Corporación Otraparte

Presentación

Amores de Tedio

Marzo 18 de 2010

"Amores de Tedio" de Gustavo Gómez Vélez

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Gustavo Gómez Vélez (Itagüí, 1966). Actor y escritor. Realizó estudios de teatro y literatura en la Universidad de Antioquia. Ha sido colaborador de periódicos y revistas culturales y literarias a escala nacional e internacional. Como actor ha participado en las obras “Sueño de una noche de verano”, “Pluf el fantasmita”, “Homo dramáticus”, “Pareja abierta”, “La naranja mecánica”. Se desempeñó como docente en artes escénicas y literatura en la Casa de la Cultura de Envigado entre 1992 y 1996. Coordinó el programa radial “Cuentos y relatos del mundo” en la emisora Diners de Medellín. Suplente Residencias Artísticas Colombia - México, Área de Literatura, 2000, Ministerio de Cultura de Colombia. Jurado del Concurso de Cuenteros “Entre flores y cuentos” de la Alcaldía de Medellín (2005). Moderador de la Mesa Nuevos Lenguajes Urbanos con los escritores Pablo Simonetti (Chile), Marcelo Birmajer, Guillermo Martínez (Argentina), Juan Carlos Botero y Fernando Quiroz (Colombia), durante el Encuentro de la Lengua organizado por la Alcaldía de Medellín y Editorial Planeta (2007). Jurado del Premio Nacional de Poesía Ciro Mendía (Caldas, Antioquia, 2008).

Ha publicado, entre otros: “Los amoríos de Silvana Blert y otros cuentos” (Tercer Mundo, 1997), “Obligaciones domésticas” en la Antología de Cuento Colombiano “Veinte asedios al amor y a la muerte” (Ministerio de Cultura, 1998), “La creación en la zozobra y la zozobra de la creación”, ponencia publicada por la Secretaria de Educación de la Gobernación de Antioquia (1998), “Usted no tiene quién me quiera” (relatos, Fondo Editorial Ateneo y Secretaría de Educación Municipio de Itagüí, 2000). Actualmente se desempeña como coordinador del Área de Fomento Cultural de la Biblioteca Diego Echavarría Misas de Itagüí. “Amores de Tedio” es su primera novela publicada.

Lectura en vivo por
la actriz Vicky Salazar

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Amores de Tedio

Capítulo 1
Riesgos de picar el ojo

Por Gustavo Gómez Vélez

Conquistar requiere de mucho esfuerzo, de sacrificios, de inversión. Colón lo sabe y mi vecina también. Esta mañana he vuelto a encontrármela, esta vez con la mirada, porque vivo en el cuarto piso y ella va del primero hacia el supermercado de la esquina. Es sólo una visión de un posible amor que ya va dando sus frutos. Lo digo porque todavía no ha dado ninguno. El otro día me preparé para abordarla en el momento en que viniera de su trabajo; tenía la hora conquistada, sólo la hora. De mucho ir y venir descubrí que llegaba a las ocho. Así que me paré en el súper de la esquina, presto a abordarla, pues no tenía idea de cómo se llamaba. Debo aclarar que mi vecina llevaba poco tiempo en haberse mudado al barrio, de modo que las pistas sobre su persona eran mínimas, no así las de su figura, que sí eran máximas. Debió ser por eso que me paré en la esquina a pensar en cómo iba a abordarla. ¿Qué pretexto iba a inventarme sin parecer cursi? Porque como ustedes saben, ser cursi es lo más fácil que hay. Y si no díganme, qué es eso de decirle a una mujer que va por la calle: “Preciosa, la acompaño”. Y ella se queda mirándote con sus pestañas encrespadas y la punta del tacón lista: “Y a usted quién le dijo que necesitaba compañía, ¡estúpido!”. Y claro, van a decirme que no era para tanto lo del estúpido, pero cuando el estúpido es uno, ya sabrán. También hay mujeres que no te aplanchan de una vez. Cuando tú le dices: “Oiga, preciosura, qué ojos tan bellos”. Esta vez te responde: “¿Bellos? ¿Y cómo lo sabe si llevo lentes de contacto?”. Entonces sientes que han vuelto a decirte estúpido.

