Corporación Otraparte

Presentación

El peso de la palabra

Abril 28 de 2009

El peso de la palabra - Amalia Quevedo

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Amalia Quevedo, de familia antioqueña, estudió filosofía y letras en la Universidad de Navarra, España, y se doctoró en esa misma universidad en 1987. Es autora de siete libros. Los dos primeros son monografías especializadas: “Ens per accidens. Contingencia y determinación en Aristóteles” (1989) y “La privación según Aristóteles” (1998); “De Foucault a Derrida” (2001) es un manual de historia de la filosofía; “Amor de Madre” (2003) es un ‘via crucis’ mariano; y los últimos son ensayos filosófico-literarios: “En el último instante. La lectura contemporánea del sacrificio de Abraham” (2006) y “Mendigos ayer y hoy” (2007). Es becaria de la Fundación Alexander von Humboldt en la Universidad de Münster (Alemania), y ‘Visiting Scholar’ en Boston University (USA) y en el Istituto Trentino di Cultura. Amante de la literatura, la música, la pintura y los idiomas, actualmente es profesora en la Universidad de La Sabana (Chía). “El peso de la palabra” (2008) obtuvo el IV Premio Hispanoamericano René Uribe Ferrer que otorga la Universidad Pontificia Bolivariana.

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El peso de la palabra - Amalia Quevedo

“Las palabras son al mismo tiempo nuestras mejores aliadas y nuestras enemigas íntimas. Dóciles y a la par huidizas, frágiles e inquebrantables a la vez, de contornos precisos pero de sustancia vaga. Sólidas, resistentes a la erosión, y sin embargo fugaces y ligeras. Fieles y a la vez traidoras, densas y no obstante vaporosas, desparramadas en innumerables connotaciones, delicuescentes, casi irreales. Portadora de sentido, la palabra a su vez nos arrastra, nos derriba, nos subyuga. El peso, la densidad de la palabra, bien puede llegar a ser más grave que el de la nuda cosa”.

Amalia Quevedo

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El fértil humus
de la soledad

—Capítulo 6—

Soñar es un quehacer solitario. El hombre muere y sueña en soledad. Artistas y pensadores de todos los tiempos han encomiado a esta vieja e insobornable aliada, tan amable cuando se la busca y desea, tan repelente cuando no se quiere estar con ella.

A lo largo de la vida inventamos numerosos recursos para burlar la soledad; pero la muerte llega sin falta, y con ella la experiencia de una soledad insoslayable. “Soledad... —exclama Marguerite Yourcenar—. Yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, no amo como ellos aman... Moriré como ellos mueren” (1).

Gómez Dávila se prodiga en alabanzas de la soledad. “Lo que nos enclaustra nos ofrece la posibilidad de ennoblecernos. Aun cuando sea un simple aguacero” (2).

La soledad interesa al pensador, al escritor o al artista en general, mas no por sí misma. “En su extrema soledad el hombre percibe nuevamente el roce de alas inmortales” (3), declara Gómez Dávila. La soledad es tan sólo el clima en el que pueden germinar la inspiración, la reflexión y el auténtico diálogo. Nietzsche insiste en que interlocutor no puede haber más de uno a la vez. Para el filósofo alemán no hay verdadera conversación entre tres o más personas; la tercera anula el diálogo y lo convierte en parloteo banal. Hablar, dialogar de verdad sólo es posible entre dos.

También el místico ama la soledad, que percibe como condición del encuentro íntimo con Dios. La soledad que facilita el diálogo, la auténtica conversación, es la soledad selectiva que prescinde de todo lo demás para quedarse cara a cara con un solo interlocutor privilegiado. Esta soledad selectiva va desde la soledad silenciosa en la que el hombre se sume en sus propios pensamientos y reflexiones, sin otro interlocutor que él mismo en su soliloquio callado, hasta las conversaciones sin fronteras que sostenemos con aquellos que ya no viven. Esta última soledad, no menos silenciosa que aquélla, suele estar mediada por una especie de testigo singular: el libro.

“Soy un gran lector —escribía en 1889 el pintor Paul Gauguin—; no porque esto me instruya —mi cerebro repele la instrucción—, sino porque en mi soledad,

O beata solitudo!
O sola beatitudo!

Como dice san Bernardo, la lectura me hace entrar en comunión con los demás, sin estar mezclado con la masa de la que siempre he tenido miedo” (4).

