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Boletín semanal con la obra de Fernando González Ochoa
Cartas a Estanislao (1935) — Vigésima primera entrega

Cartas a Estanislao

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Fernando González

1935

I

Bogotá, octubre 20 de 1930

Señor don
Fernando González
Medellín.

Muy señor mío y de mi aprecio:

Siempre ha sido usted particularmente fino con este su mal servidor y hoy su buen admirador, pues ya ha podido leer algunas páginas de los dos libros suyos que tuvo usted la amabilidad de dedicarle y remitirle.

Al dar a usted las más rendidas gracias por su valioso obsequio, me permito felicitarle por las muchas y muy buenas ideas que usted estampa como al desgaire en su “Viaje a Pié” y en su “Simón Bolívar” comenzado.

Pero no puedo compartir con usted, sino que me duele cruelmente y me choca su manera de juzgar a Santander, entre otros, para poner, sin necesidad, la gloria, y muy legítima y grande de ese verdadero hombre de Estado y fundador de nuestra nacionalidad, como peana y escabel a la resplandeciente figura del Libertador; quien, por más que se diga y tergiverse, habría sin duda fracasado en su portentoso intento de independencia, si no hubiera encontrado en Santander y la Pléyade granadina la palanca de Arquímedes para mover al mundo.

Paréceme, señor mío, que para ensalzar como conviene a Bolívar, huelgan los denuestos a los que le secundaron eficazmente en su obra genial (ya por ellos emprendida, calculada y sostenida), e impidieron luego que él y sus deslumbrados secuaces convirtieran en satrapías asiáticas a las naciones libertadas. Nueva Granada y Ecuador escaparon al peligro y tomaron desde aquellos tiempos su itinerario político y moral que les conserva su estructura de naciones democráticas, en desarrollo armónico con el pensamiento luminoso de Santander y sus amigos. Es una profanación insoportable el pretender convertir en baja envidia y rastreros móviles la adustez severa de la Pléyade republicana ante el hombre inconocible que nos devolvió el Sur, después de Ayacucho.

A los bolivarianos integrales e incondicionales, y a todos los que olvidan las ideas por endiosar a los hombres, así sean tan grandes como el “héroe de los héroes” que cantó Abigaíl Lozano, se les debe poner siempre de presente, como espejo en que se miren y reflexionen, el pensamiento del profesor Murri, que yo cité con honra en mi “Cancionero de Antioquia”, de que le remito un ejemplar que espero me acepte usted en retorno de sus libros:

La admiración compete al hombre civilizado; la deificación, al idólatra”.

Su afectísimo S. S. y paisano,

A. J. Restrepo

— o o o —

Medellín, noviembre 22 de 1930

Señor don
Antonio José Restrepo.
Bogotá.

Muy señor mío:

Antes de recibir su carta acerca de “Mi Simón Bolívar” la leí en “El Espectador” de Bogotá.

Me gustó mucho, porque está enojado, porque reaccionó. Por ejemplo, un amigo mío tuvo ántrax estos días; la casa Clin prepara una vacuna que avisa como que no causa reacción febril. Pues no le sirvió a mi amigo y le aplicaron el viejo Propidón y una fiebre de 41 grados lo curó totalmente.

La fiebre comprueba la bondad del excitante y es benéfica, pues es indicio de que el organismo se defiende; al mismo tiempo comprueba la sensibilidad del paciente.

Así, sus regaños y su “profanación intolerable”, “Pléyade” y “Palanca de Arquímedes”, comprueban que mi libro es excitante y que, como la botellita de Propidón, puede curar a los colombianos de sus inhibiciones, del tabú que es el “hombre de leyes”, o sea, el Mayor Santander.

Y si logro que la próxima juventud comprenda que no hubo tal amor a leyes en los orígenes de nuestra actual República de Colombia, sino envidia y odio hacia el Libertador y Venezuela, habré logrado restablecer la justicia histórica y que nuestra patria pueda desarrollarse normalmente.

Porque un país que no esté fundado en historia verdadera y noble, sino en un cuento de rábulas; un país que tenga que mentir siempre que se refiera a su historia... dudo que pueda subsistir, pues carece de conciencia nacional.

¿Por qué enaltecer a Santander, si no fue noble en su conducta? Y yo compruebo psicológicamente, con documentos, que ninguno quisiera ser amigo íntimo de Santander: era perverso; lo veremos adelante y en el segundo volumen de mi obra.

¿Por qué es preciso mentir y enaltecerlo? ¿No tenemos a Camilo Torres?

Lo enaltecen porque fundó una secta de intemperancia verbal y sentimental y de aguardiente de caña que se ha llamado liberalismo colombiano, y para atacar así a Bolívar, a Venezuela y a sus hombres.

¿No comprenden ustedes que mientras no dejemos el odio entre suramericanos, mientras no elevemos la conciencia por encima de la Mina del Zancudo, en Titiribí, y por encima del Táchira, no seremos nada?

Santander era un hombre hábil en intrigas, inteligente para recaudar y hacerse a copartícipes, y de buena inteligencia para manufacturar enredos: esas eran sus cualidades.

Pero vamos por orden: su carta no contiene sino regaños y afirmaciones. Afirma, pero no comprueba; es muy de nuestro Congreso.

Mi libro es un desarrollo lógico de psicología, evidente para el que pueda comprender.

Una de mis finalidades fue acabar con la literatura de palabras, y usted se me viene con “Pléyade”, “Palanca de Arquímedes”.

¿Qué argumento tiene su boleta con que usted ha hecho alharaca al publicarla en toda la prensa bogotana? Tiene puntos seguidos, apartes y terminaciones esdrújulas muy buenas para que aplaudan “los lanudos de Bogotá, Tunja y Pamplona” (Bolívar - Correspondencia). No más.

¿Que yo soy idólatra y que endioso a Bolívar? Usted no entendió mi estudio de la conciencia y del método emocional. Precisamente que no me importa el Libertador sino como medio para ascender en conciencia.

Yo no pongo a Santander de escabel de Bolívar, porque éste se hundiría. Usted es el que llama al Libertador “sátrapa asiático”. ¡Usted, querido y viejo señor Restrepo, usted ilustre y viejo coplero... llama a Bolívar sátrapa asiático! Pero sí: ¡fue que usted también insultó a Jesucristo!

A mí no me venga con tabús, con frases de profesores, con inhibiciones para mi cabeza, pues la verdad, o sea, Dios, la coloco por encima de la patria y de todo... hasta por encima del señor Olaya, aunque me bañen los lanudos de Bogotá. A propósito, respetado amigo: ¿es verdad que allá miran como una pena el baño y que esos indios castigan así a los que delinquen contra el gobierno de los hombres de paraguas y la Misión Kemmerer?

Me explicaré respecto de los paraguas: ese aparato es el símbolo de la previsión y de la prudencia. Por ejemplo, nuestro ilustre amigo Pacho Pérez a causa de su gran paraguas es Ministro de Hacienda.

Pasemos a comprobar que Santander era un hombre que ninguno quisiera para amigo.

Pero antes vamos a Nieto Caballero, quien dice que a Bolívar le alabo la muerte de Piar y a Santander le censuro la de Barreyro.

¡No ve! Ignoran ustedes, a causa de no haber pasado de Rojas Garrido y del Indio Uribe, de Mariano Ospina y de Marco Fidel Suárez y del aguardiente de caña, la ciencia de la motivación.

Veamos:

1°. Bolívar fusiló a un amigo, por necesidad, y lloró y se lamentó siempre. Puso su ideal por encima de sus sentimientos personales; fue organizado psíquicamente. Sacrificó una amistad al bien de la América.

2°. Santander fusiló a un enemigo vencido, cuando Bolívar había decretado el amor al español; asistió al acto y recorrió las calles con banda de música, y bailó y pidió carta para cubrirse, etc.

¿Creen “los lanudos de Bogotá” que los homicidios pueden compararse entre sí, como naranjas? Los actos humanos son morales y se aprecian por la motivación. Les hace falta a ustedes ocho años de jesuitismo para poder comprenderme. Ustedes carecen de la noción del motivo.

Pruebas de que ningún hombre blanco quisiera ser amigo del mayor Santander.

Sólo enunciaré unas pocas, pues en el segundo volumen de “Mi Simón Bolívar” estará todo en desarrollo vivo y lógico.

En el año de 1813 principió la gloria de Bolívar con su Manifiesto de Cartagena y su rápida campaña del Magdalena a Cúcuta. Entonces fue cuando unió a Nueva Granada y a Venezuela por primera vez y cuando, en las gloriosas campañas de 1813 y 1814, creó el espíritu de la Gran Colombia. Veamos qué hizo entonces Santander:

“La oportuna separación de Castillo hizo innecesaria la aplicación de las severas medidas que exigían tantos actos repetidos de insubordinación; pero, como a pesar del alejamiento de aquél, la División, mandada ahora por el mayor Francisco de Paula Santander, partidario apasionado de Castillo, siguió dando señales de descontento, que si no se cortaban pronto degenerarían en abierta sedición, Bolívar partió de Cúcuta y acertó a llegar a La Grita al tiempo en que se formaba la tropa bajo apariencias harto sospechosas. Dirigiéndose a Santander le ordenó marchar; contestóle éste que no estaba dispuesto a obedecer. ‘Marche usted inmediatamente’, replicó Bolívar en tono severo y perentorio. ‘No hay alternativa, marche usted; o usted me fusila o positivamente yo lo fusilo a usted’.

La División partió, y Santander, que era tenido como uno de los principales instigadores de Castillo y de los más activos en promover el descontento, con fútiles excusas se quedó en La Grita y no volvió a unirse a la División” (O’Leary, Memorias).

Vuelto el Libertador de Venezuela, después del año terrible de 1814, Castillo y Santander hicieron fracasar su proyecto de penetrar nuevamente a Venezuela por la provincia de Santa Marta, y él, para evitar guerra civil, se desterró a Jamaica.

Mientras ese destierro, Morillo sometió a Nueva Granada. En la batalla de Cachirí no hizo noble resistencia sino el zambo Arévalo, caraqueño. Santander era jefe del Estado Mayor y huyó cobardemente a los llanos de Casanare.

Posteriormente, porque lo depusieron de la jefatura en esos llanos, a causa de su pereza e inhabilidad, y lo reemplazaron con Páez, se fue en busca de Bolívar, odiando a Páez. Desde esa aventura comenzó a crecer su aborrecimiento a Venezuela.

En el año de 1818 estaba Nueva Granada completamente sometida a los españoles, y fue Bolívar quien concibió la idea de independizarla, por los informes que le suministró el Capitán Uribe, y envió a Santander a preparar la campaña.

“Era Santander de regular estatura, corpulento, lo que quitaba a su porte la gracia y dignidad. Cabellos lisos y castaños, tez blanca, frente pequeña inclinada hacia atrás, ojos pardos, hundidos, vivos y penetrantes, labios delgados y comprimidos, barba redonda y corta. Era descuidado en el vestir, de modales bruscos y de poca franqueza. Más ambicioso de dinero que de gloria. Decíase, desde aquella época, y el tiempo lo confirmó, que veía con malos ojos a Bolívar y a la autoridad que ejercía” (O’Leary).

Fíjese bien en eso de la frente estrecha y de para atrás y en esos labios delgados y comprimidos, y en esa avaricia y en esa hipocresía. Recuerde que muy joven fue a Bogotá donde, protegido por un pariente eclesiástico, hizo estudios para clérigo. Recuerde que el noble Anzoátegui y todos los de la campaña de Boyacá, lo odiaban con toda su alma.

Recuerde usted que por odio a Nariño hizo que el Congreso de Cúcuta fijara la capital en Bogotá, lo cual fue el origen de todos los males de la Gran Colombia.

Respecto del asesinato de Barreyro:

“El general Santander, a caballo, rodeado de su Estado Mayor, presenció la sangrienta escena desde la puerta del palacio, y después de la descarga dirigió algunas palabras impropias de la ocasión al populacho y precedido de algunos músicos paseó las calles principales, entonando el coro de una canción alusiva al acto que acababa de cumplir”.

En Venezuela no se registró en los archivos el asesinato, y en las Antillas resfrió la alegría por la libertad de Colombia, y el señor Zea fue testigo de la indignación que ese acto causó entre los ingleses.

Lea usted una carta de Santander dirigida a Bolívar en el Perú, en que le aconseja que guarde dinero, que no gaste tanto, que es preciso acumular para la vejez. ¡Tenía alma de vieja recaudadora!

Respecto de su conducta, mientras Bolívar estaba en el Perú, es muy clara:

El 24 de octubre de 1824 recibió el Libertador en Huancayo la noticia de que el Congreso le había suprimido las facultades extraordinarias en el territorio que fue teatro de la guerra y le había quitado el mando de los departamentos del sur.

Esa fue una medida que casi da al traste con la campaña del Perú, y Santander, al comunicársela, en carta que le dirigió, le echaba la culpa al Congreso y a los venezolanos, bregando por enemistarlo con todos, y es cosa sabida que el autor de esa medida fue el mismo Santander. ¿Hay envidia y rastrera hipocresía?

Yo he sostenido que Santander es toda Nueva Granada. Por ejemplo, esa obsesión por irse a Europa después de salir del Congreso, de los Ministerios o de la Presidencia, es herencia de Santander. Oiga esta carta, en que, además, se revela la envidia que le tenía a los generales venezolanos:

“¿Creerá usted que ahora pocos días estuve pensando que todos los generales pueden ser generales en jefe antes que yo, si sigo en el Ejecutivo? Pues es buen chasco; salir de Vicepresidente dentro de tres años a que me manden tantos generales que no sirven para mandarme... Sufriré yo mi suerte contra mi carrera militar, porque yo pienso ir a Europa a ver el mundo después de mi gobierno, y entonces nada me importa que sean generales en jefe todos los oficiales que creo no pueden ser mis jefes superiores en la milicia”.

Oiga el discurso que pronunció el día en que contrajo matrimonio en Soacha, y que copio del “Constitucional de Cundinamarca”, del 21 de febrero de 1836:

“Señoras y señores: El matrimonio, que es el contrato más conforme a nuestra naturaleza y a la razón, ha merecido ser elevado a la dignidad de sacramento desde la publicidad del Evangelio.

(Era una alma que tenía la conciencia del contrato; un solterón que no se casó sino que contrató).

Hoy he pagado con toda mi voluntad este obsequio a la naturaleza, y un homenaje a la religión católica y a la moral pública.

(¿No le huele esto a recaudador, a moralista hipócrita?).

Debo agregar a la satisfacción que siente mi alma, la particular de haber administrado el sacramento mi antiguo y muy estimado amigo el señor Obispo de Antioquia, y tenido la recomendable condescendencia de servirme de padrino el señor Arzobispo de Bogotá, tan recomendable y tan digno de mis respetos y mi amistad. Yo brindo con toda la fuerza de mi corazón porque aquellos de mis compatriotas que se hallen en mi caso hagan un igual homenaje a la razón, a la religión y a la moral en favor de su felicidad doméstica o de la general de nuestra querida patria”.

Respecto de la muerte del Mayor Santander, puede usted leerla en mi obra, “Mi Simón Bolívar”.

Para terminar, le suplico el favor, si acaso lo viere, y perdone, de decirle al señor Olaya que nos mande al extranjero de ministros, para ver el mundo, como el general Santander; que yo también pertenezco a la Concentración, a pesar de que casi voto por ese ilustre barrigón Vásquez Cobo, que está de Ministro en París.

No podemos entendernos: usted es un ilustre coplero, cuya mensura de la conciencia haré en el segundo tomo de “Mi Simón Bolívar”, y yo soy un metafísico. Usted es mi antípoda.

Le agradezco mucho el envío de su “Cancionero Antioqueño” que me ha gustado, sobre todo aquello de que “la sapa estaba pariendo sapitos en un costal”.

Reciba mil abrazos de su afectuoso amigo,

Fernando González

Posdata: ¿Quién es ese señor Abigaíl Lozano? ¿Es también hijo de don Fabio Lozano? Si así fuere, debe estar de Gobernador... de la Insula Barataria. Ese don Fabio tiene muchos hijos. Es como la sapa de su “Cancionero”. —F. G.

— o o o —

II

El caso de Fernando González

No es posible indignarse ante el caso de Fernando González. Como no se indigna uno ante el chiflado que sale a la calle en paños menores. Es una cuestión de patología. Fernando González se ha declarado venezolano. O Gomezolano, que no es lo mismo.

Mostrar a Juan Vicente Gómez como “El único carácter que tiene hoy el continente”; señalarle como “el hombre tipo” de esta América, y afirmar esto cuando se pretende hacer el elogio de Bolívar...

Al asilo han sido conducidos muchos sujetos que no habían dado tantas pruebas de insania...

Y si Fernando González estuviera en sus cabales, ¿cómo analizar entonces su actitud? Sería necesario entrar en polémicas con él y decirle por qué la tiranía es abominable y el tirano —sobre todo el que no asienta su prestigio sobre ninguna condición personal excelsa, sino sobre las bayonetas y el dinero— el tirano es una concepción que no cabe dentro de un espíritu generoso y medianamente libre. No. Entre otras cosas, porque ya sabemos que todos los absurdos tienen defensas y defensores, y ya veríamos a Fernando González sacando a relucir todas las viejas y novísimas teorías sobre los inconvenientes de la libertad.

Sólo una frase de González merece glosarse: “¿Qué podrá ser Colombia mientras tenga su origen en Santander y Azuero?”. Eso que Fernando González detesta: un pueblo libre. Por encima de todas nuestras desventuras, de toda la sangre vertida, de las luchas enconadas de los partidos, flota siempre el espíritu de civismo que nos legaron Santander y Vicente Azuero. Este espíritu que nos salvará en los momentos difíciles en que un pueblo sin ideales perecería; ese espíritu que permite hallar en medio a las pasiones desencadenadas, las soluciones necesarias y hace que se imponga la voz de la cordura y se incline la nación entera ante este pacto de honor, cuya suscripción y ejecución es una de las páginas de mayor grandeza moral de nuestra historia...

A otros les gustan más que los hombres de pensamiento, los de machete, y más que el panorama de un país en donde no existen los presos políticos ni la prensa está aherrojada y muda la palabra, las perspectivas de la Rotonda, Puerto Cabello y San Carlos, en donde millares de ciudadanos purgan el delito de no creer que el dictador es el primer carácter del continente, como lo cree Fernando González.

Por lo demás, mientras más pronto cumpla Fernando González su propósito de ir a bañarse en los ríos de Venezuela y de recorrer a pie todo el territorio de aquel país, tanto mejor. El ambiente colombiano tiene que asfixiarle. Acaso su viaje a pie por las carreteras del general Gómez le cure un poco sus ilusiones. Si es que en realidad va a viajar a pie.

(De “El Tiempo” de Bogotá de 26 de Febrero de 1931).

— o o o —

Medellín, febrero 27 de 1931

Señor Eduardo Santos, director de “El Tiempo” de Bogotá.

Estimado amigo:

Desde el instante en que don Clodomiro, el de la camisería de Pichón Rodríguez, y que ahora está de Procurador, me presentó a usted, hace un año, en casa de mi suegro, quedé aterrado. Veamos cómo:

Al ver su bigotico, intuí que usted me calumniaría; que siempre han sido pelo y lana motivos de intuiciones... Lea usted algún tratado acerca del sexto sentido, que reside en la pequeña y hermosa glándula que reposa muellemente en la silleta turca, en la parte sur del cráneo, y verá usted que ella vibra a la vista de pelo y lana y se tienen entonces intuiciones... Descartes sostuvo que allí residía el alma, lo cual si no fuere cierto es muy bello, y usted sabe que nada es verdadero sino lo bello.

¡Pues es muy curioso esto del pelo! El doctor Roulín, en 1824, después de acompañar a Boussingault en sus viajes por Suramérica, hizo una memoria “sobre las alteraciones que se descubren en los animales domésticos que se condujeron del antiguo al nuevo continente”, y al referirse a los marranos, que introdujo Belalcázar a Bogotá, desde Quito, sostiene que en Bogotá les nace a los marranos una lana espesa entre el pelo... ¡Cuán bella observación!

Pues al ver su bigotico pensé que usted era un indio a quien le nació lana y me convencí de que me calumniaría, y quedé aterrado. Este bigotico que sale de las fosas nasales es como un puro vicio solitario. Es peor que cambiar de nacionalidad. De suerte que estamos en paz.

Efectivamente, ayer me avisaron que “El Tiempo” me insultaba, así: loco, que renuncia a la nacionalidad, descastado, etc., etc., dizque a causa de una carta mía a mis amigos los llaneros inquietos y soberbios, hijos del Libertador.

En mi citada carta no me referí sino a la energía y al gobierno de Colombia, así:

“Acaba de entrar Toto. Siempre pechisacado, impertinente. ¡Si tú fueras un poco más alto y más carnudo, Toto, serías un Rasputín, emborracharías con tu egoencia y tu carne abundosa! ¡Tienes vida! ¡El seductor es el abundante! Para ser como tú no hay sino haber nacido, no hay aprendizaje. La sinergia glandular te saca el pecho, te hace entrar aquí a decirme con impertinencia, convencimiento y en voz que sobresale: ‘Tu resolución en mi negocio es una tontería; ahí te voy a pedir revocatoria...’.

¡Oh, Toto, participante de la gracia e imperio de la carne organizada, cómo te envidio! Emerson y la vieja Rosario que cría mis hijos dicen que la belleza tiene su reino, pero el reino es de la vitalidad. Oye Toto: eso que te abulta el pecho, que te metaliza la voz..., ¡la carne tranquila de don Clodomiro embriaga a las muchachas de la camisería!”.

Yo no nací seductor; soy un desgraciado gato sensual que comprende lo que no tiene. Soy el filósofo de los mulatos palanganas.

Si yo fuera Presidente, llamaría a Toto.

No quisiera discutir con mis compatriotas, pero como han insultado a Venezuela a causa de “Mi Simón Bolívar”, voy a tratar de la energía y del gobierno de Colombia. ¿Cómo no, si ahora entró también el secreto del cigarro y de la boquilla de ámbar gruesa, impertinente, que lleva entre el índice y el dedo medio en la mano derecha? Es la energía que pugna, que señala. ¡Acabo de intuir al Libertador! Pensé que Olaya Herrera no supo rodearse al nombrar agentes suyos a Pacho Pérez, Santos, Tascón y del Corral: son hombres que nacieron a los ocho años de casados sus padres, a fuerza de novenas; gente que se entretiene en peinar el pro y el contra... ¿Cuál de ellos tiene una boquilla, alguna cosa prognata que hiera el futuro? Si yo fuera Presidente, habría llamado a Mora...

Alguna vez tuve un disgusto con uno de estos hombres que nacen a los ocho años de casados sus padres, y comenzó a escribirme repartiendo la razón: “Tú tienes razón en cuanto a....; pero quizá la razón esté de mi parte en tal punto,” etc. Le contesté que no me escribiera; que en ese tono acabaríamos de amigos y que yo no quería; que necesitaba un enemigo que me arrancara toda la razón o que me la diera; algo prognata, que abriera la trocha... ¡La razón es vitalidad!

¿Comprende ahora, señor palangana Eduardo Santos, qué es lo que pasa en Venezuela y comprende mi amor por ella? Que allá saben mandar; que esa es la tierra de la energía afirmativa, la cuna del Libertador. En Colombia no sabemos hacerlo; sabemos alabar al leguleyo Santander; sabemos hacer arcos de triunfo para Alfonso López, llamar salvador de la patria a Olaya y robarnos la Virgen de Chiquinquirá, para que nos sigan, así como lo hicieron los derrotados de Cachirí en 1815, al huir a Casanare. ¿Qué hacen los liberales de Colombia? Robarse la Virgen; con ella está el señor Olaya, ministro protestante.

En tal sentido, en cuanto nos incitan y nos impulsan a salir de la mediocridad, los seres grandes son Libertadores. Pero los santos colombianos creen que la libertad consiste en abandonarse a la canalla de las pasiones. No es libre el que fuma inconscientemente, el que tiene el reflejo de la mano al bolsillo de los cigarrillos y de ahí a la boca. Yo soy libre cuando fumo tres cigarrillos al día, colocándome en posición para fumar paladeándolos y pensando en las negras, en los mulatos, en el Libertador, y ¡en cómo diablos consigo seis mil pesos para irme por allá, a Venezuela!

Usted señor Eduardo Santos, lo que desea es que alabe al Mayor Santander, al que murió pidiendo que le hicieran cruces en la espalda adolorida; ¡no me crea tan carajo! Ya dije que amo mi Patria, pero no a sus actuales habitantes.

