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Un filosofar antioqueño

Por Jaime Vélez Correa S.J.

Afirmar que Fernando González tiene un filosofar antioqueño no equivale a decir que Fernando es un filósofo antioqueño. Todo pensador que haya nacido o se haya naturalizado en Antioquia es filósofo antioqueño pero no por ello su filosofar es antioqueño, pues para pensar antioqueñamente no sólo los conceptos y palabras deben tipificar la manera de ser de las gentes de esta región de Colombia, sino que el pensamiento debe reflejar la idiosincrasia, la identidad cultural de ese pueblo, sus costumbres y su manera de ponderar o valorar las cosas, con sus principios y criterios de preferencia por esto o por aquello.

No es fácil probar que en la obra de Fernando González hay un filosofar antioqueño, pues de entrada ya se incluye un problema que ha sido polémica secular entre connotados autores. Se arguye, en efecto, si pueda hablarse de un filosofar regional o nacional o continental, sabiéndose que el filosofar, puesto que indaga a los últimos porqués, no se circunscribe a lo geográfico o político. Quien filosofa lo hace humanamente, así haya nacido aquí o en Africa. A esto se objeta, sin embargo, que el filosofar, como toda actividad humana, no lo produce un ser abstracto ni sucede en la eternidad. Está incrustado en este momento o en estas circunstancias, y como tal, va rotulado con ellas. Con todo y eso, se rearguye que tal especificación no afecta al pensar en cuanto tal y por tanto al filosofar.

Cuando en 1960 publiqué mi ensayo sobre “El proceso de la filosofía en Colombia” (Revista de la Universidad de Antioquia, Nro.143), preguntaba a los filósofos colombianos si se podía hablar de “filosofía colombiana” en el sentido de darse un auténtico, propio y distintivo filosofar que los distinga de otros pensadores precisamente por aquello que culturalmente los constituye como tales. La mayoría contestó que no se daba filosofar colombiano y, entre los encuestados que así opinaban, tuve la suerte de contar con la respuesta autógrafamente escrita por el mismo Fernando González. Esa misma respuesta me da motivo a iniciar esta sencilla exposición. Escribía así nuestro filósofo:

“Así, pues, Ud. (P. Vélez) sí halla escritores filosóficos colombianos, pero es una actividad sin patria, sin pueblo; anárquica, como anárquica es nuestra ‘república’; colonial, como colonias son estos países suramericanos. Filosofía, culto religioso, arte, etc., que unas veces son franceses; otras, alemanes; otras, anglosajones; ya rusos; ora, hindúes, según la moda que impere. ¿Pero algo vital, manifestación de un pueblo, de una gente? Nequaquam”.

En resumidas cuentas, para nuestro autor, si hay filósofos colombianos, su actividad, es decir, su filosofía es sin patria, porque no es vital. Por eso añade en seguida: “Esta ley de que todo tiene que estar vivo en uno para que pueda ser vivo en la manifestación, debe grabarse, vivirse muy bien, antes de que se principie a filosofar, a legislar...”.

Exigencia contundente que en Fernando tiene un altísimo grado, pues su pensar no sólo es colombiano, sino particularmente “antioqueño”. Su pensamiento refleja la conciencia de su pueblo, aquella intimidad que está latente, sin contaminación, en lo más genuino de nuestra raza. Siendo la cultura el modo de vivir colectivamente un grupo social, ella se manifiesta no sólo por costumbres, arte y legislación, sino sobre todo por su manera de pensar, juzgar y valorar. Lo llamamos filosofía de la vida, que como toda cultura, se caracteriza por la manera de enfrentar la vida. Platón o Aristóteles son tipos de filosofar griego, como Kant o Hegel lo son del filosofar alemán, y Descartes lo fue del francés.

Ahora bien, para que un filosofar sea gentilicio no es preciso que su contenido sea original e inédito. Los grandes temas de la filosofía han sido siempre los mismos: el pensar en sí, el ser en sí, el cosmos, el hombre y su obrar y la última causa de todo. Entonces, la peculiaridad del pensar no está en el contenido; ha de situarse en la manera de originar o iniciar el pensamiento mismo, la manera de enfocarlo o de exponerlo, de plantearse el problema y sobre todo de aplicarlo a la vida.

