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Don Benjamín, jesuita predicador

Fernando González

1936

Al R. P. Zameza, mi confesor.

Introducción

Como en este número principiamos la biografía de don Benjamín, y para que los lectores vayan sabiendo cómo nace esta revista, copiaremos unos párrafos de nuestro diario. Ellos servirán también para los que están enojados: verán que se trata de una fatalidad; que no podemos dejar de decir lo que pensamos. Dice:

Hoy nos iremos para Claraval con don Benjamín. Llevaremos bocadillos y otras cosas de comer, un paquetico jesuítico. Por allá adelantaré mucho la biografía de don Benjamín, para Antioquia. Berenguela y los niños irán delante, y estos dos príncipes de la Iglesia, detrás, recordando escenas bellas, humanidades, alegrando el espíritu con armonías místicas; los ojos, con los verdes, los matices del verde vegetal, del azul celeste, etc., y el tacto, ansioso y tenso, pero enfrenado.

Don Benjamín y yo estamos en la edad feliz de la gran capacidad que ya no se atreve, que se economiza: gozamos con la tentación y con el pseudo-triunfo sobre ella; nos creemos héroes del renunciamiento, cuando, en verdad, tememos a la dilapidación. Pasa una campesina, por ejemplo; vamos comentando algún pasaje de Saulo; miramos a los tejidos de ella, irrigados, resistentes, y nos miramos mutuamente y sonreímos, gozando al creer que somos renunciantes… ¡Bella edad de la filosofía, del paladeo!

En todo caso, ésta nuestra es edad feliz, edad de pasajes, de comento de pasajes de Jesús, Saulo y Ovidio. ¿Cómo olvidar a Séneca y a Marco Tulio?

¡Las humanidades! ¿Cómo hay gente, don Benjamín, que prefiere sociologías a un libro de Marco Tulio? ¡Somos príncipes de la Iglesia! Repetir y paladear dos o tres versos clásicos, dos vocablos griegos o latinos; paladear las figuras de nuestra niñez y juventud, las que intervinieron en nuestras vidas: he ahí los placeres incomparables de la edad filosófica.

Delante van Berenguela y los hijos; don Benjamín se detiene y dice: «En Girardot, cuando yo era jesuita, prediqué acerca de la ira…»: ¡he ahí, señores, la edad otoñal, la de los cuarenta!

* * *

Así, pues, es tarea imposible la de que no digamos toda la verdad. Parece una casualidad, pero es predestinación, pues siempre que nos hemos comprometido, aceptando juzgados o consulados, el espíritu nos agarra y nos hace gritar, y nos echan… Definitivamente, fuimos creados para culirrotos.

Muchas veces hemos sido tentados y cedido a la tentación; muchas veces hemos querido agruparnos, para conseguir mina o platanal, pero nuestro demonio nos hace gritar y nos expulsan. Carecemos de constancia para la estafa y el whisky.

Ya no cederemos nunca al demonio; hemos cerrado contrato con nuestro pueblo, así: «Seremos la voz cascada que grita orillas de la Ayurá, que proclama las virtudes y los vicios, los peligros y los engaños, sin otra recompensa que la no interrupción de nuestra risa solitaria».

* * *

Otros nos han dicho: «No usen nombres propios». El que tome el nombre del pueblo, el que gerencie algún porvenir patrio, todo hombre, en cuanto social, es propiedad nuestra. Nunca hablaremos del hombre en cuanto individuo, pues, en cuanto tal, es sagrada manifestación divina. Hablaremos de todos, en cuanto cómicos, personajes de la comedia.

Ahora, el nombre es esencial. Lo que hace un hombre sería inverosímil si él se llamara de otro modo. Sólo Moisés pudo hacer las cosas que hizo Moisés; sólo Mirócletes pudo representar el papel de Mirócletes, y ¿cuál diablo de nombre podríamos inventar para aquel fondillón, representativo de Antioquia, si no es Pedro Nel? Pedirnos que inventemos nombres es pedirnos que usurpemos el papel de las madres, que, si paren a los hijos desnudos, por divinos y secretos designios los paren con el nombre.

¿Que ningún autor los ha usado? Eso nos tienta. No hacemos las cosas que otros hayan hecho. Tampoco ninguno había tomado a Etiopía. Si nuestra profesión fuera hacer lo que han hecho aquí, ¡pues estaríamos ricos y quizá en París!

* * *

En este número iniciamos la biografía de don Benjamín, el ex jesuita de Viaje a pie. Es nuestra obra preferida, y hemos resuelto publicarla aquí, en vista de la acogida cariñosa que ha tenido Antioquia. Esta es ya nuestra casa y bregaremos por darle lo mejor.

En esta biografía de nuestro ilustre amigo y coaficionado a las andanzas a pie, intentamos resucitar las habituaciones y maneras de aquellos curas en propiedad, generalmente de la Marinilla; resucitar las costumbres eclesiásticas de Antioquia; revivir a esos curas gordos, buenos, y cuyas personalidades hacían temblar al pueblo y al púlpito, cuando las pláticas domingueras. Con ellos acabó el señor Cayzedo. Se trata del antiguo clero, el que desapareció desde aquel viaje malhadado que hizo el padre Enrique Uribe, a Roma, a estudiar; desde entonces, nuestros curas son jóvenes delgados y lindos, preocupados de acción católica y que dicen fáchere en vez de fácere.

* * *

También reviviremos aquí a los reverendos padres, a quienes les debemos los buenos sentimientos que hay en nuestro corazón: de ellos tenemos el amor por los paseos a pie; la pasión por los diálogos peripatéticos, en los jardines y patios de los caserones; el ansia de tener finca raíz, de comprar, aunque sea fiada, una gran finca rural, con montes, prados, cañadas y mucha agua, así como la de ellos en Bucaramanga. De nuestros queridos maestros tenemos esa pasión por convertir a las muchachas, por llevarlas a casa, para tocarles el corazón e impedir que sean engañadas por hombres miserables… Sólo que nosotros, jesuitas sueltos, somos pecadores. ¿Por qué? Porque no hemos observado las cautelas de nuestro padre Ignacio: no tocar, no mirar, etc. Hemos querido ser jesuitas sin las cautelas y sólo hemos logrado refinar el pecado.

De todo esto se trata en la obra que hemos escrito con amor y cuya publicación iniciamos hoy.

F.G.

Envigado, mayo 7 de 1936

— o o o —

Preámbulo

¡El jesuita! Indudable que es la comunidad religiosa más interesante, por castos, por estudiosos y por las disciplinas psíquicas. ¡Ningún conocedor del alma como nuestro santo padre Ignacio! Él basta a España para que tenga la primacía en el mundo interior. Es la única compañía bien organizada en todos sus detalles. El aire ignaciano es propiedad de ellos: generalmente delgados, cuerpos atormentados de estudiosos; en su juventud son fornidos y ágiles; en la vejez llevan la calvicie y seriedad ignacianas. Tienen gordos, pero son pocos. Su vestido es el más intelectual. Imperan en todas partes. Madrugadores, activos, completamente sugestionados de que La Compañía es el Cielo o el camino más recto para él. Tienen razón. Santa Teresa lo afirma. Son insuperables en el respeto a la castidad, inflexibles. De ahí, creemos, su triunfo. Sólo el que siga a Ignacio puede triunfar de la carne.

Ninguno de ellos sobresale en originalidad, pues ésta es contraria a su espíritu, pero todos ellos son ilustrados, metódicos, gente heroica.

Para decir toda la verdad, ya que es nuestra cónyuge, diremos sus defectos, los que nos parecen tales y que quizá sean los defectos de sus cualidades, según frase de Santa Teresa. Son:

Falta de originalidad individual. (Claro, porque están sometidos a regla, son perinde ac cadaver (1) y «como bastón de hombre viejo»). Ausencia de atrevimiento científico, de espíritu inventivo, por la misma causa. Muy doblegados por sus jefes y muy soberbios en su espíritu de comunidad, pues creen firmemente que son mejores que los demás. Tratan al mundo con desprecio. Sociedad que dominan, la tiranizan. Siendo los mejores amigos, personalmente, la comunidad es tirana y soberbia.

Son el sostén de Roma, y así lo creen y sienten.

El jesuita tiene aplomo dondequiera. Dominan al resto del clero. Son temidos, temibles y respetadísimos.

Para terminar, nuestra gran tristeza es no pertenecer a La Compañía sino por la gana. Somos jesuitas soltados, que de vez en vez vamos donde el padre Zameza a lamentarnos de nuestros negros pecados, debidos a que no llevamos, como ellos, las cautelas del padre Ignacio entre el bolsillo.

Ahora los persiguen solapadamente, en Colombia. ¡Eso es!: ¡arrojen al espíritu latino e introduzcan expertos, mineros y pastores sajones! ¡Arrojen a los maestros de monsieur Voltaire, a los que abrieron y embellecieron la gran hacienda de los llanos, a los que dieron al Paraguay el espíritu heroico…! ¡Arrójenlos, a nuestros maestros, para que no queden en Colombia sino los putos y putas de la gran familia liberal!

* * *

¡Estamos anonadados! Acaba de contarnos Jorge que el P. Zameza, nuestro confesor jesuita, está gravemente enfermo, hace dos meses; que está en Miraflores y que temen por su vida… ¡Morirá, o lo arrojarán estos López! ¿A quién le contaremos las cosquillas que nos hacen las muchachas?

¡Está enfermo ese joven, ese andarín, que cogía el manto, lo levantaba y se lo echaba al brazo izquierdo, con elegancia ciceroniana! ¡Ese caminador filósofo, que iba juvenil, fuerte, echado para adelante un poco! Parece que estuviera enferma o que fueran a arrojar de la patria a una parte de nuestro ser… ¿Por qué no lo detuvimos en la calle, a saludarlo? ¿Qué amor a la filosofía quedará por aquí, si arrojan a los jesuitas?

— o o o —

Capítulo I

Presentación de don Benjamín, tal como es hoy.

En ésas (2) nos llamó un hijo de Chito y nos dijo que ahí estaba don Benjamín, bebiendo café.

Llevamos a don Benjamín donde Suso. Allí le contamos nuestro programa.

Hace tiempos que insistimos en que termine su carrera eclesiástica, pues sabe de ritos, latines y, cuando salió de la Compañía de Jesús, ya se había puesto dalmáticas… Sobre todo, posee la figura y el modo dulce y hábil de los príncipes de la Iglesia. Nos contó hoy que tuvo el siguiente diálogo con el padre Casiano Restrepo, su amigo:

—Mira, hombre, ya que destituyeron a Cayzedo, me tienes que ayudar a terminar mi carrera eclesiástica, en la cual perdí mi juventud…

El padre Casiano se detuvo en el zaguán de su casita y, guiñando el ojo zorro, le preguntó:

—Dime, ¿ya lo pre-bas-te…?

Don Benjamín respondió afirmativamente, añadiendo que todos los habían probado.

—¡Sí, hombre! ¡Es verdad! El que no lo haya hecho, que tire la primera piedra; el que no lo haya hecho, que tire piedras que sean como enormes bolas… Pero, mira: mejor es que no sigas; vaca ladrona no olvida portillo…

— o o o —

Capítulo II

Don Benjamín predica en Puerto Berrío,
hunde una tabla del púlpito y convierte a una vieja.

Ya dijimos que don Benjamín se había puesto dalmáticas donde los reverendos padres.

Pero la gente y nosotros ignorábamos hasta ayer que él hundió de un puntapié una tabla del púlpito de Puerto Berrío, en donde convirtió a una vieja, y que, en Villeta, con el sermón llamado de la mano negra, convirtió a todas las señoritas, señoras, viudas y viejas, hasta el punto de que esa noche, noche de luna, se amontonaron en el patio y corredores de la casa cural, reclamando al padre Correa para que les dijera una palabra de consuelo…

Pero vamos por orden; sin ordenación no puede haber emoción estética, y, el sermón de la mano negra, si anticipáramos los sucesos que corresponden al final, no produciría el efecto que buscamos, a saber, la salvación de las almas.

Fue ayer, domingo de resurrección, cuando oímos de los labios arzobispales de don Benjamín el sermón ese…

Estábamos bebiendo café al atardecer, donde Suso, bajo la ceiba de Suso.

Don Benjamín había venido a traernos la hermosa Biblia del padre Casiano Restrepo, ilustrada, editada en Venecia en 1758, «Ex typographio remondiniano».

Llegó temprano a traérnosla. Paseándonos por los corredores de «Bucarest», por nuestra bella mangada y jardines, o ya entre la alberca del gran baño, sobándonos nuestros pechos cuarentones, el suyo más arzobispal que el nuestro, simple monaguillo de la Iglesia, del arte y de la filosofía, conversábamos de Jesús, de María, de Judas…

Comentábamos acerca de la discreción suprema con que aparece la figura de María, mater ejus, en los evangelios.

Mientras don Benjamín se hacía masajes en su vientre sacerdotal, comentábamos así:

Tres o cuatro frases intensas, de seriedad y autoridad divinas: eso tenemos acerca de María. Figura esbozada apenas con la palabra y, por eso mismo, completa en poder espiritual. Las grandes figuras: tres golpes de cincel, tres brochazos y el espíritu humano queda subyugado.

Por eso, don Benjamín, es un error de la Iglesia ese relleno que han hecho con María y con José; en sermones, visiones, libros de doctores, etc., han rellenado la historia de esos dos misterios del alma humana. Jesús fue solitario; con exquisita delicadeza separó a sus padres de su brega divina con la bestia. Ayer decía el coadjutor que María tenía en sus brazos a Jesús-cadáver y que sufría al recordar sus dientes que eran blancos como la leche, cuando vivía

Don Benjamín sumergióse en la alberca y, al salir, resoplando, díjonos: «Usted doctor, debería hacer un sermonario…».

Decía el coadjutor —continuamos— que, al pie de la cruz, María tuvo presente a Nestorio, a Lutero, a Calvino, a nosotros, y que sufría… ¿No le parece un relleno, don Benjamín? Los evangelios dicen apenas tres o cuatro frases, entre las cuales las mejores son las siguientes:

Y estaban junto a la Cruz su madre, y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena.

Y como Jesús viera a su madre, y al discípulo que él amaba, que estaba presente, dice a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.

Después dice al discípulo: He ahí tu madre. Y desde ese día la recibió consigo.

(Juan XIX, 25, 26, 27) (3)

Salimos del baño al atardecer. Mientras veníamos a contemplar a los borrachos, diez mil borrachos católicos, que fue lo que resultó de la Semana Santa, por la carretera paladeábamos y comentábamos estas palabras: Deípara Virgo y Zeótocos; virgen deípara, las primeras, y madre de Dios, la segunda.

Decíamos que todo sermón acerca de la Virgen debía limitarse a repetir Deípara Virgo.

Notemos la belleza de esas dos palabras; el contraste, el atrevimiento de ellas: el atrevimiento de esos tres conceptos que expresan una armonía supraterrena: Virgen, madre de Dios.

En tales palabras está toda La Virgen, aquella que parió al que unió a la humanidad con el Espíritu.

Íbamos por el frente de la casa que compró el alemán, cuando decíamos: sólo al pueblo judío pudo ocurrírsele el atrevimiento de emparentarnos con la Divinidad. ¿Qué más desea, don Benjamín, que pertenecer a la misma especie animal que la Madre de Dios? ¿Comprende? Y Él dijo: Mulier, ecce filius tuus. Ella es nuestra madre; quien la invocare estará a la diestra; nada le será negado a quien pidiere a la mater ejus

Había muchos borrachos en la plaza. Nosotros lo estábamos también, sin haber bebido. En nuestra cabeza se repetía la música sublime; en nuestra cabeza sólo había esta cantinela, e íbamos llegando ya al café de Suso: Deípara virgo. ¡Qué brutos estos predicadores, don Benjamín! ¡Rellenar! Usted y yo debíamos ser príncipes de la Iglesia…

Entonces fue cuando don Benjamín nos contó, excitado. Dijo:

Póngame una casulla, doctor, y colóqueme al frente de un misal y yo le digo una misa, mejor que el padre Ocampo. ¿Sabe por qué? Porque eso lo aprendí en mi niñez y primera juventud; eso no se olvida…

¿No sabe usted que en Puerto Berrío hundí yo una tabla del púlpito, de una patada?

—¿Cómo fue, don Benjamín?

Terminado mi noviciado con el padre Guevara, me enviaron a Bucaramanga para hacer el magisterio. Llegué a Puerto Berrío, con el padre Batán… El cura, padre Jesusito Salazar, preguntó: ¿Cuál de ustedes, padres, me va a predicar el sermón de hoy? El padre Batán respondió: que lo predique el padre Correa…

El cura Jesusito Salazar me puso a la orden su biblioteca, para que me preparara. Contestéle que no era preciso.

Llegaron las seis de la tarde y yo me paseaba por la sacristía, de sobrepelliz y estola, meditando… Comenzaron a llegar negras… Las ceremonias demoraban; llamé al sacristán y le pedí un buen trago de vino de consagrar… Un monaguillo salió, con un esquilón, por las calles, gritando que un padre jesuita iba a predicar… Llegaron las siete, y la iglesia se colmó de negras… Salí; les hablé del pecado mortal, en imágenes; les dije, recuerdo muy bien, por ejemplo, que el pecado mortal era como un culebrón que le sale a uno en camino solitario; quiere el viajero pasar por un lado, y el culebrón remueve la cabezota y se lo impide; va a pasar por el otro lado, y mueve la cola, y se lo impide; pues así es la vida, así es el hombre y así es el pecado mortal: culebrón que nos impide a los viandantes terrícolas proseguir el camino para el Cielo… Comparé el pecado mortal con los caimanes del Magdalena… Recuerdo que al tratar de esta imagen, di un puntapié y se hundió una tabla del púlpito…; mientras bregaba, disimuladamente, por sacar el pie y continuar la imagen, noté que las negras estaban aterradas… El vino me excitaba; estuve feliz; sudaba mucho: yo era jesuita gordo…

Me retiré a la sacristía. Sotana, sobrepelliz y estola estaban de escurrir. Me senté fatigado… En ésas viene el sacristán y me dice que una negra, señora principalísima del Puerto, decía que de todas maneras tenía que confesarse con el padre Correa… Como yo no podía confesar aún, respondí: estoy fatigadísimo; dígale que ahora irá el padre Batán a confesarla…

— o o o —

Capítulo III

Don Benjamín predica el sermón de la mano negra.

Estando en el colegio, en Bogotá, sufrió de un reumatismo articular, a causa de unos baños fríos, o, mejor, por haberse bañado, pues, en la capital, el que se baña se muere. Allá la gente se muere de mugre o de baño. Lo enviaron a Villeta, a curarse.

Allá fue en donde convertí a toda la población con el sermón de la mano negra.

Siempre acostumbré un buen trago de vino de consagrar antes de subir al púlpito, pues ello sirve para la acometividad de las imágenes.

El cura era el doctor Adeodato Gómez.

Aquella noche se trataba del pecado mortal.

Les conté del padre y doctor José Ramírez, que fue un gran sacerdote misionero de La Compañía.

En Toledo, digamos, por ejemplo, Envigado, los nuestros tenían casa. Allá fue el padre y doctor José Ramírez. Había en dicha población una señora viuda, que vivía con su hija, muy ricas y muy dadas a La Compañía, muy ignacianas… Vivían en olor de santidad.

Pero la hija había tenido amores con un galán francés; quizás, parece, habían llegado hasta el pecado de la cohabitación, pecado horrendo cuando no existe el vínculo matrimonial… Como eran ignacianas, y todo el pueblo, lo mismo que los padres, las tenían por santas, aquella señorita (?) confesaba todos sus pecados, menos ése… Iba siempre con firme intención de confesarlo, pero, el respeto humano, la soberbia de su reputada santidad, se lo impedían…

Los remordimientos la atormentaban. A cada confesión se levantaba con un pecado más, porque, carísimos hermanos, tal es el efecto de las malas confesiones, que el penitente se hinca de rodillas con veinte pecados mortales y se levanta con veintiuno: el pecado de la mala confesión…

Hacía viajes, digamos a Itagüí, por ejemplo, para confesar allá el lejano y saboreado pecado que cometiera con un galán francés, oriundo de aquella maldita Babilonia que llaman París… En los profundos infiernos debe estar ese galán, pues… ¡ay de los tentadores, que ellos serán tentados en los infiernos con varilla de hierro candente…!

Hacía los viajes que dije, pero, al ir a confesar tal pecado, sus labios quedaban mudos.

Llegó, pues, el santo padre y doctor José Ramírez y predicó unos ejercicios que conmovieron a todos…

La señorita tuvo tanto arrepentimiento, que resolvió fingirse enferma, para llamar al padre y doctor José Ramírez y hacer con él una confesión general…

Fingió, pues, su enfermedad… A las diez de la noche llamaron a nuestra casa…

Salió el padre y doctor José Ramírez, acompañado de un hermano, pues los nuestros van siempre pareados, como la policía italiana, y ello es una de las cautelas de nuestro santo padre Ignacio, con el fin de que no les salga al camino el culebrón del pecado mortal, pues éste no ataca sino a los solitarios. ¡Ay de los caminantes solitarios, de aquéllos que no llevan a su lado el bordón de un hermano coadjutor, pues serán tentados, o, por lo menos, calumniados! No salgáis nunca solos, sobre todo de noche, amados hermanos, pues acordaos de que la culebra le salió a Eva, porque se durmió sola…

Salió, pues, el padre y doctor José Ramírez, acompañado de un hermano, y llegaron a la casa de la enferma.

Entraron. Hubo palabras de consuelo para la viuda, pues eran mujeres muy dadas a La Compañía y tenían olor de santidad.

El hermano coadjutor sentóse en una habitación, rosario en mano, tal como lo ordena nuestro padre Ignacio, pues a nada que tema tanto el enemigo como a la camándula.

El padre penetró a la otra habitación, y acercóse a la enferma y comenzó a oírle la confesión. ¡Imaginaos al padre y doctor Ramírez, allí, inclinado, con su cabeza ignaciana, y al hermano, rezando, sentado beatamente, que agacha la cabeza y la levanta de vez en vez…

En una de esas levantadas, de pronto ve el hermano que de un rincón de la cama sale una mano negra y peluda; se acerca a la garganta de la penitente y la aprieta; luego se retira y se esconde en el lugar de donde había salido. Mira atentamente el hermano, y por varias veces ve clara y distintamente a la mano negra y peluda en sus maniobras…

Hay que reconstruir la escena, viva, en la mente, hermanos míos. Imaginar el lecho; la penumbra; las alcobas, comunicadas por puerta abierta o quizá sin puerta; al hermano, reza que reza y cabeceando discretamente, y al sacerdote, al santo padre y doctor José Ramírez, con su calva, inclinado, un pañuelo oloroso a rapé en su mejilla, tenido allí por la mano derecha, cuyo brazo se apoya, por el codo, en el espaldar de la silla…; imaginar la enferma, en decúbito lateral, la cabeza medio levantada y apoyada en un brazo también… Hay que reconstruir el rincón de donde salía la mano, rincón el más penumbroso: había dos oscuridades, la cabellera de la joven pecadora y la oscuridad, guarida de la mano negra de Satanás…

El padre la absolvió, consoló a la viuda con celestial unción y salieron camino de nuestra casa.

