Boletín semanal con la obra de Fernando González Ochoa
Salomé (1934) — Cuarta entrega
Salomé
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Fernando González
1934
Marzo 14
(Marsella, 1934)
Ayer a las doce acabé Mi compadre. Me encerré dos meses y medio, forzándome, y luego fue muy agradable el trabajo.
Esta mañana desperté con la sensación de Dios y de que pronto me iré del cuerpo. Medité sabrosamente.
Pensé en escribir mis confesiones para aligerarme. Siento mi niñez, juventud y edad madura.
El día es una gloria: seco, tibio, resplandeciente. Aun los viejos están bellos... Pero yo percibo la muerte en la primavera. Me gusta la esperanza que hay en el invierno. Lo bueno es la promesa y en el verano hay promesa de muerte.
Me llegó carta de Alfonso con malas noticias de Bogotá, con insultos de El Tiempo y me dio un ataque de odio. Fui a la iglesia de rue Paradis a pedirle a la Virgen que me cure y que me saque pronto de las pasiones.
He caminado todo el día. Veo a la muerte en las mujeres tan bellas y en los árboles que echan renuevos. No me agrada la alegría.
Voy a observar el llegar de la primavera.
* * *
Marzo 15
(Marsella, 1934)
Ayer y anoche, a pesar del bello día, casi me mata la ola de odio y de malas pasiones que me vino de Colombia. Estoy deshecho; mi cerebro está adolorido. Siento que me envían odio de allá. Hoy me voy a poner en defensa.
Colombia es país de malas pasiones. Ninguna ciudad tan vil como Bogotá.
Hasta Margarita anda alocada. Ella recibe también las vibraciones.
¡La primavera! En marzo, el sol está ya muy corrido para el norte; casi llega al Castillo de If. En diciembre, se ponía por allá al sur y salía al sur; hacía un pequeño arco sobre la Madraga.
Ayer, las mujeres estaban bellas, casi, casi sin ropa de lana. ¡Hasta las viejas estaban bellas!: seca la piel, rosada, ágiles. En plaza Castellana vi una, jorobada, y estaba hasta muy bella.
Pero todos andan alocados de alegría, como preguntando con sus actitudes y miradas: ¿dónde arrojo esta alegría? Se percibe, pues, a la muerte.
Desde el 12 comenzaron algunos arbustos a renovarse. En parque Borely vi unos que estaban como con aura blanca, como cubiertos de copos de nieve, y eran hojillas que comenzaban. Desde el 6 o el 7 las plantas que sirven para bordear las eras y que no botan las hojas, comenzaron a empujar, a echar cogollos.
Salomé está intranquila desde el primero. Ayer estaban unos seis gatos con ella, mirándose, yendo y viniendo. La entré, y los gatos maullaban ansiosamente, con sonido fiero; no era miau sino meoo, meoo.
Salomé no sabe aún de qué se trata. Anda asustada y atraída. Ayer subió a una banca, en el corredor del jardín y el gato negro de madame Rousseau le pasaba por debajo; ella brincaba y sacaba las uñas y alborotaba la cola. Tiene miedo, y no sabe y está atraída.
El primer efecto de la primavera es un deseo de irse, de salir, de viajar, de amar...
En marzo caen aguaceros para remojar la tierra y preparar la savia. El sol se acerca, poderoso rey, y atrae para arriba todo, jugos, ideas, anhelos, agua. La Tierra, como Salomé a su gato, le va presentando su hemisferio, inocente pero irresistiblemente atraída.
¡Virgen María, líbrame de las pasiones impetuosas mías y de Salomé; deseo ser hombre controlado; no me dejes!
* * *
Marzo 16
Ayer estuvo nublado y llovió. Almorzamos con los Nicolaides. Él contó acerca de los bajos fondos de Marsella, fumaderos de opio y putería. Dizque acompañó a Vasconcelos por allá y que las mujeres, vestidas con tuniquitas, medio ocultas en los portones, como arañas, le quitaron el sombrero a Vasconcelos y se entraron con él, llamándolo. Nos pareció exquisito que estas putas jugaran con ese filósofo indio.
Nicolaides contó muy sabroso de Nueva York: cómo bajó a la peluquería del hotel y a todo decía yes, y lo afeitaron, lavaron, arreglaron uñas de pies y manos... “Me refregaron de un lodo, un pegote que olía a aceite, y luego me lavaron y me perfumaron. Vi por allá un sombrero, descintado, girando entre una columna de cristal, recibiendo chorros de vapores... Era el mío”. Que en esas llegó el cónsul del Ecuador y le dijo: “Fue que le hicieron el complet...”.
