El Hermafrodita dormido

Fernando González

1933

Dedicatoria

Siempre hay seres humanos detrás de nuestras acciones. Por ejemplo, al publicar mis libros he sentido que sería muy bueno que Alfonso y José Vicente González dijeran que estaban agradables. El último murió en 1932. Me falta un ala. Este es para Alfonso. Aparecen tantos jóvenes y mueren tantos colegas de juventud, que estoy medio muerto, por lo menos se me quita el miedo a la muerte. Las nuevas juventudes son como nuevas visitas, con quienes no encontramos qué decir. Decididamente, pasados los treinta años, cada día es más evidente que nuestro puesto en la Tierra lo necesitan y reclaman otros. ¡Abran campo, pues, queridos amigos muertos, que me siento empujado hacia vosotros! Pero mientras tanto cantemos a la juventud, que es lo único. Lo demás son las meras nadas. La juventud es bella aunque no se bañe. Por eso, por amor a ella, para no separármele, he querido permanecer siempre aficionado y no ser profesional. Así puedo contradecirme, no tengo obligaciones, me parece que estoy aún en el colegio de los jesuitas y que no he terminado mi documentación. Porque soy también un jesuita soltado. Me da hasta risa pensar en el asco que le tengo a la terminación de los estudios, a la vejez y a la muerte. Porque cuando uno cree que ya sabe una cosa, es porque ya se murió. Todos son muertos, menos los que nos documentamos y nos documentamos, como los jueces que se demoran y se demoran. ¿El juicio? ¡Va! Eso es matar el proceso filosófico... Lo único que sé es que la filosofía es un camino, una amistad, y no un matrimonio con la verdad. Ésta no se ha casado, es virgen, una virgen juguetona. Quien afirme que ha poseído la verdad es un... viejo sofista.

— o o o —

Introducción

I

¿QUIÉN es Lucas de Ochoa en los días en que saca en limpio sus aventuras italianas? Cada rato sale a la ventana del Consulado, donde trabaja, mira para el cielo y llama a Dios. También cuando sale de paseo con los hijos mira para el cielo, como las aves de presa cuando se asolean en los tejados. Tiene una gran seguridad de que somos hechura y de que podemos recibir energía. La cuestión es ponerse en relación con ella. Casi todos cortan la corriente y se arrugan como pasas. Se siente vivir en comunicación con todo lo creado. “Hasta allá —dice—, hasta el sol más lejano está unido a mí”. Muchas veces despierta durante la noche y siente la solidaridad con las estrellas, siente que el Sol está calentando el otro hemisferio y ve a la Tierra que va por su camino, tan bella.

Se entra a los templos y se está durante horas parado contra una columna, porque afirma que tiene relaciones con Dios. ¿Quién es Dios? Contesta que la esencia, lo que no es hecho. Que Dios no es formal. Dice que tiene algunas cosas como ayuda para sus relaciones con Dios: por ejemplo, los rayos del Sol que entran por las ventanas de las iglesias y que se materializan en los corpúsculos del polvillo ambiente; el Sol, al cual mira de reojo, mientras respira lenta y profundamente; la luna silenciosa y las estrellas multicolores. También durante la noche se acurruca en su lecho y grita interiormente: “¡Cógeme, llévame lejos, a otros planos emotivos! ¡Cárgame, madre mía! ¡Yo soy hechura!”.

II

Vive en Francia. Está canoso y hace dos años que cada mes pesa menos. Se está consumiendo, porque el fin de la vida es luchar para hacerse consciente. Últimamente se airó con una señora anciana, su amiga, y la insultó. A la hora comprendió que la voluntad violenta vuelve como puñal contra el airado. Comprendió que había ascendido, pues le es imposible airarse y maltratar a los seres. Sintió la solidaridad de toda la creación. En todos los ojos se ve al espíritu; cuando se ha llegado a ese plano de existencia, no se puede ofender a ninguno, ni a quien nos ofende. Nadie es malo, nadie, ni la niña que asesinó a su padre; hay gente que aún no ve, pero en todos los ojos está el espíritu. Además, no podrá aparecer el sucesor del hombre sino cuando haya desaparecido toda ceguedad. Mientras haya uno solo atrás, no podremos pasar el río que nos separa de la tierra prometida.

III

Después de airarse y de arrepentirse, durante días salía al Sol y entraba a las iglesias, pensando:

Cada día me consumo. No debo quejarme de estas experiencias, porque ellas me hacen doctor. El fin de la vida es llegar a la muerte con el cuerpo consumido por la jornada y el alma como luna llena que se asoma.

Le pregunté cómo oraba en los templos. Dijo que apaciguaba la mente, hacía el vacío interior y recibía energía y órdenes. Que el espíritu comienza a hablar sin voces apenas uno lo pide y está listo. Que a Jonás no le dieron ninguna orden con voces de sargento, sino que la conciencia le ordenó; la ballena es símbolo, lo mismo la tempestad. Cuando se ha oído la conciencia y no se obedece, se camina por las tinieblas. Que la conciencia le ordenaba quedarse en Colombia en 1931 y que se vino.

Apenas lo sacaron de Italia, entre dos policías secretos, llegó enfermo a París y luego a Marsella, en donde estuvo agonizando de peritonitis. De la agonía no recuerda sino que tenía ansia infinita de beber agua de los Andes, de una fuente maravillosa que nace en “Las Palmas”, cerca de Medellín.

Luego se estuvo durante un año convaleciente y escribiendo constantemente: tengo una gana loca de ser bueno. Es decir, de comprender más cosas, de apropiármelas, de trascender más y más la apariencia.

IV

Pero afirma que deviene consciente, reaccionando. Por eso no reniega de sus locuras pasionales en cuanto lecciones. Rameras, odios, hábitos desordenados..., en fin, dice que en el retrete invoca a Dios para que lo saque de la carne, pero espíritu maduro, como estrella que aparece en las cimas de los Andes.

Reacciona demasiado fuertemente y luego se enerva. Oscilaciones terribles de enervamiento tenso y depresiones. De ahí que sus juicios sean tajantes, y que luego se contradiga, para terminar por irse para un templo a buscar a Dios y decirle que lo saque de las apariencias. Por eso se burla de su persona y sostiene que el valor de sus escritos está en que son la relación de sus luchas, no en la verdad, la que no se halla nunca en palabra de hombre. Esta es, a lo sumo, manifestación de una conciencia que deviene. La verdad es muda, no sufre adjetivos, ni nombres; únicamente un verbo: Ser. La apariencia Existe, es decir, es manifestación.

El lector de este libro debe tener presente lo anterior al leer juicios sobre naciones y hombres, de los cuales ahora se ha desprendido Lucas Ochoa como de vestidos. Los juicios, afirma, son como el rastro que deja la babosa en el sembrado de lechugas.

Pero es fácil entender a nuestro hombre cogiendo al acaso una de sus libretas de bolsillo del año 1933, vivido en Francia. Hojeándola al azar, se ven, pegados a las páginas, multitud de tiquetes de la Sociedad francesa de básculas automáticas, y otros de la Sociedad de fotografías balanzas automáticas. En los primeros está únicamente el peso, con la fecha, mientras que en los segundos se halla también el retrato. En ambos vemos que el peso de Ochoa ha descendido en tres meses a 56 kilos, subido a 60 y vuelto a 57.

Uno de tales retratos, en el que parece que se hubiera vuelto todo cabeza, tiene esta leyenda alrededor:

Agosto, 7, 1933. —El 4 de agosto enterré al pie del árbol del jardín un papelito con la promesa de no enojarme durante un mes. Los hijos y la mujer me rogaban cambiar lo de no fumar por no enojarme, y resolví sostener el no fumar y agregarle la ecuanimidad”.

En agosto, 20, 1933, hay una nota que reza:

“Me parece que la Tierra fecunda mis propósitos. ¿Acaso no somos hijos de la Tierra? Así como a las plantas, y éstas a nosotros, así a mis propósitos. Hay mucho hálito divino en la Tierra. Hoy enterré un papel con la promesa de no emitir juicio en dos semanas”.

Por ejemplo, en la siguiente nota vamos a coger vivo a nuestro hombre. Ama a Francia mucho; la cree el lugar en donde hay más razonables y equilibrados, y, sin embargo, en julio, 10, en la libreta, alrededor de uno de los retratos, hay esta leyenda:

Julio, 10, 1933. —Retrato de un hombre que está más triste que la tristeza. Hace cinco días que no fumo, pero estoy hecho un alma de asesino. Odio a Francia porque hay muchas rameras. Odio a Francia, exportadora de rameras. Odio a Francia, porque me ha hecho nacer el disgusto por todo: parricidios, infanticidios, estupros, avaricia, moho de la moneda sueldo”.

Un espíritu presa de la carne pasional, loco entre la carne. Al lado de otro retrato se lee:

“Parezco un futuro guillotinado. ¡Qué abismo de dolor en este rostro! Pienso en lo odiosa que es mi vida de Europa. ¡Dejar mi tierra ancha e inocente por este hormiguero humano!”.

Julio, 11, 1933. —Estoy en el séptimo infierno y no sé por dónde salir. La vida me presenta su cara de los mil horrores. ¿Qué hice? ¿Quién me suelta su veneno?

Si esto no se compone pronto, pronto, moriré.

Casi estoy seguro de un cáncer”.

V

Al copiar lo anterior, resolví transcribir toda la libreta, para que se entienda en las circunstancias tormentosas en que emitió sus juicios-insultos contra la libre Francia y para que se conozca bien al individuo que escribió este libro acerca de Italia. Como actualmente está entregado a mirar para el cielo, es contra su voluntad que esto se publica; sostiene que son cadáveres, partículas cadáveres de un alma que trajina, excrementos pasionales. “Tú —me dice—, no comprendes que no tiene valor lo escrito o lo actuado sino en cuanto desenfunda el alma” (se refiere al acto de sacar un cuchillo de su vaina). “El género humano es solidario y no hay Francia ni Italia: hay hombres, y mientras uno solo se quede atrás, ninguno pasará de esta etapa. Los juicios que publicas son apenas reacciones de un alma que está tan metida en la carne como una nigua (1). No quiero bulla con mi nombre; ofréceme fama o dinero y quizá me venda, pero diré que me vendí y llamaré a Dios en la noche y en los templos y retretes hasta que me reciba lo que me diste. Ya me he vendido; ya me he prostituído en todo, y lo diré, porque mi alma chilla como Jonás dentro de la ballena, o como gatos en el tejado”.

Copiemos, pues, la libreta y ninguno se sienta ofendido, que los juicios de este libro son reacciones causadas por los policías policromos de Italia, por la mujer única de Marsella, por las actitudes de Aquiles Starace o de Mussolini, o bien, por el encuentro de algún motorista de tranvía impertinente o por la lectura diaria de crímenes horribles. También, que Ochoa se hunde en la inmundicia y luego sale enfurecido, lanzado para arriba como pelota de caucho y renegando de todo..., para terminar mirando al cielo, como los gallinazos que se asolean en los tejados de las casas en Medellín.

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(1) Animalillo que se entra en la piel de los pies, en América.

Libreta Nº 615

Julio, 4, 1933. —Hechos, hechos. La conquista de mí mismo.

* * *

Hace hora y media que ni fumo ni pienso. Son las diez y cuarto. No pienso, luego soy.

* * *

No bebí café en La Prefectura hoy. (Plaza en Marsella).

* * *

Estoy un poco mejor. Hace dos años que sufro, envenenado, paroxismos, incapacidad.

* * *

Tema para desarrollar: San Francisco de Asís no pasaría hoy de obtener una notícula irónica, corrosiva, en Le Journal, y no podría hacer lo que hizo.

La Prensa es el medio de hoy para imponer movimientos. Por ejemplo, si se le propone popularizar el monótono canto guerrero de los negros: ¡Ay, ay, aaayyyy!!!

* * *

Hace dos horas y un cuarto que no fumo, pero emito juicios. No puedo detener el cinematógrafo interno, tan vulgar como el mundo en que vivo. Somos netamente solidarios.

* * *

Hace dos horas que no fumo. Tengo deseos de quemar los cigarrillos. Los dejé en casa. Cuando los queme, se levantarán las volutas del humo como en un sacrificio.

* * *

Julio, 5, 1933. —Hoy voy a quemar mis cigarrillos.

A las doce, quemé los cigarrillos que tenía.

* * *

La doctrina de la relatividad, Nietzsche, acabaron con lo existente y dieron nacimiento a los sugestionadores. Con una camisa se hace hoy un movimiento. Antiguamente, Jesucristo dijo que si no había fortaleza dentro, existía un sarcófago lleno de huesos y camisa.

* * *

Julio, 6, 1933. —¡Terrible curso! La familia me es insoportable porque la amo. Un hombre que ama, es pasional. Hay que romper.