El filosofar de Fernando González no es sólo original, propio y espontáneo como quizás no se encuentre otro en el historial del pensamiento filosófico. Se nos muestra, por ello mismo, asistemático, o sea, en ruptura con los cánones rígidos del pensar académico; y ello, no por prurito de aparecer revolucionario o anárquico, sino porque su espíritu no se ciñe a los cauces preestablecidos en el pensar y expresar la propia intimidad, la que es tan personal y única, que no tolera la reduplicación y por lo mismo no se deja encasillar en normas de la anónima generalidad. Cada uno debe expresar su personalidad. Y precisamente porque Fernando González fue una recia y riquísima personalidad, cada sentencia descubre, sin nunca agotar, los filones de su espíritu.

El secreto y la raíz de esta misma asistematicidad está en la vitalidad existencial de su pensamiento; y ello no sólo porque es vivo, no es estereotipo o anquilosado en conceptos; pareciera que al reflejarse las ideas en su cabeza, como que se despliegan en surtidor de luces. Señalemos entre tantas tonalidades, cuatro que constituyen la identidad propia del pensamiento personal de Fernando, quien por ser tal, encarna los atributos del carácter antioqueño.

Lo primero que distingue su filosofar es la intransigencia por la verdad, por no mentir, por no aparentar ser otro, por no pretender ser otro, por no creerse lo que no se es. Hipocresía ésta tan duramente fustigada por nuestro filósofo y que le costó tantas incomprensiones por parte de aquellos filósofos que no viven lo que piensan. Cuando le pregunté si había filosofía en Colombia, respondió que no la había, porque los pretendidos filósofos colombianos no se desnudan, no se encaran consigo mismos. De ahí que su tarea de maestro ejercida en todas sus obras consiste en increpar inmisericordemente, desafiar y burlarse irónicamente del verbalismo, de la máscara, de la afectación o disimulo. Por eso me escribía: “En Los Negroides examiné dramáticamente, o sea, partiendo de mi personita, eso que se llama vanidad, mentira, estar poseído del demonio de querer ser otro, el complejo colonial etc.”. Es interesante observar que para nuestro filósofo esa hipocresía no se debe a sólo aparentar sino sobre todo a querer ser otro. Del complejo colonia, diremos algo más adelante.

Pero este pensar no se queda en lograr que cada individuo sea sincero consigo mismo. El maestro Fernando González fustiga especialmente la mentira cultural de Suramérica, equivalente para él a Latinoamérica. En su obra Mi Compadre  —nos escribe— “estudié toda la vanidad o mentira social de Suramérica”. Lo que prueba que este filosofar no es individualista sino cultural, es decir, piensa colectivamente en cuanto es mensaje a un pueblo y refleja su conciencia.

Sin alardes regionalistas y buscando la verdad, nos atrevemos a asegurar que la gente antioqueña se singulariza por su franqueza en el proceder y en el actuar; quizás esta sinceridad lleve al antioqueño a esa conducta o manera de ser y manifestarse tan espontánea, poco considerada y sin previas “poses”, que a algunos extraños molesta y juzgan como descortés y vulgar. Me atrevo a opinar que a la luz del pensamiento de Fernando González podemos apreciar su característico odio a la mentira, a las apariencias tan bien cotizadas en las sociedades que se autoprecian de cultas y urbanas, en contraposición de las “montañeras” toscas y francotas.

Un segundo atributo muy afín al anterior y que singulariza el pensar de Fernando González, es como él mismo lo define, “conocer y aceptarse”. “En Mi Simón Bolívar —nos dice— analicé eso que se llama egoencia, personalidad y sinceridad, aceptar humilde y orgullosamente lo que somos y buscar la universalidad por el camino que el Padre nos dio. Analicé qué es Suramérica y qué estrella brillante sería Suramérica si fuese originalmente aceptante de su cruz”. Así se compendia originalmente lo que hoy entiende la sicología por madurez de la personalidad y que aquí nuestro filosofo vincula con la anterior característica, la sinceridad. No se trata de simple aceptación pasiva y apocada ni tampoco de petulante supravaloración del yo. Sutilmente Fernando concilia los dos adverbios contrarios “humilde y orgullosamente”. Humildemente, porque es aceptarse por lo que se es; la humildad no es desvalorarse sino sopesarse en lo que se es. Orgullosamente, porque se busca el camino que el Padre nos dio y que precisamente es el de la Cruz.

