Corporación Otraparte

Presentación

Revista Asfódelo

Número 6

Noviembre 8 de 2007

Portada Revista Asfódelo N° 6

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La Revista Asfódelo N° 6 ya está disponible al público. El tema es el escritor Malcolm Lowry, de quien se cumplen este año los cincuenta de su muerte. Este número cuenta con la participación de Juan José Hoyos, Jotamario Arbeláez, Eusebio Ruvalcaba, Pedro Arturo Estrada, León Gil y excelentes traducciones de José Gabriel Baena, Raúl Jaime Gaviria y Joaquín Pulgarín Gil, entre otros, aparte de más de 20 poemas bilingües de Malcolm Lowry, una entrevista a su primera mujer Jan Gabrial (inédita en español) y muchas otras cosas interesantes sobre este entrañable escritor. Después de la presentación se proyectará el documental “Malcolm Lowry en México”.

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Editorial

Malcolm Lowry escribió Bajo el volcán cuatro veces, una novela que fue rechazada por doce editores en un mismo año. Sólo diez años después (1947) de que escribiera la primera versión, fue publicada simultáneamente en Londres y Nueva York.

Bajo el volcán se convirtió rápidamente en un clásico de la literatura moderna; y tanto ésta, como sus otras novelas, cuentos, poemas y relatos se reeditan cada año con mucho cuidado en decenas de idiomas.

Malcolm Lowry y su obra son objeto de estudio en diversas universidades e instituciones culturales e intelectuales del mundo entero; y en muchas de ellas se han creado cátedras y seminarios exclusivos para dicho propósito. Así mismo, se han escrito centenares de artículos, ensayos, tesis de maestría y doctorales, biografías, películas y documentales; y ha sido objeto de inspiración para músicos y artistas plásticos. Además, se han creado diferentes premios literarios que honran su nombre.

Bajo el volcán narra doce horas de la vida y la muerte de Geoffrey Firmin, un borracho inglés, Cónsul —o ex cónsul— en México. Pero la borrachera del Cónsul, decía Lowry, no es otra cosa que la borrachera del mundo en los tiempos de guerra y preguerra; y su agonía, la agonía de la humanidad.

El Cónsul muere asesinado por un grupo de paramilitares llamados los Sinarquistas, los cuales eran entrenados por fascistas españoles y alemanes; y tenían como grito de guerra el de “¡Viva Cristo Rey!”.

Estos paramilitares, a diferencia de los “nuestros”, atacaban el gobierno izquierdista, proletario y agrarista de Lázaro Cárdenas; pero a semejanza también masacraban al pueblo inerme. (Allá por Cristo Rey, aquí por el sagrado Corazón).

Asfódelo, una revista literaria que se edita en Medellín, Colombia —un país que hace más de dos generaciones no conoce preguerra ni posguerra—, considera, entonces, un doble deber el rendir un tributo, un justo homenaje a ese poeta alucinado y ebrio, que desde su soledad clamó por la sobriedad y la cordura de toda la humanidad. (¡Ecce vox clamantis in deserto!). ¡Salud en su tumba!

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Oración a
Malcolm Lowry

A José Manuel Arango

Por Juan José Hoyos

Este domingo
oscuro y frío como una tumba
me levanto temprano.
Quiero calentar café y pan
para mis hijos
que todavía duermen.
Como tantos otros días
han cortado la energía.
Hago fuego en una estufa improvisada
que funciona a base de alcohol.
Miro parpadear las llamas azules
en mitad de la cocina
mientras afuera llueve...
... y no puedo dejar de pensar en ti,
San Malcom Lowry.
Dicen que esa mañana
en que también llovía
despertaste solo
en la casa de tu amigo Mark
acosado por la sed y el terror.
Dicen que deambulaste por los cuartos
como un sonámbulo del Bowery
enloquecido
en busca de un trago.
Dicen que al final
empujaste la puerta del baño
y destapaste con tus dedos trémulos
el primer frasco que tus ojos descubrieron:
¡una loción para después de la afeitada!

Esta mañana parece tan gris como la tuya
y mi casa está en sombras
a pesar del fuego
como todas las casas.
Y ante mis ojos sucede algo
que los tuyos no soportarían ver:
quemamos alcohol para cocinar...