¡Insoportable mi vida en Europa! Sobre todo ¡formar una familia! ¡Eso fue lo mejor que hice! ¡Un error, un error haberme vinculado! ¡Llévame pronto de esta carne y de estos sentidos que se meten a juzgar!

VI

A continuación de lo que precede está la nota acerca de Francia, y el retrato. Después hay lo siguiente, muy curioso:

Julio, 20, 1933. —Después de una semana volví a fumar. La culpa fue del método, pues no reprimí el carácter, no inhibí la ira y los pensamientos tristes. Hoy recomienzo con ayuno y buen humor. Mucha culpa tienen Berenguela y los hijos que, por miedo a verme encerrado y furioso, me aconsejaron que fumara.

Esta mañana pensé que hace tres años escogí espíritu y que no he obrado de acuerdo con mi decisión; una vez decidido, no se puede retroceder, so pena de muerte. Por eso es mi gran tristeza continua. Hay que progresar día a día cuando uno se decidió por el espíritu, o por el cuerpo. No se puede dudar ya durante la marcha.

* * *

Julio, 27, 1933. Viernes. —Señor: que mi decisión de no fumar sea apoyada. Padre nuestro que estás en los cielos...

* * *

Julio, 29. —Hoy me va a ayudar Dios. Comencé a no fumar, no juzgar y no airarme. Sobre todo que los sentidos no juzguen; son jueces autonombrados. El juicio es también excremento pasional.

* * *

Julio, 30. —Enterrados siete cigarrillos. Mi hermano Jorge también resolvió comenzar. Lo hicimos a las tres y son las diez y estamos como huérfanos.

* * *

Julio, 31. —En el cafecito oloroso a orines, al lado del Huveaune, hace veinte horas que no fumanos y no juzgamos ni odiamos. Tristes, sobre todo Jorge.

Las 9 p. m., con ganas de fumar. Parece que la vida no tuviera interés.

* * *

Agosto, 3, 1933. —Desde ayer a las cuatro me encerré en mi cuarto, airado dizque porque me contradicen en casa. Pero es disculpa; la ira es porque no fumo y porque no emito juicios. Tengo tanto desespero por salir como el Filocleón de Las avispas, el viejo juez que quería salirse hasta por las rendijas a juzgar, a condenar.

* * *

Agosto, 5. —Hace seis días que no hablo ni fumo. Jorge tampoco. Con un compañero se facilitan estos asuntos. No se pueden escribir bellos libros si no se tienen lectores; brincar, si no se tienen admiradores y hacer actos heroicos en la soledad, es el summum de la grandeza.

A cada instante pasan, como relámpagos, sentimientos de que la vida nada vale sin fumar en el café y sin emitir juicios. Llegan quejas hondas, tristes, de todo el organismo. De pronto, la mano se mueve instintivamente para el bolsillo de los cigarrillos, y da un desconsuelo inmenso pensar que jamás, jamás se fumará. Pero es cierto que no sentimos ninguna tristeza por no haber fumado.

Cada acto en que se fumaba es una tentación. Sobre todo desayunarse, almorzar, comer y beber café. Éste, sin emitir juicios acerca del país en donde se vive y sin cigarrillos, es igual a nada.

* * *

Agosto, 7. —Comprendo el sentido del sacrificio y del envejecer, del caer el cabello y los dientes, del arrugarse el rostro. El hombre se hace grávido en cuanto lucha y se consume. El siglo XIX bajo el aforismo mens sana in corpore sano, no vale nada. Cuerpo sano y cuidado y lucio no puede ser cuna sino de los gusanos.

Hay un error fundamental en el fascismo, marxismo, hitlerismo, rooseveltismo y todos los sistemas que quieren agrandar a las naciones por el sistema del dominio sobre los demás, por el triunfo en competencia, por la voluntad violenta. Son movimientos egoístas que crean el odio y la reacción, los nacionalismos. Estamos sedientos de un redentor que nos traiga una ola de otra cosa.

* * *

Agosto, 13. —Tengo orgullo por mi continencia y por mi sobriedad de actitudes.

Una gran tentación de fumar, pues comí con una familia amiga en La Reserve, y al frente estaba un viejo muy sano y apacible que consumía, consumía alcoholes y cigarrillos mientras emitía juicios reposados acerca de todo.

¡Me mata la pasión de juzgar! Fue uno de los momentos más débiles de mi vida. Me duele aún no haber juzgado y fumado. ¡Consumía deleitosamente ese viejo francés! Comen y beben muy bueno aquí. Es gente realista. Tienen una santa que era virgen y usaba calzones de hierro.

* * *

Agosto, 16. —Tengo un sentimiento claro de la vejez. ¡Qué terrible la posibilidad de ella! Hasta hoy no existía para mí. Veía viejos, pero no pensaba que podría serlo yo. Hoy la vejez me parece como un ser que se ha metido en casa. Madame Taylor me regaló un gato de dos meses.

La vejez se metió en casa como el gatito de Madame Taylor.

VII

Es un gran sensual. Casi puede decirse que ahí está su fortaleza, pues ella le sirve para rebotar como la pelota de caucho. Es UNA INMUNDICIA QUE MIRA PARA EL CIELO. Con fragmentos de su correspondencia de los últimos días vamos a estudiarlo.

En carta de 27 de junio de 1933, dice:

“Conocí a la mujer única de Marsella, una muchacha poderosa que se pasea pescando por la calle de Roma. A veces tengo la manía de seguir a las mujeres, pues me parece que ellas tienen en alguna parte algún secreto. Desilusión, pues nosotros somos los del secreto, según lo dijo Cojuelo en el recado que le envió a una sirvientica: ‘Dígale que se venga sin calzones esta noche, que le voy a decir un secreto’.

Se desnudó y ¡téngase usted! Eran unos pechos como los cañones antiaéreos que llevó el difunto Vásquez Cobo a Tarapacá. Se paró al frente del espejo; alzó los brazos, los bajó y bregó por doblar de para abajo esas tetas beneméritas. Me dijo: Je suis unique a Marseille..., y sonreía triunfalmente”.

Indudablemente que le vino la reacción, pues en carta de 2 de agosto de 1933 encuentro lo siguiente:

“La mujer sigue siendo para mí como larva de coleóptero; me produce nauseas. A cada dos minutos miro para el cielo y llamo a la Belleza, al que está escondido, y has de saber que oigo el ruido de sus alas, cada vez más, cada vez más. Es como la aurora, que cada vez más, cada vez más.

“...La única conquista que puedo contarte es que ya me dan asco las mujeres. Con la ayuda divina vencí eso que me hacía desesperar. Si vieras las sensaciones tan raras que tengo al ver cuerpos de mujeres en la playa. Es muy raro. No sé explicar. Es un complejo en que hay sensación de larvas inmensas de coleópteros, trompas retráctiles de elefantes, abdómenes de insectos. En fin, creo que se trata de la intuición del alma fisiológica, el alma de la carne, el deseo de encarnar.

Mi única esperanza es volver a Colombia preparado para morir, graduado en eso. Medita bien: que sienta náuseas por la vida orgánica y que tenga relaciones divinas.

Mucho es saber que hay dos vidas. Pero ¡qué malo no poderte explicar esto de los cuerpos de mujeres! Pero es de las mujeres que están en la edad del deseo. Los hombres también. Apenas los intuyo, vomito. Mi amigo sacó una fotografía de unas mujeres desnudas en la playa. Ayer me la mostró. Como fue sentadas, con las piernas estiradas al frente de la máquina, éstas quedaron gruesas y cortas y tuve la sensación de órganos retráctiles como tentáculos de pulpo o trompas de elefantes, y vomité”.

Durante el mismo tiempo de reacción contra la mujer única, escribió lo siguiente acerca de las francesas, lo cual a nadie ofenderá, pues este hombre es fatalidad evidente.

Puesto que hay otras notas en que habla de la virtud de las campesinas de Francia, hay que tomar tales ímpetus por lo que son, reacciones de Marsella, puerto cosmopolita y donde hay, por ejemplo, más de ochenta mil mujeres inscritas; agréguese ochenta mil hombres que viven de ellas y lo que no está legalizado... Pero en Marsella se encuentran muchachas más ágiles que los gatos. Dice:

“¿Cuál es el hecho que más aparece en mi conciencia? Las mujeres de Francia. Míralas pasar. Carecen de misterio; no tienen secreto; no hay en ellas inocencia. No existe el amor, el cual esencialmente consiste en la conquista de una inocencia. En Francia no existe, pues, el amor. ¿Qué arte puede haber sin amor?

Míralas pasar. Convérsales. No tienen ningún secreto. Desde la más tierna infancia sus pechos caen a la altura de las costillas falsas. Observa las artistas de cine y de teatro. Todo se les cayó desde la más tierna infancia. Un secreto que las muchachas prometen y no cumplen, es el amor.

Francia tiene pocas barreras y se llama el país de la mesura. La moral son linderos que crean el pecado y, por consiguiente, el misterio, el amor, la picardía, la gracia. Ésta consiste en la agilidad con que el hombre se mece en la barrera que separa el bien del pecado, sin dejarse ir; es un asomarse a lo prohibido.

El arte es también un cerco de leyes, y el amor, summum de todo, nace de la moral.

Aquí piden cien francos por una cosa que no puedo decir y cincuenta por otra que tampoco puedo decir: Voilà l’amour!

En Francia no hay barreras. Nada es bueno, nada es malo; nada es verdad, nada es mentira. Entonces ¿por qué existe aún Francia? Por el franco. El franco y el sueldo son el límite del francés. ¡Es mucho amor por el dinero, mucha economía, mucha hambre! Ahora comen más y están enojados con los yanquis que vinieron a la guerra, porque les enseñaron a bañarse y a comer bien. El franco es como la atmósfera que pesa sobre nosotros y nos evita reventar. El franco limita al francés y lo hace una nacionalidad que no perecerá; es la explicación de sus triunfos y de sus cualidades”.

La sensualidad de Lucas es la continencia, un fenómeno español y suramericano. Efectivamente, el misticismo español es sensualidad contenida. La noción de honor femenino es de España y Suramérica. Mirar tras las celosías, atisbar, rumiar las promesas de unos ojos. Mientras que Francia es un país satisfecho en amor. No hay francés que no esté ahíto. Creo que en estas cortas frases queda explicado el malentendu de Ochoa y las mujeres únicas. En Francia no gustan de las ilusiones, y a uno como Lucas, le dicen: Espèce d’idiot...

VIII

Muy naturales parecerán estos datos biográficos a los lectores de Mi Simón Bolívar, libro en el cual comencé la historia de Lucas Ochoa. Recordarán muy bien que es asimétrico; que estuvo hemipléjico durante el año 1928.

Pues los paroxismos le volvieron hace poco. En su correspondencia y notas está descrita esta crisis:

“...Grandes y buenas noticias le tengo acerca de mi salud. Resultado del examen del líquido cefalorraquídeo, negativo. Hay, eso sí, 0,80 de albúmina, y lo normal es 0,20 a 0,40. El Doctor Aymés le envió el resultado a Berenguela, junto con una boleta en que dice que es relativamente satisfactorio, y que fuera donde el Dr. Sedán para estudiar el fondo del ojo. En la tarjeta que envió para éste, se lee: ‘Ochoa Lucas. —Crisis comiciales muy raras. Albúmina citológica en el líquido’.

El Dr. Sedán dijo: ‘Usted puede estar contento, señor Lucas, nada de sífilis, nada de tumor; reflejos normales, pupilas iguales y astigmático’.

Parece que sea la misma enfermedad de Mahoma”.

En carta de 2 de junio se lee:

“Ayer salí de aquel hospital San José, donde pasaron cinco de mis días, felices. ¡Qué silencio, qué manos y qué almas! Es suave el catolicismo para con sus buenos siervos, como yo. Las Hermanitas de la Presentación son las únicas mujeres que me gustan.

Las noticias que le puedo dar es que no hay tumor. La radiografía es normal. La leyenda dice: ‘Cráneo soberbio. Ninguna anomalía, salvo un enorme seno frontal derecho’.

Mi vecino de cuarto era el abate Peracca, enfermo del corazón por la gordura. Se paseaba en calzoncillos a medio muslo, redactando el testamento, y a las doce gritaba que si no le daban almuerzo se iría para el restaurante.

También había un paralítico que ya no movía ni la cola y que gritaba al ver a su mujer: ¡Maguí!... ¡Maguííí!! (se llama María). Cuando la hermanita le daba el café con leche, exclamaba a cada sorbo: O que c’st bon! O que c'est bon!

Al abate Peracca lo cogieron las hermanas un día robando pan en la cocina, vestido de calzoncillos y una capita. Queda dicho que Peracca es italiano. ¡Aprenda a deducir!”.

Si el lector entrara ahora a la casa de nuestro hombre, lo más probable sería que lo encontrara con un frasco de Kalmidor en una mano; acaba de beber una cucharada y mira para el cielo. Vive de Kalmidor y píldoras azigol. En el frasco de éstas se lee: “Supresión de los bromuros. Para todos los estados nerviosos. Alejamiento progresivo de la crisis”.

