |
| IX Parsimonia + 10 | IX Intranquilidad - 1000 | |
| X Igualdad + + | X Tristeza - - | |
| XI Conocimiento + + 1000 | XI [Sorpresa - - [Crítica - - | |
| XII Concisión + + | XII Habladuría - - | |
| XIII Templanza + + | XIII Glotonería - - | |
| XIV Orden + + + | XIV Dispersión - - | |
| ESTO VITALIZARÉ | Y | ESTO MATARÉ |
* * *
¡Aquí te invoco, Mrs. Willson, mi viuda y maestra!
Quietismo
Voltus in lumine
Aquietar el yo fijando su actividad en algún objeto único o en la nada, o sea, suprimir las representaciones. Es una larga gimnasia antes de percibir los resultados. Se consigue olvidar lo que se desea, y así, matar deseos. El olvido es una facultad. ¡Pero qué ratos tan agradables!
Concentración
Con una lámpara eléctrica de mano ilumino aquí y allá... Pues no otra cosa es la atención: la puedo dirigir a mi cuerpo y a sus órganos, a mi yo, a mi ideal y obrar o modificarlos a mi amaño. Pero hay que adueñarse antes de la atención, mediante gimnasia Yoga.
- Concentrarse en sus órganos (Concentración orgánica. Curación).
- Concentrarse en sus funciones (circulación, digestión, asimilación, eliminación).
- Concentrarse en su ideal orgánico (Refacción).
Estos tres numerales abarcan la concentración orgánica.
Concentración psíquica
- Concentrarse en sus facultades (Vitalización).
- Concentrarse en sus deseos.
- Concentrarse en su ideal psíquico (Refacción).
Concentración externa
Concentrarse en objetos, ideas, actos, problemas, etc. Por ejemplo: llegar a materializar la representación de un animal.
Ejemplo de concentración en su ideal orgánico, de refacción orgánica
Me represento la imagen física, con su aura, del hombre que deseo ser: La energía ha dado amplitud a la cara, al pecho y adelgazado la cintura. La amplitud del espacio que hay entre los ojos, aquella amplitud de los ojos de Sócrates. Son de color seco, impenetrables, color de metal oscuro y pulido. Nada del vidrio. Metal, alga. La voz fuerte, robusta y también metálica. El aura absorbente, pero contagiosa, dinámica; que toda otra personalidad se funda en ella. Pueden ser tonterías lo que salga de esa boca grande y sana y parecerán evangelios. Pueden ser tonterías e imposibles los deseos de ese corazón y se cumplirán.
Pero no desea. Acepta como suyo lo que se le entrega. Desear es una debilidad. Hay que vivir heroicamente.
La sonrisa tan abierta como una puerta abierta. Todo sano. ¡Cómo me domina el concepto de salud!
Nadie sospecha el ingenio que gastan los seres y las cosas para presentársele a una figura así, abierta como una puerta sin alas, porque la ansían irresistiblemente.
Una piedra que rueda y rueda, pero que tiene el breque de ideales: eso es el hombre. Pero casi todos ruedan sin usar de la voluntad más que para no precipitarse.
Mi hombre, el Lucas que deseo ser, no se deja sacar el anhelo por lo exterior. En su alma no se puede pescar aunque haya peces. Estos no muerden la carnada; apenas juguetean con ella. ¡Lo que desea irse, váyase!
Todo llega; jamás venzo. No huyáis. ¿Quién os asusta? Todos podéis reposar aquí tranquilamente. El alma de Lucas es como un árbol frondoso o como el mar: la riza, el deseo, como el viento riza al mar.
Como el mar es mi alma: Y la luz se descompone Transitad por ella, humanos, |
Yo soy el que me supero, sin esfuerzo, porque el esfuerzo es desgaste. ¿Y cómo podrá el gasto producir riqueza? Soy el de los ojos cerrados para el que mira. El que los mira, si es mi ladrón, se cae, porque son duros como el bronce. Yo soy el de ideas duras como el hielo y que se derriten al calor de la amistad.
Al que venga a mí, le daré. Y el que venga a darme, déjelo en la puerta y llámeme.
No puedo expresarme ahora sino en parábolas, pues soy todo emoción y el raciocinio es para los que corren y no han flotado en la emoción divina.
¿Dónde he flotado?: En el que no tuvo ni tendrá, en el que no tiende ni deviene.