Nos contó cómo las muchachas caen en la calle y nadie las recoge: “Si usted para a darles campo en un corredor o escalera, ellas se paran también, creyendo que a usted se le perdió algo... De pronto ven ustedes que las muchachas se alzan las faldas y sacan de debajo de las ligas el porta monedas. Si ustedes piden pollo, se lo llevan entero. Pedí lengua (tongue) y nos llevaron una larga, enorme... yo veía venir por allá el carrito y decía entre mí: ¿quién será la fiera que se va a comer todo eso, con flores?, parecía un ramillete: lechugas, papas, etc... ¡Era nuestra lengua! Hay que decir: a quarter of chicken; tongue for two... ¡Son brutos!
Llegué al tercer piso; creía que allí era suficientemente alto para mí; al otro día, al quinto; acabé en el ciento veinte. Por allá veía unos tubos por donde circulaban paquetes... Era la ropa sucia... Cada cuarto tiene una ventanilla misteriosa y es para eso; y la ropa vuelve por ahí, nueva. ¡Muy brutos!”.
Contando así, se peyó el cónsul Nicolaides, por la risa, y todos reímos aún más, pero con una discreción que aumentaba el goce.
* * *
Idos los Nicolaides, llegó la señorita Babí y nos contó de la joven Taylor, dieciséis años, tan admirablemente bella: es jinete, hija del coronel inglés en la India, pero su madre quiere jugar a los caballos en Marsella; poseen nueve y los cuidan ellos, la vieja, la señorita y el joven Taylor.
Anteayer fuimos a ver trabajar a la muchacha, rubia, belleza salvaje, hermosa potranca: embetunar los cascos, hacer la mezcla de avena, acariciarlos... La potranca le mordía el cuello, la besaba, le mordiscaba las manos... Hay un potro bravío que casi no se deja manejar; montolo la vieja en el parque Borely: se enojó... “¡Tenlo, madre!”, gritaba la hija; pero aquella temía, y la joven se abrió de brazos y lo atajó: quedó dominado. Estaba más bella que Salomé.
Me siento triste, dominado por ella, irresistiblemente atraído, invocando a la Virgen, para que me dé la posesión de mí mismo. Yo soy el gato negro de madame Rousseau.
* * *
Anoche oímos desde el comedor gritos de gatos: eran ocho que estaban en el dintel de la puerta de la cocina al jardín, sentados sobre los rabos, con Salomé. Huyeron... Quedó Salomé, fijos los ojos en los fugitivos, sentada como esfinge... Desde la puerta veíamos los ojos de los amantes, allá, entre las plantas. La luz de la cocina reflejaba en sus ojos y eran dieciséis estrellas, brillantes, como almas desnudas; no se veían sobre el manto negro de la noche sino dieciséis puntos magníficos. ¡Cuánta electricidad!
Entré a Salomé... Se frotaba contra las patas de las sillas y de pronto bajaba la columna vertebral, estirándola en espasmos... Estaba rijosa. ¡La pobre! ¿Sería ya poseída? ¿Los gritos que oí?... La examiné y tenía húmedo el sexo.
¿Por qué me atrae? Se me sublevó toda la carne; ahora comprendo que tengo celos; que les arrojo piedras a los gatos... y que van dirigidas a los posibles amantes de la señorita Taylor. No quiero que Salomé deje de ser virgen, que nadie ni nada deje la virginidad; este deseo ¿será por la señorita Taylor?
Tuve celos y me subían imágenes sensuales. Me fui a la iglesia de rue Paradis, a rogarle a la Virgen que me libre de las pasiones elementales; que me libre de este tormento de amar todo, mujeres, viajes, ciencia, arte, sin tener capacidad. Que no ame, puesto que envejezco, y moriré y las cosas bellas seguirán naciendo, sucediéndose. Ansia de morir, porque no puede ser mía la Taylor, Salomé, los viajes, las estatuas, todo.
No obtuve consuelo, y entonces pensé, me detuve a pensar en la imagen de una jofaina que vi hace días, de Toní, la virgen niñera, toda sexo. ¡Tan bella y esta visión nos aleja!... Dormí tranquilo. Pero estoy alejado de Dios (la posesión de mí mismo); la primavera me induce.
* * *
El día bello y seco: todos andan bellamente, hasta los tuertos, bizcos y cojos, hasta el hermafrodita morfinómano que se para en el almacén Aux Dames de France, a pedir limosna, haciéndose el que vende lápices: se para en una puerta, quieto como un faquir, pálido, doblado para adelante, implorando... No habla. Dizque es invertido y morfinómano. Tiene cara de marfil y barba judía, joven.
