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Mi Fernando González

Por León Posada Saldarriaga

¡Divina facultad la de recordar! Cuán grato resulta dar un vistazo al pasado y detenerse en ciertos lugares y dialogar con personas queridas sin temor a que pase el tiempo. Mi mente guarda muchas imágenes e instantes gratos, pero pocos como los que viví con Fernando González, el amigo y filósofo de Envigado.

He estado releyendo pausadamente las notas que después de cada visita al Maestro escribía en mi diario. Las hay que rezuman angustia, euforia, sarcasmo, inocencia, apego a la vida, ningún temor a la muerte; bondad sin límites. Todos estos estados de ánimo cambiaban con asombrosa frecuencia en el Maestro como si un disfraz se le rasgara. Sólo dos sentimientos parecían inmutables en él: La ausencia total de envidia y el supremo amor al Dios de todo lo creado.

Después de cada charla con el Maestro regresaba contento a la casa y decía a mi esposa: Es al Maestro González a quien debo más en el campo espiritual, porque funde su vida con su obra. Cada charla con él es un nuevo libro suyo. Hace amar a Dios buscando la virtud y comprendiendo toda su creación porque en su compañía todo se recrea. Fernando González es un místico, pese a que con frecuencia suelta palabras duras, frases violentas, pero lo hace no con el ánimo de herir o hacer daño sino porque “también hacen parte del mismo Dios”.

Viaje a pie

En cierta ocasión me dijo el Maestro: “Tenemos que hacer una excursión al Paraíso Terrenal, a las faldas de Envigado, cerca de la finca de Pacho Pareja; Ud. que es pintor va a gozar mucho porque ese es un mundo virgen. Hay cascadas de aguas frescas, pozos profundos que jamás reciben la luz del sol, piedras que semejan animales, sonoridades extrañas, fantásticas coloraciones”.

Aprovechando un hermoso verano de Enero convinimos el día y la hora para salir de paseo. Era sábado. A las ocho de la mañana estaba yo en su casa, morral en mano; el Maestro ya estaba listo, cogió su bastón y boina y mientras caminábamos daba gracias al Señor por el hermoso día que nos había dado. Fuimos a pie hasta la plaza de Envigado y un automóvil nos llevo hasta “La loma”. Luego nos internamos por un bosque de pomos que ofrecía sus frutos perfumados. Una brisa venida de lo alto de la montaña hacía fragante y delicioso el ambiente. Subido en una piedra, con el mango de su bastón el Maestro golpeaba los ramos cargados de pomas; algunas de ellas estallaban contra el suelo, dejando al descubierto unas pepas doradas y redondas. Por las comisuras de mi amigo chorreaba el zumo de las frutas maduras mientras su mirada ingenua y brillante reflejaba instantes de verdadera felicidad.

A través de la arboleda se veía un prado inundado de sol; al fondo, entre enormes piedras el agua de la quebrada se deslizaba formando un charco espumante, fresco, oloroso. El Maestro colocó su fiambre en la sombra que proyectaba un árbol añoso, al borde mismo de la quebrada. Con toda naturalidad se fue desnudando y arrojó su vestido despreciativamente como si no lo fuera a necesitar después. Su cuerpo flaco y muy blanco fue entrando con gran solemnidad en las cristalinas aguas. Había en todo aquello como un rito sagrado. Con su cabeza y orejas enormes parecía un Dios de las aguas, un Neptuno. Buen rato estuvimos en el agua mientras el brillante sol de enero doraba nuestros cuerpos.

La caminada y el baño habían abierto nuestro apetito: recostados a una piedra extendimos sobre el césped nuestras viandas. Una vez terminadas, de cuclillas, nos enjuagamos la boca con agua de la misma quebrada. De común acuerdo fuimos a hacer la siesta debajo de los pomos. Un mantillo fresco apenas salpicado por la luz nos aguardaba. Y aquel apacible ambiente sólo era turbado por el aleteo de pájaros que venían en busca del fruto en sazón.

Fue durante esa siesta, al abrigo de las sombras acogedoras, que el Maestro comenzó a relatar episodios de su “Viaje a pie”. Cada incidente de su famoso viaje lo guardaba intacto en su mente y también en su corazón. ¡Qué delicia escucharlo! Con qué fluidez se sucedían las imágenes, con qué sentimiento relataba tantas peripecias.

Al mucho rato, como volviendo de un sueño me dijo: levantémonos León que estamos a mitad del camino. Debemos subir hasta alcanzar aquel macizo de árboles que es de donde brota la cascada, pero ha de ser remontando el curso de las aguas, haciendo a un lado la maraña para que se dé cuenta que este es un mundo de belleza sin par, tan exótico como si estuviera a mil leguas de la civilización. Apuntalado en su bastón el maestro comenzó a abrirse paso por entre la maleza. El agua teñida del verde de los árboles corría sonora y silenciosa alternativamente; aquí transparente y clara, allá oscura y como dormida. A nuestro filósofo nada lo detenía; saltaba de piedra en piedra, se agarraba de bejucos y cuando no había de otra sumergía sus pies calzados en las aguas heladas. Cuando la sed lo acosaba se agachaba y recogía agua en la cuenca de su mano y sorbía con gran deleite. ¡Se sentía feliz! A medida que remontábamos al cauce de la quebrada se hacía más fuerte el ruido de la cascada; de igual manera aumentaba la euforia del Maestro. ¡No cabía la menor duda de que iba en pos de la tierra prometida! De repente, al ganar un recodo apareció una gruta hermosísima revestida de piedras de intensa negrura, cruzada desde lo alto por un chorro de agua blanca que golpeaba y se esparcía hasta morir en espuma sobre la superficie bruñida de un pozo.

