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La estética como ética en las obras de Fernando González

Por Luis Fernando Macías

Fernando González fue un escritor preferiblemente de novelas o ensayos novelados, a quien, por su intensa contradicción con el espíritu de su época, se le ha negado la opción de una lectura serena, que permita apreciar en su justa medida el valor de sus ficciones, de su prosa vigorosa y de sus proposiciones éticas.

En sus novelas y ensayos (originales y llenos de humor; gracia y frescura) predominó la intención de la verdad individual y de la búsqueda auténtica del camino que es El Camino, hasta encontrar la sentencia definitiva, síntesis de una ética y de una estética, profundamente cristianas y personales: La verdad es la vida (1).

Buscando esta fórmula esencial, descubrió métodos para el estudio de la personalidad de los pueblos y de los individuos; presentó propuestas de desarrollo social, político y cultural; predijo muertes, guerras y genocidios, y alcanzó la comprensión y vivencia de una doctrina mística, basada en las enseñanzas de Jesucristo y en una interpretación vital del Evangelio.

En la búsqueda del pensamiento de Fernando González en sus obras, puede servir de gran ayuda esta premisa o postulado básico: “El pensamiento de Fernando González es síntesis en devenir”, pues con ella entendemos que ninguna de sus ideas es definitiva, ya que está siempre en tránsito hacia otro orden. Esta expresión surgió de una descomposición de su propia sentencia: “Ser siendo, entendiendo”. Ser siendo, o sea, ser lo que se es en el vivir sencillo. Entendiendo, o sea, llevando a la conciencia la esencia del Ser verdadero, para serlo. Pero saber el Ser es mucho más que tener la idea del Ser en la conciencia, puesto que es abarcar la idea del Ser, en el Ser y en la conciencia. Ser siendo, entendiendo es también una manera de asumir la existencia de acuerdo con un principio: “no ser lo que no se es, no simular, no imitar, no vivir en la ausencia de la pregunta por el Ser’’. La pregunta por el Ser; en este caso, corresponde al individuo: el individuo debe ser lo que es y preguntarse por lo que es, pero su pregunta no atañe sólo a la razón sino a la vivencia misma. La razón indaga donde la vivencia ya fue respuesta y el indagar de la razón es respuesta de la vivencia en gerundio; por eso la vivencia en gerundio; siendo, es pregunta por el Ser y es respuesta del Ser, al ser; es el devenir de lo ya preguntado y respondido y síntesis de lo alcanzado por la conciencia y por el Ser en la continuidad de su manifestación: es síntesis en devenir (2).

Su polémica con el concepto es uno de los lugares donde se manifiesta con mayor vehemencia este elemento constitutivo de su naturaleza: para él, el concepto es el cementerio de las ideas, debido a que las determina, las congela... en tanto que la existencia es movimiento, cambio incesante. Así pues, no podemos llegar a un resultado definitivo que nos permita decir, el pensamiento de Fernando González es éste o aquél; nuestra búsqueda debe ser la búsqueda de un proceso y nuestro lenguaje debe expresarse así: en Pensamientos de un viejo, Fernando González había entendido lo bello como el impulso del hombre esencialmente hacia el bien... Curiosamente lo que desde su punto de vista era tránsito, desde el nuestro, es proceso dado. En efecto, la muerte determina, cierra el paréntesis y arroja sobre cada uno de los momentos del proceso la claridad de la definición del todo. A partir de ideas tales como que sólo encontramos belleza cuando disolvemos nuestra alma en las cosas y de que nada es tan bello como Dios, Fernando González comprendió su vida como el camino hacia la Intimidad, el viaje hacia la desnudez, esto es, el retorno a la inocencia, la disolución del alma en la idea de Dios o juicio supremo de identidad. De donde podemos concluir que el pensamiento estético de Fernando González es también su pensamiento ético, su pensamiento moral, su teodicea y su existencia misma. Vida y pensamiento en él son uno solo. La vida es la única verdad, aunque sólo sea la verdad del individuo.

