Libro de los Viajes o de las Presencias
—Capítulos I, II, III, IV y V—
Soñé despierto con esos papeles, y veía ya en mis manos el primer ejemplar del librito empastado en rojo oscuro, casi negro, y que cabía en el bolsillo de la chaqueta. Todo libro debería caber en el bolsillo; hay que llevarlo, tiene que ser manual, para leerlo al pie de los árboles, al lado de las fuentes, en donde nos coja el deseo. Un libro bueno tiene que ser manoseado, vivir con uno, pasear con uno. En fin, este amor ilegal por los libros se apoderó de mí y no me dejó dormir, como una muchacha que hubo en casa, cuando yo era joven...
Primera parte
CAPÍTULO I
Ambiente del libro.
Al regresar a mi tierra y gente me sentí como en casa y me di nuevamente a callejear, caminar por la carretera, sentarme en las barrancas y en los cafés de las aceras, para atisbar agonías, entierros y mujeres, que son mi vocación. Primero son las agonías; segundo, los entierros; tercero, las muchachas y, como si en ellos estuviesen estos temas, los tipos como idos, que se quedan por ahí parados, mirando sin ver y de quienes la gente se aparta desde lejos y dicen que vinieron no se sabe de dónde y les atribuyen todo lo que les asusta y presienten. Son agonizantes. En realidad, las cuatro son una sola vocación.
Comienza la presencia del viajero.
Lo vi un lunes, alelado, de pies en la acera de la tienda de Fabricio, el que apostaba a si llovería o no. Toda la noche y la mañana había lloviznado. Miraba los charcos, pero sin verlos, viendo su mundo en ellos. Eso que llaman mirar para adentro.
“¡Yo conozco este tipo!...”. Y me senté a atisbarlo desde el café de la esquina en donde estuvo la tienda de Pacho Díez. Supe que lo concocía, pero me cansé mucho localizándolo: el mundo en que habíamos convivido no me llegaba en imágenes... ¡Dejemos que resucite! ¡Por orden! ¡A todos los despacho! ¡Lo que ha de ser mío nadie puede quitármelo! Y se me quitó la angustia de bregar.
Por la llovizna, había poco trajín en la plaza. Dos mujeres y un perro entraron en la iglesia...
Buscar al Señor.
Al rato vi que Isaac Lotero, caminando lenta y espernancadamente, como los prostáticos, muy cegato ya, entraba también, teniéndose del muro...
Intuí el cadáver. Isaac, pensé, agoniza. Ya busca al Señor. Cuando uno agoniza (y la agonía y el tufillo de la cadaverina principian muchos años antes del certificado de defunción), “busca al Señor”. Este es el centro de gravedad del agonizante. No es que tenga miedo. Todos tenemos miedo de algo: de caer, de los perros, de los asesinos, de los rayos, de los terremotos, de los sapos, de los gusanos. Cada uno tiene su miedo. Sentir miedo de algo. Eso no es grave sino natural. El que “busca al Señor” es porque está agonizando y el agonizante no tiene miedo de algo definible, sino que es como estar cayendo sin que haya donde caer, algo parecido a no tener centro de gravedad, es decir, tiene miedo de sí mismo, nada ni nadie puede acompañarlo. Está cayendo irremediablemente solo y jadea en “busca del Señor”. ¿Está cayendo? No. Es caída.
“El Señor” es... la nada positiva del que cae, del que es caída. El hombre es ñudo, pleito enredado, un sucediéndose, y al comenzar la agonía se hace consciente de ello, pero sin saber nada, y por eso la agonía es el horror inefable... ¿Será por eso por lo que lo único vacío es un cadáver?
El negocio y los negocios.
¡Ah! Pero como ese pleito que somos es el único negocio serio que uno maneja, y uno lo sabe desde que nace, aunque no lo quiera saber y logre el no saberlo (por ejemplo, los gerentes, los gobernantes, los usureros, los sacerdotes y las putas y “señoras” lo saben muy bien, aunque no sepan que lo saben, y no quieran saberlo y juren y crean que su negocio es el otro, el que ejercen encarnizadamente), resulta que todos somos agonizantes, por lo menos larvados. En la plenitud fisiológica, en las bodas y aun en los bautismos, los machuchos percibimos la cadaverina, los cadáveres, las heridas boquiabiertas y oímos a los demonios.