Las piedras que revestían aquel recinto eran lustrosas por la constante humedad y presentaban manchas verdes formadas por el musgo. Una tenía figura de rana, otra forma de torso femenino hábilmente esculpido, como si la madre naturaleza los hubiera hecho sensibles a la erosión, al agua y al viento. En mi libreta de apuntes hice varios bosquejos.

Sentado sobre una piedra el Maestro comenzó a discurrir. Con su bastón señalaba todo. Me habló de mitología, de ninfas y de sátiros, de la llorona y la patasola, del origen del universo, de la composición de las aguas. De que Adán y Eva debieron bañarse en esas aguas porque el Paraíso terrenal había existido en esos parajes debido a su gran amenidad. Yo, sin quitarle la vista al Maestro veía cómo se recostaba su figura contra la oscuridad de la gruta y cómo su enorme cabeza y sus orejas abombadas como de elefante en celo eran la encarnación misma de un fauno. Al día siguiente, muy temprano bajé a mi taller y comencé a pintar aquella visión: un fauno desnudo dando la espalda, coloca su mano en la oreja derecha para escuchar en la oquedad...

El aleteo de pájaros que buscaban abrigo en el bosque y un vientecillo frío que emergía del ambiente nos dieron la señal de retorno. Cuando salimos a campo abierto ya estaba oscureciendo. Al dejar a mi compañero en “Otraparte” reiteramos el propósito de volver a ese mundo encantado que tantas vivencias había despertado en nosotros. Lo cierto del caso fue que jamás volvimos; y era que el Maestro parecía no poner voluntad en ello. Con el tiempo me fui dando cuenta de que el Maestro amaba profundamente todo lo espontáneo, lo que iba saliendo al impulso del instante vivido. “Jamás resultan las cosas como uno las sueña, mejores o peores. ¡Y cuidado con repetirlas! No se viven dos instantes iguales, León”, me decía a menudo.

Quizá debido al apego que tenía por todo lo espontáneo, el Maestro me confesó una vez que en sus libretas de apuntes estaba su obra porque eran el fiel reflejo de cada instante vivido por él. Me aseguraba que era muy aburrido escribir libros, porque en su caso la labor consistía en copiar casi textualmente lo que decían las libretas. “Cuando quiero dizque purificar el idioma, darle giro distinto a alguna frase me desfiguro. Mi verdadero yo está en las libretas, allí está el hombre que se contradice, que tacha y enmienda, que sufre la dificultad de expresar con palabras lo subjetivo del pensamiento. En los libros, en cambio, hay mucha vanidad, mucho artificio”. Como mi modo de pensar al respecto se identifica con el del Maestro, hago uso de mi “Diario” intercalando anotaciones sin arreglo a fechas, con la esperanza de que brote de estas páginas, vivo y no falso, mi Fernando González.

El retrato

Desde mi viaje a pie con el Maestro a las faldas de Envigado, comencé a gestar un retrato del filósofo como nacido en ese ambiente. Erguido como un roble, de boina y apoyado en su bastón escruta el infinito. Al fondo, en la tierra, enormes montañas aprisionan la iglesia de Envigado. Hice muchos bocetos hasta cristalizar la idea. Movido quizá por el relativo éxito del retrato, propuse al Maestro que me posara para modelarle una cabeza en arcilla. Se entusiasmó con la idea y convinimos el día para dar comienzo a nuestra labor. Nos instalamos en una casita encalada de barandas en el corredor, detrás de su residencia para evitar las visitas. Moviendo arrumes de libros (de sus propios libros que no había vendido) hicimos espacio. El Maestro cogió la escoba y con toda unción barrió la salita y el corredor. En esta salita, a la luz de una ventana, nos instalamos. Sobre el burro, el armazón de alambre esperaba que la greda fuera tomando forma. Pasaban las horas en discreto silencio. El Maestro sentado en su silla mecedora escribía algunas veces y otras leía en voz alta fragmentos de obras suyas y de otros autores. Lentamente de esa masa informe y gris fueron apareciendo rasgos humanos.

Terminada cada sesión con un paño húmedo cubríamos la cabeza y al Maestro le decía que en la tarde lo humedeciera nuevamente para que la greda no se agrietara ni enjutara.

Una mañana cuando llegué, me dijo: “Anoche tuve una pesadilla terrible. Soñé que me estaba agrietando, desintegrando y que el mal había empezado por la cabeza. No veía la hora de que amaneciera para ir a rociarle agua a la escultura”, y apesadumbrado añadió: “¡Qué poca cosa soy Posada, sigo atado a esta carne!”.

El día que fui con un obrero a vaciar en yeso la cabeza el Maestro, me contó que la víspera había medido con su esposa sus propias dimensiones y las de la escultura, habiendo resultado exactas. Debajo de un totumo, al pie de la casita hicimos el vaciado. Sacamos dos copias, una para el Maestro y otra para mí, y destruimos los moldes para que nuestro trabajo no fuera a parar a manos extrañas. La pátina de color marfil yo mismo la apliqué, y cuando llevé al Maestro su propia cabeza montada sobre una base de madera oscura, me dijo: “No hay color más bello que el de calavera desenterrada porque es el único que da sensación de eternidad”.

El Jardín Botánico

Uno de los paseos predilectos del Maestro era “El jardín Botánico”, nombre que le puso a un botadero de basura en los playones de la quebrada “Ayurá”. La maleza y la zarza se entretejían allí formando un mundo caprichoso. El amor del Maestro por las cosas humildes había convertido aquella maraña en verdadero laboratorio. Todas las plantas las tenía catalogadas por grupos o especies. Sabía cuáles eran venenosas y cuáles medicinales. Parecía dominar la fisiología vegetal. Era una delicia escucharlo.