Legumbres y legumbres. Pero también está entusiasmado con unas gotas de sales radioactivas.

Resumiendo su vida aparente: enterrar papelitos con promesas y juramentos. Mirar para el cielo. Tomar calmantes. Caminado lento unas veces, rápido, otras. Períodos en que emite juicios acerca de todo y épocas de mutismo. Encerrarse durante días en su cuarto, para llamar a Dios.

IX

La esencia actual de la filosofía de Lucas es que la emisión de juicios hace parte de lo que llama excremento pasional. Lucha contra su persona, beber, fumar, cohabitar, amar, odiar, reaccionar, emitir juicios.

El juicio no hace parte del espíritu, sino de la persona. Toda proposición es reacción. “Italia es hermosa”; en esta proposición hay una reacción. “La Tierra es grande”; “Dios es infinito”, etc., etc.

Hasta hoy se había considerado a la razón como facultad espiritual. Ochoa sostiene que hace parte de la apariencia. Dice que arte y ciencia son apariencias, pues no hay sino un verbo sustantivo: Ser. No se puede concebir nada existente fuera del Dios escondido.

Sea lo que fuere de toda esta metafísica, lo cierto del caso es que nada mejor que emitir juicios en el café, mientras se fuman los cigarrillos. Y ninguno hace estas cosas con el deleite de Lucas Ochoa, sólo que la metafísica lo pervirtió... O quizá goce tanto por eso mismo, porque lo considera pecado.

“Vas a publicar todos mis excrementos pasionales”. Eso me repite acerca de este libro sobre Italia y sobre muchas cosas, que he arreglado con sus apuntes, correspondencia y conversaciones.

Lo he titulado El Hermafrodita dormido, pues me parece que las páginas acerca de esta obra griega merecen darle el nombre a todo el libro. Es una serie de juicios acerca de Italia. Mussolini, por medio de su policía, llegó a leer algunos de tales apuntes y arrojó a nuestro filósofo de su península. Fue incapaz de comprender.

El epílogo contendrá algunas notas de Ochoa, necesarias para conocer los juicios que ha emitido acerca de las otras naciones y de los sucesos de Colombia. Pero mejor será no decir nada de ésta, porque es mi madre.

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I T A L I A

Primeras impresiones

Génova, 12 de marzo de 1932.

GÉNOVA es ciudad bonita, mucho; original, porque no es plana. Tiene algo de Manizales. Es, con Venecia, la que posee más carácter. Los genoveses son comerciantes y nada más. Es la tierra del ambicioso Colón. Conociéndola, nos explicamos los motivos que lo indujeron a ir en tres cáscaras hasta Guanhaní: comerciar, comprar y vender; oro para comprar el cielo.

Italia está muy organizada; reduce cada día sus importaciones y aumenta las exportaciones. Los impuestos aduaneros son enormes, por ejemplo, para el café. Produce bananos en La Somalia y otras posesiones africanas y prohibió la importación de ellos. Está cerrada para nosotros.

Hay un nacionalismo terrible, lo mismo que en toda Europa. Nosotros somos hospitalarios hasta la bobada. Un pequeño ejemplo es nuestra ley sobre visa de pasaportes, que está basada en la reciprocidad; gratis a italianos y suizos, porque así lo hacen ellos; pero Italia y Suiza son países de turismo; les conviene que vengan por aquí a pasear. A nosotros ¿qué nos ha de convenir que vayan buhoneros italianos a traficar en nuestros pueblos? Para Francia le visan el pasaporte a cualquiera, pero le ponen un letrero que reza: “Prohibición de ejercer trabajo remunerado en Francia”. Somos muy inocentes. Nuestros países de Suramérica se están llenando de la hez de la Tierra. Cuando leo la Prensa de allá, me quedo repitiendo: somos inocentes hasta la bobada; somos inocentes, pero aún no estamos pervertidos completamente.

* * *

Nacionalismo

Marzo, 17.

Todo esto es obra de la sugestión de un hombre: Mussolini. Ha logrado que todo italiano se crea un Napoleón y crea que ganaron ellos solos la guerra.

De esto se concluye que para engrandecer a los pueblos hay que instigarles la vitalidad. Es la única lección que puede sacarse de esta repugnante dictadura. Mussolini ha convencido a las nuevas generaciones de que son iguales o superiores a cualquiera, y apenas se convencieron, la creencia deviene realidad y el mundo la va aceptando mansamente. “¿Qué no puede hacerse con el hombre?”, preguntaba el Libertador.

Prohibida la importación de lo que Italia o sus colonias puedan producir. Todos los países de Europa se encierran.

Conclusiones: prohibir la entrada a Colombia de todo lo que pudiéramos producir. Es una vergüenza que allá introduzcan comida. Instigar la vitalidad, predicar que nuestra tierra es más bella y mejor. Sólo nos falta creerlo.

Para eso, el medio es la Prensa y la escuela. Cualquier cosa se puede hacer de un pueblo por medio de la escuela y la Prensa. De ahí que lo primero que hizo Mussolini fue apoderarse de la imprenta y de la niñez.

El principio de reciprocidad que anima nuestras relaciones internacionales, es absurdo: porque si algún país tiene posibilidades para vivir de sí mismo, es la gran Colombia, con dos océanos, con todos los climas y todas las alturas, con las faldas de los tres Andes, sus mesetas y sabanas; ríos con sus valles inmensos. Por ejemplo, es una gran inocencia el que se pueda introducir maíz, frísoles, arroz, huevos, a semejante tierra. Y sombreros, telas, etc. Lo único que debía permitirse, por ahora, es la entrada de maquinaria.

El art. 2 de la Ley 69 de 1930 es absurdo. Los países que no cobran por visar los pasaportes, es porque tienen gran renta en el turismo. Esto sucede con Italia. Mientras que los italianos que van a Colombia es a vender telas, sombreros, corbatas y tronquitos de mármol.

Ya que somos pocos en gran tierra, se podría visar pasaportes únicamente a gente muy sana que fuera a trabajar las industrias agrícola, pecuaria, manufacturera o extractiva, con capitales mínimos de tres mil pesos. Visar pasaportes como se está haciendo, revela una inocencia terrible. Hay que prohibir la entrada de comerciantes y de aventureros.

Colombia es un paraíso porque tiene apenas ocho millones de habitantes. Las desgracias y corrupciones de Europa provienen de la densidad de la población. Por eso, aquí las casas son como inmensas jaulas, sin patios, sin solares y sin aire. Por eso, aquí hay estatismo, socialismo, comunismo, y no hay vida de familia, no existen las amistades tan deliciosas entre familias vecinas. En estas tierras se vive como en hormigueros desorganizados.

Conclusiones:

1ª. El afán de que vayan gentes a Colombia es sugestión; nos parece, como a los niños, que los defectos de los mayores son perfecciones.

2ª. La felicidad colombiana consiste en que somos pocos con mucha tierra. No necesitamos gente, inmigración, sino sabiduría. La Argentina no puede ser nación; es un conglomerado amorfo y desgraciado; perdió el idioma, perdió el carácter; se hicieron fortunas a la carrera: eso fue todo.

Muchas cosas podría decir acerca de lo que veo en Europa, para comprobar que Colombia es hoy el país más fácil para la felicidad humana y que sólo falta un poco de sabiduría.

* * *

Génova

Abril, 4, de 1932.

TU carta me hizo resurgir en la conciencia estados psíquicos que hace tiempos no venían; fue como acicate para mi alma. Resentí los momentos de euforia creadora que he tenido, siempre a instigación tuya.

Lo que me gusta es sentirme alto, cerca del calor solar, eufórico, pletórico, capaz de amor y de sacrificio.

Pero en Génova no hay sino comerciantes y gatos preñados. Es la ciudad de los gatos y el plato genovés se llama Tripa, una especie de mondongo sin caldo. Hay muchos perros, todos con bozal, y las mujeres los sacan a mear, encadenados. Si la paciencia que gastan para dejarlos oler los rincones y los troncos de árbol la tuvieran estas mujeres europeas para cuidar sus hijos, el fascismo sería una gran institución.

Colón era genovés, y esto se puede afirmar a priori. No era español ese ladrón, avariento, que robó el premio asignado al que primero viera la tierra del tabaco y de las loras.

* * *

Gatos preñados, tripa, comerciantes y callejuelas. Ciudad original y patria del hombre más avariento, obstinado y empujador que ha dado la humanidad: Cristóbal Colón. Cielo bello, lejano y sirvienticas con los tacones torcidos. Ahí tienes a Génova, mi nueva patria.

Europa no me agrada. ¿Para qué? Tal vez los que vengan en busca del amor fácil, encuentren mejor esto; pero allá, en Colombia, es más bello el cielo. El suelo y el cielo. Hay montes de verdad, casas verdaderas, comida sana, frutos recién cogidos, leche con la crema. Aquí todo es falsificado y todos tienen hambre. Son muchos en escasa tierra. El error de nuestros gobernantes es desear la inmigración. Somos mejores, porque somos pocos, precisamente.

* * *

Mayo, 4, de 1932.

¡La primavera es bella! Una mañana, el cielo lejano y azulísimo, el sol tibio y los árboles con pequeños renuevos. Y comienzan los jardines a llenarse de estas flores italianas tan amarillas, tan rojas, tan verdes, tan de un solo color. Aquí me he reconciliado con el amarillo. Las mujeres principian a llevar vestidos de colores puros y la Vía XX de Septiembre es una escuela de colores andantes. Nadie ama los colores como el italiano, pues es la tierra de ellos. Los policías, soldados y niños van emplumados, adornados. Aquí el macho, como entre los animales, es más engalanado que la hembra. Y suenan las voces rápidas, pues hablan aprisa como nadie; parece que riñeran. En fin, es el mes del amor, pero las mujeres no se entregan sino al que tenga plumas, penachos, sombreros en ángulos. Aquí no importa sino el color; el coito es unión de colores.

Giovinezza, giovinezza, che si fugge tuttavia... Bella... Se vuoi venire...

Pero Italia carece de mesura, de buen gusto. Mussolini es una pirámide de mal gusto. Un hombre tan afirmativo, tan oloroso a semen de establo, es el que ha convertido a la juventud italiana en fascista. Tú, acostumbrado a la delicadeza de Francia (2), no podrías soportar a este dictador incapaz de crear una literatura, un arte, nada bello. Todo se reduce a frases gruesas y rotundas, a camisas negras. Mussolini es un antiguo carnicero que leyó a Nietzsche a la carrera. En fin, nada tan fastidioso para mí, que estoy maduro, como este dictador.

No tengo fe en el hombre sino como lodo para que florezca en él uno que otro espíritu superior. Basta decirte que no he visto una sola figura interesante; apenas un sacerdote que llevaba un bastón delgado, cogido sobre la espalda con las manos enguantadas de negro; el sombrero lo tenía un poco torcido para un lado y los calzones asomaban unos cinco centímetros bajo la sotana. Caminaba con impertinencia, como si no le importara Mussolini; tenía figura de ser capaz de estarse diez años en un calabozo y de salirse por una gatera que abriría pacientemente. Lo seguí durante mil metros. De resto, ni aquí, ni en Milán he visto nada en hombres y mujeres. Mussolini me causa disgusto en todos sus actos y colaboradores. Por ahí está Ludwig siguiéndolo como un perro. ¡Qué asco! Al fin y al cabo Juan Vicente Gómez es original, único, y yo lo estudié por amor a la grandeza humana. Una guerra con los franceses parece necesaria, porque es mucho el odio que tienen por la bella y frágil Francia, de quien sólo conozco a Marsella, en diez minutos de automóvil, de noche, pero cuya sonrisa percibí y lloré. ¡Sólo Francia es bella! (3).

Había en el muelle una putica que tocaba el acordeón para que le arrojaran sueldos desde el barco, y había tanta gracia en ella, que estoy seguro de que en el cielo reciben a las pecadoras francesas en un barrio especial que se llama La Bouterie. Las mujeres italianas no quieren sino liras, comen ajos y no se bañan sino en verano. Los yanquis introdujeron el baño y las comodidades a Europa, durante la guerra europea. Lo admirable son las flores amarillas, y azules, y rojas, y color de yerba mascada y color de todo lo que chilla. ¡Oh tierra de los colores y del mal gusto mental!

El italiano no es idioma hermoso. Tiene muchos che, che, chi... Es algo semejante a los colores. Pero muy explicable todo, pues de aquí fueron los romanos, la civilización Grande, Monumental, etc. Mira ¡qué diferente Grecia! El hombre y el pueblo que valen, jamás lo dicen. Aquí nos enloquecen con tanta algarabía de la Italia del Duce. Evidentemente, nada insoportable como un hombre que domine a un pueblo física y mentalmente. ¡Manada de corderos inmundos!