Como el hermano era uno de esos viejos, machucho ya, nada dijo al confesor…

Llegaron a nuestra casa. El hermano se dirige al cuarto del superior. Tun…, tun…, tun. Abren.

—¿Qué pasa, hermano?

—Tengo que hablarle. Reverendo Padre…

—Entre, siéntese y cuente…

…………………………………………………………………………………

—Oiga, hermano, vaya a acostarse tranquilo. Ni una palabra a nadie… Pero, antes, llame al padre Ramírez.

Tun, tun, tun…

—Padre, que haga el favor de ir donde el Reverendo Padre Superior…

Llega. Se entabla el siguiente diálogo:

—Padre, ¿no vio usted nada? ¿Notó algo anormal?

—No, reverendo padre; absolví a la penitente y quedó tranquila. Consolé a la viuda…

—Vea, padre, bajo precepto de obediencia, vaya usted al coro y póstrese de rodillas ante Jesús Sacramentado, y pida por esa alma… Yo iré también luego… Esté allí durante dos horas…

Fuese el padre y doctor José Ramírez al coro y sumióse en oración. Pasaría una hora; pasaría luego un cuarto de hora…; oraba fervorosamente por la joven penitente e ignaciana, cuando he aquí que comenzó a oír como el ruido de una cadenilla…, como si algún animal arrastrara una cadenilla alrededor del altar…

¿Qué será?, preguntóse el padre Ramírez, y contestóse: algún animalejo que anda por ahí…, y siguió orando.

Pero el ruido fue en aumento; de cadenilla arrastrada pasó a cadena gruesa de eslabones; ya eran como diez cadenas gruesas que chocaran; fue en aumento, hasta ser ruido infernal, y luego oyó el padre que un tumulto horroroso se acercaba al coro y que subía las escaleras; era como si arrastraran cadenas de presidiarios muchos… Al mismo tiempo, olor a azufre y mucho calor expandióse por el templo…

Púsose en pie el reverendo padre; miró a todos los lados para inquirir la causa…, y, hete aquí que en un rincón del coro vio la figura de la señorita (?), cubierta de llamas que la envolvían y subían, de color azuloso, y ella con gestos de violentos dolores…

—¡No ores por mí, que estoy condenada…!

—Pero ¿cómo es eso? ¿No acabo de darte la absolución?

—¡Estoy condenada! No confesé un pecado de amor con un galán francés, creo que de París o de Marsella… Los designios de Dios son inescrutables, y, en prueba de que estoy condenada, aquí te dejo la señal de mi mano sometida para siempre al fuego infinito… Y estampó su mano sobre una plancha de acero, y allí quedó la señal para siempre y es guardada por La Compañía para conversión de los pecadores…

* * *

Don Benjamín bajó del púlpito, sudoroso, agotado. Entró a su habitación en la casa cural y se recostó en la cama, no sin antes haber trancado la puerta, pues el padre Pablo Ladrón de Guevara, maestro de novicios, les había aconsejado siempre que, al dormir fuera de casa, diez trancas no eran demasía, porque el demonio no duerme, sobre todo cuando anda en forma de muchacha.

Se adormeció. Pero hete aquí que comenzó a sentir un alboroto en patio y corredores; luego, que tocaban a su puerta, por varias veces, insistentemente. No quiso abrir. Un jesuita nunca abre de noche, porque pueden ser mujeres.

Al día siguiente se levantó y le dice el cura, doctor Adeodato Gómez:

¡Pero en las que me metió usted anoche, padre Correa! Todas las mujeres de Villeta se reunieron aquí, ocuparon la casa, el patio, corredores, gritando que estaban condenadas, que tenían historias de galanes, no de París propiamente sino de Bogotá, y que no se irían a dormir hasta que usted saliera a decirles algunas palabras de consuelo… Le tocamos mucho a la puerta, pero usted estaría sumido en oración… Ahí amanecieron, en el patio y bajo la ceiba de la plaza…

* * *

Luego nos cuenta don Benjamín que predicó en Villeta treinta y seis sermones: les dio ejercicios; predicó el novenario del Carmen (la patrona); cantó las salves, de capa; que también predicaba, sentado en el presbiterio. Nos dice que, al volver a Bogotá, los padres no podían creer que hubiera trabajado tanto para el bien de las almas…

— o o o —

Capítulo IV

Presentación somera y adelantada del padre Pablo Ladrón de Guevara, maestro
de novicios de don Benjamín, el que puso en su lengua el carbón de Isaías…

Era castellano. La disciplina encarnada en un castellano. Oigan una plática suya, en el noviciado:

Carísimos: seamos verdaderos siervos de Dios e hijos de su Compañía, de la Compañía de su hijo, Jesús…; siéndolo, todo será nuestro, incluso los bienes temporales, pues ¿quién tiene más derecho, un hombre arrastrado del mundo, o uno de nosotros? A nosotros hasta un novillo se nos convierte en sustancia, pues la fuerza que adquirimos al comérnoslo es para el bien de su Compañía, a mayor gloria de Dios. Animae fideli omnia convertuntur in bonum. (A las almas fieles todo se les convierte en bien).

* * *

¿Cómo hizo este padre para leer las miles de novelas pornográficas que juzga en aquel su libro que fue tan popular en Colombia, llamado Novelistas malos y buenos?

«Yo tengo —decía— una gracia o don concedido por Dios, y es darme cuenta de la pornografía de una obra, sin poner cuidado a su contenido».

De monsieur Voltaire dice: «¡Infame! ¡Infame! ¡Infame!». Nada más…

Si nosotros tuviéramos este don divino, nos comprometeríamos a juzgar todas las obras maestras colombianas, o sea, el millón de editoriales de Luisito Cano, el hijo de don Fidel que vendió El Espectador a los Santos, las maravillas de Nieto Caballero y los editoriales y discursos de Emilio Jaramillo…

* * *

No dejaba bañar al novicio en dos años, porque era segura la pérdida de la castidad. En esto estaba de acuerdo con León Tolstói; que con cambiar de ropa había…

«Nuestra madre La Compañía es muy buena: cada ocho días nos pone ropa limpia para que nos mudemos».

* * *

Oigan su plática acerca de las cautelas:

Las cautelas de nuestra madre La Compañía son lo único que nos dará la perseverancia aquí. Los reverendos padres Salmerón y Rodríguez entraban a la corte de España a dirigir a los Reyes… Esa corte estaba llena de juventud de ambos sexos, muy estragada, que se admiraba al ver a los dos padres, tan recatados y que olían a castidad. Un cortesano se les acercó y les dijo: «Me han dicho que ustedes son muy castos, y que eso se debe a las cautelas y que ustedes llevan esas yerbas en el bolsillo… ¡Muéstrenmelas, padrecitos…!». El padre Salmerón sacó del bolsillo un librito negro, de meditaciones, y le dijo: ¡Aquí están las yerbas…!

* * *

El padre Ladrón de Guevara enumeraba así las cautelas:

Primera.—Regla de no tocar. (Se extiende aun a no dar la mano).

Segunda.—Andar con ojos bajos, sin detenerlos en mujer.

Tercera.—No hablar mundanamente; huir de esos que orilleen el pecado contra la castidad.

Cuarta.—Que las encierra todas—. Orar y meditar, estando con Dios aun en medio del bullicio.

* * *

Contra la gula nunca predicó el padre Guevara. En general, comen bien los jesuitas, pero no abusan. En días de primera sí hay novicios que salgan a vomitar. Ellos son: Día de San Ignacio; el 1° de enero, fiesta del nombre de Jesús; el de Nochebuena; tres días, en Pascua; la Inmaculada; ascensión del Señor; el día de ordenación sacerdotal de profesión solemne a votos, de renovación de estos, etc.

* * *

Diremos que realmente las cuatro cautelas son el único remedio para no caer en pecado carnal. En psicología, el padre Ignacio no se equivocó ni en un ápice. Sus ejercicios y reglamentos son la obra más perfecta psicológicamente. Si es verdad que sólo en el catolicismo puede salvarse el hombre, pues no lo podrá sino guiado por Ignacio.

* * *

Íbamos aquí, y como estuviéramos fatigados, salimos para el café de Suso, ya al atardecer; pasó por la carretera un señorito de Medellín, de esos peinados de los almacenes, a caballo, odiosísimo… «Indudablemente, don Benjamín —dijimos—, que el padre Pablo Ladrón de Guevara tenía razón: ¿quién tendrá más derecho a los bienes temporales, a ese caballo, este afeminado, o nosotros, príncipes de la Iglesia?».

— o o o —

Capítulo V

El padre Enrique Olaya. El hermano Carrasquilla en las bocas del Lebrija.
Viaje de don Benjamín con el padre Batán. El hermano Salazar se muere.

En primer lugar se trata de que en 1914 el padre Enrique Olaya fue expulsado de La Compañía por varias cosillas contra la honestidad. Una de ellas fue que siendo profesor de física y de química en el colegio, en Bucaramanga, un atardecer fuese, como solía, a preparar la clase para el día siguiente, acompañado de un fámulo buen mozo. Eran ya las seis; comenzaba el anochecer dulce de aquellas regiones bumanguesas; los internos estaban para terminar su recreo, paseando unos, meando otros; sonaron las campanas en los varios patios, llamando a los recreantes, cuando he aquí que se oyen gritos lastimeros y de hórrido espanto, y atraviesa los patios, huyendo, el fámulo, con los calzones caídos en los muslos, lamentosamente…

¡Truena la prensa! Un «suelto» de ella reza: «Dicen que el padre Enrique Olaya fue despedido de la Compañía de Jesús por deshonesto. Traslado al R. P. Rector, ¿será verdad?».

Resolvieron echarlo. Salió del colegio de San Pedro Claver hacia Cartagena, acompañado del hermano Carrasquilla. Allá le dieron las letras dimisorias.

Así fue como el hermano Carrasquilla recibió orden de esperar, a la vuelta, en la desembocadura del Lebrija, a dos padres que iban de Bogotá para Bucaramanga, a reemplazar a Enrique Olaya.

El hermano Carrasquilla era bajito, cabezón, ojichiquito y muy bruto. Hombre de confianza para obedecer; fuente sellada.

* * *

Salió don Benjamín del noviciado de Chapinero hacia Bucaramanga. Iba con el padre Batán, gallego, menudo, caminar menudo y rápido, cabezón, caricuadrado, ojón y que hablaba menuda y atropelladamente. Iba enfermo de los bronquios; don Benjamín, enfermo de la cabeza, así: al tratar de algún texto sagrado, por ejemplo, quaeretis me et non invenietis et in peccato vestro moriemini (4), se desvanecía, pero inspiradamente: era como un aflato… Por eso lo enviaban a Bucaramanga y por eso se reunirían con el hermano Carrasquilla en la desembocadura del Lebrija.

* * *

Llegaron a Puerto Berrío sudorosos. Contemplaron allí las golondrinas y los pericos innumerables… Se hospedaron en la casa cural, porque el cura era Jesusito Salazar, que tenía un hermano que fue hermano en La Compañía. La casa cural era en el bellísimo alto, en ese otero soberbio que domina al moderno hotel y que domina al río de la Magdalena y a sus selvas riberanas, las mejores del mundo.

El hermano del padre Jesusito acababa de morir en Bogotá, oliendo a santo: un cáncer en la tetilla izquierda le fue comiendo, comiendo las paredes y se veían dos costillas y una tetilla transparente que permitía percibir el ritmo cardiaco. Murió así:

Acostado boca arriba; sonó la campana que llamaba a todos «a despedir a uno de los nuestros»; acercáronse, el padre rector delante… Pachito dijo: «¡Ay, padre!, ¡ay, padre!», y se quedó…

Esa noche fue cuando el padre Correa, queremos decir don Benjamín, hundió la tabla que ya dijimos del carcomido púlpito de Puerto Berrío. Pero entiéndase bien, no la noche en que muriera el hermano Pachito Salazar, sino la noche de la llegada de nuestros viajeros al puerto antioqueño.

— o o o —

Capítulo VI

Continúa el viaje. Negros, tigres y caimanes. Por el Lebrija. Un rancho y el negrazo.
Soldados bogotanos. Noche en Papayal y muerte de un escorpión.

A las seis de la mañana, dicha la misa, salieron embarcados por el río de la Magdalena abajo y llegaron a dormir a la desembocadura del Lebrija. Allí se unieron al hermano Carrasquilla.

Durmieron en un rancho. Los negros les contaron historias: que los tigres son maliciosos… «¿Saben ustedes, padrecitos, cómo pasan el río…? Pues se acercan a la orilla; dan uno o dos berridos; los caimanes oyen y corren todos al lugar a esperar que se arroje al agua, pues en agua los vencen…; entonces, el tigre, ya reunidos allí todos los caimanes, corre para abajo tres o cuatro cuadras y pasa tranquilamente…».

Se durmieron, pero el padre Correa soñó que había inventado una manera segura para llegar al Cielo: se vio a sí mismo, en la carrera Séptima, en Santa Fe de Bogotá, parado en una esquina; se oyó a sí mismo cuando lanzó tres berridos y vio que todos los pecados mortales, todas las bogotanas, acudían, y que él corría por una calle, hasta la plaza de mercado, y que por allí pasaba hacia el Cielo, tranquilamente…

Despertaron para montarse en la canoa de remos y chuzos. Apenas lugar para ir sentados sobre la madera dura; el resto, para carga y bogas. Suben lentamente… ¡Qué hermosas selvas!

A las doce amarran la canoa y por un senderito penetran en la selva. Hay un rancho y en él un negrazo, una negraza preñada, vírgenes negras y negritos. Todos ondean trapos y pañuelos a lado y lado de los rostros, pues el aire está cuajado de mosquitos. El rancho es limpio, con papayos y flores alrededor. El único que permanece inmutable, que no espanta mosquitos, es el negrazo.

«Vean, padrecitos, toquen aquí…», y se coge una arruga de su vieja mano con los dedos de la otra y se las ofrece para que toquen… «¡Cuero de sapo, padrecitos! Yo me crié por aquí. Nada me entra. Yo me he agarrado con culebrones, con tigres y con liones… Miren aquella playita…; allí, cuando la guerra, lloraban unos soldaditos bogotanos que parecían de mantequilla; allá se murieron de picaduras de mosquitos…».

* * *

Vuelta a navegar… A las nueve de la noche llegaron a Papayal. En esa bodega los recibió el corregidor, les dio comida en casa de unas señoras principales. Los llevó a dormir: que las camas estaban listas. Fueron por una calle, torcieron a la derecha, un poco, y entraron: era la cárcel y había tres colchones tirados en el suelo.

Pusieron los mosquiteros que llevaban, y cuando el hermano Carrasquilla apagó la vela, don Benjamín oyó ¡chas!, un ruido en el toldillo, ruido de animal caído al toldillo…

—¡Aquí cayó algo, Padre…!

—Encienda un lucífero, padre Correa…

Encendido éste, vieron que era un escorpión de diez centímetros que se paseaba por el toldillo. Cogió don Benjamín un zapato del hermano Carrasquilla, golpeó el toldillo, cayó el animal y lo destripó…

Se durmió el padre Correa meditando en que la pasada del río de la vida no era tan fácil como la del río de la Magdalena para los tigres. ¡Muchos escorpiones, muchas tentaciones caen sobre el toldillo de los hombres que se dan a la mortificación para llegar al Cielo!

— o o o —

Capítulo VII

Sigue la navegación. Una tempestad. Llegan a Puerto Santos. El agente de La Compañía
y sus cuentos. La comida y una manada de saínos. Samper, joven poeta bogotano.
A caballo. La hacienda de los Puyanas.

A las cinco, de nuevo a navegar…

Al atardecer se fue cerrando el cielo, el río y la selva… Una oscuridad como la nada… Principiaron a caer rayos ahí cerca, sobre los árboles centenarios y en el río… Granizo… Un relámpago: se ilumina el infinito negro, por un segundo, y de nuevo la negrura, y sigue el trueno sordo, anonadador…

Los bogas no habían renegado, por respeto a los padres. Ahora temblaban…

«Vean, padrecitos, dijeron, ya estamos cerca de los chorros o caballos; no podemos seguir; pronto bajará la creciente; es preciso que amarremos la canoa y esperar…».

Así lo hicieron. Los bogas se pegaron a las sotanas, muy juntos. El aguacero tropical comenzó a mojarlos, pues el techo de hojas de bijao que habían fabricado se tostó con el sol y se deshizo con el granizo.

¡Relámpago! ¡Trueno…! ¡Relámpago! ¡Trueno! El tigre aúlla. La noche es negrísima. Ahí están, apretujados, de pies, el padre Batán, don Benjamín, el hermano y los tres bogas…

«¡Recen algo, padrecitos!». El padre Batán hace coro al rosario: «Dios te salve, María…». El «Dios» empuja en su lengua al «salve» y éste a «María». Los bogas rezan hasta con más fervor que los jesuitas… Siguen otros rezos… ¡Chas! Un rayo ahí, cerca, muy cerca; el relámpago ilumina los rostros negros y los blancos, fatigados, con sus ojos que escrutan el vacío. «Miserere mei Deus…», entona el padre Correa…

A las diez comienza a despejarse y siguen por cerca a la orilla, lentamente.

A la una de la mañana llegaron a Puerto Santos, muertos casi; el padre Batán hasta caminaba ya lentamente; el hermano, rechoncho, estaba molido, y don Benjamín sentía dolores en sus nalgas y pechos de príncipe de la Iglesia…

Los esperaba don Enrique Santos, agente de La Compañía, agente de navegación, empresario de mulas; tenía allí granero, bodegas, muladas y mangadas. ¡Qué simpático! Después se hizo liberal; allí se enriqueció con La Compañía, y se hizo jefe liberal…

«Padrecitos, díjoles, desde las seis los estamos esperando; la comida debe estar ya fría como un sapo; toda la población los esperábamos para confesarnos».

No quisieron ir a comer. Se encerraron en el granero y cenaron dulces y bebieron limonadas.

Sobre los enormes mostradores estaban los colchones para los reverendos padres; pero Enrique Santos no dejaba dormir, contando historias… El hermano ojichiquito tenía los ojos cerrados ya… «Sí…, sí…», contestaban apenas los padres. El Santos contó de los tigres, tempestades, sierpes y de los saínos… De una manada de doscientos saínos que hacía poco invadieron el puerto… Venían; era de noche… Los arrieros, que dormían por ahí, tocaron cacho, para evitar que acometieran a las mulas… Se desviaron de la mulada… El secretario del Inspector, joven poeta bogotano, elegiaco, Samper, salió con escopeta, pues su padre fue general en la última guerra… «¡No le tire al primero, ni al segundo, ni al penúltimo, le gritaron los arrieros antioqueños, porque nos joden! Si mata, mate al último… ¿No ve que ellos van detrás del primero, y por donde él siga, siguen, y si lo mata se desbandan? Es como ustedes, los bogotanos; si usted los dispersa, nos lleva el diablo».

Por fin, a las cuatro de la mañana, cesó de hablar el Enrique Santos, pero dizque siguió hablando solo… Era un hombre roto. Después, liberal ya, fundó periódico en la capital para hablar bastante, pues «los reverendos padres se duermen», dizque dijo.

* * *

Despertaron, quejándose de estar molidos por el viaje, por el Santos y por el mostrador.

«Eso es nada, comentó don Enrique; ahora es lo más duro, padrecitos: dos días a caballo, por camino pedregoso y quebrado…».

«¡A ver, dijo el Santos, la mula más fuerte para el reverendo padre Correa, que está más gordo!». «Súbase, mi padre, yo le mido las aciones y le cincho bien la mula, para que no se caiga y no se canse…».

Los hatillos iban atrás. Sus reverencias, muy alegres, con ese mecido que tienen cuando van en mula, que parece que las nalgas estuvieran filosofando.

A las cinco de la tarde alcanzaron a ver un caserón, y sus cuerpos y almas se alegraron mucho: ¡Era la hacienda de los Puyanas! Los recibieron muy bien. «Unas camas gloriosas», dice don Benjamín. Allí estaba don David, de barba, discreto como hombre de Estado, que tenía sus hijos en el colegio de La Compañía. Les alivió el dolor del viaje, y olvidaron al señor Santos y al poeta de Bogotá.

— o o o —

Capítulo VIII

La Loma del Tirabuzón. El padre Paternain. Encuentro con «los nuestros».
Llegada a Bucaramanga. Comida, nombramientos, etc.

Despiertan, despídense de don David y marchan… Cuando llegan a la Loma del Tirabuzón, algo tarde, dice el peón: «Aquí se bajaba siempre el padre Paternain…». ¡Era el colmo! ¡Bajarse aquella fiera de amor a Dios, aquel misionero que recorrió todos los caminos, aquel incendio de caridad que volaba en las mulas de alquiler cuando tenía noticias de que había un alma por salvar!

Paternain era pequeño, carirredondito, hablaba estirando en trompa sus labios; gran misionero; no propiamente orador sino platiquero. Muy bruto, pero un genio para pláticas.

Dijeron los peones que aquella loma era cementerio de bueyes y de mulas.

Efectivamente, como su nombre lo indica, iba en tirabuzón, sendero estrecho, cubierto de piedra suelta y con precipicios laterales…

«¡Hay que tener coraje!», dijo el gallego; don Benjamín opinó que él se mataría más fácilmente por esas piedras movedizas, siendo gordo y estando agotadas sus fuerzas, que a mula; tanto más, que ésta era maliciosa y lenta, como si hubiera sido educada en el colegio… El hermano Carrasquilla se apeó, como hombre seguro, discreto, fuente sellada, bruto, como hombre para llevar a Enrique Olaya a Cartagena… (5)

¡Qué felicidad cuando divisaron la casa, allá abajo!

Allí los esperaban Azpiros, rector, Calderón, prefecto, Crespo, barbiazul y el Félix Restrepo, que aún no era de la academia de la lengua, en Bogotá…

Hubo el abrazo jesuítico, consistente en doble cabeceo sobre los hombros. Es el saludo en las grandes solemnidades, al llegar y al partir.

Felices iban ya nuestros héroes, olvidadas las penalidades. Atravesaron, en ligeros caballos, los llanos de los padres; penetraron por la calle larga y llegaron al Parque del Centenario, en donde está ubicado el bello caserón de una manzana, «nuestra casa».

Visita al padre rector, comida con Deo gratias; presentación de los padres graves (los gamonales en santidad y en vejez); les señala sus celdas el padre ministro, y tenemos a don Benjamín de primer inspector de segunda división de internos, con tres horas de clase diariamente.

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Capítulo IX

Don  Benjamín en Bucaramanga. El padre Barreto. Una mujer asesinada y un novio suicida. La hacienda «San José». El padre Félix Restrepo. Una cosa muy preñada no sirve. El padre Gorostiza. Un borracho olayista.

Dos años vivió allí. Tres aventuras tuvo, a saber: la mujer asesina y el suicida; cacería con el padre Félix Restrepo y cacería con el padre Gorostiza.