Con la punta de su bastón señalaba las raíces de las plantas e iba ascendiendo por el tallo hasta tocar las flores y semillas. Me hablaba de los diferentes insectos que chupan el néctar de las flores. “Esta planta florece en la noche porque hay insectos que hacen vida nocturna; las flores de aquella abren sus pétalos de día porque hay insectos que aman la luz. Aquel insecto de antenas largas y cuerpo esbelto sorbe el jugo de las flores que tienen análoga estructura”. También me hablaba de los órganos de reproducción que tienen las plantas, de su sensibilidad y del viento como agente propagador de las especies, en fin, que esta muchedumbre viviente de insectos y plantas no sólo servía al Maestro para tejer sutiles pensamientos sino que era para mí estupenda lección de botánica.

Frente al “Jardín Botánico” la Ayurá con su pequeño caudal de agua. Lavanderas golpean su ropa contra las piedras. Areneros extraen cascajo de la quebrada, hombres con el torso desnudo pasan por las zarandas las distintas arenas. Al fondo casas campestres rodeadas de tupidas arboledas y en potreros de verde amarillento pasta mansamente el ganado.

Y cubriéndolo todo, el cielo y unos gallinazos describiendo círculos en su azul infinito. Y mientras la naturaleza se regocija en su pasmosa unidad, el espíritu de Fernando González parecía señorearlo todo.

Una exposición

Con motivo de una exposición que de mis obras estaba preparando, pedí al Maestro que dijera algunas palabras en la inauguración. El, en forma prudente ni se negó ni aceptó. Déjeme vivir la cosa, fue su respuesta. Para aclarar mi posición, yo me apresuré a decirle que de ninguna manera buscaba elogios para mi obra sino que quería que el público conociera sus ideas acerca del arte en general. Y en tono presuntuoso añadí: Puede omitir por completo las referencias a la obra expuesta; no amo tanto la gloria como para alcanzarla empujado por otro. El indudablemente se dio cuenta de mi desinterés y aceptó. El día de la inauguración la sala del Museo de Zea se vio desde temprano colmada por un público entusiasta. Con mucha pausa el Maestro comenzó a disertar. Sus ojos brillaban y parecían buscar por todos los rincones de la sala y en cada uno de nosotros apoyo a sus ideas. A veces enmudecía y era su gesto más expresivo que sus mismas palabras. Durante una hora nos habló sobre muchas cosas; al terminar estalló en la sala un atronador aplauso. A la salida la juventud lo asediaba para pedirle autógrafos. Días después me comentaba el Maestro que la “cosa” había salido bien porque la “vivencia” había sido perfecta. Y era que el Maestro jamás hacía nada contra su voluntad; siempre dejaba que la idea llegara a obsesionarlo, siendo fácil lo demás.

La biblioteca

No pocas personas —intelectuales especialmente— gustan coleccionar libros; mantienen llenos hasta el tope los anaqueles de su biblioteca, guardan obras de autores clásicos y modernos, con los temas y géneros más diversos, escritos en varios idiomas. Muchas ediciones de lujo con pasta de cuero, dorados y muchas cintas como si abrigaran la esperanza de que su talento fuera a medirse por el número y calidad de las obras que coleccionan. Sin embargo, la mayoría de esos libros duermen el sueño de los justos porque sus dueños como que se han contentado viviendo en el sobrehaz de lo que tan celosamente guardan. Por eso desconcierta cuando se mira la biblioteca que dejó el Maestro González. Muy pocos libros lo acompañaron. Pocos autores. Los libros que dejó al morir creo que no llegan a los dos centenares, su mayoría en rústica. Nada de alardes, nada de adornos, como si este hombre fuera un ermitaño que no necesita más que de su breviario para abrírsele el infinito. ¿Las causas de esta parquedad? Fernando González lo que tenía para escribir no lo encontraba en los libros.

El era un inmenso libro que resumía lo que Dios y el universo le ofrecían. Además sabía perfectamente que el libro más hermoso y profundo era el que cada cual escribiera exprimiendo su propio ser. Y esta parquedad de su biblioteca la hizo extensiva el Maestro con su cotidiano vivir. Su comida frugal, sencillo en extremo su vestido, nada de fiestas ni espectáculos. El espectáculo magno para él era el hombre en su vasta complejidad. Se le veía husmeando por todas partes; en iglesias, en cementerios, en tiendas y parques. Dialogaba con el campesino, con el bobo del pueblo, con los niños. Perseguía sin desmayo las causas recónditas que llevan al hombre a gozar y a sufrir, a esperar y a desesperar. No nos extrañe, pues, que Fernando González hubiera hecho a un lado todo atavío inútil, que hubiera arrojado todo el lastre que ata al hombre a la tierra y se hubiera quedado desnudo, a solas, con su espíritu, pues era la única forma de sentirse él, Fernando González en “presencia” del Dios omnipotente.

Sus libretas

Nadie se imagina el caudal de ideas, la palpitante vida que encierran las innumerables libretas que dejó el Maestro. La mayoría de estas libretas de veinte centavos, como las que utilizan los carniceros para llevar sus cuentas. “Es agradable, León, releer cosas viejas escritas por uno mismo en diferentes ambientes y circunstancias. Muchas veces he sentido la tentación de retocar algunos conceptos para ponerlos al día, pero una y otra vez he desechado la idea, porque si el Fdo. González de ahora es auténtico, ¿por qué razón el de lustros atrás no lo fue? Quiero que quede la constancia de que F.G. ha vivido y padecido, de que ha soñado y desesperado, de que ha sido tentado muchas veces y espera liberarse de la materia. Estas notas son el testimonio de una vida con altibajos, llena de sobresaltos, vivida con intensidad. No retoco nada, no tengo derecho a ello”. Y como estaba en vena, me leía páginas enteras cuyo texto era idéntico al de algunas obras ya publicadas. También del ingente material de sus libretas con frecuencia me leía trozos inéditos de rara hermosura, en los cuales las palabras no pesaban y se convertían en extraña música. ¡Cuán difícil es volver inmaterial un idioma!