No pienses por el momento en publicar nada de lo que te escriba. Todo me parece tonterías cuando soy yo el que las pienso y las escribo. Tengamos correspondencia que corra, que nos caliente el corazón.

En el Duomo de Milán, en una capillita subterránea, tienen el esqueleto de San Carlos Borromeo y cobran cinco liras por mostrarlo: eso hace mucha falta en Colombia, un santo.

Vivo solo, silencioso y bregando por recuperar la aprobación de mi conciencia para poder escribir una obra noble y digna. Es triste la noche, aquí solo, en un silencio lleno de reproches. ¿Sabes por qué no es buena Europa para mí? Porque lo mejor que tiene es para los que gozan con el amor sexual, y hace tiempos que una fornicación me vale meses de pena moral.

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(2) Después, viviendo en Francia, comprendí que había que hacer mucho distingo a esta apreciación.

(3) Después de vivir en Francia he rectificado estos conceptos. Vivir es rectificar.

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Mayo, 6.

Ayer tarde un ruso disparó tres tiros a Monsieur Doumer. Ignoro la causa para que esto me tenga conmovido. Pienso que la animalidad humana es grande; que las degeneraciones son infinitas, así como las santidades. El Padre Almanza y la prostituta del amor francés; el que dispara contra el pobre anciano presidente y el que regala cinco liras de seis que tiene. Pero todos los actos se ejecutan en busca de la felicidad. ¿Qué es, pues, el hombre? Por mi parte, pasó mi período de escritor y tengo ansia de volar, de darme, pero no encuentro a qué darme. Es un período de incertidumbre. Recuerdas que en Caracas escribí: “Dejo la puerta de mi cuarto abierta, porque me parece que entrará alguien, la felicidad, etc”. Pues este confuso sentimiento ha aumentado en mí. Me siento irresistiblemente llevado a dejar todas las puertas abiertas. Hasta en sentido físico, no puedo dormir con las puertas y ventanas cerradas. Es como si dentro me murmuraran: “Van a venir”. ¿Quién? No sé, pero estoy esperando y tengo la intuición de que me va a venir alguien. ¡Deja abiertas las puertas! ¡Deja todas las puertas abiertas! Me sorprendo a veces por la calle repitiendo esta cantinela. Tengo otra que me obsede estos últimos días: No pienso, luego soy. Con esto quiero decir que sólo el que es capaz de dominar el pensamiento, es individuo. Se refiere a mi teoría de que el olvido es una facultad que se adquiere en los grados altos de civilización.

Si me vieras en el apartamento conversando conmigo mismo, sobre todo en el excusado, dándome consejos... En fin, mi vida en Italia va muy agradable. Sólo que nací para la soledad y hago desgraciado a cualquiera que viva conmigo.

Mañana viene Starace, secretario del fascismo, a decir un discurso en la Plaza de la Victoria. A las diez y media iré a oírlo y te contaré. Es hombre afirmativo, odioso, desmesurado, discípulo de estos Márdenes. ¡Qué plaga, Dios mío, los predicadores de la voluntad violenta, impulsiva!

Aquí en Vía Malta, a la vuelta de mi casa, hay un gato negro, con los ojos verdes, y es mi consuelo. Lo miro y me voy pensando: ¿no será posible llegar a tener el alma tan bella como este gato los ojos? Y continúo el camino con más firmeza de propósitos, más recto, las espaldas a lo militar, ojos despreciativos por la humanidad común. Aquí es la vivienda de los gatos. Ahora están grávidos, pues mayo es el mes de los burros. Mi ocupación predilecta es buscar en la calle a los que están en celo y seguirlos, seguirlos, para conocer bien el alma encarnada.

* * *

Mayo, 8, domingo.

Hace tres días que llueve continuamente. Para hoy tenían la fiesta de entrega de insignias a los nuevos fascistas. Vino a ello el Secretario del partido, Aquiles Starace, un tipo odioso, cara larga de machete, forma que abunda aquí. Publican su retrato; lleva ocho condecoraciones. No hay italiano que no sea Caballero, Gran Oficial o Comendador y que no tenga cintas y medallas. Se pagan mucho de estos abalorios. En Italia hay dos tipos definidos: el carirredondo, con la mandíbula inferior más poderosa que el cerebro, que es el tipo Mussolini, y el cara de machete, como nuestros jóvenes de quince años, en los internados, que es Starace.

Hasta los niños de cinco años pertenecen a cuerpos militares. Se llaman los balillas, en recuerdo de un muchacho genovés que arrojó una piedra contra algún soldado de los muchos que han dominado a Italia, y cuya hermosa estatua se alza en la placita Balilla.

Desde hace días estoy dedicado a observarme a mí mismo. Es como observar a un niño. ¡Cuántos caprichos, ideas, imágenes y deseos nacen en uno! Nuestra única salvación está en contemplarnos con ironía y benevolencia. ¡Pobres Mussolini y Starace!

Pensaba ahora que todo régimen en que se pierda de vista que el fin es el individuo, es una maldad humana. Sólo el hombre es una promesa; la sociedad no. Ésta es una manifestación accidental del hombre. De ahí mi antipatía por este socialismo gregario de Italia. A mí no me conmueve sino el individualismo místico. La sociedad es una forma para que el hombre se perfeccione. Y porque Europa ha olvidado esto, carece de civilización verdadera. Tiene lo que ha buscado: máquinas, lujo, riqueza material. Pero en cuanto a hombres, no produce casi nada, no produce sino al asesino del pobre viejo Doumer.

¡Curioso esto de observarse uno a sí mismo! Si vieras cuántas veces aparece en mí el deseo de traerme para el apartamento solitario a una de estas italianas sonrosadas. Afortunadamente sólo tomo el asunto como crítico: me dedico a convencer al Lucas del seminario de que eso es un engaño de los sentidos; me pongo a contemplarles los tacones, los ojos, la frente, los pechos, para actualizar la convicción de que son accidentes del alma encarnada...; o bien, me voy tras una jorobada, tras una coja, y medito en el problema de la manifestación del espíritu en formas tan repugnantes. El hombre está muy cerca, muy cerca del escarabajo, y cuando medita, está cerca de los ángeles. Pero qué cosa tan curiosa es haber nacido, haberse encarnado, amar los pechos, gustar de los besos y del restregarse de los cuerpos. Indudablemente que somos antiguos gusanos, antiguos escarabajos, comedores de carne y de excrementos, no satisfechos aún. De ahí esta dualidad mía terrible: me gustan los pechos duros y erectos y después de apretarlos contra mi corazón, grita el espíritu encarnado: ¡Hijo de puta!

También me gusta mucho ir al museo de Milán, a contemplar dos momias peruanas de hace unos tres mil años. Son mujeres acurrucadas, con pelo; las piernas dobladas contra el vientre, y una de ellas se está tapando la cara con la mano izquierda. Ante estas bellezas, ¡a cuántos peruanos se les despertarían los ímpetus creadores de más carne! ¡Es muy curiosa la sensualidad y el hombre es muy curioso! Es sabroso pensar que un sapo desea a la hembra y llegará a parecerle que su vida carece de importancia si no posee a la sapa... Lo más divertido que hay es la sensualidad, fuente de toda apariencia.

Ayer, en la Galería Mazzini, hubo una feria del libro. Exponían casas editoriales de toda la península.

No aparece un espíritu noble y grande en Italia. Estéril es la dictadura. Hasta Marconi es pobre gregario. Todos sometidos. El régimen este produjo la esterilización de D’Annunzio. Es cosa interesante, y así podrás juzgar del hombre que manda. Por sus frutos los conoceréis. ¡Qué grandes literatos produjeron Alejandro, César, Napoleón! Aquí llaman a los copartidarios, gregarios y camaradas.

Se distingue el fascismo, eso sí, por haber producido la literatura del corporativismo. Han adelantado en esto de organizar el trabajo en forma corporativa, hasta donde no puedes imaginar. Aquí todo trabajo es en forma corporativa y se produce mucho y de todo. Pero esto es precisamente el socialismo y es lo único que puede producir el socialismo, lo único que de él puede esperarse. Producción anónima, numerosa, máquinas. Pero ¿el hombre? ¿Por qué abandonar al hombre, que es el fin de la creación? ¿Acaso fue creado el hombre para trabajar? ¿Fue creado el hombre para la obra? ¿No es, por ventura, el hombre, el rey de la creación? El hombre fue creado para ascender en conciencia, para desencarnarse a través de áspera brega...

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Miguelángel

Mayo, 9.

¡Qué día! ¡Qué cielo lejano, profundo, diluído! Fui a pasear durante dos horas y me parecía resentir el estado espiritual con el cual contemplaba la Naturaleza en mis buenos días del Noral, cuando escribía Mi Simón Bolívar. Iba repitiendo mis cantinelas: ¿Para qué apresurarte a gozar, si todo renace? ¡Cuán bello es todo lo creado, día, noche, luz!

Imagina que ayer leí un poema de Buonarroti, cuyo título es: Que la noche es más bella que el día, porque el hombre, el mejor fruto de la Tierra, es hecho durante ella. ¿No te parece que ésta, más que el Moisés, sea la obra maestra de Miguelángel? ¿Dónde has visto un razonamiento más sencillo, más inocente, y que tenga una nostalgia de amor tan grande como terreno de nacimiento?

Ayer volví a la Feria del Libro. Libros empastados, a doce centavos. Me vine con Rimas y cartas de Miguelángel, La Etica de Spinoza y Decamerón de Boccaccio. Venía con tal paquete, intranquilo, como si me quemara las manos, pues no me gusta leer, ya que no me he leído. ¿Qué diablos de ética, si no soy capaz de ordenar una hora de mi vida? Boccaccio ¿con toda la inmundicia que hay en mi alma encarnada, antiguo escarabajo quizá?

Pero Buonarroti me salvó. Tiene unos versos nostálgicos, que hablan siempre de belleza, de eternidad y de la tristeza deleitosa de la vida efímera. ¡Cuán feliz, oh hermano mío, cuán feliz me siento porque sé que moriré y que seguirán las cosas bellas apareciendo! Es felicidad de lágrimas. Debido a eso, no me entrego a la prostitución, no leo y camino como un buen loco que no quiere correr. Todo es pintura, todo es efímero. ¿Dónde te hallas, belleza sustancial? — “Mirando nel volto della sua donna, vede in Dio la bel anima di lei, che ogni mortal bellezza e imagine dell’eterna” (Buonarroti).

Nada como la vida de Buonarroti, percibiendo a Dios por fugaces momentos; ¡pobre gran alma encarnada! Pero los otros libros nada me dicen hoy. Te seguiré escribiendo todo lo que sienta y piense.

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Roma

Mayo, 27.

ESTUVE en Roma diez días. Vine ayer y encontré los cigarrillos “Pielroja” que me enviaste. No sabes qué alegría y fumadera me diste. Me estoy fumando la patria, repetía en el café, ante una bella tacita. Porque aquí se fuma mal y caro. El tabaco es monopolio del Estado, junto con la sal y la quinina. Se encuentran a cada paso tiendecitas muy hermosas, en donde se lee: Sale e tabachi. Ahí venden sal, quinina, cigarros, cigarrillos, pipa, boquillas, papel para cigarrillos, picadura, candelas y estampillas. Generalmente son mujeres las vendedoras. Los cigarrillos son malísimos, pero bellos. Así es todo en la tierra del color. Hay cajas de cigarrillos con boquillas de ocho colores. Fuman mucho, beben mucho café y vino, pero nadie se emborracha. En cines y teatros fuman: in questo teatro si puó fumare la sigaretta.

¡Qué hermosa una morena, color de oro nativo, que estaba hace cuatro días sentada en el Capitolio, en la baranda desde donde se contempla todo el espacio del Foro y de la Vía Sacra! Allá, bajo un cielo más embriagador que el vino de Frascati, estaba sentada esta muchacha, mirando a las ruinas, despreciativa: el desprecio de la juventud triunfante por las ruinas, ¿qué más razonable? Tendría veinte años, y mientras la contemplaba, humilladas todas mis teorías y abstinencias, sacó una sigaretta, le golpeó una punta contra su brazo y la encendió. Entonces me bajé para el Arco de Adriano, completamente tentado, completamente vencido. ¡Maldito sea este amor infinito que tengo por la juventud, por la juventud dura, pecosa, vibrante, amor mucho más grande que por la verdad esquiva, burlona, casi, casi aparente! La verdad es siempre una promesa, un indicio, y así, mientras estemos encarnados, podremos subir al séptimo cielo y luego el Diablo nos abofeteará...

Confieso que no hay día de mi vida en que no levante los ojos al cielo y en que no caiga en el pecado. Vivo levantándome y cantando la gloria de la continencia.

¡Si vieras cómo fumaba la maldita! Bella, impertinentemente, como burlándose de mis treinta y siete años estériles en gracia y de mi pretensión de heroísmo por no fumar.

