Corporación Otraparte

Presentación

Armada de amores

Junio 7 de 2012

“Armada de amores” de Anacristina Aristizábal

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Anacristina Aristizábal es comunicadora social, especialista en Ética y magíster en Filosofía. Ha trabajado en prensa, radio y televisión. Se desempeña como docente de la Universidad Pontificia Bolivariana en la facultad de Comunicación Social en cursos de Periodismo y Ética. Es columnista del periódico El Colombiano.

Presentación de la autora
por Paula Dejanon Bonilla

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Armada de amores es el relato ficcionado de la vida de Ana María Martínez de Nisser, una sonsoneña que en el siglo XIX se cortó el pelo, se vistió casaca militar, cogió un arma, se ahorcajó en un caballo y se fue a combatir con el batallón de Braulio Henao a Salamina, en el marco de la Guerra de los Supremos, la primera guerra civil de la Nueva Granada como república independiente.

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Pedro Nisser, un sueco que llega a la Nueva Granada tras el delirio por El Dorado, termina siendo el marido de una mujer que va a terminar enfrentada entre hombres en medio de la Guerra de Los Supremos en Salamina, Caldas. Una mujer que luchó, amó y se grabó en la memoria de la historia de Antioquia. El texto, publicado por la editorial UPB en su colección Club de Escritores, es un relato que nos llevará por los ambientes del siglo XIX, la historia de Antioquia y la guaquería. Un recorrido más por la vida cotidiana de nuestro tiempo y nuestras gentes.

Medellín al derecho y al revés

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Armada de amores, novela sobre la vida, obra y personalidad de Ana María Martínez de Nisser, es una muestra destacada de la relación literatura-historia. La guerra civil de los Supremos, el rol de las mujeres en la primera mitad del siglo XIX, las facciones políticas y, sobre todo, la capacidad contestataria de una mujer para romper paradigmas y mentalidades están narrados en esta obra de Anacristina Aristizábal. Imprescindible su lectura para comprender parte de nuestros conflictos y reflexionar sobre el ser antioqueño y colombiano.

Reinaldo Spitaletta

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Anacristina Aristizábal

Anacristina Aristizábal

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Armada de amores

Se conocen en Medellín
María y Pedro. Pedro y Salvador.

Cuando estalló la guerra de Los Supremos, no recordaban ni el coronel Salvador Córdova, jefe de los facciosos liberales en Antioquia, ni Pedro Nisser, el sueco y encarcelado esposo de María, que se habían conocido en Medellín hacía doce años, en un encuentro casual. Encuentro que María desconocía, pues ella, quien estuvo en el mismo lugar esa misma tarde, se había ausentado de allí poco antes de que los dos hombres estrecharan las manos con descuido. Hacía un momento, ella también había conocido a Nisser.

Si el destino no le hubiera cambiado el rumbo, María hubiera sido la maestra de señoritas en la escuela de Sonsón. Sin pensarlo, toda su vida se había preparado para ello. Su padre la había sumergido en el mundo de los libros y cuando la maestra Braulia Vega Ribón llegó al pueblo, la muchacha se apegó a ella como a una hermana mayor y aprovechó más las enseñanzas que cualquiera otra condiscípula.

Poco tiempo después de la partida de la familia de Cerbeleón, María tuvo la oportunidad de acompañar a la señorita Braulia a Medellín, capital de la provincia de Antioquia, que hacía pocos años le había arrebatado el título a Santa Fe. La señorita maestra había sido educada en esta población en la casa de las Reverendas Madres Monjas Carmelitas sobre la doctrina cristiana, las primeras letras y la labor, y todo lo demás que conduce a la cristiana educación de las niñas. Pero, en su casa, había recibido algo más de lo que daban los maestros en las aulas.

Cuando se fundaron las Aulas de Latinidad y Letras Menores en el Colegio Real, de eso hacía ya veinticinco años, aún en tiempos del gobierno español, la señorita Braulia tuvo la oportunidad de escuchar las discusiones que en las noches de tertulia se formaban en casa de su padre a donde asistían, con regular frecuencia, los maestros preceptores de dichas aulas: el padre fundador fray Rafael de la Serna y el religioso lego fray Antonio Suárez.

Desde entonces, salpicada su curiosidad por lo que oía desde los pasillos, aprovechaba los libros de la biblioteca de su padre para devorarlos de noche a la luz de las velas de sebo, evitando sospechas y habladurías. Así había superado las enseñanzas elementales que la tradición mandaba para las niñas y, clandestinamente, se había encaminado en las materias vetadas para ellas.

Un día cualquiera, el cura José Tomás Henao, buscando una maestra para la escuela de señoritas de Sonsón, pues quien ejercía el cargo allí era su propia madre doña Javiera Duque, aceptó las cartas de recomendación expedidas por la prelada presidenta del Monasterio de Carmelitas Descalzas de Medellín, la reverenda madre Nicolasa de San Gabriel, quien se refería a la señorita Braulia Vega Ribón como una de sus más aventajadas discípulas y quien estaba dispuesta a irse al pueblo para encargarse de la educación de las niñas. Y así llegó la señorita Braulia a impartir la educación femenina en Sonsón y estableció una estrecha relación con María, quien se mostraba como su mejor alumna y quien a la vez encontró en la señorita Braulia su amiga, confidente y maestra que la animaba a descubrir nuevos mundos por medio de los libros.

Poco tiempo después de la partida de los Marulanda, una carta que informaba al cura Henao la deteriorada salud de la madre Nicolasa de San Gabriel, movió a la señorita Braulia a viajar a Medellín para ver, quizá por última vez, a la que había sido su preceptora y guía. María consiguió fácilmente el permiso de su padre para acompañar en dicho viaje a la señorita Braulia, pues don Pedro Martínez creía que estaría desolada por la ausencia de Cerbeleón. Suponía don Pedro que este viaje a la capital de la provincia y en tierras templadas, podría hacerle bien a su hija.

La primera noche del viaje durmieron en la población de Rionegro y a la madrugada siguiente tomaron el camino en dirección a Medellín, bajaron la cuesta por el costado oriental y entraron a la ciudad por la quebrada principal. Obviamente, las señoritas Braulia y María no viajaron solas. Las acompañó Isaac quien, con quince años, ya más o menos entendía el papel de cuidador que debería ejercer sobre su hermana, según indicaciones de su padre.

En la capital de la provincia María fue alojada en la casa de balcón de las monjas Carmelitas, en la Plaza Mayor. María nunca había conocido una casa de dos pisos y la novedad la tenía completamente animada. Isaac fue recibido en la casa de los herederos de Francisco Rodríguez, reconocido oficial tapiador que había trabajado en la importante obra del Convento de San Francisco, casa que estaba ubicada en la calle del puente sobre la quebrada Palencia, en el barrio de San Lorenzo. Francisco Rodríguez tenía muy buenas recomendaciones de Fray Rafael de la Serna.

Medellín tenía entusiasmada a María: allí se impartían las cátedras de Gramática y Filosofía en el Colegio de Antioquia y en la Escuela de las Primeras Letras, y aunque ella no podía asistir a ninguna, ese ambiente académico y tan cercano a los libros, comparado con el que reinaba en Sonsón, le había afianzado su amor y dedicación por la lectura. Y pudo cumplir su sueño de conocer, aunque solo por fuera, el edificio. Además, el clima primaveral, las aguas cristalinas, los baños en el río Aburrá y las cabalgatas hasta El Guayabal la entretenían, mientras la señorita Braulia hacía las últimas visitas a la madre Nicolasa, antes de su muerte.

Fuente:

Aristizábal, Anacristina. Armada de amores. Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, 2012.

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