La mujer asesinada y el suicida

El padre Barreto, nuestro profesor de latín, el que ponía los pulgares doblados sobre las palmas de las manos, y con éstas, los otros dedos estirados, haciéndolas girar de derecha a izquierda y viceversa, accionaba y reñía…, era una furia de padre. Por allá estaba en Bucaramanga en 1914.

Sucedióle en su juventud, ya ordenado y ya muy bravo, que el diablo lo tentó: apenas hizo votos solemnes, dijo que se retiraba de La Compañía. Le rogaron, insistieron con él, lo amonestaron y nada: quería ser clérigo suelto. Salió de la casa, y al mes cayóle la venda de los ojos, la venda que lo cegaba como a Saulo: comprendió su error y corrió donde el Superior; arrodillóse y, con lágrimas en los ojos, dijo que lo admitieran aunque fuera para cocinero…

«Usted ha cometido un gravísimo error, dijo su reverencia, pero veremos qué resuelve Dios…». Dios eran el Provincial y el jefe, en Roma, y resolvieron admitirlo con la condición de que siempre, hasta la muerte, enseñaría a párvulos… Por eso fue que nos tocó que este hombre airado y bueno nos pellizcara durante un año, cuando equivocábamos el musa, musae, musae, musam… Aceptó la condición, para desgracia nuestra, y allá estaba, muy bravo, en Bucaramanga, en 1914.

Este padre amó a don Benjamín en cuanto un religioso viejo puede amar: los místicos adquirimos indiferencia de minerales para los epifenómenos. Lo amaba porque lo acompañaba a pasear a pie. Todos los jesuitas son andarines.

—Mire, padre Correa, prepárese que mañana iremos a Palonegro.

Efectivamente, habló con el padre ministro para la autorización de pedir el fiambre al despensero; le gustaban bocadillos, queso y pan.

Salieron a las seis; marcharon alegremente por «el camellón» hacia el parque Romero.

Iban alegremente, cuando de pronto llegó corriendo una mujer asustada, postróse de rodillas y dijo:

«¡Padrecitos, por Dios, corran, que allí asesinaron a una y se muere sin confesión!».

Don Benjamín sintió el fuego de la caridad. Barreto permaneció frío y contrariado.

«¡Corramos, reverendo padre, díjole don Benjamín, que se trata de salvar un alma!».

«Poco a poco, contestó el viejo, vamos caminando, que ella esperará…».

Dieron vueltas por callejuelas, detrás de la mujer; encontraron un grupo de policías y de gente; llegaron a un caserón viejo; entraron; lleno estaba de mujeres que se movían allá, en las habitaciones penumbrosas… Don Benjamín bajaba la vista, para no ver mujeres; pensaba que sería casa de perdición…

«¿Dónde está la enferma?», preguntó Barreto, accionando con sus manos, como ya dijimos, y con esa voz de viejo jesuita.

«No es enferma, mi padre, contestó una mujer; fue que le dieron un balazo».

Las mujeres continuaban moviéndose allá entre la penumbra de las habitaciones, como larvas, así como se mueven y secretean siempre que alguien agoniza.

«Pero ¿dónde está la enferma?», gritó Barreto, incomodado ya…

«Mire, padre, en aquel cuarto», le contestaron…

—Bueno, padre Correa, usted me espera aquí…

Don Benjamín quedóse en la puerta, las manos enlazadas sobre el vientre, posición beata, y los ojos bajos pero absorbentes…

Sólo pudo ver que Barreto penetraba en la habitación penumbrosa, repitiendo: «¡A ver, la enferma! ¡A ver…!». Luego percibió que se había sentado al lado de la herida; allí permaneció diez minutos… Salió.

—¿Está grave?

—¡Qué grave! ¡Es que las mujeres son muy escandalosas!

«¡A ver, las mujeres! ¡Salgan las mujeres…!», gritó Barreto.

Fueron saliendo de las habitaciones y apenas reunidas les dijo, accionando como lo manifestamos:

«¡El temor de Dios! Hay que temer a Dios, mis hijas… Si como la bala le pasó de refilón por una cadera, la hubiese atravesado, el castigo divino pesaría ya sobre esa alma… ¿Cómo dejan entrar aquí a esos hombres perdidos, borrachos, sin temor de Dios…? Así pues, hijas mías, temed a Dios y sed recatadas…».

En éstas iba, cuando llegó un policía y le dijo:

«¡Que corra, padre, que aquel hombre se muere…!».

—¿Y por qué no lo habían dicho antes? ¿También está herido?

—No, padre, fue que se suicidó; llegó a su casa después de herir a ésta, y se suicidó…

Barreto salió detrás del policía, refunfuñando: «¡El temor de Dios, mis hijas…! ¡El temor de Dios…!».

Era en una casucha, poco distante. Estaba llena de mujeres y policías; aquéllas, con velas benditas encendidas, gimiendo…

Sobre un lecho, las piernas en el suelo, el busto y cabeza caídos sobre la cama, boca abajo; un brazo pendiente, con el revólver empuñado aún, y el otro rodeando la cabeza: así estaba el suicida. Inspiraba, y al expirar hacía ruido de res degollada y levantaba borbollones de sangre espumosa.

¡Allí fue la brega! El primer impulso del novicio fue arrebatarle el revólver «para que no se disparara más».

«¡Cuidado, padrecito, díjole un policía, eso es muy grave; no se puede hacer antes de que venga la utoridá: lo joden!».

Don Benjamín le volvió a colocar el arma, pero ya no la asía… Quedó asustado nuestro héroe…

El padre Barreto no; era machucho; sentóse inmutable y en voz en que se percibía la ira por el paseo frustrado, le gritaba al suicida así:

«¡Hijoo…! ¡Hijooo…! ¿Quie-res con-fe-sar-te…? ¡Hijoooo! Si quieres ser absuelto, a-prié-ta-me la ma-no… ¡Hijoooo! A-prié-ta-me un de-do…».

A la media hora de esta brega, levantóse y dijo:

«¡La impenitencia…! ¡La impenitencia…!».

Las mujeres se le arrojaron a los pies clamando que lo absolviera.

«¡La impenitencia, hijaaas…! No puedo absolverlo porque no se arrepiente; tiene vida y no responde…; no me aprieta la mano…; ni el más ligero movimiento de su mano en la mía… ¡Arrepentíos, hijaas! ¡La impenitencia…! ¡La impenitencia…!», y se fueron saliendo de la casucha.

* * *

Un policía les contó que el suicida era novio de la herida; que fue borracho a su casa; entró; buscóla en su dormitorio; echósele encima; ella rechazólo y lo hizo caer; levantóse y pun, pun, pun, tres balazos, de los cuales sólo uno hizo blanco, de refilón, en una nalga; salió entonces, fue a su casa y pun…

«¡No ve, padre Correa; mire en lo que paró el paseo a Palonegro…! ¡La impenitencia! ¡El marrano deshonesto…! Lo mejor es volvernos “a casa”».

Primera cacería

La hacienda de La Compañía, en Bucaramanga, llamada «San José», situada en la montaña que domina a la ciudad, es joya preciosa. ¡Allí de los bosques, de los risueños prados, de las solitarias cañadas y de las fuentes cantarinas! Y todo ello es para el descanso de «los padres», durante sus vacaciones.

De mañanita salieron el padre Correa, es decir, don Benjamín, y el padre Félix Restrepo a pasear y a cazar palomas. Ambos en esa edad feliz de la tonicidad, cuando las articulaciones, los tejidos y, sobre todo, los ojos están lubricados, vitalizados por las secreciones internas. Eran la juventud casta; no esa otra, barrosa, sudorosa, que forma «la gran familia liberal».

Llevaban una escopeta… Llegaron a un rastrojo y vieron muchas palomas en un arracachal

El padre Félix dijo que para matar muchas —pues desde entonces era ambicioso, como toda esa familia de Restrepos— debían sacarle las municiones a la cápsula, rellenarla toda de pólvora, preñar luego el cañón de municiones, hasta la mitad, poner tacos de cabuya en seguida y disparar… «Yo creo, dijo, que de tal manera las municiones se riegan y matarás muchas palomas».

Aquí de la sencillez, la difícil sencillez, contra la cual peca siempre la exuberante juventud. Un padre grave hubiera dicho, respondiendo, así: «El secreto está en apuntar». Pero don Benjamín asintió, diciendo: «Sí; pero usted hace el tiro…».

Unos sostienen que el padre Correa dijo tal cosa, no por temor o prudencia, sino por no quedar mal, pues no era diestro en puntería; que su especialidad era convertir mujeres y no el matar palomas. Otros afirman que fue por prudencia y apoyan tal opinión en su conducta cuando la Loma del Tirabuzón, que no se quiso apear…

En todo caso, hicieron la operación del relleno… Adelantóse el padre Félix hacia el tronco del árbol, a gatas, por entre el rastrojo; buscó lugar propicio para hincar la rodilla; alzóse la sotana; apuntó por entre la chamizas, buscando la rama del árbol que tuviera más palomas, y…

Don Benjamín estaba quieto, observando a prudente distancia…

Sonó el disparo, retumbando por aquellas benditas arrugas andinas, y el padre Correa vio a su compañero que levantaba piernas y sotana, rodando por el matorral… Acercóse; se medio levantó el otro, atontado. Sangraba; pero no murió, pues luego ha hecho mucho ruido en la Academia de la Lengua, en «la capital». Fue apenas una leve escoriación en la frente.

¿Dónde está la escopeta? La escopeta está lejos, floreando el cañón y ni una paloma muerta.

En primer lugar, meditan los dos padres, una cosa muy preñada no sirve. Por eso no sirvieron los señores Caro, Suárez y Valencia, grávidos de gramática, política y poesía. «Oiga, padre, dijo el Félix, los colombianos están rellenados de bobadas hasta la mitad del cañón o de la barriga. De todo debe sacarse alguna lección y de este disparo saco yo la resolución de entregarme a la gramática…». «Y yo me dedicaré a la predicación…», contestó el padre Correa. Ahí tenemos, queridos lectores, que fue en una cañada de Bucaramanga en donde el padre Félix quedó grávido de la hermosa obra El castellano en los clásicos y don Benjamín de las maravillosas obras que ejecutó en Villeta y que ya casi vamos a contar, a saber: ajuntamiento de dos matrimonios desavenidos y conversión del alcalde, general Roca…

En segundo lugar ¿qué hacer con el arma floreada, para que el padre rector no les prohibiera el uso de la escopeta durante las vacaciones? ¡Limarla! ¡Cortar la parte rota del cañón…! ¿Qué importa que quede corta? Dirán que alguien, no queriendo andar por ahí con ella tan larga, la recortó… Este menester lo llevó al cabo don Benjamín, pues, según dijimos, allí resolvieron que se dedicaría a rehacer almas, y la limada del cañón tenía afinidades con ello.

Cacería con el padre Gorostiza

Gorostiza era ya un padre grave. Él y don Benjamín salieron de cacería. Iban conversando de la salvación de las almas, acerca de lo cual sostenía Gorostiza que tenía semejanza con la cacería de palomas, por lo cual era ésta el entretenimiento más lícito para un misionero, cuando, al acercarse a boscaje apacible, vieron muchas palomas…

Detuviéronse en el caminar y en el platicar y don Benjamín adentróse gateando para ver si al pie del árbol había lugar propicio para disparar a su amaño. Pero he aquí que oyó un ruido como de animal u hombre que removía la hojarasca… Volvióse.

«Ahí se oye, dijo, ruido como de seres humanos sobre la hojarasca…».

Gorostiza se metió, a gatas, por entre el rastrojo, y el padre Correa lo seguía a prudente distancia. A poco gatear vieron a un hombre echado sobre la hojarasca, en decúbito lateral, dormido y con un gran calabazo de chicha a su lado. Indudable era que el ruido lo causó él al voltearse, pues a los borrachos les gusta dormir por los cuatro decúbitos. Nos acordamos de uno que nos dijo cuando lo despertamos: «Espérese, que todavía tengo sueño por este lado».

«¡Amigo! ¡Hola, amigo!», le gritaba Gorostiza, frotándolo… Despertó, al fin.

—¿Qué haces aquí, amigo…?

—Pues, padrecitos, yo que me vine a matar palomas…, y… vean… ustedes… me emborraché… No hay… ni una… paloma… y estoy más borracho que el diablo…

Lograron levantarlo. Gorostiza le echó el brazo e iba con él abrazado, casi cargado, y decíale:

«¡Hay que huir del pecado, hijooo…! No meterse en el peligro… Deja ese vicio tan degradante de la bebida… Un día de estos podrían asesinarte por ahí, dormido… Hoy, como fuimos nosotros, si hubieran sido tus enemigos los que te hallan, habrías estado a merced suyaaa… Deja ese vicio, hijo mío…; trabaja por tus hijos, si los tienes, y, si no los tienes, por los hijos de los otros, en vez de estar dormido por ahí, ebrio…».

Don Benjamín seguía detrás, conmovido, meditando en que la cacería era en realidad un símbolo de la cacería de almas.

Era de ver a Gorostiza, abrazado al borracho, llevándolo, apuntándole al alma, olvidado de las palomas.

Se acercaban ya a la capilla. El borracho lloraba compungido. El padre Correa ardía en la llama de la caridad… Llegados al frente de la capilla, exclama Gorostiza, sintiendo segura su presa:

«Ahora te llama Dios. Él quiere que te salves y nosotros queremos tu salvación. Vas a arrepentirte de tus pecados…; vas a prometer abandonar ese vicio tan degradante; ya tienes el dolor de corazón y el propósito de la enmienda…; llora, hijo mío; eso te ennoblece…; ahora entraremos a la capilla y te ayudaré al examen de la conciencia y harás una confesión general…», etc.

El borracho lloraba a moco suelto… Los ojos de los dos padres estaban brillantes de felicidad por aquella caza, mejor que todas las palomas de Bucaramanga.

Ya arrastraba Gorostiza a su borracho hacia la capilla; iban a entrar, cuando el borracho se detiene, sepárase un poco, y dice, entre lágrimas e hipos:

«Bueno, padrecitos, ya voy a dejar para siempre este vicio… ¡Metámonos, pues, el último, padrecitos!», y se bebió el calabazado, íntegro, y cayó fulminado, dormido… (6)

Tales fueron las cosas que acaecieron al padre Correa en Bucaramanga, dignas de la historia.

— o o o —

Capítulo X

Don Benjamín en Villeta: el doctor Adeodato. Los corceles. Peligros del sacerdote en Bogotá.
El padre Barreiro y las niguas. Ajuntamiento de dos matrimonios desavenidos.

El fervor jesuítico de don Benjamín culminó en Villeta, a donde fue enviado con el padre Barreiro, por la causa aquella del reumatismo que ya dijimos.

Vivieron con el cura, doctor Adeodato Gómez, y decimos doctor, no porque lo fuera, sino porque del río de la Magdalena para oriente así llaman a los curas; para occidente los llaman padres. Es una de las diferencias que hay entre la futura república de Antioquia, o Pacífica, y la otra, también futura, y que se llamará «de los mugrosos».

El doctor Adeodato amó entrañablemente al padre Correa, a causa de las obras, casi milagros, que hizo en la parroquia. Lo amó tanto que, por ejemplo, vuelto don Benjamín al noviciado y un día en que estaba en clase de química, alcanzó a ver al doctor Adeodato, que se paseaba por el gran patio en compañía del padre Pinillos, atisbándolo a él para saludarlo con señales cariñosas; dizque dijo a los padres: «Este padre Correa es milagroso…: ¡verán ustedes que El Sitio ocupará puesto más alto en la memoria de los hombres que su vecino, Bello! Será El Sitio por antonomasia…».

Pero, antes de seguir, nos van a permitir que forniquemos, es decir, una digresión acerca del noviciado:

Este es lugar amplio, dos manzanas con edificios, con gran patio que tiene senderos formados con verbenales y dividido en espacios para los padres graves, para los tercerones, para los juniores, para los novicios y para los hermanos coadjutores. Por allí es tanta la filosofía que hay regada, que chilla.

Peligros del sacerdote

«Tanta confianza me llegó a tener el doctor Adeodato, que, en Villeta, me contó lo siguiente, así»:

Vea, padre, es tan peligroso nuestro sagrado ministerio, que le contaré lo que me sucedió:

A la semana siguiente de mi ordenación, en Bogotá, celebróse la fiesta del Carmen, cuando se confiesa toda «la capital»; fui llamado a confesar a la catedral primada; era la primera vez que confesaba; lo hacía con mucho fervor y caridad…

Acercóse una joven, bellísima, en plenitud, dizque recién casada con un ministro, y noté que deseaba contarme una historia acerca de consulados en Europa a cambio de ciertas prestaciones a un altísimo personaje…

Díjele que contara sus pecados sencillamente, que no había tiempo para oírle historias, a causa de la abundancia de penitentes…

Entonces díjome: «Vea doctor: yo lo vi entrar hace poco y usted me parece muy bonito, muy rico(7)».

Yo tiré la puertecilla violentamente, diciendo: ¡Vade retro!, y me incliné hacia la otra ventanilla a escuchar a otra ministra…

Y es muy cierto esto —comenta don Benjamín— pues luego, conversando con el reverendo padre rector del seminario de Bogotá, doctor Camargo, nos decía: «Yo he ordenado a muchos sacerdotes y muchos de ellos se me dañaron en el confesionario; se levantaron de allí completamente cambiados… Allí hay un peligro…; allí se necesita mucha fogosidad en la mortificación, pues, desde que gobernó a esta ciudad el señor Hernán Pérez de Quesada, el diablo trabaja aquí con el coño…, ¡y no con el de pobres mujeres sino con el de grandes señoras!».

Paseos a caballo

El doctor Adeodato puso a disposición de los dos jesuitas sus hermosos caballos alazán y mamey, briosos animales que no conocían la fatiga. Adeodato era joven lleno de vitalidad y así eran sus caballos.

En tales corceles iban diariamente a bañarse al río de Villeta; pasaban por un trapiche: las narices de los dos jesuitas se dilataban con el olor de la libertad colombiana, es decir, de la caña dulce…

Allá, orillas del río de Villeta, fue en donde don Benjamín le sacó ochenta niguas gordas al padre Barreiro, español que ignoraba la existencia de esa gran familia liberal. Fue así:

—Mire, padre Correa, ¡cómo tengo los pies…!

—¡Esas son niguas…!

—¿Y qué hacer…?

—Yo se las saco…

—¿Y cómo será ello…?

—Preste acá un cortaplumas…

Lo afiló don Benjamín en una piedra del río de Villeta, y así fue como le sacó las niguas al español… ¡Qué hermosa es la caridad! ¿Qué no puedes tú, caridad?

Tal fue el primer milagro de don Benjamín, pero el más pequeño. Veamos ahora los grandes.

Trabajos de don Benjamín en Villeta

«Padre Correa, dijo el doctor Adeodato, tengo un trabajito muy delicado para encomendarle.

Se trata de dos matrimonios, ambos desavenidos; son gentes del pueblo y dan escándalo con sus riñas y la separación en que viven… Yo no he podido reconciliarlos y he pensado en que usted me haga este trabajito, pues veo que usted posee el palito para estas cosas del sagrado ministerio».

«Tráigamelos, doctor, contestó don Benjamín, que yo se los ajunto para mayor gloria de Dios».

Ajuntamiento del matrimonio Santos

A las ocho de la mañana del domingo sentóse don Benjamín en amplio sillón obispal, de cuero rellenado, al frente de una dilatada mesa en que había libros, papeles, libros padrones y, en la mitad y al frente del sillón, un gran crucifijo negro.

Era en el despacho cural, habitación inmensa, con puerta al corredor de la plaza.

El cura le entró a los dos montañeros y se los presentó: «Estos son los Santos, padre Correa».

Los cónyuges entraron separándose, sin mirarse…

Levantóse don Benjamín; sentólos; cerró con llave la puerta, y les preguntó las causas de la desavenencia, así:

«¿Las causas para ofender a Dios, hijos míos…? ¡Hable primero la mujer…!».

Dijo ésta que él se bebía toda la plata; que la gastaba con otras; que era contada la vez en que iba a la casa, y que, cuando iba, la trataba mal, en términos bajos, y que hasta le pegaba…

El hombre quiso interrumpir, pero el padre Correa ordenó que hablara la mujer hasta que se desocupara, que luego le correspondería el turno al hombre…

Al fin replicó el hombre que su mujer no lo amaba; que era regañona y celosa, inventadora de cuentos…

Don Benjamín se expresó así:

«Hijos míos: vuestra vida tiene escandalizada a toda la población y al señor Cura, quien me ha pedido que intervenga con vosotros. Vuestra desunión traerá la perdición de muchas almas y de vuestros hijos, si los tenéis. ¡Ved a este Señor nuestro que abre los brazos en la cruz para uniros…! ¡Mirad que casi abre sus labios para suplicaros que déis término a esa conducta desarreglada…! Yo os hablo, hijos míos, guiado únicamente por el amor, guiado únicamente por el interés de la salvación de las almas…!».

Aquí, don Benjamín agarró el Cristo, cayó de rodillas y exclamó:

«Queridos hermanos míos, os ruego por la virtud de las cinco llagas sacrosantas que os perdonéis, así como Él pidió al Padre que nos perdonara a nosotros. ¡Ay de los corazones endurecidos que no perdonen, pues vivir en sociedad es perdonar constantemente…!».

Al ver que el padre Correa caía de rodillas, la mujer se hincó también y el hombre se puso en pie, pues los hombres siempre son más empedernidos.

Continuó don Benjamín aumentando lo patético de las cinco llagas: la cónyuge comenzó a llorar y el hombre a parpadear.

«¡Perdonaos mutuamente para que el Señor no os coloque a su izquierda en el día en que raerá al hombre de sobre esta pelota terrestre…! ¡Recibid ahora la virtud que mana de sus heridas, virtud de clemencia, pues luego, el día en que vendrá sobre las nubes, tendrá sólo la virtud de la justicia…! ¡Ay de nosotros, ay de vosotros y de mí si en este instante no oímos su voz que nos llama al amor, al perdón de las ofensas…!».

Mientras esto decía, fuese acercando con el Cristo en alto, los ojos fijos en él y llorando…

«¡Perdonaos!», gritó…

—Me perdonás, gimió la mujer.

—Sí… ¿Y vos me perdonás?

—Sí…

Siguieron un credo y cinco padrenuestros para darle gracias a Dios por el ajuntamiento.

El matrimonio Solano

Después de almorzar nuestro héroe, por ahí a las dos, llegó el otro matrimonio.

Estos cónyuges estaban menos bravos.

Al preguntarles las causas resultó que era mal carácter de ambos.