Realmente asombra que un filósofo laico se haya anticipado por décadas al Concilio Vaticano II que revivió el Kerygma primitivo del cristianismo de asociar la Cruz con la gloria de la Resurrección. Se supera así aquel cristianismo que se quedaba llorando en el sepulcro y no pasaba al aleluya del domingo. Mensaje sublime que le da nuestro filósofo a América de aceptar, no servilmente sino con valentía de señor, el camino que se identifica con la cruz, de servir a los demás: paradoja del amor cristiano que nuestra gente de hoy no ha sabido comprender, y de lo cual el maestro Fernando le incrimina.

Más dramáticamente se amplía lo anterior en la obra El maestro de escuela —nos escribe él mismo— “examiné esa gran angustia y diabólica sublevación de querer ser otro y a un mismo tiempo eso divino que todos sentimos de ser grandes hombres incomprendidos”. En lenguaje cristiano, y si se quiere, “místico”, el querer ser otro angustia y es tentación diabólica, y lleva a esa paradoja que delata nuestra filiación divina de sentirnos ‘grandes hombres incomprendidos’ precisamente por no ser otros. Porque se trata de algo insólito, sería aquí muy pertinente explicar lo que significa teológicamente este pensar; pero ni las circunstancias de esta celebración ni el tiempo lo permiten. Por eso un simple lector de Cartas a Estanislao difícilmente comprenderá que en ellas, nos dice el maestro, “hice poemas a la orgullosa y divina aceptación de uno mismo y lancé diatribas contra la mentira que ha sido la humanidad en América”.

Hoy más que nunca parece que la voz de Fernando se alzara proféticamente para decirle a Antioquia que perdió su identidad, y por eso internacionalmente se ha convertido en “rey de burlas”. No supo conocerse y aceptarse como vivieron nuestros patriarcas montañeros.

La tercera característica del pensamiento de Fernando es ser libre. Al principio nos decía que para que un hombre o un conglomerado tuviera conciencia de lo que es, además de los dos pasos anteriores, debía cumplir la voluntad de Dios y realizarse en el mundo. Ahora bien, para poder realizarse es preciso ser libre. El que miente, el hipócrita, el que no se conoce ni se acepta, no puede ser libre y por tanto no puede realizarse. La hondura de esta concepción, nada común, sólo se mide cuando se comprende que libertad no es para nuestro filósofo la mera posibilidad de hacer o no hacer algo externo. “Entiendo por libertad humana —dice en El libro de los viajes o de las presencias— que somos posibilidad de nada o de dioses; y solos nacemos y morimos; un enfrentarse ante el Yo, la intimidad y la nada... Tu posición privilegiada consiste en que vives para crear en ti a Dios o a la Nada”. Y más adelante demuestra que hay mayor libertad cuando hay más intimidad.

También aquí nuestro filósofo intuye con pasmosa anticipación a los mejores y más recientes estudios de psicología, filosofía y teología, el concepto de libertad, y precisa, como pocos, el cometido de esa concepción: realizarse el hombre en su grandeza. Ni se piense que se queda en místicas y abstracciones impertinentes. Basta leer cómo comienza la vivencia de la libertad para alcanzar la concretez existencial de este pensar antioqueño.

