Corporación Otraparte

Lectura y Conversación

El humor en
Fernando González

Abril 25 de 2006

El humor en Fernando González

Fotografía por Jorge Obando (1940)

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¿Qué personas han influido en su vida artística y por qué? Muchísimas, muchísimas. ¿Mencionarlas todas? Podemos empezar por Colombia, a nivel teatral: Enrique Buenaventura, Santiago García, Ricardo Camacho y toda esa pléyade de hombres que hicieron historia en nuestro teatro. A nivel filosófico y literario: Gonzalo Arango, Andrés Caicedo, Estanislao Zuleta y, por encima de todos, Fernando González”.

Cristóbal Peláez González
Entrevista con Camila Misas

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Celebrando el aniversario número 111 del nacimiento de Fernando González Ochoa (Abril 24 de 1895), nos alegra anunciar la presencia en Otraparte de Cristóbal Peláez González y algunos de sus compinches de la Asociación Colectivo Teatral Matacandelas para hablar sobre el humor en la obra del Brujo de Otraparte. Actualmente Matacandelas trabaja en el montaje de una obra teatral dedicada a la vida y obra del maestro.

Teatro Matacandelas

La Asociación Colectivo Teatral Matacandelas es una entidad sin ánimo de lucro creada en el año de 1979 y elevada a la categoría de Patrimonio Cultural de la Ciudad de Medellín en 1991. En sus 27 años de existencia ha producido más de 40 montajes, entre ellos unos 12 pertenecientes al teatro de títeres. El Teatro Matacandelas ha ganado en los últimos años un amplio reconocimiento en el ámbito nacional e internacional y de la aceptación del público dan cuenta las más de doscientas funciones anuales que en promedio realiza el grupo, así como los talleres, veladas artísticas e intercambios que se efectúan constantemente. Sobre todo y más allá de cualquier presupuesto teórico o ideológico, su ejercicio es el clima en el cual las personas que se han asociado bajo el nombre común de Matacandelas se divierten. Y el público a menudo suele pasarla bien...

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Fragmento de
Cartas a Estanislao

Por Fernando González Ochoa

En Sabaneta, Estanislao, por entre las cañadas de la Doctora, bajo los carboneros somníferos, la carne mía, cuarentona, resurge. La carne me sonríe y se me confunde con el espíritu. No hay antinomia; existe, cuando estamos enfermos, viejos, pues entonces creamos un mundo nuevo, para engañarnos. La carne, Estanislao, es el espíritu; son los instintos los que luchan, bregan, vencen, mueren y renacen, y son ellos los que, pervertidos y flacos, crean las ideas generales, el mundo mejor que éste de la tierra en donde tiemblan las espigas del Yaraguá.

Vine de Roma a atisbar a las muchachas americanas, con un sentido nuevo que me nació por haber tocado, por haber puesto mis manos abiertas, las yemas de mis diez dedos, sobre las formas de mármol que nos legaron los helenos. Y ya comienza a sonreírme el amor en las cañadas en donde las muchachas lavan. Ayer me senté a contemplar a dos, tan pletóricas, tan maliciosas, que tuve que decirle al Señor: “No me sonrías así, que me estás haciendo cosquillas; no te rebullas así, Señor, en sus caderas, que me estás dando comezón y estoy desfallecido...”.

Nada igual a las muchachas de Envigado, en Sabaneta, lugar en donde mi pariente, el Capitán Juan Vélez de Rivero, sembró el primer cañamelar, y las cañas eran tan bellas, tan pecosas, que parecían verdades nuevas o muchachas púberas. Mordían el Capitán y sus hijas de esas cañas, y la miel chorreaba de sus labios.

¿Cómo fué que Dios hizo a las muchachas de catorce años y medio, que lavan en las cañadas y a quienes voy a dar mi sueldo en viaje? Fue en Envigado, que era el Paraíso, pues hay dos ríos, el Aburrá y la Ayurá. Allí, hace cincuenta y dos mil años, Jehová hizo a Eva de catorce años y medio, y le quedaron untadas las manos, y se las llevó a las narices, hizo un gesto raro de deleite y exclamó: “Huele no más que a bueno”. Ahí, en tal instante de tal frase, apareció la primera idea general: Lo bueno en sí. El blanco toro orejinegro asistió a la olida, y por eso él también huele, levanta el testuz y hace el divino gesto.

Desde entonces van unidos amor y olor; olemos todo lo que amamos, y dime: ¿Te palpitan aún las aletas de la nariz? Pues eres un joven enamorado...

Pero ¿cómo fue esta ocurrencia?: Paseaba Jehová por la finca de Pacho Pareja, la que domina todo el valle, aquella que tiene casita de paja con dos cipreses laterales; la finca que más me gusta para comprar al fiado. (Dile a Alfonso López que me regale veinte mil pesos que piden, haciéndome yo cargo de la hipoteca)... Paseaba por allí, descalzo, impertinente y lleno de vitalidad, Jehová. Atisbaba... y nada veía; faltaba qué atisbar; faltaba lo que hace aletear las narices. Comprendió Jehová que tal era la causa de que Adán viviera dormido, sin bríos, abobado... Y allí fue, bajo un aguacate que estaba en el punto en donde edificó su casa el judío Bedout, en donde le vino la noción de muchacha. E hizo a Eva, de catorce años y medio, amante y palpitante, con los deseos en su cúspide, lo cual expresó ella en las primeras palabras que dijo, al desperezarse, al estirar el cuerpo para que circulara por la columna vertebral el fluido nervioso, a saber: “Me estoy muriendo de dicha”.

Acabada la obra, Dios se llevó instintivamente las manos a las narices e hizo el gesto divino: OLÍA A NALGA.

Adán estaba perdido; Adán viviría ya inquieto, atisbando, insomne, buscando, buscando la verdad y creyendo que Eva la tenía escondida en alguna parte. Jehová se retiró, descalzo, con andar impertinente, a un bosquecillo de pomos que había en donde hoy está el mango, para atisbar, y allí se estuvo como cuatro horas, sonriendo, hablando solo, feliz. Fué que Eva se desperezó, primero, y luego se le fue yendo a Adán y comenzó a despertarlo para contarle no sabía qué, pues todo sentimiento desea manifestarse, y se hizo por detrás y le colocó las manos en los ojos, tapándoselos, y le dijo: “¡Adivina quién soy...!”. Siguieron molestándose inocentemente, porque sí, sin saber nada... Jehová estornudó cuando Adán la agarró por los pechos, con las manos abiertas en forma de vasija, y dijo: “¡MANZANAS!”. De ahí viene la leyenda del árbol.

Por Envigado anda Dios con las manos untadas aún. En París, Bogotá y Medellín, ya Pilatos se lavó las manos y perdió la noción del amor.

Busquemos lo prieto, voluntad dura, ideas claras, almas firmes. Hay en Colombia un pueblo campesino capaz de manifestarse en nuevos mitos agradables como la granadilla y las guayabas.

Fernando González

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