Vine a este cafecito del Puerto Viejo a escribir. No ceso de admirarme de no tener amigos.
Desde el primero de marzo hace gran deseo de viajar, de irse a ver, a pensar y un ansia enloquecedora de amar; las desconocidas son las que atraen; es amor por lo bello que está regado en el mundo.
* * *
Viento que destempla; este mistral despeina el aura nerviosa.
Salomé dormía en la cama de al lado; de vez en vez se lamía el sexo; toda la vitalidad se fue hacia allí: es la tiranía de la especie, que sacrifica al individuo. ¡Bestia en celo!
Me inducía: la cogí, compadecido, para acariciarla, y me arañó. Está nerviosa; quiso morderme; huele a celo.
Se fue apresuradamente y allí, en el jardín, la esperaba el gato negro de madame Rousseau. ¡Qué escena salvaje! Toní asistió también y estamos nerviosos: fue saliendo y se fue derecho al encuentro del gato; éste huyó. Tal ansia devoradora había en los ojos de la hembra virgen, que el macho se espantó. Salomé brincó el cerco, siguiéndolo; entonces el Rousseau se fue viniendo por un lado, como a cogerla por detrás. Ella brincó a volverse, y se acostó, desesperada, a revolcarse en la arena. El Rousseau le brincó encima y la mordió en la cabeza, sujetándola, pero sin poder castigarla; quiso hacerlo, pero ella gritó y ambos brincaron lejos. Repitieron eso varias veces; imploraba el castigo divino y amenazaba al mismo tiempo.
Se aparecieron otros tres gatos negros; observé entonces que el Rousseau tenía un pelado en el rabo y sentí repugnancia.
Entré a Salomé, y allá la dejé encerrada en una alacena, mientras me venía a escribir mis notas al cafecito del Puerto Viejo.
* * *
Uno de los gatos mirones olía luego los sitios en donde ella se había revolcado.
¡Se me olvidaba!: en cierto momento Salomé vino bajo la banca que hay al pie del plátano a revolcarse allí, atormentada, implorante. Un gato negro, otro que no era el de la señora Rousseau, se trepó a la banca, ella se solivió entonces, y estiró las patas delanteras y se agarró a uno de los tablones, como lamentándose e implorando al infinito. ¡Pobre animal! Es arrastrada como va, no lo quiere, pero la impulsa el deseo; necesidad ciega, divina necesidad.
Ahora estoy paseándome por las calles, bregando por recuperarme. El filósofo, decía Giordano Bruno, tiene a la Tierra por patria; y aun al cielo, agrego yo. También afirmaba de sí mismo que era hijo del Sol y de la Tierra. En realidad, nuestra encarnación se efectúa condicionada por estos dos astros: el calor solar fecunda a la Tierra; ésta va presentando sus polos a la caricia del macho, así como Salomé, determinada por fuerzas ineludibles.
El recuerdo de Giordano me consuela; sus palabras me calientan más que muchacha; su recuerdo me sirve para vengarme de que se marchiten las Toníes y las Taylor. En la librería Flamarión vi a una así, como Salomé, y puedo afirmar que me calienta más Giordano Bruno, a pesar de que aquélla hasta me hizo sufrir de gusto ansioso. Las muchachas más bien causan dolor; amor doloroso. Tengo treinta y ocho años y sufro mucho aún a causa de los frutos terrestres, tan tibios, tan pasajeros, tan desfachatados. El refugio es indudablemente el espíritu... ¡Caramba: sigue la Tierra produciendo muchachas prietas y nosotros vamos descomponiéndonos! ¡Qué envidia de la especie!
* * *
Las cinco. — Recorrí las calles, aterrado. No quiero, no soporto que Salomé sea de ése de madame Rousseau que tiene el rabo con una peladura. ¡No lo quiero! No puedo pensar sino en esto. Giordano Bruno ha desaparecido.
Vi a los hombres, que miraban a las mujeres igual a como se miran los gatos. Uno que estaba recostado a la verja de la plaza de la Bolsa miró de un modo tan animal a la que iba delante de mí, que me dieron ganas de tirarle piedras.
En la calle Paraíso vi el almacén de flores: las unas, moradas, morado hondo, como la muerte. Ya sé, a los treinta y ocho años, a qué huele la vida: a celo; es el mismo olor, allá en el fondo, que tienen los cadáveres. Hay un principio de cadáver en el niño y en el botón; en el polen hay ya un futuro muerto. Todos somos futuros muertos, hijos del Sol y de la Tierra; vamos haciéndonos cadáveres a medida que perfumamos, sonreímos, lloramos y amamos. En ese almacén estaba la especie, peor que Mussolini. Maldito tiempo, definido por Aristóteles: ¡la sucesión de las cosas!