Todo ese esfuerzo por lograr libertad, mediante autenticidad y aceptación de sí mismo, viene a culminar en “cumplir la voluntad de Dios impresa en uno y realizarse en el universo (concienciarse)”. Difícilmente en tan pocas palabras se puede condensar el quehacer del hombre formulado en cristiano. Y por ser tan original y profundo, este pensamiento ha sido mal interpretado como si se tratara de un moralismo. Nada más lejos del pensar de Fernando. La idea no es simple ni trivial. En el precioso tratado existencial sobre El remordimiento —son sus mismas palabras— “hay cosas muy nuevas acerca de este ángel acicate, y en el que descubrí que el remordimiento es el que nos lleva a nosotros mismos y por allí, al Paraíso, al Padre”. Ni más ni menos diríamos con la filosofía de la religión que la libertad es para conocernos en nuestra identidad conciencial y abrirnos al valor absoluto, sin el cual toda ética cae en un relativismo desconcertante.

No hay que hacer demasiados esfuerzos para mostrar que esta auténtica libertad ha sido al menos el ideal o meta del pueblo antioqueño. ¿Acaso las hazañas de Antioquia no se deben a esa obsesión por la libertad, tan unida a recia veracidad? Para Fernando, si no hay auténticos filósofos colombianos y con más razón antioqueños, es porque pertenecemos a un país “colonial”. Aquella tan proclamada “liberación” es calificada de inauténtica libertad, porque no es libertarse del tutelaje sino entregarse “como ansiosas rameras al imperialismo ruso”. Y añadía sentenciosamente: “El que es colonia por dentro concibe la libertad como cambio de amo”. Así pues, esta exigencia de libertad, tan central en el pensamiento de nuestro filósofo, es el distintivo que más enorgullece al antioqueño, que en su himno canta a la “libertad que perfuma las montañas de mi tierra”.

Finalmente, es característica del pensar del maestro una obligada referencia a la religión como viva relación con Dios, no con un Dios abstracto o conceptual. De ahí que adopte a veces el lenguaje de la negatividad de los místicos: “El Néant o Padre Nuestro no lo conocerás mentalmente, por conceptos, científicamente, porque no es átomo, ni electrón, ni núcleo, ni cuanto de energía. El Néant es NADA O PRESENCIA INFINITA, infinita posibilidad de mundos, creador de la nada (Libro de los viajes, 139). “Saber que soy nada y que soy voluntad de Dios, sin saber bien qué sea la voluntad de Dios. Saber que Dios no existe (es decir) no es objeto de mi ser, como los que existen. Pero es más vivo, más vivencia, que lo que existe. Es, pues, la Intimidad, que nadie ignora y a quien nadie ha visto” (Id. 184).

Donde se completa ese viaje de la libertad es en esta última y consumada obra Libro de los viajes o de las presencias. Aquí —me escribía él mismo— “expuse dramáticamente, dialécticamente, partiendo de mí y de mi Envigado, cómo se hace el viaje desde sus raíces, desde su yo hasta el Cristo y el Padre, y el Espíritu Santo... Este librito lo viví siguiendo a Cristo con mi cruz, es decir, con mi personalidad de envigadeño airado, lleno de amor y de remordimientos, y puedo decir por eso, por ser de Cristo, que allí se contiene mucho del Viaje, mucho del Camino y del modo apropiado de viajar”. Todas las anteriores características se sintetizan en esta última identificada con la cruz, con Cristo, con el viaje o camino, y que apunta hacia la Intimidad (con mayúscula), y todo porque además de ser lo más profundo de nosotros, es el mismo Dios, quien para San Agustín era “lo más íntimo de mi intimidad”. Intimidad ésta que para Fernando se identifica con la tragicidad de su ser, como hemos anotado.

Vivir en su dramaticidad esa religión tan personal y sincera compendia una existencia que se inició hace un siglo en Envigado “en una calle con caño” y que pervive en una filosofía que es modelo y a la vez reto para vivir sin mentira, aceptándose, realizándose libremente y cumpliendo la voluntad de Dios. Si Antioquia se ha distinguido por su sincera religiosidad, la vida y pensamiento de Fernando González es el más importante reflejo del alma antioqueña, que aunque parezca hoy tan enferma, se levantará al conjuro de prohombres como el maestro Fernando González.

Fuente:

Tomado de Fernando González visto por sí mismo. Medellín, Universidad Pontificia Bolivariana, 1995.

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