Yo venía de la iglesia de los Capuchinos, de ver un cementerio que tienen en una capilla subterránea, hecha con huesos y llena de momias. Y como acababa de terminar el invierno, olía a momia húmeda. Todo allí, lámparas, adornos, altares, es hecho con fémures, cráneos y vértebras; los nichos en donde están, en posiciones humildes, los frailes momificados, son también de huesos humanos. Mi pituitaria iba temblona de repugnancia como útero herido por el partero con la uña. Me parecía que garganta y narices estaban repletas de polvillo de cadáveres de santos momificados y humedecidos. En tal estado se me aparece en el Capitolio una muchacha, más sana y llena que uva moscatel, dura, seca, olorosa a carne nueva, con medias cortas que llegaban arriba de los tobillos; las piernas eran doradas; se había quemado los vellos con un fósforo. Era algo chata, nariz imperante que en la punta tenía una pequeña canal que indicaba la separación de las aletas. Muy fornida, muy voluptuosa. Me llenó todos los sentidos de cosas vivas; me hizo despreciar la continencia. Subí de nuevo las escalas, mirándola, ansiándola. No quiso mirarme... Esperaba ahí a un joven y se fueron a jugar el eterno juego del amor, restregones y mordiscos, caricias y heridas, bajo las sombras deleitosas del Palatino, cerca de la casa de Julia, hija de Augusto...

¿Qué podía hacer sino fumar? Mi derrota fue a tres pasos de la tribuna de Cicerón, del arco de Adriano, de la tumba de Rómulo, de la casa de las Vestales, de Nerón, Nerón...

¿Qué vida puede haber como la romana, en medio de ruinas, de flores y de juventud? Momias santas y huesos por millares para recordarnos que la vida es apariencia rápida, y bellezas vivas que nos urgen para la perpetuación de la apariencia efímera y que a ratos parece lo único real. Roma es en verdad el teatro insuperable de la vida: santidades y prostituciones, felicidad y tristeza. Es absolutamente imposible destronar a Roma.

Desde que llegué a Roma soy feliz. Vivo la juventud; amo el vino y los viñedos de la campiña romana, sobre todo los que vi desde una terraza de la Villa D’Este: parrales que forman cortinajes en sus andamios, bajo los cuales hay sombras con manchas de sol; por allí debajo caminan mujeres vestidas de colores. Más lejos se ven trigales, campos de amapolas, manchas de flores multicolores. Y en Roma te urge la carne, te gritan los sentidos; allá todo es pintura, todo pasa, el amor es cosecha como la uva, el durazno y las cerezas.

Yendo por una de las carreteras de la Campiña romana, se ve una especie de torre arruinada, bella en la soledad de los campos, cuadrilátera, con huecos que debieron ser ventanales, y dicen que es la tumba de Nerón. ¡Sola y abandonada, como lo está en la historia el gran Aenobarbus!

Siempre Roma está llena de turistas que visitan monumentos y ruinas, llevando planos, cámaras fotográficas, guías; todos creen que se están ilustrando y civilizando. Está uno en San Pedro, por ejemplo, y de pronto pasa un hombrecillo sudoroso que lleva detrás a sesenta otros sudorosos: él es el guía y ellos son los alemanes; aquél se detiene y dice: aquí está el cadáver de san fulano, conservado; aquí hay una muela de la santa. Los alemanes apuntan y el guía los lleva corriendo a mostrarles otro lugar santo, pues lo espera otro grupo de turistas.

* * *

Mayo, 31.

Ayer regresé de Roma, de mi segundo viaje de ocho días a la ciudad color de oro, o, mejor, color de tiempo. “¡Esa pátina!”, como repite Alfonso Robledo desde el Monte Mario; nuestro Ministro ante el Quirinal repite y repite: “¡Esa pátina!”.

Roma apega. Me enamoré de ella como de virgen atrevida. Me parece imposible vivir lejos de Roma. Por entre los árboles caen luces materializadas, doradas: la ciudad es color de rosa, de ruina. La luz es torrencial; llueve luz. Y sales tú y te encuentras ya, ya, una ruina de dos mil años, y por allí, sentada en un tronco de columna de mármol, una muchacha bella que te indica así el camino: “Voltear a la derecha y allá, cerca del Coliseo, está la Casa dorada de Nerón”. ¡Qué familiaridad! Parece que los emperadores fueran los amigos de los cocheros y de los vendedores de recuerdos.

¡Caramba! Traigo los sentidos repletos de Roma; los ojos deslumbrados por ella; los sentidos llenos de la ciudad y de los contornos poblados de amapolas, trigales, viñedos, olivares. ¡Qué vinos esos de los Castillos Romanos! Pero el que más me agradó fue el de Montefiasconi, llamado Est, Est, Est, así:

En 1110, me parece, en la comitiva de un rey bárbaro, pues Roma es para los bárbaros como la luz para los cocuyos, llegó a Montefiasconi un príncipe nórdico, cuyo nombre olvidé a causa de esta memoria que no me permite sino conservar las emociones. Llegó y probó del buen vino y resolvió quedarse, y a causa de este vino llegó a más de cien años, y al morir dejó un legado para que anualmente le derramaran sobre la tumba tres barriles al grito de Est, est, est, que en su idioma quiere decir: este es el vino bueno que conserva el calor de la juventud.

Por esos viñedos y por esas ruinas y entre las muchachas de Roma palpitó en mis arterias el santo ardor de los veinte años; tornó a mí la plena juventud de sentidos e inteligencia pictórica. En Roma la metafísica se hace pintura; el misticismo es del ojo y del tacto. Luz, llaman a Dios Leonardo y Miguelángel.

La vieja Roma está debajo de la actual. Tumban tres o cuatro casas; cavan unos metros, con mucho cuidado, y aparecen pedazos de columnas, cimientos, pavimentos. Vienen los críticos y dicen cómo debía ser el monumento en su época e interpretan las señales dejadas en la piedra. Aparecen cuadernos de fotografías del monumento y grabados de él tal como debía de ser en su época. “Fotografías del templo tal como está hoy”. “El templo tal como debía ser en los días del Emperador fulano”. Aparecen folletos en que se le describe y se narra su historia. Es literatura que constituye una de las rentas mayores de Italia. Estas cosas, junto con postales y miniaturas en mármol, las venden a la entrada del monumento. Se establecen allí doscientos vagos que aprendieron un discurso descriptivo en cinco idiomas, y tras ellos pasa anualmente toda Europa. Dicen: “Aquí, señoritas, era el vomitorio; en este cuarto dormía Popea y en aquél, Nerón, y por este corredor Popea iba a buscar de noche a Nerón o viceversa, según el caso...”.

En la casa de Nerón, en un corredor largo, se para el guía, y, para mostrar el eco que hay allí y comprobar que por él se paseaba el Emperador con el fin de oír quiénes hablaban bien o mal de su gobierno, grita: “¡Nero!”. (El eco repite lúgubremente: ¡Nero!). Y sigue gritando: “¡Nerón! ¡Estás en el infierno! ¡Ven a buscar a Popea! ¡Nerón, estás en los infiernos! ¿Por qué mataste a tu madre? ¡Nerón, malo Nerón!”.

Observa la falta de respeto al tutear al gran emperador, estos guías que dicen El Duce con voces dulzonas. Nerón vivió exactamente en los días decisivos de la lucha pagano-cristiana, y, como representante del paganismo, sufrió su memoria la más negra persecución. Todo lo suyo, más que lo de ningún otro, fue destruido. Afortunadamente su casa, Domus aurea, apenas fue descubierta en estos últimos tiempos y de sus dos mil y tantas salas, sólo han desenterrado unas cuarenta. En ellas hay frescos en que se inspiró Rafael para sus trabajos en el Vaticano (en su época conocían apenas un cuarto, al que bajaban por medio de cuerdas). Este monumento es el más completo e interesante y el que más me emocionó en la Ciudad Eterna. Se extiende por muchas hectáreas bajo modernos edificios. Pero te advierto que números y fechas son inciertos; no me interesa sino la emoción.

Voy a saltar de emoción en monumento, pues Roma no tiene orden. Así como a una estatua de Nerón pueden haberle cortado la cabeza para ponerle la de algún santo, así mi alma tiene a Moisés al lado de Popea; a la hermosa turista morena, al lado de la momia de Santa Rosa de Viterbo.

Viterbo es cerca de Roma y allá tienen a la santa, sin narices, las manos secas, toda ella seca y negra, con los dientes como proa, pues no hay labios, y rodeada de exvotos. A su lado, vendiendo recuerdos y medallas, está una monjita bigotuda, bigote de vellos apenas. Reparte por la reja los recuerdos de la santa y recibe las limosnas y hace la que ora. A mí me tentó el diablo y dejé de mirar a la momia y miré a la monja con pasión: ese bigotillo me urgía, era un acicate delicioso. Ella estrujaba una rosa entre sus manos y me sonrió... Lo importante es extraer de las cosas bellas la emoción que nos rejuvenece, que nos fortifica. Asimilarse arte y vida. Generalmente viajan para aprender y escribir, para deslumbrar a los que se quedaron en casa. Por eso van con los guías, apuntando anécdotas y fechas, y no ven nada en realidad, no sienten. El único sistema para viajar es la lentitud y la facultad de demorarse en donde nos coja el amor. Pero, ¿la fotografía? Nada se ve por enfocar: “Hágase más para acá, a la derecha; levante la cabeza...”. Con un fotógrafo no se puede viajar.

Yo creo que se debe ir en busca de juventud. Correr, por ejemplo, por las Termas de Diocleciano o por el Vaticano, entre pedazos de mármol, y sarcófagos y bustos, hacia los cuartos en donde están la Venus de Cirene y el Apolo de Belvedere. Llega uno, los contempla, se conmueve, toca, piensa en la juventud y en la belleza; después respira profundamente y decide vivir casto y contenido; escribir un libro sobrio como las nalgas de la Venus o como las piernas del Apolo. Se repite uno: lo bello es lo sencillo y que arroja vida de dentro; la belleza es centrífuga. Después sale uno despacio, lleno de armonía, sintiéndose hijo de Dios. ¡Ecce homo! He ahí el fin del arte: producir emoción de grandeza y dignidad; producir el embellecimiento del género humano.

¿Quién no se siente grande al contemplar el Moisés? Esa cara de joven de treinta y ocho años, con esas barbas de setenta y ese cuerpo de treinta. Se me pareció a don Martín Arango, el dueño de las fincas de Las Palmas, en Envigado; sobre todo, los pómulos son los que tenía don Martín. De allí salí completamente ennoblecido. ¡Cuán grande es el poder de la belleza! La belleza tiene su reino, como repetía Rosario, la negra que crió a mis hijos.

Moisés - Ilustración de "El Hermafrodita dormido" de Fernando González - 1933

Hasta hoy he visto tres Venus: la de Cirene, en el Museo Nacional, en las Termas de Diocleciano; la Capitolina, en el Museo del Capitolio, y la que está en el Museo de Los Conservadores. Aún no he ido a ver la Venus agachada, en el Vaticano.

¡Ay, caramba, que estoy completamente joven y resuelto a escribir un libro que sea como la Venus de Cirene!: cuerpo que es sólo la idea de cuerpo materializada en mármol; un conjunto de formas hecho unidad y que arroja emoción viva al que contempla, así como una pradera emana vapor de agua cuando la acaricia el sol matutino.

¡Quiera Santa Rosa de Viterbo que yo escriba un librito que sea como estas Venus; que pueda caber en el bolsillo de las muchachas turistas, que arda en amor como las nalgas de estas mujeres de mármol!

En Roma no hay santos como los de Misael Osorio, de Envigado. Aquellos santos de nuestro pueblo y nuestra niñez que eran un palo comido por el comején y vestido de colorines y en cuya punta se acomodaba la cabeza de Pilatos o de San Juan. En Roma cogían una Venus, le tapaban el sexo y los pechos y tenían una santa. De ahí que los papas fueran santos y sátiros. Es muy fácil comprender la historia del catolicismo al saber que la Roma papal está sobre la pagana y que las mancebas de los papas eran modelos para imágenes de santas.

* * *

Junio, 4.