¿A que no es usted capaz de publicar esta carta? Usted le quitó a la otra la posdata que se refería a la sapa de Restrepo.

Afectísimo,

Fernando González

— o o o —

III

Marsella, noviembre 11 de 1932

Querido hermano Alberto:

Te escribo desde la cama, en donde yazgo desde el 17 de octubre. Aún no ha cerrado la herida y los pulmones están débiles. Me dio un absceso en el derecho, y cuando me levanto, me enfrío y tengo que correr para debajo de las mantas. Por las noches sube la temperatura a 37° y 5, un poco de fiebre. Casi me lleva eso del pulmón, pues fue una embolia y si me hubiera dado en el corazón o en la cabeza, ya estaría dialogando con Epaminondas, Eugenio Angel y con todas las sombras de nuestros amigos. ¡Cómo se mueren! Cuando uno llega a los 38 años se da cuenta de que hay muchas muertes. Como nos vamos haciendo incapaces de formar amistades, nos vamos quedando solos y haciéndonos conscientes de la muerte. Es lo mismo que con los libros, que como uno ya no lee lo nuevo, por desconfianza u orgullo propios de la vejez, a la que le parece que los jóvenes no pueden nada... En fin, la vejez consiste en la pérdida de las facultades de olvido, cicatrización, adaptación, entusiasmo, etcétera; es la anquilosis física y anímica.

Quiero contarte algunas cosas:

Primera: Durante los días de mi gravedad se me agrandó mucho el amor por el agua y la luz, por la vida. Del agua pensaba que iría a Las Palmas a beber en la quebrada ídem, la cual forma el río del Retiro y que es El Rionegro. Tal quebrada es transparente, mucho más que los ojos de la novia o que el alma de un niño. En su lecho se ven las arenas blancas, de cuarzo, y sabe a musgo. Yo removía mis manos debajo de las cobijas y pretendía sacarlas para meterlas en el hielo que había sobre la mesa de noche, pero la enfermera corría presurosa y me cobijaba diciendo: “Soyez sage! Pas bouger!”: era una vieja parecida a Matilde, nuestra tía Matilde, pero sin su alma silenciosa como si hubiera venido de otra vida en donde es mejor y despreciara ésta.

Pues del agua sentí muchas cosas durante la agonía. Me parecía que había perdido mi vida al no consagrarla a meditar en Dios y en sus bellezas, en Las Palmas y en su agua. ¡Qué raro, que no me acordé de mamá, papá, mujer e hijos, sino de Las Palmas y su agua! No pensé en confesiones, en nada; deliraba, gozaba y sufría con el agua de esa alta cordillera de los Andes. Pensaba en don Benjamín, porque él gozaba con mis monólogos acerca del agua, desnudo y acostado sobre una piedra que se chorreaba a un baño-rincón-musgoso en esa bendita altura de los helechos. Es que don Benjamín tiene, ha tenido siempre una sonrisa luminosa cuando yo hago filosofías. Esa sonrisa ha sido mi gran estímulo durante las caminadas, y conste que caminando he dicho cosas que sí eran bellas. Don Benjamín con sus ojos claros era la piedra de toque de mis monólogos. Y él fue la única persona que figuró en mi agonía.

Me daban sorbos de aguas de Vichy, Vitel, Evian, etcétera, y yo hablaba de ir a todas esas fuentes cuando me aliviara. El agua fue el símbolo de mi apego a la vida.

Segunda: La luz: mi cuarto daba a un jardín de platanes, altos, que iban arrojando las hojas amarillentas en el otoño fresco y dulce de este mediodía. El agonizar mío fue a causa de peritonitis que henchía el vientre y comprimía el corazón; no me dijeron; yo creía que iba bien, pero el 21 y el 22 de octubre sentía algo raro, una angustia indecible. Llamaba a las enfermeras de seguido y ellas reñían por tanto tocar el timbre. Margarita estaba con los hijos, porque no había sirvientas e iba por instantes. Al medio día del 21 era tal mi angustia que pedí un alfiler para matarme. Era una angustia más allá de la muerte y mandé a llamar los médicos; no venían; al fin, a fuerza de rogar, vinieron y recuerdo que les dije: “¡Quítenme esto tan horrible, por Dios!; ¡pónganme morfina!; ahora pensaba que me arrodillaría a suplicarles, cuando llegaran. Yo no sé explicarles lo que siento, pero es algo terrible...”.

Al mismo tiempo vomitaba, con grandes dolores, tragos de una aguasangre café. Entonces me hicieron tragar un tubo de caucho, y me lavaron el estómago. Una gran inyección de morfina, luego. Y siguieron noches terribles, sin sueño, oliendo a cadáver, porque supuraba mucho.

Y no me daba agua la maldita vieja enfermera que dormía sentada a mi lado y me desarrugaba los testículos y me reñía como a un niño y me limpiaba el ano. Y yo inocente y sin vergüenza. ¡Mi alma se iba! La enfermera de día era mademoiselle Rochat, una suiza muy sabia en eso, bella y joven, rubia: ella me afeitó el vientre, asistió a la operación y manejaba mis cosas como si fueran suyas, las lavaba y las desarrugaba: ¡lo más agradable de la muerte y del nacimiento es la inocencia! Hoy, ya algo sano, no dejaría a la suiza asomarse a ver sus cosas; ¡ni siquiera a la vieja enfermera nocturna! Esta se llamaba mademoiselle... ¿Cómo?... ¡No haber llevado diario! Digamos... mademoiselle Matilde.

Pues esas noches jamás las pasaré iguales sino en Salamina, en la posada en donde dormimos don Benjamín y yo a la vuelta del Viaje a pie. Fue a la salida del pueblo, en la cima de La Frisolera, esa cima que domina el cálido y estrecho cauce de la quebrada “Frisolera”, en donde crece la cañadulce con tanta euforia que parece que se oyera crecer, y lo que se oye es el violín de los grillos... Allá pasé una noche igual a las de la Clínica Bouchard. Me acuerdo que nos picaban unos animalitos que no se veían a pesar de buscarlos con esa sabiduría aprendida de Titila (1), que es la maestra de maestras para coger pulgas entre las cobijas.

———
(1) Abuela materna del autor. Murió en Envigado en 1933. (N. del E.)

* * *

Noviembre 14. Lo anterior es hace tres días. Seguiré después, si me acuerdo donde iba. Yo tengo por ahí el nombre verdadero de mademoiselle Matilde. Era una sacerdotisa: a las cinco comenzaba a rezar las horas en su librito y yo: “Mademoiselle, est-ce que déja commence a faire jour? Je veux de l’eau!”. Y ella: “Soyez sage; si vous étes sage, je vous donnerai de l’eau dans quince jours”. Y un día en que fumé, dijo: “Fumer avec ces Crachats!”. Era que tenía pulmonía... En fin, ahijado, seguiré bobeando para ti. Cogeré por orden los recuerdos todos de mi enfermedad. Lo anterior no sirve. Te haré un libro de unas 60 páginas titulado: “Veinte días con mademoiselle Rochat”; o bien: “Mi agonía”; o bien: “Mademoiselle Matilde”; o bien: “Soyez sage!”.

Recibe todo mi amor,

Fernando

Posdata: Con la convalecencia, renace mi memoria. Me acuerdo ahora de un poema que escribí hace un año casi, dedicado a ti, en enero de 1932. Es un poema que amo mucho y allá en Colombia no hay sino tú que lo entienda, y Alfonso también. Hay que leerlo dándole la música, así: con pausas en donde acaban las líneas, pues su música es irónica y triste, e hice por eso las pausas en donde más duele. Este poema quedará para ti solo, pues no lo publicaré sino en tu alma. Dice así:

El Cielo

¡Qué vulgar todo hace días! Calienta el sol ahora,
y hace prognata mi carne vieja renovada
y corro a mostrarles a los míos mi alegría...

Y dijo ella: “¡Qué bueno para Félix y Ana
que compraron finca en Sonsón!”.

Ella cree que el cielo está adherido a las cosas
como el suave musgo a las barrancas de los caminos hondos.
Así creía yo que estaba pegado a los juramentos violentos
acerca de futuros heroísmos: era en el tiempo de inocente niñez.

Cuando, en verdad, hermanos, por allá debe ir
algún arriero de tardas mulas,
o algún flaco arrastrador de cadenas,
                                   con el cielo entre los ojos claros...

El cielo se entrega al menos pensado,
el día menos pensado.
Y a causa del acto menos pensado, generalmente en solitarias
                                         (cañadas donde cantan los sinsontes.

Tal la mujer, ramera caprichosa, que se dona detrás de los vallados
donde relampaguean los lagartos como briznas de felicidad.

Detrás de los vallados, cuando no hay razón para ello...
                                                  ¡Qué caprichoso el cielo!

Eres, cielo, como aquella dentrodera Margarita
que no sé por qué quería dárseme
una noche en que le mostré laminitas
de cigarrillo, en la calle “San Antonio”.

Tres o cuatro laminitas le habría ya mostrado
cuando vi en sus ojos verdeclaros que la luz podía apagar...
¡Y huyó, como sin gana de huir, hambrienta perrilla temerosa!

Encendí la vela y le mostré otras tres o cuatro laminitas;
y vi en sus ojos que podía la vela apagar...
pero huyó —
                 ya menos lejos...
Le mostré las laminitas y apagué...
                 Se dejó agarrar
                 pero no acostar,
                 y así pasó,
                 sin nada,
ese amor de una noche en la calle “San Antonio”,
cerca del convento de los padres franciscanos...
                                                  ¡Así el cielo!

También el cielo quiso entregárseme una vez en un bosquecillo,
porque le miraba las estrellas...
¿Por qué se excitó el cielo? ¿Serán aquéllas
                                   como los pezones en las hembras?
¿Como láminas de cigarrillo para la dentrodera de mis sueños?
Pero no se dejó acostar,
y desde eso
vivo del recuerdo del instante
                 en que tuve
                 en mis brazos
casi entregado el cielo todo...

Igual fue a Margarita, la dentrodera
en la casa de mi tío Ubaldo Ochoa...

Yo soy, pues, un Don Juan Tenorio
que casi, casi se ha acostado con el cielo y con Margarita,
la ojiverde dentrodera de la casa
situada en la calle “San Antonio”,
                 dentrodera
de mi tío el cruel Ubaldo Ochoa...

Después se casó
                 y así
                       con nadie cometió
                              el pecado.
Tampoco el cielo a nadie, a nadie se ha entregado...
Siempre estas cosas del amor y del cielo pasan así
sin que suceda nada: son como promesas;
                                son como caricias;
                                son como lagartos;
son como fúlgidos relámpagos de lejanas tempestades...

— o o o —

IV

Marsella, hospital de “Saint Joseph”, junio 12 de 1933

Al Pbro. Mateo de Jesús Toro.
Cura de Marinilla.

Muy señor mío:

Le escribo aunque no me conoce usted, porque sé que le voy a dar un alegrón. Yo soy vecino suyo, envigadeño, y vivo en Marsella, de Cónsul de Colombia. Hacía meses que estaba enfermo, recién operado, sin conocer a casi nadie de por aquí, en donde el egoísmo está que tapa... Cuando una buena tarde tocaron a la puerta, y abrimos y eran dos hermanitas de la Presentación. Hablando, resultó que era la Hermana Dionisia de la Cruz, de la gran Marinilla, su sobrina de usted que lo quiere como a un papá. Ella cambió nuestra vida y me salvó de mis males. Pero vamos por partes.

Está sana, delgada, fuerte, sonrosada, y es activa como una abeja y alegre como un ruiseñor. Representa veintiocho años. Dirige, con la Hermana Anselma, el pabellón de pensionados del Hospital San José, gran clínica en uno de los barrios más hermosos de Marsella. Ha pasado por todos los pabellones, cirugía, medicina general, infantil, etc. Nadie pone una inyección como ella, y limpia y lava a los enfermos más sucios y sale con el atado de ropa, alegre como si llevara rosas. Al verla, siente uno que así es como se honra fuera a la patria y dan deseos de gritar: ¡Viva el padre Mateo de Jesús, que la educó para este ministerio! La Madre la quiere mucho y brega por darle gusto en todo, adivinando, porque ella nada pide. Creo que por esto, Nuestra Madre se muestra tan contenta de que yo haya venido a hospitalizarme aquí para que la hermanita Dionisia tenga el gusto de cuidar a un enfermo de su país.

Da gusto verla con sus ojos vivos y limpios, su cara menuda y graciosa. Yo quisiera que usted la viera y la oyera este español que habla, mitad francés y el resto casi francés. Por ejemplo: “Parece que no conozco a persona de mis sobrinos”. Le pregunté si un enfermo vecino moriría pronto, pues está tan malo que a cada momento hay que ir a lavarlo de pies a cabeza, y contestó: “Oh, no; trenan mucho”. (Del verbo trainer, arrastrar, durar). Le he dicho que no la recibirán en la casa, si no aprende otra vez el antioqueño nuestro: “Salí pa fuera”; “Quiá mi mamá quiaquí lemanda”...

¡Y cómo goza Sor Dionisia cuando le recordamos en casa esa vida bendita de Antioquia! Cuando recordamos la postrera en totuma amarilla, el chicarrón, tostado el cuero y comprimido entre las dos mitades de una arepa redonda, chorreando grasa por los labios de los mozuelos carisucios; la arepa de choclo, las misas de nuestros pueblos, la santidad de nuestros curas y el olor a tierra arada, a nobleza, que despide esa montaña de los Andes centrales, desde Manizales hasta Puerto Berrío. Cuando recordamos esto, la hermanita Dionisia dice con ojos asustados: “Ya no veré más al padre Torito ni a mi papá”... Le contestamos que ella es joven, y que volverá a Colombia y que usted estará en Puerto Berrío, con su sotana de los días de fiesta, para recibir a la sobrina que tanto bien hizo en Europa, donde miles de gentes la recordarán porque las cuidó como a pollitos enfermos, sin interés, por amor a Dios, sacando atados de ropa sucia como si llevara condecoraciones.

Pero no le he hablado de Sor Anselma, la compañera, la más vieja de la casa, que se va el sábado a Tours a elección de Madre general, a votar como delegada. Ella reemplaza a la Madre en sus ausencias. Esta Sor Anselma es una santa, pero no deja comer a los enfermos. Dice el médico que a fulano le den mañana una sopa, y ella dice después: “¿Sopa? No, no, pasado mañana...”. Así es que no le dan nada y al día siguiente ella no se atreve a pasar la visita con el médico y envía a Sor Denys, que se chupa el regaño. Así mismo es con la morfina y con todo... Ahora me acuerdo que al entrar me dijo la Hermana Dionisia: “Guarde sus cigarrillos, que se los quita Sor Anselma”. Pero es que ella tiene razón a ratos y hasta cierto punto. Hay médicos que apenas comienza a caer la fiebre, échele a comer, y Sor Anselma se aguarda a que baje la temperatura a 37 grados. Así es que se necesita ver a estos enfermos, generalmente monseñores, misioneros, obispos, abates gordos, llamando a la Hermana Dionisia para que les lleve al escondido unas galleticas o un pedazo de carne. Y hay que ver a estos monseñores escondiendo en los pliegues de sus camisas de enfermos lo que ella les lleva, para que no lo vea Sor Anselma. Y ya ve usted que es dulce en todo como una paloma; su voz es humilde y suave, y su sonrisa una flor; pero en esto de comer los enfermos, es casi un dictador. La verdad es que siempre estamos mal a fuerza de comer y que en Europa comen como unos condenados. Estos monseñores y abates comen que da gusto y son gordos y apopléticos como no hay por allá. Por ejemplo, aquí está al lado mío uno enfermo del corazón, el abate Peracca, gordísimo, huésped ya dos veces del hospital y que no quería volver, porque Sor Anselma no le daba comida. Pero volvió y se pasea por su cuarto siempre cerrado, y anteayer gritaba a las doce: “Si no me dan comida, me voy para el restaurante”. Hubo que llamar a la Hermana Dionisia para aplacarlo. Este abate se pasea en su cuarto, que no deja ventilar; vive dizque redactando su testamento, y el paseo y la redacción los hace vestido con unos calzoncillos hasta medio muslo. Cada rato lo cogen comiendo galletas y bebiendo botellas de Borgoña que le traen sus amigos. Quiere irse pronto, porque no puede vivir sin los canarios y el gato. Vive solo; compra sus provisiones y prepara sus comidas; vende a diez francos cada cría de canarios. Ayer abrió Sor Denys la puerta de su cuarto y lo vio de espaldas, tapándose con el ala del escaparate, bebiendo leche y comiendo pollo. La Hermana volvió a cerrar la puerta. Si hubiera sido Sor Anselma, no le deja ni medio bizcocho...

Qué tal será Sor Anselma para eso de las comidas, que hasta Nuestra Madre les lleva a los monseñores, galletas, al escondido... Todos la conocen ya, médicos, enfermos y Hermanas, y sonríen y le respetan su manía, porque no es sino buena y porque también tiene una experiencia de muchos años y de muchos hospitales. Por mi parte, creo que Sor Anselma sabe mucho más que los médicos cuándo se le puede dar sopa al abate Peracca.

Pero no le he contado con quién fue la Hermana Dionisia al Consulado: Un día, mademoiselle Marie Louise, empleada de la Secretaría, le dijo: “Mis hermanitos están en la escuela con los hijos del Cónsul de Colombia”. Y cuando ella sabe que hay un colombiano, o ve a uno, se le abren el corazón y los brazos, y le parece que tiene delante al padre Toro, a su papá, a su mamá, a Marinilla, a toda esa Colombia en donde siempre es mejor que por aquí. Pues obtuvo el permiso y se fue con la Hermana Marciana, catalana, otra santa bella (¿qué hermanita de éstas no tiene la aureola de la belleza divina?). Se sentaron y comenzó su sobrina a contarnos que desde hacía tiempo quería ver al Cónsul de Colombia; que cuando ve a un colombiano le dan ganas de abrazarlo; que hacía como un año no tenía noticias de su casa... y si la viera acariciando y regalando a mis hijos, como si fueran los hijos de su hermano Emilio... ¡Eso es! ¡Esa es su sobrina! Todo lo hace por amor a Dios y por amor a Colombia. Colombia es para ella su papá, su mamá y el padre Toro, tres personas que ocupan en su corazón igual puesto, y también sus sobrinos, sus montañas, sus costumbres. En fin, es una colombiana.

La Hermana Marciana cuida el pabellón de cancerosos y casi siempre tienen uno que se le muere. Cuando Sor Dionisia no recuerda su español, mira con ojos suplicantes a la Hermana Mariana. A ésta no le gusta que hablen de España, ahora que no llegan sino noticias de iglesias quemadas y de comunidades disueltas. Ella vio al rey don Alfonso XIII cuando lo coronaron...

¿Y qué hubiera yo hecho si la Hermana Denys no se viene para Europa en 1920 y si no hubiera venido al consulado en 1933? ¿Qué hubiera hecho, si usted no la hubiese educado para este ministerio de caridad? Así, pues, usted tiene una parte en mi salud, sin conocerme. Hacía tras meses que me habían operado, en una clínica particular, en donde cuidan a uno por la propina, y seguía de mal en peor. La Hermana habló con Nuestra Madre, y ésta fue a invitarme para que viniera, y me entregaron a un especialista renombrado. ¡Si viera cómo saben estas hermanitas! Una, jovencita, pero que hace diez años está encargada del laboratorio, examina orina y sangre; otra, hace radiografías como pudiera tejer, y aquí me tiene que voy a curar mi cuerpo, y lo que es mejor, a bañar mi alma en este jardín que huele a Jesucristo. En todo esto tiene usted su parte. ¡Ya ve cuán misteriosos los caminos de Dios!

Pero me falta hablarle de la superiora, de Nuestra Madre, la Madre San José. Creo que nadie habrá visto ojos, y cuerpecito y facciones pálidas, menudas, morenas, que den impresión de santidad igual, sobre todo unos ojos grandes, almendrados, tranquilos, risueños. Agrada verla. No adelanta, si uno le habla de ella, de su salud. ¡Cómo gozará usted al saber a su sobrina en tales manos, que son conductos de la Providencia! Nuestra Madre vive preocupada porque Sor Dionisia no recibe cartas de su casa, del padre Toro. Por eso, porque creo que la Providencia ronda por aquí y que mira al corazón de Sor Dionisia con los bellos ojos grandes de Nuestra Madre, yo le decía: “Usted llegará, hermanita, muy pronto, a Puerto Berrío, y allí estará el padre Toro con su sotana más nueva y usted comenzará a contarle: “Yo creía de no verlo plus, parce-que pasaban muchos años. Pero maintenant estoy contenta de verlos, tío...”.

Después, para Aranzazu a ver al viejo don Posidio, que cuida sus cafetales y sus veinte o treinta nietos. ¡Qué patriarcas estos de Marinilla, que han poblado toda Colombia! Parece que Jehová les hubiera prometido descendencia más numerosa que las estrellas del cielo. ¡Cómo sonreirá el viejo, al abrazar a su hija! La sonrisa será entre sus blancas barbas como una rosa entre la nieve.

Acaba de entrar la Hermana Dionisia con tres rosas en un florero y las coloca al pie de la Virgen de la Guarda (Notre Dame de la Garde). Son tres, un terceto de colores, un poema de pétalos abiertos. A la derecha, una roja oscura, grande; a la izquierda, una amarilla, de un amarillo que se ve en los ponientes marinos, o por allá en El Peñol, a orillas del Rionegro; y en el centro, un botón morado; las tres en un fondo de hojas verdes. Es un milagro de la primavera. Tres rosas diferentes y una sola belleza. Y encima está la Virgen, que tiene en sus brazos al Niño, regordete, con los brazos estirados y las manos puestas como para apoyarse, porque parece que la Virgen lo fuera a dejar caer sobre el enfermo, como un infinito de amor y de salud. ¿No quisiera usted estar enfermo aquí, al lado de las tres rosas, al pie de la Virgen y del Niño, en manos de su sobrina, en el cuarto donde estuvo enfermo monseñor Dubourg, Obispo de Marsella, cuarto que da a un gran jardín donde cantan las aves y hace milagros la primavera y el amor a Dios?

A las seis está aquí su sobrina, y se retira a las nueve de la noche, sin haberse sentado una vez. Por las noches hay una enfermera, una señorita vieja o una vieja señorita, que corre a despertar a Sor Denys apenas cree que el enfermo de al lado agoniza. También figuran por aquí María Luisa y la Italiana. María Luisa es señorita vieja, regordeta, de anteojos y viene a lavar el cuarto, a barrerlo y dice que los italianos de Nápoles no sirven para nada. La italiana es la que ayuda a lavar los enfermos y a tender las camas. ¡Pero si también ha venido el Capellán, que quiere mucho a Sor Dionisia! Es gordo y rojo, roja la nariz y gordo hasta que casi, casi tiene cerrados los ojos; le gusta hablar español, pues no sabe casi nada de él y en sus vacaciones va por los Pirineos. Dice: “Ejtas religuiosas son colombas”. Yo creo que si se enferma va a gritar, a las doce: “¡Me voy para el restaurante, si no me dan almuerzo!”.

Excúseme, padre Toro, esta carta tan larga y vea en ella la buena intención de darle una idea del medio en que vive Sor Dionisia, su sobrina.

Reciba los votos que hago por su salud,

Fernando González

P. S. — Acabo de saber que a Nuestra Madre la cambiaron y que Sor Dionisia está que llora (2).

———
(2) A los dos meses enviaron a Sor Dionisia para Colombia y actualmente está en Bogotá. (N. del E.)

— o o o —

V

 Marsella, junio 21 de 1933

Doctor Carlos E. Restrepo. - Roma.

Querido doctor:

Mil gracias por el folleto de Marulanda. ¡Fue, pues, verdad, que él echó folleto en Madrid! Yo no sabía que él estuviera de ministro, y lo merece, por guapo. ¿Observó usted que es como el Mono Primavera, a quien nadie ha ganado para mandar informes, una vez en que estuvo de cónsul ad honorem? Es igual, porque en este libretico Marulanda no tiene de su propiedad sino los títulos, y en el libro de Primavera, llamado La France, notre mére intelectuelle, los títulos de los capítulos eran así: “Telegrama que desde El Retiro dirigió el tantos de marzo de 1915 el ilustre sabio guarceño doctor Pachito Uribe, gloria de las letras colombianas, honor de los esculapios, maestro..., etc., etc.”. Y el contenido era: “Alfonso Mejía Rodríguez. - Medellín. - Salúdolo. FAU”.