Tener un libro entre las manos es mucho más que tener un libro entre las manos. “Alguna vez —confiesa Borges— pensé que mi destino de mero lector era pobre; ahora, a los setenta años, he dado en sospechar que haber leído y releído la Balada de Maldom, es quizás una experiencia no menos vívida y valiosa que la de haber batallado en Maldom” (5). Pero la lectura no sólo amplía nuestra experiencia, no sólo nos hace vivir otras vidas, otras suertes, otros lugares y otras épocas. La lectura nos proporciona, sin limitación de espacio y de tiempo, nuevos e insospechados interlocutores.

“El hombre no se comunica con otro hombre sino cuando el uno escribe en su soledad y el otro lo lee en la suya. Las conversaciones —concluye Gómez Dávila en sintonía con Nietzsche— son o diversión, o estafa, o esgrima” (6). Pero hay aun más: a través de la lectura no sólo hago mías experiencias y vivencias ajenas; no sólo —como dice Quevedo— “escucho con mis ojos a los muertos”. A través de la lectura salgo de mí y me convierto en cierta forma en el otro que desde su escrito me interpela. “El lector —sostiene Borges— es de algún modo el poeta. Yo escribí hace mucho tiempo que cuando leemos a Shakespeare, somos, siquiera momentáneamente, Shakespeare” (7).

Gómez Dávila viene a decir lo mismo, con otras palabras, y además con criterio restrictivo, pues esto valdría tan sólo para los auténticos escritores, no para aquéllos que fabrica hoy la demanda del mercado: “Verdadero escritor no es el que nos perora con voz exótica de comensal pintoresco en un encuentro casual, sino el que nos interpela con la voz misma con que nos hablamos en nuestra soledad” (8).

Se suele estigmatizar la soberbia de los escritores. Filósofos contemporáneos como Foucault o Derrida han reflexionado sobre ella. A mí se me antojan los nuevos sacerdotes de una cultura laica, desprovista de sacrificios y limpia de todo rito. A este paradigmático orgullo se opone Borges cuando, con una sinceridad emparentada con la belleza, exclama:

“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído.
No habré sido un filólogo, (...)
pero a lo largo de mis años he profesado
la pasión del lenguaje.
Mis noches están llenas de Virgilio;
haber sabido y haber olvidado el latín
es una posesión, porque el olvido
es una de las formas de la memoria, su vago sótano,
la otra cara secreta de la moneda” (9).

Borges, uno de los más grandes escritores de todas las épocas y de todas las lenguas, no duda en afirmar: “La poesía no es menos misteriosa que los otros elementos del orbe. Tal o cual verso afortunado no puede envanecernos, porque es don del Azar o del Espíritu; sólo los errores son nuestros” (10). Acoger nuevamente el azar y el misterio, en el universo geométrico y aséptico que nos había legado la modernidad, es una de las virtudes de la época que nos ha tocado vivir. Tanto Borges como Gómez Dávila son acérrimos defensores de estas dimensiones de lo real que la razón ilustrada había desconocido primero y exiliado después.

Al dar cabida de nuevo al azar y al misterio, se despoja de sus falsos velos a la gloria. “En todo éxito hay siempre un equívoco”, no duda en afirmar Borges (11). Y es que, como suele decir el filósofo español Leonardo Polo, todo éxito es prematuro. Según Rilke, “la gloria no es sino el compendio de todos los malentendidos que se forjan en torno a un nuevo nombre” (12). Es notable que, en todos estos detractores de la gloria, reconozcamos precisamente a hombres célebres. Son ellos los únicos que verdaderamente saben lo que es la gloria, sin dejarse engañar por vanos espejismos. “La gloria —corrobora Borges— es una incomprensión y quizá la peor” (13). “Tan sólo una gloria injustamente adquirida es cosa más vana que una gloria adquirida justamente”, confirma Gómez Dávila (14).

Azaroso y equívoco, el tema de la gloria evoca de nuevo el de la soledad: “La gloria, para el artista auténtico, no es un ruido de alabanzas, sino el silencio terrible del instante en que creyó acertar” (15). Así se quejaba Gauguin en carta a un amigo: “Creo que sobre mí ya se ha dicho todo lo que debía decirse y todo lo que no debía decirse. Ahora deseo solamente el silencio, el silencio y sólo el silencio. Que me dejen morir tranquilo, olvidado, y si tengo que vivir, que me dejen todavía más tranquilo y olvidado” (16).