En la fórmula ser siendo, afirma la necesidad de vivir el Ser verdadero, en oposición al deber ser o al Ser ideal. Ya al final de sus días, encontró, en la doctrina de la cruz, una explicación apropiada a esta búsqueda o necesidad vital. Por lo demás, esta doctrina nace de la pregunta por el significado de las palabras de Cristo: Toma tu cruz y sígueme, donde el término “sígueme” está claramente asociado a esta otra sentencia: Yo soy el camino, la verdad y la vida que, a su vez, es una con la doctrina del cuerpo místico, expresada en el evangelio de San Juan y referida por Fernando González en sus Cartas a Ripol. Así mismo, el término “cruz”, en cuyo simbolismo se sustenta el universo de las doctrinas cristianas, tiene también aquí el significado de camino para el caminante, Ser del ente, vida del viviente, muy cercano al sentido de la palabra destino o fatalidad en sus acepciones de uso rutinario en las tragedias griegas. “Ser siendo”, es decir, ser lo que se Es, más allá de la norma, más allá de los posibles condicionamientos y en medio de ellos. Es la búsqueda de la manifestación individual del existente desde su más profunda esencia, eso que en el lenguaje común se denomina con la palabra “autenticidad”, pero antes del desgaste de su significado por el uso cotidiano. Además de este “Ser siendo”, afirma también y junto a él, el “entendiendo”, o sea, ir ganando la conciencia de lo que se va siendo, al serlo. De acuerdo con esta comprensión, la vida de Fernando González, su devenir, fue un esfuerzo por cumplir la fórmula Ser Siendo, y, al mismo tiempo, su obra fue el Entendiendo. De allí que su motivo de reflexión permanente haya sido su vida vivida, y su literatura, la manifestación de dicho proceso de reflexión. De este modo nos es revelada con claridad la estrecha relación que hay entre la vida y la obra de Fernando González, y se nos explica por qué no podemos separar la una de la otra para su estudio. A su vez, al entender hacia dónde se dirige su pensamiento, comprendemos por qué para él resultaba imposible la pretensión de un sistema, y por qué, desde nuestro punto de vista y frente al panorama de la totalidad de su obra, podemos expresar en forma sencilla que su vida y su obra constituyen un proceso indisoluble, perfecta y lógicamente ordenado como un viaje hacia la Intimidad, como un camino en zigzag que asciende hacia la conciencia cósmica, como un viaje de iniciación a la PRESENCIA, como una búsqueda (que cada vez más... cada vez más...) de los aleteos del PADRE, o DIOS, como un camino en sentido contrario al nihilismo, aunque igualmente metafísico.

En la sentencia: “Lo Bello, o sea, lo Bueno, lo Grande. El Amor. Dios.”, expresada en una de sus libretas de diario, el 30 de abril de 1930, en Génova, se revela el sentido de su camino, lo cual nos permite afirmar que toda su filosofía fue el proceso de adaptación de su existencia al juicio de identidad: Lo bello es lo bueno, lo bello es lo grande, lo bello es el amor, lo bello es Dios; lo bueno es lo grande, lo bueno es el amor, lo bueno es Dios; lo grande es el amor; y el amor es Dios.

Entendió el arte como la manifestación de la desnudez de la vivencia; pero no sólo lo entendió así, sino que encarnó esta verdad —para él incuestionable— desde sus primeras hasta sus últimas líneas. Es más, su obra fue un ir profundizando en esta noción cada vez más..., hasta llegar a la doctrina de la Intimidad, allá en el fondo de sí mismo.

También entendió la vida como El Camino, cuyo sendero conduce a la conciencia de sí. Un momento en el camino es un estado de conciencia. La conciencia empieza en el fenómeno fisiológico que somos y se eleva hasta el nivel cósmico, donde nos hacemos uno con el Universo: en la Intimidad se reúnen el uno y el todo.