¡Usted me ganó! ¡Si lo he sabido, no me meto a contarle de los folletos de Yepes y de Eduardo Santos!

Puede esta primavera haber hecho grávidas a diez marsellesas, preñeces pálidas, figuras de reproche; puede uno explicarse el folleto de Alejandro contra la hipoteca, madrastra de las quiebras, y está bien el de Yepes, hijo natural de la carrera diplomática; es perdonable la carta a la juventud colombiana, cuyo autor es el hijo de “El Tiempo”, pero que aquel Marulanda a quien ofrecí un kumis en Génova, porque me pareció enfermo de todo, un cadáver levantado; que Marulanda el de Colombia, primer país..., Colombia, segundo país..., Colombia, café suave..., que Marulanda, no el del general Ospina, sino el otro, Manuel, haya echado folleto..., ¡eso sí es imperdonable, repugnante e inverosímil!... ¿Quién sería?... ¿Quién sería ese puerco, como preguntaban las señoras de Medellín, una vez que María Peinetas apareció abultada?... Fue la primavera; no tuvo la culpa; subía la savia, y un mediodía se puso a escribir...

¡Échemelo, mándemelo otra vez, que ese folleto lo tienen que poner al lado del ternero de las tres patas, en el museo de Medellín! ¡Mándelo a la biblioteca Zea, a Medellín, para que allí goce el perispíritu de don Talao! ¡Don Talao! ¡Era un sabio! Durante setenta años estudió al presidente Ospina y... ¡no encontró nada!

¡Usted siempre me gana! A mis tres folletos, Santos, Yepes, etc., contestó con el morrocotudo de Marulanda. ¡Ah don Carlosé!, como decía Marañas.

Ese fue el resultado de la guerra colombo-peruana: cien folletos compuestos de títulos. Colombia es el país más violento para los títulos. El telegrama de Alfonso López al peruano ha llenado “El Espectador” y “El Tiempo” de comentarios peores que una epilepsia.

Pero la peor de todas las folletadas es la resolución del Ministro de Hacienda acerca de que se continúe cobrando el impuesto de guerra. Francamente, que si a mí me estuvieran pagando por trabajar, renunciaría... Pero me pagan por... ¡me da pena decirlo! Yo soy como Marañas, que una vez en que Jaramillo, el yerno de Pepe Sierra, le regaló cinco pesos, dijo: “¡No hay ni que culparlo!”: a Colombia, que paga los folletos de Marulanda y de Eduardo Santos, no la culpo.

— o o o —

VI

Marsella, junio 22 de 1933

Dr. Calos E. Restrepo. - Roma

Acaba de llegar su carta del 19 y tengo remordimientos. ¡Marulanda está enfermo en Madrid! Si va y se muere ese hombre, de fiebre puerperal, no aguantaré los remordimientos: Todos los muertos eran buenos.

Sigo yendo al hospital, donde la Hermana Dionisia. El abate Peracca ha mejorado. Está más alto, por flaco. Ayer estábamos Margarita y yo esperando a la Hermana, sentados en un sofá, en el corredor, cuando pasó y nos preguntó si no había por allí ninguno; se entró a la despensa y se robó un pan. ¡Pobre abate! Su tormento es la barriga y el mío es Marulanda. Cada uno pare lo que puede.

El paralítico ha mejorado mucho, y es hasta milagro, según dicen las hermanitas, pues lo llevaron a morir y no le hacen remedios. Ya mueve las manos y espanta las moscas. Ya dice que no quiere desocuparse en la cama; le aparece, pues, la vergüenza, síntoma de salud: no hay como un moribundo para no dársele nada. Me acuerdo que cuando yo estaba muy grave me dejaba manejar todos los órganos de que me dotó la naturaleza..., ¡y el chofer era una muchacha suiza lindísima! Cuando la mujer del paralítico entra, él exclama: “O Maguí, comme tu es belle! Tu as changé aujourd’hui de robe!”. ¡Pero es incrédulo! Ayer me preguntó la Hermana Dionisia qué significaba: “Je m’en foute de la Vierge de Lourdes!”. Así respondió, cuando ella le dijo que lo llevarían a la gruta.

El otro tullido de que le hablé, se murió. Así es que de mis compañeros no quedamos sino dos, y yo soy el más joven. Los de ahora, son generación nueva de tullidos, pero que hacen lo mismo que los antiguos; sólo en literatura colombiana se innova; en parálisis no se ha inventado una manera nueva para desocuparse en la cama. Hasta me parece que los tullidos de ahora degeneran... ¡Ya no hay un abate Peracca!; ¡ya no hay un marido de Maguí!... ¡E imposible me parece que Colombia produzca otros Eduardo Santos y Marulanda!

— o o o —

VII

Marsella, Junio 27, 1933

Doctor Alejandro López.
Londres.

Querido amigo:

Recibí la versión al inglés de El Desarme de la Usura, ese folleto que es libro, así como los libros colombianos son folletos. Pero ¡qué bien escribe el míster su hijo Fabio! Es joven que agarra; no se dilapida, no se deja ir. A la juventud suramericana hay que repetirle día y noche: Proposiciones claras; sin discursos; agarrar los problemas; dar la mente a una cosa, a toda ella y solo a ella. No dispersarse. Ideas duras, concretas. Propósitos y amores duros.

Mis felicitaciones muy cordiales para él. Ya ve usted que no perdemos el tiempo por aquí; al menos, nuestros hijos crecerán alejados del vicio solitario y de la hojarasca del periodismo bogotano.

¡Qué cuentos de desanimarse a ratos! Ya se quisieran esos Emilios Quevedos de la conferencia económica de Londres haber escrito El Desarme de la Usura. Lo que sí debe esperar, es que lo entiendan muy pocos. No es caviar para Alfonso López, como dijo Shakespeare... Pero, al fin y al cabo, el placer de pensar y de escribir está en los mismos actos: tiene uno el placer que acompaña a todo acto natural. El que sí debe sufrir mucho es Eduardo Santos; debe sufrir como un hongo tirapedos que se pusiera a producir aguacates, pues nació para tener el bigotico sobre el labio y el mechón áspero sobre la frente, y está echando folletos, con Poincaré... Usted no puede sufrir por la ideación; usted, Marañas y yo somos pensadores. Por mi parte, le contaré que a ratos gozo mucho leyendo mis libros.

El Desarme de la Usura me ha causado impresión como la que experimenté hace quince años, al leer a Spencer, quiero decir, que es igual a cuando uno sube a la cima de la cordillera andina, que se le aclara la topografía de muchas aldeas, caminos, riachuelos, rincones, y hasta ríos y departamentos que andaban hechos un enredo de hilo de cometa.

Es usted un gran lógico; anestesia el sentido crítico, el sentido enemigo. Aquí me tiene desde hace días buscándole a su libro la articulación por donde me le meta para ver si este organismo impreso resiste, y no la hallo...

He leído muchos informes, ensayos, conferencias, sobre las causas de la crisis de 1929, y sólo en este su estudio corto me parece haber encontrado el hilo padre, y, cuando uno lo encuentra, no hay fenomenología que resista al orden, así como los leones de los circos no pueden resistir al revólver del domador. El hilo padre consiste aquí en el exceso de producción impulsado por empresismo y financismo.

El nombre que usted da a estos dos fenómenos modernos; sus definiciones y el modo como las hace, me aseguran en la idea que he tenido de usted y que usted aprobó, a saber: usted es ingeniero de caminos.

¡Qué clara y qué mundo de luces encierra, para el estudio de la historia suramericana, esa división que usted hace en países acreedores o industriales y mundo colonial! Sí, mundo colonial fuimos, somos y seremos por muchos años, e indudablemente que fue el general Ospina el que se cagó en la estera con tanto empréstito para Colombia.

¡Soy suyo! ¡Abajo el arrendamiento de hombres y de pueblos! ¡Qué bella Colombia, cuando cada uno trabaje su campo! Esa la belleza del departamento de Caldas.

Pero ¡ya ve!, Olaya es un púber y otros púberes con barbas son Esteban Jaramillo y Laureano Gómez.

¡Y usted está en Londres y mandan a Alfonso López a la conferencia!

El liberalismo colombiano es otro púber meado...

El jefe único, Alfonso López, es como la mujer única de Marsella, una muchacha poderosa que se pasea, pescando, por la calle de Roma. Yo tengo la manía de seguir a las muchachas, pues me parece que ellas tienen un secreto, escondido. Desilusión, pues nosotros somos los del secreto, según lo dijo Cojuelo, en el recado que le mandó a una cocinerita de la Quebrada-arriba: “Dígale que se venga sin calzones esta noche, que le voy a decir un secreto”. Pues bien, la muchacha de Marsella se desnudó, y, ¡téngase usted!: eran unos pechos como los cañones antiaéreos que llevó el difunto Vásquez Cobo a Tarapacá. Se paró al frente del espejo; alzó los brazos, los bajó, y bregó y no pudo doblar de para abajo esas tetas beneméritas. Me dijo: “Je suis unique a Marseille!”, y sonreía triunfalmente.

Pues así es Alfonso López: tetas y sonrisa. Yo siempre he soñado con tener algo así, aunque fuera el portillo que tiene en los mamones Gandhi, apóstol único.

Del viaje a París, le diré que en este junio no puedo, porque el presupuesto se desequilibra. Será en julio, pero dígale a aquella coja que nos sirve el pollo en arroz, donde Borrás, que si me nace el portillo, o una teta, u otra cosa que entusiasme a los liberales, y salgo de presidente colombiano...

Fernando González

— o o o —

VIII

Marsella, Villa “L’Espérance”, julio 14 de 1933

Al doctor Carlos E. Restrepo
Roma.

Querido doctor:

Ya todos los marselleses estamos bañándonos. El mar está aquí, a dos pasos de L’Espérance; la playa es sucia, con miles de internacionales pobres que almuerzan y comen sobre la arena. Muchas barrigas y piernas deformes. Pero la mar es buena con arena fina y se puede penetrar lejos, entre caricias. Nosotros jugamos un poco con las olas y volvemos a tomar el sol, en el jardín. Llegamos, y las mujeres me piden que las bañe en agua dulce, con la manguera de las lechugas; y es preciso hacerles penetrar el agua a espaldas y pechos, por entre la malla del vestido...

Mañana saldré para el semillero de santos que es París, pues Alejandro López me invita insistentemente. José Medina me ofrece su apartamento. Estaré ocho días.

Parece que Alejandro López renunció. Así me lo da a entender en su última carta; renunció porque el sordo Urdaneta lo regañó, porque le cobró una platica a la mujer única, la cual llevó esa platica en whisky; se gana $6 en botella. Esta vida bogotana es así. ¡Y pensar que el pueblo es tan mísero en Colombia! Hay unos mil borrachos riquísimos, putísimos, y el pueblo en hilachas, con el culo al aire, envenado con alcohol, paludoso... “¡Esto es terrible, Marcos!”.

Pues ya dizque habían regañado a Alejandro, porque no quiso favorecer con platas a Marulanda, el folletinista, que es amigo de Urdaneta. No le han contestado aún a la renuncia y me dice que vaya para contarme quién lo reemplazará...

Según decires, Alfonso López está buscando empréstitos en Londres. Van a acabar con Colombia en este año, con la elección de esta Gioconda. Me iré a París a comentar, a olvidar, a ver si olvido una gana loca que tengo de ser bueno. No crea que es charla: no digiero, a causa de este anhelo de ser bueno y de incapacidad para ello. Nosotros los destructores, lo que desearíamos destruir es a nosotros mismos. El deseo de ser buenos está en el espíritu de todos, más aún en los criminales. Los hombres nos distinguimos unos de otros por el poder para efectuar la bondad. ¡Y todo esto fue porque leí los periódicos de Colombia! ¿Cuál es peor de “La Defensa” y “El Tiempo”? Se necesita uno que los dome, se necesita un padre, un gobierno fuerte que los meta a la cárcel. ¿Por qué no va usted y le da hasta la última gota a Colombia? He pensado mucho..., y usted es el que tiene nombre, prestigio y alma para remediar esto a donde vamos. Claro es que sería sufrir y sacrificarse, pero el sacrificio es el precio del bien. Para mí tengo que los partidos políticos son fuerzas ciegas que necesitan de conductores; en Colombia hay partidos, pero ningún carácter. Las generaciones nuevas son raquíticas; somos púberes con barbas canosas. No se oye una voz; no hay nada; hay un pobre pueblo ciego, enfermo y que desaparecerá. ¡Déjese crucificar usted! Este su hijo que tanto lo quiere, le pide que se deje crucificar..., porque el cielo es de los crucificados. Si no hay un gran esfuerzo, en agosto de 1934 comenzará lo mismo que morirá en agosto: platicas para López Pumarejo; platicas para Marulanda.

No enojarse por lo que digo de algunos de estos santanderistas que han logrado robarle a usted su amistad, para escudarse en ella. No se enoje, que el médico dijo a Margarita que no podían contradecirme. La familia y la patria tienen que soportarme; poseo la perfecta libertad. Adiós.

Fernando

— o o o —

IX

Marsella, julio 15 de 1933

Doctor Alejandro López
París

Querido amigo:

¡Cuánta tristeza por no verlo mañana en París! Me hace falta conversar con usted, colombiano sustantivo; los otros son editorialistas, “salvadores de la patria”, polvo de humanidad.

Iba ya a comprar el tiquete, cuando apuraron mis males y tuve que buscar un médico para que me radiografiara el vientre. Todos los cheques que usted me envía se van en médicos; ya me retrataron el cráneo, y me han examinado desde la orina y el cagajón hasta las babas, y ¡nada!, cada día peso menos y cada día aumenta mi impotencia para las ideas morales.

Una desgracia el faltar a esta cita, tanto más, que José Medina me ofrece su casa.

¡Hasta capaces serán de aceptarle a usted la renuncia! ¡Son tan brutos, tan repartidores de platicas, tan mujeres únicas! Si usted se fuere para la Ayurá, yo me iré también; me iré con una colección de retratos de mi esqueleto, intestinos, etc.

Usted debía ser el presidente de por allá, y yo... ¡pues ministro en París! No crea que me ciega la amistad: he conversado con todos los hombres que cita “El Tiempo”, y usted es el presidente y yo el ministro. Pero ¿cómo luchar con ese tetiparado de Alfonso López? ¿Dizque está consiguiendo empréstitos?

Cuénteme todo lo referente a renuncias, que yo nunca he renunciado y deseo documentarme.

Ese Marulanda, no el sobrino del cura que tiene tejares en Medellín, sino el cafetero; ese Marulanda de quien supe apenas anteayer que era ministro en Madrid; ese Marulanda echó un folleto sobre la guerra de Leticia..., y ¡hasta presidente lo nombrarán!... ¡Es con las tetas con lo que triunfan todos esos tísicos! ¡Y la plata que sirvió de motivo para el regaño, era para ese folleto! ¡Lo juro!

Ese Marulanda..., pues me las tiene que pagar. Los Segas siguen de cónsules en Génova, por intrigas de esa bruja. ¡Déjemelo, échemelo!...

Adiós.

Fernando

— o o o —

X

Marsella, septiembre 21 de 1933

Al doctor Alejandro López
Londres.

Muy querido amigo:

Recibí su carta del 18. Me apaciguó, porque veo que si por aquí llueve, por allá graniza. ¡Qué terribles estas depresiones a que estamos sujetos todos, menos Alfonso López!

En esta su casa hay enfermos. Yo, decelebrado, según dicen mis tías de la Ayurá, y resulta que vino nuestra amiga griega, y aquí la tiene con pleuresía desde hace un mes. No puedo moverme. No puedo ir a París, en donde el amor es natural e industria, y donde olvidan sus penas todos los perseguidos; no puedo ir a sentarme con usted en esos cafecitos olorosos a juventud quemada o que se quema; no puedo ir a consolarme, oyéndolo a usted que sabe abrir caminos por ese monte de bobada que es América latina. ¿Y de Marañas? ¿Cuándo pudo imaginar nuestro filósofo antioqueño que su nombre sonaría tanto en los cafés que rodean a la Opera? Marañas, usted, Epifanio, Gregorio Gutiérrez y yo: ¡somos parisienses!

Ya está en prensa mi libro El Hermafrodita dormido; llegará a Colombia en los días en que elijan a Alfonso López, como una protesta. Este va a perseguir a todo lo antioqueño. Tengo esa intuición. Y tengo otra, y es que nos encontraremos en Colombia, luchando contra una oscura tiranía, la de los cacorros de Bogotá, porque ese es el gobierno que se aproxima. ¡Acabamos con la patria, con la elección de Olayita! No hay uno solo que le haga oposición, pues lo que hacen es insultarlo los que dejaron de robar, los godos.

Desde ayer el cielo está que parece un excusado de cantina medellinense, y así tengo el alma. Ir a París, a charlar con usted, es mi gran deseo. ¡Si no fuera por nuestra amiga enferma! Pleuresía, Alfonso López, franco a diez y seis por dólar, noticias de que toda la familia está arruinada, mar color de la pizarra que tenían los jesuitas en la clase de álgebra, en donde el Padre Torres nos chuzaba la cosa con una bambú, no poder ir a París..., todo esto son indicios de que se aproxima el triunfo de los invertidos de “El Tiempo”. Cada cosa tiene los auspicios que merece.

Ahora comenzaré a escribir la biografía de Juan Vicente Gómez. Es mi amigo y hombre raro, especie de brujo andino.

Nos veremos el mes entrante. Escríbame, que sus cartas me hacen mucho bien.

Fernando

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XI

Marsella, septiembre 29 de 1933

Al doctor Carlos E. Restrepo.
Roma.

Querido doctor:

Hace días que no le escribo, porque fueron mellizos. Usted no lo va a creer, pero la alegría que tuve al verlos a ustedes aquí, la primavera, el verano y los remordimientos por no ser bueno, por tanto goce como tuve al lavar en agua dulce a mis mujeres bañistas, me causaron mellizos. Uno, ya está en prensa, en la Editorial Juventud, en Barcelona, y el otro está saliendo. Por lo menos, soy rico en ilusiones, y sólo Dios no es ilusión.

El que está saliendo es Mi Compadre. Lo malo es que el amor que le tengo no me deja parir a gusto. Pero nunca pecaré contra el Espíritu Santo, o sea, contra la sinceridad.

Mil y mil gracias por los cigarrillos. Mientras escribo, me he aumentado la cantidad a seis, diariamente. Doña Isabel nos envió también del excelente café suave de Colombia, único producto que no es por allá indiscreto y prematuro.

Vicente estuvo contento por aquí. Siguió para Londres. ¡Sabroso para él que se está formando en país frío! Le observé cierta indecisión, pero es la juventud que apenas rompe las envolturas. Me acuerdo de la mía: esa edad feliz es intranquila, violenta, más, mucho más que la revolución del sargento Batista, en Cuba. Hay que dejar a la tierra que arroje lava y rompa la costra en muchos lugares, antes de que devenga tan suave, con dulces praderas, y hay que dejar al joven que busque su apoyo a través de la noche de la pubertad.

¿Cómo le parece? Puede que hasta sean cuatro, u ocho, como la mujer que parió en Sabaneta, en La Doctora...

Reciba el amor de su yerno.

Fernando

— o o o —

XII

Marsella, octubre 12 de 1933

Al doctor Alejandro López.
Londres.

Querido amigo:

Al volver de Ventemilla, a donde fui a oler a Mussolini y a llevar a mi amiga griega, encontré su última gran carta. Tal viaje y la corrección de pruebas del Hermafrodita dormido fueron la causa de no haber ido a París. Nos veremos apenas le lleve mi libro, en el cual les cobro algunas pequeñeces a esos compatriotas.

¿Que Domingo Esguerra es el candidato para reemplazarlo a usted? ¿Aquel Esguerra que encontramos en los Campos Elíseos, la noche en que volvíamos de comer pollo con arroz? ¡Con esa noticia me fregó!..., pues ese tipo mira, oye y se soba. ¿Y por ahora, se va para el Japón con el mozo de los Segas, el que me reemplazó en Génova? ¡No le digo, pues!... Llegamos a la sima; nos hundimos en las enfermedades del sexo. ¿Es cierto que Olayita casó a una hija y mandó al yerno de ministro a Londres? ¿Cómo se llama ese yerno?...

Ese de Génova dizque dice y predica que los Segas son inocentes; informó al gobierno en tal sentido; dicen que yo estaba amancebado con una antifascista... Cuando no llueve, goterea. En París le enseñé cómo se visaba un pasaporte y se legalizaba una factura. ¡Y Alfonso López fue a visitarlo, antes de irse para Colombia a sonreír y dizque le prometió ministerios, etc! ¡Pobres nosotros, los antioqueños, que tenemos peso en el cerebro, menos Berrío!

¿Que no hay malas? Con perdón de su señora, diré que las hay en Bogotá. En el resto del mundo rige la ley de causalidad, pero en Bogotá rige otra cosa, por ejemplo, Olaya o el sordo Urdaneta. ¿Son buenas o malas que Marulanda sea ministro en España, y el yerno de la marica ministro en Londres? Por Bogotá llueven pajas y malas. Las malas tienen la cara coloradita, el bigote en forma de alas de mosca que salen de las fosas nasales y usa calzones anchos, es decir, las malas es un bogotano. Creo que con estos razonamientos queda comprobado que no tenemos ley de causalidad.

Preparémonos para predicar en las montañas antioqueñas. Esto es seguro. Habrá una dictadura sombría, de calzones perfumados con pajas, y la combatiremos con los himnos del loco Epifanio. Porque, ante todo, somos libres en Antioquia y reclamamos la tiranía activa. Si hubiere dictadura, que sea nuestra.

Un abrazo,

Fernando González

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XIII

Marsella, diciembre 8 de 1933

A don Benjamín Correa F.
Bello (3).

Muy querido amigo:

No me puedo quejar de la vida, a pesar de las enfermedades, pues tengo amigos como usted.

Recibí su carta del 12 de noviembre. En primer lugar, sí le envié un ejemplar, y numerado, de “Don Mirócletes”. Fue recomendado y dirigido a la oficina de registro de Medellín. ¡Mal podría olvidar a usted, a quien considero mi hermano! Ninguno recibió tal libro, excepto Zuleta. Por lo que usted me dice, vengo a sospechar que los quemaron en la oficina de correos.

Lo que sí ha sido un mal es el no escribirnos, pero, por mi parte, ha sido la tristeza y enfermedades, flacas disculpas para amistad como la nuestra, nacida en medio de la filosofía viajera, amistad de caminadores, de fumadores sobrios. ¡Deleitosa amistad! Deleitosa, pues ¿quiénes han bebido café con el espacio y paladeo que nosotros?

F.G.

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(3) Esta carta es para el compañero del Viaje a pie. Nota del editor.

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XIV

Marsella, diciembre 15 de 1933

Al doctor Aquileo Calle.
Medellín.

Querido Aquiles:

¡Si fue ayer! Si fue ayer nada más cuando íbamos a tu villa a comer pollo, recetarle al viejo don Gumersindo, bañarnos en ese riachuelo Medellín, que es para mí un inmenso río, pues baña casi toda mi historia juvenil, y escuchar a Saldarriaga quejarse de la vida. No vayas a vender esa casita cercana a Caldas, situada en la parte más risueña de ese vallejuelo; no la vendas ni por diez veces el avalúo del gran judío y compañero de banquetes, Carlos Uribe Williamson, pues te diré que no hay en Europa un lugar como ese para que la vida presente su bello cuerpo de virgen. Sueño...: mañana, sí, mañana madrugaré con don Benjamín, iremos a la plaza Cisneros a tomar el camión y estaremos en tu casa...; la fea cocinera traerá el café y tú paladearás esos enormes tragos de aguardiente... ¿Quién como tú para paladear, para parpadear y para discriminar acerca de servidumbres de tránsito, y de los hijos naturales? Ninguno hace sonar la lengua contra el paladar, como tú; ninguno discrimina con ese parpadeo doctoral y enfático... Tú siempre me has convencido... Siempre que he ido a tu casa, volví a la mía con la sensación de haber fornicado con la verdad desnuda...

Y ninguno camina como tú, por sobre el lecho del río. Quitados los anteojos, no veías nada, y, desnudo, cegatón, flaco, te metías al río y yo pensaba en éxtasis: Así es el buscador de la verdad.

Di, pues, que mañana preparen el pollo más tierno, que guarden la postrera y que pongan a llenar el baño... ¡Ay!, ¡ay!, Dios mío, ¡qué bella es nuestra patria, cuán bella, si no pariera tanto muchacho perverso! Pero ¡basta con las muchachas! ¿Crees tú que por aquí se encuentren rejos como esos? ¡Nada! Para virgos, Envigado...