Había hortensias, claveles, rosas y unas espigas casi negras. ¡Qué olor a vida, a individuos que marchan, amando, al cementerio!
Pero recordé que aquella mujer única de la calle Paraíso olía muy bueno; su aliento me pareció delicioso, pero siempre había en él un remoto indicio de cadaverina; ese indicio llegaba a la pituitaria cuando ella callaba y yo rumiaba.
En esa floristería, repentinamente salió un grito patriótico de mis entrañas: que la verdadera carne es negra, dura y prieta y se halla en Buenaventura, a orillas del tibio océano... ¡Aquellas muchachas negras de la patria lejana!...
* * *
Me iré a casa porque estoy preocupado de que mis hijos le abran la puerta a Salomé.
Hace locura de irse a Niza, Cannes, Menton, por allá, a ver, a ir viendo, pero... ¿cómo abandonar a Salomé?
Entré a la iglesia a pedirle a la Virgen María que me libre del alma fisiológica, que no me deje ir con ansia de volver, que no me deje caer en útero, una primavera, de aquí a mil años, en algún jardín público, al mediodía sobre la yerba o en la noche tibia bajo las mantas...
¡Terribles los ojos de mis futuros padres! ¡No me dejes reencarnar, Virgen del Perpetuo Socorro! ¡No permitas que vuelva a la carne organizada!
* * *
Voy a recordar bien la escena: pues el Rousseau se montó sobre Salomé, anonadada ya sobre la tierra; parado, le mordía la cabeza, sujetándola; esperaba a que ella tuviera que levantar la columna vertebral a causa de los espasmos. No mordía fuerte; era caricia sujetadora, esperaba para herirla. Pero no era tiempo aún; la entré.
Comprendí que esta ley inexorable del amor nos va subyugando poco a poco, así como el Sol obliga a la Tierra a irle presentando sus polos para herirla. ¡Igual a Salomé! Todo lo existente está sujeto a la ley del amor. Un inmenso gato obliga también al sistema solar a ir levantando la columna vertebral, para herirlo.
* * *
Sensaciones que me suben involuntariamente para convertirse en imágenes a medida que el sol se acerca a Europa: que Toní tiene los pechos erectados, puntudos y separados; hieren la tela de la blusa. Ella tiene los ojos afelpados. Hija de alemán y de alsaciana: del padre tiene piel blanca, rosada y nariz judía; de la madre, los cortos miembros, robustos, macizos, ¡pura fisiología!
Salomé y yo estamos tentados; caeremos irresistible e involuntariamente.
¡Sólo Dios! ¡Sólo la idea de belleza! Lo que tenemos aquí, en Jerusalén y en Buenaventura son amagos divinos que nos vienen de más lejos, de mucho más lejos que la luz de los soles que gastan mil años de luz para aparecer aquí, durante las noches, como ojos de gatos en celo en la oscuridad del jardín.
Mañana leeré aquella página en donde Alcibíades cuenta de la castidad de Sócrates y aquella de Jenofonte en que dice: “Nadie como él se alejaba tan fácilmente de los seres bellos que amaba”.
¡Cógeme, pues! ¡Arrúllame, madre mía!
Esta noche Salomé quería salir a todo trance; casi hablaba; casi pedía que le abrieran. Afuera maullaba el Rousseau, llamándola. Ramiro (ocho años) comentó: “Eso fue que el amigo le dijo que si no iba le pegaría”.
* * *
Marzo 17
Me levanté a las cinco para abrirle la puerta a Salomé. Muy frío el día. Salí y ahí apareció inmediatamente el Rousseau, en el zócalo. La coloqué en la mesita en donde bebo el café servido por la Toní. Apenas percibió al gato, fuerza ciega la hacía doblar el espinazo; comenzó a revolcarse y se bajó: el gato se le echó encima, teniéndole la cabeza contra el suelo; el rabo de la gata se movía agilísimo como serpiente; el macho se rebullía, abajándose, buscando...: cuando llegó, Salomé dio un berrido y brincaron lejos; subieron al zócalo y, en esas, Pató, el perrazo de los Babí, se vino ladrando furiosamente y observé que huían como dieciocho gatos que estaban ocultos, atisbando...
Salomé se trepó al plátano de madame Lionel y allí se estuvo con movimientos agilísimos e involuntarios de celo, sobándose contra las ramas. El amante se paseaba al pie del árbol, mirándola, llamándola quejumbrosamente.