Desaparece la presencia del viajero.
Y como yo agonizo desde que mi madre me parió cabezón e infiel y me dediqué a eso, la entrada de Isaac en la iglesia, así, tanteando, incierto y palpando temblonamente sus anteojos negros, separó durante mucho rato mi atención del hombre que yo conocía indudablemente y cuando miré se había marchado...
“¡Y ese es un gran agonizante! ¿En dónde diablos agonicé con él?...”.
El aparecido.
Entré a documentarme al almacén de lsabelita; me dijeron que era EL APARECIDO; que no sabían de dónde vino; que lo único positivo era que estaba loco ensimismado, muy turulato y que vivía al frente de las Hermanas, en la vieja casa de don Boné, al frente de la difunta ceiba.
¡Este es mi tiro!, pensé. Esto me huele a venero de Universidad, y entré en la iglesia para agradecer que me hubieran traído de nuevo a Envigado, a atisbar lo que estaba haciendo Isaac en el asunto suyo. Cuando partí, Isaac bregaba y bregaba por creer que su negocio era fabricar zapatos, dinero en mutuo y hacer hijos. Porque mientras la cosa no apura, cada uno agoniza en disfraces; simula varios negocios y pasan semanas, meses y hasta años en que llega hasta creer que su asunto son esas sus máscaras. Una que otra vez, generalmente de noche, cuando muere la madre, o el hijo, o la maceba también, el tipo queda desarmado por un momento o por varios y suelta alguna frase que en apariencia es trivial, en que se ve que está viviendo su agonía.
La agonía.
Resumiendo: cada uno tiene el negocio suyo, el enredo que vino a desenredar, que es lo que desarrolla y representa realmente en este mundo; lo que digiere en sus varias representaciones que cree que son sus asuntos. Y casi todos creen que es con los demás, y que son varias actividades, pero se trata íntimamente de un negocio personal, con uno mismo, digiriendo su persona para encontrar su originalidad. Y, como apenas apura la agonía, el pleito se va haciendo dolorosamente consciente, salta entonces la originalidad, y por eso es por lo que sostengo que la mejor profesión es la mía, atisbador de eso. El agonizante cada vez huele más a sí mismo, camina, orina, y hace todo como sólo él puede hacerlo, en fin, va siendo él mismo.
NOTA—
“Todos” y “otro”, normalidad y anormalidad. La masa y el individuo.
Y durante la “normalidad”, camina como “todos” o como “otro”; huele a “todos” o a “otro” y es “todos” u “otro”. ¡Qué asco “todos” y “otro”!
Pero mucho cuidado con ir a creer en “normalidad”: siempre es una apariencia, por falta de penetrante observación; hay gentes de hasta cien años en quienes apenas por los muy duchos se percibe la agonía, pero siempre se percibe. “Todos”, “la masa” es casi el ciento por ciento... Pero, por otra parte, para los de mi profesión, que somos muy pocos, no hay “masa”, “todos”, sino individuos. Tantas agonías como seres. La apariencia forma “la masa”. El universo es de asombrosa originalidad y el nihil novum sub sole de Salomón es frase esotérica que hay que revelar, pero no aquí.
CAPÍTULO II
Recordar. Viaje elemental.
“¡Yo conozco ese tipo!... Y siento como agonía; un ámbito como amplio y menos pesado... Libertad, vuelo alto, en círculos ascendentes y concéntricos... ¿Quién es?”
Así pasé la noche, sin lograr la entrada a su universo; comencé a entrar, pero la conciencia no recibía las imágenes. ¿Quién? ¿El hombre? ¿Los lugares y las formas de los sucesos? Amanecí cansado, enervado, seguro de que yo había “caminado”, o “viajado” con ese hombre, pero no logré imágenes de lugares, personas, modos...; lo único, un como pregusto del vuelo en serena y amplia espiral que tienen los gallinazos.