El lunes te despacharé mi libro sobre Italia. Dile a tu vecino, el gordo Doménico, que en su tierra no hay sino Mussolini y el Papa, que están amancebados; que no hay vírgenes, a no ser que él esté virgen, cosa que creo, si fuere del cerebro.

¿Estás de presidente del Concejo? Carajo, que me imagino tus discursos allá, al lado de Lucianito Restrepo, el genio para conseguir empleos.

Salúdame a Saldarriaga, que es tu mala estrella. ¿Va siempre con el automóvil lleno de hijos? Parece una curí...

Fernando González

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XV

Marsella, enero 15 de 1934

A Laureano Vallenilla Lanz.
París (4).

Distinguido colega:

Mil gracias por el envío de su discurso en el día en que don Simón volvió a ese nido amoroso que es París, ciudad en donde todo es posible. Leílo con el mismo agrado que me causan siempre sus escritos. Sólo en Venezuela respetan la memoria de Bolívar.

Sí, magnífico que el Libertador esté en París, pues en Suramérica no se puede vivir ni después de muerto. ¡Magnífica soledad la de París! Le juro que estos franceses son buenos, son los mejores: piensan mucho en la plata, en el ahorro, y son muy carnales, pero, al fin y al cabo, París es la insuperable soledad en donde se pueden olvidar todas las penas, inclusa la inmensa de haber sido amigo de Santander...

¡Cuántas puticas habrán pasado ya al lado del Libertador, acurrucadas, contra los indianos que pagan! A don Simón le gustaba eso, que se le acurrucaran; por eso es tan triste la muerte que tuvo, sin mujeres...

¡Qué envidia! Le tocó a usted llevar a Bolívar a París, para que refresque el corazón. Pero ¿no estaría por allá Santos, ningún santo colombiano?...

También el discurso de Madariaga está bueno, pero dogmático, jactancioso, como de torero... ¡Bolívar era indiano! Hay mucha diferencia. Este jamás habla como torero, ni piensa y obra así. El indiano es complicado, una promesa. Tampoco en Suramérica ha habido una república tan boba como ese gagueo (5) de España.

¡Nada como Francia para vivir en la gloria de las plazas públicas! Es un pueblo racionalista, goza de los sentidos, está feliz en la tierra. Tengo seguridad de que los franceses no se van para otros mundos, una vez muertos; se quedan por los tejados, atisbando en qué espermatozoo se pueden meter, para volver a los restaurantes. ¡Qué gente para comer, cohabitar y estar lucios! Los demás pueblos son curíes, paren a troche y moche; tienen el proletariado contrahecho. El francés tiene dos hijos nada más, que son dos obras de arte. ¿Ha visto usted ciegos, cojos y tullidos que no sean mutilados de guerra? Vaya a España e Italia y observará que el hombre nació para engendrar dos hijos a lo sumo; en esos hormigueros, todos son ciegos o tísicos, gente ajustada con meados.

¿No cree usted que es grave problema en Suramérica, ese de que casi todos son ajustados?

¡Francia! Es superior a Grecia antigua. Observe usted a sus santos: se les aparece la Virgen en donde hay plata (Lourdes), o son guerreros. Santa Juana de Arco, ¡esa era una salvadora!, ¡era unos calzones!, ¡era una virgen! Asómese a la plaza San Agustín y verá a esa virgen menuda, endurecida, con un pecho parecido al de Córdoba.

Pidamos, pues, a Dios, que el Libertador pueda olvidar sus penas en París; que allí recupere el corazón, que legó a Colombia y que ésta dejó comer de los gatos; que lo recupere y que una francesita de quince años no cumplidos le haga lo que él propuso a una, en Londres, que le hiciera, según cuenta Perou de Lacroix..., pero, pidámosle también que el Libertador no se enamore mucho, para que vuelva a Suramérica a libertarnos.

Fernando González

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(4) Esta carta se refiere a la estatua de Bolívar que Venezuela regaló a París. (Nota del editor).

(5) Tartamudeo, —americanismo—. (Nota del editor).

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XVI

Marsella, enero 22 de 1934

Al doctor Carlos E. Restrepo.
Roma (6).

La amistad suya es lo único a que no renuncio, y ya van dos cartas en que no me envía ni saludes. Tuvo razón, pero ya basta. Esa bobada del consulado tenía que terminar así, pues mamá me parió cabezón, pudo parirme hasta buen mozo, amigo de la virtud y airado, pero, para cónsul de Olaya no me parió nada, ni jota. No ha habido un Ochoa que sirva para eso. El maestro Bolívar, que era Ochoa, lo hizo mal en Londres, cuando lo mandó la Junta de Caracas. Así pues, esta aventura estuvo divertida, menos en lo del maldito teléfono, pero fue que acababa de conversar con Santos y me sentía borracho de carajadas... Me he encerrado en absoluto mutismo. No contesto a cables ni cartas. Es lo único que puede hacer un hombre airado y virtuoso. A nadie le guardo rencor, ni siquiera a Carreño, ni al sordo Urdaneta, el amigo de mi concuñado Félix, a nadie, sino a mí mismo, pues es noche triste ésta en que me veo, obligado a volver a leer “La Defensa”... Ayer fui a confesarme a la iglesia de rue Paradis, a llorar por haber escrito el Hermafrodita... El confesor me prometió que me enviaría, todas las primaveras, arenas del Mediterráneo, para oler.

Me siento muy triste de particular. ¡Yo no puedo trabajar sino consulado, y no volveré a serlo ni en esta ni en la próxima encarnación! De todos los empleos me quitan; parece que no sirvo. Me llama la agricultura, profesión de mis ascendientes, menos don Luchas Ochoa, que fue abanderado en Centroamérica.

Estoy escribiendo la biografía de Juan Vicente, mi compadre, con mucho cariño, para ver si me hago propietario en los llanos.

Así, pues, encendámosle unas velas a Santa Rosa de Viterbo para que me sean perdonados mis consulados de Génova y Marsella, y para que dentro de poco yo sea propietario de la finca que fue del difunto Páez, en los llanos, y para que allá, bajo un samán, podamos conversar acerca de las ventajas de la virtud.

Su Yerno

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(6) En esta carta y las siguientes se refiere a su destitución del consulado en Marsella, por acusación de Eduardo Santos, y por exigencias de Mussolini, de quien los Santos fueron espías en Europa, hasta 1935. — (N. del A.)

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XVII

Marsella, marzo 24 de 1934

Al doctor Pedro Antonio Guzmán.
Roma.

Querido amigo:

No hay sino el negocio de cada uno, o sea, luchar cada uno con sus pasiones que lo llevan y lo traen como a cagajón el río Cauca. En el trabajo y la meditación he logrado olvidar las heridas; ya casi olvido a esos que me enredaron con Olayita y que fueron los Santos; olvido poco a poco que ellos, con artes de mujeres malas, me hicieron ser grosero con usted. De vez en vez, por allá a orillas del Huveaune, mientras miro cómo retoñan los árboles, me retoña también el resentimiento, pero cada vez menos... Recuerdo que yo intuí... Intuí que ese hombre de “El Tiempo” me causaría males; el día en que me lo presentaron, me pareció que ese hombrecillo era la malignidad encarnada, y ¡ya ve!, él es el culpable de que yo tenga que dejar aquí a “Salomé”, la gatica que me regaló Missis Taylor y que ya está preñada.

Esos hombres de “El Tiempo” me ganarán, pues soy antioqueño, enemigo franco, o sea, ni enemigo soy. Antioquia vale mucho en Colombia: de allá es aquel noble ou le re, que gozaba tanto con su ministerio en Roma, que parecía un príncipe bobo, en el Café delle Rose, en el Pincio, tan bueno como la arepa, tan gozón.

¿Quién es Ou Le Re? Pero ¿no recuerda? Aquél que gastó mil dólares en el vestido de ministro, bordado de hojas raras, inclusa la espada, parecida a la de Carlomagno... Aquel ministro ante el Quirinal, que fue a visitar al francés y que no decía nada en la visita, hasta que el Vizconde le preguntó: “Y usted ¿qué ha hecho, señor?”. Movió la espada de Carlomagno y respondió: “Ou Le Re”. Tres monosílabos que son tres espadazos, uno en francés y los otros en italiano.

Ayer envié el pasaporte de Margarita y los niños, para ver si lo visan y pueden ir a decirle adiós a Roma; creo que sí, porque Mussolini no pudo disgustarse con mi libro. ¿Qué más podía decirle, sino que tiene relaciones con Dios, y que es de gran capacidad para el asesinato, y que ningún país de Europa tiene hoy quién se le enfrente? Creo que él suscribiría todas mis apreciaciones del Hermafrodita dormido.

La acusación vino de otra parte; fue oculta, artera, envuelta en consideraciones patrióticas, cablegráfica, bajo secreto de confesión. Fue de hombre cubierto, como los frailes de Bogotá. Si hubiera sido de ese jefe, ya, ya habría volado, pues es rápido, manda...

Alfonso López no me gusta; tiene sentimientos bajos; todas sus manifestaciones van contra individuos. Es aliado de Laureano Gómez. A ratos quiere elevarse a ideas de Gran Colombia, pero es pajarraco que, cuando sube, le da vértigo. Unicamente el rey de los gallinazos puede volar sobre El Ruiz. En general, todo hombre que odia personas, no vale nada; el odio lo manea. El general Gómez me decía: “Yo no aborrezco a nadie sino a la vagamundería”. Cuando Alfonso López llega a Bogotá, hay reunión de las maricas; lo más probable es que el suyo sea el reino de los invertidos. Otra cosa, y es que le gusta mucho conversar con los grupos, ocuparse en elecciones, café, tagua y contratos bancarios...; no tiene visión general. Yo creo que un presidente debe poder dar un ideal, señalar un camino. Un guía.

Aquí en Francia ya casi están para dictador. Llaman al rey, como la gatica “Salomé” al gato negro de madame Rousseau...

Pues ha de saber que la gatica entró en celo con la primavera, un celo que daba gusto, y llamaba al gato negro de la vecina con un temor y un ansia que eran la prueba de que la vida es un mal agradable.

También pusieron los canarios el 21 de marzo. Pedían el nido, casi con palabras. Pusieron cuatro huevos como almendras confitadas.

En este momento acaba de llamarme, de París, Augusto Bréal, para proponerme un negocio de traducción al francés. Bréal es gran literato, pintor y político. Con esta noticia estoy casi curado de mis resentimientos.

Fernando González

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XVIII

Marsella, marzo 26 de 1934

A don Benjamín Correa F.
Copacabana.

Querido don Benjamín:

He recibido tres cartas suyas, que me han alegrado mucho. Espero que le hayan pagado ya mi deuda, pues no he cesado de repetir que le paguen con el producto del último libro.

Me cuenta que está desocupado. ¿Y Aquileo? ¿Cómo es que no está con él en la oficina de registro? Casi estoy seguro de que esta carta lo encontrará allá, pues Aquileo es amistad segura y un corazón. No se le aparte a Aquileo hasta que yo pueda llamarlo.

No le había escrito estos días, porque estaba trabajando en Mi Compadre y corrigiendo unas pruebas francesas.

Por lo que veo, es probable que no vaya pronto. Cada día me dedico más a escritor, pues por allá no humea... ¿Qué haría yo por allá? Ansío volver, pero temo los pequeños disgustos, las pequeñas reacciones; ya envejecemos y no podemos aguantar liberalismo y conservatismo. Lo mejor sería que el destino me amarrara por aquí, e ir cada dos años a ver las avenidas de la quebrada, las ceibas que dan sus aladas semillas al viento de agosto; ir a preguntarles a Gallito, Marceliano y don Abraham por sus negocios con los empleados, ver a las muchachas y montar en el tranvía a Robledo, a la casa de citas de Burgos (¿es Burgos?), allá en donde usted bebía leche postrera, al amanecer, después de sus noches de amor intenso... Me hace falta que me cuente de sus noches de amor en el cuarto del balcón de esa casa de Venus chimbera. Recuerdo que por detrás pasa una corriente, el agua para los baños del Jordán, la cual está bordeada de sauces llorones... ¿Y los tomates de la vertiente de ese mamelón que llaman Morro de los Cadavides? Eran el tuétano de lo bueno y el silencio de tal morro es el alma del silencio.

¿Y qué dice de Belén, de aquella quebrada en donde usted se hirió el calcañar, antes de emprender el Viaje a pie? ¿Y las Palmas, con el bondadoso Melguizo y los bogotanos del inalámbrico? ¿Y Santa Elena, con don Jesús? ¿Y qué fue de aquel otro don Jesús, de Copacabana, tan leal? Si lo viere, dele un abrazo en mi nombre y dígale que lo amo verdaderamente, que él tiene la noción de la hospitalidad.

¿Que se murió aquella Julia del Viaje a pie? Sí, pero murió virgen, porque era de nosotros. El novio se casó con la hermana de ella: eso era necesario; ella estaba consagrada a la eternidad del arte. ¡Pero no ha muerto!, ¡que Julia es la belleza, es la muchacha que habita en las vertientes de la quebrada Circé, entre Sonsón y Abejorral, bajo los árboles retorcidos, invasores del cielo, entre las gramíneas, en esa bendita tierra que huele a fecundación y que suena a cigarra!

Ninguno ha muerto y ninguno ha dejado de ser virgen, porque todos, paisajes, muchachas, Bolaños, místeres y curas, mendigos y caballeros; todos los de Viaje a pie son eternos. En ese viaje, se detuvo el tiempo y entramos en la eternidad.

Por ejemplo, los yarumos blancos del Alto de las Alegrías: allá están, esperando que volvamos, más jóvenes que nunca, a distendernos, nosotros, los solenoides.

En fin, ¿cuándo se ha intensificado tanto la emoción, como durante ese viaje de filósofos aficionados, de alpargatas y bordones, que veían la eternidad en los sietecueros y en las flores moradas del amarraboyo?

Reciba mi corazón juvenil,

Fernando

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XIX

Marzo 27 de 1934. — Desde un cafecito del Puerto Viejo, en Marsella.

A Benito Mussolini.
Roma.

Siento profundo cariño por mi enemigo Mussolini. Tengo dos amigos: Mussolini y Juan Vicente Gómez. Aquél es el único que hoy vive heroicamente en Europa; el único que se dio todo; el único que no fuma, no bebe ni cohabita. Todo él está tenso, concentrado, esforzado en dar a luz... Es el único visible y que merece la llegada de la primavera.

Porque, en realidad, han sido muy pocos. La historia es unos veinte hombres y las masas obedientes. Estas, fatalmente humildes, realizan los sueños de los superhombres. Anteayer votaron 10 millones de italianos por el mussoliniano, y sólo quince mil por el no.

Siento grande amor por Mussolini. Ninguno de mis males ha venido de él. Fue de los ejecutores, ministros de Colombia, italianos empleados en mi consulado de Génova, y de pequeños exportadores intrigantes. Mussolini está muy cerca de mi corazón. Si hubiere una guerra, temblaré por él, asistiré, como madre heroica, a sus actos: ¡que sea grande aún en la caída; que sus días de poniente se empurpuren, como a la puesta del sol, como Bolívar, para que haga amable la especie humana! ¡Que si lo asesinaren, caiga como Julio César, cubierto por la toga, para evitar el desarreglo de las actitudes!

¡Dios mío, protege a este orgulloso y dale un fin digno de sus comienzos y de su madurez, que no se aleje con tesoros, con baúles y maletas, como los humildes tiranuelos de Cuba y del Perú! Porque es ley que acabe crucificado, para que deje lección de belleza. ¡Sufrir! Triunfarás, si sufrirás.

Desde el Puerto Viejo le mando, como despedida, todo mi corazón y esto: ¡que no sea contra Francia, contra el espíritu latino, mediterráneo!

¡Que no sea instrumento de esos culoncitos nórdicos! Si logra dominar a los germanos y purificar a los latinos, será más, mucho más que Julio César, igual a Bolívar.

Fernando González
—Ex-cónsul en Génova y en Marsella

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XX

Marsella, marzo 31 de 1934

Al doctor Carlos E. Restrepo.
Roma.

Por aquí no hay sino primavera; hasta el corazón retoña. Por Roma, debe estar eso que hasta fatigará. ¡Ya lo imagino! Me sucede algo raro, que tengo olas de nostalgia por Génova, Florencia, Venecia, Nápoles, y sobre todo por Roma, y nada por Bogotá. Esa patria no es amable conmigo; no es buena perspectiva la de ir a leer “El Diario” y “El Colombiano”. Muy delicioso contemplar los paisajes, cerros y ceibas, pero allá es más difícil ser bueno, tener buenos sentimientos. Estoy recibiendo periódicos de allá, y observo que me dañan las ideas morales. ¡En Colombia es dificilísima la virtud, doctor Restrepo! Hágame el favor de decirle esto al cardenal Pacelli, y que nos canonice a unos tres compatriotas, aunque hayan sido corrompidísimos, pues no hay por qué culparlos. ¿No ha observado que los jesuitas de por aquí tienen los ojos más cándidos que los de Miraflores? Los de la calle Paraíso tienen ojos aterciopelados. Indudablemente que la virtud, el esfuerzo, son más difíciles en el trópico.

Compraron unos buques para Colombia, en Portugal, y el cambio subió al 160; dizque los van a manejar unos ingleses y que son para matar a los peruanos... Alejandro López se fue con la señora y con los hijos de Olaya a recibir esas armas tan peligrosas. ¡Qué gloria vencer al Perú o vencer a Colombia! Porque aquél es en el Japón donde está comprando revólveres... No va a quedar ni un indio; hay muy pocos ya en el Putumayo; ahora los van a acabar los ingleses de la flota, y los alemanes aviadores, por parte de Colombia, y los japoneses, por parte del Perú...

Con estas cosas vivo airado. ¿No ve que tengo la herencia de los Arangos? ¡Qué duro parentesco! Por ello vivió atormentado, como serpiente en celo, aquel jesuita Fernando Arango, el que apostaba con el bobo Nieto Caballero a que Murillo Toro había sido ladrón o no sé qué...

¡Qué figura tan interesante ese don Bosco! Era hombre magnético. ¡Bueno para usted que asistió a la canonización! ¡E viva il Papa! ¡Cómo estaría de lindo en su silla gestatoria, ahora, en la primavera!

Aquí hay un escritor parecido a don Eliseo Arango, el de los geocorisos: es León Daudet. ¿Recibe usted la Acción francesa? ¿Se la envío? Es muy curiosa y está triunfando, imponiendo la moda de la epilepsia, moda que llegará a Colombia, como todas, y no quedará por allá ni el rabo de Silvio Villegas. Todo es moda, todo es estaciones. Ya la gatica “Salomé” está encinta, muy juiciosa, muy púdica. Tuvo veinte días de un impudor soberbio. Flores, vestidos, escotes, ojos aterciopelados, todo no es sino impudor primaveral. En agosto estaremos todos encinta, serios, púdicos, confesándonos...

Fernando González

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XXI

Marsella, abril 2 de 1934

Al doctor Carlos E. Restrepo.
Roma.

Recibí su carta en que me cuenta del jubileo. Yo también estoy bregando por dedicarme; pero me llama Jerusalem; me parece que allá encontraré a Jesucristo. Siempre lo buscamos, y dicen que está a la puerta, aún a la puerta de la casita mía, en Envigado.

Estos días de pascua he ido a oír la misa en la iglesia de los armenios. Para consagrar, cubren el altar con una cortina que gira en un semicírculo metálico; el sacerdote queda oculto, y los acólitos afuera, cantando. Las vestimentas son más vistosas que las católicas; así eran las de Ciro y Darío. La comunión es así: se deja venir, solemne como pavón, el sacerdote, y se sienta, en cojines, y con las uñas arranca pedacitos de un mendrugo y les va metiendo a los fieles los dedos índice y pulgar en las bocas y refriega. Los ayudantes riñen a la gente apresurada. Comulgan hasta los mamones, sin confesarse. Uno de los acólitos le va llenando de mendrugos, el copón..., y vi que mascaba, que se robaba los mendrugos el tal acólito...

Es más solemne y ordenado el catolicismo. Recordé al Papa, cuando entra tan solemne en su silla portátil, bendiciendo a esas señoras tan bellas de Roma. Y, sobre todo, el catolicismo viene de Pedro y de Pablo. Pedro, tan cabeciduro y tan parecido a don Joaquín Correa. ¿No conoció usted a don Joaquín Correa, de Envigado, dueño del Guáimaro y casado con misiá Mirtala? Tenía la nariz deforme, en silla, como Pedro, y unas barbas y bigotazos blancos, ahumados, como Pedro.

Y ¿qué dice usted de Pablo? ¿Quién ha hecho propaganda semejante? ¡Échemele a los de la Singer Co.! Era de impetuosidad juvenil, andarín y sobrio, de orgullo muy varonil, pues trabajaba para pagar sus gastos; trabajaba en canastas y no lo han imitado sus discípulos, tan pedigüeños. ¡Qué epistolario el de Pablo! Obra maestra de Cristo fue haber escogido a San Pablo para propagar. Cristo derramó sobre él, en aquel cruce de caminos de herradura, toda su gracia, tanta, que casi lo mata, casi lo enceguece, casi lo deja mudo. Y era tan hombre, que sus instintos se levantaban contra el sacrificio que hizo de su vida: “Siento que el Diablo me abofetea”.

Al que no he podido entender es a San Juan. Sobre todo, me lo oscureció mucho Ignacio Duque, aquel magistrado amigo suyo: en las mesas del café que instalaron en el atrio de la catedral de Medellín, me hablaba, poco antes de venirme para Europa, de San Juan, y me lo enredó.

Por aquí siguen la primavera y la Acción francesa. Piden a gritos un rey, como la canaria que tenemos pide un monsieur, según expresión de madame Blanche, la cocinera. Piden un rey, porque Stavisky se hurtó unos sueldos. Aquí los mueve el dinero. Leyendo la vida de los Luises, desde Luis XIII hasta el guillotinado, se ve muy claro que la guillotina fue por los gastos que hubo durante el Rey Sol, y cuando Luis XV, sobre todo. El escándalo del collar de la reina, fue, mutatis mutandi, l’affaire Stavisky.

Mejor era quedarnos por aquí. Podríamos ser buenos. Medite en que el presidente del Concejo de Medellín es Lucianito. Ya los presidentes son mis amigos, y como yo los conozco, yo los crié, estoy seguro de que en Las Palmas no podremos ser buenos. ¡Piense en Bolívar! Ya volvió a París y está muy contento en su estatua. ¡Tanta gana que tenía de venir! “Vámonos, doctor Reverend, que por aquí hay muchos canallas”.

Pero ya, ya se acerca el viaje. Pronto sufriremos el desembarque en Puerto Colombia. Los repórteres que llegan y dicen: “¿Qué opina, doctor Restrepo, del artículo de Nieto Caballero sobre la crisis, y qué opina de la reacción de los Santanderes?”. Y cuando salga usted a pasear por las calles, se le acercará don Enrique Echavarría, a contarle que se casó o que tiene un plan para salvar al país...

¿Y al año? Al año está usted olvidado de todo lo bello que vio y tocó, aclimatado...

Definitivamente, allá no humea la especie humana. ¡Yo quiero que me canonicen!...; ¡yo me quedaré! Démele pues saludes a los muchachos de “La Defensa” y “El Colombiano”, tan inteligentes; dígales que por aquí se preocupan mucho por los pensamientos de ellos... Con esa vuelta, usted se fregó, y perdone.

Fernando

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XXII

Marsella, abril 18 de 1934

Al doctor Carlos E. Restrepo.
Roma.

Llegó el nuevo cónsul, un señor Efraín del Valle Recuero y le dejé el mobiliario, fiado (7). Muy bien que haya venido, pues está ciego de todos los ojos y aquí piensa aliviarse. También dizque va a aprender francés.

Yo estoy deliberando, pues el 24 cumpliré 39 años, y hasta ese día he resuelto que dure mi primavera, con reacciones fuertes, no deliberadas. Desde ese día me entregaré de lleno a la virtud, es decir, al otoño.

Si mi compadre me enviare un cheque, por la biografía, queda usted invitado para que vayamos a Jerusalem, en busca de las huellas de Jesucristo. Entraremos a Atenas y sus alrededores, para empaparnos en el ambiente socrático. Visitaremos a Egipto, en donde nació, creció y estudió Moisés; allá aprendió a ver a Dios detrás de los rastrojos, a sacar agua de las rocas y a dormir las culebras. ¡Qué tartamudo tan interesante! No hay Hitler ni nadie que lo iguale para conducir a un pueblo a través del desierto.