Subí al balcón del baño, para ver... ¡Nada! No quería bajar y yo estaba enervado, con temor de que me vieran Toní y los niños.
Desde el balcón observé que el Rousseau se hizo el que se iba y que Salomé lo miró angustiada. ¿De suerte que esto que llamamos amor es una fatalidad, algo que en nosotros le huye y algo que en nosotros le busca?
Luego, Salomé bajó del árbol, y se fueron yendo juntos, y están entre las plantas de los cercos de madame Rousseau y no puedo ver nada. Hace hora y media que están allá; no me atrevo a ir a ver, porque pueden abrir y preguntarme qué hago ahí, en su predio...
La filosofía es muy difícil; cuando estamos en observación atenta de un fenómeno, buscando el noúmeno, la gente dice que somos locos o lúbricos; ¿qué podemos hacer, si la Taylor y Salomé tienen escondido el noúmeno? Todo lo he sacrificado a la filosofía; ella es mi amante y si no fuera por su culpa sería “un hombre importante” en mi patria lejana y tan pendeja. ¿O seré “un loco”, “un hombre lúbrico”? Los parientes de Bogotá me hacen dudar; tanto me lo han repetido, que ya estoy dudando... Por eso no fui capaz de ir a ver al jardín de madame Rousseau.
Cada diez minutos se escucha un chillido de Salomé. En todas las cercas, sobre todos los muros del gran predio de los Babí hay gatos en acecho; tenemos envidia. ¿Será la filosofía una envidia, una venganza, un subterfugio, un sucedáneo? Todos los filósofos hemos sido feos, desilusionados y pobres... ¿Será la filosofía un sustituto para impotentes y desposeídos? Eso del espíritu, de la esencia, ¿será invención a que nos conduce la envidia?, como diciendo tácitamente: allá gozaremos nosotros, los mirones, y vosotros, los que yacéis con la gata, no; vosotros desapareceréis con la muerte y nosotros tendremos celo eterno al lado de la eterna Salomé. ¡Qué horribles dudas!
Lo cierto del caso es que yo creo que hasta ahora no ha pasado nada, que Salomé está allá aterrada, implorante, sin poder huir, sujeta por el instinto, pero que no se deja...
Estoy airado porque no puedo ver; Toní anda por ahí atisbando a ver qué atisbo yo; la cocinera Gina anda renegando. Creo que todas estas mujeres temen que toda esta filosofía me excite y me haga ir con alguna otra por ahí, bajo una cerca del parque; porque todos censuramos a los que van por ahí y... todos nos vamos yendo apenas el sol calienta. Parece que el amor es función que nadie aprueba en los demás; escupimos la fruta para morderla nosotros.
Oigo que acaban de abrir la puerta de la cocina de madame Rousseau y estoy airado porque ellos van a ver lo que he estado atisbando hace días.
Se me suspendieron las funciones fisiológicas con la intensidad de la observación; anoche deliré y tengo las extremidades frías. Enervado. ¡Es duro esto de atisbar por dentro y por fuera, cuaderno en mano, para ir anotando cualquier movimiento de los gatos, de la cocinera, de la niñera y de mi alma encarnada!... Dentro de poco todos seremos una partida de gatos preñados, pelados, porque el hombre después del coito es animal triste.
* * *
Salomé me seguía anoche, implorando que le abriera. La Toní dijo: “¡Será que tiene una cita!”... Esta maldita muchacha también está en rijo: brusca con los niños. Todos estamos alocados; hay una tempestad eléctrica en el barrio y en toda Europa; muchos se han enloquecido en París, según informa el Pequeño Marsellés. Así dizque es en todas las primaveras. La señora Babí nos decía hoy que la primavera es terrible en sus comienzos.
¡La señora Rousseau va a ver mucho más que yo de este idilio felino!
Ayer había ya muchas parejas en automóvil: ella echada sobre él; caída sobre él, aterrada y subyugada. ¡Qué brutos los que matan a las muchachas cuando las encuentran aterradas sobre otro gato!
Se van en los automóviles y los detienen por ahí, en los caminos, en las sombras suaves, y se dan a hacer lo que hace ahora Salomé, pero sin la fatal belleza del instinto inocente: el hombre es gesticulante; el hombre es corrompido; carece de inocencia.
Acabo de entrar a Salomé y encerrarla; los amantes andan por allá, maullando, corriendo, buscándola.