Detrás de mí se apresuran las aves. Venid, que vamos a jugar con el viento. No temáis: mi sonrisa es como puerta abierta y mis versos son para cantarlos con la música loca del viento; son como peces que se deslizan por entre los guijarros y saltan sobre el agua para percibir el más allá de su elemento. Mis pensamientos suben rápidos, a presentir el más allá y vuelven a mamar de las tetas de su madre, la Tierra. Mis pensamientos son inquietos como los niños mamones. ¡Alzad las piernas y movedlas, hijos míos!
Esto último es un ejemplo de concentración psíquica.
* * *
El último fin de mi Yoga es Dios infinito.
Nosotros ¡pobres! no conocemos sino este proceso: Incitación - deseo. Al sentimiento cuando vamos a alcanzar lo deseado lo llamamos felicidad y lo otro es dolor. El propósito debe ser crecer, hacerse potente, para irse acercando a Dios.
Por supuesto que cada brujo tiene su fin. Unos quieren perfeccionamiento espiritual, y otros buscan únicamente acrecentamiento vital, egoísta.
* * *
Olvidar es el medio supremo de la disciplina: ir quitando obstáculos, hasta concentrar toda la fuerza en lo deseado.
Algunos autores antiguos aconsejaron meditar en la maldad de lo que se desea evitar: éste es un método malo, pues hay que olvidar... y la atención crea el interés.
Primeros resultados obtenidos durante mi aprendizaje con la viuda
(Nueva York, 14 de mayo 19...)
- Poder dormirme inmediatamente.
- Lograr dominarme al instante en medio de una gran preocupación.
- Abandonar vicios, sin dolor.
- Evitar costumbres, sin tristeza.
¡Cuán bella es la vida cuando se está bien inervado y se tiene un fin! El sol, la luz, la oscuridad, el aire, todo es sublime para el hombre sano.
Contenerse es un gran efecto de la concentración. Para ello me ha dado resultados el pensar y hacer consciente el paso del tiempo, la sucesión de las cosas. “Todo pasa y cada instante se acerca más el momento en que pueda exclamar: ¡soy libre; ha huido el deseo!”.
Mi tabla de valores
(En Nueva York, junio 19...)
POSITIVOS |
NEGATIVOS |
|
|---|---|---|
| Concentración | (valor interno) | Café |
| Paciencia | “ ” | Tabaco |
| Control | “ ” | Sensualidad |
| Serenidad | “ ” | Impaciencia |
| Alegría | “ ” | Ira |
| Atracción | (valor externo) | Envidia |
| Constancia | (valor mixto) | Gula |
| Ecuanimidad | “ ” | Tristeza |
| Firmeza | (valor mixto) | Soberbia |
| Claridad | (valor externo) | Divagación |
| Valor | (exter. e inter.) | Temor |
| Sentimiento de paso del tiempo, de su valor. |
Dilapidación del tiempo. |
* * *
Todo se arreglará ante mi serenidad.
No necesito bregar, jadeando.
El jadear es indicio de cansancio.
Es preciso obrar sin llegar al agotamiento.
Estoy sano, tibio; tengo conciencia de plétora.
Cuando vivo mal siento ausencia de calor vital. Ahora mis pies están tibios. Siento circular poderosamente la sangre en mis venas.
Los genios como Bolívar y Napoleón cuidaban mucho los detalles.
¡Cuán importante es saber descansar y saber trabajar! Hay que ser el hombre de una sola tarea: eso es CONCENTRACIÓN.
Autosugestión
(Nueva York, julio 11...)
Circula la sangre llena de oxígeno por mis arterias duras y elásticas.
Cuán hermoso esto: sangre llena de oxígeno y arterias elásticas.
¡Cómo me burlo ahora del antiguo Lucas, el de Giradota, el que salió acompañado del joven Hoyos, de los cinco santos personajes para Nueva York!
Siento que agarro esta pluma con firmeza.
* * *
La conciencia aumenta el deseo de aquellos objetos que se colocan bajo su dominio. La cuestión para inhibir el deseo es separar de él la conciencia. Esto lo vi claro en Norteamérica. En esta experiencia de la vida, tan corta, es preciso aprovechar cada instante para dominarnos.
El fin de la naturaleza es crear el hombre poseído. Poseerse es el último de los triunfos. Cuando uno se posee, es un hijo de Dios. ¿Recuerdas aquellos seres que raras veces se ven y que te conmovieron, alegraron e hicieron pensar en que la vida era interesante? Pues daban esa impresión y sugerían esos sentimientos porque se poseían.
Lo que me dicen no me hace reaccionar sino al mucho rato, cuando lo he enviado al departamento de Contraloría y ha vuelto con el PASE.
Lo mismo lo que veo.
Lo mismo lo que siento.
Ídem lo que pienso.