Esta invitación es muy seria, condicionada apenas por el envío de un cheque, cosa que debe ser, pues digo que mi compadre es otro Moisés. Dentro de poco sabré si la condición se cumple (8). Haga todo lo posible para que nos vayamos, pues acuérdese que todo nació por los rincones orientales del Mediterráneo. En Chipre nos nacerá la diosa del amor, antes de que retornemos a Medellín, a caer en los brazos del general Berrío.

¡No hay nada como la virtud! ¡Ni las muchachas! Estas son apenas una sombra en comparación de la virtud. La gatica “Salomé” está seria y asustada; la cogió la primavera y la arrastró. No hubo deliberación. Ahora no puede darse cuenta de lo que hizo. Los canarios resultaron dos hembras y pusieron ocho huevos. También se los tiró la primavera. Sólo nosotros, los virtuosos, permaneceremos eternos, deliberando.

Lo veo a usted, en Roma, deliberando... Sentado en el amplio sillón, la tacita de café a un lado, leyendo, mientras las golondrinas ponen, y luego dejan caer pichones en la terraza. ¡Usted es feliz allá! Todos somos muy felices, pero lo advertimos cuando pasan los años.

Fernando

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(7) No pagó. (Nota del autor).

(8) No hubo cheque; en Venezuela se enojaron y ni siquiera permitieron la entrada de los ejemplares enviados. ¡Lástima!, pues hubiéramos tenido “cartas de Jerusalem”. (N. del A.).

— o o o —

XXIII

Marsella, abril 5 de 1934

Querido Alfonso:

“El Hermafrodita” va a ser traducido por Augusto Bréal. La Nouvelle Revue Francaise publicará el 1° de Mayo un estudio de mi obra. Comenzaron a oírse los cascos de los potros que vienen a llevarme.

Siento que mi obra y mi fortaleza están en la cima. Dentro de cinco meses recibirás otro libro aún, uno de estudios acerca de cosas muy sagradas, y ligeras como pies de pájaros. Por mi alma hay una gran cantidad de alas de gaviotas...; por allá vuelan, las patas bellísimas contra la cola ágil. Ya verás, ya verás... Y Dios me hace señales; ahora es cuando todo el universo se me ha convertido en señales divinas; es como un guiño de ojos. Creo que Dios me llama para nombrarme cónsul no sé dónde. Lo cierto del caso es que no odio y que las heridas que me causan allá, cicatrizan; son estímulos para irme. Mucho más que en El Noral, pero mucho más, oigo unas voces que no se oyen con los oídos; despierto a las cuatro y siento la seguridad de que me llaman. Ayer lancé esta pregunta: “Señor: Mi hijito Fernando me decía: Je ne sais pas lire!... Apprend moi a lire! Yo te digo: ¿Para qué nací? ¿Cómo fue eso? Estoy esperando la contestación”.

Hace un año que pienso y pienso; hace un año que renuncié a los amores de las cosas; hace tres años que busco a Dios, como mi mamá buscaba las agujas, en Envigado..., y los seres, los pescadores, los ojos de las muchachas, las piedras y mi gatica “Salomé”, me están diciendo ya que por aquí humea; pero si encuentro, si es verdad, quiero que sea para todos nosotros; si de pronto va y doy con el niño Jesús, como un rey mago, tienes que irte conmigo. Hay una estrella, también para mí apareció una estrella que me lleva para no sé qué pesebre en donde no sé qué niño está naciendo a cada momento: ¡un niño que nunca ha nacido un niño así! Es la muchacha de todos los amores, es la belleza de todas las bellezas; piensa que es bello aunque no lo bañen y lo peinen...

Ayer recibí tu carta del 10 y me causó mucho malestar. Porque eso que dicen en “EL Tiempo” de mí, me molesta para mis pensamientos de vida noble. Quiero ignorar todo lo que de mí digan en Colombia. No me envíes recortes de periódicos. Por allá no volveré sino contra mi voluntad y a visitar a mis padres. Es muy curioso que a ratos me viene la nostalgia de Italia, de Génova, de Suiza, y nunca de Colombia. Me llegan olas de nostalgia hasta de la clínica en donde casi muero, y nunca de Colombia. Mi mejor libro es “Don Mirócletes”, aunque los colombianos crean otra cosa. Mi mejor libro, eso sí, después de “Mi Compadre”. Respecto a éste, rechazo lo que me sugieres de que le enseñe los originales a Vallenilla Lanz. No someteré nunca, nunca, por ningún motivo, mis obras a la censura de los empleados de mi amigo el general Gómez. El libro que sobre él he escrito ha sido con toda mi alma y no contiene nada de que pueda avergonzarme. Lo escribí porque siento por ese gran americano un inmenso cariño y admiración. Pero le digo todo lo que pienso. Le digo que es un ángel y una tigre parida. Es un libro sincero como todos y del general Gómez nunca aceptaré regalos, ni condecoraciones. Nunca en mis libros he dicho una sola mentira. Solamente una y es la nota en “El Hermafrodita” sobre Eduardo Santos y eso por amor a Margarita que estaba equivocada sobre ese homúnculo y me hizo equivocar. ¡Es mi única mentira y fue por amor!... Tampoco mutilaré mis libros. Los escribo para confesarme y si tienen expresiones crudas, es porque así soy yo, así éramos en Envigado, en donde crecí; así pienso y siento. No me importan las alabanzas, o mejor, me importan, pero contra mi voluntad alta; al que soy a ratos, espiritual, no le importan. Mi único deseo es reunir algún dinero con la venta de mis obras, para mis hijos y mujer y poder aislarme pronto. No deseo sino morir bien.

Acabo de saber que los dólares están allá al 160. Es el papel moneda que corre como gigante. Nos fregamos.

Quiero que Alberto se venga a vivir conmigo, a escribir mis cosas, a escribirme mis bregas de Palestina. Será nuestro hijo mayor. Estudiará alguna cosa para que se sienta llamado y yo le dictaré todo, porque tengo muchas cosas para dictar y no tengo a quién. Necesito uno que ame la vida como yo, o sea como un parto. Aquí lo que venimos a hacer es a morir bellamente. Sólo en la muerte tiene justificación la vida. Que la muerte sea una coronación. El resto son diversiones. Alberto será mi secretario y se entenderá con todas estas cosas que ya me pesan mucho. Dentro de un mes llego a los 39 años y quiero irme para Jerusalem, a buscar a Jesucristo. Alberto se quedará en Barcelona, estudiando algo y manejando mis negocios.

Terminado “Mi Compadre”, hace 20 días, estoy entregado a experiencias místicas, preparándome para ir en busca de Jesús, Sócrates, Mahoma y Buda, a Oriente. Este año iré por las tierras de la cuna religiosa y regresaré con mi libro ansiado: La vida de Jesucristo. ¡Por algo no permitió Dios que yo muriera en la clínica de Marsella! Estoy observando, oyendo, espiando la Primavera, el resurgir de los instintos, el empuje de la savia en “Salomé”, mi gatica, en las muchachas, en las putas, en los viejos, en los niños, en las aves, en la yerba, en larvas y semillas, para desencarnarme e irme yendo para donde no hay formas sino la belleza inmutable. Desde la carne, por medio de los ojos entornados, atisbo a Dios y éste me hace señales maliciosas, me llama y me sonríe. ¡Nada como Dios!

Convéncete, hombre, que ninguna muchacha, ninguna forma, pajarillo o niño es como Dios. Es lo único que no necesita bañarse, ni peinarse. Es un niño perfecto. Es... ¡la perfecta juventud! Ya tenemos los 40 años. Tú ya pasaste... y ¿por qué no te ejercitas y bregas por ver esa muchacha que no cansa, siempre fiel, que es Dios? Atísbala por allá en El Carretero, que por allá pasa con frecuencia, y échale un piropo y dile: “Me voy contigo, reina del Cauca tibio...”, y te sonreirá y no te dirá nada, pero síguela y verás que se mete a un sombrío de písamos, por allá en San Francisco, cerca a la finca de mi amigo Aquilino Villegas, y allá te da un abrazo que te mata... Despiertas y comprendes que hacía dos días que estabas parado en un pie, como las garzas en una pata, como Sócrates en las noches invernales, atisbando un ángel blanco... Ya despierto, vas a examinar y... era una ropa que tenían secando en un alambrado. Pero no creas; era la muchacha, era Dios, que siempre está escondido detrás de los rastrojos, de las formas. Moisés no lo pudo ver sino detrás de los rastrojos.

Era un fúlgido relámpago;
era un lagarto fúlgido...
y siempre detrás de los vallados
como briznas de felicidad.

Abrazos a todos,

Fernando

— o o o —

XXIV

París 13 de junio de 1934

Querido Alfonso:

Por todas partes lleva uno su diente de oro. Por ejemplo, en la Plaza de San Agustín, contemplando la erecta, pequeña y tensa estatua de Juana de Arco, muerta en 1431, a los 19 años, me sorprendí con los mismos sentimientos, con la misma muela de oro que he tenido siempre, la misma de cuando contemplaba a don Martín Arango el barbudo: mucha ansia de fe, mucho deseo de virtud... y ¡pun! La misma caída, las mismas miradas miedosas a la vida y a la belleza que camina, la misma incapacidad para poseer.

Es muy triste que mis sombreros se tuercen siempre del mismo modo antipático; los vestidos adquieren las mismas deformaciones. ¡Qué hastío la forma invariable con que nacemos! Prisioneros somos del esqueleto y de las formaciones mentales y emotivas.

Y la muela de oro me la pusieron apenas hace un año en Marsella, pero yo sé que siempre la he tenido; siempre, desde el vientre materno, estaba destinado a tener muela de oro. Mi boca tiene el rictus y la forma propias para esa muela, nueva apenas en apariencia.

Se te aparece un hombre, y por su forma puedes saber qué dirá, de qué será capaz y de qué incapaz. No puede salir de sí mismo. Como el gusano, que tiene en su cuerpo, irremediable, la forma del capullo. Como el pájaro, que lleva fatalmente la forma de su nido y de su huevo y de su canto. Por consiguiente, no existe el tiempo: no es sino desenvolvimiento de la realidad, pero ésta está toda ya en potencia, determinada: aparece al ojo, pero no es voluntaria. La voluntad consiste en el desenvolvimiento del ovillo. Pero, saca de un carrete de hilo otra cosa que hilo: ¡imposible!

La muela de oro me ha hecho desilusionar de la filosofía. Yo esperaba de ella el rehacerme y he comprendido que apenas puedo someterme impotente. Lo que hay en mí y nada más: eso soy. Nada imprevisto. No puedo que mis ropas huelan a lo que no huelo, que mis calzones se arruguen por donde yo no puedo doblarme y del modo como yo no me doblo.

Juana de Arco me ha dicho muchas cosas. Que fatalmente seré el que camina así y que habla con voz cobarde. ¿Quién iba a poner en mí el heroísmo?

¡Sobre todo el sombrero! Ahora salgo en cabeza. El sombrero mío se tuerce de un modo que me mata el alma. Maldita forma detestable que brego por olvidar. Cada día cambio de vestido, para olvidarme un poco de mis limitaciones.

Cada día me hago más cobarde, porque cada día me trae una derrota. Desde la edad de ocho años busco el triunfo sobre mí mismo y desde tal edad no ha habido día que no haya una derrota. Por eso, ya casi ni puedo pasar las calles de París por los caminos claveteados: cuando me decido, ya el automóvil viene encima; mientras pensaba si ya era tiempo de comenzar a pasar, el automóvil se acercó...

Hacía tres días que no bebía café. Como no mejoraba, bebí ahora. Otra derrota. Otra derrota la castidad, pues en un año de ella no pude ver a Dios y oír sus órdenes. Nadie, ni Dios, me quiere por soldado. Nadie quiere emplearme en obras: soy un desocupado del espíritu, un chomeur de la inteligencia: voy ofreciendo a todos los ideales mi gran capacidad para desear ser bueno y héroe, y nadie me oye.

Juana de Arco fue aceptada y a los 19 años había coronado un rey y cumplido las voces. ¡Qué muchacha tan tremenda y qué bueno esa quemadura que fue su muerte!: fue su primera noche de amor; fue la posesión de Dios. ¡Qué gusto tan incomparable sentiría cuando la besaban las llamas!; ¿qué marido ha besado así a qué novia? Únicamente Dios sabe besar. Me quité el sombrero, para reverenciarla a lo lejos, a los seiscientos años, y vi que no tenía sombrero, pero que alrededor de mi cabeza había un aura en forma de sombrero, con las mismas torceduras de mis sombreros, y sentí que mi muela de oro se mostraba en mi sonrisa cobarde. Tengo 39 años y todo han sido cobardías; nada hecho con gracia, con ese gas que no pesa y que es el espíritu.

Por eso se ama tanto a quien vive lejos, porque no le vemos que es siempre el mismo, que huele a lo mismo, que camina, ríe, come y habla únicamente lo suyo, siempre lo suyo, como un martilleo que nos taladra.

Así son las ciudades y los países: a los dos meses se acaba la novedad, el olor es monótono, las gentes monótonas, todo es hábitos. Cada ser tiene un modo y sólo uno. Por eso es por lo que hablo mal de todo lo que conozco y mi disculpa es que hablo mal de mí mismo también, porque ¿quién puede cansarnos más que nuestro esqueleto?

* * *

Junio 15 — No acabé esta carta porque estoy loco. Mi alma es una úlcera. Por instantes parece que mi salud me volviera, pero las circunstancias de mi vida me hunden. Parezco un octogenario. El 27 salgo para allá, en el “Cordillera”, de la Hamburg American Line. Uno de mis deseos mayores —el mayor quizá— es verte. Tú eres un ser predilecto en mi corazón. Recibí tu boleta. La mía fue porque hace años que enloquezco, que me enloquecen con pequeñeces. Mi vida la frustraron. Farina hizo un verso inmortal:

“Soy un ser nulo y frustrado como el vientre de las vírgenes”.

Mi alma parecía un gran bulto, parecía una gran promesa y era hidrocefalia.

Hasta luego, pues. Los negocios no resultaron. Estamos locos todos y en este instante estoy ebrio de dos copitas de kalmidor... ¡Qué bella es la libertad! ¡Qué bella es la soledad! ¡Qué bello es lo que está lejos! Tenme tu amor allá en Colombia. Allá escribiré un librito para ti y lo editaré en dos ejemplares, uno para ti y otro para mí y quizás un tercero para vender por dos mil pesos, o lo que cueste la edición.

Fernando

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XXV

Envigado, agosto 12 de 1934

Querido Estanislao:

Ayer recibí tu carta del 11. Muchas gracias. Te diré que como paguen más pronto, así prefiero. ¡Pagarme sueldo en viaje, por venirme de las orillas del Mediterráneo! ¡Yo no soy venal, Estanislao!...

Sí, iré a Bogotá, a tu casa, a conocer a tu Margarita, apenas me pase una manía de ver fincas para comprarlas al fiado, haciéndome cargo de la hipoteca. ¿Comprendes que la serie de sueños, de hechos íntimos, de paladeos, que están encerrados en esas palabras subrayadas, son una reacción, una defensa instintiva? Moriría si no me transformara, si continuara siendo el hombre que tuvo que venirse de Marsella, dejando al Hermafrodita del Museo Nacional de Roma, a mademoiselle Tony, a la gatica “Salomé”, a Theanós, de Atenas, al mar múltiple, a todas las cosas, vírgenes aún...

¿Qué sucedió al llegar a Sabaneta, fracción de Envigado? Pues que los instintos son más rábulas que Jacinto Salazar; que mi instinto de tener finca raíz en este valle del Aburrá, creció, y habló y cubrió los gritos del remordimiento. ¡Qué bella y sutil la vida que en nosotros se manifiesta! ¡Qué sutil la voluntad de potencia, descubierta por Nietzsche! Si no fuera por ella, el remordimiento me mataría, el remordimiento de no haberme acostado con todas las cosas de Europa.

Todo el día me paso recorriendo a Envigado y hablando de comprar fincas. Toda la noche sueño con propiedades raíces, con los árboles, con los animales que voy a tener en las fincas.

Pero entiende bien: no me gustan mucho sino las que no venden, o las de precio imposible. ¿Qué significa esto? Penetremos hondo, Estanislao, pues nos hemos dedicado a la filosofía. Medita, medita bien, que respecto de las muchachas no me han gustado sino las que no se acuestan; que las atizo, las atizo, y apenas me dicen que sí, ya no me gustan. También me acuerdo que no me gustaban sino los juguetes que no podían comprarme, los imposibles. Entonces, ¿qué principio hay detrás de estos hechos?

Sencillamente que el placer lo causa la resistencia, la serie de resistencias que oponen los objetos a nuestra conquista, hasta llegar al sí. ¿Somos, entonces, unos guerreros?

¡Échame, pues, cosas duras, cosas que resistan, cosas difíciles, porque allí está la felicidad de los soldados!

Dime: ¿qué significa la paz, el amor a la paz, a la satisfacción? ¿Por qué pusieron en la puerta de la Universidad de Antioquia esa frase nauseabunda que dice: “El divino presente de la paz”?

En todo caso, insulté a Mussolini, porque lo amaba; amaba al Hermafrodita, porque era imposible traérmelo; ataqué a la muchacha, porque me resistía; huí, cuando dijo que sí; me hice echar de Marsella, porque ya estaba satisfecho; lloro por el Mediterráneo, porque ya me vine y ya me resiste, y ahora no me gustan sino las fincas que no me venden.

¿Qué haríamos, si no resistieran? ¿Cómo creceríamos, si no se nos opusieran? ¿Por qué se pudren los dientes del civilizado, si no porque no muerden cosas duras? ¿Por qué mueren los hijos de los ricos, si no porque no luchan con frío, calor, hambre y sed? ¿Por qué escribimos bellos libros, si no porque somos castos?

En todo caso, apenas no tengo con quién hablar de comprar fincas, me enfermo. Cuando voy a una y me dice Pedro Uribe: “Ésta no la venden; es de un rico”, siento la tensión del deseo pleno; me parece que es la única buena.

Soy técnico en hablar de “comprar fincas”, avalúos imaginarios de ellas e imaginarios embellecimientos. Sobre todo, en el asunto del baño y del acostadero al sol... De todo esto converso y converso con Jesusita, la hija de Luisito el telegrafista.

Hay un mundo de ciencias por explotar; ésta de “comprar fincas en Envigado” es la más deleitable, causadora de placeres sin cuento.

Medita en que esta experiencia que estoy haciendo refuta al comunismo. He comprobado que vivimos para apropiarnos las cosas; no precisamente para apropiárnoslas, sino para que digan sí, soy tuya; una vez que se nos entregan, es como si no existieran. Resulta que las cosas existen para que se nos opongan y las conquistemos, para que las venzamos.

El día en que penetre en la habituación del hombre el sentimiento de que no hay propiedad individual, la vida perderá su razón.

También hay otra ciencia y es “conversar de nombramientos” en Sabaneta. Allí está la clave para comprender a Colombia actual. Como no hay orden establecido, carrera administrativa, judicial, diplomática, y como no hay trabajadores especializados, agricultores, médicos, artistas, etc., la vida de los pueblos colombianos consiste en conjeturar los nombramientos. En ningún otro país existe este placer; es actividad nueva en la especie humana. Mira a esos hombres que están sentados en taburetes de vaqueta en la puerta del estanco de Aguadas, deleitados, gozando del sentimiento de vitalidad; ¿qué hacen, Estanislao? ¿Hablan, por ventura, de amores? ¿Conversan del cielo, del futuro, de agricultura o ganadería? No. Conversan de nombramientos, paladeada, sibaríticamente.

Y lo más difícil en esta ciencia, es conversar de nombramientos de alcaldes. Ciencia ésta que tiene muchos secretos, muchos matices, muchos modos y métodos. Prima en ella la intuición. ¿Crees tú que sea fácil tener en la mente el complejo de cualidades, de ruindades, y de prostituciones y habilidades que debe poseer el futuro alcalde liberal de Medellín, tenerlo en la mente, repito, y aplicarlo, encarnarlo, o sea, soltar en el estanco de Envigado, pausadamente, sin ofender la memoria de Pacho Díaz, el gran personero municipal: “¡Fulano! ¡Ahí me tienen el alcalde para Medellín...”?

¡El asunto del ferrocarril! ¡Eso sí es lo más difícil! El asunto del ferrocarril de Antioquia nos ha quitado a Jesusita, al Padre y a mí como siete horas.

Encontré a Colombia con muchos problemas nuevos: el de las leyes sociales, los cacorros de Bogotá, la industria naciente de las medias de seda, etc., pero ninguno como este del Ferrocarril de Antioquia, sobre todo desde que los liberales le quebraron a Manuel María Toro una clavícula en la Asamblea... Dime: ¿de qué modo convencer a Manuel María de que no le quebraron los liberales una clavícula?

Pues ahí está el secreto del problema del nombramiento del gobernador de Antioquia. Por mi parte, te diré que yo creo que el gobernador debe ser uno que sea amigo de Manuel María y amigo del Capitán. (El Capitán es un hijo que le nació al general Rafael Uribe); no puede ser don Juan, porque don Juan está preñado cuando no lo está su mujer, y no puede ser Libardo, porque Libardo lee un libro y no lo orina; tiene uremia de lo que lee. Es enfermedad bogotana.

Jesusita opina que el gobernador debe ser Berrío, porque la gente cree que su barriga es preñez de cosas buenas, y el cura dice que no ve al hombre...

Ambos están en el error, pues el hombre existe, Estanislao... Existe, y lo encontraremos en la puerta de la telegrafía de Sabaneta.

En todo caso, te mando un abrazo y lamento que no estés aquí para que compráramos finca en Sabaneta.

Fernando González

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XXVI

Sabaneta, 20 o 21 de agosto de 1934

Querido Estanislao:

No ha llegado la orden de pagarme el sueldo en viaje. Mira a ver si apuran.

No has contestado la carta en que te decía de mis actividades en Sabaneta. Ahora he progresado, pues ando de camisa blanca, ruana y alpargatas. La ruana es de las que se enroscan en las puntas, peludas, amigas de las campesinas. Sobre ellas fueron hechos los hijos ilegales. Hay otras, negras y lisas, que usan los mulatos impertinentes.

Para las alpargatas, me lavo los pies tres veces al día con naranja agria, siguiendo a don Octavio Ochoa, mi tío abuelo, que se distinguió por la blancura de los pies, por el amor a los caballos y por el celibato. Este mi tío abuelo amaba a los amigos mucho más que a los caballos, amaba piernas y brazos blancos, curvas disimuladas; amaba las raíces de los grandes árboles... Por ahí me he ido yendo para descubrir los orígenes de mi pasión por el Hermafrodita Dormido, así:

Las curvas disimuladas ocultan a Dios; son indicios. Dios es interesante porque es un secreto. Esencial a la belleza es que cada vez más, cada vez más..., como la aurora. ¿Comprendes ahora, Estanislao, por qué la mujer no es interesante en el reino de la belleza? La mujer no es estética porque sus formas no son discretas. A menos que se trate de mademoiselle Tony, de Marsella, que parecía un muchacho. Yo me estaba todo el día paseando por el consulado y repitiendo: “Esta Tony parece un muchacho, sobre todo cuando se pone el pijama rojo... ¡Esta Tony me está matando!...”. Las formas de la mujer, cuando no es una garçonne, como Tony, se dan inmediatamente a los sentidos, como la noche en los trópicos.

Entre Tony y mi tío Octavio, acompañado por el recuerdo de ambos, estoy escribiendo mi libro predilecto, llamado Mademoiselle Tony (9).

Ningún vestido de ninguna época tiene la sencillez de la ruana. Vestido así, paso mis mañanas bajo las ceibas de Envigado. ¡Qué ceibas! Sus raíces son llenas para el tacto. Ninguna nalga de ninguna joven o novilla tiene la llenura de las raíces de las ceibas envigadeñas...: hay una, creo que sembrada por el gran Rengifo, la que está cerca a la casa de Lino Uribe...: tiene una raíz que brota del tronco a unos tres metros de altura, emerge del tronco y se curva como nalga. Pones tú ahí la mano y la mano queda sa-tis-fe-cha...

