Don Mirócletes

Fernando González

1932

A las ceibas de la plaza de Envigado.

Dos palabras

Me parece que a ninguno lo atormentó un personaje suyo como Manuelito Fernández a mí. Amargóme los días de mi primera visita a París, pues allá lo creé y llegó a estar tan vivo que me sustituyó. Casi me enloquezco al darme cuenta de que me había convertido en el hijo de mi cerebro.

Quise formar un personaje y rodearlo de gente y de vida observada hace tiempos. Me cogió la lógica que preside a la aparición de los organismos artísticos y casi me lleva a la locura. El 20 de agosto de 1932, a las once de la noche, entré al metro en la estación de la Magdalena, huyendo de una hermosa que me repetía: Pas cher! Pas cher! Quatre vingts francs avec la chambre..., y allá me sentí tan idéntico a mi personaje que lo oía hablar dentro de mi cráneo, y entonces terminé este libro sin que Manuelito se suicidara. Si se mata —me dije—, oiré que la bala rompe mis huesos y penetra en mi cerebro. Mi proyecto y la lógica exigían terminar con el suicidio. Pero fue imposible.

¿Cómo sucede esto? Yo no lo sabía antes. La creación de un personaje se efectúa con elementos que están en el autor, reprimidos unos, latentes, más o menos manifestados, otros. Durante el trabajo, la imaginación y demás facultades se concentran e inhiben los complejos psíquicos que no entran en la creación, y desarrollan, activan aquellos que lo van a constituir, hasta el punto, a veces, de que el autor sufre un desdoblamiento y la ilusión de haber perdido su personalidad real.

La creación artística es, en consecuencia, la realización de personajes que están latentes en el autor. Nadie puede crear un criminal, un avaro, un santo, un idiota, un celoso, sin que los lleve por dentro. Puede ser buena toda la apariencia de un artista y crear un monstruo. Pero ahí se traiciona, ahí confiesa... La observación no es bastante por sí sola para creaciones verdaderas; ayuda apenas.

¿Cómo puede ser que Manuelito esté en mí? ¿Si nunca he pensado lo que pensó, dicho lo que dijo y ni siquiera yo sabía que existieran tales pensamientos? Pues sencillamente —ahora lo veo muy claro— que estaba atado dentro de mí, dormido, con la boca cerrada, paralítico. Y no sé por qué se me ocurrió crearlo y se fue soltando y comenzó a pensar y a lo último me dominaba hasta el punto de que en París pretendió que yo fuera el paralítico y casi me hace suicidar. ¡Jamás volveré a efectuar estas experiencias!

Ya pasó. Esto lo escribo en Marsella. No quiero ver las pruebas del libro; no quiero leerlo. Eso no es mío, o mejor es la enfermedad que había en mi cerebro. Es un hijo mío monstruo. El editor me dice que es necesario quitar algunas palabras, frases y versos, y le contesto:

—Eso es de Manuelito y no quiere, desea hablar así, pensar de ese modo y hacer versos que parezcan hongos venenosos.

Pocos libros tienen tanta vida; pocos tienen personajes que vivan independientemente del autor. Como creación, es la obra mía que más me agrada. Pero no quiero leerla porque sentiré que soy Manuelito y deseo olvidar eso tan horrible.

También en San Francisco estaban Pedro Bernardoni, el lobo y los ladrones. Por eso era tan humilde. En el más santo está el asesino, y ¿qué no habrá en mí?

Lo mismo sucede en la vida orgánica, que de padres buenos salen pícaros y de bellos salen monstruos, y a veces, como hermanos, un pillo y un santo.

¿Cómo podrían aparecer, si no estuvieran en los padres? Hay muchas posibilidades en cada uno y el secreto del arte consiste en darles realidad. El valor de la obra se mide por la vida que adquiere la posibilidad que había en el artista.

Y si esto es verdad, mi libro tiene algún mérito, pues una noche en París, hace doce días, gritaba en mi dormitorio, invocando a mis buenos padres, que están en Colombia, para que me defendieran del monstruo Manuelito Fernández.

Por eso le dije al editor que no podía suprimir las palabras vulgares ni los versos negros, y ahora lo repito a mis lectoras. ¿Habrá lectoras para este libro?

El editor me decía con mucha prudencia:

—Suprímale esos pequeños lunares, pues quién quita que algún día la gloria...

Me tentó. Al oír la mágica palabra se me apareció el busto de Verlaine en los jardines del Luxemburgo; se me presentó su gran cabeza deforme en donde siempre está posada una paloma: LA GLORIA. La mía será en Envigado, en el jardincito al frente de la iglesia en donde me bautizaron, entre las ceibas de la plaza, y será un afrechero que se posará en mi cabeza deforme también... Pero a pesar de todo, a pesar de la gloria, no puedo suprimir una sílaba.

¡Ojalá que algún día me dé a crear al santo que está dormido en mí, y entonces... pero hoy no insistan, queridos editor y lectoras!

F. G.

Marsella, 11 de septiembre de 1932
Villa “L’Espérance”, avenue Bonneveine, 63 bis

— o o o —

I

Líneas autobiográficas

Nací en Bello, población de Antioquia, departamento de Colombia, en 1895; nací con tres dientes y mordí a mi madre, que murió por un cáncer que se le formó allí. Nací con dientes porque mi padre era alcohólico, y eso hace madurar pronto. En todo me he adelantado, pero soy niño en dejar de fumar y beber: llevo la cuenta y he comenzado trescientas siete veces a dejar los vicios. Una vez los dejé durante un año. Así, yo soy un técnico en métodos para curar de la nicotina y del alcohol. Ahora veremos. Soy un eterno estudiante.

Primer método

Dejarlos poco a poco y tomar purgantes durante el régimen para lavar el hígado y las otras vísceras.

Al amanecer se tira uno de la cama y se va desnudo para un espejo de cuerpo entero; se pone los dedos índices en las sienes y se dice:

“Fernández, ahora ya se hace la paz en tu cerebro; ya va circulando la sangre acompasadamente. Por lo mismo, estás concentrado. Cuando hay muchos esbozos de ideas, la sangre corre; pero cuando la mente está lista para un gran propósito, para un esfuerzo solo, grande y duradero, la sangre... ¡Ya estás! ¡Cuán fuertes tus ojos! Oye: aquí tienes este paquete de cigarrillos y esta botellita. Es lo que puedes fumar y beber hoy. Por consiguiente, demora el comenzar...”.

A los dos días se disminuye la dosis. Así se continúa.

Segundo método

Ante el espejo: “Fernández, ¡cuán asquerosos este cigarrillo y este aguardiente, uf!”. (Se hacen esfuerzos para vomitar. Este método se llama autosugestión mimética).

Tercer Método

Dejarlos de una vez, y siempre que venga el deseo ir hacia el espejo y tener un monólogo: “Tic, tic... Oye, Fernández, cómo va el reloj; acuérdate que el placer pasado es doloroso, y que todo es pasado, o va a pasar ya, ya. Todo pasa, todo pasa...”. Y, si aprieta el deseo, ir haciendo el vacío mental poco a poco hasta dormirse. Durante estos sueños, la subconsciencia trabaja. Lo malo está en que hay que pasar el día en el espejo, pero ¡acordarse de que todo triunfo facilita el siguiente, en la guerra con los hombres y consigo mismo!

Fisiología del deseo de fumar y de beber

Yo quiero fumar. Yo quiero beber, ¿Qué significado tienen estas frases? Que el conjunto de células que forman el organismo se ha habituado a vivir en un medio formado por alcohol y por nicotina. Cada célula necesita de esos ingredientes, y el conjunto de sus necesidades se sintetiza en la palabra yo. La necesidad de beber se manifiesta a la conciencia en forma de sequedad de la garganta, y la de nicotina, en forma de fiebre en las venas, irritabilidad nerviosa y ruidos arteriales en la cabeza.

De lo anterior se deduce que el mejor método es el gradual: reglamentar el vicio en escala descendente y tratarse mentalmente por medio del espejo.

Hay muchos otros métodos, pero no puedo ocuparme ahora de ellos.

¿Resultado? Ningún resultado he obtenido. Cada vez, en cada derrota, queda más débil mi poder afirmativo, mi voluntad. Pero es que a mí me ataca la tentación de un modo sui generis: cuando la garganta se pone seca o la sangre hormiguea, y estoy en lo más recio de la lucha, se me aparece la imagen de mi madre y me dice: “¿Qué podrá ser el hombre que mordió a su madre, el niño alcohólico que nació con dientes?”.

El cine

Mi pasión es el cinematógrafo. Allí está mi iglesia. Cuando veo a un actor, a una bailarina, a un artista del gesto, salgo transformado. Mis amigos creen entonces en mí. Salgo con la chispa en los ojos, con los músculos tonificados. ¿Qué pasó? Que nació la decisión, y nada es más bello que el cuerpo de un hombre decidido. Mi espíritu, hundido en mi cuerpo alcohólico, salió a bañarme, así como el sol. Al decir actor, bailarina, artista, les doy su magno significado. No hay regulares, pues no lo son.

Por ejemplo, veo una cara llena y resuelta que hace el papel de hombre bueno, y me sube una decisión firme: “Seré un hombre grande, artista, actor, escritor, alguna cosa, pero perfecta...”. Y así comienzo mis regímenes, hasta que mi voluntad de hijo del alcohólico Mirócletes se cansa...

La grandeza humana

Por eso nadie ama la grandeza humana como yo. Cuando veo un hombre grande, mis ojos se dilatan: generalmente los tengo alargados y parecen dos grandes cortadas. Mis amigos dicen que en ciertos días, al salir del cine, mis ojos tienen una belleza prometedora.

Cuando oigo que hay un gran hombre, o cuando leo algo sobre ellos, dejo de fumar y beber durante ocho días.

Ahora me voy en busca de Simón Bolívar. Un régimen venezolano de dos meses, ¿me dará resultados?

Esto es, amigo, lo que puedo decirte acerca de mí, para que te expliques mis conferencias, que taquigrafiaste, y mis teorías psíquicas y políticas que tanto te gustan.

— o o o —

II

Conferencia en Bogotá

Trataré de la personalidad. Trataré duramente, porque yo quiero ser hombre duro y que mi Colombia lo sea. Lo dulce, la literatura, es de mujeres. Quiero ser duro, porque en realidad soy blando. Odio la literatura, porque en realidad soy poeta alcohólico e inconexo; yo nací con dientes y mordí a mi madre, que murió por eso. Colombia es dulzona, rábula, poetisa, alcohólica, nació con dientes y mordió al hombre duro, a su padre don Simón Bolívar. No me perdono esta imagen, digna de un bogotano, señores...

La personalidad es el conjunto de modos propios de manifestarse el individuo. Aquello que se manifiesta se llama individualidad. Siento vértigo de grandeza humana al contemplar lo perfecto de esta definición.

Yo tengo un primo que lee las novelas al revés, comenzando por el último capítulo, con el propósito de imaginar de qué comienzos pudo resultar ese fin. Este primo tiene per-so-na-li-dad para leer.

La individualidad es lo que se manifiesta: es igual en todos, pero más o menos dormida a causa de embolias psíquicas, como, por ejemplo, la herencia alcohólica.

Este estudio es de suma importancia. Eso que llaman algunos garabato, gancho, y que los yanquis llaman it, es la personalidad. Desde tiempos remotos, desde que el hombre existe, la ciencia ha querido robar a la naturaleza el secreto de la personalidad. Los yanquis escriben y escriben acerca de ello. Hasta el zapatero más desgraciado se cree con derecho.

Lo que llaman buenas maneras son los modos propios de obrar los grandes hombres. Al verlos, fueron anotando: “Se debe caminar así, etc”. Un gran hombre comía cogiendo la cuchara con el asa sobre el dedo índice, falangina, y debajo del pulgar, y apuntaron: “La cuchara...”. Las buenas maneras son los modos de obrar las individualidades fuertes. Advierto que en el curso de esta conferencia los términos personalidad e individualidad serán sinónimos.

Yo, señores, conocí al padre Elías, que usaba un pequeño sombrero; era un gorrito sobre su gran cabeza. Fue la primera vez en que vi cómo una prenda de vestir, fea de suyo, se hacía bella por la personalidad. El alma del padre Elías irrigaba el sombrero, echaba raíces en el sombrero. ¡Cuán bello iba el jesuita! Sentí deseo de usar un sombrero así... ¡Terrible error que todos cometemos! Lo bello es la individualidad, el soplo divino que al manifestarse por modos propios embellece todo lo exterior. En mi niñez leí que el poeta Byron se emborrachaba en sus banquetes hasta caer debajo de la mesa, y tal era la personalidad del inglés que eso parecía bello y durante un tiempo me emborraché hasta caer debajo de la mesa. Todos hemos caído en estas equivocaciones. Respecto de mi experiencia, os diré que mis parientes me sacaban de debajo de la mesa con ascos y desprecios. Entonces comprendí que era la grandeza de alma la que embellecía todo lo exterior, incluso los vicios. Cuando un joven comprende que el secreto no está en lo que haga, en lo que diga, en el vestido, etc., sino en la energía interior, está maduro para la filosofía. Os diré que una vez Tito Salas, que deseaba agradar al general Castro, le dijo: “¡Qué bello ese sombrero de Panamá! Ese sombrero es el que le trae a usted la buena suerte”. “Un momento —contestó Castro—: yo soy el que le trae suerte al sombrero...”.

