Boletín semanal con la obra de Fernando González Ochoa
El remordimiento (1935) — Vigésima tercera entrega
El remordimiento
(Problemas de teología moral)
Fernando González
1935
A mis amigos franceses Auguste Bréal y Alban Roubaud
Nota del Editor
Las dos cartas que siguen explican a libreros y lectores de mi editorial por qué esta obra de Fernando González, anunciada para abril, en La Cosecha, entrega de marzo, se retardó un poco.
* * *
Manizales, marzo 2 de 1935
Querido Fernando:
Al sacar en limpio los originales de El remordimiento hice supresión de escenas y cambios de vocabulario en las dos primeras partes, es decir, en la confesión a manera de penitente escrupuloso. Tu personaje se confiesa un poco demasiado honradamente. Me pareció impúdico y he querido velar, en busca de aquello que te decía Tomás Carrasquilla: “Escriba un libro para las mujeres, que todas quieren leerlo y los curas no las dejan”.
La confesión de tu personaje es plato demasiado fuerte para Colombia; aquí tiene que ser por la reja; aquí la necesidad de confesarse no ha nacido todavía. A tu pequeño Rousseau o Agustín, lo van a lapidar; le van a gritar que vaya a confesarse con el padre Mejía, de Envigado. ¿De dónde diablos sacaste a ese tipo? Parece hijo de jesuita... Es demasiada gana de contar la que tiene y... ¡nian virgen estaría la Toní!
Yo conozco los secretos de la creación artística. Sé muy bien que has creado personajes, sacándolos un mucho de ti mismo y otro mucho de tus observaciones. Pero la gente dirá que eres tú, y sólo tú y todo tú y armarán el escándalo...
El tratado sobre el remordimiento, tercera parte, quedó tal como está en tus originales. Me pareció perfecto. Duro, escolástico y hace agradable contraste con el arte de la novela. Aparecen el filósofo y el artista, el que medita y el creador. Dos estilos, dos vestidos.
Aunque me autorizaste para hacer “lo que me pareciera bien” en todos tus libros, no he querido entregar estas páginas al editor sin tu aprobación. Temo haber dañado la unidad psicológica de la obra y mortificarte con las supresiones y cambios, como sucedió en Viaje a pie.
Alfonso González
* * *
Marzo 19 de 1935
Envigado (Villa “Bucarest”)
Querido Alfonso:
Ayer recibí la copia extracto del libro “Mademoiselle Toní”, desde páginas 35 a 53 inclusive, y fue como si me hubieran dado garrotazo en el cerebro. Inmediatamente sentí congestión y profunda tristeza. Te puse telegrama en que impruebo el trabajo. Dormí mal, pasé con toda la energía vital herida y esta mañana resolví entrar en polémica contigo, pues veo que esto será disgusto para ti también y que es absolutamente imposible que Toní “vea la luz pública”. (Pongo esta frase, para indicar cómo escribe la gente “bien educada”, es decir, que para todo tiene una frase hecha, pudorosa; para todo tiene un reflejo).
No se publicará el libro, pero vas a ver cómo tengo razón. Si la Toní, si la vida no es propia para Colombia, si no tiene la belleza legal colombiana, ¡mejor! Si yo escribiera libros aprobados aquí, no valdría nada, sería un Laureano Gómez. Vamos por partes.
Tú extractaste mi libro, extractaste de él los himnos y las conclusiones y le pusiste camisa púdica; abandonaste la vida. Es como si hubieras cogido un árbol y arrancándoles las flores, para adornar una sala, ¡porque las señoras y los señores no pueden ver las raíces y las ramas! Eso se llama enjolivement; es el arte preciosista, cosa triste, muerta y que repugna al gran estilo; eso no se puede hacer con Goethe ni conmigo. ¿Es posible coger un niño sano, vital, y quitarle las nalgas, el vientre, los pies, los órganos genitales, y decir que los ojos, sólo los ojos, son presentables, son bellos? Para quien ame lo bonito, sí. Pero tal no es la belleza de la vida, animal profundo, devenir de un pasado remoto y oscuro hacia remoto y oscuro mañana, animal que se nutre de todos los instintos, de todos los jugos. El arte proviene de embriaguez causada por los instintos vitales en su cúspide. El verdadero arte huele a semilla, a semen, a humus. Es ceiba retorcida que extiende sus raíces a los ríos, pantanos y descomposiciones. La bonitura es arreglo, es artificio, es planta sin raíces y mútila.
Vamos a las supresiones: ¿Crees tú que la escena de la olida de los calzoncitos de Toní es inmoral? ¿Es mala? Entonces eres moralista, has perdido la inocencia vital. ¿No gozabas tú oliendo la ropa de nuestro padre? ¿No me deleito yo con el olor de las cabezas de mis hijos? Mientras más se intensifica el sentimiento amoroso, más los huelo deleitadamente. Oler es el primer acto del amor. Huele la vaca a su mamón. Todos los animales, hasta nosotros, dizque privilegiados, olemos para amar, olemos para excitar la energía. Tal escena, que tiene raíces en la vida, es bellísima, casi la esencia del libro; sin ella, no tienen sentido las conclusiones. Tal era mi tentación, que olía sus ropitas; tal era el guiño tentador que me hacía la vida, que yo me medía sobre su cama, a solas, para ver cómo quedaba uno allí. Y todo eso lo suprimiste, para que pudieran leerlo las palúdicas, santas de palo.
¿Cómo te atreviste a poner “calzones” de Toní, en vez de “calzoncitos”? La muchacha tiene “calzoncitos”, o sea, pequeños, limpios, y Pacho-loco, el mendigo que acaba de entrar a casa, tiene “calzones”.
Pusiste “prendas de su feminidad íntima”, en lugar de “ropitas de Toní”. “Prendas” es como dicen los padres Ochoa y Mejía, curas de Envigado, en el púlpito, o sea, pornografía, hipocresía, vergüenza, pecado. “Ropitas” fue lo que yo vi y olí en la cómoda de la muchacha, o sea, unas camisitas y calzoncitos de seda, requetedoblados con el arte que tienen en Francia. Si yo le hubiera ofrecido a la Virgen “los calzones de Toní”, ésta sería la hora en que estuviera avergonzado... “Calzones” y “prendas” tiene Fernanda Ramírez.
“Oye risas, y no lo recupera hasta que haya entrado por la angosta y sospechosa escalera...”. No; así queda hipócrita; se presta para las suposiciones de estudiantes jesuíticos. Es: “...hasta que haya entrado por la angosta y oscura escalera, a faire l’amour, de dos hasta cincuenta francos...”. El gran arte es la inocencia perfecta, la reconciliación con la vida, eso que la gente enjolivée apellida perversidad.
“Camisas vaporosas” o “túnicas vaporosas”, en lugar de “túnicas que llegan hasta las barrigas”, es de Pacho Pérez, prototipo del enjolivé.
Todo lo que quitaste, todo lo que cambiaste en estas páginas, era la columna vertebral de la potranca. Atentaste contra la vida, suprimiste la lógica que preside al devenir. Hiciste verdadera pornografía. Pornografía es tenerle miedo a la vida, a la verdad de la vida, tener los instintos vitales encapuchados en la oscuridad de la vergüenza.
El libro tiene que quedar tal como me nació, sin cambios, sin supresiones, porque si no, tendríamos sermonario para señoritas histéricas.
La Estética es efecto de culminación vital. Lo bello es vitalidad. Se trata de fenómenos semejantes en todo a la fecundidad fisiológica. La misma energía preside al aparecer de organismos y de obras de arte. Si en una madre hay carencia de poder organizador, si la fuerza vital no consigue hacerle derechas las piernas al niño, di: feo. Si el niño sale con ojos bonitos, si la madre pare únicamente unos ojos, di: monstruosidad. Pero si pare un muchacho con nalgas, con ano, con todo y todo consonante, di que hay belleza, o sea, poder vital.
Tal la enormidad de Miguelángel: era como la vida, era creador de organismos aun más poderosos que los de la vida actual: hombres y mujeres más fuertes, más plenos que los de ahora, más capaces.
Por eso, la historia del padre Izu es esencial en mi libro. Mi polémica con ese jesuita es la misma que tengo contigo. A él le preguntaba: “¿Por qué va a ser malo oler la ropita de Toní?”. Y tú suprimiste tal escena y dejaste las conclusiones, donde dice: “¿Por qué hay cosas buenas y cosas malas?”. Tal como lo dejaste, pueden preguntar: ¿Quién es éste tan sermonero, tan filósofo en el vacío? ¿Quién, éste tan carajo?
Y suprimiste las escenas con Jorge, los celos porque Jorge pudiera mirar a la Toní. Suprimiste la escena en el café “La Cigarra”. Suprimiste las frases en francés, cuando yo viví esa vida en francés y el amor de Toní me sabe a francés. De sesenta páginas a dos espacios dejaste ¡¡¡veinte!!! Eso lo podrán hacer los futuros hombres púdicos con el título de “Fernando González para niños y señoritas bien educadas”. Pero yo, el solitario que renunció a honores fáciles, que vive en pobreza, para no verse obligado a juntarse con López, Laureanos y Olayas, yo soy artista de la vida, pintor de animales en celo.
Tú capaste a la novilla. Así como los jesuitas a la “Historia Natural” en que nos enseñaban a ser perversos: ¡le recortaban las páginas en que se describían los órganos genitales!
Tú dices que mi libro, tal como me nació, es pornográfico e ilegible, y yo te contesto que pornográfica es toda esta Suramérica hija de clérigos, hombres tapados por la vergüenza a la vida. Por eso, nuestra raza es estéril, avergonzada: raza de hombres que hacen las cosas y se esconden, avergonzados de estar vivos. Miguelángel y yo sentimos todos los instintos agrandados y no hacemos nada perverso; creamos seres con pechos, pene, ano, piernas, brazos, pies y manos, tronco y cabeza. Yo no le hice mal a Toní, no la dejé abandonada, desempeñando el oficio de ramera. El instinto aristocrático me impidió causarle miseria. ¡Y yo soy el perverso, yo soy el pornográfico! Cualquier colombiano la habría arrojado a la calle de la Pouterie, les habría contado a los compañeros, para que fueran a acabar la obra de manchar, de envejecer, de prostituir; sí, les habría contado, pero en voz baja, en voz parecida a “prenda de vestir”... Y yo cuento todo lo que sucedió, las tentaciones que tuve, mis impulsos e inhibiciones. ¡Yo dizque soy el pornográfico! El otro, el virtuoso, aquél que contaría la indignación con que arrojó a Toní de su hogar, cuando ella le escribió y puso en la bata de baño un papelito con estas palabras: Je vous ame.
Y resulta, en definitiva, que yo quiero tener la inocencia y santidad de los grandes falos que ponían en los aleros de las casas de Pompeya; quiero tener la inocencia de la vida griega y que en Colombia me llamen impuro. Prefiero ser hijo de la vida, palpitante, armonioso, y no un santo de palo, como estos suramericanos hijos del pecado y de la miseria.
Así, pues, la Toní quedará en manuscritos, para mí. No quiero darla a este pueblo de hipócritas.
Y la vida misma me justifica: allá están Toní y Teanós; ambas me quieren aún y, cuando cometan bajezas, se acordarán del “monsieur Fernandó”, con nostalgia.
Para los colombianos, yo soy pornográfico. Pueblo mísero, envilecido por centurias de dominio español, convento de clérigos vestidos hasta las orejas, pueblo cuya capital es Bogotá, ciudad habitada por hombres que piensan, escriben y viven para “cubrirse”, porque son pecados andantes. Miguelángel, Goethe, el Libertador y yo no nos tapamos.
¡Deja virgen a Toní! Que no se publique. Aquí serían capaces de ir a buscarla a “rue d’Arenc” para hacerle mal y para venir a decir en las iglesias: “¡Qué mala esa muchacha! Acúsome padre de que me dejé inducir al mal por una muchacha de Marsella...”.
Todo es esencial en mi libro. Si suprimiste, renuncio a la publicación.
Te abraza,
Fernando
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Introducción
¡Qué animales tan hermosos hizo el Señor al crear las muchachas! Desde hace días me tienen perturbado. ¿Y qué dice usted de los árboles, troncos, ramas, hojas y flores? ¿Y qué del agua en sus variados aspectos de mar, lago, río, riachuelo, quebrada, amagamiento, fuente, aguacero, llovizna, nube, nubecilla?... ¿Qué dice de luz y sombra, de Sol y estrellas? Entre todas esas cosas se pasea, diosa en su palacio, la muchacha, que nos tienta, que nos incita, que nos tumba, que nos hace nacer y morir. ¡Qué bellas, qué insuperables para el amor! Y qué bobas para conversar, para todo lo demás... ¡Ser perfecto es la muchacha!