Toní está con los ojos muy afelpados. La señorita Babí me pregunta por qué miro a los gatos, por qué digo que quiero irme a viajar. Me dice que no puedo irme solo, que todavía dizque estoy convaleciente.
Entré a Salomé para que los actos no sucedan sin mi presencia y para tener tiempo de anotar.
Ya hay muchos pajarillos; un pío, pío constante. Voy a releer aquella página de Platón acerca de la castidad de Sócrates...
* * *
Madame Rousseau es delgada; la vi una vez en el granero y tenía el cuello curtido, aire de dureza y agilidad; anteayer la vi paseando por la playa, a las siete de la noche, muy puesta, bellísima; iba con uno: será el marido, que ya vendría de pasear por Argelia, o ¿será un gato? Presiento que dentro de poco todos seremos gatos preñados, animales tristes.
* * *
Los Lionel son jóvenes y tienen un hijo de tres años que ha engordado con el aire de aquí: “Parece noruego”, dijo Nicolaides. Son parisienses.
El señor Lionel, veintinueve años, floreciente, dizque no come, para no engordar más. Sale a las ocho de la mañana por su automóvil al garaje del jardín y entre el abrigo se mueve su cuerpo lozano como el pavón.
Madame Babí opina que debe ser muy simple; lo llama grosse poupé (muñeco gordo). Sí, los gordos son almas manizaleñas.
La vieja Babí es alocada y un genio de personalidad; tiene tabaco en la vejiga. Domina al Babí, que come y vive en la calle, huyendo de la fiera. Pero a la hija no la domina; es ella misma reencarnada antes de morir. ¡Qué genio, qué inteligencia y personalidad hirientes!
La señora Babí va siempre con Pató y, por las noches, con Robert, en el autico de Robert y el pobre bobo suda por ella. Robert es un excremento humano al lado de su novia. No se casan aún, a pesar de que son hijos únicos de ricos, porque quieren dinero propio, no depender de nadie.
Robert trabaja en un banco, con novecientos francos mensuales. Su papá le regaló autico para pasear a la Babí; ésta lo tiraniza y lo mima: le saca ron, bebidas calientes de ron, en invierno; lo lleva y lo trae. El otro día les dimos una invitación para la inauguración del bar La Canebiere y comieron y bebieron tanto (era gratis), que Robert tuvo un ataque de cursos a la vuelta, y ella lo bajó en brazos a orillas del arroyo de Bonneveine y le ayudó a vomitar, etc. Madame —le decía a mi mujer—, c’était terrible; il rendait partout. Imaginez-vous! Je croyait qu’il allait mourir, etc.
Los Babí son dueños de la finca en donde están nuestra casa, la de Lionel, los Rousseau y el cottage que ellos ocupan, en el fondo, con el perro Pató.
Ya casi estoy seguro de que la señorita Babí le da a probar a Robert, pues es muy sabia, muy natural y dice: “Su madre quiere que él me abulte para que tengamos que casarnos ya... Figurez-vous, madame!”.
* * *
Mediodía: creo que Salomé quedó ya satisfecha; no se ve por ahí a ninguno de los amantes, y ahora la saqué y estuvo tranquila; se revolcó en el jardín y defecó señorialmente, con pudor, sin apresuramientos; hasta muy púdica que estaba: miraba para el zócalo por donde suele aparecer el Rousseau, con tanta inquietud que comprendí que sentía vergüenza de que su amante viniera y pudiera verla haciendo esas cosas.
* * *
Marzo 18
Domingo. Salomé indudablemente está satisfecha ya, pues esta mañana, al sacarla, no estaban allí los pretendientes ansiosos; sólo había uno, feo y flaco, de la casa de los griegos, y Salomé lo paró en seco cuando él pretendió acercarse. Pensé que ese desgraciado era un filósofo; le grité que se entregara a la filosofía. Una bella dijo al repugnante Juan Jacobo: ¡Lasciate le donne e studiate le matematiche!
El gato griego se fue yendo desilusionado y humillado; no sé bien por qué sentí odio por la vida.
Luego, Salomé cogió para el cercado del jardín de madame Rousseau, al mismo lugar en donde sucedieron ayer sus amores, y allá está sola y tranquila; de vez en vez escarba la tierra y orina.
¿En qué piensa? ¿Espera al amante? Lo cierto del caso es que ha estado muy simpática, jugando anoche con su rabo, persiguiendo su cola, así: voltea a mirar su rabo y lo acecha con maña, para que no huya; repentinamente se le lanza a cogerlo, y el rabo gira y ella da tres vueltas, persiguiéndolo.
Recuerdo muy bien que aquellas muchachas se volvían púdicas también, prueba evidente de que es instinto ciego el que nos arrastra a esas cosas.