La soledad tiene, en la vida del filósofo y del artista, una clara función propedéutica. La soledad filtra, protege y anida la frágil idea naciente. Es ante todo de lo inmediato y contemporáneo de lo que la soledad defiende al hombre: de los demás hombres, los sucesos, las ideas y las palabras de su tiempo, ávidos de devorar o ahogar los de otros momentos. Esto explica el desprecio que estos amantes de la soledad, desde Nietzsche hasta Borges, pasando por Rilke, sienten por los periódicos. “Has de saber que no leo ningún periódico”, escribía Rilke desde París, en 1914” (17). Borges es aun más radical cuando asegura: “Yo no he leído un periódico en toda mi vida. De las cosas realmente importantes uno se entera de igual modo” (18). Por su parte, Gómez Dávila justifica así este desprecio compartido: “El periódico recoge la basura del día anterior para desayunarnos con ella” (19).

Con todo, no hay que dejar de reconocer que hay algo terrible en la soledad. No sólo en la soledad indeseada, sino también en esta otra, libremente querida por los que la tienen en mucho e incluso la cultivan. Lo terrible que la soledad alberga en su interior es esa fuerza y ese sentido de misión que lleva aparejados. La soledad aparece entonces como una suerte de ineludible vocación que bien traducen estos interrogantes de Gómez Dávila: “¿Quién no compadece el dolor del que se siente repudiado?, ¿pero quién medita sobre la angustia del que se teme elegido?” (20).

En sus Cartas a un joven poeta, Rilke vuelve una y otra vez sobre la importancia que reviste, para el escritor en particular y para el artista en general, la soledad. “Lo que se necesita es sólo esto: soledad, gran soledad interior. Entrar en sí y no encontrarse con nadie durante horas y horas, eso es lo que se debe poder alcanzar. Estar solo, como se estaba solo de niño, cuando los mayores andaban por ahí, enredados con cosas que parecían importantes y grandes, porque los mayores parecían tan ocupados y porque no se entendía nada de lo que hacían. Y si un día se comprende que su atareamiento es mezquino, sus oficios petrificados y ya sin relación con la vida, ¿por qué entonces no seguir mirándolo igual que un niño, como una cosa extraña, desde lo hondo del mundo propio, desde la distancia de la propia soledad, que es ella misma trabajo, rango y oficio? ¿Por qué querer intercambiar el sabio no-comprender de un niño por lucha y desprecio, cuando, sin embargo, el no-comprender es soledad y, en cambio, la lucha y el desprecio son participación en aquello de lo que uno quiere separarse con esos mismos medios?” (21).

En Rilke —como en todos los artistas—, la soledad, lejos de ser un estado pasivo, un mal tolerado o en el mejor de los casos buscado, llega a ser verdadero “trabajo, rango y oficio”. Y si a los hombres se los conoce y define precisamente por su trabajo, rango y oficio, el poeta Rainer Maria Rilke, en su testamento, no duda en definirse a sí mismo en relación con la soledad, cuando escribe: “Mi soledad, esta máxima peculiaridad de mi existencia” (22). También Pessoa, en un poema de Alberto Caeiro, trueca su soledad en “trabajo, rango y oficio”:

“No tengo ambiciones ni deseos.
Ser poeta no es una ambición mía.
Es mi manera de estar solo” (23).

La soledad nos sustrae de los afanes de nuestro tiempo, pero no para convertirnos en seres aislados y extraños, sino para hacernos capaces de escuchar el callado rumor de las cosas venideras. Sólo el solitario percibe el pulso profundo de las cosas, ese latir íntimo que el fragor del presente ahoga con su denodado estruendo.

“Todo lo que quizá sea posible algún día para muchos, el solitario ya puede prepararlo y construirlo con sus manos, que yerran menos —escribía Rilke en 1903—. Por eso, querido amigo, ame su soledad, y aguante el dolor que le causa, con queja de hermoso son. Pues los que están cerca de usted, están lejos, dice usted, y eso muestra que ya empieza a hacerse una lejanía en torno suyo. Y si su cercanía está lejos, entonces su espacio ya está bajo las estrellas y es muy grande; alégrese de su crecimiento, en el que no podría hacer tomar parte a nadie, y sea bondadoso con los que se quedan atrás, y esté seguro y tranquilo ante ellos, sin atormentarse con las dudas, y sin asustarlos con su confianza, ni con la alegría que ellos no podrían comprender” (24).

La soledad es siempre una moneda de dos caras. El poeta portugués Fernando Pessoa descubre en el anverso de la soledad la libertad anhelada, y en su reverso la temida tristeza:

“Y si siento cuánto estoy
verdaderamente solo,
me siento libre pero triste.
Voy libre adonde voy,
mas donde voy nada existe” (25).