Una mañana llegué temprano a su casa. Desde la carretera vi que el Maestro estaba escribiendo; me acerqué discretamente para no distraerlo. Cuando alzó la vista yo estaba a su lado; no lo sentí, me dijo, estaba en otro mundo. ¿Acerca de qué está escribiendo? Sobre las manos, me respondió. Así comenzaba: “Manos salutíferas, manos sarmentosas” etc. Yo realmente jamás había pensado que las manos, simples instrumentos mecánicos en el hombre, fueran tan útiles y hermosas y sobre todo sirvieran de tema para hacer de ellas una verdadera joya literaria.

Claro que no todos los días estaba el Maestro en esta tónica. A veces lo encontraba con la mente vacía, completamente barrida de ideas y sensaciones, dispuesto a hacer cualquier programa. Me invitaba entonces para la arboleda. Lanzaba a un lado sus zapatos y trepaba a un naranjo con suma facilidad, alargaba el brazo y con el mango del bastón, halaba y rodaban por el suelo unas naranjas macizas que brillaban en la sombra como pepas de oro. Desde lo alto del árbol me decía que comiera las naranjas que quisiera, que era un palo de primera cosecha y que él lo había sembrado. Luego descendía con mucha parsimonia y recostado al tronco daba comienzo a su perorata. Nadie escapaba a su mordacidad. A intelectuales, artistas, políticos, industriales y comerciantes zahería por igual. Se burlaba de las figuras “consagradas” no sólo nacionales sino extranjeras. Su verbo iba subiendo de tono en forma arrebatada sin haber llegado jamás a la imprecación. De pronto se incorporaba y profundamente arrepentido pedía excusas, mejor dicho se excusaba consigo mismo por haber dado rienda suelta a su lengua. “Olvide todo esto, León; es mejor que hablemos de Dios”. Al instante su mirada se tornaba bondadosa, sus facciones se serenaban. Y esa lucha de un hombre que se debatía entre la vulgaridad del lenguaje y el éxtasis casi divino, entre un dogmatismo exaltado y la generosidad sin límites, conmovía profundamente mi espíritu.

La juventud

Hace poco me preguntó una alumna por qué los hombres de edad tienen especial predilección por las mujeres jóvenes. A mí no se me ocurrió sino decirle que unas células que se van secando necesitan de otras llenas de savia para refrescarse, igual que las plantas en los veranos añoran las lluvias. Ella pareció comprender.

Esta misma imagen la asocio yo con la predilección que siempre sintió el Maestro por la juventud, no porque hubiera nacido viejo sino porque habiéndose movido siempre en el mundo de las ideas, era la juventud la llamada a perpetuarlas porque es indudable que la juventud es el renuevo, es la primavera de la humanidad.

Aunque la casa del Maestro estaba abierta a todos, parecía ser centro de especial atención para la juventud. Se veía desfilar por allí con mucha frecuencia a jóvenes de ambos sexos, de diferente extracción social. Unos en busca de enseñanza y consejo, otros a darse tono, quienes hasta ignorando el propósito de su visita. Una vez le pregunté al Maestro acerca de esos jóvenes que tan a menudo lo visitaban y me respondió: “Estoy decepcionado de casi todos. Al principio creí que su rebeldía era indicio de nobles inquietudes, que su deseo de sepultar todo lo hecho por otros no era otra cosa que capacidad generadora, que el porvenir estaba en sus manos. ¿Y entonces? No hay tal; su rebeldía no resultó ser sino ineptitud, pereza disfrazada de inconformidad; además, no pocos de ellos son engreídos y muy viciositos. ¿Sabe con la que me salió uno de ellos la semana pasada? Con la apología del homosexualismo y cínicamente me pregunto cuál era mi opinión. ¡Y al carajo lo mandé!

Resulta sumamente dolorosa esta experiencia para quien como el Maestro creyó y esperó en la juventud de su patria, darse cuenta, en los umbrales de la muerte, que al menos para esa generación había arado en el desierto. Afortunadamente la obra dura más que el hombre que la crea. Esperemos por lo tanto que las futuras generaciones vean el claro surco que el Maestro ha trazado con su pensamiento por la ancha faz de América, y que sea la juventud que tanto amó la que abra el corazón a sus enseñanzas.

“Mi Simón Bolívar”

A instancia de algunos de mis amigos pregunté al Maestro si era verdad que el segundo tomo de su “Simón Bolívar” lo tenía escrito y que no lo daba a la estampa porque temía morir. Eso es falso, me contestó. Solo tengo algunos apuntes de la segunda parte, pero casi desde el mismo instante en que apareció el primer tomo, había desistido de escribir el resto. Al preguntarle las causas me respondió. “Por esa época el Libertador se puso de moda; todos querían escribir acerca de él convencidos de que lo harían vivir anudando datos y lo que hicieron fue manosearlo, rebajarlo; vulgarizarlo. A consecuencia de esto Simón Bolívar se me salió y jamás pude colocarlo de nuevo en el pedestal en que antes lo tenía por culpa de tanto tragatinta. Y agregó “Claro que yo podría escribir la segunda parte de ‘Mi Simón Bolívar’ para ganar plata, pero no quiero negociar con la pluma como tantos. Me aterra pensar en una obra escrita en dos tomos, en uno luchando con el personaje para dale vida y en el otro para hacer dinero. ¡Qué horror!”. Y me contó que el judío Emil Ludwing había conseguido justa fama con la biografía de “Napoleón” pero que después se había dedicado a fabricar biografías de hombres ilustres a sueldo. Y hasta han llegado a decir las malas lenguas que no era Ludwing quién escribía sino su esposa y que él firmaba.

