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Prólogo de Pensamientos de un viejo

Por Fidel Cano

Pensamientos de un viejo se llama este libro, cuya presentación me ha tocado en suerte hacer al público, por honrosa designación con que se ha servido favorecerme D. Fernando González, su inteligente autor; y sin embargo, no hay tal viejo, ni como verdadero padre o creador de la obra, ni como personaje ficticio en cuya mente y pluma haya puesto el señor González sus propias lucubraciones y las formas con que las ha revestido. Joven es, con fresquísimo rostro y delicadas maneras de adolescente, el novel autor, y muy suyos y como tales por él mismo declarados, los pensamientos que llenan las páginas del libro. Lo que hay es que D. Fernando se cree prematuramente envejecido, y que quienes no le conozcan de vista se lo pueden imaginar en efecto, cuando le lean, como sujeto de veras provecto, tanto por las extensas y variadas lecturas que descubre haber hecho, cuanto por lo mucho que ahonda cuando piensa, por la intensidad y diversidad de los sentimientos que revela haber experimentado o imaginado vivamente, por la sutileza que gasta cuando analiza, por lo fácil y correcto de su dicción general, por la segura posesión del estilo que se ha creado, por la destreza con que da forma a lo más abstruso o más sutil, y sobre todo, por el amargo pesimismo de su concepto sobre la vida y sobre los bienes que muchos creemos posible hallar en ella, así como por la faz de escéptico que pone cuando parece que va a dar con una verdad, siquiera sea ésta de las crueles y acerbas que, a fuer de pesimista, parecen atraerle y fascinarle.

No pienso yo que González se haga el viejo o finja haber envejecido, ni tampoco que esto último le haya pasado en realidad: lo que me parece es que muy sinceramente se cree él llegado a interior vejez prematura, a causa de amargores que el ejercicio demasiado temprano de ciertas facultades del espíritu le ha puesto más que en el corazón en el cerebro. Empezó a leer filósofos y a filosofar él mismo en la edad sólo propicia para creer, esperar y amar; mordió imaginariamente frutos del árbol de la vida en el comienzo de la primavera, cuando los sentidos interiores apenas están para deleitarse con la hermosura y aromas de las flores de ese mismo árbol; mas como las frutas que tan temprano probó habían sido cosechadas por otros espíritus en melancólicos otoños, o maduradas quizás al frío de tristes inviernos, hubo de hallarles sabor amargo, extrájoles jugo acérrimo, y con estos elementos extraños su espíritu, apto para el análisis, ha creado frutos sin duda propios suyos, pero no naturales a pesar de su espontaneidad, no sazonados a pesar de su lozanía, no saludables y nutritivos aunque sí hermosos, no dulcemente gratos como de cosecha juvenil, sino con sabor a acíbar, como venidos de frutal nuevo pero duramente maltratado.

Aunque González no quiere que se le defina, según lo declara por boca de uno de los personajes a quienes con frecuencia hace hablar en su libro, porque “toda definición” —dice— “es odiosa y ofende hondamente”, he de definirle yo dándole un calificativo que él mismo se aplica, también en estas páginas si no recuerdo mal: es “un atormentado”. Pero lo es no porque el mundo se haya propuesto torturarle, ni porque la naturaleza le haya tratado con rigor y aspereza, sino porque él mismo, equivocado respecto al carácter de su primera sed intelectual, o anticipando la hora propicia para saciarla, o quizá engañado sobre los manantiales a cuyas ondas había de acudir primeramente, se dio demasiado temprano a beber de los pozos amargos en que la vejez expía y corrige las saciedades de miel de la juventud, y a los cuales se llega de ordinario por sendas de espinas que empezaron en caminos de rosas. Cuando apenas asomaba para él el sol de la existencia, corrió ávidamente hacia el Eclesiastés y Los Proverbios, piscinas para enfermos y lisiados, más bien que raudales para sedientos, y dejó atrás o a un lado el Cantar de los Cantares, nemorosa fuente en cuya dulzura y frescor ya no se atreve a confiar. Como esa elección fueron, sin duda, muchas de las otras que hizo de libros y autores, hasta dar con Schopenhauer y con Nietzsche, de cuyas acritudes y asperezas, vendidas al mundo como verdades, se contagió no poco, aun protestando a veces contra ellas.