Don Benjamín les hizo esta plática a los indiecitos:

Si la única causa es el mal carácter, el remedio está en la mortificación: la mortificación del mal carácter… Yo, por ejemplo, hijos míos, soy hombre airado, pero gracias a Dios y a su divina gracia, me contengo, pues llevo este hábito y la sagrada misión sacerdotal… Y para que tengáis fuerza en la mortificación, conviene que recordemos lo que acaeció al santo padre Laínez cuando lo mandaron a las Américas…:

Era muy fogoso de carácter. Llegó, tras penosa navegación, de España a las Américas y se encontró en una tribu de antropófagos… Era robusto, joven, coloradito, mofletudo… Los antropófagos comenzaron a probarlo, así:

Lo rodearon en círculo, y mientras bailaban diabólicamente, le decían: «¡A bueno que estás…!», y se saboreaban las lenguas de puro gusto…

Todo lo soportó el padre Laínez beatamente, las manos enlazadas así como las tengo yo, y los ojos bajos: les sonreía a esos cochinos antropófagos olayistas de las Américas; les daba de las medallas y rosarios que llevaba consigo.

Así fue como reprimió el padre Laínez la fogosidad de su carácter: no mostró enojo porque se lo fueran a comer. Y muchas veces las hordas antropófagas de las Américas se han saboreado las lenguas al ver a la Compañía de Jesús, y ésta siempre ha reprimido la fogosidad de su carácter…

Los antropófagos, admirados de la paciencia y dulzura del padre Laínez, se retiraron en consulta y resolvieron someterlo a la gran prueba de las Américas, la prueba de las babas, a saber:

Se acercaron a él con una escudilla que llevaba el más viejo; cada antropófago escupió en la escudilla y, cuando ya estuvo llena, le dijeron: «¡Tienes que beberte esto! Es la gran prueba de las Américas… Todo filósofo que aparece por aquí tiene que beber nuestras babas… Si las bebieres sin vomitar, nos habrás comprobado que eres un enviado del Cielo y te pondremos en “el Congreso” y en “la Asamblea”, con Emilio Jaramillo, de El Diario…».

El padre Laínez cogió la escudilla y se bebió las babas, a pesar de la fogosidad de su carácter… Hubo un misionero, Fernando González, que no quiso beber babas, y por eso murió en las Américas, tristemente… Este misionero no supo o no pudo vencer el mal carácter heredado de sus abuelos, Lucas Ochoa y un orejón Arango; negóse a beber las babas americanas, y murió culirroto y nuestra Compañía lo presenta como ejemplo de falta de mortificación del mal carácter…».

En este punto, don Benjamín cae de rodillas y continúa así:

¿Creéis que al reino de Dios se puede llegar por la violencia, cónyuges Solano…? Sí, pero no con la violencia contra los demás, sino contra sí mismo. ¡La mortificación! Ahí tenéis la llave del Cielo, la que le entregó Jesús a Pedro cuando le dijo: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Acordaos de aquel San Francisco de Sales, que fue ejemplar de dulzura y cuya vesícula biliar fue encontrada petrificada, llena de cálculos… Los de la autopsia se admiraron de que hombre cuya vesícula biliar se parecía a los de El Diario, hubiera sonreído siempre…

San Francisco y el padre Laínez vencieron al ejército de enemigos que llevamos dentro… ¡No creáis que son los de fuera…!; no; el enemigo está dentro, el poderoso, aquel cuyo vencimiento es premiado con el Cielo…

Inmediatamente, en este punto, los cónyuges se convirtieron. El hijo de los indiecitos, Armando, lloraba a moco tendido. Don Benjamín lo bendijo, diciendo: «¡Que seas el gran bebedor de babas de las Américas!».

Siguió el rezo a las cinco llagas y un credo. Salieron íntegramente ajuntados.

— o o o —

Capítulo XI

Don Benjamín en Villeta: el alcalde enojado y convertido luego.
El milagro mayor del padre Correa, o sea, don Benjamín.

Durante las siete semanas de la vida de don Benjamín en Villeta, dijo las pláticas dominicales. Se revistió siempre para la misa de nueve. Se subía al púlpito con el misal, y allí decía poco más o menos, pues los autores divergen al respecto: unos sostienen que estuvo más duro y otros que más blando:

«Amados hermanos míos en nuestro señor Jesucristo: voy a haceros la explicación del evangelio de hoy; primero os leeré el pasaje y después lo comentaré».

Abría entonces el misal y lo colocaba sobre el púlpito. Traducía; era gran latinista, pues comenzó el estudio de esta lengua desde la infancia con los padres Celso Hernández y José María Acosta, de El Sitio, según contaremos más adelante.

La explicación del evangelio era siempre aplicada a los vicios comunes en Villeta, tierra caliente en donde el diablo trabaja casi exclusivamente con el marrano deshonesto. En la altiplanicie también; pero en Bogotá, a causa del frío, el marrano ese no se ve: parece una señora.

Un domingo, creemos que al tratar de aquel pasaje en que Jesús arrojó unos diablos en forma de marranos que atormentaban a un liberal, marranos que se echaron a ahogar en El Lago, díjole el doctor Adeodato que acometiera duro contra los bailes…

Sermón contra los bailes

Pues aquí, en esta ciudad, ha venido la invasión del marrano o saíno de la deshonestidad…

Son piedra de escándalo para todos, y sufre con ello el corazón paternal de vuestro párroco, esos bailes inmundos… Comienzan ellos a las cuatro de la tarde, en el corredor de una casa de la plaza…; amenizan tales bailes con licores excitantes y con las conversaciones amorosas…, y, cuando llega la noche y ya están ahítos de pecar, pues el baile es, amadísimos míos en Jesucristo, rueda infernal en cuyo centro está el demonio y en la periferia los danzantes, es decir, los demonitos… Cuando llega la noche, repito, y están hastiados de pecar, y cuando suena el ángelus, del baile diabólico salen para el templo, con las almas manchadas de crímenes, y se acercan a la Santa Mesa, a recibir al Cordero inmaculado, sin las disposiciones debidas…

Al llegar aquí, don Benjamín dio un manotazo y casi se le cae el misal; vio entonces, o mejor, notó, pues don Benjamín estaba de muy buena fe y se acordaba siempre de los consejos del padre Pablo Ladrón de Guevara acerca de no fijar la vista en figuras femeninas; notó, decimos, que dos señoritas se levantaban y salían de la iglesia, mirándolo a él fijamente…

Terminó, pero sin mucha fogosidad… Almorzaron.

Por la tarde, en un atardecer de esos villetanos en que parece que el cielo tropical se convirtiera en caricia, sentados los padres bajo la inmensa ceiba, en compañía del doctor Adeodato, se acercó un joven menudo, muy filigrana, diciendo: «Très bien! Très bien! Usted, reverendo padre Correa, es orador fogoso y de brillo. Épatant…!». Apenas se fue, dijo el doctor Adeodato que era un joven de porvenir, muy dado al francés y a la oratoria y que indudablemente ocuparía un puesto en la Liga de las Naciones: se llamaba Eduardito Santos…

Por la noche le dice el doctor Adeodato: «¿No sabe, padre Correa…? El pueblo está revolucionado con su plática… El alcalde, general Roca, y su familia, están furiosos dizque porque usted señaló a las dos hijas desde el púlpito… ¿No vio usted cuando se retiraron…?».

Contestó don Benjamín que había medio percibido cuando dos señoras salían de la iglesia, pero que no había caído en la cuenta de nada…

«¿Habrá peligro de acusación ante el Superior, en Bogotá?», preguntó.

El primer pensamiento de don Benjamín fue su expulsión de La Compañía. El general Roca era un héroe conservador: había matado cuatro viejas liberales, durante «la última guerra», y también había matado una mula y robádose otra, pertenecientes al general Uribe Uribe: nada le sería negado al general Roca: la verdad desnuda habitaba en la boca del general Roca y de allí se echaría en los brazos de monseñor Enrico Gasparri. ¿Qué podría hacer su admirador, el que estudiaba francés, si dizque era liberalizante…?

El cura lo consoló así: «¡No tema, padre Correa! El General se robó la mula pero es muy devoto. Todo se arreglará».

* * *

Al siguiente día, a las nueve, con atmósfera liviana y cristalina, salieron los jesuitas con el doctor Adeodato hacia el río de Villeta, a caballo.

En el trapiche estaba el general Roca, carilargo como Jiménez de Quesada, moreno curtido, a causa de sus campañas, malencarado y fornido… Tenía en sus manos una escopeta de «la última guerra»…

Saludó con gran simpatía al Cura y al padre Barreiro; se hizo el que no veía al reverendo padre Correa y le volteó la culata de la escopeta, todo ello a pesar de que don Benjamín sonreía humildemente, pues su anhelo en ese entonces era la mortificación.

Viéndose desairado, el padre Correa siguió adelante; lo alcanzaron y Adeodato le dijo: «Está bravísimo, como en “la última guerra”, pero ya lo cité para el lunes a la casa cural…».

El gran milagro de don Benjamín

Llega el lunes… Don Benjamín se paseaba desde las cuatro de la mañana por su cuarto, meditando, orando o quizá haciendo su examen particular.

A las ocho oyó ruido en el despacho cural.

A las ocho y cinco entró Adeodato y le dijo que allí estaba el general Roca…

Se persigna el padre Correa y sale y saluda al General y le pide permiso para cerrar la puerta con llave, «con el fin de conversar tranquilamente». Fue un golpe napoleónico.

Cerrada la puerta, ahí tenéis a don Benjamín de pies, manos enlazadas sobre el bajo vientre, inclinados los ojos: la figura de la humildad voluntaria.

Recuerde el lector que desde el disparo que hizo el padre Félix Restrepo, de la Academia de la Lengua en Bogotá, don Benjamín venía predicando briosamente acerca de la mortificación y que estaba resuelto «a sufrirlo todo, aunque lo enviaran a las Américas»… Vivía en las Américas, en Villeta nada menos, pero, cuando ese periodo de su vida, el complejo mortificación se presentaba a él así: «Sufriré todo, hasta beber escudilla de babas, si me envían a las Américas». Es asunto elemental de psicología: el complejo mortificación nació en el novicio al oír la historia del padre Laínez.

Ahí está, pues, el padre Correa, beato, manicruzado, verdaderamente humilde, listo para sufrir, y no sólo listo sino con anhelo de que el partido conservador, es decir, el general Roca, se meara en él.

Al frente del Padre, de pies, el general Roca, «héroe de la guerra pasada», héroe de Palonegro, con bigotazos olorosos a leche de tigre parida.

Imprecación del General

«Reverendo padre Correa: con mucha pena vengo a tratar con usted de un asunto muy delicado…

Se trata de que usted, reverendo padre, el domingo último, en la plática, señaló a la vergüenza pública a mis dos hijas, con regocijo de un jovencito menudo que estudia mucho francés y que es liberalizante.

En casa, reverendo padre, estamos aterrados, pues hace cuarenta años que yo soy columna del gran partido conservador, columna de la Iglesia, y todos, yo, mi mujer e hijos estamos prontos a derramar la sangre por la hegemonía de los buenos principios», etc.

El padre Correa escuchaba humildemente, ensoberbecida su alma por la humillación voluntaria. «Si en aquel instante, dícenos don Benjamín, el General me hubiese pegado, habría puesto la otra mejilla». «¡No ve, doctor, dice don Benjamín, que yo estaba de muy buena fe…!: si me hubiera dado a beber orines, los habría bebido…».

Continuó el General su arenga, y cuando hubo terminado…

Cae de rodillas don Benjamín

… inmediatamente cayó de rodillas don Benjamín y, encendidas sus mejillas a causa del triunfo sobre el mal carácter, exclamó:

«¡Perdóneme! Humildemente le pido perdón, señor General, a usted, al gran partido conservador, a sus señora e hijas… Jamás fue mi intención el ofender a usted, a su familia ni a nadie en este pueblo… Si prediqué contra la nefasta costumbre de los bailes, fue por amor a la salvación de las almas, para cumplir mi sagrado ministerio», etc.

Apenas se hincó don Benjamín, el alcalde asustóse y corrió a levantarlo por los codos… «¡Oh, su reverencia, decía, cómo es eso, que usted se arrodille delante de mí, pecador indigno…!».

«¡Sí, déjeme General! ¡Déjeme besarle los pies, General…!».

Entonces el general Roca se convirtió y dijo textualmente:

«Reverendo padre: confieso que soy pecador indigno y que con esta escopeta (la había llevado, pues siempre la cargaba) maté una mula liberal y robéme otra, en “la última guerra”. Y en prueba de que me he convertido, permítame su reverencia obsequiarle esta arma…».

Salieron abrazados, don Benjamín con la escopeta; el General palmoteaba al jesuita cariñosamente.

La escopeta fue guardada en el noviciado de Chapinero, y cuando don Benjamín se retiró de La Compañía, el padre Tejada, que fue a llevarlo hasta la estación de La Sabana, le entregó un envoltorio y le dijo: «La Compañía ha resuelto darle a usted esta escopeta, para que a su vista usted se enfervorice, recordando el gran milagro de ablandarle el corazón al partido conservador, o mejor, al general Roca… Platica no puede darle nuestra madre La Compañía porque está muy pobre ahora; pero con esta escopeta usted llegará hasta Copacabana: el fervor lo puede todo…».

* * *

Tan arrepentido quedó el alcalde, que oigan:

Vuelto don Benjamín a Chapinero para terminar el filosofado, transcurrido algún tiempo, un día, yendo con su «terna», pues filósofos, juniores y novicios salen siempre en ternas, para que se vigilen; yendo, decimos, beatamente, por la carrilera del ferrocarril a Nemocón, medio vio el padre Correa que pasaban delante de un caballero y de unas señoritas; luego oyó que decían: «¡Miren, ahí va el reverendo padre Correa…!».

Volvióse don Benjamín a mirar y ¡cuál no sería la sorpresa al ver al general Roca y sus hijas, que lo saludaban alborozados…! Dijéronle: «Vea, reverendo padre, vinimos hace días a buscarlo para que nos bendiga a este muchachito, pues le ha dado por decir que él es Simón Bolívar y que le entreguemos la escopeta para matar a todas las mulas de la “izquierda”».

Don Benjamín lo miró y, como estaba muy barrigón el muchachito, lo bendijo, diciendo «¡Esas son lombrices!».

Siguieron su camino los filósofos, comentando acerca de que el diablo toma frecuentemente la forma de las cosas bellas; que Jesús puso en guardia a los apóstoles contra los falsos profetas…

El don Benjamín de entonces era muy diferente al de ahora, a este príncipe de la Iglesia a quien el padre Casiano pregunta: «¿Ya lo pre-bas-te?».

Los juniores y filósofos van siempre en terna. Permítannos, a propósito, una digresión:

Un día, yendo en terna, encontraron al doctor Páez, cura viejo de Bogotá, ingenioso y mordaz que decía: «Yo soy descendiente del “León de Apure”». Le gustaba el aguardiente. Se quedó mirando a la terna, por encima de los anteojos, y les dijo: «¿Y cuántos sois?». El más joven, un novicio, contestó así: «Pater, odie sumus tria». Un error, pues se dice sumus tres. El doctor Páez soltó la carcajada y les gritó: «¡Adiós, mis padrecitos!; ¡échenle ojo al latín!».

— o o o —

Capítulo XII

El común de la casa cural. La hacienda de «El Trapiche».
Sierpes voladoras. «Los fervorines». La casa de Sanclemente.

Se nos había olvidado el común de la casa cural. Cuando llegaron los padres Barreiro y Correa, el doctor Adeodato les dijo, ya de noche:

«Reverendos padres: el común es el lado de la cocina, y es de cajón y muy oscuro; no olviden llevar lucíferos, que allá puse una vela y tengan mucho cuidado con las sierpes llamadas “Santander…”. Figúrense ustedes que una vez encontramos allí una sierpe comiendo inmundicia… Oigan: cuando vino el reverendo padre Paternain y fue al común…: oí gritos…; fui y la sierpe lo tenía agarrado, pero no lo había mordido a causa de que él, por el mucho montar en mula, tenía el trasero endurecido… Al Libertador, a pesar de lo mismo, sí lo mordió una y él le puso el nombre de “Santander” a esa familia de sierpes… Ellas se enroscan, a comer, a saciarse en el pecado…; se sienta allí el misionero, el filósofo o el Libertador, y entonces ellas se apoyan en la cola, levantan la cabeza alargada, colmillona, y mandan el mordisco… Quedan en forma de J. sobre la inmundicia. Es la sierpe de la envidia, cabecilarga, dentuda, ojos escaldados y que muerde siempre en el culo… ¡Mucho cuidado, reverendos padres…!».

Nuestro héroe quedó aterrado y desde entonces sufre inhibición intestinal… Sostiene él que «la gran prueba de las Américas» no es propiamente «la de las babas» sino el tener que vivir entre las sierpes J, tan inmundas.

* * *

Pues bien, acabados los bailes, ajuntados los matrimonios desavenidos y convertido el alcalde, general Roca, el doctor Adeodato llevó a los jesuitas a la hacienda «El Trapiche», de propiedad de la rica familia antioqueña, Arbeláez…; se trataba de que todos, amos y peones, iban a comulgar y solicitaron que el padre Correa les predicara «los fervorines».

Fueron en briosos corceles. Por el camino, en un montecito, vio don Benjamín que venía hacia ellos una palomita… Pues era nada menos que una sierpe con la cabeza levantada. «¡Cuidado, padres, decía Adeodato, que por aquí hay sierpes voladoras!».

Indudablemente que las Américas son el lugar propio para la mortificación del mal carácter: cielo paradisíaco; montañas, valles y aguas celestiales; climas que nos hacen morir de gusto…, pero la humanidad se compone aquí de sierpes astutísimas…, a saber: El Colombiano, La Defensa y El Diario, las horas católicas del padrecito Henao Botero, por la radio; avisos de «O.K. Gómez Plata»; la prensa bogotana, los presidentes y candidatos… ¡Aquí nos vamos a salvar todos los jesuitas…!

En la hacienda les mostraron los gusanos de seda, en sus cajas de vidrio, los cultivos de morera y de cañadulce; bebieron guarapo y miel, y el domingo, muy de mañanita, en el gran oratorio de la casona, a donde llegaba el olor a libertad, que emanaba del trapiche, don Benjamín predicó «los fervorines».

Se predican desde que el sacerdote oficiante comienza a preparar el copón, hasta un cuarto de hora después de que todos comulgaron. Se dividen en dos: preparatorios y de acción de gracias. El predicador se arrodilla, interrumpiéndose por espacio de unos cinco minutos entre los dos fervorines.

Ese domingo don Benjamín estaba rítmico y eufórico, a causa del ejercicio al aire libre, del olor a miel y de que en la casona había común inodoro y sin culebras J.

Predicó así:

Los fervorines

I

Detengámonos, amadísimos de «El Trapiche», a considerar que somos hechura.

¿Nos hicimos, acaso?

Por más que nuestra memoria se dilate, no hallaremos a nuestra voluntad interviniendo en nuestro aparecimiento sucesivo: nos hallamos dentudos, cojos o bizcos, biliosos o vinagrados, sin saber cómo ni cuándo. Y hallamos a las mujeres caderonas y a los hombres pechones grasosos; a todos, calvos, legañosos, arrugados… Hallamos que somos sombras, apariencias evanescentes.

¿Dónde está el que tiene conciencia de realidad, el que no se halla en el pasado, dentudo de un momento a otro, sin saber cómo ni cuándo? ¿Dónde está el que no sufre de anquilosis, arterioesclerosis, calvicie, legañas, el que no es atacado por sierpes inmundas como éstas de por aquí? ¿Dónde está el que es causa de sí mismo, razón suficiente de sí mismo, el que no es sombra de nadie? ¿Dónde está la realidad, el Rey de los reyes? ¿Dónde, la eterna juventud, carísimos de «El Trapiche»?

Está en la Hostia, villetanos…

Él hizo un muñeco de barro y sopló… Por ese vaho nos le asemejamos remotamente. Él quiso que el hombre participara de la realidad, del amanecer eterno.

Pero ¿qué pasa, villetanos? Que no tenemos conciencia sino de que el muñeco de barro se deshace: sucesivamente, canas, caries, desgano, cansancio y arrugas nos están repitiendo desde la cuna que somos unas sombras sin realidad.

Pues bien: para que no tuviéramos esta conciencia de sombras, Él se hizo alimento nuestro.

¡Qué asombro! Dignarse el Señor convertirse en hostia que penetra por la boca, y por el esófago, y por el estómago y por los intestinos pútridos de la gente de las Américas, o sea, del gran partido conservador y de la gran familia liberal…!

La mayor prueba del amor que Dios tiene al hombre está en que vino a los antropófagos de las Américas. Por ejemplo, un europeo no consentiría en convivir durante tres días con Alfonso López, Enrique Olaya, Luis Cano, etc., a no ser que tuviera en mira la consecución de mina de petróleo, oro o platino, y ¡asombraos!: viene el Rey del universo y Laureano Gómez lo hospeda en su barriguita… ¡Carajo, villetanos trapichenses, con el misterio…!

Ahí, en ese copón, está la fuente de la realidad; está allí la conciencia de la realidad. Alejaos, y os sentiréis sombras; acercaos, y sentiréis, más o menos, una lejana y alada sonrisa, la lejana y alada ligereza de la eterna primavera.

Aquí se arrodilló don Benjamín durante seis minutos. Prosiguió así:

II

¿No sentís un aleteo lejano, un sonreír de maliciosa y juvenil alegría en el espacio de vuestras conciencias?

Pues es indicio remotísimo de la eterna juventud…

Riamos, riamos con la risa ligera del bailarín liviano, pues somos realidad… Hemos comulgado, y sentimos que no somos eso que cae, eso que se pudre y se arruga, eso que muerden las sierpes villetanas. El Señor nos ha dado realidad.

Y porque sabemos ya esas cosas, nos despreciamos en cuanto sombras. Podemos sufrir ya las grandes pruebas de las Américas. Podemos soportar a estos presidenticos ladronzuelos y leer la prensa de las Américas… Haced la prueba y veréis que ya soportáis la lectura de un editorial del hijo de don Fidel Cano…

De ese copón nos ha venido la conciencia de que el general Roca Lemus puede robarnos la mula, y meternos en la cárcel y escupirnos, pero sólo en cuanto sombras… Beberemos la escudilla de las babas, pero sólo en cuanto sombras…

Por eso decimos que Cristo nos hizo libres. En la Hostia está el secreto de la Compañía de Jesús: efectivamente, no de otra parte ha sacado la fuerza para aguantar durante siglos en las Américas…

Ya sabemos, ya sentimos, villetanos, que mientras más sea azotada y destruida nuestra apariencia, más sonreirá y se acercará el alma al eterno amanecer en donde no existen los negroides de las Américas…

¡Jesús Sacramentado, Jesús Eucaristía, gracias te damos por esta manada de saínos entre los que vivimos! Tú eres alimento del terrícola que desea soportar el robo en las aduanas de Cartagena, Barranquilla y Buenaventura. Uno de Cartagena, un tuerto Delvalle, nos robó los muebles que teníamos en Marsella, Francia, y en los cuales la Toní guardaba sus calzoncitos… La aduana de Buenaventura está en las garras de Garcés, y también el consulado general en Nueva York, y el Garcés tiene droguerías, porque le dio a mutuo mucho dinero al presidente López para su vivir dispendioso… ¡Hombres rameras, y, sin embargo, te dignas venir a sus panzas crapulosas! Tú eres alimento del colombiano, mientras roba, y eres viático del colombiano, cuando deja de robar, es decir, cuando muere… (3) ¡Humillaos, villetanos trapichenses, a la vista de estos prodigios…!