Tengo ansia de escribir. Es mi pasión que vuelve dominante apenas me renace la juventud. Ahora tengo veintisiete años apenas. Dormido y despierto sueño con estar en las playas del mar, desnudo, bocarriba, bocabajo, sintiendo los músculos, sobando mi cuerpo... ¡Cuánta energía gasto en controlar mi ansia de ver toda la luz, todo lo que hay en el universo! Pues estoy aguantándome esta gana de escribir, porque ante el papel blanco tiemblo como el muchacho ante la mujer desnuda. Un gran miedo de dañarlo, gran temor de dañar esa posibilidad que pudiera ser una obra sencilla, armoniosa. ¡No ves! Yo sé de tres adjetivos que sirven para determinar qué sea una obra de arte, y no los encuentro. Ante la cabeza de la Furia dormida que está en el Museo de las Termas, estoy seguro de que hay tres adjetivos que demarcan la obra de arte, pero me pongo a copiar mis pensamientos y no vienen esos tres alambres de púas que encierran lo bello. Pero vamos a definir esto por orden:

Durante mucho tiempo estuvo Miguelángel sin coger pincel ni escoplo, entregado a leer poetas y oradores y a componer versos. Era la desilusión —dice el biógrafo— que acomete frecuentemente al genio y nunca a los mediocres. Pero en ese cansancio renacen las fuerzas creadoras. Este dato me ha consolado de siete meses que tuve de absoluto despego por las formas y por la vida. Aún dudo de mí, pero si me vieras por la calle, solitario, invocando a Dios para que me dé fuerzas para crear la obrita de que hablé arriba. Obra pequeña: ¡eso es!, ¡eso es! Pequeña. Este es uno de los adjetivos para definir lo bello en arte. Aun el Moisés, con ser tan inmenso, te parece que lo puedes llevar para la casa. Pero más aún lo griego. Las Venus y el Efebo del Subiaco te dan la impresión de que puedes llevarlos, que caben en todas partes. Lo bello no tiene dimensiones. Los que hayan contemplado a los dioses griegos y al Moisés, me comprenderán. Al decir pequeño, quiero significar lo que no tiene longitud, ni latitud, ni espesor; que nada le sobra; que es una idea materializada y que la materia es la precisa para que la idea se manifieste. Mientras que la obra frustrada es aquella que tiene materia sobrante, inanimada. Es muy difícil hacer comprender estas cosas espirituales; sólo a quien las ha vivido se le pueden sugerir. Hay mucha diferencia en la enseñanza de aritmética, por ejemplo, y la enseñanza de la estética. Sigamos, pues. Quizá la palabra no sea pequeña, sino liviana. Las obras feas, pesan, y es propiedad de la belleza espiritualizar la materia. Ésta, al mismo tiempo que sirve para que la idea se manifieste en formas, está oculta por la idea. La idea, en las obras bellas, no sólo ocupa toda partícula de la materia que la realiza, sino que forma un aura, así como dicen los ocultistas que pasa con el alma y el cuerpo. Cada forma de estas estatuas griegas y del Moisés se te presentan como formas vistas ya y no te admiran; es porque son la idea de la forma y esa la tenemos en la mente todos. ¡He ahí la sencillez! No causan impresión de mucho trabajo; no causan admiración, sino que ponen al espíritu del contemplador en relación con las ideas puras, con... La Fuente. La Venus de Cirene, el Efebo del Subiaco, el Moisés, son los mejores libertadores del hombre. Por eso, la consecuencia de la obra de arte es purificar, ennoblecer al género humano.

Pequeño, sencillo y liviano tienen casi el mismo significado en este ensayo sobre el arte. De paso te diré que después de vivir en Roma, se convence uno de que el único arte verdadero es la escultura. Eso es la obra de Dios.

Llevo muchas palabras y no he logrado comunicarte las emociones que me embargan, que han ido naciendo en mi ser a medida que el sol se acercaba a Italia y hacía brotar las hojas de los árboles. ¡Cuán impotente es la literatura! Apenas uno que otro grande hombre ha logrado sugerir por medio de la escritura.

Ya los viñedos son cortinajes y muy pronto colgarán los racimos y caerán las ramas. El buen vino. Bacos, sátiros, venus; luz milagrosa de Italia; poema de los colores; tierra de las formas, donde toda idea está encarnada y donde Dios tiene figura humana. Ni una idea pura. Formas, formas. Todo es pintura.

Es un milagro prodigioso la primavera para un hombre del trópico; por eso me volvió la plena juventud, el encontrar milagroso cada instante de la vida.

De Roma me vine con una greco-turca, alma bella en cuerpo hermoso. La belleza abunda en los reinos vegetal, mineral y animal, pero no en la especie humana. Indudablemente que este fenómeno proviene de nuestra complicación; todos los seres tienen la sencillez del instinto y son obras maestras; todos ellos parecen definitivos como el Moisés. El hombre tiene la inteligencia y el pecado; se critica; percibe ideales y de ahí nace el remordimiento. Parece que el hombre no es obra definitiva; para mí tengo que es un espíritu que transita en la carne. Esto me contenta y me hace agradable la vida: pensar que no somos el cuerpo, ni las pasiones, sino transeúntes que pasamos por una experiencia terrestre. En todo caso, cuando raramente encontramos un ser humano sensible a la belleza y al bien, nos consolamos, nos sentimos contentos de ser hombres.

Acabo de releer lo anterior y estoy disgustado. No poseo aún la sencillez. Hay demasiadas palabras; no aparece lo que he sentido. La palabra es materia muy difícil para que emociones e ideas tomen apariencia. Menos la palabra hablada, pues el gesto es plástico; la vibración muscular contribuye a crear la forma; la expresión de los ojos es casi espiritual. Para convencerse, basta observar a un ciego cuando habla; se nota que carece de un elemento creador. En fin, hablando se puede crear: la mímica, la acción, la actitud, etc. Pero la palabra escrita es casi inerte.

Observa el mapa de Italia: está inclinada de Noroeste a Sudeste como una pierna de mujer que marchara para América. De mujer, porque el tacón es Luis XV. Precisamente arriba de la pierna están Génova, la Riviera de Levante y la de Poniente. Génova entre estas dos. Esas riberas son de lo más bello del mundo. ¿Dónde encontrar sitios más risueños y verdes? ¿Entradas de mar tan inverosímiles? ¿Collados y jardines semejantes? De suerte que Génova...

Ahí me interrumpí; acabo de llegar de Lido D’Albaro, donde hubo una exposición de trajes de baño. A la orilla del mar, hacia levante. Fea la gente en Italia; los hombres son afeminados, cara de machete, delgados y tienen las nalgas más abajo de su lugar. No bailaban bien en ese Lido y los que se creían elegantes, era que tenían estereotipada una actitud que vieron a alguien. Ese alguien sí era elegante: tenía naturalidad.

Ahí me tienes otro adjetivo de los que buscaba para adueñarme de la belleza. Pero pequeño, liviano y natural, una vez escritos, no tienen lo que yo viví al sentirlos y meditarlos. ¡Sólo la escultura es arte de verdad!

Allá, sentado en una mesita, se me acercó un hombre y me dijo que estaba ocupada. Efectivamente, había un sombrero. Es el modo de tomar posesión de todo, mesas, asientos de tren, butacas de teatro. ¡Y todo está ocupado! Son cuarenta y dos millones de hombres sin valor civil, que obedecen a un loco y que no caben; no hay parcela que no esté ocupada y exprimida. Ahora están secando pantanos para acomodar a la gente, pues no la dejan salir; la necesitan para la guerra que prepara el carnicero de los ojos dilatados.

Así, la vida es muy dura y el egoísmo crece. No creas que yendo de paseo, pueda uno entrarse a un prado, a un monte; hace poco, el propietario de un jardín mató a un niño que entró un metro en su terrón para coger una pelota que había rodado. Por eso, los napolitanos buhoneros y los sacerdotes y la hez del mundo llegan a Suramérica y se creen en el paraíso. ¡Pobres pueblos inocentes que reciben de Europa la literatura acerca de la necesidad de inmigración! ¡Cuánta inocencia hay en Suramérica! Que se preparen para el día en que ya Mussolini haya hecho su guerra y que abra la puerta a todo este mundo de peludos. Allá no saben que en estos pequeños países de cuarenta y sesenta millones de habitantes odian a los niños, los consideran como un castigo. Europa necesita las guerras para disminuir su población; necesita las tierras no ocupadas aún, como Colombia. Es tiempo de prepararse para resistir. Los que viajan por aquí, se dejan sugestionar y vuelven a Suramérica con las ideas que les meten en la cabeza, por conveniencia. Por ejemplo, nada ha progresado espiritualmente Europa desde el Cristianismo. El estado de ánimo del europeo corriente es de odio al vecino de casa, a los hijos que llegan a complicarle más la lucha por la vida.

¡Pensar que allá dicen hace cien años que necesitamos inmigración! ¡Pensar que ahora estudia Colombia un contrato para llevar familias del sur italiano, lo peor de lo peor! ¡Qué necedad! ¿Quién está amplio y con luz y aire y tierra y niños felices y llega a creer que son males esos dones? A Colombia le falta unidad de ideal y de amor, nada más.

Te copiaré de mi cuaderno de notas, para que veas la maldad que produce la aglomeración en que viven, y también para que conozcas la cobardía de los italianos que desean pelear con la frágil y valerosa Francia.

* * *

Mayo, 31, de 1932.

Ayer, en Nervi, en el restaurante Marinella, un italiano de la orquesta, que parecía el dueño del establecimiento, cogió a un bello y rubio niño alemán, que entró a repartir tarjetas en que pedía en cinco idiomas limosna para continuar su viaje alrededor del mundo, indudablemente mandado por un padre explotador, lo cogió, digo, y al tirarlo a la calle, le dio un bofetón.

A poco llegó el padre o explotador del niño a desafiar al italiano, quien le aceptó el pugilato, pero ahí mismo, en su establecimiento, pues se negó a salir. Después de dos buenos golpes del alemán, salieron otros italianos a ayudarle al cobarde y le hicieron montonera. Afortunadamente, algunos extranjeros intervinieron para disolver la contienda. La mujer del alemán intervino entonces, furia impúdicamente fea, dándole puntapiés al italiano en los órganos genitales, a pesar de los que contenían a éste. Gritaba insultos en su idioma bárbaro. Una mujer alemana airada es espectáculo desastroso.

Calmada la riña, los italianos del establecimiento felicitaban a su compatriota, y éste ha sido uno de las actos más cobardes a que he asistido en mi vida.

Puede afirmarse que el italiano es cobarde; sólo cuando lo ven es capaz de obrar: cuando lo incitan por medio de cintas coloreadas, de aplausos y condecoraciones. Así pasa que entre sus aviadores sólo hay vuelos en bandadas, como el de Balbo (4).

En Italia ha habido únicamente guerrilleros y jefes de bandidos, como Garibaldi, tipo del guerrero italiano, jefe de una montonera vestida de camisa roja, cordones y medallas, a la que aplaudían las mujeres. Esta es la psicología de Italia.

El italiano es incapaz de heroísmos ignotos, humildes, como dar limosna sin que lo vean, pelear en trincheras inmundas y fangosas, atravesar el océano en barca de vela. Un Lindberg italiano es un absurdo. ¡Basta verlos tan bien vestidos! Cordones, alamares, pecheras, camisas negras, rojas y verdes, cantando himnos en honor del Duce. Obsérvese que todo movimiento nacional toma en Italia como símbolo una prenda de vestir, la camisa. Aquí el alma está en la camisa y su color, pues es la tierra de las flores y del sol, la tierra de la apariencia. En cada país hay que buscar lo que sea propio del medio ambiente: en Italia todo es arte sensual, y en ello es insuperable. Su idioma es un bullicio, un conjunto de sonidos, y es imposible traducir un autor alemán, francés o español al italiano. Conversan a la carrera, sin decir nada; se entienden por la música, más bien que por las palabras.

También es el país que ha producido la gente más perversa, anarquistas, envenenadores, asesinos, bandidos, vengativos. No comprende uno cómo, dada esta psicología, pretenden pelear con Francia, para quitarle Saboya, Córcega, Niza y varias colonias. Puede que el primer día de hostilidades hagan un viaje en aeroplanos agrupados e incendien a Marsella, pero apenas se alargue la pelea, en la oscuridad, sin quién aplauda, sin en dónde pasearse con las medallas ganadas... ¡Da risa esto!

Si vieras los sombreros, la cantidad de sombreros que hay en Italia. Los balillas llevan un gorrito, torcido sobre la oreja, que apenas simula un lunar postizo. Hay toda clase de sombreros: sombreros mariposa, sombreros lanza; sombreros gusano del trópico. Los carabineros llevan uno, con penachos iguales a los de un gusano que hay allá en Colombia. Los deportistas usan sombreros en que cuelgan medallas que dicen haber ganado en torneos, y hay sombrero con cien medallas. Cada facultad de la Universidad tiene un sombrero. A cada seminarista le ponen uno, según el país de donde vino..., y admirémonos, aquel pequeño objeto de caucho que llaman sombrero francés, lo fabrican de colores y le ponen penachos.

A la gente la llaman: “El medalla de oro fulano”. “El medalla de bronce...”. ¡Qué pendeja es Italia y cuán bella!

Los policías merecen un capítulo. Van por parejas, caminando despacio, mostrándose, buenos mozos, vestidos de frac azul, pantalón con raya roja y sombrero de tres picos. Van como unos patos, jóvenes y arrogantes, y a una muchacha que estudia en Roma, becada por el gobierno colombiano, le oí decir: “¡Virgen mía! ¡Nada tan lindo como los policías, los motoristas y los carabineros!”.