El tormento que ha martirizado a González ha sido, como atrás se dijo, más intelectual que de otra naturaleza. A su físico no ha trascendido ni poco ni mucho, como puede comprobarlo quien contemple la salud de que goza y la lozanía que ostenta el enfermo y caduco torturado. Tal vez pudiera decirse que sus ojos, de mirar a veces vago y melancólico, sí revelan sus dolencias y cansancio interiores; pero los ojos, aunque del cuerpo hagan parte, del alma reciben inmediata y directamente la expresión que los caracteriza, y además los de Fernando no siempre son como hemos dicho, sino que frecuentemente brillan alegres, en ocasiones miran con fijeza e intensidad, y de continuo se muestran bondadosos, signo —este último— de que la salud espiritual existe o de que, si se había alterado, está restableciéndose. Por lo que toca al corazón del pobre viejo, tengo para mí que entero y sano se halla y normalmente late y palpita. Le oiréis, es cierto, quejarse en estas páginas de cansancio y desaliento, mostrarse falto de esperanza y fe, reacio al amor y hasta tocado de odio; pero no le creáis. Auscultado atentamente el pecho joven que lo encierra, y pensaréis, como yo, que todo aquello es mera imaginación de un espíritu prematuramente dado a filosofar, erradamente imbuído en la creencia de que todo corazón de hombre es vaso que la vida colma pronto de acíbares o de cenizas, y asimismo penetrado por error de que el suyo no puede ser de otro modo y de que ya está enfermo y acibarado para el amor y la felicidad. El pensamiento, que no ha podido arrugar la frente de Fernando como ha abierto surcos en su espíritu, se empeña, también en vano, por estrujarle y ajarle el corazón. El gran fecundador y cultivador de esta parte de nuestro ser —el amor— ha iniciado ya la siembra de su mágica semilla en el campo que nuestro supuesto anciano prematuro cree un erial, y pronto hará surgir ahí su primavera, que es vida o resurrección, calor y luz, flores y aromas, cantos y risas. Ya me parece ver al frío escéptico convertido a la más ardiente fe en la vida; al pesimista, dominado por el más sano y risueño optimismo; al filósofo, hecho poeta; al viejo de los pensamientos sombríos, transformado en joven lleno de risueños y gozosos sentimientos. Cuando Margarita entra en escena, hasta los Faustos ancianos y de veras caducos rejuvenecen por obra de milagro: ¿qué no sucederá cuando ella dé con mozos que se creen envejecidos y en realidad no lo están?

Pero no es sólo del amor de quien espero yo la restitución de González a su edad, naturaleza y condición verdaderas: aguárdola también de la evolución de su espíritu, ya iniciada en las hojas mismas de este libro, y cuando así lo aguardo, no fantaseo poéticamente, ni como supersticioso del amor vaticino, sino que, fundado en razones, deduzco y anuncio.

Vese, efectivamente, en los pensamientos de González, o por lo menos creo yo ver, que el escéptico alojado en ese espíritu busca con afán entre las mismas nieblas y sombras de sus dudas y negaciones senderos que le lleven a una fe —no me refiero a escepticismo y fe religiosos, sino a estos dos estados de alma respecto de ideas de otro orden— y vese de igual modo que el pesimista también hospedado en aquel espíritu se encamina a un optimismo, raro por cierto, pues que consiste en hallar sosiego en su propia inquietud, conformidad en su inconformidad misma, goces y alegrías interiores en la consolidación del dolor intelectual que le atormenta y domina. Por entre nublados y tinieblas va Fernando derecho a creer en algo, cuando menos en la vida como en un bien digno de ser guardado y aprovechado, como en un depósito merecedor de acrecentamiento, como en una misión que reclama ser cumplida y cuyo fiel desempeño es por sí solo galardón valiosísimo de quien llena el deber de vivir. De modo semejante, por los páramos y eriales del pesimismo irá a conocer y confesar la bondad de la existencia, la posibilidad de ser feliz el hombre, la efectividad misma de la dicha, aunque sea ésta limitada y fugaz; y como llegue a sentir aquella fe y a gustar de este bien, la verdad se le entrará en la mente, y la felicidad en el corazón. Así sea.

La idea de la limitación de nuestro ser, de nuestras facultades y del tiempo de que disponemos para ejercitarlas en la tierra, le posee ahora como una obsesión, le tortura y le desalienta. A causa de ella no se va con ardor tras de una verdad o un grupo de verdades, ni en persecución de una esperanza de ventura; al principiar de una y ora senda, aquella obsesión le paraliza, le enclava en el suelo entre las zarzas y las sombras, y él, por cuanto así no logra alcanzar —¡qué ha de alcanzarlos!— los bienes que llegó a columbrar un momento, niega que existan o los declara fuera del alcance humano. Pero ya tiene reconocida y registrada como verdad aquella atormentadora limitación de nuestro ser, y el catálogo interminable de las verdades crece seguramente desde que en él se inscribe una como primera, a ver por qué no es la más cruel y amarga, la más triste y sombría. Las consoladoras y alentadoras vendrán en pos, más tarde o más temprano. Verdaderas son las tinieblas de la noche, pero también la luz del sol es verdadera, así como su nuncio, la suave claridad del alba.