* * *

Casa de Sanclemente

Al volver de «El Trapiche», Adeodato los llevó al «santuario de los buenos principios», como llaman en Villeta a la casa en donde murió Sanclemente, según unos, y en donde depositaron el cadáver del anciano, según otros: porque lo llevaron de Bogotá en un silletón colonial y no se sabe si expiró en el camino o en la casa de Villeta en donde lo descargaron. Lo único cierto es que parecía dormido con ese sueño apacible que tienen hoy «los buenos principios». Esto dio motivo a la divergencia de opiniones.

Se reunió mucha gente para la visita de los padres. El general Roca Lemus decía: «Aquí murió el anciano, y el que diga que no, me tiene que pelar las barbas…». Eduardito Santos se llevó al padre Correa para un rincón; allí se les unió otro, canoso y que hablaba abrazando a uno y a la carrera: era Luisito Cano… El Eduardito dijo: «Ce serait épatant, père Correa, les fervorines au Trapiche!»… El Cano le echó el brazo a don Benjamín y le dijo desde abajo, pues es muy bajo, escupiéndolo: «Sanclemente, reverendo padre, murió a la salida de “la capital”, al tropezar los cargueros en un hoyo que hay al frente de El Espectador. Yo estaba estudiando derecho internacional, para agarrarme con los peruanos, y desde el balcón vi cuando muequeó y se quedó como un pollito… Y el que diga que miento, tiene que ir conmigo al campo del honor, a pistola sin cargar; mi padrino es Vallejo…», etc.

Don Benjamín apaciguó al Cano, para que no fuera y se matara a meados con el alcalde Roca Lemus.

— o o o —

Capítulo XIII

El sermón contra la cabronería. El sermón acerca de las delicias de las
Américas, llamado también, por algunos, el sermón de la despedida.

Los reverendos padres señalaron su viaje de retorno a Bogotá para el lunes siguiente al de la visita al «santuario de los buenos principios».

El doctor Adeodato dijo así:

«Padre Correa: no puede irse sin predicarme contra la prostitución; mi parroquia ha sido atacada por un vieja bogotana a quien llaman La Calígula, que puso casa aquí y ya ha perdido a muchas doncellas y a muchas almas… Usted tiene el palito para estas cosas de la santa pureza», etc.

En la última misa de nueve predicó así don Benjamín:

Sermón contra la cabronería

Amados hermanos míos en nuestro Señor:

Yo soy de El Sitio, pueblo notable por los carboneros que se agachan amorosos sobre el río del Aburrá; por el puente, construido por el doctor Villa, desde donde pescan las mejores sabaletas, y por ser lindante con Bello, cuna de Marco Fidel Suárez.

Grandes hombres ha dado a luz El Sitio, o Copacabana que también dicen. Entre ellos destacóse el padre Carlos José Ortiz en santidad y en saber.

Entre los muchos curatos que desempeñó este santo varón, tenemos el de Anzá…

Cuando llegó allí, encontró que Lucifer estaba apoderado de los fieles, en forma de una vieja cabrona llamada La Bombita.

Tenía una casa de prostitución; ella era la directora, a causa de la vejez, pues los viejos no sirven sino para dirigir, sobre todo las viejas: es lo que llaman experiencia. «Más sabe el diablo por viejo que por diablo». Por eso no estoy de acuerdo con los liberales, que ponen a los jóvenes en el comando. El joven debe ejecutar y la joven acostarse; el viejo y la vieja agarrar el timón directivo. Estos son postulados, carísimos hermanos…

La Bombita era también la contabilista, y la contabilidad arrojaba un saldo de 50 doncellas perdidas allí… Si no hubiera muerto y si el doctor Olaya la hubiera nombrado contadora, sabríamos cuántos mancebos se perdieron durante la concentración, sin contar a Luisito Cano, que nació perdido (9).

En todo caso, el padre Ortiz era tan dulce como santo…

Enfermó La Bombita, parece que de ulceración bogotana, pues era oriunda de «la capital», y, como allá no sudan, por el frío, se ulceran con el pecado: ulcerado murió el fundador, Jiménez de Quesada, y dicen que el Enrique Santos y el caradepedo Nieto Caballero se están ulcerando entre los calzones…

Enfermó y llamaron al padre Ortiz a media noche…

Era en casucha oscura y hedionda. No se veía nada sino con las narices: olía a liberalismo bogotano. No había sino un cabo de vela de sebo pegado a la pared mugrienta…

Acercóse el padre Ortiz al lecho: no se veía sino el bulto cobijado; no se le veía la cara…

¡A ver, hijita! ¿Está muy enfermita…? Dígame sus pecaditos…

Ninguna respuesta. La vieja resoplaba como un cerdo…

Durante diez minutos estuvo bregando el padre Ortiz, con esa dulzura que lo caracterizó y que lo hizo confesor de treinta leguas a la redonda…

«Dígame sus pecaditos…». Así estaba, repite que repite, cuando, de pronto, grita la vieja con voz hórrida:

«¡Padre…! ¡Padre…! Acúsome padre…; me acuso… ¡de que me llevan unos demonios cornudos…!».

Al padre Ortiz, hombre valeroso si los hubo, se le erizaron los cabellos y gritó que le prestaran el cabo de la vela; alumbró y… La Bombita estaba muerta, con la cara negra, los ojos abiertos y torcidos, la nariz de lado, la boca contorsionada, media vara de lengua afuera, hediondísima y estaba leyendo El Tiempo

El doctor Adeodato le escribió a don Benjamín, al noviciado, que desde su sermón, en Villeta reinaba la santa pureza; que La Calígula se había ido para Albán y que llevaba una vida ejemplar de penitencia, hasta el punto de que se limpiaba con la prensa bogotana.

Sermón acerca de las delicias de las Américas

El lunes en que se fueron los jesuitas de Villeta para el noviciado, predicó o despidióse el padre Correa así:

Nos vamos el reverendo padre Barreiro y yo muy agradecidos.

Ninguna tierra tan propicia para alcanzar la beatitud como ésta de las Américas. Aquí es donde se mortifica el mal carácter; aquí nos atacan el marrano deshonesto, la sierpe calumniosa y Laureano Gómez. ¡Tierra feliz ésta de las Américas porque de ella sale el misionero derecho para el paraíso, como un cohete!

Efectivamente, hay muchos animales: saínos, niguas y pulgas, Santanderes y Nietos.

Pero Dios, en su infinita misericordia, nos da, a raticos, indicios de la vida noble que nos espera, para que podamos soportar a las Américas.

Recordemos, a propósito, la historia del gran jesuita misionero del río de las Amazonas, el beato padre Ancheta, portugués:

Pidió, y lo obtuvo, que lo enviaran al río de las Amazonas. Sostenía él que en Coimbra era muy difícil salvarse, pues existe la apacible amistad, la fidelidad y la bella inteligencia; que para llegar al Reino es preciso aguantar las pasiones inmundas.

Llegó al río de las Amazonas… Iba por él en cabeza y descalzo, en champanes, en jangadas o en canoas… Iba así por el río arriba y por el río abajo, rescatando almas… ¡Con semejantes soles y con semejantes nubes de mosquitos y de loros…! ¡Contemplad a este héroe, villetanos…!

¿Por qué va en cabeza, padre Ancheta…?

Porque quiero darle mi vida a los animales de las Américas; deseo que sus antropófagos, mosquitos, soles, loros y sierpes se sacien en mi triste persona…

Cierto día, con un sol terrible de las dos de la tarde, iba en jangada río arriba a rescatar a una tribu colombiana que ya se había comido veinte jesuitas y cuarenta monjas…

Los bogas, viéndolo en cabeza, se pusieron a fabricarle un toldo de hojas de bijao…

No, gritó; ¡yo quiero morir en las Américas! Deseo que me coman los colombianos, pues si muero en las Américas, es segura mi salvación; si fuera para estar con sombrero y para que no me comieran, me habría quedado en casa, en Coimbra…

Esto que dice el beato Ancheta, y de lado y lado del gran río de las Amazonas, de sus profundas selvas, salen dos bandadas innumerables de loros, que se colocan a cierta altura sobre la jangada y que, volando acompasadamente, forman una especie de sombrilla, parecida a las que usan en las playas del mar, de modo que el beato hizo el viaje a la sombra…

Decía a los bogas: «¡Vean qué tan bueno es Dios con sus siervos…!».

Así llegó a la tribu colombiana, la cual, primero lo sometió a la prueba de las babas y después se lo comió vivo…

Carísimos hermanos: con este milagro de los loros, quiso Dios únicamente comprobar que le place la mortificación, y que para ello creó a las Américas y a sus animales. Por eso, si bien estos loros formaron el paraguas que dije, no cesaron de chillar, que jamás se ha oído que Dios haya hecho este milagro de acallar a los loros de las Américas…

El padre Barreiro y yo nos vamos con una deuda de gratitud muy grande, pues vamos casi salvados ya por la mortificación del mal carácter: en ninguna parte del universo mundo hay cosa mejor para purificarse que las sierpes muerdeculo o «Santander».

¡Adiós, queridos hermanos de la tierra caliente! Nos vamos para la tierra fría a vivir entre los culebrones de bigotico y carilargos… ¡Adiós, repito! Permaneced muy avenidos los que seáis cónyuges, y todos, cónyuges, donceles y vírgenes, acordaos siempre de La Bombita, la cabrona de Anzá…

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Segunda parte

Infancia de don Benjamín

Capítulo XIV

Don Segundo Fonnegra. Un monaguillo. El oficio.
El padre Acosta. El juego. Los jesuitas. El sacristán, etc.

Sabido es que el padre Acosta fue el padrino de don Benjamín y que por ahí vino su vocación: esta consiste en habituación a vivir en y de la Iglesia. Ahora se trata de narrar la vida de un niño que se habitúa a la vida sacerdotal. Lo veremos poco a poco, pues todo no se puede decir a un mismo tiempo; estamos sometidos a la ley de la sucesión, en cuyo manejo está el secreto del artista narrador.

Pero el padre Acosta era su padrino de confirmación, pues el de bautismo fue nada menos que don Segundo Fonnegra. Veamos.

Don Segundo Fonnegra

Viejo barbón, solterón, muy blanco, que engendró dos hijos en una esclava. Vestido de levita en los días de renovación, y de ruana durante los otros; en la casa, de pantuflas y medias. Era el médico del pueblo para postemas y todo lo que fuera de reventar. ¿Cómo operaba? Pues charlando: amolaba una cuchilla en una piedra pómez mientras charlaba con el paciente y de pronto ¡chus!, le zampaba la cuchilla hasta las cachas…

Los domingos de renovación se ponía la levita. La renovación la hacía el padre Pachito Múnera, muy bruto. Don Segundo le ponía la capa pluvial y el velo humeral. Pachito se trepaba y ponía (me parece verlo) una rodilla sobre la piedra del ara, la cual es muy respetable, pues siempre tiene alguna reliquia, hueso de santo importado, pues por aquí dizque no los hay… Don Segundo agarraba la custodia de El Sitio por la amplia base, que tiene angelitos en relieve, para evitar que cayera, pues Pachito estaba viejo y la custodia es enorme… Pachito refunfuñaba; durante la procesión sucedía lo mismo; nada le decía a don Segundo, pero al monaguillo le dijo: «¡Pero vea, Benjamincito, a este viejo don Segundo agarrando la custodia como si tuviera órdenes…!».

Un monaguillo antioqueño

Ahijado de don Segundo y ahijado del padre José María Acosta, cura en propiedad de El Sitio, desde muy niño vivió don Benjamín en la casa cural y en la iglesia. Manoseaba y se ponía los ornamentos, los bonetes; cogía los cálices; se iba habituando a reaccionar con el incienso…

La clerecía de El Sitio

Eran José María Acosta, Pachito Múnera y el bizco Celso Hernández. Éste, clérigo suelto, por bravo; en Medellín fue profesor de castellano, de latín y también fue sochantre; fortísimo en latinidad, traductor de las encíclicas y rescriptos que llegaban de Roma para la Curia; condiscípulo de Marco Fidel Suárez, del negro cura Rodríguez, de Acosta, de Manuel Desiderio López, de Marulanda, etc.

Estudiante de latín

Hernández, apenas se le acentuó la vocación a don Benjamín, le dijo: «Te voy a dar clases de latín para que lleves adelantado algo al seminario».

Comenzó en la gramática de Raimundo Miguel; a esa edad, tan viejo, sabía de memoria los versos de ella. Le daba clases diariamente y también le enseñaba a rezar el oficio.

El oficio

El oficio, que rezan diariamente los sacerdotes católicos, está en un librito negro. Todos han visto a los sacerdotes, cuando montan en tranvías, trenes o buques, o cuando pasean por ahí, que abren su libro, se signan apresuradamente y leen…, mientras atisban… Los muy jóvenes no atisban: a medida que envejecen van perdiendo los prístinos recogimiento y piedad: esto se llama habituación; otros lo llaman pérdida de la gracia.

¡Pues ese es el oficio! Siempre está dedicado al santo del día y se compone: Primero. La signación: In nomine patris… Segundo. La invocación: Aperi, domine, os meum ad benedicendum nomen sanctum tuum… Tercero. El invitatorio: Regem confesorum (o virginum, o martirum, según el santo) dominum, venite adoremus… Cuarto. El himno en alabanza de Dios, variado según el día. Quinto. Las antífonas, los salmos y las lecciones. Estas son tomadas de la vida del santo.

Tan barbero llegó a ser don Benjamín en latines y en rezar el oficio, que el padre Acosta lo sacaba a rezar con ellos al presbiterio… En ciertas festividades se le veía allí, bellísimo entre los tres curas… Las viejas comentaban: «Este Benjamincito va a ser un sabio, una lumbrera; si de pequeño reza así ¡cómo será cuando esté ordenado…!».

A los catorce años, el padre Acosta lo ponía a leer las pastorales en el púlpito.

El padre Acosta

Así, poco a poco, llegó a ser especie de coadjutorcito del padre Acosta.

Este bebía y jugaba: «Vaya, mijo, donde mi compadre Elías y que me mande la botellita que él sabe…»; «Vaya mijo llámeme a fulanos…»; eran los tahúres de El Sitio: Colorado, Lucio Jiménez, don Saldarriaga, Vao Arango, etc.

Las jugarretas eran los sábados, pero también las hubo en otros días. Jugaban hasta el amanecer. A las cinco llegaba el coadjutorcito ahijado y le decía Acosta, luego de afeitarse bien y de lavarse: «Vamos, mijo, a rezar el oficio, para que nos vamos a decir la misa…».

Sus maneras y su voz eran bellísimas: muy clara ésta; seráfica aquélla. Pero al rezar en latín hacía un sonsonete propio de quien ignora esa lengua.

Era hombre generoso, personalidad llana y llena; en su casa había mesa puesta para todos, juego y trago. Él enseñó a beber al padre Muñoz, jesuita, pero sin abusar. Con éste jugaba ajedrez. Apenas tardaban en llevarle el traguito, exclamaba esa bella figura vital que fue el padre Luis Javier Muñoz: «¿Qué hubo, padre Acosta, de la leche de tigre…?».

El general Pedro Pablo, hermano de Carlosé, pasaba allá largas temporadas, alimentado con leche de tigre.

El juego era de tute y el dinero cubría la mesa. Con la gente principal, jugaba ajedrez, lo mismo que en sus últimos años, en que se limitó a este juego de bobos, como veremos. Decimos que es juego de bobos, porque la esencia del juego es el azar y mientras menos tenga menos juego es. El dado es el juego; lo demás es prostituir la inteligencia, que tiene por destino investigar y no el jugar.

El juego en la casa cural

En el último cuarto, el más interior de la gran casa cural, estaba la mesa, tendida con tapete.

Jugaba sin sotana: calzones cortos de paño negro; medias negras de joven; camisa muy blanca y limpia, de pechera y puños almidonados; gorrito sobre la coronilla, uno de esos gorritos que usan los hermanos coadjutores jesuitas, o los curas viejos, y la coja, pues era cojo y así llamaba a su pierna enferma, sobre un taburete…: «Présteme, mijo, un taburete para la coja…».

La dentrodera Quiteria le llevaba la comida en una bandeja: «Póngala, mija, a un lado…». De vez en vez se llevaba una cucharada a la boca, absorbido como estaba por su tute, buscando el modo de «acusar las cuarenta»… Siempre, al tiempo, se llevaban tal comida, ya fría…

A un lado, en otro taburete, una canastica bogotana, regalo de la divina Andrea, con tabacos hechos por las Isazas… Andrea era el verdadero jefe de la casa; con el tiempo aprendió a gustar de la leche de tigre y, ya vieja, le daba por regañar… Fue bellísima en su primavera, cuando llegó Acosta a El Sitio y se hospedó donde las Isazas…

Los jesuitas

Ya dijimos que jugaba ajedrez con el padre Muñoz; también lo jugaba con el doctor Teodoro Castrillón… Había que ver el amor de aquel hombre pletórico por el juego, hasta el punto de que no acertaba a encender el tabaco mientras jugaba: rastrillaba el fósforo y no lo acercaba al tabaco, embebido en su juego, hasta que se quemaba los dedos. Ahí se veían tres, cuatro tabacos encendidos apenas y olvidados…

Los jesuitas poseían una finca en El Sitio, llamada «La Trinidad», regalo de don Federico Barrientos; tenían allí casona, oratorio, prados y montes. Allá fue en donde nuestro héroe vio por vez primera a jesuitas sombrerones, de bordón, andarines, rescatadores de almas y comenzó a inquietarse su corazón por aquella vida a pulmón lleno, sin pensar en el mercado…, pues Dios alimenta a las avecillas de los campos, a los lirios y a sus apóstoles…; los demás vivimos muy preocupados por el mercado de los domingos.

Los padres decían del donante Barrientos y del padre Acosta que aún les chorreaba el agua bautismal… ¡Siempre acertados en sus juicios…!

Acosta los regalaba mucho. Los llamaba los padres. Estos se dejaban querer por ese hombre generoso y bueno y hubo entre ellos verdadera amistad. El sacerdote es el hombre que más se deja querer; jamás aman; siempre son amados; por eso reconocemos humildemente que cometimos un error al no ordenarnos… No aman porque no pueden amar sino a Dios; a los hombres y a las mujeres «les tienen compasión»… Y se dejan amar porque son representantes de la Divinidad.

El padre Muñoz impresionó mucho a nuestro héroe con sus maneras hermosísimas y la voz llena con que decía: «¿Qué hubo, padre Acosta, de la leche de tigre…?

Los jesuitas daban ejercicios y misiones en El Sitio; eran los padres Silva, Arjona, García y Muñoz, los antiguos, esos de quienes no queda sino el recuerdo.

El padre Muñoz hizo milagros durante los ejercicios. Se efectuaban en «el colegio», edificio hecho por Acosta por medio de convites.

A tales ejercicios entró un liberal, es decir, «borracho descreído», y cuentan así las viejas de Copacabana:

«Allá, a mi compadre Zaraz lo llevó a su celda el padre Muñoz; levantó un ladrillo del piso y le mostró el infierno…

Entonces, Telmo Toro se llenó de nervios y principió a predicar también…».

Los padres Cosme García y Luis Javier Muñoz han sido los jesuitas de más vitalidad que han venido por aquí. Tenían el infierno y el cielo, a elección en las puntas de los dedos o de las lenguas…

A Telmo Toro le quedó desde entonces el vicio de predicar, cuando se emborracha. Su prédica consiste en invocar y mostrar a Jesús crucificado, y en pedirle luego clemencia para los sitieños corrompidos…

El deseo de ser jesuita

El deseo de ser jesuita le nació a don Benjamín al contemplar al padre Luis Javier Muñoz con roquete de punto, estolón colorado y bonete encajado en sus rizos negros. Eso era un poema vivo de la carne espiritualizada por la ordenación. Nuestro héroe sentía desesperos por ser jesuita y levantar un ladrillo y hacerles ver el infierno a Pedro Gallego, a Pablo Arango y al padre Celso, pues estos le enseñaron cosas que no contamos porque va y nos lleva el diablo.

El Sacristán

Se llamaba Manuel Antonio Restrepo. Viejo, alto, delgaducho, vestido de calzones de paño, ruana de ídem y alpargatas de cabuya; muy limpio; afeminado en la voz. Hacía llorar la guitarra; habilísimo para ese instrumento. Giraba los ojos como una muchacha linda. Decía: «A pesar de la disipación del señor Cura, fíjese, Benjamincito, cuando está en el altar cómo parece un serafín…».

Pasaba el día sentado en un reclinatorio, hecho un ovillo, leyendo un rimero de novenas… Era invertido: amagó atacar al monaguillo, pero como éste huyera, desistió. Contaban que de mozo fue noviero y que entonces fue cuando aprendió a hacer llorar la guitarra; que de un momento a otro, sin causa conocida, se apagó su vitalidad y se entregó al reclinatorio, al rimero de novenas y a los amagos que dijimos…

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Capítulo XV

Los curas en propiedad. Los sobrados. Un reclutamiento. El seminario. Un filósofo antioqueño. Celso y Ricardo el de «la escuela». Una mole de Cura.
Don Segundo y don Fernando Isaza, etc.

Los curas en propiedad

Estos curas del siglo pasado, curas en propiedad, se distinguían por lo llanos, llenos, gordos, habituados y otras cosas. ¡Ya se acabaron! Por ejemplo, era de verlos a caballo, en poderosas yeguas o mulas para las cuales esos culos de siete arrobas eran simples caricias… Era de verlos llegar donde otro cura, compañero de seminario… Era de ver la llegada de Jesús María Mejía o de Manuel Desiderio López a Copacabana, donde Acosta: cómo demoraban en el saludo, paladeando las carcajadas sonoras, lentos en todo, y cómo, para apearlos, tenía que venir el negro Chamico, fortísimo, descendiente de esclavos de las Isazas, puesto al lado del padre Acosta por la divina Andrea… Pues Chamico sudaba removiendo aquellos fondillos de curas en propiedad, desenfundando aquellas pernazas de entre los zamarros, etc.

Los sobrados

Todos los detalles necesarios para la formación de la vocación sacerdotal son muy interesantes. Por ejemplo, siempre, hasta la muerte del padre Acosta y desde niño nuestro héroe y aun después de salido de la Compañía de Jesús, aquél le dejaba el sobrado, costumbre antigua, símbolo de amor.

El señor cura bebía, pero jamás en exceso; en el comer era sobrio; lo hacía con gana, saboreando.

El desayuno, jícara de chocolate con arepa delgada y queso, se lo llevaban siempre de donde las Isazas a la iglesia, a la sacristía o al confesonario, donde estuviera. Lo bebía con gusto y masticaba con amor, pero de pronto se contenía, como frenado por la costumbre, y estuviera ahí quien estuviese, miraba en busca del ahijado o lo mandaba llamar y le decía: «¡Tome, mijo!».