Por lo tanto, señores, no creáis que por aprender los tratados de buenas maneras, por vestiros a la moda, seréis bellos o grandes. El secreto está en desarrollar la personalidad, y, una vez desarrollada, todo lo que hagáis será bueno; vosotros seréis entonces los creadores de lo bueno, de lo bello, y cualquier cosa que hagáis será buena...

A esto he venido a Bogotá. A deciros que Suramérica es como el joven que pretende hallar la grandeza en los modos de manifestarse el padre Elías. Y el jesuita, para Suramérica, es Europa y son los yanquis. ¡No tenemos personalidad! Creemos que esto será un gran continente el día que bebamos whisky, el día en que adoptemos las inversiones sexuales de allá, el día en que hablemos inglés o francés, el día en que nuestros pueblos se rijan por leyes europeas.

Ya dije que la individualidad es igual en todos, que en aquellos en quienes está dormida es a causa de embolias anímicas. Este concepto de embolias anímicas es creado por mí, y es esencial. Veamos una: yo bebo y fumo, y cuando estoy logrando vencer estas necesidades, cada una de mis células grita: “¿Para qué atormentarte? ¿Qué objeto tiene la vida?”. Pero ese grito se extiende por todo mi ser, ocupa mi personalidad, poco a poco, hasta hacerse dueño de todo el campo mental y ser invencible, eternamente invencible. La embolia consiste en que soy hijo de Mirócletes Fernández, alcohólico desde niño, que heredó de su madre un pequeño rayo de voluntad para la vida bella, pero de mi abuelo la tendencia alcohólica; mi padre hizo muchos y pequeños esfuerzos por salir de su vida viciosa, y siempre fue vencido; vivió siempre en el remordimiento de las caídas y me transmitió el convencimiento celular de la derrota; así, cuando mi amor por la belleza y grandeza humanas, que me acomete casi siempre en el cinematógrafo, al ver un actor de gesto fuerte, me hace aparecer en los ojos la chispa divina heredada de mi madre, y mis entrañas se conmueven al pensar en mi futura grandeza, corro al espejo y me aconsejo a mí mismo y adopto un método para salir del vicio: durante dos o tres días mi cuerpo es bello, todos me aman, parece que a todos les hubiera hecho un regalo o los fuera a emplear. La vida comienza a parecerme un paraíso...; pero las células principian a gritar, a exigir las sustancias en cuyo medio han vivido, y la nube de tristeza va aumentando, va cubriendo mi campo mental, así como el vapor de agua se va condensando en negro nubarrón hasta cubrir todo el cielo; mi cuerpo se pone fláccido; hablo y no me oyen; ordeno y no me obedecen; entro y no me ven... “¡Estos malditos criados se burlan de mí!”. Corro a mi cuarto y voy al espejo para aconsejarme, y de repente se me aparece Mirócletes, o sean todas mis células envilecidas, y oigo un solo grito: “¿Para qué luchas? ¿Existe acaso Dios y te ha encomendado alguna labor? No te atormentes, fuma y bebe, pues naciste con dientes y mordiste a tu madre, y la mataste: eres el fruto que maduró antes de tiempo, el hijo de Mirócletes Fernández...”. Ahí tenéis, señores, lo que es una embolia psíquica. Pido excusas a mi ideal por la forma literaria del párrafo anterior, pues me exalté. Mirócletes era abogado y tenía un estilo florecido; fue compañero de parrandas del indio Uribe, y vivieron insultando a los gobernantes en una literatura de irritación meníngea. El párrafo anterior tiene forma hereditaria.

Otra embolia psíquica. Muchas veces me voy detrás de la gente para observarla, para buscar embolias. Cierta vez me fui detrás de un negro joven y gordo. Caminaba moviendo los brazos únicamente del codo a la mano. Me fui yendo e intuí el origen de ese caminado: era una embolia psíquica, a saber: un abuelo de este negro tuvo amores con una abuela de este negro, y un día, detrás de un barranco..., y en esas se asomó por allí el amo del negro. ¿Comprendéis? Toda timidez, toda traba en la manifestación de la individualidad tiene su explicación en las embolias. ¿Cuánto me irá a dar el Gobierno de Bogotá por este descubrimiento?

Pues bien, Suramérica tiene grandes embolias que le impiden manifestarse, aportar algo al haber de la humanidad. La gran embolia, que las explica todas en nuestro continente, es el hecho de que fuimos descubiertos... Cristóbal Colón es el Mirócletes de América. Porque fuimos descubiertos, por eso no más, resultó que nuestros padres, los aborígenes, vinieron de Asia. Si nosotros hubiéramos descubierto a Europa, los europeos habrían ido de Venezuela, de Colombia o de México. Porque nos descubrieron, todo lo nuestro es malo y lo europeo es bueno. Por eso son buenos los Congresos, y eran malos los Gobiernos patriarcales que teníamos. Eramos buenos amigos y enemigos buenos. Los Pizarros impusieron su moral: bueno es engañar... Continuad vosotros, queridos bogotanos, el desarrollo de esta tesis; yo no soy maestro de escuela; algún esfuerzo debéis hacer vosotros, y sobre todo no hagáis más sonetos, cerrad el Congreso y preferid vuestras mujeres a las europeas que vienen por el Canal de Panamá. Parece que Panamá esté destinada, desde que fracasó el sueño de Bolívar, para ser el lugar y el canal de toda la bajeza extranjera... ¡Es tierra de latrocinio!

Ahora, ¿cómo se consigue manifestar por canales abiertos, sin embolias, la individualidad? Mediante métodos. Yo soy el hombre destinado para hablar de método. Cuando pronuncio esta palabra, salta dentro de mí el alma, así como el feto en la preñada. ¡Qué bello y qué raro; pero cuán lógico: Fernández, el de las embolias, el que no tiene personalidad, es el nuncio de la personalidad y el destructor de las embolias! Es porque nadie en la tierra aborrece a otro como yo aborrezco al hijo del alcohólico Mirócletes, al hombre que nació con dientes, como fruto madurado en alcohol, y que mordió a su madre en el pezón izquierdo...

El hombre ha vivido en la miseria y el vicio, ha abusado y corrompido todos sus sentidos y músculos; ha logrado hasta convertir la boca en vulva, hasta sentir placer en los hedores de la putrefacción. El hombre es hijo de Adán y éste era Mirócletes en el paraíso. Somos un enredo de embolias, semejantes a ovillos de hilo cuando un niño juega con ellos. Y resulta que nuestra bella individualidad no puede fluir por esos canales obstruidos. Hoy día, el hombre no manifiesta sino los vicios, las formas viciosas de obrar, y su alma está oculta, en espera de un libertador. El caso del hombre es el mismo de Manuel Fernández.

Nos libertaremos por medio de los métodos. Sométase cada cual a una disciplina; yo no deseo imponer las mías; las cuento como ejemplo. Método es modo de hacer una cosa. La virtud del método está en él mismo, en obligarse uno a vivir de un modo que no sea el heredado, aquel a que acostumbraron nuestras células los antepasados. ¿Qué me importan los antepasados? Yo debo autoexpresarme. En los actos a que estoy habituado se manifiestan Adán, Eva y Mirócletes Fernández; ahora me toca a mí. Por eso voy a darme un reglamento para hacer las cosas, aunque sea absurdo, aunque sea rezar el Padrenuestro al revés. Mi objeto es destruir en mí la costumbre, y, cuando lo haya logrado, mi alma se aparecerá y tendremos un niño nuevo, una danza nueva, y no estas eternas cosas viciosas, heredadas, imitadas. ¡Cuán terriblemente perjudiciales y necios son los descendientes de los grandes hombres: no hacen nada; están ahí como retratos, haciendo caras y esperando que la gente vaya a conocerlos...

Un día, al salir del cine, sentí y escribí lo siguiente:

“He tenido el premio de un ritmo lento, las ventajas de la mesura y de la propia posesión. A medida que practico este ritmo, voy siendo dueño en mí de todas las cosas buenas; ya comienzo a ser muy feliz y percibo a diez pasos la suprema felicidad que me abrasará cuando me posea totalmente.

Quizá yo pueda anunciar al hombre un paso nuevo, una danza novísima. Quizá pueda suceder que yo sea un anunciador.

A juzgar por las alegrías espirituales que amanecen en los días de mis treinta y seis años, un niño nuevo y risueño pisará otra vez la hermosa tierra, esferoide y tibia. Un ruido alegre de cascos hiere mi oído”.

Como veis, señores, el cinematógrafo, con sus novelas en que triunfa el bueno, ejerce sobre mí un poder excitante.

Mis métodos consisten en un gran cajón de fórmulas. Por ejemplo, irme yendo (notad la belleza de estas dos inflexiones verbales: el verbo ir en infinitivo reflejo y en gerundio, indica lentitud y voluntad de irse; irse es ir con toda el alma. Por ejemplo, si me insultan en mi patria y me voy disgustado, digo: “Yo me voy...”. Pero un agente viajero que va para Venezuela, dice: “Voy a Venezuela”); en irme yendo, repito, para Venezuela, la patria del Manuel Fernández que deseo llegar a ser. Venezuela es la tierra de Bolívar y todo suramericano es venezolano. Irme yendo para allá, en busca de Bolívar, la única energía del continente. Es el único americano que dominó a los extranjeros, que tuvo orgullo territorial y una concepción propia de gobierno. Me iré y en todo río me desnudaré y cogeré de sus arenas tibias y me las restregaré en mi vientre para asimilarme energía cósmica y curarme así la parálisis de un segmento intestinal. Dormiré a la sombra de todo árbol apacible, y tendido boca arriba soñaré con la figura y modos del Fernández futuro, chorreante personalidad. Buscaré así mis universidades en Suramérica. Libertador no significa, ni Bolívar lo entendía así, aquel que suelta las pasiones de la canalla, sino el hombre fuerte en cuya presencia sentimos que la vida es hermosa: todo aquello que nos estimula, aquello que nos liberta de nuestras limitaciones y embolias es libertador.

Estáis oyendo la confesión del que busca vitalidad. Voy a leeros, de mis notas diarias, las siguientes:

10 de marzo de 1931. —Me admiro de mi cobardía. Anoche resolví vivir moderadamente. La resolución era vivir moderadamente. La resolución era firme, pues necesito comer, beber y fumar moderadamente. Tengo ardores estomacales.

Ahora, a las nueve de la mañana, ya bebí aguardiente y fumé cuatro cigarrillos. Así no voy a ningún nirvana. La mixtura de sangres me hizo débil; tengo treinta y seis años; me faltan catorce para morir. ¡Un bachillerato! Ya puedo medir mis años probables por un bachillerato. ¡Qué terrible! Y, ¿qué aprende un hombre en catorce años? ¿Qué puede hacer un hombre en catorce años, los últimos, aquellos en que la sustancia nerviosa está degenerada y no reacciona? Porque yo soy prematuro y no pasaré de los cincuenta; los Fernández mueren pronto.

En consecuencia, resuelvo: para gozar y ver panoramas nuevos, seré desde ahora, nueve en punto del día 10 de marzo de 1931, un pequeño héroe, un pequeño hombre virtuoso. El método para conseguirlo: apenas me acometa una debilidad, apenas me susurre al oído los sofismas de ‘¿qué importa?’, ‘no te atormentes’; apenas grite y babee una debilidad, cogeré este libro de mi vida y paladearé las dulzuras y consecuencias de mi futuro heroísmo. Diré: ‘Cuán bello este heroísmo oscuro, familiar, consistente en no comer sino por ordenación y medida; en no pensar sino en lo que me ordeno; en no hacer sino lo mandado por el general en jefe de mi cuarto’. El general en jefe es esta lucecita que titila dentro de mi corpachón, dentro de mis huesos, músculos y vísceras alcohólicos... No será vida virtuosa y heroica como para que hablen de ella en los periódicos, ni para merecer que guarden mi pelo y cartas y me hagan estatuas, sino para que muera serio (sin mucha seriedad tampoco), sin palabras jocosas y sin pánico.

Porque si muriera hoy, sentiría que tengo un saco de tierra que me dobla y me contrae el gesto. Tal como estoy viviendo, llevo un guarniel como el del antioqueño, lleno de uñas, mecheros, piedras, centavos y mugre...