La consideración de cuán efímeros son los goces y dichas humanas atormenta tenazmente a nuestro joven pensador envejecido, y le ha vuelto pesimista; pero de ahí mismo ha sacado su alma sedienta de felicidad una consolación, una especie de goce doloroso que consiste en mirar como un tesoro subsistente y bien guardado el conjunto de nuestros deseos no satisfechos, de nuestras ilusiones no realizadas, de nuestros más hermosos sueños vueltos humo. Tanto más rica es un alma —dice Fernando— cuanto mayor es el número de deseos que conserva vivos; y ya le tenemos complacido, casi dichoso, en la posesión de la suya, donde ansias y anhelos viven a millares por falta de satisfacción, que es —según él mismo piensa— muerte segura de unos y otros. Quien ya goza en padecer, quien en su misma sed se abreva, no me parece muy distante de poder gustar los dulces contentos de la vida, que suelen ser los que ésta nos ofrece en más sencillas y modestas copas. Aprender a libar nuestras amarguras no es refinamiento o perversión de bebedores de ajenjo, sino valor y conformidad que nos enseñan a hallar delicias en los manantiales de aguas frescas y limpias.

Puede que me engañe en mis pronósticos sobre las futuras sendas de González; pero me parece verlos ya cumplidos, acaso porque los hago con fe nacida de un férvido deseo, de dos férvidos deseos diré más bien: el de ver dichoso al amigo y el de ver realizada —hecha gloria— una esperanza de la Patria. Fernando tiene ya ganado puesto de honor entre los escritores nacionales, con las producciones que en diarios y revistas ha publicado hasta hoy, y es para mí seguro que la aparición de este libro le confirmará la posesión de un nombre distinguido en el escalafón intelectual de Colombia; pero todo esto, con ser muy brillante, no es todavía más que una aurora: el orto de la inteligencia que así se anuncia no tardará, y será espléndido. De ahí mi afán por ver a Fernando lleno de fe en la vida, en la bondad, en la justicia, y enamorado de lo verdadero, también con todo el ardor de un creyente. Cuando así llegue a ser, sus poderosas facultades darán toda la luz que en sí llevan, y aplicadas a fines determinados, altos o útiles, producirán obras que a más de hermosas serán benéficas y con una misma aureola nimbarán la frente del escritor y las sienes de la Patria.

Se engañaría quien pensase que con lo dicho pretendo tildar de dañino o siquiera de estéril este precioso e interesante volumen, o bien de fútiles los temas en él tratados: quiero tan sólo dar a entender que el autor tiene fuerzas para obras de más aliento que la presente, y capacidad para síntesis que ahora no ha intentado o para cuya formación ha ejercido más de humorista que de pensador; que en dejando su criterio de escéptico, puede servir más eficazmente a la verdad, la cual gusta de ser amada y buscada con fe; que cuando se haya librado del prejuicio pesimista con que hoy mira la existencia, sondea sus misterios y trata de resolver sus problemas, sacará para sí mismo y para sus lectores mayor provecho del afán con que la analiza, tal como extraerá miel de las colmenas quien vaya a esa labor creyendo en la dulcedumbre de los panales, y no quien la emprenda en la errada persuasión de hallarlos amargos o desabridos, la cual le hará estrujarlos con repugnancia y arrojarlos lejos con desdén. He querido decir, además, que en varios de los temas apenas tocados en estas páginas, habría materia para otros tantos libros, lo que con mayor razón puede aplicarse a los asuntos que González trata aquí con algún espacio y algo más a fondo, pues respecto de éstos muestra todavía mejor cuán importantes y fecundos son ellos por sí, y cuán rapaz él de dilucidarlos y de añadirles interés y substancia.