La renta

Aquel curato producía mucho entonces y el dinero se repartía sin contabilidades. Acosta levantó tres familias de hermanos, tuvo abierta su casa para todos, rojos y godos, sostuvo yeguas y el tute. No era como Joel Gómez, el de ahora, que es más amarrado que un nudo ciego.

Un reclutamiento

El señor cura no se enojó sino tres veces y entonces fue de mandar desocupar. La primera fue cuando le dio garrote a un cuñado suyo que trataba mal a la mujer. La segunda fue cuando la guerra pasada, que se metieron a reclutar en la iglesia, nada menos que en procesión de once. Le dio un guascazo al soldado Roberto Osorno y lo dejó tendido por dos horas. Veamos: resulta que el alcalde era Lázaro Arango, quien había dicho al Cura que bien pudiera hacer la Semana Santa, que no habría reclutamiento. Pues no cumplió. Nada menos que en la procesión de once, cuando el jesuita Ramírez iba a predicar, la soldadesca rodeó la iglesia y Roberto Osorno se atrevió a penetrar hasta la sacristía a reclutar…

El padre Ramírez, pálido, se escondió en un rincón; el padre Múnera desapareció; las viejas gritaban…

«¿Qué pasa, hijos…?». Levantóse cojeando el hermoso cura, acercóse a Osorno, lo encuelló y le quebró «su palo» en la cabeza. Tendido éste cuan largo era, sale Acosta al presbiterio y grita: «¡No teman, mijas…! ¡A ver, los hombres…! ¡Háganse detrás de mí y síganme…!», y fue saliendo, seguido de ellos; paróse en el atrio y gritó: «¿Conque reclutamiento…? ¡Tóquenme a uno solo y verán…!». Siguió con sus montañeros; los soldados le abrieron paso, y él los condujo calle arriba hacia la montaña…

Durante tres días Acosta se paseó por el atrio, enfurecido, semejante a un Napoleón, hasta que el alcalde Lázaro Arango vino y le pidió perdón, y se calmó.

La otra ira fue con Celso Hernández. Éste era sacerdote siempre airado; tan bravo como bizco, pero Acosta siempre le aguantaba. Se limitaba a decirle: «¡Hoy sí que te está brillando ese ojo bizco…!», y se salía de la iglesia. Pero un día, sentado en un reclinatorio, dando gracias después de la misa, comenzó a insultarlo y a renegar el latinista exsochantre. De pronto se le zafó y le dijo: «¡Cojo pícaro, que te juntas con los Isazas para acabar con este pueblo…!». Le tocó lo más sagrado, a las Isazas: ahí fue el Orlando furioso:

«¡Pero vean a este bizco pícaro, loco, que te voy a hacer suspender, pues soy vicario! ¡Acércate para romperte este palo en las costillas!», y se fue levantando y si el padre Celso no corre, lo mata…

¡Al seminario…!

Apenas cumplió nuestro héroe los dieciséis años entró al seminario de Medellín. Allí estuvo durante dos. Sus profesores fueron el gran poeta Roberto Jaramillo, Ulpiano Ramírez y Lubín Gómez. Les ganaba en latín a todos los condiscípulos. Cierta vez sólo él obtuvo cinco, y Jesús María Yepes, mametas hoy de todos los partidos políticos, protestó.

El seminario estaba dividido en dos bandos: uno, de gente robusta, alegre, juguetona en los recreos, capitaneados por Juan Manuel González, que desde entonces tenía dotes de conductor de jóvenes y del corazón femenino; el otro, de gazmoños, que durante las recreaciones escuchaban las pláticas de un seminarista aviejado, de apellido Barrera, especie de Torquemada…

A los dos años no volvió porque no tenía con qué. Se entregó al estudio privado. El padre Acosta le prestó una Biblia, un César Cantú y un Balmes.

Acosta, filósofo antioqueño original

Estudiaba en tales libros… Ya iba en aquella hermosa tesis que reza: «Las plantas no sienten; los brutos sí». Con furor se dedicó a esta tesis; vivía únicamente para ella. Un día, lleno de dudas, acercóse al padre Acosta para esclarecerlas. Fue en el presbiterio. El señor Cura dijo: «Vea, mijo: las plantas sí sienten…».

—Pero, padre Acosta, mire lo que dicen aquí Balmes y Ginebra, Mendive y Urráburu…

—Vea, mijo, lo que dicen esos Ginebras son bobadas…; las plantas sí sienten: vaya y toque una dormidera…; vaya corte un árbol y verá que llora…, a su modo…, etc.

Al día siguiente se sube Acosta a predicar acerca de la Santísima Trinidad, pues era tal fiesta y no pudo hallar predicador. Iba muy bien, hablando del Padre; luego siguió con el Hijo y al llegar al Espíritu Santo de pronto se interrumpió y se puso a decir:

«Hay unos autores de filosofía que sostienen que las plantas no sienten. (Indudable que estaba algo jalado o que se le cortó el hilo, pues no era orador). Yo no estoy de acuerdo con esos autores, y hay aquí un muchacho muy aferrado a esos filósofos insensibles, pero sepan, mijos, que las plantas sí sienten…».

En ese momento estaba colorado, congestionado y su cabeza imponente dominaba al auditorio. A todos los convenció y por eso es que en El Sitio respetan a los árboles. ¡Esos sí eran curas! ¡Esos sí eran hombres corajudos y de caridad!

Como la riña con el padre Celso Hernández había sido tres días antes, éste, zorro viejo, sentado en el presbiterio, oía y miraba a Acosta por encima de los anteojos, cabeceando y babeándose de gusto… La voz de Acosta parecía un clarín. Era bruto, pero de una personalidad inmensa; dondequiera se hacía sentir, aun por el ruido de su bastón.

Acosta no predicaba sino rara vez; se limitaba a leer en el sermonario de Planas, en la misa de siete. Una vez, leyendo a Planas… Pero antes diremos que se colocaba en un extremo del altar, apoyado el codo en éste, dejando caer un poco el cuerpo hacia ese lado; abría el libro, echándolo para la derecha, para no cubrir su rostro, y leía y comentaba… Leía un poco, alzaba la imponente cabeza y decía comentos sencillos, siempre suyos, no profundos pero siempre suyos… Aquellos curas en propiedad, de la Marinilla, de Neira, de Abejorral o de Envigado, ¡pues esos sí eran curas y esos sí eran tiempos! ¡Qué personalidades, qué caridad, qué culos y que voces!

Un día, repetimos, leyendo en el sermonario de Planas y comentándolo, llegó a aquel pasaje que dice: «Comenzó Jesús a hacer y a enseñar».

Leyó: Incipit Jesus facere et docere. Dijo facére, dudó, alzó la cabeza, miró al monaguillo venido del seminario, y

—¿Cómo es, mijo, facére o fácere?

—Es fácere, señor…

—Pues mijo, quod scripsi, scripsi; ya dije facére… Vea mijo, no estudie tanto, que esas bobadas se le olvidan a uno, y siguió comentando…

Celso Hernández y Ricardo el de «la escuela»

El padre Celso Hernández decía de él: «¡A hombre bruto este Acosta! Desde el seminario lo conozco; no le entra nada pero es inocente como un niño…».

¡Y lo que es la vida! El metro con que la vida mide a los hombres es muy otro del que aplican en universidades y seminarios; se llama gracia vital; otros, modernistas, lo llamaban hormones. Esta gracia vital u hormones fue lo que bajó del Cielo en forma de paloma sobre aquellos tímidos y feos apóstoles que inmediatamente se convirtieron en robustos y graciosos curas en propiedad. Eso fue lo que Cristo prometió enviarles y les envió cuando llegó donde su Padre. Esos hormones es lo que tiene Rafael Arredondo y es de lo que carecen los semiletrados Ricardo, el de «la escuela», y Emilio Jaramillo, de El Diario. A causa de tantos hormones, Arredondo vale ciento, y ellos, pese a dos libros que han hojeado, no valen nada. Con ellos se acuestan las mujeres «con palabra de matrimonio», mientras que ese insultado don Rafael tiene enamorada a Antioquia. ¡Es la gracia vital! ¡Envíala a estos tus siervos, oh Jehová…!

Pues bien, Celso Hernández, latinista y castellanista, traductor de rescriptos, sabía muchas cosas, pero carecía de la gracia de que estaba inundado el hombre inocente, y así no tuvo a la divina Andrea, no le mandaban tabacos hechos por sus manos finas las señoritas Isazas, no palmoteaba inocentemente a las muchachas… En él, en Celso, dentro de Celso no había sino los versos de la gramática de Iriarte… ¿Por qué estiman tanto en Colombia a los hombres que leen? El secreto está no en que le metan a uno muchas cosas en la cabeza sino en meter la cabeza en muchas cosas…

Una mole de Cura…

Tendría don Benjamín nueve años cuando vio a un sacerdote que era como una mole…

Ya era monaguillo. Un día alcanzó a ver un suceso raro en El Sitio: un sacerdote enorme, montado en enorme mula que iba detrás de otras ocho que tenían los cabestros envueltos en los pescuezos… El sacerdote las arreaba hacia Girardota o Barbosa.

Lo raro del suceso era que ese sacerdote pasara por «la calle abajo» sin detenerse a saludar al señor Cura…

«¡Muy raro esto…!; voy a ver…».

Fuese yendo y se hizo en la esquina por donde debían pasar la mole de sacerdote y la mulada.

Llegaron… «Reverendo padre, díjole el monaguillo con su voz dulce de iglesia, ¿cómo se llama su reverencia?».

«¡Joannis a Deo Córdoba! ¡Pasooo!», gritó la mole de cura y le echó la mula encima y nuestro héroe quedó maltrecho.

Don Segundo Fonnegra y don Fernando Isaza

Allí estaban diariamente, sentados en cómodos sillones, en el portón de la casona, en la plaza, mirando, don Segundo Fonnegra y don Fernando Isaza… ¿Qué hacen…?

Le picaba una pulga a don Segundo, entre los omoplatos, y el viejo bregaba por alcanzar a rascarse… Entonces don Fernando, por adularlo, pues lo enriqueció don Segundo, le decía:

—Compadrito: preste acá yo le rasco esa pulga; yo le sirvo en ese menester…

—No, compadre: estas cosas de rascar pulgas y de otros menesteres son asuntos personales…

Todo lo perdió don Fernando Isaza apenas murió don Segundo, pues era bruto del cerebro hasta ser presidente del Concejo… Eso sí, tenía una gracia, y era que se parecía a monseñor Marulanda en el sentado, es decir, que así como éste daba sus clases de moral en el seminario, poniendo los pies sobre la mesa y el culo en el taburete, así mismo presidía el Concejo de El Sitio don Fernando Isaza, y le decía al secretario:

«Urbanito, lete lata», o sea, Urbanito, léete el acta.

Un temblor de tierra en Copacabana y de cómo los curas se le echan encima

Una vez… Era niño nuestro héroe y una mañana de misa solemne, revestidos los tres sacerdotes, Acosta, Múnera y Hernández, comenzó a temblar la Tierra…

El pueblo clamaba al cielo; las señoras se desmayaban y otras alzaban sus brazos implorantes… Entonces, Acosta, mesuradamente fue saliendo seguido de sus colegas; llegaron al atrio, bajaron hasta donde la Tierra estuviera desnuda, y allí se le echaron boca abajo y le insuflaron vaho… Inmediatamente fue disminuyendo el temblor, poco a poco, así como el de una potranca en celo: la Tierra tiembla porque está rijosa.

Estas son costumbres esotéricas de los curas en propiedad que ya se acabaron. Eran varones capaces de satisfacer a la Tierra con sus virtudes. Cuando el padre Acosta hacía una rogativa, en verano, sin nubes, llovía… Era como Elías… Eran profetas. Tenían el vaho. Los curas de hoy, doctorcitos romanos, como Sierra o Henao Botero, que dicen fáchere, hacen rogativas cuando hay nubes negras y viento para el Este, y son incapaces de poseer a la Tierra en rijo. Decididamente, la lectura acabó con la vitalidad.

— o o o —

Capítulo XVI

Muerte de Cleto. Agonía de Clímaco, etc.

Muerte de Cleto

Nuestro héroe permaneció en Copacabana con el padre Acosta otros dos años después de volver de Medellín y antes de irse para La Compañía.

El primer estallido consciente de la vocación que incubaba en él, lo tuvo cuando la muerte de Cleto.

Era éste un viejito coloradito, solterón, muy peinado. Don Benjamín era entonces un casi-cura. Lo cierto del caso fue que Cleto enfermó y don Benjamín no lo supo, hasta que una noche, a las ocho, lo llamó Adelaida, solterona hermana de Cleto, y le dijo:

—¿Qué le parece, Benjamincito, que Cleto agoniza y no le han traído el viático…?

—No tenga cuidado, Adelaida: voy a llevárselo…

Fue y el padre Acosta estaba de tertulia donde las Isazas, pues siempre, de seis a nueve, permanecía allí, fumando, charlando con sus «mijitas» acerca de genealogías, de Isazas y de Fonnegras. Su debilidad era por la «blancura»…

—A ver, mijo, ¿qué se le ocurre…?

—Vea, señor Cura, se está muriendo Cleto y no le han llevado el Santísimo…

—¿Y tan de noche…? ¿Por qué lo dejaron para estas horas…?

Entonces saltó la divina Andrea, como tigre parida, y dijo:

—¡Pues el señor Cura no puede ir ahora por que va y se cae…!

—Vaya, mijo, dijo Acosta, vaya donde Múnera y dígale que de orden mía le lleve Nuestro Amo al pobre Cleto…

Así lo hizo el monaguillo. Noche oscura. La plaza alumbrada apenas por cuatro farolas, pues no había aún electricidad. Toca en la ventana de la habitación del coadjutor y no responden; toca por segunda vez y ¡nada!, coge una piedra y toca…

—¿Quién es…?

—Yo… Que le manda decir el señor Cura que se levante y le lleve el viático a Cleto que está agonizando…

—¿Y estas son horas…? ¡Intrigante…! Esas son cosas tuyas, so metido…; ¡no me levanto…!

—Bueno, voy a decirle al señor Cura que usted no quiere…

—Vaya dígale al sacristán que prepare las cosas, so intrigante…

Los rejos de las campanas estaban por fuera. Los dejaban así, por la noche, para lo que pudiera ocurrir.

Taque… taque… taque.

Llega el sacristán y a poco el padre Pachito… Éste le dice al monaguillo:

—Vea, dele las campanillas y las velas a esos…

—Oiga, padre: la liturgia dice que no se toquen las campanas cuando se lleve el viático de noche y que no se rece en voz alta…

—¿Y es que vos venís a enseñarme liturgia a mí…?

—No es eso, padre… Es porque así lo dice el texto de Gherdt…

Condescendió… Salieron. Llegaron. Cleto estaba boca arriba, con la cara tiesa ya, los ojillos cerrados, los pelos largos de las cejas enroscados… Los parientes lloraban…

Coge Múnera y le pone la hostia en la boca y le aprieta la mandíbula inferior para obligarlo a tragar… ¡Nada! No tragaba…

Entonces el padre Pachito se arremanga sotana y sobrepelliz, dobla el índice de la mano derecha en forma de hoz, se lo mete a Cleto en la boca y con él barre lengua y paladar, y le saca… un pedazo de hostia deshecho y con babosidades…

Durante todo esto el monaguillo le alumbraba con un cirio, y cuando la operación de la barredura cayó un goterón hirviente sobre la barba de Cleto; no se conmovió: acababa de morir. Murió mientras Pachito le tenía su dedo grueso de viejo campesino metido hasta la glotis.

Múnera ordenó así al monaguillo:

—Vaya, so intrigante, arroje esto (la hostia) a una quebrada, a un agua corriente. ¿No dice así Gherdt…?

Cuando chorreó la cera hirviente sobre el mentón de Cleto, la gracia de la vocación sacerdotal dio el primer berrido en el alma de don Benjamín.

Agonía del policía Clímaco Ochoa

A los pocos días de muerto Cleto fueron las fiestas de agosto, la Asunción. Era el año de 1908. Hubo bailes de desnudo y cuchillo, peleas entre negros guantereños y llaneros de Medellín y los sitieños. Clímaco Ochoa, policía, resultó con una puñalada en el vientre. A la noche, nueve o diez, le dicen las viejas al monaguillo:

—Mire, Benjamincito, se nos va a morir Clímaco sin los sacramentos…

—Pierda cuidado, que yo voy a traerle a Nuestro Amo…

Observe el lector cómo este sitieño ilustre se creía desde la niñez gente de Iglesia; de ahí la amistad que nos ha unido, pues nuestros corazones están en la Iglesia y nuestros cuerpos fuera; somos mitad sagrados y mitad profanos.

Va el monaguillo a la ventana del padre Múnera y le toca con piedra: pun, pun, pun… El viejo grita desde adentro:

—¡Metido! ¡Metido! ¡No me levanto…!

—¿Y esa es la caridad? ¿Ese es el fervor en el sagrado ministerio…? ¿Es ésa la prístina piedad…?, etc.

Así lo amonestó don Benjamín, y el viejo apenas respondía: «¡Pero vean a este so metido…! ¡No me levanto…!».

Así fue como murió impenitente y sin el viático aquel policía conservador. Nuestro héroe oyó esa noche que una voz interior lo llamaba a la Compañía de Jesús a salvar muchas almas.

— o o o —

Capítulo XVII

Los curas gordos. El doctor Ramón Arango. Un confesor antioqueño.
Las yeguas del Cura y la sobrina Candelaria. Amoríos de ésta y de Pachito.

Los curas gordos

Nuestro monaguillo no quería ser sacerdote secular porque lo asustaba eso del juego, que continuaba en la casona de El Sitio, o La Tasajera o Copacabana, que de los tres modos llaman a la cuna de este jesuita.

Acosta era un inocente: jugaba con pasión irresistible y por exceso de vitalidad.

Llegaban a visitarlo muchos curas gordos: Manuel Desiderio López, alias Tonel, cura de Barbosa; Urrea, cura de Girardota; Rodríguez, alias El Negro, condiscípulo y rival de Marco Fidel Suárez y lumbrera también de la raza africana, nacido en La Ceja: tenía un hermano, Juan Olimpo, peluquero en Abejorral, donde puso tabla con este letrero: «Peluquería y algo de foro».

Llegaban estos curas gordos y flacos. Chamico los apeaba, los sacaba de entre los zamarros con muchas bregas.

—¿Dónde está Acosta, Chepe o Chepito?, según el caso, preguntaban…

—Él está jugando…

Algunos, los jóvenes, se escandalizaban al verlo. Acosta permanecía inmutable. A los viejos les decía: «¿Qué tal, viejo? Que te atiendan por allá Chamico, Chepa, Quiteria, Candelaria y Andrea…». A los jóvenes les decía: «¿Qué tal, mijo? Que los atiendan mientras acabo aquí…».

Se iban a beber chocolate, a rezar el oficio o para la iglesia.

A cada momento entraban montañeros en su busca y él les decía: «Ve, mijo, andá donde el padre Pachito y decíle que vaya a confesarte la viejita…».

—Pero vea, señor Cura, es que el padre Pachito está en otra confesión, en la montaña…

—Ve, mijo, te vas a la puerta y aguardás ahí; apenas llegue Pachito le decís que de orden mía se devuelva a confesar a tu vieja…

El doctor Ramón Arango le quita el juego de tute al padre Acosta

El médico Ramón Arango, gran personaje de El Sitio, y el padre Acosta eran uña y carne: se trataban de ciudadanos, así: «¿Qué tal, ciudadano?». «¿Cómo te va, ciudadano…?». ¡Como Arango estaba unido con Isazas y Fonnegras y era muy blanco…!

Cierto día se le metió al doctor Arango convertir a Copacabana en corregimiento de Medellín, no sabemos por qué; sólo sabemos que de ancón a ancón no debía haber sino un gran municipio, aunque no fuera sino para unificar el problema de aguas; en el valle del Aburrá no habrá civilización mientras no haya aguas puras, y no habrá éstas hasta que todo el vallejuelo sea un solo municipio. ¡Gloria, pues, al doctor Ramón Arango!

En un principio Acosta le prometió su ayuda… Pero apenas la población se enteró del «proyecto suicida», hubo tempestad. El jefe de la reacción fue don Segundo Fonnegra, «el más blanco de El Sitio».

El padre Acosta echó pie atrás; mandó llamar al médico para suplicarle que dejara eso; que era una barbaridad; que don Segundo…

—¿Y es que usted no tiene calzones?, gritó el médico…

Y el doctor Ramón, noble en toda su vida, se dejó guiar por la ira en aquella vez. Era amiguísimo de Jesús María Marulanda, provisor y vicario general, y… le contó los juegos de tute en la casona…

Marulanda le mandó una carta fulminante al padre Acosta, en la cual lo amenazaba con desposeerlo del curato y con darle parte de eso del tute nada menos que al señor Cayzedo…

Desde entonces nunca más cogió una carta el señor Cura y se entregó al ajedrez, presa de negra melancolía; desde entonces comenzó a decaer su vitalidad.

Pero los dos amigos no se guardaron rencor. Cuando la señora del doctor Arango agonizaba en su casa del Parque de Bolívar, en Medellín, el padre Acosta fue llamado, y vino, y la confesó y consoló.

Un confesor antioqueño

Porque tenía el palito para confesar mujeres. Desde Puerto Berrío hasta Abejorral venían en su busca. ¡Había que verle la suavidad y ternura con que las confesaba! Les hablaba en voz alta, así:

—A ver, mijita, dígame qué cositas le intranquilizan la conciencia… Muy bien, mijita: no sufra, que todos somos así, frágiles; sólo que debemos bregar para ver si llegamos a la muerte en gracia de Dios…

A los señores curas jóvenes nos permitimos decirles que a este respecto hemos meditado y que nos atrevemos a aconsejarles, si desean ser confesores de mujeres, que les traten con suavidad sus pecados, sobre todo los de la carne cordial: porque la mujer no peca carnalmente; es inconsciente en el amor; es arrastrada por fuerza elemental cuando fornica. Su destino es el amor, irremediablemente; la cama es el teatro de su vida; hasta para llorar se acuesta. Sus pecados a ese respecto son apenas equivocaciones que les hacen cometer los hombres. ¡Mucho cuidado, señores curas jóvenes, con la mujer! Recuerden que ellas no son profundas sino en el amor; que son, por decirlo así, amor manifestado. Todo su cuerpo, voz, maneras, sentimientos, son de madre.

Ahí estaba el secreto del padre Acosta. Ahí estaba su originalidad. Jamás han dado la Marinilla y sus aledaños un confesor que tuviera el palito para las mujeres como este padre Acosta.

Las yeguas del señor Cura y Candelaria

Ya dijimos que aquel curato producía mucho. El padre Acosta mantenía y cuidaba las mejores yeguas del Aburrá. Enseñó a Chamico a picarles caña: bajaba a la pesebrera, cojeando, agarraba el tacizo y daba clases objetivas. ¡Ay de Chamico si picaba la caña en trozos gruesos! No; alargados, menudos y luego de pelar las cañas.