Y si no vean, ya me desvié del tema. Ustedes saben, ¿cierto? El tema, el asunto de mi vecina. Veo que ustedes no son como yo cuando de conquistar se trata. Lo que ocurre es que a veces soy orgullosamente tímido. Sí, aunque no me crean. Soy un tímido convencido.

Verán. Un día iba en el metro al centro de la ciudad en busca de un detalle para mi vecina; un farol de mesa, un arreglo con flores resecas, o una versión ilustrada de la Metamorfosis de Kafka. Miraba despreocupadamente el paisaje que circulaba ante mis ojos, cosa difícil si se tiene en cuenta que para ver el paisaje a tan alta velocidad se necesita tener un ojo fotográfico; lo de fotográfico se refiere a obturar el párpado, cerrar el ojo en un instante, picarlo como dicen otros, o matar el ojo. Yo tengo esa costumbre —no la de matar el ojo—, de ver el paisaje en esa fracción de segundo que permite la velocidad de un metro en marcha. De modo que obturo el ojo para dejar esa imagen instantánea en mi mente; de un árbol, de un peatón que está parado en la acera, pero cuando obturo el ojo, me convierto en conquistador sin darme cuenta. Porque cuando quería cerrar el párpado para ejercitarme en sentirme cámara digital, resulta que capturo el rostro de la mujer que va sentada justo en la silla del frente, bajo la ventana del metro por la que yo quería capturar la imagen del peatón, y al bajar el párpado, en ese instante infinitesimal, la mujer que está mirando ve mí ojo cerrado. Me sonríe y yo me quedo mirándola, ahora sí, haciendo un gran esfuerzo para que el párpado no se me caiga de nuevo, como atontado, queriendo decirle que no era a ella a quien yo le había picado el ojo, pero en esas vuelve a sonreírme. El metro para en la estación siguiente. Yo no tenía que bajarme aún, y ella tampoco. Veo que va cargada de paquetes, aunque esa no es la expresión correcta, pues ella no iba cargando los paquetes, estaban junto a sus pies. Sus pies. ¡Qué pies! Pies de águila imperial... por las uñas. En fin que ella no iba cargada de paquetes. El tren continuó la marcha y yo debería bajarme en la próxima estación. No quise seguir ejercitando aquello de capturar imágenes a través de la ventana. Bueno, pero iba en que llegando a la estación, me preparé para bajarme, porque a veces uno tiende a dormirse, que no es mi caso, y es sacudido por la señora que asea los vagones en la estación terminal. El metro se detiene, veo que la mujer debe recoger sus paquetes, uno, dos, falta el tercero; ella tiene sólo dos manos, y me mira. Ya me verán ustedes cargando el tercer paquete, ayudándole con el segundo; yo también tengo dos manos como pueden imaginar, bajamos a la estación, y ella me dice, “Gracias, es usted muy amable”. No sé qué responder, ya les dije, soy un tímido orgulloso. Pero como los paquetes son pesados para la dama, le pregunto: ¿Tiene que ir muy lejos? Las mujeres que desde antes nos han adivinado el pensamiento, me dice: “En verdad no, sólo a dos cuadras de aquí. No sabe cuánto le agradezco. Normalmente es mi hijo de trece años que viene a hacer las compras conmigo, pero hoy le ha tocado ir a sus clases de karate”. Dicho esto ya habíamos caminado una cuadra. Luego la otra, nos detenemos frente a la puerta de su casa. Descarga el paquete en la acera y saca las llaves. Lo correcto es uno acomodarle los paquetes a una dama en el umbral de la puerta y despedirse con amabilidad. Le acomodo el paquete uno, luego el dos y me dice: “Me da pena con usted. Me llamo Rosaura, ¿le gustaría tomarse un café?, de algún modo tengo que agradecerle”. Entrados los paquetes hasta el umbral, no es de mal gusto adentrarlos hasta la cocina. Sentado en la sala, escucho el vapor de la cafetera y el olor inconfundible, tras el cual aparece ella con un pocillo marcado café de Colombia: “No me ha dicho como se llama”. Tedio Bautista, digo sorbiendo el amarguito. “¿Está bueno?”, pregunta. Delicioso, delicioso. “¿Ya me había visto?” pregunta, y pienso en que lo mejor es no mentir, decirle que lo de la matada de ojo tenía que ver con un ejercicio mío que hago para capturar imágenes en fracciones de segundo, pero creo que ella no iba a entenderlo... “Porque yo también lo había visto desde que se montó al metro. Me gusta su nombre. Le sienta muy bien con la mirada”. Me di cuenta a qué se refería, porque en eso las mujeres son sutiles, ella no dijo: “me ha guiñado usted el ojo”.

