Corporación Otraparte

Lectura y Conversación

Cuaderno de flores

Diciembre 3 de 2009

"Cuaderno de flores" de Luis Felipe Lomelí

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Luis Felipe Lomelí nació en Guadalajara en 1975. Ingeniero físico, biotecnólogo, ecólogo y candidato a doctor en Filosofía, ha publicado —y vivido— en varios países de América y ha sido becario por diversas instituciones: Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, Organización de Estados Americanos, Centro de Escritores de Monterrey, Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Jalisco, Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, Fundación para las Letras Mexicanas y Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. En Tusquets Editores ha publicado los libros de cuentos “Todos santos de California” (La flauta mágica, 2002), que obtuvo el Premio Nacional de Literatura San Luis Potosí, y “Ella sigue de viaje” (Andanzas, 2005). Sus narraciones aparecen en diversas antologías, una de ellas “El cuento del cuento”, edición bilingüe inglés-español. Ha recibido diversos galardones, entre los que se destaca el Premio Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés por la obra “El Cielo de Neuquén”, que se incluye en “Ella sigue de viaje”. Sus amigos de izquierda juran que es derechista, y sus amigos de derecha juran lo contrario.

“Cuaderno de flores” es su primera novela. En ella se revela la violencia de la guerrilla y del narcotráfico en Colombia, así como el anhelo del protagonista por descubrirse en aquel contexto donde la añoranza, la libertad y el amor lo marcarán por las más duras decisiones.

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Nadie puede vivir sin amar. Tras la mesa de ponentes canta un gallo y afuera anda un perro negro, por la acera, rumbo a la plaza donde la cantina de la esquina muestra un cromo con el Popocatépetl: Bajo el volcán.

Cien años del natalicio de Malcolm Lowry, su autor, y acá en Santa Fe de Antioquia, Colombia, el amor de León Gil y Marco A. Mejía nos reúne para hablar de Lowry, de Cuernavaca, del Día de Muertos. De México venimos Óscar Menéndez, Luis Tovar y su segura servilleta.

Por el día y por la noche a Lowry se le recuerda como debe de ser (incluso hay mezcal) y es un milagro: a cien años, en un pueblo de Antioquia que se parecería a Cuernavaca en los años 30s, se recuerda con alegría la lucha por no abismarse en los infiernos interiores.

Luis Felipe Lomelí
Díasiete.com

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Cuaderno de flores

—Blogs I y II—

Por Luis Felipe Lomelí

Blog I

Uno no sabe. Uno se despierta un día con una decisión en la cabeza y, claro que sí, la decisión es propia. Pero de ahí en delante no se sabe. Luego se perderá algo y se ganarán otras cosas, nos cambiarán las líneas de las manos y, a pesar de tener alguna idea, alguna noción de lo que viene, no se sabe. Porque aquí abajo queda el mar Caribe. Después está Colombia y atrás México. Ya leí las revistas de la aerolínea y al lado mío hay una mujer dormida. Uno no sabe. Uno va para donde cree que va, y ha trabajado en eso toda su vida, pero justo enfrente hay una cortina de agua. Es como caminar bajo un aguacero.

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Blog II

Al inicio es el asombro.

Luego viene la ansiedad y uno trata de aminorarla pensando en cualquier cosa.

Por eso no quise revisar los periódicos antes de venir. Porque si hubiera leído lo que leyó Carolina, o si hubiera visto algo como lo que aquí aparece en portada, es probable que hubiera desistido del viaje. Estaría en México repartiendo solicitudes de empleo como confeti, igual que se quedó ella e igual que seguiría mi hermano de no ser por su suegro. No hay trabajo. A pesar de que por fin sacamos al PRI [Partido Revolucionario Institucional] después de setenta años, las cosas parece que no cambian y los que perdieron todo en el Error de diciembre siguen casi en las mismas o, como mi padre, vendiendo alguna cosa o dando clases. Por eso no quise enterarme. No quise ver ninguna foto como ésta del periódico. Nada. Sólo imprimí el mapa de la ciudad que llaman de la “eterna primavera” porque siempre está llena de flores, tomé los datos de un par de hoteles y ese tipo de cosas, y fue todo. Para qué complicarme si ya lo iba a hacer y además quiero casarme con Carolina en un año. Así de simple. Como en cualquier programa: se declaran las variables, las constantes, y se busca tener los recursos.