Amo a Dios: luz, forma, todas las ideas. ¡Oh, único, muchacha de las muchachas, árbol de los árboles, mar de los mares! ¡Oh, Tú, el ejemplar, Tú, el que no eres sino bueno!
¡Ven y sáciame, porque corro desolado! ¡Ábreme, porque estoy tocando a todas las puertas! ¡Ven, que ya me estoy muriendo de amor!
¿Eres Tú, Señor, el que te mueves así en el cuerpo de la Toní? Sí. Eres Tú, que estás jugando conmigo y ya me matas. ¡Déjate coger! ¡Déjate ya de guiños y de símbolos!
¿Eres Tú el que te manifiestas en ramas, en brazos retorcidos, en esta ceiba? Déjame poseer todas las formas, todas las maneras, todas las turgencias, todas las curvas, todos los pechos indiciales, y promesas y realidades, porque si no... ¿qué haré con mi amor que no quiere una sola muchacha, ni un solo árbol ni una sola agua?
¡Ven, Tú, el ejemplar, y tápame! Tápame Tú, porque no acepto bellezas en comodato, ni copias; quiero poseerte a ti, que no mueres ni enfermas. Quiero amar al que no envejece, al que tiene siempre dientes juveniles; quiero amarte a ti, Señor, eterna y perfecta juventud.
¡Dame, pues, el pecho ejemplar, matriz de todos los pechos; los ojos, dechado de todos los ojos; la curva perfecta; la turgencia modelo! Dáteme, Señor, pronto, porque voy detrás de las muchachas, árboles, luces y sombras, y no me satisfacen sino que me dirigen a ti, me dan tu dirección... y ya estoy desfallecido de buscarte.
Envigado, febrero de 1935
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P R I M E R A P A R T E
Análisis
Esta muchacha, mademoiselle Toní, era un poderoso animal. De nuestros amores nacieron el remordimiento y algunas consideraciones.
Todo sucedió en Marsella, a orillas del Mediterráneo, en donde habita la belleza con sus amantes.
No la vi en vestido de baño, como a Teanós; apenas desnuda en París, en el hotel de una calle que desemboca en el bulevar de Bonnes Nouvelles.
Este libro se refiere a Toní, a pesar de que en mis notas de aquel tiempo se dicen más cosas de “Salomé”, de la señorita Babí y de madame Rousseau, pues indudablemente es ella la que ocupa y ocupaba el centro de mis pensamientos.
No hubo entre nosotros nada que no pueda contarse.
De Teanós se dice algo apenas, porque Toní fue quien la reemplazó como institutriz y mis apuntes comenzaron a poco de la llegada de ésta a mi hogar.
Indudablemente que Teanós fue interesante, pero hay que limitarse para la obra de arte. La vi en vestido de baño; durante un verano me acompañó sobre la arena de El Paseo de la Playa, por las mañanas, cuando yo iba a fumar el cigarrillo; se echaba arena entre las piernas, para dejar su forma. Un día en que las olas eran muy fuertes, la cogí por los brazos y el agua la arrojaba contra mí... Y fue precisamente en esa noche ardorosa de agosto: yo estudiaba teología en mi despacho; sabía que Teanós estaba reposando en el jardín, bajo el plátano, extendida en una perezosa, vestida con negligencia. Este conocimiento no me dejaba estudiar, y cerré la puerta. De pronto, sentí que por debajo de ella arrojaban un papelito. Decía: Je t’ai donné tout et pour toi c’etait l’ombre d’un caprice... Decía otras cosas, pero se me quedó en la memoria esa frase que encierra un problema muy difícil, más que mis estudios acerca de Dios. ¿Qué cosa sería la que me había dado Teanós? ¿Qué entienden las mujeres por darlo todo? Era griega de Atenas, tenía gran elasticidad y amaba el estudio. Su boca era pequeña como un pellizco, y suspiraba muy bueno en las noches de verano... Le guardo un poco de rencor, a causa de que puse el papelito en mi bata de baño y allí lo encontró Mlle. Babí, que repetía: “¡Ella te lo ha dado todo!...”. ¡Dios mío! ¿Qué entienden las mujeres por todo? Jamás he podido explicarle; nunca podrá creer que Teanós no me dio sino estímulos para meditar.
* * *
Siento necesidad de sacar en limpio, comentar y terminar las notas escritas durante la época en que vivió en casa la señorita Toní. Deseo que conozcan tanto de mí como yo y que sepan que jamás he consentido en el pecado. Además, las mañanas, cuando no hay presión atmosférica y salgo para Envigado a beber café bajo las ceibas, la imagen de Toní me tienta. Siento remordimiento de no haberle recibido el cuerpo que me ofreció. ¡Si el lector la conociera! Era un poderoso animal.
Esa fue la sensación que tuve la mañana invernal en que entró a casa con el periódico en la mano. Yo soy intuitivo. Tocó a la puerta; abrí; preguntó por madame; subió las escaleras, y yo iba detrás, anonadado, sintiendo que iba a entrar en mi casa un poderoso animal. Yo quería decir que no; tenía el deber de negarme a recibirla. Peor ya Dios había dispuesto otra cosa, para que me perfeccionara en el estudio del remordimiento.
Tres son las mujeres con quienes he imitado a José: la criada Margarita, en mi niñez, cuando estudiaba donde los jesuitas y vivía con mi tío Baltasar. Con ésta fue por incapacidad material, que es el más cruel de todos los remordimientos. Teanós, de Atenas, y Toní, de Alsacia. ¡Variados remordimientos que me causan las tres mujeres que me amaron y de quienes no gocé, ya por impotencia, ya por estar enamorado de una imagen propia, o sea, enamorado de la superación!
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Respecto de Toní, deseo ser perfecto. Diré nada más que lo referente a ella; concentraré todo mi organismo a revivirla. Tal es la perfección artística. Contaré todo lo que sucedió y nada más. Será, pues, únicamente mademoiselle Toní y no podrá confundirse con ninguna otra muchacha ni con otro libro. Lo que nació de nuestros amores es El remordimiento.
Lo cierto es que ahora, cuando mi carne cuarentona recupera la sinergia, por aquí, en Envigado, la Toní me remuerde. Poco a poco lo comprenderá el lector. ¿Cómo decirlo? Así: en Envigado tengo un remordimiento de no haberme acostado con Toní, que me está matando.
¿Comprenden? Por entre estas cañadas, en los mamelones de la finca de Pacho Pareja, en donde Dios hizo a Eva de catorce años y medio, mi carne cuarentona resurge y me grita: “¿Por qué no te acostaste con Toní? ¡Ya es irremediable!...”.
Estas cosas que deseo explicar sucedieron en Marsella, y, la última, en el hotel de una calle que desemboca al bulevar de Bonnes Nouvelles y que se llama La Caja del Amor.
Precisamente la tristeza de este libro consiste en que nada sucedió; apenas nacieron fenómenos morales; hubo intenciones. Nuestras almas se desgarraron, sobre todo la mía. La de Toní, no lo creo... Yo fui el que perdió la virginidad moral, el que perfeccionó en ese hotel sus ideas morales. Toní se quedó en París, virgen y desilusionada indudablemente. Porque era muy pasional, completa juventud, carecía de la facultad de volver sobre sus amagos de actos. Sin duda que no podrá comprender mi conducta y que me desprecia, sobre todo cuando se entregue al hombre que ya debió poseerla. Sí; tan joven era, que me parece imposible que comprenda las inhibiciones que tuve al lado de su cuerpo tonificante. Era de baja estatura, fornida y rubia; los ojos verdes; olor vitaminoso, agradable, de las jóvenes en celo. Caminaba a pasos largos, resultado de su mitad de sangre teutona y tenía manos anchas de alsaciana. Y ¡la elasticidad!, ¡el poder recuperador de su carne!: hundía yo el dedo y percibía la juventud...
* * *
Creo que los jóvenes no me perdonarán; no pueden comprenderme. Están imposibilitados. Los jóvenes son muy bellos, pero de ignorancia repugnante. Desde el punto de vista espiritual, nada peor que la juventud. ¡Claro! Juventud es carne prepotente. Apenas si puedo aspirar al perdón de aquellas señoritas que acaban de terminar los ejercicios de San Ignacio. Los demás sí me perdonarán, o sea, los que han transitado conmigo el camino del espíritu, o los que ya perdieron las hormonas y que dicen: “¡Nada como el renunciamiento!”.
Por mi parte, fue que nací teólogo; me considero gente de iglesia. Cuando me paseo por los atrios de los templos, me parece que estoy en casa.
¿Qué me gusta? Ayer me preguntaba Félix: “¿Qué te gusta para trabajar?”. Examiné despacio, y no me gusta ser abogado, ni gobernador, ni periodista, ni comerciante o industrial. Únicamente me gusta pensar, estar pensando por ahí, de pie bajo los árboles, sentado en el excusado o paseando despacio por lugares desiertos. Claro que habría sido mejor ser hombre de iglesia, pues el sacerdote está todo el día por ahí, confesando muchachas, y no le impiden los negocios. Las muchachas son para mí un excitante del pensamiento; no es propiamente que yo sea carnal, como lo veremos, sino que cuando hay muchachas en mi vida, se me ponen los problemas morales. Me excitan. Lo he visto muy claro ahora, cuando me vine de Marsella, a causa del cruel Mussolini. Me paseo por Medellín, por los atrios de las catedrales o por las calles del comercio, y no veo los negocios, las cosas que se pueden vender más caras. Me repugna el periodismo y conversar de nombramientos, o sea, de política colombiana. Los amigos me miran con lástima, como a ser inútil. Como miran a los eclesiásticos...
Con Félix, me detengo frente a la casa donde vive la hija de un jefe conservador, enriquecido a causa de trabajar en el Congreso; esa hija del político tiene ojos de languidez de entrega tal, que se me ponen los problemas teológicos. Y digo: “Hay instantes en que quisiera haber muerto; pero, compréndeme, quisiera haber muerto, y si me ofrecieran diez mil años de vida, los aceptaría. Mejor dicho, la vida fenoménica es un mal, un sufrimiento, pero es una posibilidad. Una vez muertos, hay una liquidación y tenemos definitivamente la cantidad de conciencia adquirida; ya no existimos sino que somos. Aceptaría, agrego, mientras la hija del congresista abre la ventana, diez mil años de experimentación, para aumentar mi conciencia”.
Cuento esto para que se vea cómo, a pesar de ni siquiera haber hablado con la hija del conservador, ella me ayuda a que se me pongan los problemas. Pues lo mismo sucedió con Teanós y con Toní: allá las dejé vírgenes en las orillas del Huveaune, pero me preñaron a mí de remordimiento. Hoy sé por qué progresa moralmente el hombre; conozco el mecanismo del libre albedrío, a causa de estas dos mujeres.
Por eso, mis novelas no acaban; en ellas, la gente no se casa; a veces se muere, así como mueren los seres reales, porque estaban viejos o enfermos. Ayer examiné un libro de Chejov y vi que Andrés Efimich se murió en el último capítulo, a consecuencia de los dos primeros. En los míos, no: Toní no se muere, ni se casa, ni le sucede nada. Se queda virgen; casi no trato de ella en mis cuadernos de Marsella, y, sin embargo, es trascendental, eje de los problemas que se me pusieron, incitadora de mi actividad, materia de mi experimentación, y madre de un hijo que tuve y que me sirve para explicar el mecanismo del progreso: El remordimiento.
* * *
El hecho esencial de esta historia es que Toní era virgen en Europa, de diecinueve años y gran capacidad deleitadora; que entró a casa y que le fue naciendo el deseo de apoderarse de mí; que me urgió con actos, sin palabras; que me sentí elevado por el orgullo de saber que podría gozar mucho, que podría irme bajo los plátanos, como mi gata “Salomé”, como madame Rousseau, como todo lo primaveral, y que no lo hacía, para ofrecerle un sacrificio al Espíritu.
¿Quién es el superhombre? El que se domina a sí mismo, para ascender en conciencia. Una vez que se logra ser el modelo, se crea otro ideal, etcétera.
Así, pues, la teología que yo estudiaba en el instante en que Teanós me echó por debajo de la puerta el papelito, era así, reconstruida, poco más menos:
Ensayo Teológico
I
El hombre es un porvenir: porque todos se desprecian en el instante presente. Recorramos las situaciones en que puede estar un hombre: tiene esta hacienda, y quiere poseer la otra. Sabe una cosa, y no admira sino al que sabe dos. Lo ama una mujer, y sólo le gustan las demás. Todos los santos se han creído malos. Alfonso López, que deseó tanto como Pedro Nel la presidencia, ya tiene cara de hastío. Y, por ejemplo, cuando entramos Toní y yo a “La Caja del Amor”, nos atendió y desarregló la cama una parisiense de dieciocho años, y recuerdo muy bien que durante un instante me pasó por la conciencia lo siguiente, prueba del divino descontento humano: “¡Si Toní se fuera y se quedara ésta!...”. Me da pena confesarlo, pero siempre sucedía igual cosa, que por hermosa que fuera la mujer con quien iba a disciplinarme moralmente, prefería la muchacha que nos destendía la cama y que murmuraba desfallecida: “Monsieur, on doit payer d’avance. C’est par habitude...”.