“Si tiene prisa, no se preocupe, mi marido está de viaje, maneja una tracto mula”. Absurdo. No le digo eso a ella. Es absurdo que si tengo prisa, ¿qué tiene que ver que su marido esté de viaje? Claro, soy estúpido, pero no crean. Entendí el mensaje. Ella me recibe el pocillo, va a la cocina, abre el grifo del agua, y escucho el ruido del chorro, y su voz.

“Tedio, puede venir un momento, parece que se ha dañado la canilla, no cierra”. Voy hacia la cocina y efectivamente, el chorro no paraba, bote agua y bote agua. Trato de cerrarla y nada. Debe ser el empaque que se ha desgastado. “Si usted lo dice. Una como no sabe de esas cosas. Qué pena con usted”. Le pregunto que dónde está la llave que suministra el agua de la cocina, y me dice que bajo las gavetas. Abro y seguidamente cierro la llave. ¿Tiene herramientas?, pregunto. “Pues sí, mi marido tiene una caja”. Ella va hacia el cuarto de los rebujos, trae la caja, saco el hombre solo, empiezo a aflojar el grifo hasta que lo desenrosco. “Sí, es el empaque”. Busco en la caja de herramientas y por suerte veo otro empaque. Lo sustituyo, retomo el hombre solo, aprieto con fuerza, ella se ha quedado mirando todas mis maniobras, diciéndome. “No sabe cuánto le agradezco, no sabe cuánto le agradezco”.

Cuando estoy terminando de ajustar bien la rosca del grifo, un calorcito invade la mejilla derecha, una gota de sudor baja de mi frente y un sonido como de mua, suavecito. Me quedo suspenso con el hombre solo apretado en mi mano. Percibo también el olor de su cabello, giro el rostro hacia ella y encuentro sus ojos frente a los míos —no puedo, no debo parpadear en ese momento—, pero sin darme cuenta estoy mirando sus labios, los culpables de ese mua suavecito, acerco los míos a los de ella, el grifo ya está bueno, probamos si abre y cierra, abre y cierra, el agua fluye, se detiene, la herramienta está buena, el hombre solo funciona perfectamente, Doña Rosaura. ¡Qué pena con usted ponerlo en éstas maniobras!

Hecha la diligencia regresé en el metro. Porque, bueno, creo que me he desviado del tema: mi vecina. Espero que hoy sí pueda encontrar un buen pretexto para abordarla y que no sea cursi. Quizá me ponga ejercitar aquello de capturar imágenes en mi mente, y cuando la vea venir, camino hacia ella, como si nada, y justo cuando nos crucemos, yo dirija mi mirada hacia alguien o algo que esté un poco más arriba, o a un lado de su cara, deje caer el párpado, y tal vez capture alguna imagen que pueda quedar para siempre en mi recuerdo.

Fuente:

Vélez Gómez, Gustavo. Amores de Tedio. Primera edición, Medellín, 2009.

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