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Don Benjamín, jesuita predicador

Presentación, preámbulo, capítulos I y II—

Como en este número principiamos la biografía de don Benjamín, y para que los lectores vayan sabiendo cómo nace esta revista, copiaremos unos párrafos de nuestro diario. Ellos servirán también para los que están enojados: verán que se trata de una fatalidad; que no podemos dejar de decir lo que pensamos. Dice:

“Hoy nos iremos para Claraval con don Benjamín. Llevaremos bocadillos y otras cosas de comer, un paquetico jesuítico. Por allá adelantaré mucho la biografía de don Benjamín, para Antioquia. Berenguela y los niños irán delante, y estos dos príncipes de la Iglesia, detrás, recordando escenas bellas, humanidades, alegrando el espíritu con armonías místicas; los ojos, con los verdes, los matices del verde vegetal, del azul celeste, etc., y el tacto, ansioso y tenso, pero enfrenado.

“Don Benjamín y yo estamos en la edad feliz de la gran capacidad que ya no se atreve, que se economiza: gozamos con la tentación y con el seudo-triunfo sobre ella; nos creemos héroes del renunciamiento, cuando, en verdad, tememos a la dilapidación. Pasa una campesina, por ejemplo; vamos comentando algún pasaje de Saulo; miramos a los tejidos de ella, irrigados, resistentes, y nos miramos mutuamente y sonreímos, gozando al creer que somos renunciantes... ¡Bella edad de la filosofía, del paladeo!

“En todo caso, ésta nuestra es edad feliz, edad de pasajes, de comento de pasajes de Jesús, Saulo y Ovidio. ¿Cómo olvidar a Séneca y a Marco Tulio?

“¡Las humanidades! ¿Cómo hay gente, don Benjamín, que prefiere sociologías a un libro de Marco Tulio? ¡Somos príncipes de la Iglesia! Repetir y paladear dos o tres versos clásicos, dos vocablos griegos o latinos; paladear las figuras de nuestra niñez y juventud, las que intervinieron en nuestras vidas: He ahí los placeres incomparables de la edad filosófica.

“Delante van Berenguela y los hijos; don Benjamín se detiene y dice: “En Girardot, cuando yo era jesuita, prediqué acerca de la ira...”: ¡He ahí, señores, la edad otoñal, la de los cuarenta!”.

* * *

Así, pues, es tarea imposible la de que no digamos toda la verdad. Parece una casualidad, pero es predestinación, pues siempre que nos hemos comprometido, aceptando juzgados o consulados, el espíritu nos agarra y nos hace gritar, y nos echan... Definitivamente, fuimos creados para culirrotos.

Muchas veces hemos sido tentados y cedido a la tentación; muchas veces hemos querido agruparnos, para conseguir mina o platanal, pero nuestro demonio nos hace gritar y nos expulsan. Carecemos de constancia para la estafa y el whisky.

Ya no cederemos nunca al demonio; hemos cerrado contrato con nuestro pueblo, así: “Seremos la voz cascada que grita a orillas de la Ayurá, que proclama las virtudes y los vicios, los peligros y los engaños, sin otra recompensa que la no interrupción de nuestra risa solitaria”.

Otros nos han dicho: “No usen nombres propios”. El que tome el nombre del pueblo, el que gerencie algún porvenir patrio, todo hombre, en cuanto social, es propiedad nuestra. Nunca hablaremos del hombre en cuanto individuo, pues, en cuanto tal, es sagrada manifestación divina. Hablaremos de todos, en cuanto cómicos, personajes de la comedia.

Ahora, el nombre es esencial. Lo que hace un hombre sería inverosímil si él se llamara de otro modo. Sólo Moisés pudo hacer las cosas que hizo Moisés; sólo Mirócletes pudo representar el papel de Mirócletes, y ¿cuál diablo de nombre podríamos inventar para aquel fondillón, representativo de Antioquia, si no es Pedro Nel? Pedirnos que inventemos nombres es pedirnos que usurpemos el papel de las madres, que, si paren a los niños desnudos, por divinos y secretos designios los paren con el nombre.