Envigado

Caminar por las calles de Envigado con el Maestro González era una delicia. Le sabía la historia al pueblo entero; a sus casas, a sus calles, a la plaza con sus enormes ceibas y especialmente a la iglesia. Una tarde, en día de semana en que sólo dos o tres beatas van a la iglesia a desgranar su rosario, entramos el Maestro y yo. Comenzamos lentamente a recorrer las naves del templo. La profusión de rojos y dorados en el púlpito, el oscuro artesonado de techo y altares y los santos, obra de hábiles imagineros, en sus nichos, todo iluminado con la escasa luz de los cirios daba un toque de eternidad al ambiente. Y emergiendo de la suave penumbra la figura del filósofo como si fuera un profeta redivivo. Yo no he conocido una figura de tanta plasticidad como la de Fdo. González; sus gestos, ademanes, su vestimenta y su misma elocución guardaban secretas armonías con el ambiente. Jamás disonaba, parecía un todo indivisible, atraía hacia él como poderoso imán todo cuanto le rodeaba.

Anécdotas

Recuerdo una vez al Maestro muy preocupado por la manía o vicio tan común entre nosotros los colombianos de emplear con pasmosa frecuencia diminutivo para determinar la obra artística. Al Maestro dizque le preguntaban con frecuencia en qué “obrita” estaba trabajando o cuál “obrita” suya le gustaba más. También empleamos los términos “sabrosa”, “agradable”, “entretenida”, etc., siempre en tono indulgente, conmiserativo, que duele mucho más que la crítica más acerba. Y para que yo me enterara de que este vicio no era nuevo en Colombia ni privativo de gentes vulgares, me contó lo que le había sucedido a Dn. Tomás Carrasquilla con Marco Fidel Suárez, en la época en que Dn. Tomás comenzaba a sobresalir y el Sr. Suárez estaba en el pináculo de su gloria. Se encontraron los dos en Bogotá y dizque Dn. Marco colocó paternalmente una mano en el hombro de Carrasquilla, mientras que con la otra en ademán de desmenuzar algo preguntó a su amigo si seguía escribiendo “novelitas”. Por el estilo de ésta me contó otras anécdotas en las cuales figuraban hombres de la talla de José Eustasio Rivera, Efe Gómez y Pacho Rendón. En fin que esta actitud de marcado desdén, ha sido, es y será arma terrible en quienes no soportan émulos.

Mi diario

Por la carretera que conduce a Envigado, antes de llegar a las partidas, hay un cafecito; allí, sobre una mesa escribí: Allá viene con su cabeza grande, bastón en mano y mirando hacia el suelo como si quisiera extraerle algún extraño secreto. Viene vestido con los colores del ambiente, como si el paisaje le hubiera prestado todas sus galas; es mi buen amigo Fernando González.

Cuando llegó el Maestro se excusó por la demora pues venía de ordeñar las vacas en el establo. Pedimos café y comenzó el diálogo. Mi amigo se embarcó en un tema que exigía gráficos; le ofrecí lápiz y papel. Su viva curiosidad lo llevó a hojear la libreta que le ofrecí, y cuando descubrió lo que hacía poco había escrito en ella, me dijo: Este retrato está muy bueno, ese soy yo. Al terminar la sesión y debajo de lo que yo tenía escrito, de su puño y letra hizo el resumen del tema tratado por nosotros, el cual había versado sobre “El modelo y la obra de arte”. De la artesanía anotó textualmente: “El artista que no domine la artesanía es como un cofre cerrado y sin llave. El artista es hechura divina pero tiene que trabajar para revelarse al mundo”. Esto escribió una soleada mañana, el 14 de Diciembre de 1959.

Y ahora que tengo mi diario a la vista dejemos que siga hablando sin sujeciones ni traba alguna.

Ayer sábado en la mañana fui a visitar al Maestro González a quien no veía desde Enero. Hablando de filosofía, el Maestro se ríe y dice: “El hombre que a todo tiene que ponerle rótulo denomina filósofos a quienes miramos la vida con detenimiento y comprensión”. Y más adelante: “La palabra es limitada; jamás nos da la imagen precisa de las cosas. Ejemplo: lo que hace bella a aquella mujer son sus ojos azules. ¿De qué clase de azul y en qué intensidad? ¿Y qué forma tienen sus ojos? Todo esto es muy vago. En cambio la pintura es más directa. En un cuadro no hay manera de ver otra cosa distinta al mismo cuadro. Yo lo envidio, Posada, porque sus medios de expresión son mucho más eficaces que los del escritor”.

También me mostró ayer el primer tomo de su última obra: “Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera”, para la cual el Maestro Horacio Longas hizo un dibujo que a última hora el Maestro González no quiso que ilustrara la carátula de su obra. Le pregunté por qué y me respondió: “Por los capítulos que le he leído se dará cuenta de que Longas no captó el espíritu de la obrita. El lo hace muy bien para cosas de este mundo, pero no para interpretar la moral, pues la ‘Tragicomedia’ no es otra cosa que esto”. Y en su diario me leyó: “Tendré que hablar con don Florín para ver qué se hace”. Ese don Florín dijo que era yo y encarnaba a un escultor o imaginero que aparece en la “Tragicomedia”. (Todo ocurrió mientras yo le modelaba en arcilla su cabeza).

Me insistió, pues, en que yo le ilustrara la obra en mención, después de leerla y comentarla los dos. ¡Si yo fuera dibujante, Posada, lo haría muy bien porque cierro los ojos y todos los personajes los veo patentes, mogollos, pero cuando asiento el lápiz sobre el papel se me esfuman. ¡Qué lástima! “Mucho agradezco su confianza en mí, pero créame que yo tampoco sé dibujar, quiero decir, interpretar la moral por medio de líneas. Le sugiero que Ud. mismo escriba el prólogo explicando por qué falló Longas y las causas de mi negativa. Además cómo lo haría ud. si supiera dibujar. ¿Qué más ilustración?