Yo sé todo eso de que el ‘el hombre no es libre’, ‘no tiene la culpa’, ‘Dios no lo ha de castigar por ser como es’, etc... Pero el hecho evidente es que uno se critica, es un juez que habla recio y dicta la sentencia siempre que ocurre algo grave, como una muerte de un ser próximo, un rayo en el iglesia de San José o un viaje por caminos oscuros. El hecho es: uno vive y se juzga como responsable de sus actos; no importa que razone cien años en contra; y antes de morir hay un instante en que uno se juzga definitivamente. Yo soñé que estaba agonizando y que me juzgaba. Me dirán: ‘Eso es un instante’. Un minuto, psicológicamente, no existe. Si uno está gozando, los días son nada; si está sufriendo, un segundo son siglos. ¿Quién no ha esperado a la mujer deseada que prometió ir, o no ha esperado, enfermo, a que amanezca?

Seré un obsesionado de mi idea. De este libro no me separaré. A él correré siempre que esté débil y diré: ¡Ay, ay, mamá, madre, mamá, socorre al fruto de tus entrañas, al alcohólico Manuel, a quien persigue una fiera!

Y también gritaré: ¡Venga, venga el padre que me creó, el formidable Mirócletes, que me persigue una debilidad y no quiero que se aumente el plato de la balanza en que van mis pecados!

Ayer le di 0.05 a una mujer, a pesar de que mi tío Abrahán hace tres meses que no me da la renta, y dije: Oiga bien, usted, juez, conciencia que se ha de sentar al borde de mi cama dentro de catorce años o antes a hacer cuentas y liquidarme: No olvide el sacrificio de estos cinco centavos.

El criterio es muy seguro. Lo que me deje contento después de hecho es bueno; viceversa, es malo. A lo que me sienta impulsado por costumbre ancestral, es malo; es bueno lo que perciba como tal mi razón, el hijo de Julia Uribe, sin que atienda al gusto del niño de los tres dientes... Yo soy malo, pero en mí hay otro que sabe cómo debe manejarse el bueno.

Los hechos que me han conducido a esta resolución: a), mis experiencias anteriores, olvidadas aparentemente, pues la vida es unidad lógica; b), la muerte del perro de Jorge; c), la agonía de Epaminondas; d), mi madre, que vive en mí, y la parte mala de mi padre, que se hipertrofió en mí; e) un amanecer en que desperté como si hubiera tenido una conferencia con uno ya muerto; mi alma despertó como si la hubieran convencido. También influye la creencia de que tengo un cáncer en el duodeno.

En fin, este libro es para mí. Las palabras serán únicamente las que expresen mis ideas: libro duro, de regímenes, no es para que me admiren. Es un cuaderno en que llevaré mi contabilidad, en donde cantaré mis triunfos y lloraré mis derrotas.

Mi primo Ramiro, un niño de cinco años, puso flores al diablo en un rincón de la casa ‘para que no lo vaya a quemar mucho en el infierno’. Yo también quisiera comprar al juez que se sentará al borde de mi cama, veinticuatro horas antes de expirar, un día de estos catorce años siguientes, a liquidarme: 1931 + 14 = 1945. Entre 1931 y 1945 está ese día. El sol saldrá o nublado o brillante. Las mujeres cuchichearán, y, como no han tenido tiempo de bañarse y componerse, olerán mal; mi agonía y muerte aterrarán a mis amigos y parientes; tendrán la boca seca y al otro día estarán persiguiendo a las cocineras. Así es la cosa.

Ayer me gustó mucho José Emilio, mi primo médico, porque me dijo que moríamos generalmente como nacíamos, inconscientemente. ¡Eso es! Que la vida mía en Medellín sea como una preñez y que me paran... Pero es claro que mi debe, mis pasiones, mis impulsos, deben saldarse. ¿Cómo diablos podemos ser iguales Santa Teresa y yo? No creo en el infierno, sino en la ley de causalidad, que es peor. ¡Yo seré mi hijo, o sea Manuel Fernández, que evoluciona hacia Dios, pero tan lentamente!...”.

En fin, algún día publicaré mi diario y se podrán ver todos mis métodos.

Para terminar os diré que espero encontrar en la sinergia glandular del general Gómez, Presidente de Venezuela, en su mano fuerte y peluda, un estímulo.

Tengo esa esperanza porque hasta hoy no he conocido hombres, sino pedazos de humanidad, cabos de hombre, y sólo en el cine he encontrado estímulos. Un hombre grande, vivo... Vivir un mes al lado de un hombre de voluntad, ¿no me servirá para librarme de las embolias, para olvidar que nací en alcohol y con dientes, y que mi padre escribía con el indio Uribe literatura meníngea?

* * *

Esta conferencia me hizo admirador decidido de Manuel Fernández, mi paisano. En Bogotá convinimos todos los letrados en que se trataba del gran psicólogo de América. Fui a visitarlo. Lo encontré borracho y fumando. Le manifesté mi admiración: “Usted, en el tablado del teatro, parecía un poseso, un fundador de religión; si yo pudiera, lo seguiría a usted en su viaje”. Estas frases le disgustaron, me cogió del brazo, y, llevándome al balcón, me dijo:

—Yo soy un esbozo de hombre, bebo y fumo. Sólo por días, después del cinematógrafo, soy una lejana promesa. Mire cómo se pone el sol, solemne y lejano; bello por solemne y lejano. Estos criados no me oyen; por el teléfono no me entienden cuando fumo y bebo; parece que mi voz saliera muerta. Cuando salgo del cinematógrafo, todo es fácil. La vida se echa ante mí como pava en celo. Las mujeres me sonríen. Pero después todo se va alejando; y entonces, las mujeres bellas a quienes desprecié durante mi grandeza, porque durante mi grandeza soy casto y duro como una definición bien hecha, huyen de mí y yo las busco. Y apenas éstas me desprecian, busco a las sirvientas del hotel y huyen horrorizadas; y bajo hasta las putas, y me tratan con apresuramientos. Y entonces me hundo en la suciedad, y apenas estoy ahito y herido me voy al cinematógrafo, y al ver una cara enérgica, una bailarina que baile con el alma en las piernas como alas, alcanzo a ver allá en el cielo a mi espíritu lejano y solemne y siento lo bello de la vida, y lloro, y se iluminan mis ojos, y doy conferencias acerca de las cosas que yo voy a hacer y a ser, y se renueva el ciclo... ¡Cuán bella y cuán fea es la vida! Me iré contigo a Venezuela.

— o o o —

III

Infancia de Fernández

En la carretera que conduce de Medellín a Girardota, cerca de Bello, hay una casa vieja. Las puertas parecen de tablas de ataúd, según se las comió el tiempo, el viento, el sol y la luz. Es una casa pobre. En las tablas de una de sus ventanas se lee lo siguiente, escrito con lápiz y muy borroso: “El 24 de abril de 1905 murió el ternero de Manuelito”. La letra es infantil, y el sentimiento que trasciende de la casa abandonada, las puertas decaídas y el letrero, es metafísico. Cuando leí eso, me quede en el silencio de la carretera, mirando a los cañales del río Aburrá, como en éxtasis. Yo andaba reuniendo datos acerca de Manuel Fernández, con quien partía para Venezuela, “en busca de estímulos vitales”.

Allí nació Manuel, en 1895, a las tres de la mañana, con dientes, o sea el filósofo de Suramérica y de la personalidad.

Tenía Fernández, cuando escribió eso, siete años. Fue lo primero que escribió. “El 24 de abril de 1905 murió el ternero de Manuelito”. Nótese, como lo dice él, que en el hecho de llamarse a sí mismo en diminutivo revela su falta de dureza, de firmeza de voluntad; se revela que mordió a su madre y que no tuvo sus cuidados y que el ebrio de don Mirócletes lo abandonó al trato cruel del tío materno, Abrahán Urquijo.

El hecho de morir el primer ser querido lo dejó aterrado y grabó la fecha. No hay ahí ninguna consideración expresa: es la constancia de un hecho; pero tácitamente dice el deseo de grabar el dolor en el tiempo y el espacio. Comentando esta frase, me decía Fernández:

“Es una frase sencilla de niño y me sucede ahora con ella exactamente igual a lo que me pasa con Emerson o Carlyle: que no puedo leerlos, porque cada proposición repercute en mí, en serie de ecos espirituales..., como si yo fuera un atambor y ellos fueran bolillos.

Poco importa, para lo trágico del dolor, que el primer ser querido que muere sea la madre o el animal doméstico, pues lo esencial es que ese primer dolor es el que nos libra, en poco o en mucho, de las apariencias y nos hace anímicos. El mundo de los sentidos es una apariencia desvaneciente, y detrás está la esencia, dice el que se hace filósofo con el primer dolor. A costa de lágrimas es como se intuye a Dios. Así, yo perdí a los siete años un ternero en quien había puesto mi amor filial, y escribí una frase sincera y profunda. Todo lo que brota del alma tiene necesidad de expresarse, ya sea en el gesto, ya en la actitud o con tiza, sobre las puertas. Y mira lo que soy yo. Durante mis euforias, cuando salgo del vicio, cuando saco a la luz mi cabeza, así como aparece la lombriz cuando se levanta el cespedón, me veo un hombre frío, controlado, capaz de todo, y he soñado que mi biógrafo, el biógrafo del Fernández que deseo ser, escribirá: Me admiro de que Fernández, a quien vi vestir el cadáver de su padre con la misma sonrisa con que miraba los árboles, a los cinco años diera ese grito doloroso por la muerte de un ternero. ¡Cuán bella es la filosofía, que hace a los hombres inmutablemente dulces y tolerantes! Tan grande fue su reacción por la muerte del ternero, que se desprendió de las apariencias. Este niño sería el que después me habría de recordar lo que dice Jenofonte de Sócrates: “Ninguno gustaba más de la belleza y ninguno se apartaba más fácilmente de los seres bellos”.

* * *

En los cuadernos de Fernández encontré esto:

“El 24 de abril murió el ternero de Manuelito”.

Si esta frase tiene ecos en mí, debo analizarlos:

1º. Ternero. Tierno. Los ojos de un ternero mamón son el círculo de la divinidad. Sus correrías en el espacio de cien metros de prado, alrededor de la vaca, son gracia. Ahí se forma y refresca el concepto de gracia. El olor de su vaho es el concepto de leche y de campo durante la mañana. Semejante a un ternero conozco apenas un burro y un ratón recién nacidos. Pues yo tuve mi primer amor por un ternero. Ahí revelé lo heredado de mi madre, lo que duerme en mi cuerpo de alcohólico hereditario y que de vez en vez rompe la capa de hielo de mis embolias. Ansia de belleza, belleza social, belleza interior, aspiración a lo perfecto.

2º. Gran dolor por la muerte del ternero, al punto de actualizarse el deseo de eternizar ese dolor. Murió el ternero que me descubrió a mí mismo, en cuanto soy Dios. ¿Cómo pudo morir la ternura, la alegría, la adoración ante el universo? Eso significa mi frase de niño.

Todos estos seres del mundo y estos sucesos del mundo nos descubren al Dios escondido en la zarza. Lo mismo pasa con la muerte de los padres, hermanos, maestros y amigos.

— o o o —

IV

Don Mirócletes Fernández

Manuel era hijo del abogado don Mirócletes. ¿Cómo fue que su madre lo puso Mirócletes? ¿Cómo fue esa intuición? Las cosas que hizo tenían que ser hechas por Mirócletes, no por Alfonso o por Clímaco. Todo en el universo es perfecto, es lo que debe ser. Ramón y Julia son perfecto matrimonio; ella tenía que casarse con él. Nada hay en el universo que no sea una necesidad lógica, una cadena de causalidad. Pedro y Elena: él necesitaba una mártir, y ella, un martirizador. Cuando la alaban porque es una mártir sumisa, pienso: ¡Pero si ella es mártir de nacimiento, desde su vida intrauterina y ancestral! El matrimonio de los padres de Manuel. ¡Qué bella necesidad! Estudien bien, observen, y verán que todo se explica y que es preciso sonreír...

Yo me resisto a que Manuel sea hijo de Mirócletes. Me resisto a aceptar que sea hijo de este viejo, pero no hay remedio; era su hijo y si pensamos detenidamente sonreiremos. Nada se une, ningún mensaje nos alcanza, que no sea por la ley de causalidad. Todo lo que se junta tendía a juntarse. Todo lo que sucede iba a suceder desde los comienzos de la apariencia. Así, es muy necio discutir si uno debe casarse por amor o por conveniencia, etc. Uno se casa con el ser afín, va hacia él, como el espermatozoo va coleando vagina arriba en busca de su óvulo, sin filosofar. Generalmente la filosofía es un entretenimiento en el camino irremediable hacia la bóveda del cementerio. El conjunto del espacio y de los sucesos es la perfección de las perfecciones, metafísicamente hablando. En todo caso, don Mirócletes Fernández y doña Julia Uribe se casaron por amor. ¿Cómo podría yo cambiarle el padre a Manuel?