¿Por qué no existe aquí el espíritu? ¿Por qué no se manifiesta Dios en la humanidad colombiana? ¿Por qué, si hay estos árboles tan llenos de su poder como las zarzas egipcias? Ninguna manifestación política, literaria, mística... Ningún poder de sacrificio que deje satisfecha a la mano de nosotros los parteros... Yo he puesto la mano en todas partes, he releído todo lo nuestro: “Papel Periódico Ilustrado”, “Antioquia Literaria”, “El Alarma”, “El Montañés”, “Alpha”, etc.; he metido los dedos, y todas son gravideces tubulares, gravideces simuladas... ¡Nada como la raíz de la ceiba de la esquina en donde está situada la casa de Lino Uribe! Este Lino Uribe es uno que se parece al general Ospina en todo, menos en el vidrio.

Dicen que nombrarán a X. X. para gobernador... No satisface a mi mano; no me llena; no me excita. No es hombre para hacer famosos nuestros árboles y nuestros vestidos, nuestros modos y nuestras maneras. Permanecerán en la oscuridad del carbonero, el yarumo, el sietecueros, el comino (ya no hay cominales en el Aburrá). X. X. sembrará almendros, traerá árboles y leyes sociales...

¿Dónde hay maestros por aquí? Y maestros deben ser los gobernadores; deben tener un alma tan bañadora del cuerpo, que excite como nalga de novilla; que acaricie tanto como las antenas de las hormigas a los pulgones. Así, nuestros niños echarían la lechita del espíritu, que es la que deben echar... X. X. es vano como los hongos tirapedos. ¿Su espíritu? Sí Estanislao, reconozco que todos esos gacetilleros de “El Tiempo” y todos esos gobernadores de “El Tiempo” están grávidos, pero como la mujer de Sabaneta, que la abrieron y era un quiste...

¡Claro que López no tiene casi a quién nombrar! A menos que nombre a la raíz de la ceiba.

¿Qué falta en Colombia, Estanislao? Yo lo sé. Tengo en mi poder ese secreto desde hace un año, así como mi tía Lila tuvo al diablo prisionero en una jofaina durante nueve meses, el tiempo de la preñez de mi madre... ¿Cuál es? Que toda belleza, bondad y poder nos vienen de Dios. En Colombia nadie, ni los hombres de la llave, tienen amistades con Dios. Colombia es país tímido, humanidad apaleada. Muy inteligentes, pero tienen miedo. Por eso la esterilidad. Los gobernadores piensan al acaso, sobre el libro que leen, como si fueran gente sin ombligo.

Nacemos marcados. El fierro con que Dios marca a sus hijos es el ombligo, ese pequeño nudo tan difícil de lavar; ese remate de la obra, que no han podido imitar los que fabrican el sombrero de Aguadas. En la gente vana, o sea, barrigona, que no tiene egoencia, el ombligo hace un gesto y desaparece en la panza, hongo grande, tirapedo.

Por el ombligo sabemos que fuimos hechos por nuestros padres, hasta Adán, cuyo cordón pendía directamente de Jehová. ¡Qué bello pendía Adán! ¡Pendía de la divinidad! Ninguno como aquel ombligo del paraíso. Por eso quise tanto a Tony: su boca era para mí una imagen del ombligo paradisíaco. En Colombia no hay ombligos. La vanidad se los hundió, gesticulantes y mugrientos, entre las grasas de las barrigas.

De ahí que para meditar, la mejor posición es mirarse el ombligo. Así recibimos inspiración de nuestro Padre; aprendemos que venimos, que somos hechura e individuos. Medita, Estanislao, en que detrás del ombligo está el gran simpático, que rige la vida vegetativa y el superconsciente, y dime: ¿podrán gobernar estos X. X. que tienen enterrados los ombligos entre las vanidades?

No, Estanislao, aquí carecen de las ideas madres; nadie sabe que lleva la marca de Dios; nadie respeta a sus antepasados; los niños carecen de alegría, no tienen para quién vestirse, no tienen nada a qué dar sus vidas...

Pero siento alegría al ver a López de Mesa en la educación nacional. Ese respeta mucho a Dios y ama las ideas como se las debe amar, como si fueran muchachas sonrientes, provocativas pero pudorosas. López de Mesa es un enamorado. Este gobierno está bueno porque nombró a López de Mesa para alegrar a los niños... Ya los veo...; por allá, por los campos, van los niños, inocentes, llevando los cinco sentidos que se van abriendo como cinco flores. Muy castos, inocentes, crecen, crecen los niños con gran capacidad de sacrificio. Y dentro de quince años tendremos gobernadores, no ladrones. A López de Mesa no le hace falta sino dejar un poco de sugestión europea, aumentar el orgullo. Orgullo es tener el ombligo saliente, como diamante montado en platino.

Aquí me quedo, en Sabaneta, mirándome la marca, “Made in Heavens”, por la abertura de la ruana.

Fernando González

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(9) El remordimiento — (Nota del Editor).

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XXVII

Sabaneta, fracción de Envigado, 29 de agosto de 1934

Querido Estanislao:

Recibí la tuya de anteayer con la reflexión de que las fincas de Sabaneta carecen de “la estética de la personalidad”, porque allá bregan por pensar y sólo logran hacer gestos los siguientes abogados: Miguel Moreno, el difunto Palau, mi tío Eladio, Juan Evangelista, hombre virgen, y Clodomiro, ese Clodomiro de Abejorral, que huele tan bueno, a semilla... Se te olvidó aquel joven rábula a quien yo canté:

Joven rábula de pelo lustroso y de mirada tímida, ¿a dónde me convidas?

Es el sobrino de Miguel, casado ya con la hermana de Gonzalo, la hija de Nicanor, sobrina de Carlosé, prima de Margarita, y, por consiguiente, primo político mío... ¡Se me olvidó el nombre! No me acuerdo sino de sus raíces, que se han metido en todo lo que hay de vital en Antioquia; no me acuerdo sino de su cabello en la parte de la nuca; su cabello de hace cuatro años, cuando era virgen, que deleitaba, que incitaba mi amor a la juventud.

¡El cabello juvenil, Estanislao! ¡No me hables de nada ahora! Me ha poseído la idea de cabello, pelo de los jóvenes en la nuca y en el monte de Venus... ¡Pelillo lustroso de la nuca, cuando no se han motilado!... ¡Eso es juventud! ¡Eso es lo que me tumba ahora! ¡Eso es lo que me hace llorar de alegría, de ansia, de asco por tener que irme de esta tierra tan linda! ¿No ves que la tierra está joven, que parece novillona que tiembla a causa del poder vital?

Has de saber que me vine de Europa porque ya todos los que veía eran menores que yo: ¡qué asco el que le tengo a la vejez! Soy un enamorado. Soy místico, porque para mí Dios es la juventud perfecta; Dios no se baña ni se corta el pelo: es la juventud. Por Sabaneta busco a Dios y ya me hace guiños y mi corazón se encabrita y ya me tumba... Vine de Europa a cultivar mi juventud, a recibirla de los carboneros de troncos retorcidos y de ramajes somníferos; a llamarla en las misteriosas cañadas de los Andes. Vine a acostarme sobre la yerba de mamelones y de llanuras, para que la energía vital circule por mi columna vertebral y por mis nervios. Vine a recibir de mi madre la tierra el tesoro de la juventud. ¡Ya todos eran menores que yo! ¡Todos los que iban al Consulado eran menores que yo!

López de Mesa, ese a quien nombraron Ministro de Educación, parece que tenga el temblor de la mano. Cuando habla de juventud, me parece que le tiembla todo lo que es terminal: signo de que es casto y poderoso. Antes, yo creía que era casto e impotente. ¡Quiera Dios que mi juicio de ahora sea verdad! Leí su proyecto acerca de educación y alegría aldeana y casi me tumba el corazón. ¿Estaré equivocado? Por ahora, dale, vete a darle un abrazo a ese hombre que comienza a tratar a las ideas con respeto que infunde pánico delicioso; trata a las ideas con el mismo respeto con que yo traté a la divina coja, aquélla que me enseñó el amor detrás de las tapias del cementerio de Envigado, cabe la tumba de Madre Dionisia, cerca a los restos de mis antepasados.

En el gobierno de ese bobo Alfonso López, la juventud es López de Mesa, o sea, todo, todo... Dime: ese Echandía, Ministro de Gobierno, ¿es el que hace frenos? ¿Quién es Aulí? ¿Quién puede ser el Soto del Corral? Los otros, ¿quiénes son y cuyos hijos son y qué han hecho? Parecen hijos de la nada.

Dile pues a López de Mesa que hasta hoy le han salido de la mente cosas sólidas que llenan el tacto. Dile que estoy estudiando todo lo que hace y que me brincan las entrañas. Que por hoy, le grito: los niños esperan de ti que les des ideal para ofrecer la juventud, para no darle sus energías a la ensoñación. Esperan de ti sombreros y camisas símbolos, porque en la tierra todo quiere vestirse, representar; la tierra es teatro de la juventud guerrera.

Piensa, Estanislao: ¡qué pelo el que tendrán en la nuca y en los vientres los futuros jóvenes hijos de nosotros! Si López de Mesa no es soñador, como los caballos capados, ¡lástima no ser griego!... Pero no, porque las muchachas tendrán unas caderas que diremos: encabritan el tacto y nos tumban.

No existirá la sucia sensualidad que abunda en Suramérica, esa del correr desesperado, esa que ensucia al cuerpo humano; será sensualidad primaveral, de todo el ambiente; será el canto de la vida, zumbar como de colmenas.

Dile a López que traje cinco niños y que siempre lloro al pensar que puedan pervertirlos, como lo hizo conmigo el Mono de Marceliano, en la esquina de la casa de don Diego Uribe, a una cuadra de la plaza de Envigado, una mañana en que me enseñó el arte suramericano de poseer a distancia todas las cosas de la vida, a Fernanda, a María Lucía y una prima nalgona que fue mi tormento... Desde entonces mi tacto se pervirtió; aprendió a encontrar la resistencia, causa del placer, en los sueños y no en los frutos delimitados, turgentes, concretos de la tierra. Desde entonces fui proclive a ideas generales... ¡Dios le haya perdonado al Mono de Marceliano! Me da risa pensar que este Mono fue el maestro de todos los que han gobernado por aquí, menos de Bolívar, pues a éste lo crió aquel Simón Rodríguez que olía a semilla, a polen, a yaraguá cuando lo pisan las novillas.

Hoy, ya tengo esperanza, alguna esperanza de que mis hijos, que tanto he cuidado, podrán conservar el poder juvenil.

Si no hay desilusión, diremos: López de Mesa era un enamorado. El único, porque yo soy apenas aficionado al cabello que nace en la nuca de todas las juventudes. La divina coja... etc.

Pasemos a lo práctico, que es que no me pagaron sino el 75 por ciento del sueldo en viaje y debe ser el 100 por ciento, pues así reza el decretico de Olayita, a quien ya olvidé... No dejes de averiguar eso. Dile a Alfonso López que me pague, que no beba con mi plata. En todo caso, ya recibí $262.50, los cuales serán íntegramente para las muchachas campesinas, esas vírgenes que se parecen tanto a las ideas que encontramos por la mañana, en los remansos de las quebradas andinas, entre las ocho y las diez...

En Sabaneta, Estanislao, por entre las cañadas de la Doctora, bajo los carboneros somníferos, la carne mía, cuarentona, resurge. La carne me sonríe y se me confunde con el espíritu. No hay antinomia; existe, cuando estamos enfermos, viejos, pues entonces creamos un mundo nuevo, para engañarnos. La carne, Estanislao, es el espíritu; son los instintos los que luchan, bregan, vencen, mueren y renacen, y son ellos los que, pervertidos y flacos, crean las ideas generales, el mundo mejor que este de la tierra en donde tiemblan las espigas del yaraguá.

Vine de Roma a atisbar a las muchachas americanas, con un sentido nuevo que me nació por haber tocado, por haber puesto mis manos abiertas, las yemas de mis diez dedos, sobre las formas de mármol que nos legaron los helenos. Ya comienza a sonreírme el amor en las cañadas en donde las muchachas lavan. Ayer me senté a contemplar a dos, tan pletóricas, tan maliciosas, que tuve que decirle al Señor: “No me sonrías así, que estás haciendo cosquillas; no te rebullas así, Señor, en sus caderas, que me estás dando comezón y estoy desfallecido...”.

Nada igual a las muchachas de Envigado, en Sabaneta, lugar en donde mi pariente, el Capitán Juan Vélez de Rivero, sembró el primer cañamelar, y las cañas eran tan bellas, tan pecosas, que parecían verdades nuevas o muchachas púberas. Mordían el Capitán y sus hijas de esas cañas, y la miel chorreaba de sus labios.

¿Cómo fue que Dios hizo a las muchachas de catorce años y medio, que lavan en las cañadas y a quienes voy a dar mi sueldo en viaje? Fue en Envigado, que era el Paraíso, pues hay dos ríos, el Aburrá y la Ayurá. Allí, hace cincuenta y dos mil años, Jehová hizo a Eva de catorce años y medio, y le quedaron untadas las manos, y se las llevó a las narices, hizo un gesto raro de deleite y exclamó: “Huele no más que a bueno”. Ahí, en tal instante de tal frase, apareció la primera idea general: lo bueno en sí. El blanco toro orejinegro asistió a la olida, y por eso él también huele, levanta el testuz y hace el divino gesto.

Desde entonces van unidos amor y olor; olemos todo lo que amamos, y dime: ¿te palpitan aún las aletas de la nariz? Pues eres un joven enamorado...

Pero ¿cómo fue esta ocurrencia?: paseaba Jehová por la finca de Pacho Pareja, la que domina todo el valle, aquella que tiene casita de paja con dos cipreses laterales; la finca que más me gusta para comprar al fiado. (Dile a Alfonso López que me regale veinte mil pesos que piden, haciéndome yo cargo de la hipoteca)... Paseaba por allí, descalzo, impertinente y lleno de vitalidad, Jehová. Atisbaba... y nada veía; faltaba qué atisbar; faltaba lo que hace aletear las narices. Comprendió Jehová que tal era la causa de que Adán viviera dormido, sin bríos, abobado... Y allí fue, bajo un aguacate que estaba en el punto en donde edificó su casa el judío Bedout, en donde le vino la noción de muchacha. E hizo a Eva, de catorce años y medio, amante y palpitante, con los deseos en su cúspide, lo cual expresó ella en las primeras palabras que dijo, al desperezarse, al estirar el cuerpo para que circulara por la columna vertebral el fluido nervioso, a saber: “Me estoy muriendo de dicha”.

Acabada la obra, Dios se llevó instintivamente las manos a las narices e hizo el gesto divino: olía a nalga.

Adán estaba perdido; Adán viviría ya inquieto, atisbando, insomne, buscando, buscando la verdad y creyendo que Eva la tenía escondida en alguna parte. Jehová se retiró, descalzo, con andar impertinente, a un bosquecillo de pomos que había en donde hoy está el mango, para atisbar, y allí se estuvo como cuatro horas, sonriendo, hablando solo, feliz. Fue que Eva se desperezó, primero, y luego se le fue yendo a Adán y comenzó a despertarlo para contarle no sabía qué, pues todo sentimiento desea manifestarse, y se hizo por detrás y le colocó las manos en los ojos, tapándoselos, y le dijo: “¡Adivina quién soy...!”. Siguieron molestándose inocentemente, porque sí, sin saber nada... Jehová estornudó cuando Adán la agarró por los pechos, con las manos abiertas en forma de vasija, y dijo: “¡Manzanas!”. De ahí viene la leyenda del árbol.

Por Envigado anda Dios con las manos untadas aún. En París, Bogotá y Medellín, ya Pilatos se lavó las manos y perdió la noción del amor.

Busquemos lo prieto, voluntad dura, ideas claras, almas firmes. Hay en Colombia un pueblo campesino capaz de manifestarse en nuevos mitos agradables como la granadilla y las guayabas.

Hay huelguitas de zapateros, hay Gaitanes, hay tres comunistas, jóvenes mancos, hay míster Rublis y hay un poeta que publicó ayer en “La Defensa” unos versos que dicen:

“Requerido el Musageta por la loa sin par para Lucía, rompió sus ánforas”.

¿Qué importa? En Colombia está Envigado... Los poetas bogotanos son a causa del anquilostoma y el alcohol. El Presidente es un espermatozoo paludoso. ¿No ves que es de Honda?

Me preguntas cómo me parece este Ángel que nombraron para gobernador de Antioquia. No lo conozco. ¿Cuyo hijo es? Por aquí no me sa-tis-fa-cen sino las muchachas. Hombres no he visto. Este Ángel no servirá. ¿Qué cosas buenas hemos tenido sino de Envigado o de Abejorral? Santo Domingo nos dio a Carrasquilla, pero también a los Olanos y Morenos. Me hubiera gustado para gobernador Uribe Echeverri o Echeverri Duque, que tienen el pecho como lleno de cosas. Por lo menos, cuando fueran a posesionarse, se sabría que eran ellos los que iban. Con Ángel, con el peón éste, Manuel María no va a poder olvidar que fueron los liberales los que en la Asamblea le rompieron la clavícula.

Naturalmente que mi candidato de siempre eres tú... ¡Si no te parecieras tanto a Santander, a ratos! Nadie que tenga tu capacidad de impertinencia y tu limpieza estética. Tienes la herencia aristocrática de aquel cabezón Ferrer, tu abuelo, que parecía una cabeza encabada, y tienes la inteligencia de Zuleta, el Notario. Siempre he sentido debilidad por los Zuletas, siempre impertinentes, siempre simuladamente grávidos, con el aspecto de quienes están en los secretos del Estado. ¡Mentiras!, pero son agradables... ¿Qué hay de tu tío, ese de Maracay, y que casi te iguala en capacidad para el bien y que hubiera sido consejero del Mayor Santander? Y de tu primo, aquél cuya oratoria me gustaba tanto, porque era como si hubiera sido el mozo de siempre de la verdad desnuda, ¿qué hubo?

Y sobre todo, Estanislao, tu abuelo Ferrer fue el que introdujo a Medellín y a la jurisprudencia, al gran Don Mirócletes, libertándolo del paludismo que se lo estaba comiendo en la trastienda de una cantina de “Sucre”. ¿Qué sería de los abogados de aquí sin aquel incomprendido Mirócletes, de cuya boca redonda salía la verdad judicial? ¡Ah puta que es la vida, haberse muerto Don Mirócletes! Si él no hubiese existido, ¿de quién habría aprendido Miguel a gozar del liberalismo y del conservatismo, a coger dos hijuelas y el cielo por añadidura? ¡A fuerza de rábula se hizo santo...! ¡Si lo vieras cómo camina!: el pecho sacado, la mirada lejana, la trompa ofensiva... ¡Haberse muerto Mirócletes y quedarse vivo Morita, el que le escribe las boletas al general Berrío! A propósito, ¿sabes si Mirócletes tuvo casa de campo y en dónde, para ir y comprar una por allá, al fiado y no pagarla?

Te abraza,

Fernando

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XXVIII

Envigado, septiembre 1º de 1934

Querido Estanislao:

Cuando te iba a contar de política, recibí la noticia de que no me pusieron en las ternas para magistrados de la Corte. Tengo un traumatismo psíquico... ¡Qué lástima!, pues te iba a tratar de Germán Medina y del General Berrío, de Laureano y de los otros oradores.

Pusieron en las ternas a tu primo Zuleta. Eso me consuela, porque él tiene la boca redonda que parece la verdad judicial.

Me consuelo también pensando en Jacinto Salazar. Lo encontré desdentado, pero risueño. Medito en él, en Toto González, en el malogrado Zacarías Cock, en ti y en mí. Jacinto iba a ser mi secretario en la Corte Suprema. También iría su barragana, pues Jacinto tiene la inteligencia en la moza. Saberse rodear es el gran secreto. Pero ya cuando me nombren seremos muy viejos y Jacinto habrá perdido la barragana. ¡Qué errores los de Alfonso López! Yo también envejezco y pierdo rápidamente la inteligencia jurídica. Colombia es ingrata, Estanislao. Por consiguiente, te contaré de Medina.

¿Cuándo iba a imaginar que don Heliodoro, el viejito mínimo e inquieto a quien redacté el testamento, y le cobré cincuenta pesos y se enfureció, había echado el espermatozoo, el pequeño espermatozoo que iba a resolver el problema del Ferrocarril de Antioquia...?

Recuerda bien; recuerda que don Heliodoro tuvo encerrado a Germán, durante algún tiempo, en la Casa de Menores de Fontidueño y que de allí salió corregido y fue mi condiscípulo: escuchamos a Ossa, el de las pruebas judiciales, muerto por la patada de una vaca en las glándulas, en Marinilla. Oímos a Palau, en cuyos hermosos bigotes se enredaban el humo y los secretos del denuncio de obra vieja. Oímos a Juan Evangelista Martínez, hombre virgen y reservado que tampoco figura en las ternas... Luego, Germán se aficionó a las medias de seda y gastaba el dinero con los amigos... Anteayer me telefoneó para decirme que me traía de Bogotá recuerdos tuyos y que saliéramos a montar en automóvil... Yo no fui, y lo nombraron secretario de gobierno. ¡Qué mala es la vida, que no sabe uno a quién van a nombrar!

Analicemos: Germán acaba de hacer una declaración acerca de su programa: mejorar la casa de menores, y trabajar por la pureza del sufragio y hacer calzar al pueblo. ¿Ves tú cómo se elaboran las ideas y los programas? Ahí tienes un indicio del horno vital en que se elaboran los destinos de la vida. Germán está dirigido por instintos de casa de menores y escuela de trabajo. De allí son los términos pureza, mejorar, corregir, etc. Y eso de calzar procede también de allí. Pero cuando dice pureza, me acuerdo de su hermano Lolo. Es mi defecto, que las cosas me hacen acordar de otras que nada tienen que ver en el asunto. Por ejemplo, el General Berrío me hace acordar de Julia, la cual murió (¿lo sabías?) en las faldas de la montaña para subir a Aguadas; su novio se casó con la hermana menor de Julia y ésta murió virgen.

Ella, mi Julia del Viaje a pie, habrá de ampararme. Ella fue la que no dejó que me pusieran en las ternas; ella me ordena continuar caminando y cantando a la juventud.

¿De Laureano Gómez?... Ese es el representativo de los colombianos; así son y fueron, menos Marañas y yo. De Laureano te diré en otra carta, apenas compre un condón.

El General Berrío es el Sombrerón. Cada rato viene y dice: “Vine a ayudar a los amigos en los problemas del conservatismo”. Y corre de nuevo para Santa Rosa, porque le principia una meningitis en la barriga.

Tuyo,

Fernando

P. S. - Ahora me voy para la finca de Saldarriaga, con Aquiles. Este no piensa sino en el problema jurídico de los hijos naturales y parpadea... ¡Qué hijos naturales va a tener Aquiles! Sucede que uno piensa y habla de aquello que no tiene. El que habla de pureza es impuro y el que estudia el problema jurídico de los hijos naturales, es porque no puede tenerlos sino con palabra de matrimonio. No es de la abundancia del corazón de lo que habla la lengua sino de la abundancia del deseo. Hablamos y pensamos en aquello de que carecemos. En Colombia no ha habido sino un hijo natural, el señor Suárez. Ser hijo natural no es cosa fácil; es necesario un padre potente, lleno de alegría vital; una madre plena, en adoración ante el sol, en cañada de ese insuperable pueblecito llamado Bello. Colombia no alcanza sino a hijos legítimos, a hijos de la cobardía.

Te contaré que quizás me vaya para el Ecuador, pues me llama el presidente Velasco Ibarra, así como llamaban a Leonardo. Por allá escribiré la biografía de Julia, y allá quedará, como la Gioconda en Francia. Me llevaré a don Benjamín, pues don Benjamín es inmortal y no quiero dejárselos; lo tienen de secretario de don Víctor Vélez, juez de Itagüí. ¿Has visto? ¡En Itagüí! Entonces ¿qué es la inmortalidad? No existe la inmortalidad, Estanislao. Crear mitos, pasar mi juventud creando mitos para que los arrojen a Itagüí. Yo dejé a don Benjamín muy recomendado a Aquiles y éste lo abandonó. ¡Un ex-jesuita! ¡Un ex-jesuita que hizo el Viaje a pie, que montó el caballo de Abejorral, que se hirió en el calcañar y que filosofaba bajo los yarumos blancos del Alto de las Alegrías...! ¡Me voy!

Me fastidia esa algarabía que tienen en el congreso contra Olayita. Ya lo olvidé. Los colombianos no se acuerdan de los gobernantes malos sino cuando ya son muertos. Matan muertos. ¿Quién le aprieta hoy las tetas a Alfonso López? En 1938... ¡Cobardes! ¡Gente incapaz de hijos naturales! ¡Hijos de la sombra, hijos de sacerdotes!