Salomé comió muy bien; tiene aún resabios de ansia, pero... ya es madre niña, juguetona; sus entrañas llevan la eternidad efímera de la especie, la eternidad gatuna en el parque Borely.
* * *
El coito gatuno se efectúa así: ella, anonadada por el deseo llegado a la cúspide, pues “el amor más arde mientras más se atiza”, se echa a revolcarse, desesperada; él se le viene por detrás y la agarra de la cabeza; sus patas traseras apoyadas firmemente, encima de ella, cubriéndola; ambos rabos se mueven eléctricos; a ella, el deseo le causa espasmos vertebrales que la obligan a levantarse; él atisba el instante y la hiere; ella chilla y él brinca lejos. Rápido y repetido.
* * *
¡Gran mistral! Los canarios, que yo creía machos, desde ayer están desesperados, bregando por hacer nido. Blanche, la buena cocinera que sustituye a Gina, a quien se la llevó un gato, nos lo hizo notar. Por eso era por lo que reñían y se besaban; se arrancaban mutuamente las plumas y picoteaban las varillas de la jaula. Ayer vimos que traían y llevaban un migajón de pan. Blanche les puso hoy algodón y una cajita.
¡Por todas partes la primavera! Me parece que la hembra es el canario que ganó Ramiro en el bazar de la Punta Roja, cuando fuimos con la señorita Babí, Pató, Robert y el automóvil de Robert; Robert le pasaba centavos a la Babí, uno por uno, para que jugara a la ruleta... Yo juraría que ella también le ha dado a probar a él, del mismo modo, poco a poco; son muy metódicos.
* * *
La hembra se echa sobre los copos de algodón y anida: rebulle su cuerpecito entreabriendo las alas temblorosas y levanta el pico, vibrando, implorando un castigo... que no llega, pues Blanche afirma que el otro es el monsieur, pero parece que es hembra también...
* * *
Fui a la misa de la iglesia de la calle Paraíso, a pedirle muchas cosas a la Virgen María, así: que yo estiraría mi brazo —la voluntad— y que ella me llevara para donde quisiera...
“Hágase tu voluntad”. Esto me lo enseñó la hermana Belén, en Envigado.
Las cuatro viejas brujas que negocian con los taburetes en la iglesia de la calle Paraíso son antros de misterios: la una es redonda en las caderas, igual adelante que atrás, como las hermanas de la Presentación; es bajita y la cabeza se hunde en los hombros. Otra es de hombros chorreados. Las dos llevan delantales abrigos, de hilo negro, largos hasta abajo de las rodillas, en donde, en los bordes, tienen grandes bolsillos llenos de centavos: cada rato meten ahí las manos para tocar los tesoros. Acabada una misa, corren a amontonar los taburetes, y luego, al comenzar otra, a revenderlos, y entretanto el cura sale con el rey de los sacristanes adelante, y con un señor viejo atrás, y un joven más atrás, parecido a los de la juventud católica de Medellín, pero menos barroso.
El viejo lleva una bandeja y el joven una alcancía; hay, pues, tres limosneros: el rey de los sacristanes —así lo puso Ramiro— va abriendo el camino y recibiéndole al cura los platados de dinero, apenas los repleta.
Hoy el rey de los sacristanes no tenía báculo ni uniforme; iba de levita negra y con un gran collar del que pendía una lámina dorada, como la chapa de un baúl, una de esas condecoraciones que dan en Roma... Iba en cabeza; iba humilde así, sin uniforme. En Medellín sería un éxito poner a Chano Ochoa o a Enrique Mejía de reyes de los sacristanes. ¡Cómo irían de bellos!
En la iglesia pensé acerca de mi proyecto de ir por Palestina este año, solo, en busca de Jesús; también iré a Grecia, Egipto y la India. Por allá están los orígenes.
* * *
Marzo 19
Salomé anda con el Rousseau, pero no se deja; ama su compañía, diálogo mudo. Ella es la que lo busca ahora. El Rousseau es viejo, camina a lo viejo, pero Salomé lo prefirió al gato de los Lionel, que es más valiente y brusco. Que sirva este misterio de la afinidad para consuelo de los que envejecemos.
* * *
Salomé está bajo las plantas, desde las seis, con su amante, y de vez en cuando se oyen sus berridos.
Los canarios fabrican su nido en una canastica que llevó Blanche. El macho (?) es el más afanoso en la obra; la hembra está redondita, con sus huevos dentro; ¡cómo trabajan bien!