La soledad, más que como una falta de compañía, es entendida por Rilke como el estado último y fundamental, insoslayable, del hombre en esta tierra. “Y si volvemos a hablar de la soledad, resulta cada vez más claro que en el fondo no es nada que se pueda elegir o dejar. Estamos solos. Se puede uno equivocar sobre esto, y hacer como si no fuera así. Eso es todo” (26). Estamos, pues, irremediablemente solos. Por encima de cierta instrumentalización de la soledad al servicio del arte, insiste Rilke, “ese estar solo en el que me he justificado desde hace veinte años, no debe convertirse en una excepción, en unas ‘vacaciones’ que debería pedir a una dicha que vela sobre mí, en medio de múltiples justificaciones. Debo vivir sin fronteras dentro de dicha soledad. No debe dejar de ser la conciencia profunda y básica a la que puedo regresar siempre, no con el designio de arrancarle ahora, rápidamente, un determinado beneficio, ni con la esperanza de que me sea necesariamente fecunda; sino de un modo espontáneo, no acentuado, inocente: como al lugar al que pertenezco” (27).

Quizás la clave esté en este sentido de pertenencia. Todos estamos abocados a la soledad y en cierta forma nos hallamos anclados en ella. Pero sólo quienes asumen consciente y libremente este destino y saben encontrarse a sí mismos dentro de su soledad, son capaces de transformar su infertilidad aparente en el humus fecundo donde nace y madura la obra del pensamiento o del arte. “Las obras de arte —observa Rilke— son de una infinita soledad” (28). Así lo explica Gómez Dávila: “Sólo el arte nos revela la personalidad auténtica, porque sólo el arte nos entrega la soledad de la persona” (29).

La soledad es mucho más que un simple estado exterior; ella tiene una ardua tarea que cumplir respecto al yo. Para Montaigne resulta claro que “no basta apartarse del pueblo, no basta cambiar de sitio; es preciso apartarse de nuestro modo popular de ser, es necesario esconderse y reencontrarse a sí mismo” (30). Gauguin expresaba esta misma necesidad cuando, en 1889, le escribía al pintor Émile Bernard: “Espero que este invierno pueda ver a un Gauguin casi nuevo; digo casi porque todo está relacionado y no pretendo inventar nada nuevo. Lo que deseo es un rincón de mí mismo todavía desconocido” (31).

Sin riqueza interior no es posible amar la soledad. Según Gómez Dávila, “la soledad es insufrible si el solitario no adhiere a evidencias trascendentes. Cuando la verdad muere, el hombre anestesia su angustia con el hedor de la muchedumbre humana” (32). Sin embargo, tan nocivo es no querer recibir nada de la soledad y huir de ella, como aferrarla en un intento crispado por arrebatarle sus dones.

El escritor austriaco Thomas Bernhard ha estigmatizado con ironía y acierto la actitud del hombre de ciencia, de arte o de letras, que se aísla creando en torno a sí una soledad artificial que supuestamente le permita concebir la idea que ha de otorgarle un lugar en los anales de la historia. La estrategia es siempre fructífera; pero su fruto equívoco suele ser el tedio: el vacío, el aburrimiento, la apatía, la esterilidad más completa.

La soledad es un bien frágil. No sólo porque se encuentra permanentemente amenazada, sino porque se adultera con facilidad. Tanto el que huye atemorizado de ella para sumergirse en el fragor del mundo, como el que la absolutiza al buscarla en forma artificiosa, desembocan en el mismo estéril lodazal. La auténtica soledad, la soledad fecunda, contra la cual, “no recrimina la inteligencia sino la vanidad” (33), nada tiene que ver con la pasividad ni el aburrimiento. “Tedio —en palabras de Gómez Dávila— es el antónimo de soledad” (34).

Ahora bien, por debajo del aparente silencio que cobija a esta soledad, bajo su innegable apariencia de calma, resuena y tiembla el fragor de la batalla. La soledad fecunda se enraíza en la lucha y la confrontación. Gómez Dávila lo sabe cuando escribe que “nuestra verdad sólo alcanza su plena autenticidad en la soledad de nuestro pensamiento, porque allí la duda corroe y ablanda la dureza de sus contornos” (35). La soledad auténtica, tan alejada del tedio y de la calma chicha, es un continuo bullir interior. Plagiando a Kierkegaard, quien a su vez copia a Saulo de Tarso, podemos decir que las entrañas de esta soledad verdadera están hechas de “temor y temblor”. Ésta es la razón por la cual la soledad auténtica tiene tanta fuerza y exige a su vez tanta fortaleza de parte del que secretamente pacta con ella. “En una soledad silenciosa —ratifica Gómez Dávila— sólo fructifica el alma capaz de vencer en las más públicas lides. El débil pide estruendo” (36).