He practicado mucho en esto de pasarme a vivir en estados de mi existencia, y anoche releí un paseo que hice hace muchos años, y que dice:
Ensayo sobre viajar por mundos viejos, o recordar.
Tranvía a Envigado (hace 28 años). ¿Quién será este señor? (Uno que estaba tres asientos delante del mío). ¡Yo lo conozco! ¡Yo lo conozco! Por esa nuca y esa cabeza veo sus ojos verdes y cómo camina. Lo veo entrar muy solemne al estanco... ¿Cómo se llama? Su mujer, una muy señora. Muchos hijos... ¿Los qué? Había en su casa una sobrina de la señora y yo la amaba...; lloré por ella; emperrado llorando sobre mi cama, al frente de la casa del sordo Salazar, porque se había ido..., y hace un año la vi, y me avengocé de haber llorado por ella... Pero, ¿cómo se llama este señor?... Su casa estaba haciendo esquina con la tienda de Toto Arango..., por la salida para la Minita y para el Cementerio. La veo y veo a Toto, el arrume de leña..., el mostrador, el racimo de bananos, las botellas, y ahí está mi aguardiente doble... Huele, huele a 20 años no más... ¿Cómo se llama? ¡Villegas! Sí, sí, el apellido, ¿pero el nombre? Don... don... ¡don Belisario! Vuelvo del viaje y el tranvía se pasó de mi casa y estoy en la plaza del pueblo”.
Este es un ejemplo de un viaje elemental, facilísimo, por el mundo emocional, que es el más cercano, algo así como ltagüí respecto de Envigado, que son limítrofes, pero aún más próximos aquellos mundos, porque los linderos son imprecisos, se entreveran, y los habitantes casi, casi tienen cuerpos como el nuestro... Los espantos proceden de ese mundo. Son los que se quedaron ahí por no haber agonizado absolutamente, o sea, por no haber digerido su vanidad, la apariencia, bien digerida, con agonía perfecta...
Lo del tipo ése que vi el lunes será en “otra parte”, porque sé muy bien que se trata de un agonizante excepcional... Os hablo de esto, queridos lectores, si los tuviere, para iros preparando... Como lo podéis observar en el paseo que transcribí, el camino fue de imágenes a mundo emocional... En el caso del viejo que encontré el lunes, es diferente: primero se entra en el mundo mental, y luego llegan las imágenes... En todos ellos hay lógica real, con dialéctica cerrada... Para cualquiera de estos viajes, el secreto está en la vibración, el ritmo de la vibración: ponerse al unísono con la vibración de... ese mundo y de... esas gentes. ¿Gentes? Sí, sí, ¡ya lo veréis!
¿O aún estáis en ese estado de los que nada saben sino sus cositas y a todo lo cerrado para ellos lo llaman irrealidades? Por eso, el que tenga ojos, lea.
CAPÍTULO III
Presencia del viajero. Cómo va naciendo la presencia. De cómo el presente de cada hombre es su medida. El Hijo del hombre. Simón Bolívar, demonio telúrico. La vida de los muertos. ¡En dónde habitan los muertos y en dónde el Libertador! Muertos longevos. Espantos. Manoseadores de lo sagrado. Se va la presencia.
Baño, movimientos rítmicos y salida para la carretera. Me entré a la capilla de las monjas vecinas. Un perro negro y entelerido, rabudo, olía impertinentemente a las asistentes y también los zapatos de los hombres.
—¿Por qué no arrojarlo a bastonazos?
—Porque eso no está en mí, eso no soy yo: reacciono apenas interiormente. Conozco a muchos que habrían hecho un escandalito y, por consiguiente, habrían cambiado el ambiente, hecho historia: todos los asistentes habrían quedado con sus imágenes grabadas en ellos.
Yo soy un maldito ingerido.
Me fui, haciendo profundas inspiraciones y sacando el pecho, mirando para la cordillera de Las Palmas, de ancha presencia... César, Bolívar.., habrían hecho el escandalito... Y, cuando pasaba por frente a la quinta de Marulanda, me encontré con una muchacha cuyos ojos sonreídos me dieron la impresión de lo ya visto; creí que sería alguna campesina atisbada ya por mí, y que por eso me sonreía y me paré a mirarla: ¡era la hija de don Roque!