Los que regulan el tráfico, están parados en mitad de la calle, en posición de firmes, sin bolillos, tiesos, elegantes, y maniobran de este modo: ponen horizontales los brazos, y para indicar que pueden seguir automóviles y tranvías de lado y lado, doblan enérgicamente el antebrazo sobre el brazo, primero el derecho, pero con mucha energía, como si tuvieran la palanca de Arquímedes. Después dan media vuelta, de modo que miran en dirección de la calle, y ejecutan el mismo movimiento para que pasen los peatones, que aquí se llaman pedones. Las manos y brazos que ejecutan esos movimientos armoniosos están enguantadas de blanco hasta un poco más abajo del codo, en donde los guantes se abren en forma de corola. Es ritual. ¡Cuán pendejo y bello país!

Son como los actores en la Escala de Milán. Hay que verlos cómo se llevan la mano al corazón y cómo dan un paso, como para dejarse caer, cuando suben las voces.

Ayer, a mi hijo Álvaro, que me hablaba de las batallas de Garibaldi y de los comentarios en su colegio, le dije: “Aprende a no confundir. El soldado y el General valientes eran aquellos suramericanos que iban de alpargatas y fondillirotos, como Bolívar, a quienes no importaba que les hirieran la cara. Herir en el rostro, fue la orden que dio César a su legiones galas, y los soldados romanos, la juventud romana de Pompeyo, huyó. No confundas, pues, a ninguna camisa con Simón Bolívar”.

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(4) Mientras saco en limpio estos apuntes, Balbo vuela para los Estados Unidos con muchos compañeros y mucha bulla.

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Génova

Junio, 7.

Me parece haberte contado que Génova es la ciudad de los gatos.

Amanece a las cuatro y media y a las seis se oye un ruido extraño por toda la ciudad. Son las sirvientas que salen a las ventanas de los seis pisos de cada edificio, armadas de unos aparatos como raquetas, para sacudir, a golpes, colchones, alfombras, cobijas.

Génova es casi tan hermosa como Manizales la vieja, la de antes del gran incendio. Es la ciudad abanderada de túnicas y calzoncillos. En una de sus callejuelas (vichi), estrechas como hondas cortadas con inmensa navaja de barba, debieron flotar algún día los calzoncillos de Colón.

El centro de la ciudad es la calle Veinte de Septiembre, que tiene unos dos mil metros, desde la Plaza de Ferrari hasta la Plaza Tommaseo.

Al sur de tal calle se extienden callejuelas llamadas vichi, en pendiente que trepa hasta dominar el puerto, y que luego desciende hasta él. Al norte también se sube por vichi y calles modernas, hasta dominar el vallezuelo y las faldas del cementerio, llamado Staglieno.

También al oeste de la plaza Ferrari se baja por callejones, muy comerciales y concurridos unos, y repletos de prostitución los otros, al puerto, al Puente de los Mil, a la Estación Príncipe, a la Génova de los buhoneros. Y al este, desde Plaza Tommaseo, se sube al barrio moderno y aristocrático de Albaro. De aquí se extiende, durante kilómetros, la moderna Génova, hasta Nervi, por la encantadora Rivera de Levante.

Por el oeste todo es un paraíso hasta Tolón.

La ciudad vieja es la que está rodeando la bahía, la cual mira al Sur, y que se compone de callejones que no tienen más de dos metros de anchos, por cincuenta o sesenta de altos. Son como hondas cortadas; los edificios tienen seis pisos o más. Caserones viejos, cubos con ventanas iguales, de las cuales, y de cuerdas tendidas entre las casas, penden ropas interiores, camisetas, cogepechos que chorrean agua sobre los transeúntes. Tienen nombres como “Vico bocanegra”, “Vico degli orefici”, “Subida de la Magdalena”...

Pero lo más interesante es que es una ciudad de cuatro pisos, pues está edificada en montículos, vallezuelos, pendientes. Sube el viajero y domina las partes bajas, y puede trepar como cuatro veces más, por dédalos ininteligibles, por ascensores, por callejones en donde encuentra nichos en la pared con imágenes antiquísimas, y, sobre todo, gatos preñados...

Ya pasa la primavera; ya no huele a juventud; las gatas están grávidas, y gatas y gatos, echados al sol, están pelados, flacos y tristes de tanto amar. No hay tierra como la italiana en donde la luz y el sol enloquezcan tanto los sentidos y hagan caer a los seres en la locura de las pasiones. Supe que pasó la primavera porque las mujeres huelen a descomposición, pues gestar es descomponerse; sobre la muerte, canta la vida su canción engañadora. Los hombres están rojizos y con la mirada extraviada. Mucho más que en el trópico, la Naturaleza ofusca a los seres en Italia.

A mí no me interesa el violín de Paganini, que lo tienen por aquí. Mejor es la calle Veinte de Septiembre; entornar los ojos y contemplar la muchedumbre de colores puros que son las mujeres y los militares.

Los cogecabos

De estos no hay en Suramérica y les he seguido atentamente las costumbres. Son un producto de cuarenta y dos millones de peludos encerrados en esta tierra estrecha. En Colombia tendremos cogecabos el día en que se cumpla nuestro deseo de inmigración.

Es en la calle Veinte de Septiembre. Son unos viejos miserables que siguen al que va fumando, hasta que arroja el cabo, que ellos recogen y guardan en el bolsillo. Son como los garrapateros colombianos, que siguen a las vacas en los prados, para coger los grillos que saltan al caminar ellas.

De la calle Veinte de Septiembre se sube al Puente Monumental por unas escalinatas. Se llega al atrio terraza de una iglesia llamada San Esteban, que antes fue templo pagano, y allí encuentras una multitud de viejos y de viejas, gatos y gatas, asoleándose, almorzando de envoltorios de papel. Entre ellos están los cogecabos desenvolviendo y desmenuzando su botín, echando la picadura en un pedazo de periódico para secarla al sol.

La estatua de Garibaldi

La plaza Ferrari es el centro de tranvías y peatones. Allí está la estatua de Garibaldi. Mil palomas currucutean (5) posadas en las riendas del caballo, en el anca, en los estribos, y en la cabeza del guerrillero. Siempre que paso hay una paloma negra en la punta del gorro de Garibaldi.

Cerca de Garibaldi hay un subterráneo que es al mismo tiempo excusado y emboladuría. A la entrada de este lugar hay siempre un recogecabos. ¿Por qué? Meditando en este problema llegué a concluir que es hábito del fumador arrojar la colilla cuando interrumpe la corriente de su acción o pensamiento para ejecutar un acto accidental, por ejemplo, interrumpirse en su camino para entrar al excusado. También puede influir el hábito adquirido de arrojar el tabaco al entrar a las casas, llegando a arrojarlo aunque esté permitido fumar. Doy la siguiente hipótesis a los psicólogos: El hombre, cuando interrumpe el hilo de sus voliciones para un paréntesis, arroja el cigarrillo.

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(5) Americanismo. Es onomatopéyico.

Los cafés

¡Qué bueno sentarse en uno de estos cafés de verano, al aire libre, en calles y plazas! Mesitas colocadas en un espacio separado por arbustos. Pedir un café y encender un cigarrillo colombiano. Pero es preciso sentarse solo o con un amigo o amiga que no hable sino de vez en cuando. No es que la soledad sea lo mejor, pues somos sociables, sino que hay poca gente digna de que por ella se cambie la soledad. Se necesita una persona cuya corriente nerviosa fluya sin vibraciones, continua e igual. Casi todos son enervantes, casi todos somos desarreglados.

Lo importante en el café es dejar ir los ojos, músculos y espíritu. Distenderse, así como el gato cuando hace el arco con su columna vertebral y estira sus patas para que el fluido le irrigue cada fibra. La lección que da el felino es la del reposo. Los italianos ignoran reposar: ojos alocados, manos inquietas, cabellera erizada, enervados, enervantes.

Yo he visto en el café a uno que miraba a su compañera como si fuera la última vez, como si la vida no le ofreciera más posibilidades; la mirada del buen parroquiano de café debe ser apasionada, pero razonable, impregnada del sentimiento de que nada urge ni es absolutamente necesario.

El que miraba a la compañera de tal manera incontrolada, era un joven de mucho pelo, pelo crespo, abundante. Indudablemente que el gran faquir Blakamán es napolitano. Aquí hay muchos peludos, pelo tupido y polvoriento, como si hubieran jugado a echarse tierra en la cabeza.

Hay otra juventud untada de gomina y que usa barbilla, imitando a Grandi, ministro de relaciones exteriores. El diez por ciento de la juventud es así y ninguno tiene mandíbula propia para llevar barbilla. Es como uno de barbilla que llevaba ayer en sus brazos a un niño, siendo así que la barba arregladita es impropia de quien lleva niños.

Ahora están bailando en el café. La muchacha saca las nalgas y adelanta el vientre como las hormigas hembras cuando salen de los hormigueros para emigrar, volando, que las otras no las dejan libres y ellas rebullen el abdomen.

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Un atentado

Junio, 8, de 1932.

El domingo, 5 de los corrientes, me paseaba por la plaza Corveto cuando oí: “¡Correo Mercantil! ¡Atentado contra la vida del Duce! ¡Últimas noticias!”.

Creí que habrían ultimado al dictador y me conmoví, pues el día en que lo maten, quemarán a Italia. Tanta pasión contenida, cuando salga será un cataclismo. Sólo el temor detiene a tanta gente pobre, sin trabajo y sin el consuelo de la crítica.

Era únicamente un escándalo de afeminados. Un pobre hombre fue cogido en la Plaza Venecia, en donde trabaja Mussolini, y dicen que le encontraron dos bombas, una colgando de los tirantes, y la otra en el bolsillo trasero de los pantalones. También llevaba un revólver y dizque confesó que venía de Francia para matar al Duce. Eso fue todo. Eso es lo que comunican las autoridades, pues hay un señor Polvorelli encargado de distribuir a los periódicos lo que deben publicar. ¡Cuánta vergüenza esta tiranía! Al hombre no se le puede hacer bueno por medio de la coerción, del miedo y del asesinato. La bondad no es un barniz, sino fuerza centrífuga. Los métodos psicológicos son los que hacen bueno al hombre: educar, estimular, sugerir. Leído un diario en Italia, leídos todos.

Hacen un ruido infernal con este pretendido atentado y critican e insultan a Francia, porque permite que allá respiren los perseguidos. Voy a copiar en italiano algunos párrafos de esta literatura de la tiranía:

“L’imponente manifestazione che ha stretto in uno slancio spontaneo e irrefrenabile, stamane, il popolo di Roma, al quale in spiritu era unito tutto il popolo italiano attorno al Duce, ha detto al mondo tutta la essultanza del popolo italiano per il nuovo atto della Provvidenza che ha salvato Mussolini e l’Italia, tutta l’esecrazione per il tentativo nefando di un sicario non degno di essere nato nella nostra terra”.

“Il Secolo XIX” dice:

L’Amore del popolo. — I giornali, interpreti del anima del popolo, esprimono tutta l’indignazione per questo nuovo episodio della delinquenza antifascista e concordemente rilevano che l’unica cosa da constatare e il grande afetto che si nutre per il Duce fra le folle italiane, fra i laboratori della terra che si rinova, fra gli artigliani e fra i laboratori piu umili, fra i combattenti e fra i fanciulli del popolo. E ogni volta e in ogni occasione si rinnova la comunione degli spiritu fra il capo e il popolo...

“Gli italiani si riconoscono oggi nel amore al Duce e considerano la sua vita e le sue fortune come la vita e le fortune della Nazione e pensano che il suo forte e felice destino, vittorioso di ogni insidia e di ogni tradimento, sia il forte e felice destino de la Patria”.

Obsérvese bien esta literatura de sonidos y exageraciones. No sé por qué, existiendo ésta, se ha tomado al trópico como el lugar de la literatura de sonidos.

Un país así, que tiene unidad dependiente de las contingencias de la vida y destinos de un hombre, es desastroso. Jamás una nación o colectividad debe considerar su vida dependiente de la individual de un jefe. La Iglesia Católica ha adoptado el principio de no unir sus destinos a ningún régimen, y por eso reconoce monarquías, dictaduras, atropellos triunfantes, y se aparta y abandona a los caídos, por buenos que le parezcan. Considera que su misión está por encima de las apariencias y que para durar debe acomodarse a los tiempos y a las nuevas formas. La Iglesia sostiene a los gobiernos hasta que caen y luego se une a los revolucionarios triunfantes. Asimismo, jamás debe unirse el destino de una nación al de un hombre, y si lo hace, no pasará de tener la vida fugaz del individuo humano. La Italia fascista vivirá lo que viva Mussolini. Es el gran defecto de las dictaduras; todas ellas dan unos días de aparente progreso, pues sólo hay una voluntad que piensa y ejecuta; sólo hay tres o cuatro que roban. Muerto el tirano, muerta la gallina y quedan las ruinas de tres o cuatro monumentos. Respecto de la Iglesia, el actual Papa ha recibido dineros de la dictadura y ha comprometido los destinos del catolicismo: todo el clero italiano está a sueldo de Mussolini, desde el Papa hasta el capellán. Instigados por el gobierno italiano, declaran año santo tras año santo, para aumentar el turismo y las rentas del Estado y de la Iglesia. Este Papa ha comprometido a la Iglesia y su memoria será de mal recuerdo. Francia y su clero miran ya con ojos desconfiados a San Pedro. Cuando venga la reacción, la mañana menos pensada en que griten: “El Correo Mercantil, con la muerte del Dictador”, se confundirá en un solo enemigo a los fascistas y a los frailes.