Gracias a la comprensión de estas dos doctrinas, podemos afirmar que su obra es la manifestación de su vivencia de “el camino”, que podemos concebir así: hay un preludio compuesto por Pensamientos de un viejo y El derecho a no obedecer. El primero es una lectura en voz alta; en él, se manifiesta el proceso de asimilación de algunos libros de Nietzsche, Schopenhauer, Voltaire, Montaigne, Platón y La Biblia, entre muchos otros; el segundo es un trabajo de grado, cuya estructura y concepción constituyen un esfuerzo por amoldarse a las normas y exigencias que conducen al título de abogado, pero cuya búsqueda del contenido lo lleva al encuentro de las sendas del Camino, donde Viaje a pie es la puerta de entrada hacia la “iluminación de la conciencia”: Todos los sentidos empiezan a atisbar, atentos, el movimiento de los fenómenos que son la vida, desde el viaje de los espermas en busca del huevo, hasta la pregunta por el misterio de la muerte, bajo la ley inmodificable de la verdad de sí mismo. Una vez que ha cruzado esta puerta, empieza a recorrer los senderos que son la búsqueda y son también el camino. El caminante, el ser vivo en la vida, hace su camino en busca de sí mismo y de la manifestación del proceso de dicha búsqueda. El método es el siguiente: A Fernando González lo ocupa un “lento monólogo” (3) desde su niñez hasta la muerte. Ya adolescente empieza a anotar sus observaciones, en libretas, a modo de diario. Todo lo que palpan sus sentidos, su imaginación o intuición, es motivo de ese lento monólogo. Las anotaciones asumen la forma del ensayo, de la alegoría, de la anécdota, de la narración, del cuento, del poema... y, a menudo, mezcla los géneros con la misma naturalidad con la que los hace producto de su vagar mientras vive. De tiempo en tiempo concibe un proyecto editorial y retoma sus anotaciones en torno a un argumento sencillo: Un personaje A (Lucas Ochoa, Manuelito Fernández, Manjarrés, el padre Elías) es autor de las notas, y un personaje B (Fernando González, Ex-Fernando González o Fabricio sacristán) se procura esas notas, para construir un libro con ellas, destinado a un propósito dado, encontrar el prototipo del héroe suramericano que con su vida y obra cohesione la raza y sea la verdadera manifestación de la tierra; estudiar el fenómeno psíquico de la personalidad; responder al tirano con lo mejor de nuestra alma noble; descubrir el efecto del movimiento cósmico en los seres y en las cosas; estudiar el fenómeno del “grande hombre incomprendido”; realizar el viaje hacia la Intimidad; escribir LA NOVELA... En el juego de la elaboración del libro, el personaje A se siente usurpado por el personaje B y ocurre una disputa entre ambos, que culmina con el abandono de A al impudor publicista de B, quien a menudo discute con el editor, en defensa de la terminología “cruda” pero verdadera de las notas de A. El material resultante, constituye el cuerpo del libro. Es la misma estructura, recreada muchas veces, para responder a distintas preocupaciones, en esencia de carácter psicológico, filosófico, teológico (ético), estético, pedagógico, antropológico, sociológico.

En la última página del Libro de los Viajes o de las Presencias, resume su pensamiento estético así:

“Apenas me recupere, y si este librito fuese leído por alguien, publicaré la biografía completa de Lucas de Ochoa y todos sus escritos... y quizá su muerte y entierro. Será el segundo volumen. Mientras tanto me adiestraré, pues para cualquiera de las artes se requieren dos maestrías: la de la concepción viva y la del dominio de los medios para la expresión formal; concebir y parir. Lo principal es la concepción, pues el que verdaderamente está preñado, pare. Pero siempre es necesaria la artesanía. Hay que practicar diariamente; escribir por escribir; enriqueciendo el léxico; vagar trabajando, describiendo, observando los mundos físico, mental y espiritual; personajes, sucesos, lugares, animales y plantas, pasiones y acciones. Y RECORDAR SIEMPRE, CÓMO TODO VOCABLO ES NOMBRE DE ALGO EXISTENTE ÚNICO O DE UNA ACTIVIDAD ÚNICA. El vocabulario es mucho en la artesanía. ¡Concepto sin nombre es preñez frustrada!

La palabra es el aparecer del nacimiento y perfecciona a éste. En otras palabras, la forma justa es esencial.

Arte es el modo de comunicar la desnudez de la vivencia.

Si el arte no es la forma exacta de la desnudez de la vivencia, es palabrería ruidosa, juegos de palabras, de colores o de superficies. No puede haber nada sobrante ni falto. Arte es el modo manifestado de la concepción. Y cada concebido sólo tiene un traje: el que lo comunica. Lo sobrante no lo expresa, lo faltante, tampoco, y como toda concepción y vivencia es única, ¿cuándo y dónde no habrá necesidad de arte? Siempre existirá, porque el hombre, como Dios, es trinidad” (4).