Por eso, yo aceptaría diez mil años, porque apenas así lograría progresar, pues en la vida del espíritu se asciende dificultosamente. En sesenta años no hay modificación, y de ahí que algunos observadores sostengan que el carácter es inmutable. Ni en cuatro mil años se contempla el paso del mono al animal erecto.
II
El hombre asciende en virtud del remordimiento: despreciamos al ser actual y actuante que somos, porque la inteligencia nos muestra seres que obran mejor y deseamos ser como ellos. De allí que nuestros actos nos remuerdan.
Por ejemplo, en esa época en que no quise acostarme con Toní, era porque me acordaba de los remordimientos. Eso constituía una motivación para no acostarme. Ya era el ser ideal de otros tiempos, el que no se acostaba. Pero, al mismo tiempo, me remordía el hecho de atizar la pasión de Toní, de hacer esfuerzos para inducirla. Mi ideal había progresado. Había logrado ser el que no se acuesta y quería ser el que no atiza a las muchachas.
¿Por qué atizaba a Toní y a Teanós? ¡No sé! Porque era cuarentón y me parecía que las muchachas no podrían amarme tanto como yo a ellas y que, por eso, mis sacrificios al espíritu valían casi nada. Quería que me amaran mucho, para que mis sacrificios fueran de verdad, y, por eso, Toní es más importante que Teanós, quien no era virgen, ni tenía diecinueve años. ¡Era más gracia con Toní!
Cuando llegaban gentes al Consulado y veía que casi todas eran menores que yo, me preguntaba: “¿Qué diablos voy a ofrecer al espíritu? ¿Qué primaveras puedo sacrificar?”. Por eso atizaba estos amoríos de mi carne madura, y cuando Toní me entregó un papelito que decía, “J.V.A.”, yo te amo, corrí a la iglesia de la calle Paraíso, me arrodillé y le dije al espíritu: “Vengo a ofrecerte este papelito...; en cambio, dame conocimiento...”.
Como estaba resuelto a no acostarme, me parecía que había progresado en conciencia, y, al pensar en Colombia, me decía: “¿Quién hay por allá, como yo, capaz de estos sacrificios al espíritu?”. Cuando me destituyeron, pensaba: “En Colombia no rige la causalidad. ¿Creen por allá que uno de estos que han mandado a los restaurantes, sea capaz de ofrecer una cosa como Toní al espíritu?... Puede haber gente en Colombia que no se haya acostado con Toní, por feos o por miedo al infierno, pero ¿por desprecio del instante presente, por superación? No... Pocos somos los que hemos sido preñados por las muchachas, o sea, por la belleza. Muy pocos, y los demás se han dedicado a prolongar el fenómeno de la carne organizada, el triste fenómeno de la mediocridad suramericana”.
III
El hombre no es libre, pero la inteligencia lo liberta: pruebas. Ni las necesita, pues nadie escoge lo que le parece menos bueno. La mayor motivación nos mueve a obrar. Esto es un postulado. Desde que un acto se ejecuta, hubo motivación.
Así, no hay premios ni castigos. El cielo consiste en el estado de conciencia adquirido a tiempo de morir. Lo mismo, el infierno. Es un estado-resumen de la conciencia. Al morir, cesa la posibilidad que se llama tiempo y espacio, posibilidad de ascender. Cesa la apariencia; no existimos después de la muerte, sino que somos. La inteligencia liberta al hombre por medio del siguiente mecanismo: conocimiento (ideal); remordimiento (desprecio del instante presente); arrepentimiento, tentación, etc. Fenómenos morales.
Porque resulta que la inteligencia objetiva nuestros actos y los critica; nos objetivamos y nos criticamos. Entonces dice: “Podrías haber obrado de otro modo mejor; ser más noble, etc.”. La imaginación nos hace ver las lejanas promesas de seres que seremos, más bellos, que no hacen lo que hicimos. Somos el animal erecto que mira siempre al horizonte, línea que siempre se aleja, ideal que nunca se alcanza.
En cuanto conocemos, deseamos, y en cuanto deseamos, estamos descontentos de la realidad.
Podemos hacer una definición de remordimiento: es dolor producido por la objetivación de los actos propios que no están acordes con el ideal que percibe nuestra inteligencia.
De ahí viene mi antigua práctica de echar delante, materializado, a Jacinto Salazar, el hombre carón, risueño, fornido pero muy ágil: es la persona que deseo llegar a ser, y cambia cada semana.
Obrar, meditar, arrepentirse, anhelar: ahí me tenéis la vida del hombre. El fin es irnos libertando de nosotros mismos. La vejez, teóricamente y contemplada en Sócrates, es mejor que la juventud.
El remordimiento crea repugnancias por los actos impropios del ideal que tenemos en determinada época, o sea, crea arrepentimiento. Motivaciones para no obrar como lo hicimos.
IV
Tenemos derecho a experimentar: sabido es que la santidad consiste en el vencimiento. Un hombre puede conducirse con decencia y la gente vulgar creer que hay santificación, pero no la hay si no existe el esfuerzo. Por eso, “sólo Dios conoce a sus santos”. ¿Quién afirma que Sarret, el notario marsellés que mató a Chambón y a su amante, para robarles, y que disolvió con ácidos, en una bañera, sus cadáveres, es menor que el juez que lo condenó a la guillotina? Habría que medir la cantidad de pasiones activas y pasivas, la cantidad de posibilidades en cada uno, la cantidad de esfuerzo e inteligencia espiritual. Muchas cosas habría que medir y, entonces, podríamos conjeturar apenas.
Tenemos el derecho de cumplir los instintos, para llegar a odiarnos en virtud del remordimiento y llegar a ser otros en virtud del arrepentimiento. Es el proceso de la teología moral. Entiendo por teología moral el estudio de Dios en cuanto se relaciona con el hombre. Tenemos el derecho de gozar de todos los instintos, para sentir el dolor que causa el goce y llegar así, poco a poco, a la beatitud. Ésta consiste en estado de conciencia no sujeto al tiempo ni al espacio.
Evidentes son para mí estas cosas, pues he llegado a despreciar la vida en virtud de haberla gozado. Si le dije a Toní, non serviam, o sea, no me acostaré, fue porque ya me había acostado con otras. Y si he llegado a amar tanto la vida, como campo de experimentación y ascenso, es a causa de mis pecados y arrepentimientos. ¿Qué sabría hoy de la belleza, si hubiera huido desde el principio de pecado y fealdad? ¿Cómo podría apreciar ahora mis beatitudes, si no hubiera sufrido la sucesión, la detestable sucesión?
V
El ser está fuera de la apariencia: esto es evidente. Dios no existe. Es. Yo soy el que es. Si de Dios se pudiera tratar, sería fenómeno. La palabra...
* * *
Recuerdo muy bien que iba en ese punto de mis meditaciones cuando Teanós arrojó el papelito en que decía que ella me lo había dado todo y que para mí ella era apenas la sombra de un capricho. ¡Mentiras de Teanós! Ella exageraba, pero mi carne se encabritó. Eran las once de la noche en el mes de agosto; el Sol acababa de hundirse tras el castillo de If. La familia estaba en el café “La Cigarra”. Nos hallábamos solos; ella, bajo el plátano y yo dentro de Dios. Me asomé por la ventana, y el mar Mediterráneo estaba anonadado y palpitante de amor, así como el pecho de las señoras gordas cuando se emocionan, que sube y baja, que sube y baja, no de frente sino de para arriba, hasta que hace derramar las lágrimas.
Vacilé. Fui a abrir la puerta y a gritar: “¡Teanós, ven!”, pero me acordé del mecanismo de teología moral que acababa de descubrir, y de que dentro de pocos movimientos del péndulo ya me habría acostado con Teanós. Entonces dije al espíritu, por la ventana: “Te ofrezco a esta muchacha de Atenas, a cambio de conocimiento”.
* * *
Pero no crean que en estos triunfos hay alegría constante. La carne sigue quejándose. El espíritu se enorgullece, pero la carne reprocha, sobre todo cuando recobra la supremacía, como me sucede desde que regresé de Francia y habito entre las cañadas andinas. Por aquí, Toní me remuerde al revés, o sea, por haberla dejado virgen a orillas del Huveaune.
Esto es lo curioso del remordimiento, que remuerde la acción baja y que remuerde la acción alta. Pero este segundo remordimiento va mezclado de beatitud, de un orgullo que da gusto. Es como si una muchacha estuviera implorando a nuestros pies, humillada, y nosotros nos sintiéramos domadores. Es el buen remordimiento, así como hubo buen ladrón. El primer remordimiento es doloroso.
Penetremos más: el remordimiento bueno consiste en los reclamos de los instintos vencidos. Por tanto, tiene auges y disminuciones, así como tales instintos, en el curso de la vida; auges, cuando las tendencias vencidas recobran vitalidad. Por eso digo que ahora, en Envigado, entre las cañadas y los mamelones, tengo un remordimiento de no haberme acostado con Toní, que me está matando.
Al final estará la sistematización de mis estudios acerca de remordimiento, tentación, arrepentimiento y confesión. Es el ensayo de que me enorgullezco, todo él hijo mío, el único hijo que tuve con Toní...
* * *
¿Toní estará virgen aún?... ¡Líbrame, Señor, de estas tentaciones, libértame de estos remordimientos que me asedian en la continencia en que me encierro ahora! Creo que sólo mediante examen honrado y minucioso de las motivaciones de ese hoy doloroso renunciamiento al cuerpo de Toní, podré librarme del fantasma de esta muchacha que tenía tal decisión de entrega en los ojos y regada en todo el cuerpo, que desfallezco aún.
La literatura ha sido mi panacea; es una necesidad espiritual, sucedáneo del confesonario. Tanto me confesé donde los jesuitas que si no lo hago ahora, me extingo. Mis lectores reemplazan hoy al padre Mairena y, curioso, en uno y otros he hallado incomprensión. Pero ambos han sido instrumentos y nada importa que no entiendan: la cuestión es confesarse.
* * *
Pero voy a bregar por describir, por contar, pues en mis notas no está la descripción. Fueron redactadas día a día, en mis libretas, sin la posibilidad de volver, como lo hago ahora, sobre el conjunto de la experiencia, objetivada. En ese tiempo yo era actor y hoy me he convertido en espectador de mí mismo. Es lo curioso del tiempo, que en el instante presente somos actores y no podemos vernos y criticarnos, y en el pasado somos como terceras personas, materia de conocimiento para nosotros mismos. De ahí que nos creamos libres, sin serlo, pues el presente es tan indivisible, que siempre nos vemos como materia de crítica. Cuando la conciencia aparece respecto de un hecho interno, éste ya sucedió: por eso nos creemos libres, porque nos vemos siempre en el pasado.
Claro que el tiempo no existe de suyo, sino que es el suceder de los fenómenos; es una apariencia, una resultante, así como la sombra. Estos son misterios muy grandes y Toní era tan bella, tan real, tan decidida y tan virgen, que la estoy profanando con estos enredos de la metafísica.
Hoy tengo toda la historia de Toní ante mi inteligencia, objetivada como si fuera una aventura de mi concuñado Félix. Penetro en mis propios secretos y comprendo la razón de mis acciones, de insultar y rebajar a Toní, de ir a la iglesia de la calle Paraíso, y ¿por qué seguí paso a paso los amores de la gatica “Salomé” y apedreaba a sus amantes en los tejados del jardín? ¿Comprende el lector? ¿Comprende lo ágil y rábula de mi instinto?
¿Qué pasó?: que la Toní quiso dárseme. No. ¡Alto ahí! Fue inducida, atizada por mí, rábula monstruoso de la psicología y del confesonario, hasta que sintió la necesidad de entregárseme toda y yo no la recibí... O, mejor, yo sí la recibía, puesto que gozaba. (Me parece que me estoy confesando. Así lo hacía: buscando, dudando, rumiando, distinguiendo). No la recibía materialmente. Me inhibía y gozaba de un placer tan grande en ese renunciamiento material, que me hacía hasta cosquillas. Me creía un héroe de la renuncia, cuando, en verdad, inconscientemente, estaba cometiendo el pecado del deleite. En mis heroísmos y virtudes he sido jesuita expulsado de la comunidad: lo he sido en el confesonario, en la limosna, en el amor y con los sapos. Alguna vez me dio la manía de coger sapos, porque me repugnaban y quería sentirme héroe. Otra vez fue con las mujeres, para vencer la timidez.