Luego me encontré con Felipe Angel, arrugadito, que tiene ganado vacuno que pasta en la carretera, calles y solares. Casi le compro una novillona adelantada, en mi entusiasmo vital.
Y entonces mi idea fue: Que al enfermar para morir, el alma es la idea de un cuerpo doloroso, que no funciona, y que entonces se puede desear la “muerte”, pero que no es la muerte lo que se desea, sino que se niega ese cuerpo ya destruido en su sinergia; el que desea “la muerte” y el suicida lo que hacen es buscar la vida...
Y ahora, sentado en este café de Tamayito, mirado por todos, estoy intranquilo. ¡Y sigo mi camino!...
Iba así, con paso mecido y rítmico, mirada altanera, acaparando vida, y al llegar casi a la tienda y café de Jorge González, en ese barrio nuevo que construyeron en La Magnolia, vi allí sentado a mi hombre, a uno cuya presencia me conmovió, pero sin caer en la cuenta de por qué ni de quién era. Apenas iba acercándome, aumentaba mi alegría y sobresalto. Estaba ahí sentado, fumando y anotando en una libreta de ésas de carnicero, con ese aire de por encima de joven y de viejo, ensimismado, por encima de sano y de enfermo, y me detuve instantáneamente y me salió esto:
—¡Pero si es Lucas de Ochoa que se había ido hace tiempos, y tiene ahí su pocillo de café tinto, y fuma y está apuntando en su libreta!
—Yo también —comenzó al extenderme la mano— yo también vivo lo que te pasa: cuando venía por enfrente de la casa del difunto Palillo, yo también sentí un amago de conocimiento... Y tu frase exclamación al tener conciencia de lo que venías viviendo es equivalente a lo que dice la mujer preñada cuando siente que el hijo se mueve en sus entrañas: “¡Pero si es mi hijo!” Ella también venía viviendo o sabiendo a su hijo en cuantos, y un cuanto más, ¡y sabe! Yo también te fui reconociendo, Fernando González; y a lo que añadiste, has de saber que uno no se va, sino que se gesta a sí mismo; se concienza.
Pidió otro café, y luego contestó a mis preguntas apresuradas de dónde estuvo, qué ha sido de usted y de todos los suyos, de esta manera:
Que la fragmentación de la vida en sucesos y lugares se explica cuando no tenemos conciencia sino de las protuberancias de ella, cuando no vemos con los otros ojos, pero que así como yo dije que lo reconocí apenas estuve en la esquina del café, pero bien sabía yo que lo estaba reconociendo desde muy lejos, desde el lunes...; y que si mi conciencia fuera más grande, sabría que no nos habíamos separado..., ni que él se había ido..., ni que hay aquí y allí..., en fin, que el vivir es para concienzarse; que el “presente” en la mayoría es apenas un parpadeo del pasado y del futuro, y que va aumentando más y más a expensas del pasado y del futuro, hasta que concebimos la Conciencia en que todo es presente... ¿No ves, por ventura, que el presente es lo que se hace presente, y lo que se hace presente ahí estaba, y lo que se hace pasado ahí está? El presente de cada hombre es la medida con que hay que medirlo, y en todos es mensurable, pero hay un presente que es la totalidad de la existencia.
En resumen, el hombre le da a El (¡inefable su nombre!) las cualidades de presente, pasado y futuro, y posee ese poder dialéctico de concienzarse, porque es hijo de El y está en camino... Pero cuidado con dualismos y monismos: tendrás tanta conciencia en cuanto lo conozcas, y conciencia de todo, sin dejar de ser conocedor...: no desparecerás en El, porque es Unico y Vivo, pero participarás de Eternidad, vivirás sub specie aeternitatis... con el Hijo de Dios y con el Hijo del Hombre. Para ello tendrás que llegar a la perfecta comunión.
En la euforia del encuentro y de estas palabras suyas, cometí un disparate garrafal, y fue el tocarle la cicatriz de la herida con que lo había alejado de mí durante veintisiete años: le pregunté por Bolívar, por el Libertador... Sus ojos se pusieron verdes, verde gatuno, cuando el felino caza o está en celo. Miróme largamente y...