Le hablé de un Salmo que yo había escrito pero me daba vergüenza leérselo por resultar demasiado elemental al lado de sus obras. Lo importante, respondió, no es la elegancia del estilo, ni la corrección del lenguaje, sino el espíritu y el amor que animan la obra. Tráigamelo que quiero leerlo. Días después le llevé mi escrito. Pausadamente lo leyó y al terminar me dijo: “Ese es ud., León, no le quite ni ponga nada, es una obrita maestra”. Me alentó para que lo publicara en edición reducida e ilustrada por mí mismo para regalársela a los amigos. “Con cosas tan íntimas como estas no se puede negociar”. Yo le dije que en el campo de la literatura me sentía como un intruso y que el título de escritor ni lo merecía ni pretendía conseguirlo.

Esta mañana fui de nuevo a visitar al maestro González. Lo encontré en el corredor, como de costumbre, escribiendo en su diario. Me contó que estaba preparando otro libro cuyo título sería “Libro de los arcanos”. Salimos a tomar tinto al cafecito de costumbre. Me habló del “Infalible, del Ojo Simple”, de que el artista tenía por misión crear belleza y no inmortalidad.

De que Colombia era un país de bobos ilustres y que nuestro presidente era el prototipo de ellos. A renglón seguido me comentó: “Envigado puede ufanarse de haber dado dos bobos ilustres: marañas y yo”, ambos dizque filósofos. También me dijo que un gallinazo era más que el hombre porque aquel cumplía a cabalidad la misión que le encomendó el Señor, o sea que vive en El, mientras que el hombre deformado por el egoísmo y otros vicios distaba mucho de llevar una vida a imagen y semejanza de Dios. A continuación me dijo que sólo tres cosas invitaban al silencio: La presencia de la agonía, la contemplación de una obra maestra y el acto amoroso.

Ayer en la tarde estuve charlando nuevamente con el Maestro. Cuando llegué a su casa su esposa me dijo que lo buscara por los lados del establo. Me encaminé por un senderito que corre entre árboles hasta que lo descubrí en el yerbal, echando azadón. Al verme me dijo con orgullo, mostrándome su labor: “Desde hace días vengo dedicado al trabajo material; estoy cultivando el vacío mental. No he vuelto a pensar en nada pero estoy seguro que después de los caniculares, cuando lleguen las lluvias y toda poda sea inútil, mi mente descansada dará cabida a nuevas ideas, volveré a ser fértil”.

Me contó lo que le había sucedido la Navidad pasada. Fue a visitar en Envigado una capillita de religiosas, recién edificada, y al salir de allí un muchacho andrajoso le dijo en tono lastimero si a él tampoco le habían dado aguinaldito. Por los mismos días dos muchachos, también de Envigado, al verlo se le acercaron y uno de ellos dizque le preguntó: ¿Es Ud. el de la escuela, verdad? Sí, hombre yo soy Fdo. González, el mismo que lleva por nombre la escuela. El otro bastante asustado respondió: ¿Y es que usted todavía camina? Se figuró que yo era un personaje legendario porque la escuela en donde estudiaban llevaba mi nombre. Todos estos síntomas son muy malos, León; de mendigo a muerto hay un paso. En otra ocasión citaron al Maestro a una reunión los notables de Envigado. Al hacer su entrada en la sala, el más fullero, el que se creía mejor informado, dijo: Señores, acaba de entrar a este recinto el hombre más ilustre . . . de Envigado, y dizque a renglón seguido y en voz baja le preguntó al Maestro cuántos libros había escrito.

A pesar de la lluvia ayer en la mañana fui a visitar de nuevo a Fdo. González. Necesitaba el calor de su palabra. Varias semanas llevaba sin verlo. Al comentarle yo lo que me sucedía con ideas que me habían interesado y que repentinamente se adormecían para renacer de nuevo al contacto de la conversación, me dijo: “Es cosa terrible cuando se tiene atrapada una idea y trata de escaparse. Cuando esto le vuelva a ocurrir véngase que entre los dos combatimos al enemigo. Sí, perseguimos y damos caza al muy bellaco”.

Vengo de dialogar con mi buen amigo, el Maestro González. Le pregunté qué había hecho y me respondió que nada. “Desde hace cuatro meses (desde que apareció la Tragicomedia) no hago otra cosa que deambular sin rumbo fijo, casi sin sentido, dejando que el sol me embriague. Me muevo como impulsado por una fuerza extraña sin voluntad de mi parte”. Me habló largamente de la soledad y de Dios. De la primera me dijo que era muy difícil llegar a ella debido a que se tenía que renunciar a comunicarle a otros los pensamientos, y que el hombre difícilmente renunciaba a ese placer. Acerca de Dios recordó: “Sólo Dios existe en esencia, presencia y potencia. No crea en Dios, Posada, no en el Dios que se pone a curar enfermos, a castigar malhechores y a ganar loterías. ¿Cómo se entiende que con el terremoto de la semana pasada, las Iglesias y casas curales hubieran sido las más afectadas? (Sonsón, 1962). Si Dios está como creen las viejas sólo para castigar a los malos, es evidente que aquí falló.

No amigo, Dios está en todo: es lo bueno y lo malo que existe; es el Papa y es el criminal, es la nube que se mueve por el firmamento y —señalando con la punta de su bastón— es esta abejita que lleva el fruto de su labor para la colmena. Y también es el pisquín que desgajó el rayo frente a casa. ¿Si Dios es todo como hacemos entonces para determinarlo? ¿Cómo lo ponemos de verdugo y defensor?”.