Don Mirócletes era oriundo de Sopetrán, el pueblo de los aguacates, cercano al bello río Cauca, en donde las mujeres son ardientes. Su origen es borroso. ¿Quién diría, al verle esa imponencia, ese señorío en llevar su carne abundosa y alcohólica, que aprendió abogacía en la cárcel?

Pequeño. Un metro con cincuenta. Grueso y sin cuello. La cara pegada a los hombros; caía sobre el pecho en varias secciones la papada o gordo de la barba, de modo que no había barba, sino una cara aplastada que ocupaba desde las mamilas hasta el sombrero de copa. El vientre, el pecho y la papada eran tiesos, y así, la cara era temblorosa de autoridad, dirigida siempre al frente, al horizonte. Para voltearse tenía que hacerlo con todo el cuerpo; para mirar abajo, agachar todo el cuerpo. No se distinguía cabeza, y esa cara ancha, grande, temblaba de autoridad, de persuasión, y las gafas solemnizaban unos ojos doctorales y enfáticos, pequeños y buscones. Todo ese cuerpo era autoridad, todo él era persuasión de ganar el pleito. Yo le oí preguntar por sus negocios en las secretarías. Los abogados graduados, los del colegio del Rosario, balbucean, temerosos del Secretario, de los asistentes. Todo es duda en ellos. Don Mirócletes abría su cartera, echaba para adelante su vientre, pecho y cara, y decía sonoramente: “Enrique Lalinde contra José María Osorio y otros. ¿Hay papel? ¡Bien! ¡Vamos!... Sucesión de Dolores Bernal. ¿Aprobados los inventarios? ¡Bien!...”. Y lo despachaban primero, le abrían campo. Era una Universidad. ¡Oh, supremo poder de la sinergia orgánica! ¡Oh, supremo imperio de las armonías glandulares! ¿Quién manda? ¿Quién es el gobernador? El que nace para ello. ¿Por qué eligen al que no lo es? ¿Por qué los pueblos no confirman los nombramientos que hizo la naturaleza? Esos son los errores humanos. A don Mirócletes lo parieron autoritario y confiado en sí mismo.

Lo conocí rico, difamado por todos y buscado por todos. Le cedían la acera, como a los obispos, y le denigraban; decían que era ladrón, y le buscaban después; decían que era asesino, y le llamaban doctor y bajaban los ojos en su presencia. Algo de la divinidad había en este señor, y los hombres hablan siempre mal de seres superiores.

Su despacho de abogado era la casa de la alegría. Llegaba el hombre perseguido, el quebrado fraudulento o no, y allí oían la voz gruesa y bella del mago: “No haya cuidado; no perderá usted ni un centavo”. Pagaban la mitad al contado, firmaban un pagaré por el resto y salían felices, y dormían y comían como en los días buenos. Todo el que se entregaba a don Mirócletes se sentía seguro; era un dispensador de confianza en sí mismo. Demoraba los pleitos malos; y si los perdía al cabo de los años, decía al cliente: “Fue que ese hijo de puta de juez se vendió; pero apelaremos... Fírmeme este pagaré, para iniciar una tercería coadyuvante o excluyente, y alargar así el asunto, mientras cambian jueces...”.

Cuentan los envidiosos que la casa grande y bella de frente al teatro Bolívar era robada; que eran robadas la hacienda y la casita de Bello, donde nació Manuel, en hermoso día del mes de diciembre. Que todo fue robado. Pero lo dicen quienes le deben el haberse sentido libres en la opresión, alegres en la desgracia, ricos en la pobreza. Es lo mismo que hablar mal del sol que calienta, pero lo hacemos a cada mediodía...

Me contó un juez picarón y lector de novelas que un día Mirócletes consignó quinientos pesos en el Juzgado, para hacer postura en un remate, y que no volvió por ellos. El juez lo llamó para devolvérselos. “¡No recordaba, doctor! ¡Ya me los entregará después...”.

Así es como reinaba, sol generoso y magnánimo, dispensador de salud radiante y de silencio discreto para las debilidades humanas; jamás denigró a los que se le entregaron; era como los buenos enamorados. Bebía, pero siempre estaba solemne. era su debilidad.

¿Puede un ser poderoso, o mejor aún, puede un ser humano no tener un lado sin linderos con Dios... con el alma indefinida? Amó a su primera mujer y amó a la segunda y a los hijos de ésta, como un loco. Ahí, en ese amor, era irracional. Sus dos mujeres y los hijos de la segunda eran dioses para él, y todos los que fueron sus vecinos saben que no ha habido padre ni marido como don Mirócletes. En la iglesia de San Antonio, él pagaba anualmente la fiesta del santo; todo lo que quisieran para la fiesta del santo de su segunda mujer, Antonia Barrientos.

Pero sentía odio por su primer hijo; su debilidad por las sirvientas, su debilidad por el aguardiente, que era lo único que no había podido dominar, se convirtió en odio inconsciente a Manuel. Este mató a la mujer adorada, y nació maduro, y de niño metía el dedo en los frascos de perfume y chupaba, y a los siete años lo vio pálido y tembloroso acariciándole los pechos a la negra Chinca.

No lo maltrataba, pero sentía irritabilidad incontenible en presencia de su hijo. Toda la voluntad enferma de don Mirócletes estaba encarnada en Manuel. Todos nos odiamos en cuanto somos débiles.

Y a sus otros dos hijos, Ernesto y Teresa, los amaba. ¡La niñez de Manuel! Veía llegar a su padre y entrar en su santuario, su mujer y sus otros hijos, así como entra el alma a Dios, transformada. ¿Cuándo elevó la voz, cuándo dijo lo que no fuera amor? Ernesto, bello niño robusto, aprendió rezar en sus brazos. Una vez vio Manuel, cuando tenía ocho años, que cogió a Ernesto y lo apretó contra su pecho, le puso la cabeza contra su hombro izquierdo y le dijo: “Mi ángel, el dios mío, alma que está ahí encerrada, ruega por mí, hazme ir con vosotros a la eterna gloria. Perdonáme todo; obtenme el perdón de mis vicios y de mis latrocinios, que lo hecho es porque no puedo contenerme, y por amor a ti, y a tu madre y hermana, por amor a las cosas bellas: piedras, casas amplias, haciendas, amor, autoridad, grandeza...”.

— o o o —

V

El seminario

Así, para santificar al hijo en quien veía el producto de sus bajezas, don Mirócletes llevó a Manuel, a los diez años, al Seminario de Medellín.

Manuel fue seminarista durante doce años. Se retiró, porque sentía un ansia. Escribía: “Dejo la puerta de mi alcoba abierta en la noche, como para que entre algo que me falta; si la cierro, se ennegrece mi alma; yo no sé decir qué es lo que puede entrar; quizá la belleza, la grandeza humanas”. Se retiró por esa causa, y el motivo o la fobia concreta de su ansia fue odio a los zapatos eclesiásticos, la forma más ruda que existe en el mundo de las formas, decía él.

¿Puede ser noble el espíritu de una institución que tenga tal forma de zapato? Es un zapato igual para todos, de suela gruesa, como de cuero crudo, sapo...

Había en el Seminario un rincón en donde tenían un gran depósito de una mezcla de aceite, carbón y otras sustancias; muchos cepillos pequeños, antiguos cepillos de los dientes y otros grandes, colgados en una tabla adherida a la pared. Llegaba el seminarista y hundía en la mezcla uno de los cepillos de los dientes y refregaba los zapatos, y después los frotaba con el grande. ¿Olía eso a pie de seminarista o el pie de seminarista huele a eso?

¿Se bañaban? De vez en vez todo el cuerpo y diariamente los pies, el que sudaba mucho. En cada celda había una jarra y una jofaina que servían para todo, cara y pies, y en las mañanas salía el seminarista con la bacinilla y encima la jofaina para el vertedero. Se debían poner la camisa de baño antes de quitarse los calzones. El seminarista no puede verse desnudo.

Comentario de Manuel acerca de su padre

“Mi padre era una gran voluntad, un dominador; pero así como hay varias memorias y no siempre se poseen todas, hay varias voluntades, tantas como objetos de deseo, y mi padre era débil para el alcohol y para las mujeres. Yo heredé únicamente sus debilidades, y de ambos padres heredé el amor por la vida grande y bella, la cual es para mí, por ende, como una solemne y lejana tempestad en el río Cauca... Yo amaba a mi padre con infinita ternura, pues la antipatía que él sentía por mí era muy humana y era una nobleza de su parte: en mí aborrecía él sus debilidades...

Mi padre caminaba bellamente. Todos los que iban por la calle lo veían. No había quien no advirtiese que mi padre iba... Entristézcase aquel a quien no vean. Varias veces me han dicho: ‘Hombre, no lo vi’, y yo sé que, efectivamente, a mí no me ven sino cuando salgo del cinematógrafo, de una película excitante, pues entonces voy de un modo que recuerda a mi padre. Hay algunos a quienes atienden porque dicen que son tal o tal cosa, personas de quienes se necesita saber la biografía para verlos. Eso es fama, y nada vale. Me gustan aquellos a quienes se ve y se les atiende porque llegaron, porque están. No necesitan fama. Ellos mismos son lo curioso; en su figura llevan su valor; eso es mérito intrínseco. Don Mirócletes se ponía el sombrero, y toda la oficina lo sabía, por la mente de todos pasaba la imagen de mi padre poniéndose el sombrero. ¡Qué bello! El universo todo repetía: ‘Juan de la Rosa Madrid contra Rosa López’, cuando mi padre abría la boca redonda y pronunciaba esas palabras. Os rotunda. Boca redonda, piernas cortas, busto corto, todo él como muñeco de cera hecho por un niño, pero qué bello eso que se expresaba en los troncos de carne. ¡Muéstrame tus glándulas, padre! ¿Es en los testículos, como lo sostiene el doctor Voronoff? ¿Será en la flora intestinal?”.

El doctor Rincón

Un caso parecido es el doctor Rincón, siempre joven de cuarenta años. Es médico homeópata y tiene perilla negra, cuadrada, y unos ojos escaldados de tanto ejercitarlos, mirando fijamente, sin parpadear. Camina como hipnotizador, como Onofroff, y todos le dan la acera. Cura a muchas viejas. Yo he ido por la calle con médicos graduados, que lo llaman yerbatero, pero que se bajan de la acera y lo saludan respetuosamente. ¡No seamos carajos! Yo iré a que me alivie de esta atonía intestinal el doctor Rincón, en vez de estos bizcos alópatas. La medicina es cuestión endocrina por parte del médico. ¡Los frascos de agua, con pequeña sustancia oculta, del doctor Rincón! Yo creo que les echa pelos quemados de su barba o de su pubis. ¡Y qué fuerza que tendrá un pelo de su pubis! ¿Dónde está su Universidad? Desnúdase y muestra su cuerpo varonil y dice: Ecce universitas. El alópata abre su libro grande y me dice: “Tienes atonía intestinal, un segmento de intestino paralizado; toca aquí y verás. Yo creo que con dos píldoras tales y con un frasco de Petrolagar N° 2 se te activa, ¿eh?”. Al diablo tú, joven bizco, que mis personajes serán hijos de Mirócletes o del doctor Rincón. La Universidad de estos jovencitos es el doctor Flery u otro hipnotizador; yo debo buscar la fuente, no los discípulos. ¿Cuyo discípulo eres, doctor Rincón? Soy discípulo de mí mismo. Yo soy la verdad. ¡Ecce homo! ¡Oye, medita; sigue a don Mirócletes hasta que lo describas de tal manera que en el universo literario no haya sino un Mirócletes, así como no hay sino uno en la vida! Eso es observar.

— o o o —

VI

Abrahán Urquijo

A la salida del Seminario vivió Manuel durante tres años en casa de su tío materno, Abrahán Urquijo, de quien nada ha querido decirme; estúdialo tú; yo no puedo; mucho de mi hábitat está explicado en ese viejo.

He aquí mi estudio, que enumero por parágrafos:

1

Lo conocí hace cuarenta y ocho meses, cuando comenzó su negocio con los funcionarios. Tenía entonces la apariencia de cincuenta y seis años.

Da la impresión de que es el culminar fisiológico. Lo más imponente es el chaleco, vistoso, florecido, con una cadena de reloj que subraya su ombligo propincuo. En su dedo anular derecho luce una piedra amatista, barrigona también.

Pero, quizá más que el chaleco, sobresalen los ángulos de la chaqueta, que caen unos veinte centímetros más que la parte de las nalgas. Un bastón grueso, bigotes rectos, largos y perilla canosa; cara desafiante, miradas horizontales. Un porte marcial; parece ministro de Estado español. ¿En España había ministros así, parecidos a Abrahán, o Abrahán se parece a los ministros de España?

Su letra es de niño, balbuciente. Pensaba yo que había contradicción entre Abrahán y su letra. Debía tenerla de rasgos fuertes, anchos, letra nalgona; pero meditando me he admirado de la armonía cósmica; todo es lógico; uno puede no comprender algunas cosas de la vida y admirarse, pero la vida siempre es lógica como un serrucho. Hay orden lógico entre la esencia de Abrahán: conseguir una fortuna abusando de la rata, y su letra, letra de usurero, letra ratera, rastrera.

