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Un personaje y su sombra

Por Carlos Castro Saavedra

Ante la muerte de Fernando González, tengo la impresión de que un bosque ha perdido su árbol más alto y más joven por dentro, más lleno de mundo y de savias renovadoras. Este árbol era visible desde cualquier sitio del país y sus raíces estaban profundamente sepultadas en la tierra colombiana. Su sombra era paternal, ancha y acogedora, y dentro de ella era posible encontrar a la patria —a la patria más pura— y sentir en la sangre, como la corriente de la sangre misma, la presencia del universo y la humedad de todos los ríos y las lluvias.

Cuánta autenticidad en Fernando González, cuánta sencillez, cuánta sabiduría, cuánto amor y a la vez cuánto odio —amor también— por todas aquellas cosas que desvirtúan a la nación, que contradicen a la vida y cierran el paso a la mañana y su escolta de soles y de pájaros.

Fernando González vivió en trance de conquista interior, de lucha consigo mismo, en su afán de purificarse y redimirse, y alcanzó su propósito en modo tal, que su presencia física era fiel trasunto de su ascetismo espiritual. Parecía labrado por él mismo en su propia madera humana, llena de nudos claros y de fibras inteligentes. En su frente espaciosa se reflejaban las montañas y se agrupaban los caminos, para separarse después, largos y sobrios, hacia todos los sitios de la tierra. Sus ojos eran el mejor testimonio de su claridad interior. Allí, en esos ojos, había mucha luz, pero no de espada desnuda, sino de atardecer que brilla humildemente.

Sabía acariciar con la mirada y recoger con ella alimentos espirituales, tales como rastros de hormigas, mínimos y tibios, y huellas de veranos que agonizan y pierden su calor y sus monedas de oro.

Fernando González pensaba en el país, no epidérmicamente, sino en forma entrañable y universal. Era la otra cara de la patria. La cara que corresponde a las raíces y a las sustancias más profundas. La suya no era una actitud retórica sino una integración dolorosa. Pertenecía a todo cuanto lo rodeaba. Padecía nacionalmente, mundialmente, y formaba parte del maíz que se congrega en la mazorca y del niño que escribe en un tablero la palabra futuro. Moría con los muertos de la violencia, a cada paso, y resucitaba con los mismos muertos, a cada paso también, cuando los naranjos que cultivaba se llenaban de hojas y de frutos maduros.

Las nuevas generaciones lo buscaron siempre, porque él nunca fue viejo y a toda hora tenía para los jóvenes el regalo de su juventud. No se alarmaba con las audacias de los muchachos, porque entendía que tales audacias eran la vida misma buscando un cauce, tratando de renovar el mundo y de someter los convencionalismos y las mentiras. Fue un maestro, en el más numeroso y generoso sentido de la palabra. Húmedas y frescas eran sus lecciones. Hablaba lentamente, como lloviendo sobre la tierra calcinada, y sus palabras devolvían al pasto su verdura y a la poesía su brillo elemental.

El filósofo Fernando González, como habitualmente se le llamaba, con justicia, desde luego, fue un gran poeta esencialmente. Su vida entera es un poema, aunque carezca de rima y la muerte haya interrumpido su desarrollo universal. Poesía su rostro de niño, asombrado ante todo y atento al crecimiento de las plantas y los amaneceres. Poesía su andar, su lenta y sabia manera de hacer sus pasos y sus viajes a través de sí mismo y de sus semejantes. Poesía la nieve que coronaba su cabeza. Poesía su bastón, el cual sentía la mano de su dueño como el ala de un pájaro, y poesía su sordera de los últimos años, que no era sordera sino una pausa del oído, que estaba fatigado del escándalo circundante y quería cernir la música del mundo.

La muerte de Fernando González es en realidad su mayor presencia. Ahora forma parte inseparable de la tierra y empieza a incorporarse a las cosechas y las esperanzas de los labriegos. Su cadáver, esparcido por el tiempo y por la lluvia, será mañana lo que él aspiró a ser siempre: patria integral, unidad sin límites, plenitud habitada por la misma plenitud de Dios.

Sobre la tumba de Fernando González esta simple inscripción: Aquí duerme un hombre y la hierba crece en silencio para no despertarlo.

Medellín, febrero de 1964

Fuente:

El Colombiano, febrero de 1964.

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