* * *
Alejar de la conciencia el deseo para que desaparezca. Mientras dura el hábito y luchamos con él, nos parece que la vida pierde todo interés. Al día siguiente de luchar con el hábito y de sentir la negra tristeza de esa lucha, nos parece que fue una tontería entristecernos.
Todo pasa. Pasa esta pequeña experiencia de la vida. Dentro de la historia general del mundo, la del individuo es nada, y nada es la de la tierra dentro de la historia del tiempo y de las estrellas. Y dentro del infinito y de la eternidad ¿qué serán estas vidas nuestras?...
Por eso, no se le debe temer a la muerte. Y si no se le teme a la muerte, ¿a qué podemos temer? Se acaba el temor y el desespero y la impaciencia. La palabra de oro es POSEERSE.
* * *
Al final de este tratado estarán los tres mandamientos que me di en Santa Marta al regresar de Nueva York:
- No pensar en el dinero.
- No amar el dinero.
- No dejarme obcecar.
Por qué y cómo se casó Lucas
“Mañana te contaré la historia de mi matrimonio”. Amanecieron llenos de luz el valle y a montañas.
(En ninguna parte de la tierra hay tanta luz como en el valle del Aburrá.)
Y Lucas me narró la historia, sentado sobre un mamelón que domina todo el curso del río:
—Hacía dos años que había vuelto de los Estados Unidos. Una mañana de luz, como ésta, conocí a Berenguela. Me dominó la energía del espacio entre sus ojos risueños. En ese lugar reside el aura de la inteligencia.
Leyó por casualidad algunas de mis libretas y me dijo que me admiraba.
—Yo deseo casarme con una mujer que me admire.
Nada me contestó, pero me pidió más libretas. Cuando insistí, me dijo que me compadecía. Le llevé otros cuadernos, los más íntimos, diciéndole que quería casarme con una mujer que me compadeciera.
Tampoco respondió, sino que al mes, después de leerme, me dijo que me despreciaba. Contestéle que yo quería precisamente casarme con una mujer que me despreciara.
Por eso nos casamos.
En realidad, ¿qué otra cosa es el hombre, el hijo de Dios, sino un ser admirable, digno de compasión y despreciable?
Yo me admiro, me compadezco y me desprecio.
Hemos sido muy felices, ¿por qué?: porque nos casamos conociéndonos.
Tercera libreta
Estoy acostado sobre la tierra. Inhibiré todo en mí hasta que aparezca lo que deseo. No pensaré en nada. Silencio, silencio...
Pasa la imagen de una hermosa hembra por mi mente... Rechazo esa bella imagen. Pienso en el tranvía que laminó ayer a don Rafael... y sigue así la mente, titubeando en un enredo lleno de lógica...
Pero ya percibo que por mi pensamiento pasan tres seminaristas. ¿Por qué tan semejantes entre sí, en alma y en cuerpo? ¿Será la igualdad de régimen? Delgados y barrosos cuando adolescentes; pero gordos, caderudos e irregulares al envejecer, como la mujer que ha parido en abundancia.
¡Pero, no es esto! Si lo que deseo averiguar es de dónde proviene en Suramérica el tormento clerical:
Con los primeros conquistadores llegaron también los sacerdotes. Estos bautizaban a los indios en tropel; el conquistador les robaba el oro.
...Y después los quemaban vivos.
El mejor medio para asegurar la obediencia del indígena era haciéndolo católico e inculcándole la idea fija de que del cielo emana la autoridad del Rey. Por eso se llenó nuestra tierra, en poco tiempo, de comunidades religiosas.
A este respecto son muy hermosos los relatos de Bernal Díaz del Castillo.
El gobierno español les entregaba la tierra para que la explotaran, así como las almas, y los sacerdotes fomentaban la ignorancia porque ella favorecía su interés personal, al mismo tiempo que el del monarca.
Los padres Jesuitas escogieron la mejor parte: el Paraguay, lo más fértil de la Nueva Granada y California. Allí establecieron verdaderos gobiernos propios y, separando sus feudos con fosos para que no se acercaran ni los gobernadores, se dieron a bautizar. Por cada indio bautizado pagaban un peso al Rey, pero el neófito quedaba de su propiedad.
Consistió precisamente la desgracia en haber los Jesuitas escogido la mejor parte, pues las demás comunidades intrigaron hasta que el soberano en la mitad del siglo XVIII los expulsó de sus dominios. La orden de expulsión debían ejecutarla los virreyes y gobernadores sin pérdida de tiempo.
Esta expulsión ha dejado huellas en el alma suramericana. El día en que se efectuó, muchos recién casados (casados ese mismo día) al conocer la noticia se levantaron del lecho conyugal para ir a implorar por los reverendos padres al Virrey. ¡Sobre todo las señoras!