De pie, junto al fogón
siento en la cara
el calor de estas llamas azules
que abrasan.
Estoy mareado
por el vapor que se eleva del fuego.
La cocina huele a aguardiente.
Y no puedo dejar de pensar en ti,
San Malcom Lowry.
Por eso a solas
y ante Dios
que conoció tal vez como nadie
tu sufrimiento
elevo esta plegaria:
Que este domingo oscuro
este fuego improvisado
arda en tu memoria
para calentar el desayuno
de mis hijos.

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Malcolm Lowry (1909 - 1957)

Malcolm Lowry
(1909 - 1957)

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Malcolm Lowry,
embriaguez y destino

El camino del exceso conduce
al palacio de la sabiduría.

William Blake

Por Pedro Arturo Estrada

Cuando Geoffrey Firmin cae finalmente al fondo del barranco en la noche del 2 de noviembre de 1938, asesinado por la policía fascista de Quauhnahuac, el lector desciende también análogamente al abismo de la más intensa experiencia poética, la de la exploración infernal que Dante nos relata en su Comedia o Göethe describe en su Fausto a lo largo de otro periplo siniestro entre el amor y la condenación. Experiencia de la cual habían dado cuenta a su vez, entre otros, Blake, Baudelaire y Rimbaud en sus poemas.

Bajo el volcán, publicada en 1947, no sólo es una de las novelas más importantes del siglo XX, sino —en el plano poético al que verdaderamente pertenece—, un texto formalmente bello y temáticamente trascendental. Como novela ocupa el sitial definitivo que su indiscutible maestría literaria le mereció. En ella Lowry incorporó, además, sin alardes retóricos pero sí con apasionada libertad expresiva las técnicas más osadas de la narrativa y el cine de vanguardia en su momento. Su construcción a veces sinuosa, entrecruzada de visiones y descripciones extrañas, su atmósfera fantasmal, casi lóbrega, siniestra de principio a fin, mantiene sobre el lector una profunda y deletérea fascinación. El lector debe asumir el texto como una auténtica aventura de confrontación y desciframiento de sí mismo, como una experiencia de hecho, riesgosa a su ser, a su estabilidad interior.

A 60 años de esa publicación y a 50 de la muerte de su autor, la leyenda crece y señala una estremecedora diferencia frente a las concepciones literarias que se manejan en la actualidad. La carga poética, filosófica, metafísica, esotérica, sicológica, siquiátrica, delirante, visionaria, atrabiliaria, mágica, mística, política, alegórica, simbólica que nos entrega, no encaja ya en los estrechos y deleznables márgenes de la narrativa comercial que inunda los anaqueles y los medios masivos. Geoffrey Firmin es hoy por hoy, para muchos de nuestros nuevos y livianos escritores, sólo una figura patética y, como suelen decir, “demasiado problemática” y hasta “aburridoramente pesada” para el gusto promedio de los actuales lectores. Este personaje paradójico, El Cónsul, continuamente ebrio y sin embargo, lúcido como pocos, el mismo que se autodestruye sin remedio bajo el peso de la culpa y la pérdida de la gracia celeste encarnada en su irrecuperable Ivonne, carece ahora de sentido para un mundo de suyo cínico, indiferente, apenas sensible a las peripecias sexuales de los famosos y las rápidas, pasajeras incidencias de la sociedad del espectáculo y el entretenimiento. Como sucede con la poesía, relegada a los extramuros, a los círculos casi anónimos de la vida cultural, excluida del mercado editorial, desdeñada en ocasiones por los propios “escritores profesionales” que la miran como una pobre válvula de escape de emociones particulares.

Lowry fue sólo capaz de agotar, como algunos de sus antecesores —Edgar Allan Poe, Pessoa (dipsómano de la melancolía), Dylan Thomas y otros tantos “malditos”—, su breve tiempo vital queriendo atrapar y expresar en poemas y relatos el sentido final de un destino que como hombre exiliado de la gracia, expulsado de un estado de perfección y armonía, de amor, de sobriedad y salud, de costumbres convenientes y esperanzadas, no hubiera podido disfrutar nunca puesto que le correspondía ser, sobre todo, un poeta, un creador insumiso, opuesto por naturaleza a permanecer en ese reino de pasividad y dicha impunemente. Poemas, cuentos y novelas en los que la “realidad” se constituyó apenas en el punto de partida de una búsqueda feroz y apasionada de sí mismo, una aventura alrededor de lo absoluto cuya sed se evidenciaba incluso física, orgánicamente. Beber fue para Lowry, también una vía de conocimiento, un camino iniciático a través del enigma de vivir y de morir, del misterio de la conciencia y de los sentimientos humanos más dolorosos, de los contradictorios y oscuros interrogantes que el mundo nos obliga a formularnos de continuo, excepto, claro, si el cretinismo nos ha convertido en ese tipo de seres que van por el mundo sólo ocupados de sus “serios asuntos” o de las solas urgencias biológicas del existir.