Sólo cuando una potranca estaba en rijo se levantaba Acosta de la mesa del tute. Bajaba al corral cojeando, y allí dirigía el amor de su potranca; regulaba las cogidas, y hubo vez en que con su mano de campesino inocente y griego dirigió el falo del rijoso caballo padre que no acertaba por impaciente: Jehová sonreía de aquella inocencia.

Candelaria, la muchacha que trajo del Tolima el Fonnegra guerrillero, y a la que llamaban «sobrina del Cura», atisbaba por los agujales… ¡Pobre virgen campesina indiscreta que se acercaba al fuego sacro de Júpiter-padre!

Pero es necesario interrumpirnos para describir a este fruto tolimense, cuyo recuerdo nos intranquiliza hasta el punto de renegar de la vida que nos hizo nacer a nosotros después de que Candelaria atisbaba por los agujales… ¿Por qué no retrocedes, vida, y nos colocas al lado de Candelaria, ansiosos y apacibles, esperando que tal atisbo la doblegue en nuestros membrudos brazos? ¡Dios mío, estamos lúbricos…!

La sobrina del Cura

Así llamaban a Candelaria. Tenía diecisiete años. El eje cigomático, largo; mandíbula inferior, fuerte. Era caricuadrada, llena en todo su cuerpo; pechos virginales, erectos, poderosos; en sus mejillas unos hoyuelos mejores que el vino; robusta, pequeña, como toda hembra sensual: «Pequeño es el grano de la buena pimienta; pequeño es el buen sermón y en dueña pequeña hay gran amor», dijo otro cura, colega nuestro.

En una palabra, Candelaria era «la sobrina del Cura de la Marinilla». Con eso queda dicho que tenía aquellos ojos afelpados y purísimos, suplicantes, aquella figura de resignada entrega al castigo de Júpiter. En amor, podemos afirmar que en amor nada sabe quien no sepa de cojas y de sobrinas de curas.

Amoríos de Candelaria con el padre Pachito

¿Quién culpará ahora al padre Pachito? ¿Cuál corazón berroqueño censurará a Pachito por lo que vamos a contar? Pónganse en su lugar y mediten antes de arrojar la piedra del escándalo…

Sucedió por aquellos días de las potrancas y del atisbo de Candelaria por los agujales del corral, que Pachito organizó el coro y algunas congregaciones inventadas e introducidas a las Américas por los padres. Candelaria era corista y presidenta de «las hijas de María», etc.

Había en la sacristía un canapé rojo.

Al atardecer, el monaguillo arreglaba vinajeras y atavíos de iglesia. Paseábase de aquí para allá en sus quehaceres.

A tal hora estaba Pachito sentado en el sofá. Llegaba Candelaria a darle cuenta de las congregaciones. Conversaban en el sofá, distanciados.

El monaguillo se hacía el ciego; nadie tan observador, y maligno y entremetido como un monaguillo. Hete aquí que vio lo siguiente:

La tarde moría sobre el valle del Aburrá, lentamente, como se muere una santa; las figuras de judíos, de Poncio Pilatos y de San Juan se desvanecían en la penumbra; indudablemente que se desvanecían para no ver lo que iba a pasar, pues eran de palo, eran santos de palo… Candelaria fue dejando caer una mano sobre el sofá, con la palma para arriba, implorante… Al rato, el Pachito dejó caer al descuido su mano encima de la paloma, es decir, de la mano de Candelaria, y luego, lentamente, acarició aquella mano mientras hablaban de la congregación.

Otro día, casi noche, al volver con las vinajeras, vio el monaguillo que se desunían rápidamente y asustadas las dos cabezas místicas, la negrísima de la potranca y la blanquísima del anciano. Allí se habían conjugado la vida y la muerte, aspectos de la eternidad, en instante fugaz, que luego amargaría la agonía de ambos: ¡qué amargo se hizo el vivir desde que el amor se convirtió en pecado!

Luego, la joven, en los días siguientes, rocheliaba en la sacristía con Pachito: el demonio perseguía a éste en la forma tentadora de la joven. La Candelaria se colocaba en una puerta, con los brazos abiertos, haciéndose la que no dejaba pasar al anciano, y éste a pasar… ¡Divinos juegos del demonio, que luego amargan la agonía del levita!

Pero nada sucedió. Fue indudablemente la última y atroz tentación que tuvo el santo varón, a quien Dios ha de haber coronado en el Cielo, pues renunció a esa Candelaria que arrojaba protones… ¡Oh, vida, retrocede y siéntanos a nosotros al lado de la Candelaria, en el sofá, en la sacristía de El Sitio, a esa hora de penumbra! Te juramos sa-tis-fa-cer-la…

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Capítulo XVIII

El monaguillo despierta a la vida genésica.
Sermón para los curas jóvenes. La vocación.

Don Benjamín despierta a la vida genésica bruscamente

Retrocedamos, pues esta vida del padre Correa la contamos tal como la supimos.

Retrocedamos nueve años, pues en el punto a donde hemos llegado el monaguillo tiene dieciocho y fue a los nueve cuando perdió la prístina pureza, en manos de Pedro Gallo y de Pablo Uribe. Luego fue el padre Celso, durante sus clases de latín, por aquellos días de los amores de la Candelaria con Pachito…

Se confesó con éste, quien le dijo así:

—¡Tú eres el culpable…!

—¿Yo?

—Sí; tú eres el responsable y si vuelves con ese pecado no te absolveré… Siempre el más joven es el culpable…

Por la última frase vemos que Pachito sofisticaba. La subconciencia lo defendía, le hacía echar la culpa a la joven Candelaria que extendía la mano en el sofá rojo de la sacristía penumbrosa.

Tema escabroso pero no inútil. De él sacaremos lección, a saber: que el demonio rodea a las santidades; que se debe estar siempre sobre aviso cuando nos dedicamos a la guerra con los tres enemigos del alma, que en definitiva se reducen a la carne.

Recuerden los sacerdotes jóvenes que el hombre es carne organizada, animada por un soplo, y que el soplo no se ve, sino que se intuye en la sonrisa de la carne. De ahí la exclamación del padre Casiano: «El que no lo haya probado, que tire piedras que sean como enormes bolas».

Recuerden el desafío de Jesucristo a los sacerdotes acusadores de la mujer adúltera: «El que esté sin pecado, tire la primera piedra». Todos se fueron para la casa. Todos lo habían probado.

Sermón para los curas jóvenes

«… et dixit eis: Qui sine peccato est vestrum, primus in illam lápidem mittat».

«Audientes haec autem unus post unum exibant, incipientes a senioribus: et remansit solus Jesus, et mulier in medio stans».

Sec. Joann. VIII. 7. 9.

Penetremos hondo en este terreno, que hay mina.

Habéis oído, amados colegas y hermanos, que Jesús desafió a los sacerdotes acusadores para que le tiraran la primera piedra a la mujer adúltera y que ellos se fueron yendo, uno por uno, comenzando por los más viejos, oídlo bien, incipientes a senioribus, y que sólo quedó Jesús. Sólo Él es puro; sólo Él es bueno. Los demás somos gente prevaricadora, aun los más santos.

Leamos las vidas de estos, de los héroes todos: lucha con la carne.

Queridos hermanos y colegas: somos unos putos, es decir, juzgados, pues tal adjetivo viene del verbo puto, putas, putare, que significa juzgar. Se fueron yendo, uno por uno, comenzando por los más viejos: ¡manada de cerdos carnales es la humanidad!

Sólo Cristo nos ofrece la salvación. Él es el camino. Santo será quien bregare por imitarlo, porque sólo Él puede abstenerse de tirar piedras a la mujer adúltera.

Cuando estamos alegres, ágiles, lleno el pensamiento, la campesina burda nos parece una deidad: nos tienta. Esta carne, amadísimos, es nuestro centro de gravedad: la Tierra se opone a que ascendamos. Acontece con la euforia y la carne como pasa con la presión atmosférica y los globos, que a medida que ascienden, se dilatan hasta romperse, para caer, viles sacos vacíos, sobre el humus.

¿Quién nos liberta de la gravedad? El ejemplo de aquél que permaneció solo, agachado melancólicamente al lado de la mujer adúltera. Cristo nos hace libres, y pegados a Él podremos abandonar esta pelota terrestre.

Contemplemos a Alejandro Magno… Pero ahora recordamos que nuestro colega, el padre Yepes, de Carolina, predicó un sermón muy bello acerca de Alejandro de Macedonia, en 1926, cuando misionábamos por aquellas regiones ubérrimas en muchachas. Le oímos decir acertadamente así:

«Mientras ese joven macedonio sujetó la carne como al potro de que nos habla Heródoto, que lo hizo correr, correr hasta que cayó manso y rendido; mientras el Macedonio durmió sobre el duro suelo y castigó sus deseos engañosos, todo el universo mundo estuvo sujeto a su puño. Fue rey de la creación, como en la edad paradisiaca… Apenas se relajó en el Asia; apenas fornicó, bebió y durmió sobre plumas, fue vil esclavo sujeto a la muerte: fue un puto, como cualquiera de las Américas…».

Sí, jóvenes curas, sabed que el enemigo de la belleza, del ascenso, de la alegría de los guerreros que luchan con la gravedad para conseguir la divina libertad, es la carne… Sobre todo, en las muchachas, en ciertas muchachas tropicales de catorce años y medio, el Lucifer se disfraza de Dios y nos sonríe con la sonrisa de la alada ligereza, para hundirnos en la gravedad.

Hay un solo enemigo: la carne. ¿El mundo? ¡Pues si en él se pasean las sobrinas de los curas en propiedad…! ¿El demonio? En la Tierra está en forma de sobrinas de cura… Ellas, las sobrinas, son el mundo, el demonio y la carne…

No tengáis sino sirvientas viejas y feas. No toquéis, no miréis y no os deleitéis. El único camino de nuestra salvación está en las cautelas de nuestro padre Ignacio, a quien, por ese hallazgo, podríamos llamar el divino calvo.

La vocación

Pues bien, resumiendo, tenemos que entre la muerte de Cleto, aquélla del policía Ochoa, los sobrados, las travesuras de Pachito y las cosas que le ocurrieron con Celso, con Pedro Gallo y con Pablo Uribe, todo ello mezclado con la visión de los padres, andarines, sombrerones, de bordón, que veía en la hacienda «La Trinidad» y que no tenían que pensar en el mercado de los domingos, sino que rescataban almas y levantaban un ladrillo y mostraban allí el infierno, hicieron nacer en el monaguillo la resolución firme de entrar en La Compañía.

¿Por qué no de sacerdote secular? Para resolver este problema es necesario escarbar mucho en su infancia. Vamos a hacerlo.

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Capítulo XIX

Esbozos de Manuel Desiderio López, alias Tonel, y de
Alejandro Posada, curas de Barbosa y de Bello, respectivamente.

Esbozo del padre Manuel Desiderio López, alias Tonel, cura de Barbosa

Era como enorme bola. Era como una de esas esferas terrestres en las que pintan pulgones para indicar lo minúsculos que son montañas, árboles y animales en relación con el volumen de nuestro planeta; así, la nariz, piernas, brazos, orejas, etc., de Manuel Desiderio, no se veían: era una bola de sebo que se había tragado extremidades y facciones.

Poseía toda la bonachona apacibilidad de los gordos. También poseía la inocente astucia de la Marinilla.

Llegaba donde Acosta montado en mulona fornida como Hércules, y Chamico gastaba dos horas para apearlo.

¿Cómo le nació la vocación a este verraco de cura? Él lo contaba así:

«A los diecinueve años yo estaba un día boleando calabozo en una cañada: taque, taque, taque, taque…

Era mozo infatigable. Aquel día rocé toda una cuadra… Al atardecer, sudoroso, rendido, me senté a reposar bajo un sietecueros. A las seis sentí que soplaba sobre mí la divina gracia; por la noche les conté en casa; al otro día tocaba a la puerta del seminario y a los tres años me pusieron plantado en la Mesa del Altar, celebrando los divinos misterios…».

Esta bola, Manuel Desiderio, tenía mucho fervor en la caridad: no esperaba a que lo llamaran los enfermos; apenas tenía noticias de ellos, se hacía trepar a la mulona y se iba en su busca por caminos imposibles. Llegaba, lo apeaban entre todas las viejas de la casa, confesaba y consolaba al enfermo, bebiendo cacao, y, al final, sonriente y sencillo, con esa sonrisa inocente de la Marinilla, le decía al moribundo:

«¡Bueno! Ya vas a comparecer delante de la justicia y misericordia divinas… ¿No le vas a dejar nada a tu curita…?».

Así fue como salvó almas, y murió en Bello, rico y lozano.

Esbozo del padre Alejandro Posada, nuestro pariente, cura de Bello

Este era alto, sarmentoso, carilargo y le gustaba el aguardiente de caña.

Entraba a las cantinas, con amigos; sentábase en un rincón discreto. No se embriagaba, pues era la fortaleza misma. Apenas estaban redondos de beber y comenzaban a hablar indiscretamente, ponía la cara sobre la palma de la mano, muy serio, el codo apoyado en la mesa y decía len-ta-men-te:

—¡No abusen, hijooos! Usen pero no abusen… Es preciso no caer en la embriaguez…

Inmediatamente alzaba el índice, señalando para el cielo, y decía:

—¡Acuérdense de Aquél…! ¡Acuérdense… por si va y hay algo arriba…!

No más. Jamás dio escándalo. Esos curas eran vascos fornidos, nobles, corajudos; jamás viles. Quien tomare a mal lo que describo, no entiende lo único bello que ha tenido en humanidad Suramérica: este nido de vascos, Antioquia.

Era cura de Bello. Un día, nada menos que en procesión de la sentencia de Pilatos… Venía la procesión por «la calle arriba» a salir a la plaza. Esta se hallaba casi solitaria. La policía estaba lejos, en la procesión. En esas, un borracho se planta en la esquina suroeste, haciendo eses y blandiendo un puñal… La procesión se acercaba… Llegan los monaguillos con la cruz velada y los candelabros…

—Por aquí, grita el borracho, no pasan sino Jesucristo y el señor curita; a Pilatos le rajo el alma…

¡Qué desorden! Gritos. Llamadas a la policía; pero esta venía atrás, entre el pelotón.

Al rato llega, abriéndose paso, el cura Posada; se acerca echándose la capa pluvial a los hombros, como si fuera una ruana, y arremangándose sotana y sobrepelliz.

—¿Qué sucede, hijooos…?

—Pues que este señor no deja seguir la procesión…

—¿Conque no dejás…?, dice, y se acerca al borracho y le da un puñetazo en la cara y éste cae como un muerto…

—¡Siga la procesión…!

Hablando de sí mismo decía: «Donde yo pongo esta caratosa (era caratejo), no se para nadie».

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Segunda parte

Capítulo XX

La vocación. El seminarista Carmelito. Entrenamientos en la sacristía.

Al cumplir dieciocho años, don Benjamín giraba ya sus ojos agudos del mismo modo beato que el padre Luis Javier Muñoz. Ya se entrenaba en los movimientos lentos y solemnes del ceremonial.

Durante las vacaciones del seminario pidió permiso al padre Acosta para encerrarse en la sacristía con el seminarista Carmelito a ejercitarse.

Carmelito era un montañero; en vacaciones iba descalzo y de ruana; pertenecía al grupo de Barrera, y era tímido y bruto.

—Vamos a ver, Carmelito; voy a enseñarle a dar la bendición con la custodia.

Entonces, don Benjamín sacaba de un cajón la gran custodia y de otro sacaba amito, estola, capa pluvial y velo humeral…

—Tome, Carmelito, póngase mis botines, porque así, de alpargatas, hasta profanación es… ¡Póngase el amito! ¡Quítese la ruana!

—¡No, Benjamincito, por Dios! No, Benjamincito, usted primero y después yo…

—Bueno, Carmelito, fíjese bien… Mire cómo me quito el saco, me pongo el amito, el alba, la sobrepelliz… ¡Fíjese bien…! Ahora vienen la casulla y la estola; luego, la capa pluvial… ¡Traiga acá el incensario…! Mire cómo incienso, pausadamente, con la mesura y reposo bellos del rito… ¡Póngame ahora el velo humeral, Carmelito! ¿No ve…? ¡Fíjese bien, Carmelito…! Vea cómo me acerco lentamente…; mire cómo trepo una rodilla sobre la piedra del ara, decorosamente… Observe ahora cómo se bendice: hay que girar el cuerpo reposadamente, así…; los ojos elevados y fijos en la divina Hostia, de izquierda a derecha, oiga bien, de izquierda a derecha, y vea, ¡vea el modo de bendecir! No hay sino un modo, Carmelito; todo, hasta el parpadeo, está previsto… ¡Todo es solemne…! Ahora, Carmelito, vístase usted y hágalo… ¡Póngase mis botines!

Decididamente, don Benjamín nació para príncipe de la Iglesia; es la vocación más completa, más impetuosa; el suyo es el único error que hemos visto en la trama lógica de la vida. ¿Por qué no es prelado? Si algún día Colombia nos vuelve al consulado en Marsella, allá se ordenará don Benjamín y Colombia tendrá su primer cardenal. Pero ¡apuren, que la juventud pasa!

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Capítulo XXI

El padre Acosta y los «grandes hombres». El tuerto Napoleón Fonnegra y el general Marín.
Don Luciano Fonnegra, profesor de economía, y Esteban Jaramillo.

El padre Acosta no era propiamente de la Marinilla; pero es lo mismo: nació en El Carmen.

Se vanagloriaba de tener amistad con los «grandes hombres»: Marceliano Vélez, Rafael Reyes, Pedro Nel Ospina… Como no había ferrocarril, los «grandes hombres» almorzaban o pernoctaban en su casa y él les daba café con aguardiente.

De Reyes consiguió el puente sobre el río Aburrá; lo hizo el ingeniero José María Villa; está en uno de los lugares más hermosos de la Tierra.

Del general Marceliano Vélez, nuestro paisano, consiguió la libertad del tuerto Napoleón Fonnegra, peor que Barrabás, según decían las viejas sitieñas, pero esto merece capítulo aparte.

El tuerto Napoleón Fonnegra

Estaba preso en las bóvedas de Cartagena y lo iban a fusilar por orden de Aristides Fernández, ministro de guerra. Marceliano Vélez iba como jefe de las fuerzas del Atlántico y pernoctó en la casona cural. Don Fructuoso Hernández y el general Vélez poseían haciendas en Amalfi; pues entre Acosta y don Fructuoso obtuvieron la vida y la libertad del tuerto…

¿Por qué lo iban a fusilar? Porque era tan malo el Coronel (Marín lo hizo coronel) que, una vez, en el Tolima, se topó con la recua de un su hermano conservador, hizo arrojar por un rodadero las cargas de café, fusilar a los arrieros y se llevó las mulas. Porque la última guerra civil, la que llaman «de los tres años», fue para robar mulas, así: en el Tolima, el general liberal era Marín y el conservador era Pompilio; cuando Marín había recogido bastantes mulas, le avisaba a Pompilio; éste «lo atacaba» y «derrotaba» y vendía las mulas, y viceversa; así fue como duró tres años «la guerra por la libertad».

Dicen los viejos sitieños que Napoleón Fonnegra fue el de las maldades de Marín; que éste era muy clemente y muy bruto. En todo caso, al Coronel lo cogieron preso y el resto ya lo saben, pero no saben lo mejor, a saber:

Don Luciano Fonnegra

Lo mejor es que el Coronel era hijo de don Luciano Fonnegra, que usaba capa española y que fue el primer colombiano que dio clases de economía… Sí; daba clases particulares a viejos y a jóvenes… Pero, antes, describámoslo: capa española; usaba de un rapé blancuzco y de él obsequiaba de vez en vez parsimoniosamente; sarmentoso y alto; se paraba en la plaza, el brazo derecho separado del cuerpo y apoyado en un bastón, y miraba, atisbaba, haciendo sombra sobre sus ojos con las manos en forma de alero sobre ellos… ¡Si parece que lo vemos! Español muy blanco y noble, gente blanca que se acabó por aquí…

Era muy cicatero y su pasión era dar clases de economía. Desde Abejorral vino un joven a aprender con él y sucedió lo siguiente:

El joven se llamaba Esteban Jaramillo, muy leído y práctico en economía. Llega la hora de la primera clase; es de noche: entra don Luciano al hotel, a la habitación del joven abejorraleño…; ya va a principiar, cuando… el joven apaga la vela, diciendo: «Empecemos, don Luciano, por apagar la vela, es decir, por economizar…».

Como ven los lectores, ya era un sabio; comenzaba enseñando economía a su maestro… Pero éste no se inmuta; le da la clase en el oscuro, imperturbable, desarrollando estos principios: Primero. Para conseguir dinero son precisos un acto y una inhibición: el acto es coger el dinero, y la inhibición, no gastarlo. Segundo. El dinero se coge de dos maneras, trabajando y robando; la primera es más lenta, etc.

Termina la clase: el Esteban Jaramillo enciende la vela nuevamente, para despedir al viejo, y queda anonadado: contempla a don Luciano sentado en el suelo, a culo limpio, con los calzones caídos en rastra…

—Oiga joven, dice don Luciano, en el oscuro se pueden economizar calzones…

Así fue como don Luciano hizo un sabio de Esteban Jaramillo. ¡Esa sí era gente que sabía! ¡Admírense ahora de que Esteban Jaramillo haya sido ministro de hacienda toda su vida y admírense de que sus maniobras las haya hecho siempre en el oscuro y de que no tenga casa propia, etc.!

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Capítulo XXII

Los «blancos». El negro Francisco Rodríguez. Monseñor Cayzedo
y el padre Acosta. Jesús María Mejía. Román Gómez.

Ya dijimos que el padre Acosta respetaba mucho a los «nobles»; era un campesino que sentía atávicamente admiración y respeto por ellos. Algún negro hubo en sus lejanos antepasados y de él heredó «el complejo del esclavo».

La comprensión es la que nos liberta; por más que un hombre se afilie al comunismo y al anarquismo; por más que las leyes reconozcan la igualdad entre los hombres, un vil seguirá vil, un esclavo, esclavo y un peón, peón. La libertad nunca viene de afuera; es centrífuga y los únicos medios para adquirirla son las disciplinas.

Lo que sucede hoy en el mundo es catástrofe nacida de que quieren «imponer la justicia», como si ésta no fuera como todo, que está sujeto a las leyes del nacimiento: preñez, gestación y parto.

La anarquía es el ideal del hombre: no necesitar que lo gobiernen; pero ninguna ley expedida por autoridades, ningún gobierno puede hacer justos, es decir, musicales, a los que odian. Únicamente la meditación nos liberta de las trabas.

Los españoles que ahora asesinan a los «curas» son los mismos «curas» que antaño quemaban a los herejes. En los corazones de los españoles ha existido siempre el fanatismo.

La prueba está en que Rusia apenas logró cambiar al zar Nicolás por el dictador Stalin. Mientras haya odio, amor, egoísmo, unos mandarán y otros obedecerán; unos robarán y otros serán robados.

En el mundo visible de hoy sólo vemos un anarquista, o sea, un hombre que no necesita de gobiernos: Gandhi. Debe haber algunos otros, pero los periodistas no los conocen y por eso no publican los retratos.