Al rato, delante de su esposa, dijo: “Me siento enfermo pero estoy feliz con mi enfermedad porque eso también es Dios”. Levantó la cabeza y mirando al vacío exclamó: “Quisiera enloquecerme”. A lo cual doña Margarita respondió: “¿Para dónde más, Fernando?”. “No, Margarita, la locura que yo deseo es una locura inofensiva que degenera en bobada. Muy bueno sería pasar todo el día sin noción de tiempo ni de nada, vivir en la beatitud”.

Esta mañana visité de nuevo al Maestro. Me contó que había enviado dos ejemplares de su última obra “La Tragicomedia”, uno a Azorín y otro al director de la Real Academia de la Lengua española. Al poco tiempo le devolvieron la obra enviada a este último con una leyenda bastante lacónica: “Este señor ha muerto”. Esto descorazonó mucho al Maestro y lo llevó a reflexiones muy hondas acerca de la pequeñez del hombre que siempre sucumbía primero que su obra.

Yo, con el deseo de sacarlo del estado de depresión en que estaba, le pregunté si tenía predilección por alguna de sus obras, a lo cual me respondió: “Con las obras, hijas del espíritu, sucede lo mismo que con los hijos, frutos de la carne. Un padre de familia siente el mismo cariño por todos sus hijos, aunque entre ellos haya un descarriado o un jorobado. Todos son sus hijos”. Sin embargo me confesó que “El Remordimiento” tenía para él especial encanto. ¿Por qué razón? Esta obra —prosiguió— es muy viva y me costó grandes dolores parirla. Fue el resultado de una batalla sin igual porque mi espíritu se debatía entre la búsqueda de Dios y los tormentos de la carne. Por eso la quiero. Todo esto lo llevó a añorar a Europa, y especialmente a Roma. Me leyó algo que había escrito sobre la nostalgia. Su espíritu parecía dispuesto para la añoranza, porque a su lado tenía un ejemplar de “El Hermafrodita dormido”. Me leyó apartes de su libro y me propuso un viaje a Italia porque él quería morir y ser sepultado en Roma; sí, ¡en la Roma imperial, en la Roma eterna!

Quizá viendo difícil la realización de su sueño, acabó pidiendo a Dios que le diera conocimiento a cambio de todo y dándole gracias, porque “todo lo que sucede, Señor, es digno de sucederse”.

Hablamos mucho de la postración intelectual y moral de nuestra patria, de mis fracasos y los de algunos de mis colegas en exposiciones recientes. Todo esto acabó de entristecerlo. Al despedirme me puso la mano en el hombro y me dijo: “A estos artistas nadie los comprende. ¿Cómo es que exigen pago por su obra, acaso no quedan pagados con creces con el placer que sienten al crearla? Hablo de los verdaderos artistas, no de los que comercian con el arte”. Ese mismo día en la noche me llamó al Maestro a la casa para contarme que había escrito el resumen de nuestra conversación y que la “cosa” había salido muy viva y por eso estaba contento.

Hoy encontré muy eufórico al Maestro. Hablamos de muchas cosas, dedicándole especial atención a la gran unidad de la naturaleza, “lo vivo es lo único verdadero, por eso los artistas que pretenden retener lo fugaz que es la vida con las artimañas de un estilo lo que hacen es mostrar un mundo postizo y amanerado”. Otro tema que trató el Maestro fue el de la sociedad de mutuo auxilio que mantienen no pocos artistas para alabarse. Alguna vez un pintor nuestro descaradamente le pidió al Maestro González que escribiera un libro sobre él. Aunque entre ellos existía una larga amistad, el filósofo se negó rotundamente. Le dijo que la fuerza de cada una de las artes residía en su total autonomía. Que el valor del escritor estaba en su literatura y la del pintor en su pintura. Y en forma categórica le remató diciéndole: “Si su pintura tiene verdadero valor saldrá adelante, si no, podrán escribirse muchos libros sobre ella y jamás se impondrá. ¿Lo que ud. pretende es que yo haga literatura alrededor de su obra? ¡No sea pendejo! Mi mundo pasional es muy distinto y aún opuesto al suyo”.

Parece que este incidente y otros por el estilo distanciaron definitivamente a los viejos amigos.

También le fastidiaba que el hombre le buscara utilidad a todo lo que hace. Con relación al arte decía: “¿Por qué y para quién se pinta, se esculpe o escribe? El fin en sí mismo del pintor es pintar, y a nadie debería darle cuenta de su trabajo como no le da cuenta a nadie de que su corazón late”.

Hablando de las flores decía: “No hay una flor más bella que otra. La orquídea no es más bella que la flor de la adormidera aún cuando aquella sea de invernadero y ésta brote de los rastrojos. Ambas son flores y cumplen las leyes de la naturaleza”.

Acerca de los libros el Maestro distinguía cuáles habían sido editados por negocio y cuáles para agradar los sentidos. “Las ediciones comerciales son desabridas, parecen sin vida, en cambio las que se hacen con amor, las que se pueden manosear, oler, las que respiran, en fin, el gusto estético del editor, ésas son las que uno no quisiera soltar de las manos. Están en un error los que creen que los libros se editan sólo para los ojos”.

Un día, al ver pasar una muchacha muy empingorotada, comentó: “Apuesto a que es alumna de un centro en donde dan clases de glamour. Allí dizque las enseñan a sentarse y a caminar; ¿sí ha visto absurdo mayor? Esa muchacha es una víctima del artificio, ¡le han destruido para siempre su natural ritmo de andar y de ser! Si lo más hermoso es ver cómo se defiende la naturaleza. ¿No ha observado, León, con qué naturalidad camina un chapín? Claro, porque todo su cuerpo y gestos se asocian para que el defecto parezca natural”. Y volvió sobre el perjuicio tan grande para el hombre al adoptar en cualquier sentido una posición que no obedezca a su propia naturaleza.