¡Cómo no evocar aquí aquel desahogo de Zaratustra!: “Durante demasiado tiempo anhelé la lejanía y miré hacia ella. Durante demasiado tiempo pertenecí a la soledad: fue así como olvidé el callar” (37).

Notas:

(1) Marguerite YOURCENAR, Feux, Gallimard, 1974, 30. (La traducción es mía).
(2) Nicolás GÓMEZ DÁVILA, Nuevos Escolios a un texto implícito, II, 142.
(3) Nicolás GÓMEZ DÁVILA, Escolios a un texto implícito, I, 259.
(4) Paul GAUGUIN, Carta a André Fontainas, Tahití, agosto de 1889. 
(5) Esteban PEICOVICH, Borges, el palabrista, 201.
(6) Nicolás GÓMEZ DÁVILA, Nuevos Escolios a un texto implícito, II, 88.
(7) Jorge Luis BORGES, Diálogos, 193.
(8) Nicolás GÓMEZ DÁVILA, Escolios a un texto implícito, I, 464. 
(9) Jorge Luis BORGES, Un lector, en Elogio de la sombra.
(10) Jorge Luis BORGES, Prólogo a Elogio de la sombra, Buenos Aires, 24 de junio de 1969.
(11) Esteban PEICOVICH, Borges, el palabrista, 78.
(12) Rainer Maria RILKE, Auguste Rodin, Leipzig, 1930, 7.
(13) Jorge Luis Borges, Pierre Menard, autor del Quijote. 
(14) Nicolás GÓMEZ DÁVILA, Notas, 82.
(15) Nicolás GÓMEZ DÁVILA, Escolios a un texto implícito, II, 317.
(16) Carta a Montfreid, Tahití, noviembre de 1897. 
(17) Reiner Maria RILKE, Cartas a Benvenuta, 13 de febrero de 1914.
(18) Esteban PEICOVICH, Borges, el palabrista, 118.
(19) Nicolás GÓMEZ DÁVILA, Nuevos Escolios a un texto implícito, I, 9.
(20) Nicolás GÓMEZ DÁVILA, Escolios a un texto implícito, I, 107.
(21) Rainer Maria RILKE, Cartas a un joven poeta, Roma, 23 de diciembre de 1903.
(22) Rainer Maria RILKE, El testamento, Alianza tres, Madrid, 1985, 97. 
(23) Fernando PESSOA, Obra poética, Poemas de Alberto Caeiro, Ediciones 29, Barcelona, 1990. 
(24) Rainer Maria RILKE, Cartas a un joven poeta, Worpswede (Bremen), 16 de julio de 1903. 
(25) Fernando PESSOA, Cuando estoy solo reconozco.
(26) Rainer Maria RILKE, Cartas a un joven poeta, Borgeby Gard, Suecia, 12 de agosto de 1904. 
(27) Rainer Maria RILKE, El testamento, 113.
(28) Rainer Maria RILKE, Cartas a un joven poeta, Viareggio (por Pisa, Italia), 23 de abril de 1903. 
(29) Nicolás GÓMEZ DÁVILA, Escolios a un texto implícito, II, 401.
(30) Michel de MONTAIGNE, Ensayos. De la soledad.
(31) Paul GAUGUIN, Carta a Emile Bernard, agosto de 1889. 
(32) Nicolás GÓMEZ DÁVILA, Escolios a un texto implícito, I, 264.
(33) Nicolás GÓMEZ DÁVILA, Escolios a un texto implícito, II, 428.
(34) Nicolás GÓMEZ DÁVILA, Escolios a un texto implícito, II, 213. 
(35) Nicolás GÓMEZ DÁVILA, Escolios a un texto implícito, I, 286.
(36) Nicolás GÓMEZ DÁVILA, Escolios a un texto implícito, I, 247.
(37) Friedrich NIETZSCHE, Así habló Zaratustra, II, El niño y el espejo.

Fuente:

Quevedo, Amalia. El peso de la palabra. Universidad Pontificia Bolivariana, IV Premio Hispanoamericano René Uribe Ferrer, Medellín, 2008.

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