¿Que ningún autor los ha usado? Eso nos tienta. No hacemos las cosas que otros hayan hecho. Tampoco ninguno había tomado a Etiopía. Si nuestra profesión fuera hacer lo que han hecho aquí, ¡pues estaríamos ricos y quizás en París!

* * *

En este número iniciamos la biografía de don Benjamín, el ex jesuita de Viaje a pie. Es nuestra obra preferida, y hemos resuelto publicarla aquí en vista de la acogida cariñosa que ha tenido Antioquia. Esta es ya nuestra casa y bregaremos por darle lo mejor.

En esta biografía de nuestro ilustre amigo y coaficionado a las andanzas a pie, intentamos resucitar las habituaciones y maneras de aquellos curas en propiedad, generalmente de la Marinilla; resucitar las costumbres eclesiásticas de Antioquia; revivir a esos curas gordos, buenos, y cuyas personalidades hacían temblar al pueblo y al púlpito, cuando las pláticas domingueras. Con ellos acabó el señor Cayzedo. Se trata del antiguo clero, el que desapareció desde aquel viaje malhadado que hizo el padre Enrique Uribe a Roma, a estudiar; desde entonces, nuestros curas son jóvenes delgados y lindos, preocupados de acción católica y que dicen fáchere en vez de fácere.

También reviviremos aquí a los reverendos padres, a quienes les debemos los buenos sentimientos que hay en nuestro corazón. De ellos tenemos el amor por los paseos a pie; la pasión por los diálogos peripatéticos, en los jardines y patios de los caserones; el ansia de tener finca raíz, de comprar, aunque sea fiada, una gran finca rural, con montes, prados, cañadas y mucha agua, así como la de ellos en Bucaramanga. De nuestros queridos maestros tenemos esa pasión por convertir a las muchachas, por llevarlas a casa, para tocarles el corazón e impedir que sean engañadas por hombres miserables... Sólo que nosotros, jesuitas sueltos, somos pecadores. ¿Por qué? Porque no hemos observado las cautelas de nuestro padre Ignacio: no tocar, no mirar, etc. Hemos querido ser jesuitas sin las cautelas y sólo hemos logrado refinar el pecado.

De todo esto se trata en la obra que hemos escrito con amor y cuya publicación iniciamos hoy.

F.G.

Envigado, mayo 7 de 1936

— o o o —

Al R.P. Zameza, mi confesor.

Fernando González

PREÁMBULO

¡El jesuita! Indudable que es la comunidad religiosa más interesante, por castos, por estudiosos y por las disciplinas psíquicas. ¡Ningún conocedor del alma como nuestro santo padre Ignacio! El basta a España para que tenga la primacía en el mundo interior. Es la única compañía bien organizada en todos sus detalles. El aire ignaciano es propiedad de ellos: generalmente delgados, cuerpos atormentados de estudiosos; en su juventud son fornidos y ágiles; en la vejez llevan la calvicie y seriedad ignacianas. Tienen gordos, pero son pocos. Su vestido es el más intelectual. Imperan en todas partes. Madrugadores, activos, completamente sugestionados de que La Compañía es el Cielo o el camino más recto para él. Tienen razón. Santa Teresa lo afirma. Son insuperables en el respeto a la castidad, inflexibles. De ahí, creemos, su triunfo. Sólo el que siga a Ignacio puede triunfar de la carne.

Ninguno de ellos sobresale en originalidad, pues ésta es contraria a su espíritu, pero todos ellos son ilustrados, metódicos, gente heroica.