¡Cómo sería el imperio de los Jesuitas!
Ya sabíamos por monsieur de Voltaire que Candide, el gran Candide, llegó a la provincia de La Plata con la hermosa Cunegunda. Sabíamos que ésta fue raptada por el ardiente Gobernador de los ocho apellidos gallegos y que al llegar Candide al Paraguay fue recibido por los Padres Jesuitas. Sabíamos también que de una estocada atravesó Candide de parte a parte al célebre general, el Reverendo Padre, que era además hermano de la atormentada Cunegunda...
¡Cuán curiosa y verídica la América de Voltaire, tomada de los relatos de don Francisco Orellana, el explorador!
La historia de las muchachas aquellas, paraguayas, que se enojaron con Candide porque éste asesinó a los monos amantes, es muy real: así, ni más ni menos, es nuestra tierra.
Los Padres Carmelitas, Dominicos, Franciscanos apañaban descomunales pedazos de oro en ELDORADO. Vivían libres, porque la iglesia americana era independiente de Roma; las bulas papales requerían el visto bueno del Consejo de Indias, que tenía interés en que los curas fueran agentes de su dominación. Así fue como a nuestros ascendientes los fueron enseñando a otorgar sus testamentos con hermosos legados para conventos e iglesias. Una reacción (que se ha considerado como el súmmum del liberalismo) figura en el siguiente artículo de los códigos actuales: “Por testamento otorgado en la última enfermedad no puede recibir herencia o legado alguno, ni aun como albacea fiduciario, el eclesiástico que hubiere confesado al testador en la misma enfermedad, o habitualmente en los últimos años anteriores a su testamento, ni la Orden, Convento o Cofradía de que sea miembro el eclesiástico; ni sus deudos por consanguinidad o afinidad dentro del tercer grado”.
Pero a pesar de tanto Reverendo Padre, Suramérica no ha tenido Cardenales ni Santos, a no ser unos dos extranjeros medio nacionalizados a quienes no se les pide milagros ni se les quema velas... ¿y por qué? ¡Porque dudamos de nosotros mismos; porque creemos que sólo en ultramar pueden existir técnicos celestiales, de finanzas, de bancos y de agricultura!
Felipe III al Virrey de Lima escribía en el año de 1620, poco después del Descubrimiento, quejándose de que los conventos ocuparan allí más espacio que el resto de la población; y el cabildo de Méjico suplicaba al Rey que prohibiera allá la fundación de monasterios “por miedo a que las comunidades ya existentes se encautaran de toda la comarca”.
Siempre cuidó la Inquisición de que no penetraran las ideas nuevas en América; pero más cuando aparecieron los enciclopedistas. No llegaba hasta nosotros ningún libro sin que lo examinaran previa y cuidadosamente los tribunales de Sevilla y los Padres efectuaban inspecciones oculares rigurosas en las bibliotecas de los criollos.
¿Cómo extrañar, pues, el sabor a pecado que me deja la lectura de Voltaire? En mi alma encuentro todo el oscuro tormento de las amenazas y las prohibiciones. El espíritu de nosotros, los librepensadores, sufre el atavismo: somos libres, pero miramos la libertad como un pecado y como a éste la queremos. Tenemos la conciencia del pecado.
En mis cuadernos encuentro lo siguiente para explicar este delicioso enredo:
“Deseo librarme de la mala conciencia y para conseguirlo no retrocederé ante ningún método. Emplearé el psicoanálisis, el más moderno. ¿Por qué no filosofar, por ejemplo, en el excusado?... Esto que llaman pudor tiene profundas raíces atávicas. Es uno de los aspectos de la mala conciencia. El verdadero pudor consiste en la perfecta inocencia proveniente de la sabiduría. ¿A causa de qué acto comienza uno a existir? A causa de un coito. Ese es el acto primo, el acto causal de la existencia... ¡Y el niño mama y todos cumplimos fatalmente los imperativos fisiológicos! ¡Y de nada de eso se puede hablar ni escribir! Únicamente se puede hablar y escribir de dulzuras falsas, de sentimientos artificiales.
En la antigüedad no era así. En las tumbas se pintaban seres bellos y desnudos, falos, escenas de danza. Porque en el Occidente cristiano el noventa y nueve por ciento del vivir no ha sido literario”.
Mi alma es suramericana. En mí encuentro al conquistador, al indio, al negro y a los Reverendos Padres hermanos de la desventurada Cunegunda.