* * *
En este libro me esforzaré por ser completamente desnudo; diré toda y nada más que la verdad, contaré lo que hice y por qué y sentiré que he ascendido en desnudez.
Todo lo contaré, todo, hasta aquello que hice con Toní en el hotel Esfinge de la calle Sénac, en Marsella. ¡Si pudiera reproducir el timbre de la voz de Toní cuando me suplicaba implorante: “Ne fais pas ça... Fernandó”! Pronunciaba así mi nombre, por la primera vez en aquellos instantes, pues antes me llamaba monsieur Gonzalés. Cuando me llamó así, sentí que era hijo de Dios, me arrepentí, le regalé mi camándula y le di muchos consejos espirituales. Recuerdo muy bien, se reproducen ahora vívidos como niños recién nacidos los sentimientos que tuve en esa cámara del hotel Esfinge. En las manos acariciadoras estaba toda mi alma fisiológica, en mis labios, todo el fuego vital e interiormente luchaba el espíritu... Sentados en la cama, le dije: “Toní, tienes que ser muy buena siempre, evitar estas cosas, estos peligros, y este rosario que te doy te defenderá...”.
Fue la eterna lucha que hay en el hombre, animal erecto. Asistí al triunfo del espíritu; cada vez acariciaban menos las manos y nos fuimos a beber café al bar “La Canebiere” y de allí, a decirle adiós al parque Borely.
Pero lo grave está en que ahora, aquí en Envigado, a mil leguas del hotel Esfinge, he comprendido que Toní sí quería... Al decirme “no”, quería decir que me atreviera. Indudablemente que en ella también hubo lucha, pero cuando fue al hotel Esfinge, el espíritu había sido derrotado. Mi carne dice ahora: “¡Maldita sea! ¡Toní quedó desilusionada por el triunfo del espíritu en estos jaleos que tuvieron el Ángel y Lucifer en el hotel Esfinge!...”.
Si alguna vez el lector viaja por Francia, pasa por Marsella y sube La Canebiere hacia la iglesia de San Vicente de Paúl, no deje de girar a la derecha por la calle Sénac. A pocos pasos, unos quince o veinte, encuentra el hotel Esfinge... Pide a un señor de aspecto discreto la habitación grande del primer piso, la que tiene ventanas al jardín. Le cobrarán treinta francos diarios, todo comprendido... Sube... A poco llegará una italiana bizca y muy amable, para destender la cama. Pregúntele si se acuerda de mí, del monsieur que fue cónsul de la Colombie, y de su prima rubia... Yo creo que la bizca le responderá, poco más o menos: “¡Tan jovencita la prima de monsieur! ¡Daba lástima!... ¡Tan jovencita y había venido de tan lejos!...”.
Es la única manera de que mis lectores se documenten y puedan revivir estos jaleos.
Si fuere por allá el lector, pregúntele a la italiana bizca si encontró les culottes de mademoiselle (los calzones de la señorita) que se nos quedaron olvidados sobre la chimenea el día en que le di el rosario...
Perdonen que los moleste con encargos, pero me hago viejo y necesito los jalones que me recuerden todo lo que he luchado para llegar a la perfección.
El fin de la vida es adquirir capacidad de morir alegremente. Casi todos mueren admirados, como si la muerte fuera el premio gordo de la lotería. Yo quiero reunir mis cosas debajo de la almohada, para sacarlas cuando esté muriendo y decirle a quien venga a liquidarme: “Todos estos calzoncitos son sacrificios que hice al espíritu”.
Y los de Toní son los que más me duelen. Olían a cómoda de madera fina, y fue por atormentarme, para que me remordieran toda la vida, que los dejó sobre la chimenea, pues siempre tenía costumbre de preguntar así: “Où sont mes petites culottes?”.
* * *
Seré muy honrado. Hasta hoy he embellecido. He callado y he aumentado. Pero las cosas de Toní eran mejores que la literatura.
Mademoiselle Toní quedará sin artificios, tal como era, con su cuerpo lleno de duros secretos y con sus grandes ardores juveniles. Si fuera a definirla, diría: era dura de cuerpo y ansiosa de conocer las satisfacciones de la carne; virgen ardiente. La finalidad de este libro es dársela a los lectores, para que no siga remordiéndome.
Ayer salí a buscarla en Medellín. Don Benjamín me dijo: “Pero, ¿cómo era la Toní?”.
—¡Mire! Era como aquella rubia. La estatura, la forma, el color del cabello... Pero más dura, más atrevida, más elástica, más tónicos los músculos... ¡No! Ésta no puede ilustrarlo acerca de Toní; apenas en cuanto a la idea general de la especie de mujeres a que pertenecía. Si hubiera sido como ésta, mi sacrificio no habría tenido gracia. Los ojos eran verdeazules, con capa de espiritualidad fisiológica que les daba cierta languidez de entrega y de atrevimiento. Mezcle usted, don Benjamín, el sí y el no y tendrá el resultado de que estaba compuesto el no pronunciado siete veces por Toní, dos en el hotel Esfinge y cinco en La Caja del Amor. También caminaba de un modo perverso, consonante con sus negativas y súplicas. Yo iba a esperarla en la esquina del café, en la calle Sénac, y la veía llegar a pasos largos, algo echada de para adelante, pues el sobretodo caía en los ángulos, así como caminan los guerreros alemanes, los cuales son tímidos y atrevidos. En la mano un paragüitas, parecido a un gran cigarro. Me decía que no y que mil veces no entraría en el hotel, y entraba como los alemanes a Bélgica. Era, en resumen, una virgen perfecta, perfecto animal deleitador.
¡Si el lector la hubiera conocido! ¡Si la pudiera tocar y oírle aquello de ¿dónde están mis calzoncitos? (“où sont mes petites culottes?”), para que pudiera darse cuenta de mis sacrificios! Claro está que esta muchacha era lo mejor para perfeccionar mis ideas de teología moral, pues mi espíritu es rábula, pervertido en el juego con el pecado. Teanós, no. Teanós era muy afirmativa y por la menor cosa decía que ya lo había dado todo. Toní lo daba todo... y negaba. Era más rábula Toní. Era como yo, que atizo para que me quieran, y cuando me dicen que sí, me deleita la virtud, paladeo, repito que tengo grandes tentaciones... De ahí que mi vida espiritual hubiera florecido tan bellamente. Cuando me quitaron el consulado, yo era casi un dios. Sólo estoy sano cuando me parece que las muchachas me quieren y yo resisto. Eso sucedió en Marsella...
El estudio que estoy haciendo es muy serio y poca gente entenderá lo que hay de bueno aquí. Casi todos asistirán al ajetreo de que resultaron mis conclusiones teológicas. En este libro está la explicación del hombre moral. Es completo acerca de tentación, remordimiento, arrepentimiento y confesión. Soy un moralista en Colombia.
* * *
Esto que ayer decía a don Benjamín, es verdadero: la virtud, la esencia de la virtud, reside en la lucha. Virtud habituada es vicio, es manera de ser, forma normal y fácil de manifestar la personalidad. Es la línea de menor resistencia.
Cuando dejo de fumar y de beber café durante cinco meses, ya la dificultad, y, por consiguiente, la virtud, están en fumar y en beber café. La virtud, la santidad, el heroísmo no pueden estar en el acto mismo, en el vestido, en las formas.
Hay que convencerse de que los actos son vasijas en que están contenidas las intenciones. Son instrumentos, indiferentes, ajenos a la moral. Sólo el hombre es moral, sujeto de moral.
Heroísmo y virtud consisten en atacar la dificultad, y, vencida, atacar otra y que durante la muerte se esté aún atacando. La vida del hombre es disciplina. Hay que manifestar la energía por donde no es su cauce, so pena de descender hasta el infierno. El que sigue sus hábitos de beber, y comer y pensar, termina bebiendo suciedades, comiendo inmundicias y pensando en tinieblas.
Pelear, el que teme; abstenerse, el que necesita. No tiene dificultad sino el que se contradice.
El amor por la guerra es propio de las naturalezas nobles que pronto llegarán a ver a Dios. De ahí que sea tan inmunda esa tabla de mármol que pusieron en la Universidad de Antioquia: “El divino presente de la paz”.
Siempre he sido guerrero. Mis libros son guerra. Universidad es campo de batalla, o nada. Lo que tienen en Colombia son cementerios. Universidades no hay. Hay paz. Gente habituada a la inmundicia de su condición actual.
Este libro acerca de Toní y de fenómenos morales, lo escribo para la juventud de mi patria. El que sepa desnudar a la muchacha alsaciana, entenderá la lección. Los demás, casi todos, creerán que se trata de pornografías.
* * *
Es para la juventud, porque ésta es bien incomparable. En este instante preciso me acuerdo de Coriolano Amador: había traído el primer automóvil, uno de los primeros que se fabricaron en París; fue dueño de “Miraflores”, la mejor casa de campo de todo el Aburrá; montaba en caballo negro, mosqueado, animal único, y llevaba un puñal de mango de oro entre la polaina. Amaba mucho a la juventud. Yo trabajaba en la parte baja de su palacio, y allí iba a decirme, anciano ya: “¡Mire cómo estoy de juvenil!”, y se agachaba rápidamente para tocarse los pies. Me infunde mucho respeto su recuerdo, pues ése tenía nociones claras de lo que es juventud. Y aquí casi nunca la sentimos. En la Tierra somos unos prisioneros. ¡Claro! ¡Prisioneros! Un crimen cometimos quién sabe dónde y aquí estamos redimiéndonos. Por lo menos, las cosas suceden como si así fuera.
¡Cómo no!: hay que combatir para llegar a la juventud, hay que luchar para sentir indicios de ella. En las mañanas secas, baja presión, secas y tibias, el alma siente que es muy bella, y el orgullo de su hermosura la eleva a las troneras del Cielo, como prisionera que se asoma para atisbar la juventud perfecta... Pero luego cae en las habituaciones, como el agua en los cauces.
Las ciencias nos excitan, nos impulsan; también las formas bellas. Todo lo bueno nos impulsa a subir. El alcohol lo inventamos para simular la euforia del guerrero. Indudablemente que el hombre es soldado conquistador de la tierra prometida.
Eso fue Toní. Eso significa mademoiselle Toní. Por eso no quise sus besos, su dureza, sobre todo la insuperable dureza de la pared abdominal. ¡Eso sí era juventud! ¡Eso sí fue combate! Y en ella, en todos los seres, he amado a la juventud perfecta, y si muchas veces he obrado feamente, ha sido por estar prisionero. Amar las cosas a causa de la divinidad.
Y como en la guerra todo lo que vencemos se lamenta amargamente, por eso digo ahora: tengo un remordimiento de no haberme acostado con Toní, que me está matando, aquí, en Envigado, en donde mi carne cuarentona resurge.
* * *
Este libro es para la juventud colombiana. Me incita a escribirlo el deseo de enseñar a mis conciudadanos el secreto de la grandeza. Mis enseñanzas irán cubiertas de la dura y amable carne de Toní... Cuando hice el sacrificio de que hablaré después, en la basílica de Nuestra Señora de la Guarda, fue para Colombia toda que dije: “En cambio de esto, danos belleza interior”.
Muy pocos aprovecharán mis enseñanzas; casi todos sólo verán en este libro los calzoncitos y la carne de Toní. Pero aquéllos para quienes la alsaciana sea un estímulo guerrero, sufrirán y luego tendrán su premio. Sufrirán, en cuanto mademoiselle Toní, es decir, todo lo que se va dejando atrás, vencido en el campo de batalla, los llamará desde la avenida Bonneveine, o desde el hotel Esfinge, o desde La Caja del Amor...
Pero al mismo tiempo experimentarán orgullo muy grande los jóvenes de mi patria, cuando comiencen a ascender, a dominarse a sí mismos. Sentiránse dueños; se apoyarán en la Tierra con despego e impertinencia. A los treinta años llegarán a tener gran capacidad. ¡Cuán libertados! ¿Quién puede honrar, ofrecer algo a un guerrero de treinta años que haya renunciado a muchas cosas? Ya nadie podrá nombrarlo, y hoy, en Colombia, todos esperan que los nombren.
Mis discípulos son los que renuncian cada día a lo que más les gusta, porque no les satisface. Quieren poseer a Dios.