Así le decía yo a mi mujer. ¿Crees que un autor puede cambiarle el padre a su personaje? No te enojes. Es absolutamente necesario que Manuel sea hijo de don Mirócletes y sobrino de Abrahán. Pero es más, hija mía, amor mío: ni siquiera puedo cambiarle la letra a Abrahán.

Advertiré que yo era juez en Medellín, juez de Abrahán, y de Juan Pablo, y de Marceliano y de Ramón, juez de Antioquia. Han dicho que los antioqueños son judíos; pero yo he averiguado que los judíos son antioqueños degenerados..., pues en Judea no se vio nunca tan elevada la rata.

Cuando comencé a estudiar a Abrahán, pocos días antes de salir con Manuel para Venezuela, me dije: Indudablemente que Manuel es una resultante de fuerzas psíquicas; cuando penetremos bien en don Mirócletes, Abrahán y todos los otros parientes, sonreiremos y diremos: La vida es un serrucho en cuanto a la lógica.

Abrahán da treinta pesos a un funcionario y le hace firmar tres letras de cambio por treinta pesos cada una, a diez, veinte y treinta días fecha. Un peso con cincuenta centavos por cada diez días de mora. Eso es como el doscientos por ciento mensual. Ahí está la prueba de que no somos judíos, sino que los judíos son antioqueños degenerados.

En 1928, durante el gobierno del señor Abadía Méndez, época en que se tomó prestado a los yanquis hasta ciento cincuenta millones de dólares, se pagaba puntualmente a los empleados y nada perdió Abrahán. Se enriqueció.

Todo el que toma dinero a interés cuando está ganando un sueldo es imprevisivo. Claro está que los deudores de Abrahán no iban a tener la fuerza de voluntad para someterse a la disciplina de pagar cuotas en determinados días. Si la tuvieran, no harían esos negocios. No ven. ¡Todo es lógico! Pues Abrahán ejecuta a sus deudores y los aprieta. Ningún arreglo, nada; que se demore el juicio; mejor que haya demora; más intereses. Si alguien lo insulta, él sigue tranquilo, silbando un aire vulgar. Esa es su reacción. Jamás se enoja en forma de palabras, sino que reacciona silbando y demorando los juicios, pues los empleados se desesperan con los sueldos retenidos.

2

Seguiré copiando de mis notas de observaciones tal y como fui haciéndolas. Así el lector comerá pedazos de carne humana cruda: esa es la literatura de esta humanidad ansiosa de hoy. Somos antropófagos.

Ayer vi a Abrahán que entraba en la iglesia y saludaba a Dios con respeto, pero con cierta familiaridad, como si fuera su amigo íntimo o su deudor moroso, con solemnidad de ministro español, o como si fuera Dios su acreedor, y fuera a pedirle reducción de intereses, reducción del purgatorio. Después subió al tranvía para “La América” y se sentó regiamente, el cayado del bastón entre sus dos manos, y la vara entre las dos piernas abiertas, contra el ombligo propincuo... Resolví biografiarlo, cumplir lo sugerido por Manuel Fernández; prometí que el jueves venidero lo seguiría; iré al frente de su casa y apenas salga lo espiaré desde la mañana al anochecer, para estudiar su hábitat. Este es el verdadero método biográfico con hombres vivos. De la vida formal ascender a la esencia. Con muertos ya, hay que hacer algo semejante, reconstruir su habituación. ¿Qué tiene que ver Abrahán con Dios? ¿Qué relaciones puede haber entre Dios y Abrahán, el tormento de familias y de viudas inermes? ¿Qué dirá Abrahán al Dios de Jacob y de Moisés? ¿Qué relaciones hay entre el anatocismo y el Dios de Abrahán, de Jacob y de los Macabeos? ¿No quisiera el lector saber qué dice Abrahán a Dios? ¿No daría el lector la tercera parte de su sueldo, renta o emolumento por meterse en la conciencia de Abrahán? Si yo lo descubriera, ¿no sería justo que me invitasen de los Estados Unidos, así como invitaron a Einstein?

3

No pensaré sino en él. La atención crea el interés, y viceversa. El método científico consiste en observar, observar el fenómeno. Y es muy importante el asunto observado, porque así comprenderemos el alma de Manuel Fernández y eso nos iluminará lo que va a pensar de Venezuela. Así, pues, importa el estudio de sus parientes.

Primero que todo diré que Abrahán vive ya en una casa de la playa, el barrio de los ricos, cerca del puente que hay en la carrera “El Palo”; que sus hijas son dos bellas entre las bellas, y sus hijos son hermosos; bellezas carnalmente abundosas. Cuando pasan por mi lado pienso que así debía oler el paraíso cuando Dios estaba haciendo las nalgas y el vientre de Eva. Ese día el mundo olía a carne, a mariscos. Esta familia es la florescencia de la carne. En ella hay un secreto fisiológico. ¿Cuales glándulas son ahí supranormales? ¿Cuáles producen esa belleza del cutis, esa frescura de los tejidos muscular, adiposo y conjuntivo? ¿De dónde ese florecer de nalgas y vientres? Porque esta familia es belleza fisiológica. Impresiona sólo la mente instintiva. Vienen a las narices, tacto y gusto, complejos de coito sano, parto fácil, defecar agradable, tranquilo, y abundante y clara orina...

Pues bien, me haré su amigo. Venceré la repugnancia que siento de que me vean con él. Dirá la gente que voy a empeñarle las joyas de mi mujer o a venderle mi sueldo.

Pero algún sacrificio ha de costar esto de suministrarle al mundo una biografía de Abrahán.

4

Me interrumpo para hablar de Rosalía, parienta de Manuel. Esta se ha entregado a varios. No puedo equivocarme. Tiene un modo de hablar, de mirar, de sentarse, en fin, en toda su habituación se ve que ha traspasado muchas barreras. Es una experimentada. Es como un filósofo viejo, un viejo químico, etc., que, como han experimentado mucho, se parecen a las mujeres como Rosalía. Rosalía y los sabios han perdido la inocencia. Cada célula de su cuerpo es sabia y no se admira, no se sobresalta. Nada más parecido que una ramera vieja y el conde Kayserling cuando habla de América... ¡Cómo el conde conoce toda América! ¡Parece que hubiera dormido muchas veces con toda, toda América!...

Pero en Rosalía hay tesoro de amor, como en toda mujer (1). Voy a hacer ejercicios de intuición con esta prima de Manuel. Parece que no le importa el espíritu. Tiene un mirar desenfrenado y un modo de llevar la blusa desenfrenado. No quiere al marido, o al menos no le quiere psíquicamente. Esta mujer no ha sufrido. En la familia de Manuel hay mucha carne y mucho espíritu. Rosalía carece de la profundidad que da el dolor. El placer físico superficializa, al contrario del dolor.

Abrahán, ¿tendrá profundidad? ¿Será profunda su pasión por la rata del interés?

Tengo los pies húmedos y fríos. Yo creo que no permanece joven y profundo sino el hombre frío, casto por naturaleza. Entonces, ¿por qué es profundo Manuel, que siente como un golpe ante toda mujer bella, o sea joven? ¿Será porque le duele la mordedura de la carne? ¿Será porque al gran misticismo heredado de Mirócletes le pesa el florecer de nalgas que hay en la familia Urquijo? Voy a tener que profundizar en biología.

———
1. En esto se diferencia del conde.

5

Ayer seguí a don Abrahán. Desde la una y media estuve esperando a don Benjamín, mi secretario, en la plaza Bolívar. Fuimos a buscar a Abrahán a “La Cruz” y a la catedral. Debe estar saludando a su amigo, pensé. Telefoneamos a su casa con nombre supuesto. Estaba durmiendo. Nos instalamos al frente de su casa, en una banca rota. Salió una niña bellísima, bella flor de carne... A las tres y media salió él retorciéndose los bigotes, con el chaleco desabrochado. Le seguimos. Comenzó a abotonarse. No entró en la iglesia; saludó a Dios dos veces desde la puerta. Nos montamos tras él en el tranvía que va para Robledo. Pretendí conversarle, pero no adelantaba, contestaba con monosílabos. “Sí, la situación está muy mala...”. Se despidió, como para no ir con nosotros.

6

Vi a Abrahán Urquijo de perfil, con la nariz contraída. Me dio la impresión del desesperado en pos del dinero. Tiene una gran ansia. Es un principiante el que le da importancia a los deseos terrenos, oro, fama, etc. La vida del más rico y del más influyente en los destinos de un pueblo es apenas una línea en una historia de la humanidad en veinte tomos. Lo importante es gozar del instante, en el cual está todo. Todo el tiempo, el espacio y el goce. Atento al instante y hundirse en él y estarse ahogando en el infinito. Abrahán entra diariamente a la iglesia. Dios es su acreedor. ¿Lo perdonará o lo tratará como él ha tratado a sus deudores morosos? No sé. Coexisten en Abrahán un ansia desesperada por riquezas y un gran tormento místico. Ayer, al sacar el pañuelo, se le cayó un rosario y lo recogió con solemnidad. Hay un lado noble en este barrigón. Por un lado está sin alinderar con el predio común que llamamos Dios, la fuente de la vida. ¡Pobre barrigón del chaleco, cómo sufres y gozas! Igual a mí. Deseo desprenderme de lo que no es mío, botar el lastre y no lo hago.

7

Respecto de Abrahán (esto es tomado de un diario), diré que hace días que no lo observo. Otras preocupaciones me han tenido agarrado. Le recomendé a don Benjamín que le preguntase adónde se había ido el domingo que lo dejamos en la plaza de Robledo. No lo seguimos, porque cogió un sendero, y comprendería que lo espiábamos. Diz que se fue a unas tres cuadras de la plaza a ver un solar que tiene allí, en donde piensa construir una casa campestre. Sueña en riquezas, en cosas bellas, en piedras bellas, en oro bello, en sus chalecos, sus bigotes, su importancia, y entra a la iglesia a ver a Dios. ¿Cuánto daría el lector por saber qué relaciones hay entre Dios y don Abrahán?

Me dijo don Benjamín que uno de estos días de fiesta yo me había perdido un gran suceso. Me había ido a pie por el camino para Robledo a recordar a Marco Aurelio, el paje que tenían en casa cuando mi niñez, y que se orinaba en la cama como yo.

Usted perdió una gran cosa, doctor: Abrahán, en la procesión del Santísimo, en la catedral; la procesión daba la vuelta por las naves y Abrahán se iba volteando de rodillas, a medida que el Santísimo adelantaba. Así como el girasol sigue el curso de Febo.

¡Hombre, Abrahán es atraído por Dios así como el girasol por Febo! Pero lo grave es no podernos meter en su interioridad y saber qué dice a Dios, qué experimenta en su presencia. ¡Debe ser un gran pánico! Dígame, ¿es amigo de los sacerdotes?

Sí, los palmotea en el hombro con mucho cariño y solemnidad. Son como primos hermanos.

Una cosa que admiro en Abrahán es que no se enoja. Diz que le dicen hijo de puta los empleados a quienes ejecuta, furiosos, y él tararea un aire...

Me cuentan que riñe mucho en su casa. Una de las dactilógrafas de los Juzgados me lo contó. Vivió vecina de él y oía diariamente que el viejo gritaba y maldecía. Sus bravatas provienen de que gastan más de lo que él dijo. “¡Orden!”. “¡Yo mando!”. “Ya dije cuánto era el presupuesto y no se pasen”. “¡Me quieren arruinar estas malditas mujeres!”.

Anteayer fui al embargo y depósito de una casa. Se encontró que ya es de propiedad de Abrahán. Diz que tiene como setenta propiedades compradas en estos días. Está jugando al alza. Como en Colombia hipotecaron en los bancos casi todo a precios altísimos, en esta crisis no alcanzan a pagarse los acreedores. Abrahán va y dice al deudor amenazado: “Su casa vale apenas lo que debe, y esto quién sabe. Tome diez pesos y otórgueme escritura de venta. Yo pagaré la hipoteca y usted se librará de los pereques y gastos del juicio”. Y Abrahán demora los pleitos, como rábula, y se gana los arrendamientos y al mismo tiempo especula al alza. Dice: “Si Olayita (así llama a nuestro Presidente) logra vender los petróleos y negociar el monopolio de fósforos y conseguir dinero barato en casa de su amigo míster Hoover, yo seré un millonario”.

Tiene un hijo, alto, buen mozo, imponente, que es dentista en el Sinú, en Montería. Allá le envía dineros Abrahán y él compra becerros y alquila potreros para echarlos a pacer. “Como el ganado está muy barato... Los terneros crecerán y engordarán con el alza de valores, apenas Olayita haga de las suyas. A tres pesos el becerro, y dentro de dos años venderemos novillos a sesenta pesos. Es como el cien mil por ciento. ¡Dígame si este doscientos por ciento que les cobro a los empleados es rata altísima!”.