Reléanse los párrafos italianos trascritos. Ese estilo redondo, en que no se dice nada, es de la tierra de las amapolas. Apenas se aprende el italiano, se comprende a D’Annunzio y su vida de inquietud hasta conseguir un palacio y una renta.

La libertad del hombre no se puede tocar, sino encauzar. Todo, familia, sociedad y Estado, es un medio para el progreso del individuo. Este es la única promesa de la tierra; es el hijo de Dios vivo. Mientras que Italia, y más o menos todos los Estados de hoy, son socialistas: el individuo para el Estado y para la Sociedad. El único santo visible hoy en el mundo es Gandhi y lo tienen en la cárcel los ingleses, los gentlemen ladrones. No violencia. Resistencia pasiva.

Lo llamativo y que admiran los extranjeros que visitan a Italia, es precisamente lo que podía salir de tal régimen: Institución del Dopolavoro, carreteras, monumentos hechos para darle trabajo a los camaradas, estudios sobre organizaciones sociales, policía secreta muy hábil, orden forzado, silencio en calles y plazas, ningún tumulto del pueblo hambreado, ninguna reclamación, ningún delito descrito en los periódicos... Pero ninguno ha oído nunca el nombre de Mussolini pronunciado fuera de Roma, en donde están los aplaudidores pagados. Ni la pobreza ni los males se pueden mostrar.

Tú recordarás que en Venezuela vimos y estudiamos a Juan Vicente Gómez, palo de hombre (6) que desde hace treinta años es lección viva para Suramérica; especie de brujo de la montaña de la gran Colombia, intuitivo genial, santón y diablo. ¡Ese sí es hombre! El mundo no quiere saber que para encontrarlos hay que ir a Venezuela. Ese tiene la bondad de la paloma y la astucia de la serpiente. ¿A dónde, en Suramérica, llegan con respeto los barcos extranjeros? ¿Cuál es el país que gasta su propio dinero? ¿De dónde salen los groseros capitanes ingleses de la marina mercante renegando porque no pudieron gritar? Cada día que pasa y a cada folletillo que recibo de los suramericanos que emiten juicios en Europa, admiro más y más a Mi Compadre. Mientras que en Italia no tienen nada interesante: hacer ojos napoleónicos en el palacio de plaza Venecia. Hasta el hombre de la motocicleta, que precede a Mussolini en sus paseos, es plagio de mi compadre. No hay que compararlo con Mussolinis, Leguías y Machados; Suramérica tiene un grande hombre que respeta la memoria de Bolívar; los demás son tiranuelos y gente de periódico y elecciones. Suramérica será bolivariana o nada.

Grande es el hombre de Maracay que fue capaz de meter a la cárcel a los emisores de juicios que no querían trabajar, que hace milagros, cura a los enfermos, echa bendiciones cuando sale de la iglesia, a donde va el veinticinco de julio, su aniversario, y llama al hipopótamo que tiene en Maracay, en una charca, y el hipopótamo le obedece, como si fuera el Nuncio.

Se mide el progreso de un país por las almas grandes que produce, como Francia, que desde hace seis siglos da hombres interesantes; como Italia, que producía hombres geniales; pero hoy parece que a Italia le hubiera caído durante cuarenta días y cuarenta noches el diluvio de la esterilidad.

El alma humana no se manifiesta sino en la libertad externa y por medio de la tiranía individual sobre las pasiones.

Pongámonos de acuerdo acerca de este problema de los gobiernos; vamos analizando sin apresuramiento y aparecerá la idea límpida que tengo para Suramérica, paraíso de una cercana y futura humanidad.

El bien y lo bello son dictadores, porque nos enamoran y queremos ser buenos y bellos. Es la dictadura del amor y de la inteligencia. Un grande hombre ejerce una dictadura y asciende a la especie humana. Únicamente que la humanidad pesa tanto que un Cristo apenas logra derramar sobre ella una aurora de espiritualidad, que luego tapa la ola inmunda de la carne.

Pero ese gran tirano de Cristo ¿a quién ató y azotó y abofeteó y desterró porque no lo seguía o para que lo siguiera? Lo seguían porque él era la felicidad del camino.

Hoy la humanidad tiene la gloria de poseer a Gandhi, quien ejerce la dictadura. Todos ellos son ejemplos, caminos, y de todos ellos puede decirse lo mismo: no ejercen coerción sino sobre sí mismos.

Son bellos. Y está en el centro del espíritu el amor, la tendencia a la belleza. Esta es para el hombre como el imán para el hierro. Es ley de todo lo viviente, someterse a la belleza.

Tal es la dictadura. Tal debe ser el gobernante: un dictador. Sujetos a él los hombres por la caricia irresistible de la espiritualidad, y por la firmeza de su alma.

Pero hay quienes pretenden suplir la belleza que les falta con policía, cárceles, rifles y sacerdotes pagados. Hay que ser grandes para usar de estas cosas. Italia no produce ya ni tratadistas de derecho penal. De aquellos que hablan mal del régimen, no se vuelve a tener noticias. Las sentencias de los tribunales italianos son la voluntad de Mussolini hecha palabras.

Acaba de llegar el periódico de hoy; está lleno de insultos a Francia, porque da asilo a los antifascistas. Los llaman fuorusciti (salidos fuera). Dicen: “Un tal esfuerzo financiero (porque el tipo ese tenía billetes de mil liras) documenta una evidente asociación entre los salidos fuera y algunos misteriosos sectores franceses. El movimiento de billetes de a mil, en tiempos de crisis mundial, es más que sospechoso. ¿Quién paga? ¿Y para qué fin último se paga?”.

Il Lavoro Fascista dice: “Se l’antifascismo internazionale si serve della potenza, ebbene noi risponderemo con il terrore...”, etc.

Son amenazas para Francia. Una guerra es inevitable. Italia quiere colonias, desea que le abran campo y se le dobleguen. No se despierta en vano, impunemente, la voluntad impulsiva, la voluntad de dominar y humillar a los otros. Es igual a Alemania de 1914.

¡Y qué mal se vive en un pueblo que tiene hiperestesia nacionalista! Está uno siempre con los nervios heridos...

Todo puede ser antipático, aun el deseo de mejorar, cuando le falta la gracia de la inteligencia. El nacionalismo, en la forma alemana e italiana, es desarmonioso y enervante.

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(6) Modo venezolano para indicar magnanimidad. Así llaman a Bolívar.

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El parque Acquasola

Junio, 9.

Hace pocos momentos estuve en el parque Acquasola, para recuperarme al sol, porque estoy muy débil. Allá estaba una viejecita caderona, que casi no podía mover las piernas, apoyada en su bordón, y que se agachaba difícilmente a recoger palillos secos. ¿Qué puede recoger en un parque de estos? Formó un haz; abrió un trapo que sacó del bolsillo del delantal; para extenderlo, lo cogió por una punta con los dientes; formó como una bolsa y echó allí la leña que iba recogiendo. Había que verla ir lentamente, moviendo las caderas difícilmente con movimientos de pato y mirando a diez metros a la redonda para buscar chamizas.

¡Hacía este trabajo tan limpiamente, con tanta conciencia! Muy modosa, muy aseada, tan inválida y recogía palillos con solemnidad. ¡Si esa dignidad humana le pusiéramos a nuestro trabajo todos los hombres!

Aquí hay mucho pobre, pero saben trabajar. A cada parcela le sacan el jugo con método. Hay que reconocer que el europeo, y sobre todo el italiano, es un gran trabajador. Lo obliga la población que aumenta y estrecha. Francia no quiere hijos para no complicarse la vida. ¡Pensar que en Suramérica hay tanta tierra y que ningún trabajo se ejecuta bien! ¡Si yo pudiera dedicarme a escribir un libro, a ejecutar algo, como lo hace esta viejecita de Acquasola!

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El amor al Duce

Junio, 13.

De un telegrama de Roma acerca de Sbardoletto, el pobre a quien le encontraron dos bombas y un revólver:

“Hoy, diez de junio, el terrorista Angel Sbardoletto fue puesto a disposición del Tribunal Especial para la Defensa del Estado”.

Este Tribunal Especial es el que juzga y condena a todo el que pertenezca a otro partido que no sea el fascismo; está prohibido todo partido político. Las penas son presidio de por vida y destierro a unas islas sombrías. Los culpables desaparecen y nadie sabe más de ellos. Continúa así el telegrama:

“El Procurador General ha iniciado inmediatamente los actos instructorios. El Sbardoletto fue llevado esta mañana a las cárceles de Regina Coeli. Pocos instantes después de su salida de la Questura, las puertas de Regina Coeli se cerraron a las espaldas de Sbardoletto. El criminal fue encerrado en una celda del tercer brazo del edificio, reservado, como se sabe, a los delincuentes que merecen especial vigilancia.

La Revolución fascista tiene el deber y el derecho de defenderse y de acabar con toda tentativa, promovida en cualquier parte, dirigida contra sus hombres y sus institutos. Basado en sentimientos de paz social y de trabajo tranquilo, el Estado fascista responde, sin embargo, a la violencia con la fuerza inexorable. Ninguna piedad y ninguna atenuante pueden ser admitidas para los criminales que se atreven a dirigir sus manos sacrílegas contra el Jefe del Gobierno y contra el Régimen, en el cual se resumen hoy, más que nunca, los nuevos éxitos de la Nación entera con su fuerza de renacimiento espiritual. El criminal político será, por lo tanto, duramente aplastado”.

Schiacciare es aplastar, dar forma plana a lo que no la tenía.

El telegrama ese viene de Roma para toda la Prensa, redactado por Il Capo del Ufficio Stampa del Capo del Goberno, un tal Polverelli. Esa oficina controla la Prensa; todas las noticias son redactadas allá.

De suerte que al pobre Sbardoletto, por hallarle dos bombas, lo van a schiacciare, seguramente, pues no hay tribunales; ya lo dijo Polverelli, lo aplastarán.

Por ejemplo, el 11 de junio publicaron todos los periódicos la noticia de la reunión del Gran Consejo Fascista, redactada en Roma, y terminaba así:

“Il capo del Goberno chiude i lavori del Consiglio pronunciando le seguenti parole: ‘Camerati, también en esta sesión hemos hecho buen trabajo; estoy contento; se levanta la sesión’.

Una calurosa ovación saluda al Duce mientras deja el aula del Consejo”.

Tales son todas las noticias, íntegramente redactadas en el despacho de Mussolini por el famoso Gaetano Polverelli.

Lee y creerás que se trata de un hombre muy amado:

Cincuenta mil personas aclaman delirantes al Duce, renovándole el juramento de fidelidad y devoción. —Roma, 7 de junio de 1932. —El alma de Roma ha vibrado aún otra vez en torno al Duce, con ese ímpetu ardiente y arrollador que nuestro pueblo sabe encontrar en los instantes de más viva pasión, como si sintiese afluir a sí la onda múltiple de sentimientos y de fe que a la Urbe, corazón secular de Italia, va de toda región y de toda tierra nuestra, a llevar, con el eco concorde y profundo de la vida nacional, el palpitar y la voz de toda la gente itálica... (?)”.

Eso no tiene sentido: no dice nada. En italiano es como un juego de sonidos. Tal es el estilo; hace once años que los Polverelli publican tales cosas en miles de diarios.

Dos son los ejes de la dictadura italiana: la Prensa y la niñez; periódicos, libros y maestros. Jamás, ninguna tiranía anterior organizó la Prensa de tal modo que es un instrumento terrible. “La Oficina del Jefe de la Prensa del Jefe de Gobierno” es la redactora de todo el periodismo y casas editoriales. Las noticias de la vida diaria están controladas; no se puede contar de los suicidios, robos y otros crímenes. Los periodistas pertenecen a las milicias fascistas; son agentes de confianza del Gobierno.

Respecto de la educación, el niño es del Estado, y balilla desde los cuatro años. Lo esencial es hacer del niño un fascista, un militar, un hombre creyente en que Italia vale más que el resto del mundo, debido a Mussolini. Éste quiere levantar generaciones bajo la sugestión de sus propósitos de combate.

Que su pensamiento íntimo es la guerra, aparece evidente por el hecho de que impide la emigración. Ningún otro sentido puede tener el veto a la sa