Mis discípulos contemplarán sus almas, anchas como camas de dos puestos, y comprenderán que nacieron para guerrear y que de nada necesitan. Solos en el Universo, también gozarían. Solos, estarían alegres como niños sanos, lanzando al cielo la ropa de que van despojándose (los calzones de la señorita), o sea, los prejuicios y los amos.
Ofrezco a mis jóvenes la suprema libertad. Les ofrezco el sentimiento íntimo de ser hijos de Dios.
Morirán perfectamente desnudos, triunfantes de las inhibiciones, en pobreza de cosas y dueños de sí mismos. No volverán a la Tierra sino para sonreír.
Venga a mí la juventud de guerreros, la capacidad de sacrificio. Vengan los que deseen renunciar para tener, morir para vivir. Yo conozco el método... Parece una paradoja, pero muy seriamente les digo: traje el olor de los calzones de Toní, a cómoda de madera fina, para incitar a la juventud colombiana al sacrificio.
* * *
Llamo a la juventud para la guerra. Por consiguiente, para sufrir y para estar alegres. En esa marcha dolorosa de la conquista del Cielo, de vez en cuando nos detendremos para contemplar el camino recorrido. Eso nos dará impulso y nos fortalecerá. El método para esos instantes de goce es:
Salimos, vamos saliendo del mundo pasional, del campo de batalla semejante a cama de dos puestos. Nos contemplamos como águilas que suben; hasta vemos el esfuerzo de las articulaciones de las alas; nos trepamos sobre la Tierra; pasamos del espacio; salimos del tiempo y recibimos de aquel alimento con que Jehová sostuvo en el desierto al cansado Elías. Un cuervo le llevaba el alimento. También oyó Elías un huracán y luego un viento fuerte, y luego un vientecillo musical: allí iba el Espíritu... Los guerreros se alimentan de beatitud, como Elías.
Prometo a los jóvenes muchos secretos de felicidad. Ya no podrán honrarlos, eligiéndolos magistrados, dictadores o presidentes. Y una noche tendrán una visión: un camino interminable y entre tinieblas; verán que por él avanza uno que lleva una carga cada vez más pequeña, pues es giba de que se nutre, como el dromedario. Dirá cada uno: “Ése es mi espíritu que va solo con su carga, nutriéndose de ella”.
La giba es el cuerpo y las pasiones, instintos, deseos, hábitos, toda la materia de la vida terrestre. El disminuir consiste en que a medida que se vive, se cumplen los instintos, etc. Y el nutrirse consiste en que el espíritu adquiere sabiduría a medida que experimenta.
Para los jóvenes tengo un mundo de fantasmas que me obedecen y que me alegran. Son las cosas de que he triunfado. Mis experiencias. Ellas surgen a mi llamada. Soy un mago, dueño de mi interior. ¡Toní!, y sale y escribe en un papelito de mi mesa, en el consulado de Colombia en Marsella: “Yo te amo...”. Luego ocupa el campo mental Augusto Bréal, o sea, la amistad; María Olózaga, o sea, el alma viajera y solitaria, radiante de soledad; las estatuas griegas, es decir, la belleza formal; la música, o el canto de un ave, oído en un amanecer...
A mis jóvenes les ofrezco la cultura. Los haré dueños de los métodos, de sí mismos. Sus personalidades serán sus instrumentos. Los honores les vendrán de dentro para afuera. En una palabra, serán cultos, dueños de todo, porque poseerán el método. Sus cuerpos y sentimientos les obedecerán como autómatas.
Unos serán místicos, solitarios; otros serán conductores y podrán alegrarse y alegrar, entusiasmar y entristecer a los demás.
Porque el joven capaz de sacrificar las cosas buenas, será dueño de todo, de los débiles, del pueblo. El pueblo es casi todo carne, una giba tan desmesurada, que no se ve el espíritu, tan pequeño como un bacilo. El pueblo es bueno porque de él vienen los guerreros. Nada más.
El que no sacrifica a la superación, no entre a esta casa, no lea mis libros, no profane a Toní. Ése no se ponga a escribir, a enseñar, a predicar. Las cosas son sus amos. ¿Qué, sino viento, puede salir de una matriz que no está preñada? Eso les digo a quienes pretenden imitarme en Suramérica.
Para mis jóvenes, el método será el altar de los sacrificios.
Como el método es limitación, camino, mis jóvenes serán sacrificios encarnados.
¿Los tímidos? Serán los más descarados, pues estarán experimentando con su timidez.
¡Qué triste ha sido Suramérica hasta hoy! ¡Qué tristeza, cuando el alma no se atreve con todo! Está sometida entonces a las formas corporales: los sombreros se tuercen del mismo modo siempre; los calzones se arrugan siempre de igual manera; si la insultan, repite el mismo gesto; iguales actos ejecuta ante la mujer y las mismas reacciones mecánicas tiene ante la vida. Eso no es pensamiento, memoria ni imaginación. Eso es reacción determinada. Eso es el pueblo...
Mis jóvenes irán en busca de libertad, atreviéndose, experimentando. La libertad será siempre un ideal y por eso siempre serán guerreros.
Abandone usted su alma y verá que se reduce a un vil esclavo: caminar, como se lo impone la determinación de huesos, músculos e inervación; beber, según la determinación de la herencia y de las necesidades creadas; comer, del mismo modo. Y emocionarse, desear, pensar y decidirse igual a como lo hacen todos, hasta el punto de que siempre queda la firma en los actos, de que se pueden prever, de que pueden manejarlo como a un muñeco.
Si uno no está alerta, siempre en guardia, se repite y es un amasijo de automatismos.
En mis jóvenes entrará una motivación nueva: el deseo soberano de librarse, de señorear sobre todas las cosas, como hijos de Dios.
No conseguirán la libertad, pero, buscándola, encontrarán una motivación cada vez más espiritual.
El hombre no puede ser libre, pero la guerra lo va libertando de los sucesivos tiranos. El hombre no puede ascender sino en la guerra de independencia.
¿Qué es juventud? Capacidad guerrera. Mis jóvenes buscarán pelea a todo; hasta pelearán con el ansia de ser libres. La juventud es aspiración. Tiene capacidad de estar creando el mundo.
* * *
En Marsella fui guerrero. Vivía en bata de baño, vestido de los que guerrean consigo mismos, listos para herirse. Cuando Tony me confesó su pasión, me dijo que amaba la lentitud con que yo caminaba entre la bata color rojo de sangre coagulada. “Ibas como buscando algo escondido en los rincones...”.
La lentitud consistía en que afirmaba siempre, condescendía, porque estaba ocupado esperándome a mí mismo. Tenía la sensación nítida de que iba a nacer, que me iba a nacer una cosa muy buena. Yo creo que esa cosa es la libertad, o la belleza, o la bondad, o denle el nombre que deseen.
A los guerreros no les gusta el lugar en donde viven, el pensamiento que tienen, los hábitos actuales, la muchacha que se acuesta. Como están esperando una cosa que les va a nacer, aman el país en donde no viven, la ciencia que ignoran y la mujer desconocida. Creen, a causa del mecanismo engañador de la vida encarnada, que la libertad, la bondad o la belleza están más allá, siempre más allá.
De ahí que el hombre es el que progresa: pro-gre-de-re. Yo condescendía en Marsella, porque buscaba y esperaba. Era un guerrero trágico.
—¿Quiere confesarse antes de la operación?
—Bueno...
—La gatica se orina debajo de las camas. Es malo tener gatos...
—Bueno...
—Víseme este pasaporte...
—Bueno...
Condescendía. Pero sólo me gustaba lo que estaba escondido, y como yo creía que Toní tenía la libertad, la belleza o la bondad escondida en su alma, bajo sus ropas o entre sus ojos, me di a la tarea de atizarla mentalmente para que me abriera.
Eso es Toní. Y es para mis jóvenes guerreros. Ella se desnudará para mis jóvenes desdeñosos. Porque lo mejor de los heroísmos es el premio que se recibe en cada jornada, una muchacha que escribe papelitos a los héroes. Algunos afirman que las mujeres aman a los héroes para poderse jactar; otros dicen que es el genio de la especie (?) que desea (?) la perpetuación de la raza heroica. Y yo creo que es para que se ofrezcan sacrificios, porque la libertad se consigue únicamente cuando se han ofrecido al espíritu todas, todas las cosas buenas.
* * *
Preparen las músicas; compongan los himnos, para que celebremos el gran sacrificio: el de los calzoncitos de Toní...
— o o o —
S E G U N D A P A R T E
Situación y personajes
La casa está separada del parque Borely por la avenida Bonneveine. Al frente de mi habitación, el parque dicho, con hipódromo, en donde la joven Taylor domaba sus caballos. Joven bella como el Hermafrodita dormido e hija de madame Taylor, la que me regaló a Salomé, la gata blanca.
Al sur, el cerro del castillo y los barrios de La Punta Roja y La Madraga, en donde viven quince mil carpinteros, peluqueros y albañiles españoles.
Todo esto queda a orillas del mar. La casa está marcada con el número 63 bis y dista unos treinta pasos de la playa.
Hay allí tres casas iguales y un cottage; un solar común. Cada una tiene su jardín, con puerta hacia el corral de la comunidad. En la más oriental fue en donde pasaron estas cosas.
En el cottage, situado en el terreno común, dominándonos, habitaba la propietaria, madame Babí, mujer de monsieur Babí y mamá de mademoiselle Babí. Ninguno dice: “Allí habita monsieur Babí”, sino, “allí habita madame Babí”. Porque hay mucha diferencia. Cada manera corresponde a una situación psicológica. Ese pobre rentista, ingeniero de electricidad, que ya no trabaja sino que se pasea y escucha la radio por las noches, es el marido de esa fiera. Viven con Pató, el perro rojizo y rechoncho. Mejor dicho, allí duerme monsieur Babí, pues vive ambulante por Marsella, huyendo de mujer e hija, y allí habitan las dos mujeres con el perro.
En las casas habitábamos madame Rousseau y su marido; los Leonel con su hijito, y, al oriente, nosotros, o sea: un filósofo anhelante; su mujer, que le ayuda a buscar a Dios; cinco hijos; la cocinera Gina y una muchacha que va a llegar, llamada por un aviso en “El pequeño Marsellés”: On cherche bonne d’enfants...
Gina Cualco, veinte años, italiana de los Alpes, era carne organizada nada más. Resistía a la primavera con heroísmo. Exclamaba, al ver las parejas que se manoseaban en el pretil del arroyo de Bonneveine: “Yo siento lo mismo, pero no se puede hacer así, como los animales. ¡Estos franceses son unos perdidos!”.
Así resistía Gina. Castidad legal. Esperaba un macho potente que se dejara bendecir, para acabar con él. Mientras tanto, llegado el verano, se entregaba al mar, perseguida durante tres meses por la juventud de Marsella, entre el agua salada.
Era Gina de animalidad tan natural, que daba gusto. Sus nalgas eran gritos de la carne.
Se me olvidaba Salomé, la gatica blanca de Angora, que me regaló la señora Taylor, mujer flaquísima de un coronel inglés en la India, que habitaba en Marsella con dos hijos, cinco caballos y cuatro perros.
La señorita Babí, su novio Robert, el cónsul del Ecuador, el automóvil de Robert, la señorita Taylor y Pató..., ¡variados personajes de esa complicada historia de teología moral, donde ninguno se casa, ni sucede nada, ni se muere nadie!...
* * *
Escenario
La casa tiene dos pisos. El jardín, atrás, diez por siete metros, limitado con paredes altas y por un seto de madera a la derecha. Este seto, sobre muro de calicanto, es tan importante como las eras de hojas perennes que hay contra los muros de derecha y de izquierda, pues por allí fueron los amores de Salomé, la gata blanca.
Este jardín está cubierto de cascajo blanco amarillento. Un plátano le da sombra en verano. Todas las casas de madame Babí tienen un árbol, importantísimos, porque en ellos se trepaba la virgen Salomé, huyendo e implorando al mismo tiempo al gato negro de madame Rousseau.
No olviden los tres plátanos, y recuerden bien tanto el zócalo del seto como el otro seto de plantas que limita el jardín a derecha e izquierda.
En el fondo, una portezuela que da acceso al predio común, garajes, morada de la propietaria. La entrada a este predio es la puerta grande para automóviles, situada entre las casas de los Leonel y mía y que sirve de salida a los Babí.
Como las tres casas son de dos pisos, con balcones hacia atrás, pude anotar, instante por instante, los amores de Salomé y los de madame Rousseau.
Casas propias para observadores. Desde ellas puede cogerse todo lo que constituye el mundo indicial de la vida pasional. Seguí los amores de los gatos y muchos actos que me permitieron reconstruir los de madame Rousseau. En mí, desde que viví dos primaveras en tal casa, el amor está indisolublemente unido a las imágenes de la gatica y de madame Rousseau. En cuanto al marido de ésta..., pues estoy convencido de que marido es sinónimo de melancolía. Desde esos balcones, detrás de esos setos, me fue naciendo el convencimiento de que el amor es fatalidad dolorosa, inmisericorde. A mis observaciones por allí les debo el no haber caído en la cama de La Caja del Amor con la impetuosa institutriz.