8

Un gran descubrimiento: unos Rodríguez, hijos de uno que hacía cigarrillos, altos también y buenos mozos, están enamorando a las hijas de Abrahán, altas y fértiles. ¡Cuán perfectas son las obras de Dios! Así como los átomos del agua se atraen (son afines), así mismo estos testiculones se atraen con estas ovarionas... ¿Qué matrimonio o ajuntamiento de los que conocemos no es perfecto en sí, no con relación a ideales, pues estos son tonterías?

9

A la una vi a Abrahán. Venía a mi encuentro. Es muy ancho de busto. En el bolsillo de sobre el corazón traía, en vez de pañuelo de seda, una hoja de papel sellado, doblada en tres a lo largo. ¡Qué bello adorno en este hombre esa hoja contractual en el bolsillo del pañuelo! Debe ser un contrato leonino. Lleva sobre el corazón un contrato leonino...

Observé que es patizambo. Desde las rodillas se separan las piernas, formando allí un ángulo agudo. Parece que no tuviera rótulas, pues las rodillas, al apoyarse en el suelo las piernas, se echan para atrás. De las rodillas hasta las nalgas, las piernas están muy juntas.

Desde cincuenta metros antes de llegar a él, le vi la cadena del reloj y pensé: Voy a fijarme muy bien para describirla. Pero, por atender al caminado, no observé bien. ¡Qué lastima! Al llegar me cedió la acera y me saludó con frase llena:

—¡Adiós, doctor!

¡Pero no penetro, no penetro en sus secretos! ¿Qué le dice a Dios Abrahán cuando entra en la iglesia? Poco a poco, no nos atropellemos. Los hombres van soltando los secretos muy lentamente. Por los actos de Abrahán iremos familiarizándonos con sus ideas. Hay que darle tiempo al madurar. Todo va naciendo y creciendo, creciendo, madurando, hasta que la fruta cae. Llega la muerte y también llega el conocimiento que buscamos. Mucho tiempo, todo el tiempo que gastemos será poco, ¿pues no es Abrahán tío materno de Manuel Fernández?

Un padre rábula, voluntarioso, dominante y débil para el alcohol y las mujeres; una madre mística y firme; un tío prestamista, Abrahán. Una familia abundante en carne y espíritu. El Seminario y sus zapatos... Necesitamos observar unos treinta sacerdotes y estudiar costumbres de seminarista. Yo fui ocho días al Peñol a vivir con el padre Díaz en su finca. He observado al arzobispo. Viajes a las iglesias. Los padres Ramírez Urrea, el padre Lubín, las beatas Jesusa y Teresa, etc., etc. Todo es poco para alinderar a Manuel Fernández.

10

Pienso que en Abrahán encontraré a Dios. Dios es el drama humano que se representa todo en el más humilde. Ayer fue don Marceliano, tan pequeño, tan rubio, tan vivo, y tan inteligente, a preguntarme qué hace con su hija, que desea estudiar contabilidad. ¿Cómo? ¿Esos niños que ayer nada más jugaban en mi ventana piensan ya en contabilidad? ¿Cuántos años tienen? Julio tiene diez y seis, y la niña, quince. Julio desea ganar dinero. Dice que desea ganar ya dinero y que en una carrera profesional gastaría diez años... ¿Cómo es eso? ¿Ya apareciste tú, don Marceliano, en esos niños inocentes? ¿Ya desean comprar nóminas de funcionarios?... ¡Venga a mí el que se esconde detrás de la zarza del tiempo y del espacio! ¡Venga en un pensamiento profundo! Lo único que puede librarnos de esta tragedia del envejecer es penetrar en el drama, adentrarnos en las formas. ¿Por qué los ángulos de la chaqueta de Abrahán caen veinte centímetros más que el resto en la parte de las nalgas? La idea materializada que es Abrahán explica este fenómeno. Ese detalle es la esencia del drama humano. No es más importante una guerra que esos ángulos caídos. Si no cayeran así, tampoco serían como son las relaciones de Abrahán con el Dios de los Macabeos. Caen, es patizambo, porque al vivir en lucha con la sociedad, en su negocio leonino con los funcionarios, sus complejos psíquicos de luchador y despreciador, le sacaron el busto, le echaron los hombros para atrás y le engordaron la espalda... En fin, yo veo la necesidad suprema, la unidad lógica de la vida, en la forma del cuerpo de Abrahán. Ese complejo de ideas y de emociones que es Abrahán tenía que emerger en un busto así, en un bigote así, en unas piernas así. ¡Qué bella es la vida! ¡Cuán bello es todo ser para el que lo va comprendiendo! ¡Todos somos perfectos! ¡Siento ansia de ir a abrazar a Manuel a Jerónimo, el portero cegatón del Juzgado, a Juan Pablo, a Marceliano y a don Abrahán! Le estoy agradecido a Dios porque creó los hombres y cosas para que yo me deleitara estudiándolos y para que lo conociera y amara a El en ellos. Manuel, al enseñarme sus métodos, me hizo feliz. ¿Por qué me decían cuando niño que el libro era lo más bello? Lo bello es la humanidad. Fernando González, matriculado en la Universidad de la creación. El séptimo día descansó y vio que su obra era bella. Para Dios es bella su obra. ¡Pero hay burros que reniegan de esta tierra tan esferoide, tan virginal y conmovida cuando el sol la acaricia, tan dormida y susurrante bajo el beso estelar, por donde deambulan Abrahán, con un contrato leonino en el bolsillo de sobre el corazón; don Marceliano, con su cuerpecito inteligente como un relámpago, en busca de contabilidad para sus hijos, y Juan Pablo, ¡en busca de qué sé yo!

Juan Pablo es pequeño y menudo y camina caído para adelante, rápidamente, con un bastón en balanza y está costeando un pabellón en el hospital “La María”, para tuberculosos. Yo le abrazo siempre que nos vemos, y me dice: “¿Ya se va a almorzar? ¡Camine, bébase un traguito!..”. Gracias, Juan Pablo; yo no uso tu dinero, ni tu generosidad. Busco a Dios en ti, pues oye: tú también eres Dios, Dios que presta dinero al diez por ciento mensual y que goza contando su oro...

Dice un político ladrón que Juan Pablo costea el pabellón para restituir. Se confesó y restituye... Todos restituimos. ¿Qué es nuestro sino nuestra alma desnuda y bella como una rosa? La confesión es una necesidad y la restitución es otra necesidad de la rosa mañanera que somos...

11

¡Abrahán ama la música! Oigan este diálogo en el juzgado, entre don Benjamín y don Abrahán:

—A ver, don Abrahán, ¿en qué puedo servirle?

—Oye, Benjamín: ¿Puedo llevarme ya aquella platica que hay retenida en el pleito de la viuda de García?

—Dice el señor juez que no se puede hasta que se notifique el auto en que se aprueba la liquidación del juicio. ¿Qué hizo usted el domingo, don Abrahán?

—Pues hombre, Benjamín, dormir, y por ahí a las cuatro me fui a matinée. Daban El Dúo de la Africana. ¿No lo conoces? ¡Eh, hombre, es viejo; pero la música no envejece! (Y tarareó muy bien un trozo de música).

Separó las piernas, tarareando, y se agarró los testículos... ¿Lo hizo por obscenidad? No, no sé. Quizá era que, como es barrigón, se los estaba machacando contra el taburete.

Resulta, pues, que Abrahán saluda a Dios y ama la música.

Le preguntó don Benjamín si en esta crisis económica había perdido mucho dinero.

—Hombre, Benjamín no me hables de eso; no me hagas recordar el número de funcionarios que han quedado cesantes y que me deben, porque me enloquezco...

A poco entró un hombre de Amagá y se entabló este diálogo:

—¿Qué tal, Juan?

—¿Qué hay, don Abrahán?

—¿Hay mucha pobreza por allá, por Amagá?

—Por allá, no; por allá todos tienen plata.

—¡Qué bueno para ustedes, hombre!...

Se me ocurre un problema: ¿por qué Abrahán tutea a don Benjamín? ¿Será porque éste es funcionario? A los jueces les dice doctores, pero a los secretarios les dice Montoyita, Toño, Pacho, y a los escribientes les dice hombre Benjamín, hombre Jerónimo. A los funcionarios los trata con dulzura verbal, pero con tiranía en sus préstamos. Estoy por creer ya que está convencido de su inocencia, y que, por consiguiente, es inocente. ¡Vean, pues! ¡No sé si Abrahán, que se lleva la mitad de los sueldos de los funcionarios de Antioquia, es inocente o culpable! ¿Por qué existen jueces, si no sabemos nada de la conciencia de los semejantes? ¿Qué le dice Abrahán a Jehová cuando entra en la Metropolitana a saludarlo? Quizá tenga más vida espiritual que yo, su juez literario..., puesto que ama la música, voltea como el girasol a medida que el Santísimo da la vuelta a la iglesia y tararea El Dúo de la Africana bellamente repantigado en el taburete de la Secretaría, cogiéndose los testículos para librarlos de la presión del abdomen... Pregunta si puede llevarse el dinero del motorista de tranvía, hijo de una viuda, tararea después el dúo y echa mano a sus glándulas.

¡Oh, Dios mío!, ¿quién estará a tu derecha? ¿Abrahán o yo? Comencé el estudio de Abrahán hace veinte días, convencido de mi superioridad, y ya voy dudando. Yo me emociono con el vuelo de los gallinazos y me restrego puñados de arena en el vientre para asimilar energía cósmica. Canto al ver a los gallinazos: “Estos gallinazos son símbolo para mi alma que madura...”. Abrahán se repantiga en el taburete, agarra beatamente las glándulas y tararea con los ojos entornados El Dúo de la Africana... Ambos somos girasoles que nos vemos atraídos por la belleza. ¿No seremos todos los hombres iguales, pobres pavesas que irán a consumirse en el fuego de amor cuando terminen los eones? ¿Daría el lector la mitad de su sueldo, renta o emolumento para saber qué le dice Abrahán a Dios cuando penetra en la Metropolitana, pasa al frente del Santo de los Santos y se inclina reposada y noblemente, como ante un acreedor tolerante, benévolo? Lo malo, querido lector barrigón, es que no me pagas por averiguarlo. Pero, ¡qué diablos! Antes de irme con Manuel Fernández, lo bregaremos. Me acercaré a él y le propondré que me preste dinero en mutuo a interés, a la rata del doscientos por ciento mensual, y me haré su íntimo, su sombra. Quizá don Benjamín se gane su confianza. Entonces, entonces fallaremos nuestro pleito. Diremos quién es el que va a estar a la derecha de Jesús...

12

Abrahán se confiesa y comulga. Yo también lo hago. El gana el doscientos por ciento mensual y silba El Dúo de la Africana cuando los empleados le dicen hijo de puta, porque no rebaja los intereses. ¡Cuán bellamente reacciona! Por la música está en proindivisión con el reino espiritual. Yo, al confesarme y decir que durante diez minutos o dos horas tuve resuelto quedarme con un dinero ajeno, digo apropiarme en vez de robar. Reacciono inventando sofismas, consistentes en equívocos, términos equívocos.

13

Encontré a Abrahán en el Juzgado, esperando los cincuenta pesos de la viuda. Le hablé con cariño. Se levantó para contestarme. No me gano su confianza...

Observé que su cara es mímica. Por ejemplo, durante la emoción le tiemblan los bigotes; no los retuerce, sino que son crespos y anchos, algo echados para adelante, como en los tigres. Los ojos tienen cierta belleza infantil; para subrayar las ideas, da miradas hacia arriba, abriéndolos más, rápidamente. Echa una pierna para adelante, apoya el cuerpo en la otra y en el bastón que pone detrás, contra la nalga. Así es como trata sus negocios. Francamente que ningún ministro español es así, tan ministro.

Me suplicó el secretario que intercediera con Abrahán para que le diera prestados diez y siete pesos. Lo llamé y le dije: “Présteselos, que yo respondo del pago el primero de julio”. Accedió y dijo que los llevaría. ¡Quién sabe si cumplirá y qué documento me llevará para firmar!

A poco de retirarme a mi despacho, entró don Benjamín con noticias, así:

—Oiga, doctor: Abrahán se me paró al frente, abrió las piernas, estiró los brazos, juntó las manos, alargó los pulgares sobre los otros dedos recogidos, con uñas largas y redondeadas, y me dijo: “Hombre, Benjamín, ¡qué bien hizo Colombia en no aceptar la propuesta chilena para el no pago de las deudas a Estados Unidos! ¡Oiga! Con hambre y eructando pavo! ¡Qué bien! ¡Lo que sí es humanitario, bello, es el plan Jover! (Así pronuncia.) Así estamos todos los acreedores, los yanquis, Marceliano, Juan Pablo y yo, a nadie le pagan. Si resulta el plan Jover y si Olayita logra vender los petróleos y negociar con los suecos el monopolio de los fósforos, subirán las casas, subirán las fincas, los becerros... Hombre, Benja, ¡qué buenos son Olayita y Jover!”.