Hoy había ya florecillas en el jardín y el arbusto de los Lionel echó dos renuevos.
Los obreros están trepados en los plátanos de la avenida del Prado, cortando ramas, haciéndoles el tocado primaveral.
Voy a penetrar hondo en esto de la primavera y el amor. Voy a releer aquella página de Jenofonte.
Me ha nacido esta idea: que hace grandes obras el que se una a la voluntad divina y rechace las tentaciones, es decir, el que obedezca. Esto es evidente para el que haya leído la historia, observado y vivido treinta y nueve años. No hacen nada los que son egoístas y siguen sus vagos deseos, sin amor. El secreto consiste en hallar aquello que nos subyugará como el Rousseau a Salomé.
* * *
Marzo 20
Día nublado, ventarrón de borrasca.
Pienso en muchas cosas, pero sobre todo en Dios. Oigo que me está llamando como el Rousseau a Salomé: me llama en los ojos afelpados de Toní, en el continente americano, en los viajes, y siento que no me resuelvo a obedecer. Soy como la canaria; imploro una vocación, un castigo... que no viene.
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Salomé salió; a poco la vi entrar y al Rousseau que estaba ahí en la puerta: le huye pues; ya está consumado el sacrificio en aras de la especie. Salomé volvió a poco y se sentó sobre el rabo, como esfinge, hasta que el amante se fue.
Había anotado que las mujeres cuando ya no aman no se acuerdan; se enojan cuando se les recuerda. También los animales, también las gatas. Sucede, parece, que la hembra ama inconscientemente, doblegada por instinto elemental: de ahí que sean púdicas de oído y de palabra y tan activas; en amor la hembra obra y el macho habla. Aquella amiga a quien quise recordarle y me paró en seco ¡como Salomé al gato griego!...
Ido el Rousseau, Salomé salió mañosamente y defecó bajo el plátano; con mucho pudor. Atisbaba a las tapias a ver si la estaban mirando los gatos; luego se fue muy despacio, como gran señora.
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Los canarios terminaron ya su nido. Estoy resuelto a seguir la voz íntima, a pesar de las tentaciones y contra ellas; y cuando oiga la voz claramente, no seré tentado.
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Nuestra muerte será la justificación o condenación de nuestra vida, porque sólo puede morir bien el que se haya realizado; la muerte es puerta que hay en la mitad del camino. Todo lo mío es de ellos. La señorita Babí no está de acuerdo con este comunismo y nos irritamos; le dije que estaba decidido a morir desnudo; a suprimir odio y amor, instintos animales. Ella repuso: “El que es carajo al cielo no va; lo friegan aquí, lo friegan allá”. Le repliqué que eso era de Hermanos Cristianos; que también los primos, tíos, tías y abuelos de Jesucristo le aconsejarían que siguiera en la carpintería de San José; y si hubiese oído esas voces, le habría dejado a la Virgen unos tres mil pesos.
La Babí enmudeció y me alegré; pero apenas enmudeció sentí que ella tenía razón. No soy capaz aún de abandonar los tres mil pesos.
Pero indudablemente, puta Babí, que el bienestar es una cosa y la gloria o beatitud es otra que se halla después de que el sol se pone. Pero no soy capaz, puta Babí, puta Toní y puta Salomé.
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Me vine al café del Puerto Viejo, mientras Berenguela hace las compras, llena su bolsa de hule, que luego hemos de llevar juntos, turnándonos, hasta la casa. ¿Cómo dejarla a ella para irme al lago? Ella es el lago, quizás.... Quizás está en nosotros.
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Me atajaron las ideas en la avenida del Prado. Son muchas y muchos anhelos: buscar a Dios, por allá en Oriente; estudiar la física, química, y penetrar hondo en las leyes todas de la naturaleza. Por todas partes me atisba y llama el amor. Ansia de darme. Deseo de entregarme a la belleza. Como la canaria, estoy para rebullir mi cuerpo, implorante. ¡Ven Señor de los ejércitos y mándame en campaña!
Mi sueño, el que me atajó y me sentó en esta banca, es ir a Colombia y organizar la juventud en un gran amor, en espíritu de sacrificio. La juventud es sacrificio, como Salomé. Si no tiene quien la conduzca a la gloria, cae en el vicio. Esa es la causa de la prostitución: falta de conductores.
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Los ojos me causan impresiones hondas. En ellos veo dioses. ¡Qué cosa tan suprema son los ojos! Es por donde más se asoma la inteligencia. Son los órganos más delicados y perfectos.
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Fuente:
El remordimiento / Salomé. Edición del Fondo Editorial Eafit de próxima aparición...
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