Por ejemplo, si los conservadores colombianos triunfaran sobre los liberales, tendríamos que a Quico lo reemplazaría Alejandro Ángel, y Laureano, así, hemipléjico, reemplazaría a López; en lugar de asesinar al hijo de Pedro Celestino, asesinarían al hijo del que hoy es policía, etc.

En todo caso, el inocente padre Acosta sentía un respeto místico por «los blancos». Decía al monaguillo:

«Mijo, los que no somos del todo nobles no debemos beber agua en vaso al “algo” (lo que hoy llaman “té”) sino que debemos ir a la poceta».

«Vea, mijo, yo, por lo Acosta, soy mucha gente, pero por lo Quintero no tanto; usted, por lo Fernández, es mucha gente, pero por lo Correa no tanto».

«Al único negro a quien le echo el brazo y me siento honrado es al negro Francisco Rodríguez» (sacerdote de La Ceja).

Efectivamente, este negro era lumbrera del clero. Cuando iba al Sitio, a predicar, lo sentaban y lo rodeaban los tres clérigos, Acosta, Hernández y Múnera, como discípulos… Monopolizaba la palabra; lo interrumpían de vez en cuando con risitas aprobatorias, con preguntas, etc. Los adoctrinaba…

Otra cosa: que solamente al negro Rodríguez y a «los padres» les ayudaba a revestir. Pero tampoco a cualquier jesuita; únicamente a los padres graves, Arjona, Silva, Figueroa, Cáceres, Legarra, etc.

«Sáqueles, mijo, el alba de punto, el ornamento mejor», etc.

Monseñor Cayzedo acabó con este perfecto cura de la Marinilla; acabó con el comentador de Planas; dio golpe mortal a la divina Andrea; terminó con los amores de las yeguas mejores del Aburrá; con toda la vieja clerecía acabó el señor Cayzedo. Veamos cómo le quitó el curato en propiedad:

Envió a Joel Gómez portador de oficio en que lo nombraba cura excusador y con una carta en que le decía al padre Acosta que ya estaba muy viejo y que debía descansar…

Desde que llegó Joel, Acosta no pudo disponer de nada…; pero no murió de tristeza, como aquel otro grande hombre amable y nalgón, Jesús María Mejía, de Envigado, que se murió de melancolía apenas Cayzedo le quitó el curato en propiedad. A Mejía no le valió el amor desinteresado de nuestra vieja prima Susana Arango, que fue para él bastón de hombre anciano: murió flaco y triste; no así Acosta: las Isazas le hicieron un curato en propiedad dentro de sus nobles corazones y murió casi alegre, como lo veremos más adelante.

Román Gómez

El padre Acosta era íntimo y admirador de Román Gómez, así como lo es todo el viejo clero de la Marinilla. Si monseñor Cayzedo y los cachivacheros del parque de Berrío no hubieran hundido a este político, el gran partido conservador tendría aún sus vírgenes, mejores que el sueño, sus empleos de $800.oo, sus mulas y todo el presupuesto.

Los lectores hábiles habrán maliciado que nosotros tenemos un 7% de conservadores. Es verdad, y es a causa de las vírgenes que tenía el partido conservador. Nos chupamos el dedo al recordarlas, al recordar a la sobrina del cura de Aguadas que nos llevó una postrera: eran vírgenes implorantes y temerosas a un mismo tiempo; implorantes, por la salud plena, y temerosas, por el diablo. Es cierto que el partido liberal también posee vírgenes, pero carecen de susto, esencial en el amor perfecto. Las vírgenes liberales son más bien acometedoras… Es cuestión de gustos; a nosotros nos agradan más las virginidades del régimen caído. Por lo demás, somos tan conservadores como liberales; para nosotros lo mismo es Quico gobernador que Jiménez gobernador; pero, en cuanto a muchachas, el partido conservador le da por el culo al liberal. No se enojen, que no las preferimos en virtuosidad sino en agrado. Mejor dicho, y hay que explicarlo mucho porque pueden enojarse, es para eso de la cama para lo que somos godos.

El padre Acosta la iba muy bien con liberales y conservadores; sólo era intransigente en cuanto a Román Gómez. Una vez fue Cayzedo a visitar al cura Joel e invitaron a Acosta al gran almuerzo. Comían y hablaban; comenzaron la conversación política, que nunca falta en reunión eclesiástica desde el emperador Constantino… Cayzedo habló mal de Román Gómez; contradíjole Acosta valerosamente; entonces se expresó así Monseñor:

«Yo he tratado de hundir a este hombrecito por todos los modos posibles: lo he golpeado por aquí, y nada: lo he golpeado por allí, y nada… Es como los muñecos patas de plomo, que siempre caen parados».

Monseñor Cayzedo no sabe por qué. Porque Román fue en su primera juventud negociante de mulas, en Marinilla, Rionegro y Medellín, y la mejor escuela para aprender el arte político colombiano es una cuna en Marinilla, tierra roja y estéril, y la feria de mulas. Un mulero antioqueño gasta veinte kilos más de inteligencia al comprar o vender un malicioso híbrido, que Cicerón al componer una de sus carajadas periódicas.

— o o o —

Capítulo XXIII

Jesús Tobón Quintero, monaguillo. El padre Salomón de J. Correal, envigadeño.
Canto a Envigado. Un político apacible.

Tobón Quintero, monaguillo

¿Ignoraban que la cuna de este hombre que ha dado su corazón al mar, a «la carretera al mar», se meció cabe los somníferos carboneros de La Tasajera, alias El Sitio? Allá fue donde aprendió a escribir con estilo sitieño, es decir, semejante al remanso que hay bajo el puente; también es de allí su liberalismo, un liberalismo suave, de seminario…

Porque el otro monaguillo era Tobón Quintero, y ambos querían ser curas.

Juntos sintieron un sobresalto de la vocación cuando fue al Sitio a predicar el padre Salomón Correal, envigadeño.

El padre Salomón, de Envigado

No se ponía bonete, para lucir la calvicie, que era muy elegante, en entradas. Hacían juego con ella el estolón, el roquete de punto y los zapatos con hebillas. Voz melosa, palabra fácil; gran retórico dulzarrón.

Los dos monaguillos se prendaron de Salomón envigadeño y se juraron ser clérigos…

Pero ¿qué hacer, tan pobres?

«Vamos a ver si el padre Salomón nos lleva con él», propuso Tobón Quintero.

Pero ¿dónde hablarle? No se atrevían a hacerlo en la casa cural; resolvieron salir a la entrada del pueblo a esperarlo, el día en que partiera.

Llegó el día anhelado. Venía muy bello, sobre potranca envigadeña, Salomón de J. Correal. Repentinamente le salen al camino dos niños, o sea, don Benjamín y Jesús Tobón Quintero, mitad sagrados y mitad profanos, queremos decir que parecían salteadores, por salir de los matorrales de una zanja, por el apresuramiento y porque agarraron a la yegua por el freno, y mitad sagrados porque se hincaron, juntaron las manos palma contra palma y miraron enamoradamente al padre Salomón…

—¡Reverendo padre…!

—A ver hijitos, ¿qué pasa…?

—Pues nosotros, reverendo padre, que tenemos muchas ganas de ser sacerdotes como usted y no podemos ir al seminario porque somos muy pobres… ¿Nos lleva con usted…?

—¡Oíd, hijitos…! Seguid muy comulgadorcitos, muy sumisos al señor Cura, y esperad un tiempo para ver si la vocación se afirma, pues ésta es, hijos míos, muchas veces, como los aguaceros tropicales… ¿No habéis visto, hijitos, esos aguaceros que caen repentinamente cuando hace sol, una de cuyas gotas moja todo un ladrillo, que parece que se va a inundar la tierra… y nada? Puede que así sea el ímpetu caritativo que tenéis, hijos míos… Así, pues, seguid muy comulgadorcitos, que, si la cosa siguiere, yo volveré por vosotros. Grabad bien estos versos envigadeños:

«Lloviendo y haciendo sol
son las horas del Señor…».

Los monaguillos quedaron muy consolados.

¡Y cuánta razón tuvo este Salomón de Envigado!, pues ahí tenéis, queridos lectores, a don Benjamín, que ya lo prebó, y a Tobón Quintero, que lo prebó también, y que perdió «la gracia» y propugna por la reforma del Concordato: es liberal verraquísimo para «carreteras al mar»…

Al considerar la capacidad intuitiva de este padre Salomón, cantemos a Envigado.

Canto a Envigado

¡Tú, patria nuestra, eres amable y propicia para la intuición! Arrullaste con tus vientecillos palmeños la cuna de Salomón de J. Correal; le diste el fuego santo para las siete palabras al cura Jesús María Mejía, que lloraba al pensar en morirse, en abandonar a nuestra prima Susana y al mono Barrera, y en que no podría volver a Tierra Santa y a Manizales, a recordarte, por allá, llorando… Era llorón, poeta llorón…

¡Envigado, cuna del metafísico y reverendo padre Rafael María Garcés, autor de silogismos misteriosos como tus carrieles; cuna de Cosiaca, el mayor ingenio y el mejor bebedor de aguardiente…!

¿Dó se meció la cuna del rabino José Félix de Restrepo? ¡Pues a orillas de tu arroyuelo La Doctora…! ¿Dónde hicieron al hombre que más escupe, Luisito Cano? Allí también…

¡Tú le diste al doctor Manuelito el amor por los árboles y a Marceliano Vélez una mirada de águila, inútil por cierto…!

¡Envigado, cuna del mejor cantor, o sea, del Mocho, y media cuna nuestra, pues no queremos agraviar a Itagüí…!

Un político apacible

El padre Acosta era político apacible; tanto fue así, que era amigo de los Santamarías y muchas veces fue a celebrar fiestas a la bella finca de estos en los llanos de Niquía. Los curas de la Marinilla son apenas copartidarios del goce, el santo goce sobre la Tierra.

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Capítulo XXIV

Amores soberbios de un Hermano Cristiano con la Candelaria.
Peligros del sacerdote con las muchachas. De cómo la muchacha lleva
en sí a «la culebra». De cómo la mujer no se acuerda.

El Hermano Cristiano

Pero ¿qué hubo de la Candelaria? ¿Cúyos fueron sus ímpetus soberbios que llegaban hasta el cielo como himno a la vida?

Parece que le correspondió quemarse en esa llama santa a un francés (toujours de la chance!), a un Hermano Cristiano oriundo de Tolón.

Resulta que el padre Acosta quería mucho a esta comunidad, a la cual podríamos llamar eclesiásticamente hermafrodita, pues ni son sacerdotes ni «civiles». Los introdujo a Copacabana a dirigir un colegio, y parece que en ese clima suave, pletórico, incitador, muchos de ellos cayeron en el vicio griego a que son tan propincuos en virtud de la situación indefinida que ocupan, mitad sagrada y mitad profana, como el poema ídem que hizo Antonio José Restrepo a petición de un sacristán de Titiribí:

Señor mío Jesucristo,
Dios y hombre verdadero,
tengo más sebo…, etc.

Pero no cayó en tal vicio el hermano portero: cayó en los brazos de la Candelaria, la cual lo enflaqueció de tal modo que se le olvidó la aritmética, los cien mil (100.000) problemas bellísimos de la aritmética de los Hermanos Cristianos, y hubo que enviarlo a Medellín a que recogiera tuétano.

¿No conocen ustedes los problemas tan bellos de la citada aritmética?: «Si un tonel lleno de agua tiene cien metros, y un ratón que está en el fondo comienza a subir a razón de dos centímetros y cuarto ¿en cuánto tiempo se ahoga?»…

Sigamos. En la portería fueron esos amores, y cuentan los viejos que durante dos meses el aire embalsamado de El Sitio se pobló de semillas aladas, de olores deliciosos y de cantos: guamos, carboneros, toches, silgas, mayos, ceibas, balsos, se unieron para celebrar el sacrificio de la potranca mejor del Aburrá.

Peligros del sacerdote con la muchacha

¡Ahí está el tropiezo! ¡Ahí está Satanás! No está en soberbia, ira, gula, etc., pecadillos fáciles de evitar. El diablo está en la muchacha. Vamos a probarlo con ejemplos.

Primero.—Una muchacha Betancur enamoró a un Hermano Cristiano. Se retiró éste de la Comunidad, instado por ella, para cumplir su amor, y… la muchacha ya no quiso…

Segundo.—Al Hermano Jayer le sucedió lo mismo.

Tercero.—El padre Selvanegra, jesuita maestrillo, era profesor de canto en Bucaramanga. Formó un coro polifónico… Allí, él e Isabel se enamoraron locamente… Con mucha dignidad fue donde el Superior y le narró sus cuitas… Se retiró de la Compañía e Isabel ya no lo quiso. Entonces se dejó crecer la barba, despechado…

¡Era el diablo! En estos ejemplos vemos, queridos lectores del clero, que se trata del «enemigo», disfrazado de señorita, pues aparece muy evidente que ellas tientan, urgen, se mueren de las ganas, hasta que os hacen salir de las comunidades, y, luego, ¡no te conozco…!

Siempre la muchacha lleva en sí la culebra. Las leyes de la herencia nos prueban a priori que las muchachas son como su madre Eva, y la historia nos muestra que urgen, se demoran, nos hacen cometer barbaridades y ¡nada! Son ten-ta-do-ras. Buscan la valla; el instinto (la culebra) les hace buscar el mandamiento para infringirlo. Apenas ven una sotana, la atacan, la destruyen, y, cuando aparecen los calzones, se van…

Y lo peor es que no se acuerdan de nada: la mujer olvida todo en amor. Recordamos que fuimos tentados por una; nos enamoró; hicimos diabluras; luego, nos olvidó; la perseguimos, enamorados aún… ¿Y sabéis…? Una vez en que le reclamamos, en que le recordamos las diabluras que nos unían, nos miró sorprendida: no se acordaba…; se creía virgen aún. Todas las mujeres son vírgenes, desde Eva.

— o o o —

Capítulo XXV

Una digresión. Retrato del padre Celso. El padre Pachito cura a los niños.

Es necesario terminar el retrato del padre Celso porque en la vida artística no debemos imitar a Leonardo: una obra comenzada es como hijo que se queda atrás, en el camino, y que, con sus gritos, no permite avanzar tranquilamente. La mitad de este «padre» se nos quedó en el útero y nos perjudica para el ritmo.

Algún lector preguntará por qué, entonces, no hemos terminado Mi Simón Bolívar. En este caso ha intervenido una maliciosa ley psicológica que pocos conocen. Explicaremos:

Habrán oído a muchos católicos que dicen, refiriéndose a un enfermo. «¡Que no se confiese, porque se muere!».

También habrán observado los lectores que algunos viejos ricos se mueren apenas se retiran de los negocios y arreglan sus enredos.

Pues bien, muchos autores, apenas terminan su obra, mueren.

De estos hechos y de otros que no enumeramos puede sacarse la ley, en la siguiente forma: la muerte proviene del ánimo.

Conocido es el caso de caballos y mulas que nunca mueren durante la carrera, sino cuando llegan a la meta. Hace poco, un envigadeño vino de la montaña, a caballo, a todo escape, en busca del médico, porque su mujer estaba pariendo difícilmente… Corrió, corrió, y cuando volvió a su casa, con los remedios, cayó fulminada la noble yegua…

También cuentan que los náufragos nadan, nadan, y, cuando llegan a la playa, desfallecen.

Cuando estuvo enfermo un hermano nuestro, no sentimos sueño durante cuatro días, y, apenas murió, nos dormimos por espacio de cuarenta horas, con sueño parecido a la muerte.

¿Está probado o no que la muerte depende del ánimo?

Así pues, el dejar inconcluso a Mi Simón Bolívar ha sido por malicia. Le hemos puesto esa trampa a la muerte. «Aún no podemos morir» repite toda nuestra conciencia. Vivimos en la conciencia de no poder morir.

Pero nosotros no somos profesores de psicología sino artistas; por consiguiente, continuemos con el padre Celso.

Retrato de Celso

Nació en La Tasajera; se ordenó y ejerció en Medellín. Una vez que se retiró de aquí, por su mal carácter, se radicó al lado de Acosta.

Su papá era «Gallito». Lo llamaban así por bravo, minúsculo y peleador; bebía…

A su mamá la quiso mucho el padre Celso; era como su ídolo y era una vieja alocada, tía de Jesús Jiménez, nuestro amigo hospitalario.

Murieron los dos viejos. Hernández vivió desde entonces con su hermano solterón, llamado Urbano. Consiguieron una negrita de El Noral, llamada Inés, de catorce años y medio, para que atendiera la casa. Urbano era mayor que el clérigo, tenía calvicie y era peleador también. ¡Familia airada! Lucas, el primogénito, fue alcalde godo, muy reclutador…

La negrita Inés era de esas que dicen «miamo» y que ya se acabaron. Se adueñó de la casa; hacía todos los oficios. El cura la quiso como a una hija. En presencia del monaguillo, primero, y del exjesuita, luego, Inés le lavaba los pies a Celso en agua tibia de arroz de maíz: se le veía el deleite al clérigo. La vida tiene algunos hermosos detalles que hacen a la Tierra incomparable habitación. Allí, en ese deleite, no hay pecado sino cosquillas, o sea, allí estamos en los linderos entre el cielo y el infierno. Tan buena habitación es la Tierra, que podemos afirmar que quien desee morir, o es muy bruto, o está enfermo o carece de hormonas: esto es un postulado.

La muchacha también le ponía las medias, pero no hasta arriba de las rodillas (los sacerdotes usan medias de piernipeludo o de mujer), sino hasta la pantorrilla; allí las agarraba el clérigo y las subía…, por lo menos en presencia del monaguillo… Lo calzaba también… ¡Maldita sea, maldita sea, no habernos ordenado, no haber atendido a las voces que nos llamaban en los rastrojos de Las Palmas!

Pasó el tiempo, queridos lectores… La Inés cumplió diecisiete años y su busto parecía un nido de ametralladoras; crecía en belleza y formalidad. Entonces se vinieron a vivir nuevamente a Medellín, a una casita que compraron al frente de la iglesia de San Antonio, pues Hernández consiguió clases de castellano, latín y una capellanía.

Pero riñó nuevamente. Se acabó el empleo. Entonces, Inés le hizo vender la casita en San Antonio y volvieron a La Tasajera, en donde edificaron un nido coquetón…

Pero Satanás no tiene quieto su rabo maldito, sobre todo cuando hay por ahí muchacha de dieciocho años. Así pues, recién llegados y recién inaugurada la casita, con jardines, paradisiaca, la Inés resultó preñada… El padre Celso la mandó a parir a Medellín, porque en pueblo no puede hacerlo sino la mujer casada. Nació y murió la criatura de Dios e Inés volvió.

¡Ese Urbano! ¡Maldita sea Urbano! Pero Urbano era muy bruto: le dijeron en las tiendas y estancos: «¿Cómo le hiciste eso, Urbano, a una mujer que ha sido y es todo para ustedes?». Contestó airado: «¿Yo…? Yo no he hecho nada…; hace años que don Varimba es como hoja de cebolla quebrantada… Yo no tengo parte ahí; ¡esas son cosas de Celso…!».

Urbano era avariento. Dejó entierro, que no ha sido hallado aún. Avaro miserable, avaro hasta de su semilla, terminó sus días comiendo plátanos y lamiendo cajas de sardinas vacías.

El padre Celso le dejó todo a la Inés; antes de morir le hizo edificar una casita. Por eso, la calumnia cebóse en él: Pablo Góez, liberal corrompido, hermano de cura, decía esta blasfemia: «Inés era la moza de Celso». Así es como la calumnia se enrosca en los pies o piernas de la santidad.

El padre Pachito Múnera cura a los niños

El padre Pachito hacía milagros con su dedo, con ése que apresuró la muerte de Cleto.

Terminaba la misa mayor de los domingos… Entonces se formaba el tumulto de campesinas; iban saliendo de los bancos hacia la sacristía, con las grandes tetas afuera, medio cubiertas por los pañolones, y los infantes ahí pegados, nutriéndose con el santo maná de Antioquia… El partero Nepomuceno Jiménez sostenía que la antioqueña es muy mala lechera. ¡Y no es verdad! Puede serlo en Medellín, en donde Nepomuceno ejerció su arte, pero no lo es en la verdadera Antioquia, en los pueblos y montañas. En Medellín es porque las mujeres juegan a las bolas en el Club Campestre con bogotanos y con místeres… Pero con la leche antioqueña podría inundarse y purificarse esta república de hombres-rameras. Antioquia tiene sus secretos, como los hebreos: por ejemplo, antioqueña que se une a bogotano no concibe de él: hay disparidad de especies; parece que Dios impide esta hibridación. Piensen bien, recuerden, queridos lectores, y verán que se trata de una ley: vientre de virgen antioqueña está vedado para los Jiménez de Quesada. Perdonen y sigamos.

La multitud de campesinas paridas penetraba en la sacristía, en donde estaba Pachito, aún revestido. Se acercaban a él, una por una… Llegaba la campesina; despegaba al mamón y decía: «Padre, tiene úlceras…, o tiene los dientes que no quieren salir… o tiene la encía hinchada…».

Pachito doblaba entonces en forma de hoz su dedo anquilosado que acababa de coger a la Divina Majestad; lo hundía en la boca del mamón y refregaba allí…

El despachar a toda la clientela duraba una o dos horas.

Por eso, los sitieños tienen los dientes parejos: por eso, en La Tasajera no hay dentistería y por eso no sufren de boca y garganta.

Continuará...

Fernando González

Notas:

(1) Parecidos a un cadáver.
(2) Cuando nos documentábamos para Poncio Pilatos, envigadeño (Semana Santa en Envigado), obra que aparecerá pronto, en Antioquia.
(3) Véase el apéndice, un estudio acerca de La Virgen.
(4) «Me buscaréis y no me hallaréis y en vuestro pecado moriréis».
(5) No es el Enrique Olaya que fue Presidente, sino el otro, el del fámulo; pero no sabemos bien si serán uno mismo: unos opinan que sí y otros que quizá. Moralmente, no tiene importancia.
(6) El padre Gorostiza somos nosotros y el borracho es Colombia. Tal es Colombia: cuando uno cree que los ha convencido, gritan: «¡Viva Enrique Olaya!». Minas, coños y Enrique Olaya, el del fámulo…
(7) En «la capital», a lo agradable lo llaman rico. ¡Allá son muy brutooos...!
(8) Aquí hay un anacronismo, pues don Benjamín predicó esto en 1912. Un historiador sostiene que se trata de profecías; otro dice que los manuscritos han sido interpolados; otro, que el copista se autoexpresó para recordar lo de los muebles robados. Si no han podido averiguar si el radiólogo de El Diario estuvo con López ayer, ¿cómo diablos resolver problemas históricos de hace veinticuatro años? Ese radiólogo dizque le ve las tetas a Olaya, pero otros dicen que se las quema…
(9) Aquí hay otra profecía.

Fuente:

Antioquia. Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, marzo de 1997. Hasta el capítulo XXV. Total de capítulos: XL.

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Ultima revisión en abril 10 de 2014

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