Para decir toda la verdad, ya que es nuestra cónyuge, diremos sus defectos, los que nos parecen tales y que quizá sean los defectos de sus cualidades, según frase de Santa Teresa. Son:

Falta de originalidad individual. (Claro, porque están sometidos a la regla, son perinde ac cadaver (1) y “como bastón de hombre viejo”). Ausencia de atrevimiento científico, de espíritu inventivo, por la misma causa. Muy doblegados por sus jefes y muy soberbios en su espíritu de comunidad, pues creen firmemente que son mejores que los demás. Tratan al mundo con desprecio. Sociedad que dominan, la tiranizan. Siendo los mejores amigos, personalmente, la comunidad es tirana y soberbia.

Son el sostén de Roma, y así lo creen y sienten.

El jesuita tiene aplomo dondequiera. Dominan el resto del clero. Son temidos, temibles y respetadísimos.

Para terminar, nuestra gran tristeza es no pertenecer a La Compañía sino por la gana. Somos jesuitas soltados, que de vez en vez vamos donde el padre Zameza a lamentarnos de nuestros negros pecados, debidos a que no llevamos, como ellos, las cautelas del padre Ignacio entre el bolsillo.

Ahora los persiguen solapadamente, en Colombia. ¡Eso es!: ¡arrojen al espíritu latino e introduzcan expertos, mineros y pastores sajones! ¡Arrojen a los maestros de monsieur Voltaire, a los que abrieron y embellecieron la gran hacienda de los llanos, a los que dieron al Paraguay el espíritu heróico!... ¡Arrójenlos, a nuestros maestros, para que no queden en Colombia sino los putos y putas de la gran familia liberal!

* * *

¡Estamos anonadados! Acaba de contarnos Jorge que el padre Zameza, nuestro confesor jesuita, está gravemente enfermo, hace dos meses; que está en Miraflores y que temen por su vida... ¡Morirá, o lo arrojarán estos López! ¿A quién le contaremos las cosquillas que nos hacen las muchachas?

¡Está enfermo ese joven, ese andarín, que cogía el manto, lo levantaba y se lo echaba al brazo izquierdo, con elegancia ciceroniana! ¡Ese caminador filósofo, que iba juvenil, fuerte, echado para adelante un poco! Parece que estuviera enferma o que fueran a arrojar de la patria a una parte de nuestro ser... ¿Por qué no lo detuvimos en la calle, a saludarlo? ¿Qué amor a la filosofía quedará por aquí, si arrojan a los jesuitas?

(1) Parecidos a un cadáver. Volver

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PRIMERA PARTE

CAPÍTULO 1

PRESENTACIÓN DE DON BENJAMÍN, TAL COMO ES HOY

En esas (1) nos llamó un hijo de Chito y nos dijo que ahí estaba don Benjamín, bebiendo café.

Llevamos a don Benjamín donde Suso. Allí le contamos nuestro programa.

Hace tiempos que insistimos en que termine su carrera eclesiástica, pues sabe de ritos, latines y, cuando salió de la Compañía de Jesús, ya se había puesto dalmáticas... Sobre todo, posee la figura y el modo dulce y hábil de los príncipes de la Iglesia. Nos contó hoy que tuvo el siguiente diálogo con el padre Casiano Restrepo, su amigo:

—Mira, hombre, ya que destituyeron a Cayzedo, me tienes que ayudar a terminar mi carrera eclesiástica, en la cual perdí mi juventud...

El padre Casiano se detuvo en el zaguán de su casita y, guiñando el ojo zorro, le preguntó:

—Dime, ¿ya lo pre-bas-te?

Don Benjamín respondió afirmativamente, añadiendo que todos lo habían probado.

—¡Sí, hombre! ¡Es verdad! El que no lo haya hecho, que tire la primera piedra; el que no lo haya hecho, que tire piedras que sean como enormes bolas... Pero, mira: mejor es que no sigas; vaca ladrona no olvida portillo...