Su vida y obra constituyen el proceso para llegar a esta noción que, en sí misma, encierra también el proceso de su esencia vital y de su concepción del mundo y se resuelven en la doctrina de la Reconciliación o trascendencia de las dicotomías del vivir sencillo: bien y mal, bello y feo, arriba y abajo... y se inicia con las preguntas por la disolución del Yo ante la muerte, por la validez del principio de no-contradicción de la Escolástica y por la búsqueda de la relación entre apariencia y esencia. Paso a paso, va asumiendo distintos puntos de vista y va registrando el resultado de sus investigaciones. Su obra, pues, es el registro de la vivencia de la pregunta en la pregunta misma y el ensayo de respuesta en la respuesta misma.

En su definición: “Arte es la manifestación de la desnudez de la vivencia”, logra una síntesis de su noción de arte, no sólo desde el punto de vista de su propia realización en la totalidad de su obra, sino también desde su concepción intuitiva y conceptual, en armonía con su pensamiento de todas las épocas y con su experiencia estética.

El término manifestación, alude a la condición de apariencia del arte, pero al referirse a la desnudez de la vivencia, se refiere a esa otra sentencia que también asumió como postulado: “La forma es sustancial”, que está de acuerdo con la noción hegeliana de que la apariencia es esencial para la esencia. Así mismo, al ser manifestación, se constituye como llamado y mensaje: el término manifestación, habla de la exigencia de un público, por eso es llamado, invocación al receptor, al destinatario de lo manifiesto, con lo cual, si resumimos, diremos que para Fernando González en el arte, que es apariencia portadora de una esencia, el valor está determinado por ésta, llamada desnudez de la vivencia. Como vivencia, es experiencia concreta, vida vivida, verdad del sujeto, hecho; pero eso sí, no se trata de vivencia como acontecimiento total, sino como esencia, es decir, como develamiento. El término desnudez, alude al despojar a la vivencia de sus ropas, de sus máscaras, de sus ocultamientos.

No basta pues con la manifestación de la vivencia, sino que ésta debe presentarse en la inocencia de su desnudez, sin intenciones, sin velos, como verdad subjetiva en tránsito hacia lo absoluto.

La manifestación que es el arte es la búsqueda de la verdad absoluta en la vivencia individual y, en su caso, esta búsqueda se constituye en un viaje —en devenir— hacia el interior de sí mismo, hacia la Intimidad, donde se produce su encuentro con la Presencia o Dios. Es el arte concebido como camino de realización espiritual. Así pues, cuando afirma que “nada es bello sino lo verdadero”, en el sentido de este verdadero está mirando a la divinidad: “¿dónde estás, belleza escondida?”.

La sentencia, en cuyo significado se atribuyen a la esencia características de la apariencia, proclama el carácter indisoluble de esencia y apariencia y delimita el valor de lo bello (5), no a su condición de apariencia sino de esencia: lo bello condicionado por el valor de verdad del contenido.

Y esta verdad es
en cuanto al comportamiento, la inocencia;
al sentimiento, el amor;
al pensamiento, el Entendiendo o camino del Amor o viaje hacia la Intimidad o Concienciarse
y a la vivencia, autenticidad, Ser siendo.

En la expresión: “Hay que nacer de nuevo”, Fernando González no sólo manifiesta el imperativo de una sentencia aprendida; como fórmula o sentencia, en sí misma es la síntesis que aparece después de haberlo considerado todo, pero además ofrece algo innombrado: para que ese “algo innombrado” se cumpla, hay que nacer de nuevo; o, pensado de otra manera, en el momento en que la fórmula aparece entre nosotros, estamos obligados a abandonar el camino por donde se dirige nuestra vida, pero no para tomar un atajo, o —simplemente— coger por otro sendero, no. Es necesario dejar la piel allí como, a menudo, nos enseña la crisálida con su ejemplo vivo. Pero no se trata de mudar la piel solamente como hace la serpiente que sale de su pellejo, lo abandona, y sigue —tan serpiente como antes—, sino de que el gusano, que se arrastra, dé lugar a la mariposa, que vuela. Nacer de nuevo, es decir, dejar la fuente que nutre la existencia, abandonar la placenta y correr en busca del pecho, cortar el ombligo y succionar el seno. He ahí, pues, la muerte de todos los valores que dan razón a la existencia y el abrigo o iniciación de los valores o alimentos nuevos. La sentencia ofrece una muerte simbólica pero total: el gusano que se vuelve sobre sí, no es ya “el gusano”, es “la crisálida”, la que, en su quietud y en su silencio, es el movimiento de la total transformación, imperativo según la fórmula: “Hay que”. No basta con vivir, hay que nacer de nuevo; no basta con Ser, “hay que...”.