Ya que en estas últimas líneas he hecho algunas referencia a la forma fragmentaria del libro que estudio y a lo complexo de su composición, bueno será decir algo relativamente a esa clase de obras, cuya naturaleza puede hacerlas parecer defectuosas a quien no considere los motivos que las que las engendran o los fines que sus autores se proponen. González ha ido recogiendo día por día y a veces hora por hora, las impresiones que le han causado y pensamientos que le han sugerido variadísimos sucesos y aspectos de la vida; tanto como la del autor podría durar ese trabajo, y muchos volúmenes harto mayores que el presente se llenarían con ese espigar constante en el campo del propio pensamiento; pero el espigador ha querido cortar su labor y hacer con las espigas recogidas un haz para ofrecerlo al público, no sé si como muestra apenas de lo que vendrá después en igual o semejante forma, o bien como tarea que se da ya por terminada, como cosecha cabal de ese género de frutos. El procedimiento no es de ahora, y el lector recordará sin duda algunos preciosos especímenes de él, tales como El Jardín de Epicuro de Anatole France, El Mirador de Próspero y otros libros de José Enrique Rodó y, sin ir muy lejos, Anima Expuesta, de Alfonso Castro, obra no publicada todavía en volumen, pero sí saboreada y admirada ya aquí, y aún lejos de aquí, en los diarios que han recogido los hermosos capítulos que la forman. La obra de Castro define admirablemente, con su título, si no todo el género, por lo menos una de las más importantes y nobles especies en él contenidas: la formada por aquellos libros fragmentarios cuyo objeto es mostrar con sinceridad una alma —la propia alma del autor— tal como ella es, sin disfraz para los carnavales de la vida ni uniforme para determinadas o graves circunstancias, en traje casero, a veces castamente desnuda, sacudida por diversas impresiones no buscadas, puesta a pensar o a sentir de súbito, ante hechos no previstos, ya sana, ya enferma, ora triste, ora alegre, ensimismada o confusa en ocasiones.

Otros libros de páginas sueltas, de apartes sin conexión y aun de líneas independientes y aisladas, cada una de las cuales encierra una sentencia, un juicio, una emoción o una queja, se componen así para recoger frutos del espíritu que de otro modo se perderían por falta de tiempo para hacer con ellos obra extensa, armónica, cabal y bien redondeada; otras veces son esas misceláneas acopio de materiales sueltos para componer algún día un libro soñado, y como se cree que ese día no llega, tal vez que la vida se va sin traerlo, se entrega al público con quien también se venía soñando, todo eso que para él se destinaba y no se logró darle convenientemente aderezado y dispuesto. Casos habrá también en que el libro de retazos se haga así por puro artificio, más o menos feliz, o para simple expendio de menudencias y desperdicios; pero lo cierto es que la forma en cuestión está ya admitida y que algunas veces resulta afortunada.

Tengo para mí que Fernando González la ha adoptado para sus Pensamientos de un viejo con el propósito de que hablé al mencionar Anima Expuesta de Castro, y considero que ha sido perfectamente fiel a ese propósito, y, por tanto, leal, muy leal, con quienes van a leerle. De ahí la falta de afectación, de artificios encubridores, de tapujos e hipocresías en estas páginas. Tampoco hallará en ellas el lector rasgos de cinismo o desvergüenza, porque el autor no gasta en la vida real esas bajas prendas, y en la ideal es bastante artista para saber que en buena estética están contraindicadas. Esta exposición de almas es una especie de desnudo espiritual que en literatura se rige por leyes semejantes a las que en pintura y escultura, y aun parcialmente en la vida ordinaria, deben observarse al mismo respecto. Hay condiciones y circunstancias que echan sobre la más completa desnudez uno como velo castísimo que la hace innocua, lícita, aun sagrada en ocasiones: púdicas así son la desnudez de la infancia, la de la inocencia, la de la belleza perfecta, la del cuerpo doliente y enfermo ante el cirujano, la del cadáver ante el disector; y paralelamente, en lo espiritual, la de las almas infantiles, la de los corazones sinceros e ingenuos, la de las mentes altísimas, la de los espíritus doloridos o llagados y, no siempre, pero sí en ocasiones, la de las pobres almas muertas. El autor de este libro entiende, a mi parecer, las reglas de que acabo de hablar, y sabe cumplirlas.

No quisiera yo despedirme de ti, lector amable, sin darte algunas muestras de las joyas que hallarás en los Pensamientos de un viejo, porque así te estimularía eficazmente a entrarte pronto por las selectas páginas del libro, y al mismo tiempo suavizaría un poco en tu ánimo la ingrata impresión que este prólogo te habrá sin duda producido; pero me sería difícil hacer la escogencia sin llenar con su fruto muchas hojas o sin dejar de enseñarte muchos trozos excelentes, y prefiero restituirte pronto la libertad para que vayas a solazarte con la obra entera.

Abril de 1916

Fuente:

Pensamientos de un viejo. Medellín, Bedout, segunda edición, diciembre de 1970.

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