En Ultramarina (1933), Oscuro como la tumba donde yace mi amigo (1958), Escúchanos, Señor, desde tu cielo, donde moras (1961), Poemas Selectos (1967) y, sobre todo, en Bajo el volcán (sin contar con algunos textos aún desconocidos entre nosotros), encontramos a un escritor de genio absoluto cuya influencia y actualidad no pueden soslayarse y menos abandonarse al olvido mientras nos hundimos todavía más en la ya aludida banalización y hastío del presente.

Toda esta obra poética, narrativa, epistolar, sigue siendo un desafío para el lector verdadero, para aquel que no se conforma con folletines y telenovelas al por mayor, ni con bienintencionados discursos en pro o a favor de una cierta idea de “felicidad” al uso. Bajo el volcán es, innegablemente, ese “descenso a los infiernos” del hombre de nuestro tiempo acuciado por el desamor, la degradación, el sentimiento de absurdidad, la guerra, la sordidez, la miseria física y mental que conforman nuestra oscuridad, la tiniebla definitiva de este tiempo. Es Geoffrey Firmin, El Santo Cónsul de los Perdidos, de los Poseídos y Obsesos, “el último elegante que se deja caer”, el que deriva a lo largo de ese día de los muertos rumbo a su cita final a través de doce capítulos, doce horas de “vía crucis” tal como en cierta forma y a escala cósmica lo hacemos todos a lo largo de una vida sin sentido. Geoffrey Firmin puede hermanarse desde esta óptica a otros personajes importantes como Leopoldo Bloom en su deriva, o Gatsby en su obsesión imposible de reencontrar el amor yendo casi deliberadamente a la muerte, o Dante en su Infierno, o un mismísimo Cristo de la Abyección que de algún modo, redime o sobrelleva nuestras propias penas y culpas.

Bajo el volcán podría ser considerada al final y de alguna manera, algo más que una simple novela: pasaría a ser para ese lector hipertrofiado, anómalo, a contracorriente de toda falsa intención y como lo insinuamos al comienzo, una experiencia de totalidad poética, la experiencia laberíntica de sí mismo, el dédalo donde le acechan sus propios fantasmas, sus secretos, sus pulsiones, sus máscaras. Aquí encontraría expresada la complejidad de una conciencia escindida, pero también un desafío a su propia conformidad, reto y señal de fuego que lo seguirá marcando, incordiando e impidiéndole aceptar una cómoda manera de ver y entender la vida al margen del lenguaje, de la literatura como vértigo, como gnosis, catarsis y ascesis puesto que estas páginas se extenderán también a los días, a los hechos de la existencia que seguirá realizando. Qué lejos entonces este Lowry de esos escritores del entretenimiento, esos novelistas para gentes de conciencia acomodada y tranquila. Y, sobre todo, qué lejos estuvo él mismo de conformarse, de adaptarse a ser ese escritor exitoso que en algún momento pareció ya que hubo de pagarlo con creces; el éxito, cuando le coqueteó, sólo pudo hacerle comprobar con amargura que quizá el fracaso mismo contenía más nobleza, más verdad y valor que cualquier triunfo:

El éxito es como un terrible desastre
Peor que tu casa ardiendo, los ruidos del derribo
Cuando las vigas caen cada vez más deprisa
Mientras tú sigues allí, testigo desesperado de tu condenación.
La fama como un borracho consume la casa del alma
Revelando que sólo has trabajado para eso.
¡Ah!, si yo no hubiese sufrido su traidor beso
Y hubiese permanecido en la oscuridad para siempre, hundido y fracasado.

(Tras la publicación de “Bajo el volcán”)

La vida es la única victoria mientras la hagamos nuestra. Y Lowry la poseyó, la gozó como quiso completamente en su escritura. Por ello no fracasó, porque al contrario de la frase baudelariana: “el resto es literatura”, con Rimbaud pudiera haber parafraseado ya sin angustia, “por la literatura yo ‘gané’ mi vida”.

Fuente:

Revista Asfódelo N° 6, septiembre de 2007.

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