—Bueno, don Benjamín; eso de las uñas, ¿cómo fue? Vuelva a repetir la acción.

—Estiró los brazos, abrió las piernas, juntó las manos con los dedos doblados, alargó los dos pulgares con uñas redondeadas y largas, y dijo...

¿No ha observado la lectora que todo el que tiene buen tejido adiposo, florecientes nalgas y vientre, tiene uñas redondeadas? Tiene pequeños, además los órganos genitales. ¿En dónde está el secreto orgánico?

Jover y Olayita son las casas hipotecadas, las cien fincas hipotecadas que se hizo escriturar para jugar al alza.

14

Después de buscar mucho a Abrahán, pues habíamos prometido convidarlo a paseo largo, lo vimos en el atrio de la Metropolitana, conversando con un funcionario menudo, cara de vieja, con dientes muy blancos. Los dos interlocutores nos quedaban de perfil. El funcionario accionaba quitándole a Abrahán pavesas y pajuelas de la solapa. Abrahán accionaba muy noblemente. Una vez cerró los dedos de la mano derecha, excepto el índice, y con éste hizo como el que martillea, por tres veces, a la altura de las mamilas. Luego hizo una vez como el que chuza y después movió la mano tres veces negativamente. Los primeros movimientos eran premisas; el chuzón era una conclusión aguda, evidente, y los movimientos negativos eran el acabar con el adversario, como decir: “¡No me crea tan carajo!”. Esa combinación de los tres movimientos es musical y muy expresiva. Es mejor que el dúo.

—¿Nos acercamos, don Benjamín?

—Cuando terminen es mejor.

—Sí, observaremos su apariencia...

Observé que casi no tiene nalgas. Estaba equivocado yo. Su gordura es del busto, nada más. Es un nuevo gordo. Lleva muchos papeles en los bolsillos interiores de la chaqueta, y eso contribuye a la caída de los ángulos de ésta.

—Ya se despidieron. Va para misa, a “La Cruz”. Apresure el paso.

Lo alcanzamos.

—¿Va para misa, don Abrahán?

—¡Hola! ¿Qué tal, doctor? ¿Qué tal, hombre Benjamín? Ya oí misa, doctor.

Se detuvo al frente de un café en donde tiene su tertulia dominguera. Nos puso las manos en los hombros y nos despidió.

Nos fuimos para misa. El padre Henao dijo un bello sermón, después de leer algo del padre Astete sobre los mandamientos:

“En todo el mundo hay muchos desocupados hoy, y eso se debe a las máquinas, a las grandes y rápidas máquinas que reemplazan a miles de obreros. Nosotros estábamos separados de los países de la vieja Europa y de los Estados Unidos por nuestras grandes montañas; pero las carreteras y ferrocarriles nos han unido. Es innumerable la cantidad de pordioseros que hay en las calles, y no podemos culparlos.

Debemos producir muchas cosas que nos envían, y así habrá trabajo. Eso que llaman rancho y que son animalitos conservados en latas, no debemos pedirlo al exterior, porque esos animalitos abundan en nuestro país. Los peces forman camas en nuestros ríos y mares. Y lo mejor es que esos animales de Dios no hay que cuidarlos ni engordarlos como a los novillos. Debemos, pues, incitar el arte de la pesca.

También se gastan aquí millones en cera para cirios y en miel para la farmacia. Cada campesino podría tener veinte o treinta enjambres de abejas, las cuales se buscan su alimento por ahí en los bosques y jardines. Así, nuestra tierra sería como la prometida por Dios a Israel, productora de leche y de miel. Miel de piedra dicen las Escrituras, porque en la prometida las abejas anidaban entre guijarros.

Hace cuatrocientos años que se inventó la miel de caña, pero todavía tiene muchos uso la miel de abejas, y sobre todo la cera para los cirios. Esos animalitos van por los altos árboles y por las plantas bajitas recogiendo su miel, llevados por las leyes del instinto.

Fui a visitar esta semana la fábrica de jabones, velas y cirios de los señores Gavirias. El joven que dirige eso fue a Europa, y en vez de ir a óperas, cafés, muchachas, etc., visitó fábricas. ¡Si así hicieran todos! Ese es el modo de aprovechar un viaje a Europa. País que gaste jabón es país civilizado. Se mide su civilización por el consumo del jabón. Protejan la industria nacional, etc., etc...”.

Salí muy contento y en el café encontramos a Abrahán, con las piernas abiertas en defensa de sus testículos. Nos entramos con disculpa de comprar café y cigarrillos.

—¿Qué tal, don Abrahán? El padre Henao habló de industria nacional.

—¡Ah, sí! Es muy gracioso ese padre...

—¡Hombre! ¿Mejorará esta situación económica? ¿Qué opina usted de Hoover?

—Hombre, doctor, ¡qué cosa admirable el plan Jover! Es la salvación del mundo. ¿Y qué opina usted de la propuesta chilena y de la no aceptación de nosotros? Aguantando hambre y eructando pavo... Eso nos abrirá el crédito.

—Me han dicho que usted compra casas hipotecadas; que juega al alza. Creo que usted es el único que en medio de este pánico está dando en el clavo.

—Yo así lo creo. Libro a los deudores de esos pereques de las ejecuciones y yo me entiendo con los bancos. Les pago los intereses y espero a que Olayita y Jover sigan su obra de salvación.

Llegados aquí, don Abrahán cogió el taburete, abandonó a sus compañeros y se vino a mi lado. ¡Ya fue mío! Me abrió su alma, quiero decir su barriga. Le hablé de su negocio con los funcionarios.

—¡Eso ya no sirve para nada!

Me dijo que era moral ese negocio, que jamás hacía negocios sin consultarlos con sacerdotes.

—¡Sí, doctor; la Iglesia aprueba eso!

—Yo también me confieso.

—Muy bien, doctor, que sea religioso. Tres son las cosas que hacen la vida feliz: primera, la conciencia tranquila; segunda, no deber; y tercera, tener dinero para comer y vestirse bien, oír música y pasear en tranvía.

Sostiene Abrahán que el crédito es el gran mal, que es una víbora. Dijo que en 1931 él usó del crédito y perdió lo que tenía, doce mil pesos. “Entonces resolví que yo no usaría nunca del crédito y que siendo una víbora y no pudiendo desaparecer porque el hombre es en general muy bruto yo abriría crédito...”. Esto es igual a la teoría de Moisés: “Dad prestado y no toméis en préstamo”.

Me dijo que no fumaba. “Yo no hago nunca lo que me hace daño”.

—En 1918 sentí irritación en la garganta. Era entonces notario en Titiribí. El doctor Miguel María Calle me dijo: “Abrahán, deje de fumar o disminuya el tabaco”. Me acuerdo como si fuera ahora del chisporroteo del cigarrillo que lancé contra el suelo, diciendo: “¡No fumaré nunca más!”. Después, muchas veces, he soñado que estoy fumando, y durante el sueño me lo reprocho así: “¡Qué desgracia! Eres un impotente, Abrahán”. Y cuando despierto y veo que no he fumado, ¡qué felicidad! ¡Pero si huele muy sabroso un cigarro bueno! (Su voz se hizo lenta...).

—También era yo gran jugador de billar. Pero una vez, jugando un chico con Roso López, tumbé las fichas. Dijo Roso: “Abrahán, no has ganado”. “Hombre, Roso, mira que sí gané”. “Pues apelo a la barra”. Esta falló en mi favor. Yo dije: “Roso, no te cobro los cigarrillos apostados, no te cobro el tiempo; pero Abrahán no jugará al billar nunca más”. Y tiré el taco y lo rompí contra el muro. Y nunca he vuelto a jugar.

—¿Y los gallos? Todos los del río Aburrá son galleros...

—Nada hay más apasionador que una riña de gallos. Se casa uno con su pollo. Se le quiere como a la mujer o los hijos. Pues, en 1916, mi pollo iba por encima. El otro estaba moribundo. Para acabar la riña, grité: “Cien a cinco”. (Si no aceptaban, el juez declaraba terminada la riña). Uno me contestó: “Se los acepto, don Abrahán, para ver otro revuelito de su pollo”. Repetí: “Cien a cinco”, y otro aceptó, y el pollo continuaba tirado en el suelo. Pero repentinamente a mi gallo le entró pánico como si viera la chucha (rabipelado, marsupial), y huyó. Sacaron el gallo del careo y el mío no picó. Dije: “Tome usted sus cien pesos; tome usted los suyos y Abrahán no jugará gallos más nunca”.

Me dijo: “Antes de abandonar el cigarrillo, yo era delgado como usted. En eso he perdido”. Y miró con nostalgia hacia los testículos ocultos bajo el vientre.

15

Tiene diez hijos. El negocio de su hijo dentista en el Sinú lo deleita.

“Llegó y a poco me escribió: Papá: aquí corre leche y miel; aquí le cuesta a usted un kilo de pescado dos centavos, si usted no quiere estirar el brazo y cogerlo en los ríos. Papá: aquí un racimo de unos plátanos de a vara, le cuesta a usted un centavo. Papá: fui a ver haciendas, y me dije: aquí no hay ganado; me entraron a un potrero cuya yerba me cubría, y a poco vi millares de novillos como elefantes, tapados por la yerba. Papá: mándeme dos mil pesos, y en dos años tendremos seis mil, comprando becerros...

“A los cinco meses me escribió: Papá: mándeme dos mil pesos y compro muchas vacas y dentro de cuatro años tendremos muchos cuernos. Papá: viene un negro de éstos y me dice: ‘Hombre, doctor: póngame un diente de oro; yo no tengo dinero, pero aquí le traigo una vaca y un becerro’. Papá: este es el paraíso...”. Y Abrahán se recoge los testículos beatamente, lo cual es indicio necesario de que sus emociones son fisiológicas.

16

“Yo soy religioso desde que hice ejercicios espirituales con el padre Milicua, jesuita, en Titiribí. Le conté mis negocios de préstamo y me dijo: “Está bien; hoy hablaré de eso en la plática, Abrahán”. Y dijo así: “Un banco hace préstamos al doce por ciento anual, a comerciantes ricos; un empleado pobre no puede recibir préstamos sino al treinta, cuarenta o más por ciento mensual, según las circunstancias del riesgo. La rata, hijos míos, es función del riesgo. Estad tranquilos, queridos antioqueños. Vean, mis hijos, aquí, en Colombia, el dinero es barato a diez por uno...”.

17

Hoy convidé a Abrahán para ir al entierro del padre Urrea. “Iré. ¿Cómo no? Estuvo suspendido y excomulgado”. Quedamos en encontrarnos a la una y media para irnos a “La América”. Me dijo: “Eso le conviene a usted para eso de sus novelas”. Por esta frase me enteré de que no iría, de que ya estaba sospechando de mí. Efectivamente, no fue y no pude volver a conversarle. Me huía.

— o o o —

VII

Un comentario psicológico de Manuel Fernández

No está mal tu estudio acerca de mi tío —comentó Manuel Fernández—. De esta familia materna heredé mi anhelo ansioso de unidad anímica. Tú ves cómo Abrahán tiene gran impulso volitivo. En él, como en toda mi familia materna, un deseo y una idea perduran hasta realizarse. Les ocupa todo el campo mental y no hay lugar para la tentación. Y si lo hay, es mínimo, como en el caso del cigarrillo y de los sueños acerca de que estaba fumando. Pero observa cómo la idea obsesión permanece aún durante el sueño, y critica, reprueba, con fuerza irresistible. En tales individuos, la idea mística se presenta de un modo realista. Para ellos Dios es un socio comanditario, una ayuda para la realización de su ideal. Abrahán cree firmemente que Dios, si encarnara, daría dinero a mutuo, como él. Abrahán, como el que tiene unidad psíquica, carece de remordimiento. Este no es posible sino en el hombre que se desdobla, y que por eso mismo se critica. Por eso Abrahán es tan bello fisiológicamente y por eso camina así, como ministro, y por eso tiene nalgas tan impertinentes, y bigotes así, etc., etc.

Así, pues, de mi madre heredé la convicción celular de que soy yo, de que nada debe resistirme, de que soy el mejor de los hombres.