(1) Cuando nos documentábamos para Poncio Pilatos, envigadeño (Semana Santa en Envigado), obra que aparecerá pronto, en Antioquia. Volver

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CAPÍTULO II

DON BENJAMÍN PREDICA EN PUERTO BERRÍO, HUNDE UNA TABLA DEL PULPITO Y CONVIERTE A UNA VIEJA

Ya dijimos que don Benjamín se había puesto dalmáticas donde los reverendos padres.

Pero la gente y nosotros ignorábamos hasta ayer que él hundió de un puntapié una tabla del púlpito de Puerto Berrío, en donde convirtió a una vieja, y que, en Villeta, con el sermón llamado de la mano negra, convirtió a todas las señoritas, señoras, viudas y viejas, hasta el punto de que esa noche, noche de luna, se amontonaron en el patio y corredores de la casa cural, reclamando al padre Correa para que les dijera una palabra de consuelo...

Pero vamos por orden; sin ordenación no puede haber emoción estética, y, el sermón de la mano negra, si anticipáramos los sucesos que corresponden al final, no produciría el efecto que buscamos, a saber, la salvación de las almas.

Fue ayer, domingo de resurrección, cuando oímos de los labios arzobispales de don Benjamín el sermón ese...

Estábamos bebiendo café al atardecer, donde Suso, bajo la ceiba de Suso.

Don Benjamín había venido a traernos la hermosa Biblia del padre Casiano Restrepo, ilustrada, editada en Venecia en 1758, “Ex typographio remondiniano”.

Llegó temprano a traérnosla. Paseándonos por los corredores de “Bucarest”, por nuestra bella mangada y jardines, o ya entre la alberca del gran baño, sobándonos nuestros pechos cuarentones, el suyo más arzobispal que el nuestro, simple monaguillo de la Iglesia, del arte y de la filosofía, conversábamos de Jesús, de María, de judas...

Comentábamos acerca de la discreción suprema con que aparece la figura de María, mater ejus, en los evangelios.

Mientras don Benjamín se hacía masajes en su vientre sacerdotal, comentábamos así:

Tres o cuatro frases intensas, de seriedad y autoridad divinas: eso tenemos acerca de María. Figura esbozada apenas con la palabra y, por eso mismo, completa en poder espiritual. Las grandes figuras: tres golpes de cincel, tres brochazos y el espíritu humano queda subyugado.

Por eso, don Benjamín, es un error de la Iglesia ese relleno que han hecho con María y con José; en sermones, visiones, libros de doctores, etc., han rellenado la historia de esos dos misterios del alma humana. Jesús fue solitario; con exquisita delicadeza separó a sus padres de su brega divina con la bestia. Ayer decía el coadjutor que María tenía en sus brazos a Jesús - cadáver y que sufría al recordar sus dientes que eran blancos como la leche, cuando vivía...

Don Benjamín sumergióse en la alberca y, al salir, resoplando, díjonos: “Usted, doctor, debería hacer un sermonario...”.

Decía el coadjutor —continuamos— que, al pie de la cruz, María tuvo presente a Nestorio, a Lutero, a Calvino, a nosotros, y que sufría... ¿No le parece un relleno, don Benjamín? Los evangelios dicen apenas tres o cuatro frases, entre las cuales las mejores son las siguientes:

“Y estaban junto a la Cruz su madre, y la hermana de su madre, María de Cleofas, y María Magdalena.

“Y como Jesús viera a su madre, y al discípulo que El amaba, que estaba presente, dice a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.

“Después dice al discípulo: He ahí tu madre. Y desde ese día la recibió consigo”. (Juan XIX. 25, 26, 27) (1)

Salimos del baño al atardecer. Mientras veníamos a contemplar a los borrachos, diez mil borrachos católicos, que fue lo que resultó de la Semana Santa, por la carretera paladeábamos y comentábamos estas palabras: Deípara Virgo Zeótocos, virgen deípara, las primeras, y madre de Dios, la segunda.

Decíamos que todo sermón acerca de la Virgen debía limitarse a repetir Deípara Virgo.