Sus últimos años

En sus últimos años el Maestro se fue tornando condescendiente. Era para él meritorio el esfuerzo de todos; nadie lo hacía mal. Aprovechando su extrema bondad muchos medraron a su amparo. No pocos salieron después de una entrevista con el Maestro con una frase elogiosa de su puño y letra.

Un día, estando yo de visita en su casa, llegó alguien a regalarle una obra recién publicada; cuando se despidió me preguntó si conocía algo de ese escritor y le respondí que sí. No pensemos en el valor literario de sus obras, León, pensemos en que este hombre se hizo solo, salió de la nada, por eso debe tenerse en cuenta su esfuerzo. Aunque yo creía tener argumentos para combatir sus puntos de vista guardé silencio porque veía en el Maestro al hombre generoso y hasta compasivo. Claro que quienes ganaron elogios en esta época del Maestro los han publicado a los cuatro vientos, convencidos hasta la saciedad de que fueron el resultado de severo análisis y no de la bondad de su corazón.

He dicho en alguna parte de este escrito que el Maestro cogía la escoba y barría con unción. Sí, al Maestro le encantaban los oficios simples: echar azadón, deshierbar las matas, podar los frutales y hacer los menesteres en el establo. Para él en realidad no había oficio bajo o indigno. El bajo e indigno era el hombre. “Cuando el hombre es honrado embellece todo lo que hace y en este nivel todos los hombres somos iguales”.

El 18 de febrero de 1964 escribí en mi diario: Ayer enterramos al Maestro Fernando González. “Otraparte”, su residencia campestre, se vio colmada de gentes de todas las clases sociales. La mayoría sin darse cuenta cabal del extraordinario valor del hombre a quien iban a acompañar hasta su postrera morada. Su residencia me dio el aspecto de tumulto insulso perturbando la paz que tanto amaba el Maestro; tanto, que cubría el panorama que se extiende frente al corredor, con los gigantescos pisquines, uno de ellos en esqueleto porque un rayo lo quemó. “La imagen más perfecta de la muerte es ese pisquín carbonizado, morada de gallinazos, sobre todo cuando el invierno lo cubre todo de gris y de frío”. Esta imagen servía al Maestro con mucha frecuencia para hacer reflexiones acerca del más allá.

El gentío tampoco dejaba ver los árboles frutales y la fuentecita que refresca el paisaje, ni los azulejos, ni las tórtolas que se bañan en ella con gran felicidad como si presintieran lo extraordinario de la Creación.

Tampoco se veía al Maestro por el corredor con su lento caminar, meneando la cabeza como si le pesara mucho, señalando con su bastón desde el cielo inmenso hasta la hoja seca que barría el viento. Sí, cuando el Maestro deambulaba por la casa como buscando algo lejanamente perdido, algo que parecía urgirle, pero inasible, era al mismo Dios a quien buscaba, y lo encontró, como el Santo de Asís a la hermana naturaleza. Lástima que tan gran hombre haya muerto, me decía alguien. El Maestro no ha muerto, le repliqué: ahora es cuando verdaderamente comienza a vivir. Sólo muere el que no se realiza, el que no deja testimonio de que un espíritu y una voluntad lo asistieron en su tránsito terrenal.

Al regreso del cementerio, ya entrada la noche, miré de nuevo al pisquín y había en sus negras chamizas unos gallinazos adormilados y tristones, como si se hubieran asociado al luto que cubre a la nación. Y una vez más me vino a la mente lo que con frecuencia me decía el Maestro: “Si es verdad lo de la reencarnación, yo quisiera después de muerto reencarnar en gallinazo para deslizarme por el espacio y otear desde muy alto la incomparable belleza de este Valle del Aburrá”.

A menudo releo las obras del Maestro y en todas ellas aparece su personalidad, viva y recia, testimoniando lo que no se cansaba de repetirme: “Jamás comercie con el arte; investigue siempre, no copie sus propias obras creyendo que en eso va la personalidad”.

“Recuerde, León, que dos momentos iguales no se viven. Sea honrado y no ceda jamás a los imperativos de la moda. Sólo siendo completamente libre se encontrará. Además, no se amargue la vida buscando consideración ni recompensa”. ¡Imposible imaginar mayor comprensión ni aspiración más elevada de lo que debe ser el hombre y el artista!

El juicio del tiempo

¿Cuál será el juicio del tiempo para la obra de Fernando González? Espero que no se vendrá con la manida costumbre de emparejar al artista con su época porque no es posible imaginar nada más distanciado que el pensamiento filosófico del Maestro y la vulgaridad actual. Fdo. González dignificó vidas simples, subió al pedestal de su talento a personajes anónimos, borrosos, los cuales no hubieran dejado huella alguna si no hubiera sido por su infinita comprensión, por su fina agudeza, por su alma de artista. Don Manjarrés, el maestro de escuela, y Mademoiselle Tony, por ejemplo, viven en el mismo mundo encantado de las letras codeándose con “Mi Simón Bolívar”, libertador de América: ¡Mágico mundo el del arte que funde asperezas, nivela condiciones y embellece por igual a Santos, guerreros y criminales!

De lo que sí podemos estar seguros es de que Fdo. González jamás será un escritor popular. Aunque este pensador haya encontrado la mayoría de sus personajes en el vulgo, no significa que sea asequible a él. No es el escritor quien tiene que descender sino el pueblo educarse para alcanzarlo.

Sí, toda la obra del Maestro González es un canto a la vida, pero a una vida trascendente, sublimada por su espíritu, a la cual sólo llegan espíritus de selección.

Si en pocas palabras se pudiera resumir la vida de F.G., yo diría que la empleó íntegramente en combatir dos vicios terribles que afligen y rebajan al hombre: la vanidad y la mentira.

Medellín, febrero de 1970

Fuente:

Posada Saldarriaga, León. Escritos Breves. Medellín, Susaeta Ediciones, octubre de 1975, pp. 45 - 73.

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