Ya vamos teniendo noción del escenario en donde nació el remordimiento. Para mí estos sitios son sagrados y quiero compartir con mis lectores la nostalgia que me causan las tres casas y el cottage de madame Babí. ¿Cómo no describir minuciosamente, si en los setos, formados de plantas que no botan las hojas en invierno, seguí, paso a paso, los amores de todos los seres, desde la hormiga laboriosa, hasta madame Rousseau; desde Salomé, la gata virgen, hasta las babosas, cuyo ajuntamiento se efectúa por cerca a las cabezas, la una al lado de la otra, como yunta de bueyes: así permanecen unidas largo tiempo, como gente amiga de la tranquilidad?
Los tres jardines son iguales, separados, repito, por cercados de tablitas, que permiten observar.
¿Cómo olvidar que la casa tiene dos pisos, si Toní bajaba las escaleras apresuradamente, encendido el rostro, después de haber dicho: “Señor, lo llaman al teléfono”...?
¿Por qué ese placer indefinido, sentimiento de satisfacción que nos embriaga cuando una mujer bonita baja delante de nosotros las escaleras, de tres en tres peldaños? Quizás a causa de que reacciona, y, por ende, teme, tiene miedo a sus sentimientos. Tal vez no sea exacto, pero lo cierto es que Mlle. Babí me preguntaba: “¿Por qué Toní baja así las escaleras?”. Yo nada le había dicho, nada le había sugerido, pero sentía cierta extraña comunicación entre los dos, entre Toní y yo. ¡Qué complicado es todo esto!
En el primer piso estaban el consulado, el comedor y la cocina. La caldera de calefacción central y, bajo las escaleras, el cuartico para los baldes con carbón, atizadores, periódicos viejos, leña, bicicletas y cajones. ¡Cuántas cosas pequeñas sucedieron al pie de la caldera, atizando el fuego, en los anocheceres invernales! Hechos diminutos, visiones iniciales de los pechos de Toní, al agacharse para arrojar la leña. Incidentes nimios que forman el encanto de la vida; pequeños e inolvidables estímulos que nos hacen perdonar el sufrimiento. La nieve cae y cubre el jardín y el parque Borely. Toní se quema un dedo; cogemos su mano y nos encontramos con sus ojos que reflejan las brasas del hogar, iluminados por una promesa abrileña. ¡Si parece que la nieve cayera para hacernos comprender estas tibiezas de la carne organizada!
El salón del consulado tenía ventana al parque; la cocina y comedor, puertas al jardín. A través de aquélla, mientras bregaba por comprender a Dios, anotando en mis libretas, veía ejercitar los caballos en el hipódromo y contemplaba a la joven Taylor, dieciséis años, hermafrodita perfecto sobre la potranca salvaje. Por los vidrios de las puertas cerradas, durante el invierno, miraba caer la nieve en el jardín.
Como esta casa fue campo de batalla, tengo que describirla minuciosamente. Allá hay muchos pensamientos míos, mucha de mi sustancia mental y emocional. Veinte veces me pareció ver allá a la Divinidad; y unas ciento percibí que Dios se acercaba a mi ser cada vez más, como llega la aurora.
En el jardín había banca rústica y mesita para el café, trípode, paticruzada, ante la cual, durante el invierno, cuando el Sol forma una curva al sur, sobre el castillo de Bonneveine, me sentaba a recibir el calor mañanero, y cuando pasaba Toní, me parecía que me calentaba el espíritu. Nada tan supremo como las mujeres, en sus gestos, su caminar, sus ademanes; nada como las manifestaciones de su amor. La mujer es bella, perfecta, pero en cuanto mímica, plástica y muda. Cuando habla, es insoportable.
En el vestíbulo es donde debe haber más formaciones mentales y emotivas de mi juventud guerrera. Paseando por allí, en largas veladas invernales, rezábamos el rosario. Toní no era religiosa. Era apenas un animal poderoso, enemigo temible para el espíritu. Durante el rezo estaba encerrada, metida en su pijama rojo y bajo las tibias mantas, leyendo novelas de amor. La luz salía por las rendijas de su puerta, y cuando yo pasaba por allí, sentía que mi alma aumentaba su potencial y que entre Toní y yo había comunicación, una lucha y una fecundación. Sentía que allí, en pijama rojo, con pechos iniciales, tibia, yacía la imagen de la juventud; que mañana caerían mis dientes, cesaría el brillo de mi piel y que vendrían otras imágenes, muchas formas de juventud en diferentes maneras de pijama, y entonces elevaba la voz, sacaba el pecho, miraba hacia arriba y: Padre nuestro que estás en los cielos... Danos tu Reino...
Durante esos rezos me convencí de que la vida santa está condicionada por el estímulo sensual. Toní me fecundó, me enseñó muchas cosas. Si es verdad que ella se quedó a orillas del Huveaune, virgen, también lo es que yo quedé grávido. Mientras la alsaciana, metida en su pijama rojo, se deleitaba con las peripecias de un amor en París, yo elevaba la mente a Dios, para pedirle conocimiento y belleza. Indudablemente que no podemos vivir en lo abstracto. Por eso vino Jesucristo, en formas tan bellas, para que pudiéramos adorar a Dios. Vino para hacerse ejemplar, camino, para que viéramos, para que oyéramos y tocáramos la verdad. Recuerdo que todos los días iba a pedir belleza a la iglesia de la calle Paraíso y que al encontrar en mi camino una mujer poderosa, de esas que hay en Francia y que nos tumban, apresuraba el paso y oraba con fervor intenso. La mujer bella, al lograr objetivarla, me había mostrado el significado de la oración: “... estás en los cielos... dame belleza interior...”.
No hay sensualidad vil en esto. Afirmo una noble verdad: que el hombre, sujeto a los sentidos, entiende mejor las cosas del espíritu, en forma materializada. De ahí que las imágenes, en el culto, sean necesarias. Los iconoclastas se equivocan gravemente; ignoran la naturaleza humana. Por ejemplo: ¿tuve deseos viles con Toní? Ningún deseo natural es vil; pero lo que más tuve fue incitaciones al perfeccionamiento. ¡Es curioso! Tan enamorado, y jamás he causado mal a las mujeres y son ellas las que me han dejado grávido de ideas y de amor a Dios. En la vida espiritual hay almas-madres. Todo, árboles, paisajes, animales, sucesos, las fecunda.
¿Qué se veía desde el balcón de mademoiselle Toní?
* * *
El Parque Borely
Sesenta hectáreas, aproximadamente. Limitado al norte por la Avenida del Prado, al occidente, por el Paseo de la Playa, al sur, por la avenida Bonneveine, y al oriente, por callejuelas torcidas. Pero es terreno irregular; son linderos aproximados. En realidad, al norte, lo bordea el Huveaune, riachuelo sucio, pero de orillas sombreadas de plátanos, con rincones donde se efectúan muchos amores ilegales en las tardes veraniegas. En la desembocadura, sobre el pretil que domina al mar, es delicioso sentarse a ver poner el Sol, revolotear las gaviotas agilísimas, y esperar que sucedan acontecimientos excitadores. A orillas del Huveaune hay dos cafecitos, en donde, al paladear el hecho de haber renunciado, me parecía que me acercaba a Dios.
Al sur limita propiamente con el arroyo de Bonneveine, tan sucio como el riachuelo, pero sin poesía. Ambos arrojan al mar todas las piltrafas de Marsella y los suburbios: cadáveres de gatos, peines, zapatos viejos.
La mitad del parque es hipódromo y también camino circular para bicicletas y automóviles. Tiene prados y bosquecillos, en donde juegan los niños y se besan los enamorados. Hay unos pinos centenarios, de figuras místicas, inclinados para el oriente, porque han recibido todos los mistrales. En uno de esos prados, cerca del arroyo, gozábamos de los atardeceres, acostados sobre las amapolas. Yo, bocarriba, entre Mlle. Babí y Teanós, mientras tejían. Los niños montaban en bicicletas y a veces cabalgaban sobre mi vientre; cosas relativas a la felicidad. Allí, solo, sin otros seres que aquellos que me querían, fui casi completamente feliz. Porque Teanós me amaba y Mlle. Babí lo adivinaba o lo sabía. Así, el sentimiento de ambas aumentaba: en ésta, porque me defendía, y en aquélla, porque me sabía defendido. ¡Deliciosas estas disputas del amor, cuando no se agrian, cuando se examinan con racionalidad! ¡Nada como el amor atizado un poco por los celos!
La otra mitad del parque, “La Buvette”, son jardines, paseos, lugares de paz y de amor, laguna para cisnes. Y ¡qué juegos hacen con las flores, al comenzar la primavera! Dibujaban todos los años, con florecillas y yerba, la figura de una gran hoja y el letrero: Parque Borely, 193... La tarde en que vi 1934 y luego pasó un viejo, solo dentro de un coche, tuve la seguridad de que yo volvería así, solitario como el viejo, y que leería: 195... Tuve la sensación del tiempo, de la vejez, de la terrible sucesión. ¡Qué asco la vejez! Volveré y ya Toní irá sola, fea entre un coche, insensible y vieja, y yo iré solo, viejo también y solitario entre otro coche. En la primavera, cuando todo se junta según sus especies..., los viejos están solos entre los automóviles...
* * *
Marsella
Desde el balcón de Toní se contemplaba también, al norte, después del parque, la verdeoscura montañita de Rucas Blanc, la cual no deja ver nada del Marsella propiamente dicho, ni del cerro donde está Nuestra Señora de la Guarda. Apenas se percibe la cabeza dorada de la Virgen. Al occidente, a quince pasos, está el mar y se divisan los islotes secos, en uno de los cuales está el Castillo de If. Bordeando el mar, va el Paseo de la Playa, que se continúa, al norte, en La Corniche.
Para llegar al centro urbano, se camina una hora. Sale uno de la casa, tuerce para la izquierda y sigue quinientos metros el Paseo de la Playa, separado de la arena marina y de las olas por un pretil en donde se puede soñar, desde donde la patria lejana parece tan amable, tan diferente a la realidad. En este paseo hay cafés y balnearios, que pintan y retocan en verano, al mismo tiempo que los árboles se van engalanado con follaje nuevo.
Se gira a la derecha, para oriente, por la avenida del Prado, señorial, sombreada de plátanos, con escaños en los andenes laterales, habitación de mis sueños, reposo de niñeras. Allí, los plátanos forman túneles verdes al juntar sus ramas hojosas, y le parece a uno ver a Dios en las manchas de Sol, allá en la lejanísima luz del final del túnel sombreado.
Se llega al Punto Redondo, plaza circular, y se gira para el norte, por avenida semejante a la anterior, hasta la plaza Castellana, lugar de cafés deleitosos, en donde principia la verdadera Marsella. De allí parten las calles de Roma, Paraíso y San Fereol, por donde se pasean las mujeres únicas.
La Canebiere es la arteria principal, el corazón de Marsella, y se extiende desde la iglesia de San Vicente de Paúl, al oriente, hasta el Puerto Viejo. A éste lo forma una entrada del mar, rectangular, de doscientos cincuenta por cuatrocientos metros, bordeada de andenes anchos. Está lleno de lanchas de gasolina, veleros pescadores. ¡Qué algarabía! “¡Vamos, señores, dos francos, ida y vuelta al Castillo de If!”. Estas lanchas se llaman, “Marius”, “La France”, “L’Amour”. Llevan grafófonos y compiten en adornos.
Los andenes son anchos, el oriental de unos cien metros y los otros de cincuenta. En el primero hay restaurantes afamados por La boullabaise, cafés y comercios populosos. Al sur, se comen todos los mariscos, desde pulpos hasta caracoles. Exhibidos sobre tendidos de verdes algas, las ilustres ostras portuguesas, osos, violetas, almejas, babosas... Viejas gordas y habladoras abren las conchas con pedazos de cuchillos; mozas de carnes abundantes sirven los platos con olor a esencia marina. Gentes de todas clases y países están al frente de una, dos y tres docenas de negras almejas con vinagre. Al final de este lado está uno de los estribos del gran Puente Trasbordador; más allá, la Escuela de Medicina, con su monumento a los marinos, y por allí cerca, la iglesia de San Víctor, que aún huele a Lázaro y a la Magdalena. Encima, cercana y alta, Nuestra Señora de la Guarda domina todo desde el cerro pelado, domina al mar, domina la ciudad, domina a las señoras que habitan en la callejuela de enfrente, en la rue de la Pouterie. Esta calle de las señoras desemboca al Viejo Puerto, cerca a la Alcaldía. Al norte, la Marsella antigua, la de callejas angostas y sucias, mercados ambulantes. Es la Marsella-universidad de olores, vicios y tristezas. Por allí está la Escuela Dental, en callejón empinado y difícil, como un calvario, jalonado de escupas sanguinolentas, dentistería gratuita de aprendices.