Notemos la belleza de esas dos palabras; el contraste, el atrevimiento de ellas: el atrevimiento de esos tres conceptos que expresan una armonía supraterrena: Virgen, madre de Dios.

En tales palabras está toda la virgen, aquélla que parió al que unió a la humanidad con el espíritu.

lbamos por el frente de la casa que compró el alemán, cuando decíamos: Sólo al pueblo judío pudo ocurrírsele el atrevimiento de emparentarnos con la Divinidad. ¿Qué más desea don Benjamín, que pertenecer a la misma especie animal que la Madre de Dios? ¿Comprende? Y El dijo: Mulier, ecce filius tuus. Ella es nuestra madre; quien la invocare estará a la diestra; nada le será negado a quien pidiere a la mater ejus...

Había muchos borrachos en la plaza. Nosotros lo estábamos también, sin haber bebido. En nuestra cabeza se repetía la música sublime; en nuestra cabeza sólo había esta cantinela, e íbamos llegando ya al café de Suso: Deípara Virgo. ¡Qué brutos estos predicadores, don Benjamín! ¡Rellenar! Usted y yo debíamos ser príncipes de la Iglesia...

Entonces fue cuando don Benjamín nos contó, excitado. Dijo:

“Póngame una casulla, doctor, y colóqueme al frente de un misal y yo le digo una misa, mejor que el padre Ocampo. ¿Sabe por qué? Porque eso lo aprendí en mi niñez y primera juventud; eso no se olvida...

“¿No sabe usted que en Puerto Berrío hundí yo una tabla del púlpito, de una patada?

“—¿Cómo fue, don Benjamín?

“—Terminando mi noviciado con el Guevara, me enviaron a Bucaramanga para hacer el magisterio. Llegué a Puerto Berrío, con el padre Batán... El cura, padre jesusito Salazar, preguntó; ¿Cuál de ustedes, padres, me va a predicar el sermón de hoy? El padre Batán respondió: Que lo predique el padre Correa...

“El cura Jesusito Salazar me puso a la orden su biblioteca, para que me preparara. Contestéle que no era preciso.

“Llegaron las seis de la tarde y yo me paseaba por la sacristía, de sobrepelliz y estola, meditando... Comenzaron a llegar negras... Las ceremonias demoraban; llamé al sacristán y le pedí un buen trago de vino de consagrar... Un monaguillo salió, con un esquilón, por las calles, gritando que un padre jesuita iba a predicar... Llegaron las siete, y la iglesia se colmó de negras... Salí, les hablé del pecado mortal, en imágenes; les dije, recuerdo muy bien, por ejemplo, que el pecado mortal era como un culebrón que le sale a uno en camino solitario; quiere el viajero pasar por un lado, y el culebrón remueve la cabezota y se lo impide; va a pasar por el otro lado, y mueve la cola, y se lo impide; pues así es la vida, así es el hombre y así es el pecado mortal: culebrón que nos impide a los viandantes terrícolas proseguir el camino para el Cielo... Comparé el pecado mortal con los caimanes del Magdalena... Recuerdo que al tratar de esta imagen, di un puntapié y se hundió una tabla del púlpito...; mientras bregaba, disimuladamente, por sacar el pie y continuar la imagen, noté que las negras estaban aterradas... El vino me excitaba; estuve feliz; sudaba mucho: yo era jesuita gordo...

“Me retiré a la sacristía. Sotana, sobrepelliz y estola estaban de escurrir. Me senté fatigado... En esas viene el sacristán y me dice que una negra, señora principalísima del Puerto, decía que de todas maneras tenía que confesarse con el padre Correa. Como yo no podía confesar aún, respondí: “Estoy fatigadísimo; dígale que ahora irá el padre Batán a confesarla...”.

Fernando González

(1) Véase el apéndice, un estudio acerca de la Virgen. Volver

Fuente:

Don Benjamín, jesuita predicador. Medellín, Universidad Pontificia Bolivariana, abril de 1995.