La vida es camino de iniciación, somos el gusano que se arrastra, hay que nacer de nuevo para alcanzar ese “algo innombrado”. El vuelo es lo innombrado por la sentencia según la metáfora. Si buscamos en las obras de Fernando González las circunstancias que sirven de gestación a la fórmula, tal vez encontremos el sentido que nos oriente hacia la imagen suya de ese “algo innombrado”, en cuya ausencia de significante caben todos los significados. Así, en su primera concepción de la muerte, expresada en Pensamientos de un viejo, le escuchamos decir que en la muerte, en el gran misterio, todo era posible porque nada era cierto; en su reflexión sobre el camino de las primeras páginas de Viaje a pie manifestaba la necesidad de apartarse de “el camino”, pero todavía se veía obligado a volver a él; en El maestro de escuela firmó: EX-FERNANDO GONZÁLEZ, como si por medio de la ficción literaria pudiera dejar la piel allí, como si la ficción fuera el testimonio de la piel que ya se ha dejado; pero es en el Libro de los viajes o de las Presencias donde explica que su hijo fue su padre porque, al morir, lo engendró a él a la vida nueva: el morir en la muerte de su hijo Ramiro le dio el nacer en su nueva vida, y a ese “algo innombrado” le dio el nombre de PRESENCIA, nombre que le fue insuficiente porque también lo llamó INTIMIDAD, EL PADRE, DIOS, EL INEFABLE, EL NEANT, EL UNITOTAL... y entonces formuló la sentencia: “Hay que nacer de nuevo”, como quien encuentra lo que venía buscando y ante la pregunta de: ¿Cómo lo encontraste? responde: hay que nacer de nuevo.

Notas:

(1) “Vivir la verdad es, pues, el verdadero conocimiento, y este sentir la vida es el criterio de la verdad. La verdad no se ilumina con otra cosa. La verdad es la vida.” (Libro de los viajes o de las presencias, p. 115). Volver
(2) Jung diferencia claramente el “Yo” de “el Sí-mismo”: “Entiendo por yo el complejo de representaciones que constituye para mí el centro de mi zona consciente y me parece de la máxima continuidad e identidad... Es consciente un elemento psíquico en cuanto está referido al complejo del yo. Ahora bien, en cuanto l yo sólo es el centro de mi zona consciente no es idéntico a la totalidad de mi psique, sino que es simplemente un complejo entre otros complejos. Distingo, pues, entre el yo y el Sí-mismo en cuanto el yo es el sujeto de mi consciencia, mientras el Sí-mismo es el sujeto de mi psique toda, incluso de la inconsciente”. (Psicología y Religión, p. 70 - 71). Volver
(3) Véase el poema de José Manuel Arango “Pensamientos de un viejo”, dedicado a Fernando González Restrepo, en:ARANGO, José Manuel. Este lugar de la noche. Colección popular, Colcultura, Bogotá, 1984, p. 85. Volver
(4) GONZÁLEZ, Fernando. Libro de los viajes o de las presencias. Editorial Bedout, segunda edición, Medellín, 1973. p. 200 - 201. Volver
(5) Hasta infundirle un fuerte matiz ético “Bello es el impulso del hombre esencialmente hacia el bien”, o “lo Bello, o sea, lo Bueno, lo Grande. El Amor. Dios”. Volver

Fuente:

Revista de la Universidad de Antioquia, Número 255, Enero - Marzo de 1999, pp. 47 - 51.

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