Recibe un abrazo,

Fernando

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XXIX

Envigado, septiembre 3 de 1934

Querido Estanislao:

Ayer estuve en las casas de Saldarriaga y de Aquiles, en El Ancón, conversando de nombramientos. De la casa de Saldarriaga subimos a pie, por las mangas, a la plaza de La Estrella, a sentarnos en la tienda de Antonio Abad.

Se trata, pues, del Valle del Aburrá. Allá, al sur, está el ancón de Aquiles, cortada bellísima que hace el río; pasa el agua por entre dos mamelones mejores que dos pechos. Al norte está el otro ancón, entre Copacabana y Girardota, más áspero. Aquél, propio para el reposo, para almas cansadas; éste, incitador, para guerreros. Tiene el valle unos sesenta kilómetros de largo; sesenta kilómetros de meandros, tan supremos, que son pruebas evidentes de que El Paraíso fue en Envigado, en la finca de Pacho Pareja. La anchura varía mucho; tres, siete, diez, quince kilómetros; varía, porque las altas montañas laterales echan hacia el río sus estribaciones múltiples, y unas son más atrevidas que las otras. Por entre ellas bajan las quebradas, los torrentes, los amagamientos, todas las formas del agua. Métete por allí y encuentras secretos rincones múltiples, ya para tender la ruana y pecar con la muchacha que mira para la bóveda celeste como si buscara las estrellas; ya para sentir y meditar en la energía terrestre; o para escribir acerca de los problemas de la conciencia. ¿Qué se te ocurre? Pues por allí está el lugar propio para ello...

En ninguna parte de la tierra hay los matices del verde que tienen este valle, sus montañas y estribaciones laterales. Por eso, aquí es el sitio de la esperanza.

Como las plantas son de color verde, y como la savia empuja y se reviste de hojas al mismo tiempo que nacen los impulsos vitales en el organismo animal (primavera, acercarse del sol), el hombre reunió los conceptos de verde y de esperanza...

El amarillo está unido a muerte, porque amarillas son las hojas y todas las cosas que se extinguen. Azul y espíritu están unidos a causa de que, cansados, renegamos de nuestra madre tierra y creamos otro mundo mejor, que no cambia de hojas, en donde no hay nacimiento ni muerte, donde no van creciendo y llenando sus curvas muchachas y novillas, y ese mundo lo colocamos arriba, allí donde levanta los ojos el cansado, y la bóveda celeste es azul. Todo esto son creaciones nuestras, necesidades psíquicas. ¡Creador por excelencia es el hombre!

Observa que al envejecer, cuando los instintos vitales disminuyen, el hombre siente remordimiento de haber vivido. Decimos entonces que se espiritualiza.

También el negro está unido a muerte, porque los frutos al madurar se hacen morados, tienden a lo negro.

En todo caso, para conocer a Antioquia hay que ver a Aquiles yendo a pie por las mangas, conversando de nombramientos, o sea, de política, sobre todo desde que a su tío José Joaquín no lo pusieron en las ternas. Vamos con Aquiles, a pie, para La Estrella, extendida en la falda occidental, como novia que espera a su amante, es decir, al sol, poderoso rey que sale por Las Palmas.

Aquiles es un engendro judicial. Alfonso, su padre, le dio el morfismo; lo hizo una noche, al comenzar de una noche, hace cuarenta años; una noche en que volvió cansado de una inspección ocular en un juicio de deslinde y amojonamiento. El abogado contrario era Sinsonte; habían discutido acaloradamente acerca de cuál era un amagamiento que se dirigía de sur a norte; bebieron aguardiente, y luego les sirvió el almuerzo (gallina muy gorda en caldo) una morena hija del cliente de Alfonso. Tendría diez y nueve años esa muchacha, y Alfonso estaba pletórico al volver a casa e hizo a Aquiles. Resultó un inciso encarnado. Encarnó en él el inciso de un artículo oscuro del juicio de deslinde. ¡Aquiles sí es un hombre! Porque piensa tú, Estanislao, que aquí engendran sin ganas, y así, casi todo lo heredan de las madres y del ambiente, resultando seres de fuerzas que se anulan; carecen de la hermosura de los poderes elementales; tienen remordimiento, tienen vergüenza, miedo a los actos; la mamá va detrás, criticándoles. Indudablemente que para ser hombre poderoso en la vida, hombre poseído, es necesario que el espermatozoo haya salido impetuosamente, afirmativamente, debido a incitaciones múltiples, rodeado de imágenes terrenas, precedido y acompañado por cantos a la vida, himnos triunfales: una discusión, una busca de amagamiento, aire puro, ejercicio físico, dificultades vencidas, gallina gorda en caldo, servida por muchacha morena, poderosísima, prietísima virgen del valle del Aburrá. Así es, Estanislao, como se engendra; lo demás son satisfacciones vulgares de la carne, y, por eso, el hijo tiene que buscar en la madre, en el ambiente, en todas partes, su pobre herencia.

Aquí está el problema, el problema de que depende la grandeza de los pueblos y el futuro de la humanidad. Dime, ¿por qué los hijos naturales son casi siempre hombres interesantes, por qué hay tantos genios allí? ¿Por qué Leonardo y por qué Marco Fidel Suárez resultaron así, tan poderosos? Porque los dos padres, el de Vinci y el hombre de Bello, estaban pletóricos. Hacía muchos días que atisbaban a sus muchachas, en el lavadero; muchachas del aire puro, habitantes del aire y del agua. Allá las veo, en los amagamientos, con las faldas alzadas y recogidas entre las piernas que son burla para los troncos de los árboles; los pechos, frutos del árbol de los árboles, penden y tiemblan, porque ellas están agachadas, lavando. ¡Qué difíciles! No poseen la irritación artificial del sexo que es patrimonio de la gente ciudadana; se entregarán, cuando aire, sol, agua, fuerza interna, las doblegue, las acueste en esa posición de la vida que implora el eterno retorno. No pecan. Pecan el hombre y la mujer que engendran un hijo por hábito, por vicio; esos que esperan una bendición y no la caricia solar; los que cohabitan el día señalado por las convenciones, luego de beber, bailar y no dormir, agotados.

Así, pues, Aquiles, a pesar de ser hijo legítimo, tuvo en su advenimiento todos los estímulos de la energía. Alfonso era volcán de pasión jurídica. Honrado y enamorado de las leyes. Creía en la verdad y en que ella estaba siempre en su oficina. Los otros, los Morenos, dudan, no son creadores, llaman verdad a la mentira que defienden. Aquiles es hoy una cabellera negrísima y crespa sobre frente mediana que está sobre ojos enredados, doctorales y enfáticos, que parpadean como alas de mariposa cuando copula; es como si Aquiles estuviera copulando con un expediente... Parpadeo celeste que indica que Aquiles está celularmente empapado de la verdad. Está convencido que de ese coito suyo con el expediente va a nacer la verdad desnuda, con pelo negro también, frente marfilina y ojos... ¡no sé cómo serán los ojos!, pero es parpadeo que subraya a la exposición jurídica.

¡Qué bueno tener un hijo así —hombre o libro— que fuera una fuerza simple encarnada o empastada!

Las manos sarmentosas de Aquiles se mueven, van a los anteojos, suben y bajan; mueve los hombros; las mandíbulas se mueven... ¡Esto sí es orador! Tartamudea, se rebulle todo, parpadea... Así es como se da a luz cuando el hijo es cabezón y sano, cuando la verdad o el muchacho no caben por los orificios de la materia organizada. Mientras que Laureano y Ramírez Moreno, Silvio y los otros Lozanos parece que estuvieran orinando. ¡Cómo hablan de fácil en ese congreso de allá! ¿Ignoran que, por ejemplo, cuando Jehová se aparecía a los profetas, había ruidos, truenos, huracán, etc.? Cuando viene la verdad a las mesas trípodes, a los helechales, a los montes o a los cerebros, la materia hace ruido como de bisagras oxidadas, y es porque la verdad tiene horror a las vasijas.

Míralo por la manga, delante de mí: cegatón...; comprendes que fue hecho para estar sentado en el taburete de la Corte Suprema. Le digo: “Las ternas...”. Gira; se detiene y gira con el brazo levantado, el más bello de los dómines; comienza a parpadear; saborea dientes y lengua...; está dis-cri-mi-nan-do...; es como si escucháramos la sentencia en el juicio de deslinde entre la verdad desnuda y sus calzones.

Aquí no saben lo que tienen. Ignoran, por ejemplo, o quieren ignorar, que tuvieron al primero que voló sobre nuestros fundos y amagamientos, el que trajo la primera máquina voladora, y voló con su padre don Florentino, y al aterrizar se hizo mutilado glorioso en unos alambres, y en vez de poner Campo de Aterrizaje Pacho González y a su avión en el centro, con el busto de don Florentino, que fue el que pagaba los gastos de su hijo Pacho, lo pusieron Olaya Herrera y al avión de Pacho se lo comió el moho en las playas del Aburrá... ¡Aquí no saben apreciar a los hombres!

Pero ¡durante el almuerzo! Considéralo sentado en la mesa de Saldarriaga y comprenderás que nació para vivir en busca del amagamiento que no pudo encontrar Alfonso, y no para comer pescado fresco traído por aviones alemanes. La verdad vive en el cielo y no come. Me da tristeza de López y de Echandía, que no comprenden, que no pudieron intuir, al formar las ternas, que es Aquiles el que vive en El Ancón con la verdad judicial. Clodomiro es apenas un pequeño amancebado, y Moreno Jaramillo apenas sí ha logrado tener en sus manos dos hijuelas, pero con palabra de matrimonio; ahora tiene el cielo en sus manos, pero con palabra de matrimonio: ¡se hizo conservador, para ir al cielo! Aquí suceden cosas muy raras. Abadía y Pacho Pérez saben apenas que en Santarrosa, en Río Grande, entre una cañada, habita el sombrerón (10). Eliseo Arango sabe de comprar calzoncillos de red en Curazao, para que Olayita lo vea y toque y diga: “¡Qué hombre tan macho soy yo!”.

El magistrado es Aquiles y nada será Colombia mientras manden los que no intuyen a los hombres por su morfismo, los que ignoran las cosas de la especialización. ¡Qué frutos difíciles un abogado o un juez! Especialización celular. Hay que haber tenido abuelos, padres, tíos, que hayan montado los caballitos en que se va a las inspecciones oculares; que hayan recorrido las vertientes andinas en busca de la justicia, o sea, “de la mata de guadua que existió al borde de un barranco”.

Decididamente que esas ternas para la Corte parecen hechas por un club de jugadores en quiebra. Parece que éste será el gobierno de los invertidos de Bogotá, los que se enriquecen en la bolsa. Aquí lo que llaman revolución es un salto en lo desconocido. Aquí ninguno está libre de ganar la lotería o de ser nombrado magistrado o presidente. Aquí nuestras vidas transcurren sin lógica. El que trabaja, muere miserable; el vagamundo vive en la opulencia; nuevos Libertadores resultan los contrabandistas. ¡Si hasta X. X. resultó con la mujer en cinta...! Aquí los espermatozoos colean al azar. Suárez resultó ladrón y Laureano moralista; Carlosé, hombre malo y Alfonso López, ejemplar...

Y no me hables de esos héroes que insultan a Olaya después de que ya regaló todo a cambio de conversadas en inglés; que insultaron a Reyes, cuando ya se fue. Aquí matan a los muertos. Porque has de saber que Olayita es inocente... Dile a ese yerno de don Dionisio Arango, a ese Jiménez López, que no se empeñe en hacer de tal piernipeludo un Nerón; dile que ese no ha matado a nadie. ¡Virgen santa! Se comió a las juventudes conservadores, que ya estaban más perdidas que Alcibíades, putísimas. Dile que la estatua de Olaya me la dejen a mí, que se la voy a encargar a Misael Osorio, el que hizo el San Juan Evangelista de Envigado, y le quedó tan lindo...

Dale un abrazo a toda Bogotá,

Fernando

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(10) Pedro José Berrío.

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XXX

Envigado, septiembre 10 de 1934

Querido Estanislao:

Tus dos últimas cartas me consolaron en una profunda depresión que me estaba matando. “Animal triste”, “animal triste”... Repetía esas dos palabras. En el fondo de la tristeza sólo encontraba como causa el tener que vivir aún entre el pueblo. ¡Yo tengo aún que trabajar, Estanislao! ¡Tengo aún que tratar con el pueblo! Mi alma cuarentona me pide a gritos una soledad, ese silencio en que nos tocamos con los amigos. Entiendo por amigos aquéllos con quienes no tenemos negocios sino secretos. ¡Cuán asqueroso el pueblo de todos los países: gente, huelgas, sociología!

Se trata, pues, de contarte mis tentaciones, mis debilidades, mis resistencias. El hecho es que aún soy pobre, que tengo hijos y que eso me urge para que entre a vivir la vida colombiana: conversar con Eliseo Arango, Silvio Villegas, Laureano Gómez, Alfonso López, Olaya Herrera, acerca de liberalismo y conservatismo; escribir a los conocidos, para que me pongan en las ternas. Es preciso convivir con el robo y las pasiones ruines. Es necesario leer “El Tiempo”, ser amigo de Santicos. El otro hecho, el que domina, es gran amor por la vida, por la plenitud. Este instinto no me deja obedecer al otro, que me tienta, que me hace cometer a veces actos indignos: por ejemplo, le escribí a Eduardo Vallejo, para que le dijera a López que me pusiera en las ternas para la Corte, y hace días que tengo una vergüenza más grande que la de Eva cuando comió la manzana.

Por consiguiente, ando por aquí en busca de individuos para portero, vidente y cocinero en el monasterio que voy a fundar en la finca de Pacho Pareja, en donde hicieron a Eva. No encuentro sino a don Benjamín, pero que ahora está enamorado impetuosamente de la hija de uno de Itagüí. El viejo suegro le dice: “Camine, don Benjamín, vamos a pie a Guayabal, para que recuerde las andanzas con el doctor González... Vamos a visitar al canceroso... Ha de saber, don Benjamín, que el doctor González es de aquí; mire la casa de sus abuelos, en la esquina noroeste... ¡Es una gloria nuestra!”.

Así, pues, Estanislao, mi gloria comienza: Envigado e Itagüí luchan para ver en dónde quedará mi busto, si bajo la umbrosa ceiba o bajo un degenerado eucalipto... Yo no sé decidirme; la amistad y la gratitud me cohíben; ya no puedo acordarme dónde fue que nací... Pero cuando yo muera, diles que me pongan en el lindero, que desde allí veré pasar a las muchachas que van a nacer de los amores de don Benjamín. ¡Ay, Estanislao! Yo esperaba que don Benjamín fuera estéril y eterno, siempre montado en el caballo de Abejorral y siempre herido en el calcañar, y resulta que envejece y... que va a tener muchachas de catorce años y medio. ¡Caramba! ¡Tráiganme ya el busto, esa piedra indiferente a los fenómenos; ternas, liberalismo, amigos que dejan caer los dientes, gente gomosa!

¿Entiendes tú estas cosas a que está sujeta la especie humana? Yo tengo una hernia, don Benjamín, enamorado, y Abraham, demente y de conferencista... ¡Qué cansado me siento de reaccionar, Estanislao!

Fui a la segunda conferencia de Abraham, en la plazuela San Roque. Estudiantes y tenderos se burlan de él y lo sacan en triunfo a empujones. ¡Sostiene Abraham que es preciso dar dinero en mutuo, sin interés!

No me agrada la vida, sujeta a la degeneración. Todos los personajes de mis libros están desdentados, enamorados, dementes... ¡Si fuéramos en progreso, en línea recta a la plenitud! Pero la sinergia orgánica es inestable y mientras más complicado el animal, más frágil. La carne organizada está sujeta en el hombre a locura y sufrimientos, vejez y fealdad, mucho más aparentemente que en los otros animales.

Cuando llegué a la conferencia, comenzaron a mirarme y a sonreírme, haciéndose los cómplices... Me señalaban. ¡Pueblos inmundos que no saben respetar a los Abrahames! Eternamente serán esclavos estos que pretenden hacer burla de los que sufrimos. Los pueblos son igualmente inanimados y crueles en todas partes. Este de Medellín cree que quise burlarme de Abraham en “Don Mirócletes”, cuando la verdad es que yo perseguía a Dios, al observar sus jaleos con la felicidad, con el mutuo a interés...

Me cuentas que Pacho Pérez trabaja contigo, y eso me impide escribirte acerca de Laureano y de muchas otras cosas feas. Pacho es mi amigo, el único que tengo en Don Matías, población risueña en las faldas del Alto de Matazano, en donde hay un hotelito de balcón con una muchacha que me servía el almuerzo y no me dejaba comer... Ya debe estar vieja y nalgona, así como Pacho. Todo, hasta Pacho, está sujeto a degeneración. Es mi amigo, y así no puedo escribirte, pues no somos libres sino en medio de los enemigos. Por eso no quise ir al Ecuador y por eso me cohíbe Margarita: ellos, Margarita y Velasco Ibarra se aman a sí mismos en mí y temo desilusionarlos... ¡Nada como los enemigos para incitarnos a la lucha, a la libertad, para incitarnos al pensamiento! Por eso, Pacho no debería trabajar contigo.

Te abraza,

Fernando

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XXXI

Envigado, septiembre 13 de 1934

Querido Estanislao:

Te escribo en la cama. Desde que llegué a Colombia no digiero. Primero fue a causa de los Santos y de Olayita; luego, de Laureano y de López, y ahora se trata de Tomás de Aquino Moreno. ¡Qué nombre para hacer una carrera en el congreso colombiano! La enfermedad de ahora es porque yo no me llamo así; con ese nombre, yo triunfaría, estaría ahora de ministro en Chile. ¿No ves que allá está Vargas Nariño?

¿Cómo fueron los de Aquino al Chocó? ¿Cómo se fue de ministro Vargas Nariño? ¿Cómo resultó Alfonso López de presidente? Lo cierto del caso es que en Colombia hay una causalidad desconocida, una enfermedad oscura que ataca a los aguacates y a los hombres.

¿Qué opinas de la siguiente hipótesis?: que estas repúblicas, desde el Perú hasta Venezuela, están pagando el parricidio; piensa que nosotros nombramos presidentes a tres parricidas y a un hijo de parricida: Obando, Hilario López, etc.

El problema que me pones en tu carta: ¿Hubo y hay hombres aquí?

1° — ¿Hombres de mucha fuerza física? Los balonistas y raquetistas son derrotados siempre: boxeadores, nada. Conocí a un Correa, de la vecina aldea llamada Caldas, que alzaba cinco arrobas de maíz con los dientes. Un Escobar, de Itagüí, arrojaba una piedra, con un pie, a 200 metros: se paraba en el atrio de la Iglesia y ¡pun!, el guijarro iba a la acera del otro lado de la plaza.

2° — ¿Poder vital? Ninguno ha pasado de los cien años. Pocos centenarios. A los cuarenta, todo colombiano tiene círculo senil. A los trece, son núbiles. Lucas Ochoa, mi abuelo, tuvo cuatro mujeres y casi no muere, pero era español.

3° — ¿Imaginación creadora? Ninguna. No tenemos arquitectura, pintura, escultura, novela, drama, leyes, costumbres. Imitamos. El rancho es de los indios y la casa es de los españoles. Ahora van a estudiar muchos a Europa y a Estados Unidos y vienen a hacer casas de allá y teatros de allá, pero se caen. Van también a estudiar aviación y se caen. La María es de un judío. Ningún invento. Ninguno ha tenido o tiene imaginación Olaya es mono yanqui, y mono inglés es López. Los únicos escultores son los de Envigado, pero no saben hacer sino a San Juan y les queda siempre hermafrodita. Observa tú las figuras de Tobón Mejía y verás que son hombres y mujeres franceses: el Cisneros y el Córdoba los vi yo en Europa, paseando por París, y hasta hay leones al pie de Córdoba. ¿Por qué no hay uno que haga un general Ospina, así como era, fondillón, carrielón y peído? ¿Por qué no hacen un Marco Fidel, así, con la cara de mona vieja que tenía? López de Mesa ha estudiado, es casi tan juicioso, tan bien educado, como el doctor Emilio Robledo, pero los efectos no se producen...; lo que aprendieron no sirve aquí; tenemos una causalidad propia, enfermedades propias, botánica propia, y no les sale, no les sale lo que aprendieron en francés. ¡Lástima, tan juiciosos, jóvenes que no han pecado...!

4° — Sólo Bolívar imaginó y luchó de un modo propio para realizar. ¡No era de por aquí!

5° — ¿Oradores? ¡Eureka! Eso sí hemos tenido y tenemos, pero... es uno de los vicios solitarios. Es irritación meníngea. Precisamente producto de nuestra mísera energía vital. Es debilidad en los reflejos. Nuestro orador tiene la cuerda desenfrenada y habla, habla como si estuviera roto.

¡Ningún hombre grande, pues! Hasta 1900 quedaban aún vestigios de los conquistadores, y de ahí uno que otro indicio, Abraham, Jacinto, etc.; pero luego se han ido mezclando las razas negra, blanca e india, y esto se hace horrible, horrible...

Como Laureano es el orador, ahondemos en este problema; para ello pongámonos el condón del general Ospina, o sea, los zamarros.

Todo es hijo del pueblo, porque él hace la demanda. Esta determina la producción. Grecia demandaba estatuas y diálogos; demandaba la evidencia a los Pericles. Francia demanda realidad, claridad, orden, mesura, sueldos (sous). Inglaterra demanda máquinas para ir a comprar y vender fuera de la islita. Alemania demanda el opio de la metafísica, Italia, mi dulce Italia, demanda colores, colores para todo el tacto en todas sus especializaciones.

Los pueblos de Suramérica demandan bulla, cominos y vanidad, porque ese compasivo de Padre de Las Casas nos mató con el negro.

Eso, bum buum, brum, brim, bram, es Laureano; eso es Olaya; eso son Ramírez Moreno y Silvio, Eliseo Arango y Alfonsito López; eso fueron Caro, Suárez, el difunto Antonio José y los otros, aquel Rojas que era como una ventosidad del universo.

Eso es todo. Paja, paja y paja.

Continuemos con el orador tropical. Continuemos, porque aquí en Envigado, en todas las casas y en el café La Puerta del Sol, todos escuchan en los atardeceres la hora liberal y la hora conservadora; aquí en Itagüí y en Aguadas, los agentes yanquis venden y venden radios para ilustrar al pueblo, para crear la alegría campesina. Esas radios están conectadas invisiblemente con la fuente de la sabiduría, con los micrófonos del Palacio de la Carrera, del Senado, de las casas liberales y conservadoras... ¡Qué burra me resultó el López de Mesa! Dile, vete a decirle que me devuelva mi abrazo, que él es un epifenómeno calvo, que tiene más realidad una pompa de jabón que su cerebro. Aquí siempre que uno le da la mano a alguien, lo untan.

¿Qué demanda nuestro pueblo a los oradores? Medita. Pregunta. Observa. Las barras de las cámaras, todo el país quiere oír los insultos: “¡Ladrón!... Lo cubro con el manto de mi oprobio”.

Son imágenes. Imago, imagen, significa apariencia. Nuestra literatura toda se compone de imágenes. Nuestros padres vivieron de apariencia; en los colegios de frailes aprendimos el miedo y la vergüenza de la realidad; nos hicieron hábiles para poseer las cosas a distancia. Con la imaginación nos quitamos el hambre de comida, de justicia, de riqueza, todas las hambres. Los Laureanos descubrieron aquello que buscaba Diógenes: un medio para quitar el hambre sin comer, por ejemplo, sobándose la barriga.

Definamos, pues: los oradores colombianos son el vicio solitario del pueblo. ¿Justicia? Que insulte al ladrón, al prevaricador, a todo criminal, el señor Laureano Gómez. ¿Poder? Que Olaya diga en un discurso lo poderosa, lo grande, lo invencible de nuestra patria. Que Luis Cano escriba su editorial monótono como una camándula, en que nos cuente lo valerosos que son nuestros soldados y lo cobardes que son los peruanos, los venezolanos, los...

¿No quedó Chaux convicto, cubierto de insultos y de pruebas? Con ello basta; ya cumplió la pena; puede ser Presidente. ¿No comprobaron que Olaya había robado a troche moche? Parecía que no escaparía de la muerte. Pues con los discursos cumplió su pena; ya quedó hecha la justicia. Pueden reelegirlo presidente.