Recuerdo que mi maestro míster Reed se admiraba mucho de la tendencia metafísica de nuestra raza. Y Valery Larbaud escribió el diario de un viaje por Europa del millonario suramericano A. O. Barnabooth, de veinticuatro años, atormentado por encontrar lo absoluto hasta en las camisas de seda que regalaba a las muchachas. Es que somos complejos, un ensayo de la mezcla de todas las razas y en nosotros están latentes todas las supersticiones y tormentos místicos.
Indudablemente Suramérica, por su extensión territorial, por la hibridación étnica, por la riqueza y variedad de sus tierras y sus climas, está destinada a ser la cuna del hombre tipo y unificado, la gran democracia.
Si buscamos lo absoluto como el millonario Barnabooth es porque somos un gran ensayo sociológico y estamos desequilibrados. No hemos podido adaptarnos. En las demás partes los hombres están separados por su color y por su patriotismo. Aquí todos los días hay un cambio y un experimento. Si llevamos cien años de luchas y de tanteos, estériles en apariencias, es porque los grandes seres crecen lentamente.
Resulta, así, que Bolívar fue el que cumplió uno de los actos más trascendentales en la humanidad, lo cual se reconocerá cuando en los siglos se realicen los hechos. Se dirá entonces que el Libertador creó y dio carácter a uno de los capítulos más complicados y preñados de consecuencias en el desarrollo del hombre hacia su fin, que es la conciencia universal. Vendrá inmigración de todos los puertos, porque aquí hay tierra y riquezas y tendemos a la libertad, y se fundirán todos los organismos y aparecerá el verdadero hombre, EL GRAN MULATO ADAPTADO. Se fundirán todas las religiones y aparecerá una gran unidad ideológica, unidad de amor y de conciencia.
Precisamente durante mi permanencia en Estados Unidos admiré ese pueblo, pero concluí que allí faltaba maldad, la complicación psíquica. Recordaba allá que nuestras grandes llanuras son fértiles a causa de los miasmas, de la descomposición orgánica durante los inviernos, del resquebrajarse de la tierra en los veranos...
En la cama de la señora Willson concluí que el yanqui es un ser bueno y que, por consiguiente, no es una promesa...
La mala conciencia
Hoy entré a la Catedral a oír al nuevo Canónigo en su sermón de la tarde sobre María y sobre la madre. Todo lo dice con unción artificial, sin cambios en la voz casi melancólica.
¿Hay que enseñar al mono a querer a la madre? No. Sólo al hombre que la quiere y a veces la asesina; que la besa y a veces la golpea. El hombre es el animal que investiga, que aprende, a quien se enseña hasta el amor a la madre, pues no sabe quién es, ni de qué es e ignora lo que debe o no debe hacer. ¡El hombre no sabe ni cómo orinar! Hasta en eso hay materia de pecado, hay un enredo.
¡El pecado original! Moisés era la sabiduría suprema cuando escribió eso del pecado original. Si el hombre no cometió ese pecado, todo él es y vive como si lo hubiera cometido. ¿Por qué hay sobre la tierra un animal que ignora lo que debe hacer y que todo lo hace como si estuviera fuera de su medio? ¿Por qué hay en el mundo un ser que es una nota desarmónica en el armonioso conjunto? ¿Por qué hay melancolía en medio del soberbio equilibrio de las estrellas?... ¿Será porque el hombre es el hijo de la malicia?
¡Oh, Moisés! Tú, al crear tu hipótesis, revelaste que el hombre era para ti una inexplicable desarmonía.
La religión
Yo no soy irreligioso. El hombre es algo, es tolerable, por las religiones. Estas lo forman y lo ascienden. Entiendo por religión un ideal de conducta, por ejemplo un ser ideal (Dios) como modelo al que uno tiende a asemejarse. De ahí el control y la disciplina de donde va saliendo la obra de arte que se llamará EL HOMBRE. Hoy somos aún subhombres, monos pervertidos.
Al hombre no se le puede quitar la religión (idea de perfeccionamiento); el hombre es artificial, un ser relativo...
De ahí viene la tragedia de Nietzsche, el ateo, el solitario más solo. Comenzó al perder al amigo, al perder a su dios, que era Wagner. “¿Por qué soy todo luz?”.
El hombre al ascender se va quedando solo y al fin no le queda sino el amor a la grandeza. Pero no basta la grandeza abstracta, no personificada. Lou Salomé se asustó como un ciervo. ¡Pobre Nietzsche, creer que una mujer podía gozar en su corazón volcánico! El jesuítico Paul Ree se llevó a Lou Salomé.