Por allí se encuentra lo que usted busque, la cara más pecaminosa y el judío errante; los dialectos incomprensibles y los idiomas desaparecidos; ojos de ángel en cuerpos de demonios; por allí anda Caín. Allá, en la rue de la Pouterie, en la calle de las señoras, está la muchacha que se robaron los gitanos en Itagüí...
¡Métase por la callejuela de las señoras! Pero ¡cuidado que le arrebatan el sombrero!; oye risas y no lo recupera hasta que haya entrado por la sospechosa y angosta escalera a faire l’amour á la maniére la plus épatante, o hasta que haya regalado los cigarrillos.
Las señoras están exhibidas, como los pulpos en el vecino puerto; vestidas con túnicas que les llegan hasta las barrigas, o sea, más desnudas que los pulpos.
Hay días, llegada de barcos, en que los parroquianos hacen cola, en espera del turno ansiado para faire l’amour, desde dos francos hasta ciento. Allí perfeccionaron todas las maneras de Grecia, Egipto, Persia y Roma. Esa calle es la heredera del gran lupanar de Pompeya.
En esta parte noroeste de la ciudad, habitan los que van a dar los golpes en los grandes negocios, affaire Prince, affaire Stavisky. Por allí deambulan y aguantan hambre Rimbaud y Verlaine; por allí se refugian los que pasaron a pie y de noche las fronteras, huyendo de la horca o del presidio... Es el escondrijo de la humanidad enferma.
También es donde hay más niños feos. Población italo-franco-española, abundante en sietemesinos, pródiga en productos del mal napolitano. ¡Cómo se empreñan y malparen las gentes míseras!
En la calle de la República, que va desde el Puerto Viejo para el norte, continuación, por decirlo así, de la calle de Roma, están los agentes marítimos, el comercio de ultramar, los libros para leer sobre cubierta, libros incitadores a la fornicación de camarote. Tal calle huele a todos los viajes, a todas las posibilidades; allí pierde uno el sentimiento de patria. Somos allí universales.
Paralela a La Canebiere, pero retorcida, va La Calle Larga, mercado de todo lo que se come. Allí están expuestos todos los animales marinos y terrestres; es la escuela del gusto, la universidad del paladar.
Desde el templo de San Vicente de Paúl, para oriente, hay barrios para habitar, honrados y apacibles. Bulevares de Longchamps, La Magdalena, en donde nada sucede afuera. Todo es legal, dentro de las habitaciones.
¡La Canebiere! ¡Por fin! Siempre llena de gente, mucha gente de todas partes, es mejor que los bulevares de París. Viejas alegres y caderonas, muchachas que nos van a robar la continencia. Hay que pasear todos los días por La Canebiere; beber allí café y pernaud; comprar favoritos, punta de corcho, en todas sus tabaquerías. En fin, La Canebiere es el lugar de Francia en donde más siente uno que va a encontrar, que le va a llegar algo muy bueno.
* * *
Se busca una muchacha
A fines del verano nos abandonó Teanós y publicamos un anuncio en El Pequeño Marsellés, en solicitud de otra institutriz.
Era el año de 1933, y durante los últimos días en que estuvo en mi casa Teanós, yo pasaba los atardeceres estivales sentado en el pretil, mirando al mar. Me parecía que en las embarcaciones que cruzaban del Castillo de If hacia el cerro de más allá de la Punta Roja, con rumbo a Italia, al África, al Asia, iba una cosa que me podría nacer a mí, iba para oriente...
Contra el pretil hay pedruscos, arrojados para evitar la embestida de las olas. Entre ellos murmuraba el agua y me parecía que me estaba contando acerca del hijo mío. Parecíame, entonces, que éste se hallaba en todas partes, sobre todo dentro de mí...
Puesto el Sol y desvanecida la coloración de las nubes, regresaba a mi casa, caminando con gran lentitud entre mi bata de baño, y era porque estaba muy afanado interiormente, buscando una cosa que parece que se me perdió desde que nací y que no sé qué será...
Llegada la mañana luminosa, iba a fumar el cigarrillo a la playa, en vestido de baño. Allí estaba Teanós con los niños, sentada en una piedra plana que emergía de la arena. Al verla, casi sin mirarla, me alegraba. La sentía y fumaba, y me parecía que ya iba a encontrar. Entonces perfeccioné mi definición de alegría: es el presentimiento de que ya se va a encontrar una cosa que no sabemos y que llamamos de muchos modos.
Era como si Teanós tuviera escondida esa cosa que al atardecer había creído que iba para oriente en los barcos que pasaban.
Indudablemente, el hombre es un ser que está perdido o que busca una cosa que se le perdió: porque en Ostia, en el balneario, vi una mujer y sentí que era ella la que tenía lo que yo buscaba. ¡Mentira! Porque después me pareció que eran las ruinas romanas las que tenían mi secreto, enterrado. ¡Mentira también! Porque luego me dije que eran las esculturas griegas, y lo juré mil veces. ¡Desilusiones! Y porque ayer en París..., Irene se desnudó ante el espejo y vi que no tenía secretos escondidos en ninguna parte.
El recuerdo de Teanós es muy intenso, pues como no pasé de verla en vestido de baño, aún ahora estoy creyendo que se me fue con el secreto.
Así, pues, cuando fui al Viejo Puerto a contratar el anuncio, estaba tan alegre que pasé a visitar a mi compatriota, el gallinazo que tienen triste y solitario en el jardín de Longchamps. En Marsella no había más colombianos que el gallinazo y yo. ¿A quién contarle mi esperanza?
Al entrar a la imprenta, era como si desde El Pequeño Marsellés fuera a lanzar mi llamada a la felicidad completa.
Esta serie de esperanzas y desilusiones son trascendentales, son el mecanismo de la teología moral. Esa esperanza de encontrar algo que no sabemos qué es ni dónde está, constituye el encanto de salir a pasear por las callejuelas y los bulevares; constituye el encanto de los viajes: “Allí está, en aquel pueblo a donde vamos... Está a la vuelta del camino..., o en el barco a que vamos a subir”. Todos los que suben a un buque tienen ojos de esperanzados buscadores. Yo vi, en la Agencia Cook, a un viejo alemán que preguntaba acerca de viajes, se documentaba para Argelia, y tenía ambiente de seguridad de que allá encontraría eso que todos buscamos.
También me ha sucedido que siempre que compro libros, me parece que llevo para mi casa ese secreto que nos hace mover mientras vivimos. Racionalmente estamos convencidos de que la cosa no existe, pero vivimos esperanzados. Parece que la sinergia orgánica tuviera por objeto no dejar debilitar la esperanza. Los organismos sanos son los que más buscan, con mayor ardor y presentimiento. En los neurasténicos predomina el convencimiento de que esa cosa innominada que buscamos, no existe.
De este fenómeno de teología moral han resultado la teoría nietzscheana de que el error es necesario para la vida, las teorías pesimistas y optimistas y la otra de la mediocridad, o sea, del término medio. Porque la filosofía no es sino expresión escrita, hablada o vivida de la reactividad. Un organismo bueno, corre detrás de la cosa escondida, cantando, lleno de alegría; otro, enfermo, no se mueve, y aquellos que carecen de acometividad, dicen que es en el justo medio donde se encuentra la verdad.
Por mi parte, en Europa, en bata de baño o con la guía bajo la axila, yo creí que la verdad la tenían Teanós, Toní, madame Rousseau, Irene de París, las venus griegas, las ruinas romanas, la mujer de Ostia, Anita Tilotta, las pinturas italianas, Miguelángel, Leonardo... Una vez creí que estaba en Pompeya, en la casa de los Vetti; a poco, que se escondía en el gran lupanar; luego, la busqué en libros y conferencias. Un día, en primavera, parado en la Plaza de la Concordia, mirando hacia el Arco del Triunfo, creí que en ese atardecer tan luminoso, la verdad, Dios, estaban dispersos en el aire dorado de los Campos Elíseos. Y hoy, en Colombia, entre las cañadas de Envigado, a pesar de que sé que eso no se encuentra en la Tierra, subconscientemente vivo creyendo que la cosa la tenían Teanós y Toní y que se quedaron con ella a orillas del Huveaune...
Parece que se trata de un mecanismo. Si el hombre no fuera así, no obraría, se acabaría la especie. Si eso que buscamos pudiéramos tenerlo, cesaría nuestra actividad. ¿Con qué fin, por ejemplo, saldría yo al cafetín de orillas del río, si ya estuviera satisfecho?
¡Se me olvidaba! A tal café, durante ese verano, iba todas las tardes, engañado por la creencia de que la hija de la propietaria podría tener lo que hace mover a todos los seres. Y, cosa admirable, fue durante los mismos días en que temblaba al pensar que Teanós estaba llena de secretos. Fue entonces, considerando esto, cuando escribí aquella frase: “Mi madre me parió cabezón, pero infiel”. ¡Infidelidad connatural! Al mismo tiempo que buscamos en Bergsón, buscamos en las disciplinas hindúes, en los museos y en la práctica de rezar el rosario. Aún más: cuando estaba ocupado con Teanós y con la hija de la propietaria del café “La Cigarra”, iba a la iglesia de la calle Paraíso y me paraba contra una columna, buscando. Y más aún: fumaba el cigarrillo acostado en la arena, sintiendo el cuerpo tibio de Teanós a mi lado, y me acuerdo que miraba a todas las bañistas. Infiel, insatisfecho siempre, semejante a un viajero que llega y ya está de viaje, y cabezón, porque siempre, desde niño, estoy buscando la verdad.
Me podría definir con éxito: el que siempre busca una cosa. Caín, condenado al movimiento, engañado por mirajes de este desierto que se llama Tierra.
Muy bien la historia del Paraíso. Allá se quedó lo que buscamos, y un ángel, armado con espada flamígera, defiende la entrada. Allá nos condenaron a buscar siempre, a trabajar, a proseguir engañados detrás de espejismos que apenas sí nos suministran la energía precisa para continuar la brega.
Jesucristo vino a mostrarnos el camino. No vino a darnos la verdad. Vino a contarnos que ella existe en el cielo y que tengamos esperanza. Jesucristo es el camino, porque nadie puede hablar y morir así, como él habló y murió, sino cuando está seguro de que la verdad existe. Indudablemente que Jesucristo es el único camino, a saber: una gran dignidad, un amor que nos funda la carne, un renunciamiento que nos convierta en dueños. Ninguno ha vivido tan dueño como Jesucristo. Hubo uno que se le pareció y fue Sócrates, pero Jesucristo tenía mayor seguridad. En él no hubo la sombra de una duda. Es evidente que él había vivido con eso que buscamos; tan íntimamente había vivido, que lo llamaba su Padre.
Jesucristo renunció a todo, para mostrarnos que esa es la manera de resucitar. Renunció a las Marías, para indicarnos que así el amor se volvía infinito. Renunció a su madre, y por eso la convirtió en Diosa, madre del universo.
Yo, humilde aficionado al amor, siguiendo al Maestro, he renunciado, pero dudosamente, a Toní y a Teanós. Y la enseñanza de esta introspección que estoy escribiendo, es la misma: que el camino de la verdad es la renuncia. Les repito a los jóvenes guerreros, que una renuncia, por pequeña que sea, nos eleva muy alto, a la aurora. El camino es el renunciamiento, o sea, la Cruz.
¿Qué diré de la madre de Jesucristo? Ella me ha dado fuerzas para dejar virgen a la vida a orillas del Huveaune. A ella suplico siempre, así: “A cambio de esto, dame belleza interior”.
Jesucristo es el buque que va para Oriente. Él tiene la verdad en sus manos clavadas. En la cruz está atado, fijo, todo lo que nos ha hecho equivocar, y la verdad subió a los cielos.
Voy a referirme a la hija de la propietaria del cafecito “La Cigarra”, para no suprimir nada de mi confesión, y para que se comprenda que no solamente me movía la sensualidad, sino también el instinto de buscar. He amado a las mujeres lo mismo que a los libros, a los sabios, a las flores, porque me ha parecido que ellas me satisfarán. Me acuerdo que en Roma no estaba contento, y tampoco en Génova. Insultaba, también inconforme, a París y a Madrid. Y hoy en mi patria, escribiendo esto, siento un loco deseo de volverme. ¡Eterno insatisfecho, impaciente buscador!