Es muy sencillo el funcionamiento de la imaginación: se irritan las meninges de un Laureano; se le aparecen mil imágenes que aumentan, que interpretan los robos de Olaya Herrera; eso excita más aún sus meninges y sueña con castigos, con crueles penas... Los oyentes son inducidos; la atmósfera se convierte en eléctrica; sudor, pechos anhelantes. Todos ven a Olaya preso, atormentado, en el infierno... Salen de la Cámara... y ya están satisfechos, hastiados, sin energía nerviosa; ya no piensan en Olaya, antes bien, le tienen compasión... Así pasaba con el joven de los jesuitas, con Alfredo: veía a la prima; la veía allí, cerca, desnuda, apetecible. Decíase in mente: “Voy a matarla; sí, la mataré, me la comeré viva...”. Y el jueves, día de salida del internado, se encontraba con ella, no podía mirarla, miraba para las paredes, tenía mucha vergüenza... ¡Qué machos ese Laureano, ese Olaya y este Alfredo! Apuntan al vacío, con la ventaja de que pueden dedicar el disparo a cualquiera.

En retórica, las imágenes son adornos los más fáciles y primitivos, sobre todo aquéllas que consisten en materializar los fenómenos psíquicos. Es medio apropiado para captar la sensibilidad bárbara. Tienen el mismo origen, modo y efectos que el vicio solitario. Precisamente, el hombre que haya padecido este último mal, vició la descarga nerviosa. Esta descarga se cumple a la aparición de la imagen. El hombre normal actúa cuando se presenta la realidad.

En Colombia, los hombres han sido educados por frailes, de sotana o no, y por eso carecen del sentido de la realidad; tienen el gatillo débil y se disparan en el bolsillo.

Y lo peor son los efectos; aquí no va a quedar ni semilla; nuestro pueblo se consume en la oratoria. Esto aparece claramente si piensas en que para disparar en el vacío, para eso de castigar a Olaya en sueños, se necesita un gran esfuerzo nervioso. Gasta más energía el vicioso solitario que el realista, pues aquél tiene que hacer de sujeto y de objeto. ¿Apostamos a que Laureano y Ramírez Moreno, Silvio y Olaya mueren de meningitis? (11)

Resumen: nuestro pueblo no demanda castigo para el culpable; no demanda hechos sino palabras. De ahí los grandes oradores. Realista no he conocido sino al doctor Rendón, que tenía este lema: res non verba, y res eran unos pelos quemados, disueltos en agua, que curaban las enfermedades imaginativas.

Estanislao: gracias para esos amigos que dizque han pensado en un empleo para mí con $400, sin tener que trabajar... ¡No te digo! ¡Viciosos!... Diles que estoy que ni pintado para cónsul en París, 22, calle del Elíseo. Sería el único remedio para este mal que me está matando desde que penetré por el oscuro túnel de La Quiebra... Si no apuran, me arrojo a la oratoria o me iré a alumbrar con el fósforo de los huesos.

Te abraza,

Fernando

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(11) Esto resultó cierto. A los cinco meses le dio ataque de meningitis a Laureano Gómez. (Nota del Autor).

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XXXII

Prólogo para el libro de un joven

Un joven filósofo de gran intranquilidad, Oscar Pino Espinel, me solicitó un prefacio para su libro llamado Mis filosofías. Le contesté que me lo mandara, que si veía que él tenía ganas de libertad, escribiría el prólogo.

En realidad, este joven filósofo me ha enamorado, porque tiene una juventud muy inquieta, tan inquieta que no puedo imaginar en dónde se apaciguará.

La juventud vale en cuanto anida. En la vida, yo no veo sino juventud. La enfermedad consiste en la juventud que anida sobre organismos cansados; el cáncer, por ejemplo; ahí veo la energía juvenil de un tejido parásito. La muerte: es el camino del futuro. Así, pues, yo no veo sino vida en diferentes manifestaciones. Afirmemos siempre nuestra juventud; cuando viejos o enfermos, digamos que no hay tal, que estamos grávidos de juventudes.

Entiendo por filósofo el que se rebruja en las cosas de la vida, las revuelve, parece que vaya a tumbar el edificio del universo, y luego se para al pie de los árboles o en los rincones de la casa, como a escuchar, bregando por encontrar una sinergia entre él, el universo mundo y lo desconocido que está por detrás o por dentro.

Este anidar sobre la tierra y sus fenómenos ha sido mi profesión, y me ha causado tantas alegrías y penas, que he llegado a llamar a la filosofía, mi mujer o mi amante. Y cuando contemplo a un joven que desea dedicarse a este comercio, sinceramente, lo amo tanto, sufro y gozo tanto, que quisiera amamantarlo, pues hay en mí facultades de madre.

Si tales son filosofía y filósofo, Oscar Pino Espinel es uno de los más impetuosos entre los amigos míos que viven en Bogotá. En esa ciudad tengo una juventud que estoy amamantando, bregando por librar del vicio solitario, haciéndola dura de ideas y de tejidos especializados.

Oscar Pino filosofa en Bogotá desde la niñez; paréceme que nació a orillas del enamorado y tibio Cauca, pero que es en la Capital en donde estudió y está bregando por aclimatarse.

Desde este punto de vista, aclimatarse, la filosofía es función vital. Todos filosofamos. Todos bregamos por comprender, o sea, por asimilar seres y sucesos. Cuando se juntan dos cuerpos, reaccionan, luchan, ceden mutuamente y acaban por formar otro cuerpo. Así, la química, con sus afinidades, composiciones, repugnancias, etc., es el filosofar de los cuerpos simples. Y electricidad, magnetismo, fenómenos hidráulicos, ¿no son, por ventura, intranquilidad de fuerzas que buscan a su Padre, un centro de gravitación universal? Y el amor ¿no es tendencia a la unidad, nombre que damos a la atracción? Todo anida. Todo es filosofía. Ella, en resumen, es Dios.

Cada uno filosofa según su medio ambiente, pues queda demostrado que filosofar es entrar en relaciones, para apaciguarse. Es como el toro o el gallo nuevo en la vacada o en el gallinero, que primero pelean, huelen, miran, escuchan, hasta que el estado del ambiente queda establecido. Pero queda establecido aparentemente, pues en realidad la lucha, la aclimatación, duran siempre: jamás cesamos de filosofar; quien posee otra cosa que opiniones, conclusiones provisionales, es un demente.

Por eso, dije que Pino Espinel está en gran intranquilidad. Está en la edad bellísima en que todo nos es enemigo, desde Dios hasta la muchacha que va para misa. Es la plena juventud. Pino Espinel está ahora agarrado en lucha espantosa con Dios, con sus agentes, los clérigos, con el método, con las muchachas, con los jóvenes que trabajan tanto en el Congreso de Bogotá y en los empleos de Bogotá, con la muerte y hasta con esta nuestra patria amada con quien yo también luche, pero a quien dije, al llegar a mis 39 años: “¡Bueno! Te quiero mucho, a pesar de que tengas humanidad tan enferma...”.

Filosofar terrible el de la juventud a quien me dediqué: enferma por el alcohol, uncinaria y paludismo, ¿qué filosofía bella puede crear, si ésta es manifestación orgánica?

Filosofamos, pues, mis jóvenes y yo, entre paludosos y barrigas de sapo, paludosos y anémicos nosotros también, pero..., tenemos un principio de salud. Nuestra filosofía es una defensa: predicamos caminar a pie, sobriedad, castidad, hígado, todas las glándulas en perfecta sinergia. Le componemos himnos al tejido especializado, y predicamos guerra al adiposo. Damos nuestros corazones al buen dictador que habrá de salvarnos, que nos traerá juventud sin vicio solitario, sin aguardiente, sin paludismo ni barriga. Simón Bolívar, duro como un vergajo, de nalgas como nudos de roble, infatigable montador a caballo, perseguido de la gloria, combatiente por el futuro, es nuestro ídolo. Hemos declarado la guerra a Santander, jugador, leguleyo, hombre cubierto, hombre de discursos, sombra de sotanas, encapuchado embrujador de Colombia. Decimos: nada de congresos, nada de alcohol, supresión del mosquito, Arrublas, Olayas, Santos, hijos de la sombra.

Miremos un poco a Colombia. Llegaron Vasco Núñez de Balboa, Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa, y otros, pero a las costas... Los más bellos organismos juveniles; promesas tan llenas, que se entremataron y desaparecieron sin dejar herederos, nada estable. No tuvieron apaciguamiento y descanso sino en la muerte. Sus espíritus no quedaron en ninguna parte; aún deben andar errantes, en busca de novedades.

También entraron, Belalcázar por un extremo, Federmán, por el otro, y Gonzalo Jiménez de Quesada, leguleyo, se metió río Magdalena arriba, con un fraile. Los tres se encontraron en la sabana de Bogotá, y Dios dispuso que fuera el rábula quien fundara la capital. Los otros dos hombres espantosos se volvieron... Quedó apenas un poco de Belalcázar en el Valle del Cauca, y la raza egoísta, ruda y superior a la judía, se quedó en Antioquia, trabajando el oro...

Desde entonces, leguleyos, empleados y clérigos han subido y suben por el río Magdalena. En Bogotá leen, pleitean, hacen leyes, se confiesan, y fornican al escondido...

¿Los indios? No había unidad, eran muchos, pobres y dispersos. Mataron a los machos, y se acostaron, al escondido, con las hembras, y así apareció la raza hija de fornicación, o sea, que vive en conciencia de pecado, temerosa, sintiendo inferioridad; raza que se cubre, que pide documentos para cubrir sus actos. Raza que antes de obrar medita en el modo de comprobar que sus actos fueron legítimos.

Mis jóvenes y yo predicamos la buena conciencia, somos desvergonzados, adoramos en nuestras madres, sabemos que aquí, por ser indios, negros, blancos, tercerones, hijos de todo, tendremos el gran mulato, gloria de la tierra. Sostenemos que esa misma mala conciencia será factor del futuro. Seremos grandes, porque tenemos todos los instintos, pecados y virtudes para arrojar al horno del futuro. Sólo falta acabar con paludismo, vicio solitario y uncinaria.

En Antioquia hay rudos montañeros que poco a poco se pierden en la sangre negra, envilecida por el desprecio. En el Valle, hay algo de la impetuosidad caballeresca de Belalcázar, pero apenas sí puede ya percibirse...

Bogotá domina cada vez más.

¿Cómo será que filosofa un joven como Oscar Pino Espinel, en Bogotá? “Conoce todos los libros”; tiene la información de todos los sucesos. Lucha con los personajes bogotanos, a saber: Dios, el clérigo, el congresista, el empleado y la muchacha... Mientras no salga de Bogotá, tendrá que vivir en bregas con la muchacha, pues ésta no deja ver si tiene a Dios escondido...; no deja ver nada sino en el oscuro, con la vela apagada, bajo las mantas, porque hace frío, muy en secreto, porque va y lo sabe Laureano y lo cuenta en el Congreso...

El libro de Pino Espinel es creación netamente colombiana; quiero decir que sólo aquí puede un joven preocuparse por esas cosas. El que desee penetrar en la psicología de nuestra juventud, léalo. Es bueno, en cuanto se dice allí lo esencial nada más. El estilo es típico de Colombia, parecido al de los Ramírez Morenos, Silvios, etc. Usa mucho de admiraciones. Hay un eco deformante; nadie ha gritado como lo hace un tropical cuando se cree preñado y llegado al momento de parir. ¿Quién, en Europa, a la edad de nuestro joven, posee las informaciones generales que revela este libro? Tenemos que, sin un solo sabio, un solo investigador, los niños hablan de todas las culturas, teorías, dificultades, etc. Este hecho curioso es de sencilla explicación: se trata de que las enfermedades producen niños raquíticos, malignos, críticos, perversos. Tales niños no llegan a la edad madura. Maduran verdes y mueren.

De tal suerte que este libro nos hace comprender a Colombia.

Para terminar, diré que el libro de Pino Espinel es uno de los más agradables que han aparecido en Bogotá.

Réstanos desear que nuestro filósofo no se tranquilice sino con la muerte; que los treinta y cinco años no lo vean en esa tribuna del Congreso, en donde tanto goza la juventud colombiana.

Fernando González

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XXXIII

Medellín, septiembre 16 de 1934

Querido Estanislao:

Recibí tu carta de ayer y ¡no le vayas a escribir nada a los amigos de aquí acerca de empleos que eso es una charla! Era para molestar con nombramientos, es decir, por hablar de política.

Cuando pienso que volvería a los empleos, no me funciona el hígado. El arte me atrae, describir novillas, ceibas, hombres; buscar la euforia; sentir la ebriedad, esa inducción psicomotriz al contemplar las formas en que se afirma la vida. Ando por aquí en busca de seres que me indiquen hasta dónde es capaz la vida. Ayer alcancé a ver una muchacha que se mecía en el ala de una portada de una finca muy buena para comprar; la muchacha se había subido a un travesaño de la portada y se mecía; era forma viva en plenitud. Llamaba a la eternidad. ¿Para qué se mecía? Lo pletórico no tiene finalidad. Se mecía porque sí. La energía se manifiesta porque sí. Un sabio, hombre seco, diría que la juventud es tonta, pues la sabiduría parece que consiste en buscar finalidades. Yo alcancé a ver a la muchacha y me senté en una dura piedra, desfallecido; parecía que me hicieran cosquillas. Era un éxtasis producido por la plenitud; me admiraba la cantidad de bellos movimientos, la agilidad, la embriaguez que produce bajo la piel el borbollón de la vida. Y continué para La Ayurá y allá encontré unas flores amarillas de una trepadora, que crecen con los pétalos cerrados, crecen así, vírgenes, hasta que la fuerza los hace abrir. Tócalas, aprieta esas flores y sentirás la resistencia, el poderío; aprieta un poco más y revientan los pétalos y aparecen tres estambres y el bello pistilo... ¿Cómo pensar en empleos? Déjalos para Medina, para Mesa Villa, mi antiguo carpintero a quien llamaron a Bogotá para Jefe de la Cedulación.

Iré a Bogotá para que charlemos de todas estas cosas y para estudiar congreso... ¡Si me enviaran a París o a Roma! ¡Eso sería lo bueno! Pero no puedo volver, a causa del cruel Mussolini. Por ahora, me tienta el nombramiento para Juez de Itagüí, porque allá hay muchos carboneros, allá habita don Benjamín, allá era la feria de ganado y allá se conversa lentamente acerca de “estos rojos pícaros, ladrones, corrompidos”. ¿Qué opinas tú, que Germán no ha querido cambiarles el alcalde, “rojo detestable”? ¡Itagüí, cuyo primer cura fue el Padre Felipe, bisabuelo de mi mujer! Siento una debilidad terrible por los conservadores de Itagüí, desde que alcancé a ver a La Mona, hija del personero; tiene los ojos dulces y las carnes enjutas; tiene una contención que me desbarata los nervios. Es como la cuerda de un reloj, arrollada; apolínea y dionisíaca. Es todo el futuro encerrado en una piel amiga del tacto. Fue hecha para el tacto. No se mece en las portadas, pero sientes que encierra todos los bellos movimientos. La muchacha de Envigado era la forma dionisíaca y esta de Itagüí es apolínea.

Pero los rojos “acabaron con las buenas costumbres”. El domingo pasado se pasearon “esos negros” por la plaza de Itagüí, desenfrenados, y al pasar por la casa del viejo cura, gritaron: “¡Abajo los levitas!”. Antioquia ya no es Antioquia. Pierde a pasos de gigante sus ideas sanas y sus vírgenes. Desde que triunfó el liberalismo, disminuyeron los gordos que parecían hombres grandes. A las vírgenes las pusieron de dactilógrafas en oficinas de negros y no quedó nada.

¿Crees que haya por aquí en Colombia un periódico que se pueda leer? ¿Crees que haya reuniones en las boticas? La Compañía Colombiana de Tabaco, fundada por hombres gordos y en donde tengo lo que me han producido las ideas generales, está amenazada por ese pícaro de Alfonso López. Los “negros” no pueden ver nada que prospere; no pueden ver ricos; no pueden ver a las vírgenes; no pueden ver a los que gustamos de las cosas buenas. Los conservadores de Itagüí son buenos.

Mañana salgo para los pueblos. Permaneceré por ahí, vagando, hasta que llegue a Bogotá. Así, pues, hasta pronto.

Tuyo,

Fernando

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XXXIV

Pácora, septiembre 20 de 1934

Doctor Eduardo Vallejo.
Bogotá.

Querido Eduardo:

Te agradecí mucho la carta en que me cuentas de tu visita a Palacio para que me pusieran en las ternas y de que López dijo: “¿González?... ¿Fernando González?...” y que hizo gesto de calavera, como indicando que yo no le sirvo. Dejemos que la vida pase y aspiremos a una gran libertad, pues parece que las naranjas están difíciles.

En estos pueblos el hombre vale por los nombramientos. Por allá en Barcelona vi a un señor que caminaba con mucha libertad. ¡Si lo vieras! Pensé entonces que el hombre vale por la facultad de caminar de tal modo que no se perciba sino la potencia. Al llegar aquí, pobre, supe de López y pensé que el hombre vale por la capacidad para nombrar a otros para puestos. Y como en Sabaneta, fracción de Envigado, donde habito generalmente, la gente comenzó a dudar de mí, porque no era nombrado, te escribí para el asunto de las ternas.

Pero ayer supe otra cosa; antes de venirme a Pácora, vi una muchacha de catorce años y medio tan así que daba gusto, y me sonrió y me dijo que vivía “arribita del puente sobre la Ayurá, a la vuelta de la máquina de caña de Rubén Uribe”... Ayer supe, Eduardo, que la Corte Suprema no vale nada, las puras nadas, pues ¿cómo le va a dar estas señas una muchacha de catorce años y medio a uno de esos viejitos? ¿A Miguel Moreno Jaramillo o a Juan Evangelista?

¡Nada como las muchachas, Eduardo! ¡Nada tan sencillo, tan alejado de Palacio! Dime: en esa oficina de la Superintendencia ¿te acuerdas aún de que huelen muy bueno? La mía, la del trapiche de Rubén Uribe... No; se llama Leonor y dile, bien puedas decirle a tu Presidente que ya no, que ya no puedo aceptar, a menos que me la dejara llevar para la calle del Elíseo, 22, Consulado de Colombia...

¡Qué jaleo, Eduardo! ¡Qué jaleo tiene esta carne mía cuarentona que ha recuperado la sinergia por aquí en estos pueblos!... Vente a visitar a estos bancos cicateros, y te llevaré al trapiche de Rubén Uribe, al paraíso de Pacho Pareja, en donde hicieron la primera muchacha, y verás a lo que huele...; tendrás que levantar los ojos hacia el sol y estornudar todo el polvo de la Superintendencia.

Hazme el favor de decirle a tu Presidente que muy bien, que él sabe mucho de la Corte, pues allá no pueden ir sino los pergaminos: allá está la serenidad. Allá no se precisa ninguna gana.

Recibe mi agradecimiento,

Fernando

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XXXV

Aguadas, septiembre 28 de 1934

Monsieur Auguste Bréal.
Marsella, Sainte-Marguerite.
(Lamardetodo)

Muy querido amigo:

¿Cómo iba a olvidarlo, si aún no he perdido el gusto por la belleza, el arte y la alegría? No lo he perdido, a pesar de que hace dos meses que vivo por aquí, entre mulatos perfectamente impropios para los fenómenos del espíritu. Me he defendido con la naturaleza, soledad en medio de la naturaleza.

Mi ser todo reclama a gritos el Mediterráneo. ¿Cómo íbamos a olvidar? Cuando llegamos, cuando el ferrocarrilito nos metió en el túnel de la Quiebra, hueco negro y angosto para entrar al valle en donde está Medellín, comprendí, querido amigo, que veníamos al purgatorio, inventado por San Agustín para arreglar las finanzas de la Iglesia, así como Chautemps ideó las tranches de la lotería salvadora de Francia. Nos metió el tren al Purgatorio para hacernos pagar el pecado de haber convivido con las bellas formas creadas a orillas del Mediterráneo, y de haber tenido la amistad del gran artista que vive en “Lamardetodo”. ¡Ay!, pecamos y ahora vivimos en Medellín, Colombia, Suramérica, entre los 3° de latitud sur y 13° de latitud norte, a unas mil leguas de La Canebiere, de la mesura, obligados a leer “El Tiempo” y “La Defensa”, oyendo, hablando y comiendo liberalismo y conservatismo. Eso hace, dos meses, que no digiero. Mis vísceras protestan de todo.

¿Que le envíe una revista semanal, quincenal, o mensual, para ver en dónde vivo? ¡No crea, don Augusto, que por aquí haya humanidad, que haya de eso!... Tal cosa se la contaba yo por allá, de buena fe, pues no hay como estar lejos para querer la patria. De muy buena fe se lo decía, pero perdóneme, que aquí no hay nada, fuera de árboles bellísimos.

¿Los placentarios superiores? Ni leones, ni tigres, ni cuadrumanos; hay jaguar y tití. Oiga: “Cuadrumano sudamericano, pequeño, tímido y fácil de domesticar”. ¿Por qué no los hay? Sospecho que se deba a las corrientes eléctricas actuales. En épocas prehistóricas hubo grandes mamíferos.

¿Humanidad? Degeneró el grupo de los conquistadores, hombres excepcionales en la historia. Parece que tal hecho es debido: a) Somos el vientre del esferoide, presentado siempre a los rayos solares, lo cual hace monótona la capa atmosférica en cuanto a corrientes de aire y de electricidad. Magnetismo, electricidad, vientos, presión atmosférica, etc. Problema de climatología, ciencia que apenas comienza. b) El negro fue introducido en número exagerado, y envilecido; lo mismo sucedió con los indios; pero a negras e indias las prostituyeron, y los actuales habitantes viven en la conciencia del pecado, del oprobio. Es una humanidad apaleada, impregnada de sentimiento de inferioridad. c) Todos los alimentos se preparan con grasa de marrano. Paludismo y cerdo producen deficiencia hepática connatural.

Los libertadores, que fueron de origen español, acabaron por mezclarse con el negro y el indio. Bolívar y sus compañeros fueron la última llamarada de los conquistadores.

Una raza así, que se autocensura por ser hija de puta, o sea, que vive en el pecado y en la inferioridad, que se reconoce inferior, ¿qué manifestaciones puede dar? Estas: que el túnel de la Quiebra es hechura de yanquis; que los petróleos son yanquis; ídem, caminos y aviones; que hacen guerras para robar; inventan disputas internacionales para hurtarles los anillos nupciales a las mujeres; que las viudas y huérfanas de los presidentes, aparecen con acciones en la Tropical Oil Company. Que envían a un general a comprar barcos de guerra y compra un yate de recreo que tiene forma de torpedero... Que el actual presidente, Alfonso López, tiene a sus amigos especulando en la Bolsa de Bogotá; dice: Voy a dictar un decreto sobre exceso de utilidades..., y sus amigos compran y venden dólares, etc., etc.

Oiga don Augusto: estas repúblicas tienen la apariencia de existir. Son de los yanquis, sin necesidad de gastar en funcionarios. Y los yanquis impiden que vengan los europeos a apoderarse de esto: de ahí la apariencia de vida independiente.

¿Que vi al llegar? Casi todos los jóvenes y niños son ya tres cuartas partes negros, muy feos, faltos de todas las probidades, entusiasmos y constancias. Las muchachas, tres cuartas partes negras, perdieron el color de oro nativo y tienen el bilioso y mucha flojedad muscular. De esto, en cuanto a muchachas, exceptúo a la región comprendida entre Manizales y Envigado, sobre el lomo de la cordillera central de los Andes, debido a que por aquí hay mucha sangre de los Pirineos, mucho leñador orgulloso y fiero.

Prepáreme, pues, la habitación en Marsella, que apenas se acaben estas muchachas envigadeñas, muy pronto, porque Alfonso López las está llevando como dactilógrafas a las oficinas públicas de los negros, me iré definitivamente.

Por hoy le envío un carriel envigadeño, único producto original y bellísimo de nuestra tierra. ¿Cómo gozaría allá un motorista de tranvía con ese carriel? Recíbalo a cambio de la revista que me pide. En uno de los bolsillos le metí un número de “El Tiempo”, ¡el periódico de aquel Santos que enriqueció a Poincaré y a nuestro amigo Miomandre, cuando las cosas de la guerra de Leticia!

Muchos abrazos a todas las mujeres únicas.

Fernando González

Fuente:

Cartas a Estanislao. Medellín, Bedout, septiembre de 1972, p.p. 1 - 112. Número total de páginas: 154.