El régimen nietzschano no era para ninguno. Hay que tener un dios concreto, un amor personificado. “¿Por qué soy todo luz?”. Todo amor, debió decir. Sus éxtasis eran como los de Santa Teresa. Pero su amor era abstracto. Lloraba cuando la visión del retorno eterno.
El hombre tiene que tener dios porque no es absoluto. Dios, encarnado en un amigo, en alguien que sirva de interlocutor y de escala. El hombre es el que da y recibe, el que cambia. “No es bueno que Adán esté solo”.
Lo que sucede es que la religión va ascendiendo con los creyentes. Quitadme mi religión y tendréis el animal inmundo en toda su desnudez. ¡Cómo brilla para mí esta verdad!
El Dios es el imán que extrae del fango al hombre. (Las metáforas son muy feas para un espíritu cultivado y lógico, pero ésta es regular).
Perdonad descendientes que leáis estas notas de mis breves días. Yo estaré entonces en corto espacio.
El dinero apenas es poderoso contra un tiempo no mayor de unos siete mil años. Por ejemplo, la familia X tiene en un mausoleo los fémures y los huesos secos de sus parientes de hace medio siglo. Si yo dejo riquezas a mis hijos, quizá mis fémures se conserven por algún tiempo. (Es húmedo el musgo de los mausoleos.)
¿Dónde estará entonces mi parte que desea oponerse a las pasiones furiosas?
¿Sabéis lo que pienso? Nos extraen un diente y... ¿qué importa dónde esté? Es tan ajeno al yo como la navaja o el lápiz. Lo mismo un pie amputado, o un brazo o una pierna. Pues morir no es otra cosa que extraer al yo todo del cuerpo. ¡Curioso! Trabajo de dentistería...
¡Si me hubiera ocurrido todo esto con la señora Willson, la hija de Mrs. Olcott!
* * *
(Perdone el lector pero en este punto la libreta de Lucas pierde su hilación. El hombre, y mucho menos Lucas, no tiene vida de libro. La unidad de una vida es apenas lógica y la unidad de un libro es casi siempre aparente. Sobre todo, los hombres de vida interior no pueden someterse a la forma didáctica. En fin, esto continúa como lo verá el lector).
* * *
¡Qué noches de luna! Son perturbadoras. En ellas y en las primaveras suben los vapores de la carne y nos obnubilan. Se gasta mucha fuerza en controlar.
* * *
Esta mañana mientras defecaba miré al cielo hermoso y azul. Me pareció percibir, intuí a los seres espirituales que compadecían al ser encarnado, al que, mientras defeca, mira para lo alto en busca de Dios; al que se harta de carne y llora; al hombre, el que está en disciplina.
* * *
Anoche fue luna llena. Llena también está la vida de misterios y por eso creo que no podemos juzgar la conducta de los hombres. “Yo soy el que hizo mis santos y yo conozco al primero y al último”. Dominando la energía nerviosa se puede curar todo desarreglo psíquico, evitar todo juicio temerario. No fumar; comer poco, frutas y yerbas. La respiración del hombre pasional envenena los conejos de laboratorio, nos envenena a todos.
A mí me ha envenenado el recuerdo del mayor Francisco de Paula Santander. ¡Qué horrible es el apasionado! Seré lento; sólo cultivaré la pasión necesaria para la idea.
* * *
Mañana cristalina. Mirando al cielo me he desintoxicado del Mayor. ¿Me impedirá este hombre escribir con amor la biografía de Bolívar?...
Miré al cielo: la luna menguante, pálida, me sonreía, o sea, la sinergia era tanta en mí, mis fuerzas eran tan armoniosas, que el conjunto universo me sonreía (Sonreír una cosa es una emoción de salud en el que contempla). ¡Oh, suprema ley, dame de tu bien: salud, energía, tonicidad! ¡Oh, sinergia de arco tenso y de color bronceado!
¡El universo es mío! No se lo pueden apropiar. Somos comunistas, ácratas. Los débiles y enfermos son los que creen en la propiedad ajena. Todo es del hombre que vive conforme a la naturaleza.
No corras, Lucas, hijo mío; no te dejes poseer por el deseo, ni siquiera por el deseo de bondad; no te dejes usar.
Ayer percibí que hombres y acontecimientos están buscando, atisbando al lento y al pletórico para entregársele.
La tierra está destinada sólo para la felicidad, y el hombre es el depósito del mal. Rumia esta verdad; las verdades se viven, pero no se demuestran. Por eso no es posible discutir sobre los bellos fenómenos de nuestra vida. Lo único posible es mostrar hechos del mundo físico. Nunca discutas acerca del espíritu; deja a cada uno en el lugar que ocupa, absorbiendo lo que pueda. La vida es una ascensión o un descenso, a la larga siempre un ascenso, y cada uno ocupa su puesto.
