Corporación Otraparte

Presentación

En lo alto de un
barranco hay
un caminito

—Abril 21 de 2016—

“En lo alto de un barranco hay un caminito” de Frank David Bedoya Muñoz

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Frank David Bedoya Muñoz (Medellín, 1978) es historiador de la Universidad Nacional de Colombia y fundador de la Escuela Zaratustra. Fue formador político en la Empresa Socialista de Riego Río Tiznado en la República Bolivariana de Venezuela. Ha publicado “1815: Bolívar le escribe a Suramérica”, “Relatos de un intelectual malogrado” y “En lo alto de un barranco hay un caminito”, libro que reúne cinco relatos, un ensayo y dos conferencias sobre la vida y obra del Libertador Simón Bolívar.

Ediciones Zaratustra

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Este librito, como para llevarlo en el bolsillo, reúne una autobiografía velada, donde el autor se permitió, por primera vez, mezclar la ficción con la realidad. Estos relatos ya no son los de un “intelectual malogrado” sino los de un escritor sereno que pudo —con jovialidad— dar una mirada a sus fantasmas, para luego despedirlos con afecto, y para asegurarse de que no regresaran nunca más.

Las conferencias sobre Bolívar son el aporte más original del autor sobre el Libertador. Ya probadas en los auditorios, ahora esperan pasar la prueba de la lectura. Aspiran también a tener la armonía y la frescura de los relatos. El historiador quiere darle paso al literato.

Y termina con uno de los ensayos más sentidos, que fue el que dio impulso para la publicación de este libro: “Un mundo para Juliana”, la forma más lúcida y conmovedora para despedir el pasado y saludar un futuro donde los ojos de una niña son el amor.

Frank Bedoya

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Frank David Bedoya Muñoz

Frank David Bedoya Muñoz

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El niño que se hizo ateo
sin conocer a Nietzsche

Por Frank David Bedoya Muñoz

—Ven Juan, vámonos para el cuarto de atrás, aprovechemos que todos están ocupados, no se van a dar cuenta.

Sólo bastaron esas palabras pronunciadas por una chiquilla, que ni siquiera tenía lo senos aún bien formados, para que el pequeño Juan ingresara al mundo inmisericorde de la angustia.

—Dale— agregó la otra amiguita, con una mirada más lasciva.

Juan estaba preso del pánico, pero a la vez su cuerpo enclenque estaba estremecido por la excitación. Dos muchachitas —ninguna de las dos tendría aún los quince años cumplidos— estaban poniendo contra la pared al inofensivo Juan, que de hecho era ya un adolescente bastante nervioso.

Juan no era del todo inocente, ya sabía perfectamente a qué lo estaban invitando; lo sabía muy bien porque días atrás una vecina —esa sí mucho mayor, con sus carnes más tensas y mejor formadas—, lo había iniciado en los recovecos del placer, cuando en un día solitario aprovechó para enseñarle a Juan a jugar a los «esposos que hacían el amor todas las noches».

En esta ocasión Juan no aceptó la nueva propuesta de sus amigas, no porque no quisiera hacerlo, sino porque lo asaltó un terror inmenso. Los adultos estaban, efectivamente, ocupados, pero no en cualquier ocupación: en el momento en que esas chiquillas endemoniadas lo invitaban a experimentar nuevos placeres, los «grandes» estaban rezando el rosario en la sala de la casa. Juan, que por ese entonces realizaba el cursillo para recibir la primera comunión, sintió que en esas circunstancias el pecado sería mortal. Otra cosa muy distinta sería si estuvieran ocupados en otros menesteres menos sagrados. Por más que lo quisiera —¡y vaya que sí lo estaba deseando! —, dijo que no. Sudó gotas frías al mismo tiempo que se negaba, y después salió huyendo de tremenda tentación, con su cuerpecito anhelante lleno de temblor.

Para aquellos días, Juan tenía que aprenderse de memoria el credo y hacer su confesión para su primera comunión. El credo no se lo aprendió, no porque tuviera mala memoria, sino porque desde la noche en que rechazó a sus amigas no había dejado de pensar en esa oportunidad que desperdició. Su mente era un caos; a ratos pensaba que había hecho lo adecuado y tenía su «conciencia» tranquila y salvaguardada, pero la mayoría de las veces lo asaltaba un pensamiento más insistente, su mente no paraba de imaginar todo lo que hubiese podido pasar esa noche y todo el placer que hubiese podido obtener. De esta manera Juan Cadavid, con tan sólo once años de existencia, ya se debatía entre los problemas más acuciosos del bien y del mal.

Llegó el día de la confesión y como era de esperarse Juan olvidó la última parte del bendito credo, luego pasó a la enumeración de sus pecados y esto fue lo único que se le ocurrió: «Padre he peleado mucho con mis hermanitos y un día fui muy grosero con mi mamá». Lo de sus pensamientos lascivos lo dejó para sí. El sacerdote de la forma más mecánica y lánguida le impuso al muchachito la penitencia de rezar dos padre nuestros, tres ave marías y lo despachó. Juan ese día intuyó la tontería de ese sacramento y, defraudado, se marchó.

Pensó mucho en que la vaina no pasaba por el cura sino directamente por Dios. Seguramente él sí se hubiera dado cuenta si Juan hubiera cometido el sacrilegio de tremendo pecado mientras los demás estaban rezando.

Así seguía Juan todos los días con estas cuestiones «teológicas» en su cabeza, seguía al mismo tiempo con su máquina de pensamientos lujuriosos por lo que no había sucedido y cada vez más con un mayor arrepentimiento por desaprovechar tal oportunidad. Juan no tenía sosiego, parecía quieto pero su mente no paraba de cavilar.

Un día se volvió a tropezar con una de las chicas y a Juan le sucedió algo peor. Ella lo miró ahora no con lascivia sino con desdén. Le lanzó —o por lo menos esto fue lo que Juan creyó— una mirada de pesar y de vergüenza que decía, «este niño fue un cobarde y un incapaz». Lo vio como quien no quiere ver, como cuando las niñas ven a otros niños de su misma edad con cierta repugnancia. Ahí sí Juan perdió la poca tranquilidad que le quedaba, ahora además su ego estaba malherido, el arrepentimiento aumentó. Juan, que no era un niño grosero, esta vez sí pensó: «¿Cual pecador? Yo lo que soy es un güevón».

Pasaron los días, pasó la comunión y Juan siguió con sus soliloquios interminables. Y llegó a una conclusión decisiva para su vida: «Ese día hubiera aprovechado la invitación, Dios no se hubiera dado cuenta porque Dios no puede estar en todas partes a la vez… Es imposible que al mismo tiempo nos esté mirando a todos». Así razonó Juan. Un día en que la iglesia estaba vacía Juan se sentó por un largo tiempo —horas quizá— frente a una inmensa cruz. Miraba y miraba al Cristo crucificado, esperando que pasara algo, pero nada pasó nunca. Juan se sintió engañado, frente a ese muñeco gigante de yeso pensó: «Si Dios no puede estar en todas partes es porque a lo mejor no está en ninguna».

Sin darse cuenta de lo mucho que este pensamiento lo había liberado, poco a poco se desligó de ese sentimiento de culpa que tanto lo había atormentado.

Por esos días tomó la costumbre de salir a caminar. A la iglesia nunca más volvió.

«¡Que se me aparecieran las muchachas!», así siempre iba pensando Juan.

Fuente:

Bedoya Muñoz, Frank David. En lo alto de un barranco hay un caminito. Ediciones Zaratustra, Medellín, 2016.

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