Dicen mis libretas de la época:
“Octubre de 1933 — Casi todos los que vienen al Consulado con sus pasaportes son menores que yo. ¡Qué asco me da la vejez!
Ahora, en Marseille-plage, en el café ‘La Cigarra’, estaba Patadepalo, el mutilado de la gran guerra, con su botoncito de la Legión de Honor en el ojal, atisbando a la hija de la propietaria... ¡Este sí tiene que ser mayor que yo!
La muchacha me intranquiliza. ¡Es tan juvenil! Los ojos parecen abismos de felicidad, tan inocentes, tan abiertos. Y es delgada y muy dura. ¡Esa sí es virginidad!
Fui con mi hermano Jorge. La tarde bellísima de otoño. La luna en el cielo del poniente aún iluminado. ¡Delicioso el instante fugaz! Patadepalo cela a la muchacha, y ha mucho tiempo que le hace el amor discreto, lento, sitio lento de guerrero mutilado...
Dije: ¡Que triste es que yo me acabe al morir!...
Al rato pensé: todos los indicios parecen indicar que nos acabaremos...
Mientras miraba la imagen de la luna en el agua estancada contra la acera: ¡No! No puedo acabarme. Mi alma protesta dentro de mí con energía...
Y seguí pensando: Jorge podría preguntarme que si esto es filosofía: pasar treinta y ocho años meditando, rumiando, atormentándose y atormentando..., para poder ofrecer solamente comentarios, balbuceos.
Sin don Benjamín no puedo filosofar. Su risa de jesuita, su cuerpo eclesiástico, sus ojos mansos... Él ha sido mi piedra de toque. Cuando reía, durante nuestros diálogos, era porque la verdad nos había acariciado. ¡Qué bueno que don Benjamín conociera a esta muchachita y a Patadepalo; a Teanós, a Irene y a Toní!..”.
Al día siguiente:
“Son las diez y media. Vine muy excitado a invocar a Dios. Necesito apaciguamiento. ¡No tiene nada, nada tiene escondido la muchacha del café! ¡Nada tienen los libros y nada tiene Teanós! Quiero renunciar a todo y que la inervación recomience en mi organismo destrozado. Hay ruido arterial en mi cerebro.
¿Dónde está el camino? ¿Dónde están las huellas, como gritaba en Viaje a pie, cuando estábamos perdidos en los prados y bosques del Retiro?”.
* * *
Llegada de Toní
Fue una mañana invernal cuando llegó a casa, en tranvía, mademoiselle Toní. Llegó afanada, con el periódico en la mano, el mismo día en que salió el anuncio. Quería ser la primera. Vestía con abrigo azul, desabrochado, y pude contemplar la forma general de su cuerpo. Bajo el brazo, su paragüitas que parecía un cigarro. Subió las escaleras apresuradamente. Olor a juventud, rostro encendido, un poderoso animal.
Así llegó y entró en casa el remordimiento, es decir, la mujer que había de amarme y a quien yo diría no, con pena y alegría. Lo primero, porque renunciar a las cosas buenas entristece siempre, y lo segundo, porque me había creado en el curso de la vida una motivación nueva, la cual quedó satisfecha. Desde la infancia he vivido meditando, parado en los rincones o al pie de los árboles. Una mañana, durante mi niñez, amaneció una rosa en la punta de una vara alta y joven, en el patio de casa; el Sol la acariciaba. Allí me quedé buscando, con el aspecto de quien busca, al menos. Cuando leí que Sócrates permanecía parado afuera, a la intemperie, durante horas y hasta días, me alegré mucho porque ya tenía un santificador. Durante la niñez y juventud me había creado motivaciones; en Bonneveine, ya estaba preparado para la llegada de Toní.
Estas cosas de Toní son pequeñas pero trascendentales. Me ilustran acerca de mí. ¿No fui un niño monosilábico, parado en los rincones, suspenso, solitario? Mi niñez fue una preparación para renunciar.
Las cosas buenas no suceden sino a quien no las busca y las muchachas no aman sino a los guerreros desprendidos. Hay leyes desconocidas que rigen la vida del espíritu. Si yo no hubiera estado preparado para renunciar, Toní habría sido otra.
La escena, en el vestíbulo. Mostró los certificados. Yo estaba de espaldas al jardín y la luz que entraba por el baño caía sobre ella. Dijo que luego traería el pasaporte. Dio su dirección: 32, rue D’Arenc, por allá, por los muelles, al norte de Marsella.
Yo no la miraba, porque no debía hacerlo. Yo era un hombre contenido. Pero la veía. Veo a las mujeres en razón inversa de cuanto las miro. Desde que no las mire, es porque son dignas de un renunciamiento. Mi alma se ilumina y siento que las veo, que las estoy tocando. Me causan éxtasis las muchachas que huelen a salud, y mis facultades psíquicas funcionan. Sólo una vez miré a Toní, durante aquella escena, y recuerdo que nos asustamos. Aceptó todas las condiciones, y yo sabía que las iba a aceptar. Era un instante de conocimiento directo.
Hoy comprendo que yo atizaba desde entonces, y “el amor más arde mientras más se atiza”. Atizaba, para luego decir que no. Bregaba ya porque me amara para resistir a sus ojos, pues desde antes de llegar, desde antes de mi instalación en Marsella, desde antes de nacer, había sacrificado a Toní al espíritu.
Para el estudio de mi carácter, ahí tienen un dato de infidelidad: apenas contratamos a Toní, ya le era infiel con las muchachas posibles que podrían venir a causa del anuncio en El Pequeño Marsellés. ¿No cree el lector que en cada instante se halla todo nuestro pasado y nuestro futuro?
La infidelidad, tal como la describo, es patrimonio de las almas cuyo destino es la Divinidad. Es gran virtud. Procede del estado de imperfección que nos induce a buscar. Los hombres fieles no tienen porvenir.
Las muchachas que van a venir son imaginaciones que sostienen la vida y la entretienen. La realidad es siempre sombría. En mí no estaba el deseo de poseer mujeres, pues por millares estaban en las calles. Si Toní me hubiera prometido acostarse, me habría repugnado. La prueba está en que la felicidad proporcionada mutuamente fue porque nada nos dijimos.
* * *
Narración
Toní se instaló en noviembre, en invierno, cuando ya las casas están cerradas, hace frío y la vida es íntima, al lado de la caldera de calefacción... Recuerdo que cuando llegó, yo estaba triste, abatido, con la conciencia de haber renunciado a ella en absoluto. Vino con su tía, a quien prometí, a solas, en el balcón del baño, velar por la joven.
La verdad es que mi carne chillaba de dolor y mi espíritu escalaba el cielo, cuando hice tal promesa. Quedé anonadado dentro de mi bata de baño.
Una vez bajé al jardín; estaba sola y corrió asustada. Fue la primera vez que se asustó... ¿Por qué, si no la miré y si nada le dije? ¿Por qué temía?
Era pequeña, dura, rubia.
Recuerdo que fue una tarde cuando, paseándome por el vestíbulo, la vi por primera vez salir de su habitación con su pijama rojo. Otro día se fue de paseo, y abrí su cómoda y me parecieron muy bellos sus calzoncitos y camisas.
¿Por qué nos gustan estas cosas de las mujeres desconocidas? Con miedo de profanar el sentimiento que tuve, diré que quizás sea porque las mujeres con quienes no hemos conversado son el depósito imaginario de la felicidad y hermosura que anhelamos. Pero entonces, ¿por qué nunca pensé en la ropa de Gina? ¿Habrá afinidad que nos atrae y embriaga? ¿Se tratará del genio de la especie?
Mientras rezábamos el rosario, por las noches, Toní estaba encerrada en su cuarto. Yo me paseaba, dirigiendo el rezo, e indudablemente que mi gran ansia de felicidad remota, o el genio de la especie, traspasaba la puerta, por las rendijas, o como los rayos X, pues sentía cierta especie de comunidad entre nosotros... La prueba está en que ella me huía, me tenía miedo, sin haberla mirado nunca descaradamente, como los jóvenes impetuosos.
A mi hermano le decía: “Toní es fea...”. A medida que penetro en esta confesión, me admiro más de mí, de la astucia de la subconciencia. Soy ladino, astuto en los secretos del pecado, de estas cosas que rodean lo que llaman pecado de la carne.
Así pasaron muchos días, sin que habláramos, sin que pudiéramos mirarnos sin apartar los ojos, o, por lo menos, sin darles aspecto de indiferencia.
Yo no sabía entonces que entre Toní y yo estuviera pasando algo. Ahora es cuando lo sé. Yo pensaba voluntariamente en otras cosas, en Dios, en Italia, en facultades psíquicas desconocidas. Pero ahora, examinando mis libretas, veo que Toní era el hilo, la coloración de mi conciencia, la que daba lógica a toda mi vida interior, ya se refiriera a Salomé, al café “La Cigarra”, a las ostras del Viejo Puerto... Yo la censuraba (?), la despreciaba (?), porque había roto el tintero, por sus descuidos. Pero en el fondo, en realidad, entre nosotros sucedía la historia de que sólo ahora me percato. Había mucha cosa fuera de lo aparente, mucha historia entre los dos. ¿Por qué huía temerosa y sonrosada? ¿Por qué nunca me dirigía la palabra? Porque vivimos y sabemos más cosas de las que creemos. Tal la explicación.
Un día, Toní no quiso bajar al comedor a la hora del almuerzo y se encerró a llorar. Subí a consolarla. Puse la mano sobre su cabeza y le dije: “No llore, Toní... ¿Por qué está triste, usted, tan bella?...”. Me deleitaba como un confesor, y todo el día estuve pecaminosamente alegre, pero sin darme cuenta de lo que sucedía.
Nosotros, los jesuitas, somos egoístas como los gatos. Es la esencia en la comunidad de los reverendos padres hermanos de la infortunada Cunegunda... Damos muchos consejos, pero el jesuita es hombre segretatus a populo. Los reverendos viven en sus caserones amplios, conversando largamente en sus paseos por los corredores, en donde caminan para adelante y para atrás, en grupos de dos filas que se enfrentan, formando así el animal de la comunidad. Nada sabe el jesuita de hambres e infortunios, sino por los libros y el confesonario. No conoce la moneda. No compra mercado. No sufre crisis. Está parado al pie del árbol de la vida, consolando a Toní... ¿Por qué no insistiría el padre Torres? ¡Qué gran jesuita hubiera sido yo! Y hoy viviría en Roma o en París, enseñando un poco de teología abstracta y consolando a Toní: “Hija mía, baja a almorzar; tan bella muchacha como tú, sólo debe llorar a causa del pecado... Dime, ¿es que tú acaricias, te deleitas con la tela, con los pliegues de tus ropas, al vestirte...? ¿Gozas y sueñas con la seda de tus medias...? No temas. Cuéntamelo todo... Somos jueces, y es necesario que me desnudes tu alma...”. ¡Cuán lejos iría mi poder olfativo! ¡Qué inmenso desarrollo habrían adquirido las facultades de mi intuición! Yo habría fundado nuevas casas; mis sermones estarían publicados y las muchachas de Francia habrían dicho: “C’est gentil ce Père de la Colombie!...”.
Así fue como consolé a Toní. Luego, por la noche, volvió con regalos para todos, menos para mí. Pero sentí que todo, absolutamente todo, era para monsieur. Así estuve en la cima de la felicidad psicofisiológica, que únicamente conocen los guerreros desprendidos, durante tres o cuatro días. Mientras más convencido estaba de que toda ella era para mí, porque ningún regalo me llevó, y porque me temía, más lento era mi caminar entre la bata de baño, más reconcentrado mi aspecto, más despacio rezaba el rosario, y más ratos me encerraba en el consulado a fumar y meditar en las relaciones del hombre con la Divinidad.
Sólo una cosa modifiqué de mi conducta. Seguí dejando la llave, para que atendiera las llamadas al teléfono. Al salir, gritaba desde la escalera: “Mademoiselle Toní!... Toní!... voilà la clef...”. Bajaba ella, con el rostro encendido, pero feliz, brincando de tres en tres los escalones. Yo la miraba amorosamente, pero con bondad espiritual; estiraba hacia arriba la mano, mientras decía voilà la clef y así permanecía hasta que Toní llegaba. Ahora comprendo los significados de tales actitudes: la mía, para poder mirarla, y la rapidez de ella, para que cesara pronto mi mirada, porque estaba feliz, pero temía.
Cuando un día, al entregarle unos juegos de facturas, me miró Toní, por la primera vez con gran capacidad de entrega, tuve que huir por las avenidas, bajo los árboles, buscando contención. El espíritu me estaba atacando y escribí este himno, metido en