—¿Sigue tu misma alma de publicista? ¡Eres el mismo González de hace 27 años! ¡Y en ti hay madera, porque tienes remordimientos! ¿O perdiste ya este bendito acicate? ¿Te has hundido en la pu-bli-ci-dad? ¿Qué importa el Libertador? Para mí fue hermosa posada en mi viaje. Todo es símbolo para el alma trashumante. Fue la conciencia americana... Vive y vivirá años y quizás centurias en el mundo de los demonios que se ocupan de estos jaleos... ¿Cuánto vive un muerto? ¿En dónde vive un muerto? ¿Cada muerto en dónde vive? ¿Cuándo y cómo mueren los muertos? ¿Qué enfermedades padecen los muertos en sus mansiones?
Ahí tienes a Hitler: es muerto inquieto; vive en la mansión de los espantos, y por eso se lee diariamente la noticia de que no ha muerto; lo vieron en la Patagonia; lo vieron en las islas del Océano; yo lo ví en las islas Juan Fernández...
Don Simón Bolívar fue y es amasijo amorfo, a ratos preñado de futuros y a ratos seco como útero de mula; este amasijo que es América. Era y sigue siendo la conciencia de este enredo, así como la araña es la conciencia de su tela, y sabe todo lo que allí sucede y se desea, se arnaga y se presiente.
Batista, Trujillo, Rojas, los presidentes, diputados y curas son su tela, y él tiene que digerirlos, y los sueños nobles tiene que digerirlos también.
La conciencia política continental y nada más... y con eso basta... ¿No has puesto tu curiosidad, tu olfato de la vida de los muertos en los gritos doloridos de Bolívar en los momentos agónicos de su vida terrenal? “¡MI GLORIA!... ¿Qué han hecho de mi gloria?”.
Y así murió; agonizó su gloria nada más... Y así murió sin agonizar LAS OTRAS APARIENCIAS Y ANGUSTIAS y vive y vivirá por años y años en el infierno, hasta que se geste una humanidad soportable en este continente negroide... ¿O tú, publicista, te burlas de los purgatorios y de los cielos? Allá vive el Libertador y padece torturas, padece a Batista, que está en él; padece a Trujillo, padece a los colombianos, te padece a ti, y padece a los argentinos y paraguayos, y no morirá como muerto, como demonio, hasta que toda la agonía que es él se haya cumplido... ¡Fue mucho para mí! ¿Pero qué importan los seres y las cosas que nos han servido como barcas o como andaderas para ir a LA INTIMIDAD? No sabes que hace muchos siglos se dijo: “Sólo amarás al Dios vivo y a los seres y cosas en EL”. ¡Tú abusaste de mi confianza; cogiste mis apuntes sangrantes para pu-bli-car-te... ¡Bolívar! Eligen un negroide vanidoso en Quito para presidente y dice: Bolívar y yo. El más infrahumano fue el de aquí, que dijo: “Cristo, Bolívar y yo y las Fuerzas Armadas”. ¡Pobre desgraciado hideputa! Un partido político llama al Libertador su fundador, y el otro también. Y así como todo eso es verdad, porque fue encarnación de este continente, es un muerto en un purgatorio cruelísimo. Era la conciencia del pasado y futuro de América con sus adehalas de bailes, amores y brillo (“Mi gloria”); allá es un gran dios, el dios de los demonios telúricos. Y tú, publicista..., algún día, para que te publiques, te daré mis apuntes sobre La Vida de los Muertos.
Calló, dirigió los ojos a la carretera, y se ensimismó. Lo había ofendido. En verdad, publiqué Ml SIMÓN BOLÍVAR sin consultarle, y usando sus libretas, y con la conciencia de traición, pues no me atreví a enviarle siquiera un ejemplar.
—¿Qué hacer para que no se me aleje definitivamente? ¡Este viejo con esta agonía tan movida no se me puede ir! ¡Y lo siento tan cerca, como si fuera yo mismo!