Pero viene la tragedia. De don Mirócletes no heredé su brillante personalidad, sino el principio de degeneración de su familia, que en él actuaba en debilidad por mujeres y por el alcohol. Y, como mi padre era un gran voluntarioso, su debilidad impresionó grandemente cada una de sus células, y yo nací sin unidad psicológica. Con una gran potencia volitiva y con un convencimiento subconsciente de mi impotencia. Ahí tienes explicados mis momentos en que los amigos creen en mí y los días de aterradora debilidad. Ahí tienes explicado cómo los amigos me llaman el filósofo y al mismo tiempo los criados no me oyen, no me obedecen, llamo por teléfono y no me entienden. Entro a comprar algo a un café y no me ven. Un día me invitaron a una fiesta en mi honor. Me fui con mi hermano. Lo dejaron pasar a él, y a mí me atajó el portero. Otros días, al salir del cinematógrafo, mujeres y hombres quieren entregárseme. Se me quiere entregar la fortuna y la filosofía. Yo me parezco a ratos a Abrahán, un Abrahán literato y filósofo, con el vientre prognata hacia el futuro, y otras veces soy el pobre don Mirócletes y siento sobresaltos a la vista de la más fea de las sirvientas. Es una embolia. Estoy persuadido entonces de que nada se me entrega, ni la idea más común, ni la cocinera o ramera más fea. Y así sucede, y yo creo que es porque leen en mi cara la depravación, el sentimiento de la depravación. ¡Cuán raro que yo no haya heredado de mi padre ninguna de sus bellas cualidades! Creo que mi padre era el final de una familia: en él comenzó a actuar la degeneración de la voluntad.

El hombre sano es unidad psíquica. El alcohol, la sífilis y las enfermedades que trabajan el sistema nervioso rompen esa unidad y en los hijos aparecen combinaciones de complejos muy curiosos. Por eso se ha dicho con razón que los filósofos y literatos son heredosifilíticos. Sin el treponema, no puede hervir un cerebro. Sin él, no hay literatura. Y no me refiero exclusivamente al treponema. Basta que un hijo sea engendrado por un hombre de cerebro dañado por venenos, cerebro herido ya, para que aparezca la pérdida de la unidad anímica en una familia.

Yo creo que soy heredosifilítico. Me han examinado el líquido cefalorraquídeo y la sangre, y nada han encontrado; pero yo me alivio de mis depresiones con arsenicales. Indudablemente, mi padre, la voluntad más fuerte que he conocido y la unidad psicológica más potente en casi todos los aspectos, tuvo alguna infección sifilítica, que en él no tuvo tiempo de trabajarle la personalidad sino en cuanto a manifestarse en dos grandes formas: las mujeres y el alcohol.

En todo caso, describe ahora la muerte de mi padre, que tú observaste. Salgamos pronto para Venezuela. Tengo urgente necesidad, antes de morir, pues presiento la muerte, de estudiar a Juan Vicente Gómez, a quien sospecho como unidad psíquica. Pero no te alargues. Tu gran defecto es la literatura. Careces del impulso científico. Enumera proposiciones. No te dilapides.

— o o o —

VIII

Ponce de León - La muerte de Tobías - La muerte de don Mirócletes - El Arzobispo, etc.

Como ustedes ven, señores, Manuel Fernández estaba muy bruto cuando leyó mis apuntes acerca de su tío Abrahán. Ese modo dogmático y rápido de comentar mi estudio es netamente de seminario, abrahánico. En ese comentario se mostró la parte de Abrahán que hay en Manuel Fernández. La barriga hacia adelante, una nalga en flexión, el bastón contra esa nalga y su retahila: “Yo soy heredosifilítico, etc., etc.”.

Echemos un velo sobre estas debilidades y sigamos adelante con la historia de la familia de Manuel Fernández. Está en una de mis libretas, y voy a darla tal como se halla. Si prescindiera de algunos puntos, se perdería la unidad emotiva.

Don Mirócletes murió por los días en que yo estudiaba a Abrahán. Este no era amigo de su cuñado, por aquello de “perro no come perro”.

Mi libreta es muy importante para conocer a Manuel Fernández, pues si bien yo no tengo con él ningún parentesco, él es mi hijo o algo más. Manuel Fernández es Fernando González, pero éste no es Manuel Fernández. Mejor dicho: en mí vive, frustrado, reprimido, borrado por otras tendencias más fuertes, el amigo Fernández. Que es mi hijo se comprueba con el hecho de que siento deseos de llorar cuando, en virtud de la necesidad lógica de su carácter, pretende suicidarse o se va babeando detrás de una mujer cualquiera.

Por ejemplo, ayer, cuando llegué a Macuto, al hotel Miramar, en compañía de Fernández, que venía a dictarme este libro, percibí que él había sentido el martillazo de la degeneración al ver a la gobernanta, una suiza... Se sentó en una mesita y escribió algo. Logré mirar y decía: “Aquí, oyendo este romperse de olas, a la orilla de todos los ideales altos, escribiré el libro castigado, casto, frío; crearé la noción definitiva del libro”.

A los diez minutos encontré a Fernández en un corredor, con las manos de la gobernanta entre las suyas, y le decía: “Yo soy solo en el mundo y tú también. Nos iremos juntos”. La alemana sonrió burlonamente y vi a Fernández que se volvió con su cuerpo fláccido, vacío como un saco vacío. Tropezó contra un camarero y balbuceó detestablemente: “Perdone, señor...”. El camarero no le oyó y lo miró estúpidamente.

Todo se está perdiendo, pensaba yo, sentado en la terraza. Aquí no hay cinematógrafo, ni hombres o mujeres que gesticulen con energía y que le sirvan de estimulante a este pedazo de gran hombre. Me entré a la pieza de Fernández. Estaba acostado y me contestó: “¡No me joda, maldita sea; no me joda! ¡Qué cuento de libros! ¡Yo soy un loco, yo soy una bola!”. Joder es un verbo muy vulgar que significa molestar. Ser una bola es ser una nulidad. Son términos muy expresivos y muy vulgares.

Al anochecer encontré a Fernández borracho en la cantina. Estaba sentado en un rincón y tenía una mano sobre los ojos para que no le vieran la dirección en que los dirigía. Era una actitud muy cobarde, de hombre que se siente, se sabe inferior a los criados. Pues se trataba de que con esa mano, con los dedos de esa mano, estaba haciendo señas a las camareras, a unas mulatas feísimas... Los camareros, sentados en grupos aquí y allá, se burlaban de él con sonrisas respetuosas, cobardes.

¿Dónde está la grandeza humana? Me fui a dormir y lloré a causa de Manuel Fernández. ¿Podría yo hacer noble siempre a Manuel Fernández? No, porque la vida es lógica como un serrucho.

Aquí me tenéis, pues, con Manuel Fernández, cuya vida se va desarrollando en mi “Underwood” fatalmente, produciéndome admiración a ratos y casi siempre amargas lágrimas. ¡Si yo pudiera cambiar su vida, su carácter! ¿Cuál irá a ser su fin, Dios mío?

Pero continuemos.

Ponce de León

Esta mañana me encontre, tirado en el suelo, al pie de la cama de mis hijos, la hoja portada de un folleto en que anuncian remedios. Es un dibujo bello, puesto que repercute en mi alma.

Un claro de bosque de palmeras. Pasa por allí una fuente. Al lado, con una rodilla en tierra, está un hombre de unos sesenta años, pero juvenil, figura de conquistador, de hombre que camina, abre caminos y que por eso es tan hermoso cuando bebe agua en las fuentes, cuando duerme, cuando se sienta. Nada es más intrínsecamente bello que el aura de los músculos de un conquistador cuando reposan.

Figura de conquistador fornido. Tiene la rodilla izquierda en tierra y la pierna derecha en flexión. La posición del que va a beber agua en una fuente. El brazo izquierdo cae en descanso, pero verdadero descanso, sin embolias o tensiones, y el derecho lo tiene doblado, un vaso de agua en la mano, cerca a la boca, y los ojos fijos en el agua, como bebiendo con ellos. Es el hombre que tiene mucha sed, que tiene mucha fuerza y que goza de las circunstancias antecedentes del cumplimiento de un deseo.

Cerca de él están un indio desnudo, con arco y flechas en una mano, y un soldado español, apoyado contra una piedra, con lanza en la mano izquierda. Ambos contemplan al viejo juvenil que va a beber agua. Todo es conquistador, salvaje, en este cuadro. Tiene esta leyenda al pie: “PONCE DE LEÓN BUSCANDO EN LA FLORIDA LA FUENTE DE LA JUVENTUD PERPETUA”.

Yo me había levantado triste. Yo no me he aclimatado en la tierra, no he preparado mi mesa de los papeles para irme, para morir. No tengo relaciones íntimas con Dios, así como Abrahán. Había leído al despertar que Tobías Ramírez, el amigo de Manuel Fernández, mi colega judicial también, iba ayer para su casa, a las diez y ocho, y se dobló y cayó muerto en el costado de la Metropolitana. Diz que no hizo un solo gesto.

Ver a Ponce de León y retumbar mi vida interior en ecos, y ecos y ecos fue como es rápido un relámpago. En ese momento tuve una vislumbre del paraíso.

¿Qué me dice a mí Ponce de León, que está ahí, al pie de la fuente buscando la juventud perpetua? Reví los boscajes que huelen a musgo; reví los paraísos que he visto en mis andanzas a pie; olí todo lo bueno que he olido. En un relámpago pasaron goces, nacimientos y muertes, ansias y sueños. Se unificaron mi existencia pasada y mis anhelos de futuro en un segundo, más allá del espacio y del tiempo.

Le dije a Berenguela que yo debía irme con Manuel Fernández: “¿No ves? Esta vida de juez es mortal. Yo debía irme a Venezuela a buscar las fuentes y los bosques en donde se esconde la belleza juvenil perpetua. Hace años que amenazo con irme en busca de un gran hombre, de una fuente de energía. Aquí no hay sino cabos de hombres. Aquí no me comprenden”.

A todo hombre le ocurren grandes aventuras, a pesar de que esté encerrado en un cuarto de diez metros, pues el tamaño de los sucesos individuales se mide por la repercusión en el alma. Encerrado estaba cuando maté una rata a golpes de zapato hace cinco meses, y ese hecho fue grande en consecuencias. Modificó mi moral, mi conducta con mis hijos, mujer y amigos. He visto grandes obras de arte, según los críticos, y se me olvidaron. Mi alma no agarró allí. Y ahora, este cuadro que sirve de anuncio para propagar unas píldoras purgantes que fabrica el doctor Palmera, en el barrio de Guayaquil, me eleva a las regiones de la mente, fuera del tiempo y del espacio.

Yendo para la oficina, pensaba: Analiza, analiza a ver qué es este goce con Ponce de León, en qué consiste el secreto, la esencia de este goce tan puro. ¿Será que te recuerda, te hace presente los ratos cuando creías intuir a Dios durante tu viaje a pie por Colombia, cuando ibas por montes y bebías agua como las mulas? Es eso, y es mi historia de América enseñada por el padre Mairena:

“Vasco Nuñez de Balboa llegó entre una pipa a las costas de América. Tenía muchos acreedores y resolvió partir. Era pobre y entonces se metió en un tonel vacío, y ya en alta mar salió y sus desconocidos compañeros se admiraron. Tenía una presencia tan resuelta para las cosas difíciles y bellas, que los marineros se alegraron. Este deudor moroso, perseguido por algún Abrahán, era el joven Balboa que iba en busca de la juventud perpetua y que la encontraría en el tibio Océano Pacífico”.

También entre los ecos despertados en mí por la pintura del doctor Palmera estaba el otro doctor, Steinach, que bebía jugos de testículos, en busca de la juventud perpetua; estaban Pasteur, Mechnicoff y Voronoff. Estaban los cuerpos de niños y niñas sanos, frutos duros para el que tiene dientes blancos. ¿Por qué cada día voy odiando más lo blando? No es lo duro, sino lo elástico, lo que recupera rápidamente su forma bajo la presión de la mano. Siente uno que la vida está bajo la palma de la mano cuando comprime un pecho, por ejemplo. No es lo duro, sino lo elástico, lo que me va gustando más a medida que envejezco.

Metí la hojita en el bolsillo de los pantalones, cerca de los testículos, y me fui para la oficina de juez. Tres veces la saqué en el camino para mirarla. Esta Universidad no la dejaré hasta que me entregue todo lo que pueda. Método emocional. Estoy matriculado en la Universidad de Ponce de León pintado por el doctor Palmera para anunciar unas píldoras purgantes. En esta hojita hay para mí mucha teología.

Acabo de ver que allá, entre el bosque, borrosos, hay otros dos personajes que miran a Ponce de León. ¡Dame de tu agua, Ponce! ¡Si yo pudiera irme por el mundo y conservar mis músculos delgados y firmes, mis intestinos con ágiles movimientos vermiformes; mi piel, quemada y seca; mis sentidos, agudos y firmes!...

Llegué a la oficina y me avisó don Benjamín que don Mirócletes estaba agonizando.

—¿Cómo? ¡Búsqueme noticias! ¡Tráigame, consígame datos!

Vuelve don Benjamín a decirme que ayer, estando en su oficina, repentinamente se puso don Mirócletes a hablar disparates. Lo llevaron en coche y apenas lo acostaron comenzó la agonía. Uremia, ataque cerebral...

Me lo imagino agonizante, con los brazos separados, porque los gordos que tiene en los costados, alrededor de las axilas, le impiden juntarlos al cuerpo.