Que nada me importe, ni el placer, ni la salud. Perfecta indiferencia. Sócrates es un ideal. He superado ya muchas experiencias anteriores.
Hoy venceré la pereza |
¡Vencerse a sí mismo! Sólo sabe qué es esto el que lo ha vivido.
¡Qué me importa morir! (¿Cuándo podré decirlo con verdad?...).
El hombre no es el ser supremo: esto lo he vivido. El hombre es artificial: esto lo he experimentado. El hombre vive y obra como si fuera artificial.
¿Por qué el deseo de obrar? Me paseo y me atormenta el deseo de hacer algo. Vivimos de trivialidades; la vida es frívola. Los valores espirituales son muy pocos.
...Mala noticia tengo para mí: He vivido como no lo quería. ¿De qué sirve la mente dispersa? Ese es el motivo.
Lo inespacial rodea a lo fenoménico. Si no es así, ¿en dónde termina lo fenoménico?
Todos los días examinaré a ver si cumplí estas dos leyes:
- Ningún deseo vago.
- Ningún tentáculo de mi alma hacia afuera.
Como estoy abandonando al animal instintivo, me sobra mucho tiempo. La vida del hombre es paja; los oscuros instintos ocupan todo. Diariamente anotaré si he vivido según... (¿según quién, según qué?). Hace cinco horas que así lo hago, que vivo según un ideal confuso y me siento intranquilo. Todo en mí está intranquilo, ojos, oídos, olfato... Todos los sentidos son perversos. Por eso “la vida del hombre es disciplina”.
La gracia que nos viene de la creencia en un ideal más o menos confuso es lo que puede librarnos de los dispersos sentidos. Esa era, en resumen, la idea de Pablo (Pablo que se parecía tanto a mí en sus momentos de teólogo) en su epístola a los romanos. Tiene razón Pablo al creer tan bajo al hombre. Para él, solamente imitando a Jesucristo podría salirse de la grosería.
Lo importante es amplificar la conciencia, pasar de la conciencia orgánica a la conciencia cósmica.
* * *
Ayer noche sufrí; Lucas sufría. Era una tristeza sin causa. Creo que era el sufrimiento celular por la falta de café, tabaco, goce.
No quiero gozar (entiendo por gozar dar lugar a la emoción celular llamada satisfacción). Quiero sufrir para aumentar mi capacidad perceptiva. El sentido superador del sufrimiento es grande, y el poder destructor del goce es infinito. El goce destruye imperios y hombres, y el dolor los crea. El ritmo que preside la vida se compone de ascender por medio del sufrimiento y bajar por medio del goce. Yo quiero librarme de ambos: dolor y alegría. Librarme de la ley de crecimiento que preside todo lo humano. Hablaré muy poco; no reiré. ¿Para qué entregarme a la palabra? La risa es señal de que se goza.
¡Pobres pueblos americanos; pobre humanidad de hoy, entregada en brazos de la prostitución, el cine, el baile y el alcohol!
¿Dónde está el heroísmo?
Resumen de mis disciplinas:
Lucas camina despacio, pensadamente.
No fuma,
no bebe,
come poco, masticando bien,
casi no habla,
no comenta sus emociones,
reprime los ímpetus,
no envidia,
no se mete en donde no es su casa,
no odia.
Ama.
¡Pero qué ira la mía de ayer, sin causa! Era una ira latente. Me acosté y dormí cinco minutos. Eran la cinco y sólo terminó la ira a las nueve. Por dos instantes salió la ira al exterior.
Indudablemente el fin de Lucas es controlarse.
* * *
No temer. Esta es mi primera ley. Job dice que le sucedió lo que temía. Yo vi al General, a quien nada sucedió cuando recorría la ciudad durante la huelga, a pesar de que a los otros los apedreaban: era porque no temía. Temer es una gran debilidad. Si perdemos el miedo a la muerte, no temeremos, y para conseguirlo es preciso obrar de acuerdo con la conciencia. Precisamente este es mi gran defecto.
Leyes:
- Obrar de acuerdo con mi conciencia.
- Conciencia. No temer.
* * *
INDIVIDUALIDAD: Esto es lo que tienen los hombres de mando, los cuales pueden ser ignorantes, como el General.
INDIVIDUO es el que forma parte de la comunidad, es el que está completamente deslindado por cercos firmes de calicanto. ¿Qué son estos cercos? Son las ideas y deseos y odios y amores sólidos, rotundos, propios.