Entonces murmuré humildemente:
—¡Tiene razón! ¡Tiene razón! Todos somos aqui publicistas: poesía, filosofía, pintura, escultura, santidad pu-bli-ci-ta-ria. Todos somos poetas-periodistas y putas periodistas.
Entonces sonrió y se ablandó algo.
—Nadie, dijo, ha vivido la vida de los muertos... Ni siquiera la sospechan... Ven espantos, nada más... Mundo sublunar... Ni siquiera conviven con ninfas, driadas, gnomos, céfiros, mundos amables y benéficos, seres amigos del hombre, inocentes y juguetones... En la cuenca del Mediterráneo convivieron los hombres con los alígeros... En Egipto, Grecia... El único vestigio que nos quedó fue el apego a las yerbas virtuosas, algo del antiguo culto y comunión, con el hombre de herboristería...
En Florencia, casi es un culto como el antiguo... Hace cinco mil años sabían mucho de la vida de los muertos y de la muerte de los vivos... En Egipto hay fragmentos, editados en piedra, como dirían hoy; pero tenían la conciencia de lo corruptor de la publicidad y todo está en símbolos, velado.
Porque has de saber que quien a deshora y en lugar impropio manosée lo sagrado, cegará. Sócrates llamaba Iogofobia a tal ceguera... y aquel santo de la Imitación de Cristo nos pone en guardia contra la familiaridad. ¡Tú eres, González, un manoseador de lo sagrado!
Y se fue.
CAPÍTULO IV
Sentarse sosegado sobre su destino. Envigado: Paraíso.
¡Por parte alguna hallo al Lucas de Ochoa! ¡Paciencia! No están bien los afanes al parir ni al buscar a este hombre. Aquí me siento sosegado sobre mi destino, en esta bendita plaza: lo mío nadie podrá quitármelo y lo ajeno no será mío. ¡Envigado, paraíso!
Lo mejor del Valle del río Aburrá, para el alma pasional, la mente y el espíritu, es Envigado, porque es un descanso que va formando suavemente la cordillera de ancha presencia de Las Palmas, al descender hasta el mirador sobre el valle del río, al Oeste, en donde están las Hermanas y las fincas y casonas de los Boteros y de los Jaramillos. Sabaneta, su fracción, queda ya en donde el valle se cierra mucho, y es húmeda.
Medellín está donde es más ancho el valle, pero sus cordilleras al Este y al Oeste no tienen ni el color, ni la humana presencia, ni el jugueteo pasional y la verde rinconada de Las Palmas.
ltagüí, al otro lado del río, está en arenales, pedregales y huecos, y más al sur, las cordilleras se van juntando, estrechando al río, para formar El Ancón, y es húmedo y llovido, fertilísimos y altos los árboles, pero de verde oscuro, y los hombres son forzudos, altos, pero las mentes son pesadas, como entre nieblas y brumas; los alígeros, la ninfa, el sátiro, los gnomos, todo ese universo de los ritmos movidos..., es en Envigado, lugar predestinado para grande epifanía. Vi a Grecia y vi a Florencia y me volví para Envigado, a la Huerta del Alemán, que ahora se llama Otraparte.
En esta capital de Colombia hay originalidad humana, ahí, a dos pasos... Salid y está en la puerta un pordiosero que es igual o mejor que las figuras de Leonardo. ¿En dónde hallar, sino en este lugar sagrado, un Libardo Uribe, el que alquila bestias para ir a pasear y que tiene su tienda y su universidad en la esquina noreste de la plaza, bajo la ceiba que sembró Rengifo?
¿En dónde un Isaac Lotero, y en dónde un almacén de lsabelita? ¿Y Emilio, el que presta plata, la conciencia de la plata? Y ese hombre que estaba hoy en la misa, arrodillado, arrodillado no, anonadado a los pies de la Virgen, al lado de su costal de pordiosero, entregado absolutamente, con la humildad de quien llama a su intimidad, es decir, sin vergüenza, desfachatadamente...: ¡no existe nadie, no hay grandes ni pequeños, ni hay sino Tú, Intimidad, madre mía!
Ese viejo, de cabeza mejor que la de los apóstoles de Leonardo, barba mejor también, actitudes más transparentes, era la absoluta libertad de la nada personal, consumida en la Intimidad: era el hijo de Dios. ¡Y vive aquí!
¿Y los dos bustos de la plaza, y el cementerio, que es la idea desnuda de cementerio?... Porque Envigado es la patria de los grandes agonizantes.
CAPÍTULO V
Descripción de Lucas de Ochoa. Brega para obtener su presencia. Los ojos.
A los varios días encontré a mi hombre en el mismo café de Jorge González, en La Magnolia. Mucho ojo, poned mucho ojo al modo como me las arreglé para entrar al mundo cerrado que es Lucas de Ochoa... Yo no forcé la cosa; me senté a su lado y pedí también un café, encendí mi cigarrillo y lo acompañé en su silencio. El miraba, pero sin ver, a los buses y a los que pasaban; jugueteaba inconscientemente con el cayado de su bastón viejo, sin contera, acariciándolo; o bien, sobaba de para arriba sus cejas peludas, estirando luego los pelos más largos, y después las sobaba de para afuera, hacia las sienes, arreglándolas. Grandes órbitas oculares salientes; enormes senos frontales, sin duda. Los ojos encuevados allá, eran entonces inexpresivos. Tiene ojos muy cambiantes en color. Son como esos cielos mugrosos de los días lloviznados, en que hay mucho vapor de agua, el cielo está lechoso en todo su ámbito y nubes no densas cubren toda la montaña. Así eran entonces.
Y cuando su universo interior se conmovía, empezaba el cambio de expresión y de color, hasta el verde gatuno, en la pugnacidad. Era como si todo lo que pensaba se asomase; como esos balcones de las casas de los pueblos, en las plazas, en donde a cada momento se asoman, y nos parecen bellos, feos, alegres, tristes, según los asomados. Las cejas peludas eran como sobradillos de balcón también.
—Este hombre, me dije, está como desnudo. Es hermético. lsabelita dice que nadie sabe nada de él. No habla, pero está desnudo. Sabe uno quién es, qué piensa y siente, si le mira los ojos. Ahora está desocupado, está ido. Si le hablo, se irá.
Debo permanecer aquí al unísono con él. Si logro acompañarlo en estar ido, su no estar en ninguna parte, no sentirá desagrado y se irá habituando a mí.
Entonces me dediqué a pensar en eso de los ojos y en las grandes venas, como lazos retorcidos, de sus sienes, y a observar discreta pero atentamente los queratomas, la seca y en parte muerta piel de su cara. Sobre todo en las orejas, que son grandes como tejos, había manchas muertas. Respecto a sus ojos, resumí mis meditaciones en una frase que me gustó: el valor de los ojos es el de los que se vayan asomando a ellos, porque son balcones. La definición es: aquellos órganos por donde se asoman los de la casa.
En estas iba, cuando se levantó, y yo me apresuré a hacer lo que tenía proyectado: pagar yo. Y cuando me dijo: adiós González, le respondí: adiós maestro, y no me abandone, porque tengo necesidad de usted. Noté que se fue con menos disgusto. Lo de maestro, se lo dije porque siempre he sabido que uno se ama infinitamente a sí mismo. Y lo otro, se lo dije porque sé que nada me comunicará mientras crea que yo le busco para publicar libros, pues cuando Ml SIMÓN BOLÍ VAR, me dijo:
—¿Eres tú eso? Ya te veo como pavo real al oír las preguntas: ¿Qué libro prepara ahora? Tú eres de la ralea de los que viven de la curiosidad de los señoritos, señoritas, dactilógrafas. Perteneces a la industria floreciente en yanquilandia, cuentos, escándalos, manjares sápidos para paladares pervertidos. ¿Qué tiene que ver eso conmigo? Yo anoto o converso para conocer, y creí que tenías la angustia del espíritu y que te sería útil.
Por eso le dije que tenía necesidad de él.
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Fuente:
Libro de los Viajes o de las Presencias. Medellín, Universidad Pontificia Bolivariana, agosto de 1995. Prólogo de Ernesto Ochoa Moreno.
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