¿Y cuál es el hombre más individuo que ha tenido la tierra?: SIMÓN BOLÍVAR. Nadie influyó en él; era un gran centro de conciencia. Llegó a tener, no solamente conciencia continental, sino ratos de conciencia cósmica. La individualidad, en él, se percibe tan de bulto como la más alta montaña.
Los suramericanos apenas tienen conciencia fisiológica; no pasa de los vestidos, no irradia.
Napoleón tuvo una gran conciencia nacional, francesa.
El hombre que permite que otro se le meta en el subsuelo es un proindiviso.
La mujer individua es mujer bella. Todo ser individuo hipnotiza y atrae; hasta huele a individualidad. Por ejemplo, una mujer que pasó ahora por mi lado hizo saber que era bella sin mirarla y sentí que atraía mis ojos como si fuera un imán. Sin querer mirar sentí que esa mujer era un ser, que me atraía...
¡Cuán divino es el poder, la belleza, el espíritu, eso que se llama...! Su nombre no se ha inventado, pues apenas tenemos oscuras vislumbres de ello. Los yanquis lo llaman “it”.
Simón Bolívar embarga todos mis sentidos con sus emanaciones de individualidad.
* * *
¡Los libros! ¿Para qué comprar otro, si no he realizado en mí el que ahora tengo? Hay que realizar los libros, realizar en uno todo el universo.
Esta idea de realizar en mí todo el universo es muy importante y se me reveló en estos días. Por eso voy a realizar en mí, en Lucas Ochoa, a don Simón, uno de los seres que más participó de la divinidad.
¡Qué curioso que tuviera el nombre de la Santísima Trinidad, que es la realizadora!: Simón, José, Antonio, de la Santísima Trinidad. Padre, Hijo y Espíritu...
Para que haya acción tienen que existir dos personajes, por lo menos, y por eso el hombre solitario se desdobla siempre. Yo soy Lucas Ochoa, solitario, y por eso necesito un interlocutor: Bolívar Palacios.
¡Qué absurdo es leer en demasía! Los doscientos libros que están sobre mi mesa acerca del Libertador contienen ideas suficientes para realizar en muchos años. ¿Para qué nuevos libros?
Se es animal en cuanto se ama o se odia. El ser racional no teme, porque ni odia ni ama. Casi todo el tiempo soy digestión, pasiones y actos animales. ¿Qué me importan el goce y el dolor?
¡Sube, Lucas; asciende hacia la conciencia absoluta; asimila en ti a este Simón Bolívar que llegó casi hasta la conciencia cósmica!
* * *
Lo que mi mente creó se hizo realidad y existe, pues las cosas primero son y luego existen.
Venía delante de mí un señor Osorio, muy conocido en mi niñez. No podía recordar su nombre. Encomendé el trabajo a mi espíritu y, a los cinco minutos, sin haber tenido tensión, me dije: “El señor se llama Belisario”... Fue algo parecido a una frase ajena. El esfuerzo intenso es un absurdo, pues de donde no hay fuerza no puede sacarse. La fuerza que abunda obra por sí sola.
* * *
Vivo alegre.
Vivo sin odio.
Vivo en Simón Bolívar, asimilándome su conciencia cósmica.
No me importan los hombres ni las patrias.
Estoy entrando en reinos desconocidos y exclamo: ¡Qué divino es el destino de lo creado, mi destino! Percibir la belleza y poseerla.
No odio. Amo a los hombres en cuanto son bellos. Ansío la felicidad, no me enojo, no me exaspero y no me afano.
* * *
Y la sabiduría viene con la vejez. Esta es la hermosa e ineluctable ley: aprendemos la lección cuando se desgastó el vestido.
Don Simón estuvo montado a caballo durante treinta años, dedicado únicamente a la creación de hombres y de patrias.
...y en la autopsia encontraron que sus nalgas se habían convertido en dos callosidades.
¡Cuán hermosa, en este sentido, la vejez! Debe ella consistir en un cuerpo destrozado por la acción; en una gran luz interna; en una conciencia dilatada entre un cuerpo arrugado y terroso. Por dentro está el fruto de la acción y en el cuerpo la prueba de que se ha vivido.
En verdad, la juventud es una hermosa apariencia, pero en cuanto es prometedora. ¡Cuán estúpidos son los jóvenes! ¿Qué interesante pueden decir? Lo hermoso en la juventud es la promesa; todo lo demás es ignorancia e inocencia.
El desenvolvimiento de la conciencia, que es la verdadera sabiduría, se adquiere viviendo y no hay maestro que pueda enseñarlo.
El medio ambiente
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