Ella, en cambio, es más romántica. O algo así. Cree en dios y quiere que tengamos un hijo. Pero también es práctica. Por eso no quiso venir conmigo y mejor se quedó en Guadalajara a buscar empleo: es inteligente, no la culpo.

Además la distancia es una buena prueba.

Pero yo no quiero que ella esté al tanto de lo que pasa aquí. Los noticieros lo deforman todo y Carolina es aprehensiva, preocupona. Cuando estaba preparando mis maletas se soltó a llorar. Toda la mañana había estado en internet leyendo sobre atentados de la guerrilla. Estaba nerviosa. Decía que no valían la pena el dinero ni la experiencia laboral, que bastaba con lo que me había ahorrado de la beca de la maestría viviendo en casa de mi padre mientras conseguía algo bueno. Algo que sí fuera bueno.

No quiero perderte, me dijo y siguió llorando y yo intenté calmarla diciendo que todo saldría bien, que a mi vuelta estaríamos más tranquilos para la boda.

Pero la ansiedad.

La ansiedad a la que mi padre sí logró darle vuelta para calmar a Carolina. Terminé las maletas, hablé contigo, Xico, para confirmar que estuvieras por mí en el aeropuerto de la ciudad de México, le di un beso a la foto de mamá (ya había ido a dejarle unos alcatraces a Mezquitán) y salimos a que tomara mi avión. Ahora que estoy aquí en el hotel, desvelándome antes de mi primer día de trabajo, ya no sé ni qué pensar. He estado liando bandazos entre creer que cualquier cosa es posible y estar seguro de que el viaje ha sido un error. Por si las dudas, te dije que a ti sí te mantendría informado, que te encargaba lo mío, y tú me inyectaste un coctel de vacunas contra enfermedades tropicales que me impidieron sentarme derecho durante todo el trayecto.

Antes, cuando tomé el avión a ciudad de México y miraba desde el aire el lago de Chapala, estuve un tanto eufórico y pensé que si mi padre había podido serle fiel a mi mamá antes y después de que se fuera, yo puedo hacer otro tanto y Carolina no debería preocuparse de que me vaya a engatusar a alguna vieja. Así me lo dijo mientras hacíamos fila para documentar mi equipaje: que cuidadito si alguna pinche vieja me engatusaba bailando merengue. Pero después, cuando estaba en tu departamento con una nalga dolorida, me volvió la preocupación al leer la carta de Empresas Públicas donde me mandaban los datos de la persona que habría de recogerme en el aeropuerto. Yo esperaba llegar y encontrarme a un fulano con una cartulina que dijera mi nombre. Y ya. Pero no, en la carta me mandaban hasta el número de cédula del fulano, las placas del auto y el número de motor.

Tú, que estabas de fisgón asomándote a la pantalla, dijiste a tu manera lo mismo que Carolina: “¿A qué chingados vas, cabrón? ¿Estás seguro de que vale la pena?”. Te dije que eran tarugadas, protocolos, que la violencia allá sería como en el DF o en Tijuana, sólo que desde lejos se ve más impresionante. Pinche Xico, no dijiste nada ahí pero después te la pasaste soltándome ironías toda la noche y toda la mañana hasta que, luego de la comida, nos fuimos a la terminal aérea. En el avión volví a estar tranquilo.

Cuando llegué a Colombia, tenía la esperanza de que el fulano de la cartulina con mi nombre sólo me diera las buenas noches y nos fuéramos. Pero no: me mostró su identificación y pidió que corroborara el número. Lo mismo hizo con el coche. Ya no había vuelta. El asombro y las ansias. Íbamos por la carretera que conecta el aeropuerto de Río Negro con la ciudad y la lluvia y la noche dejaban ver muy poco del camino. Hacía algo de frío —es que el invierno lleva muchos días, me dijo el taxista con el pie bien firme en el acelerador— así que se me dificultaba imaginar qué tipo de vegetación era la que rodeaba la carretera. A veces pensaba que eran ramas de pino con las que golpeaba el costado del auto cada que agarraba una curva. En otras, imaginaba la jungla amazónica mientras las llantas del carro derrapaban sobre los charcos del pavimento. Pensé que el taxista era un cafre, pero cuando le sugerí que bajara la velocidad porque no me hacía ilusión morir en un accidente, me respondió que si viajábamos más lento era más peligroso.

—Confíe en mí, doctor, yo me sé bien el derrotero.

No quise preguntarle por qué era más seguro ir hechos la chingada en una carretera sinuosa y mojada. En su lugar, intenté fingir que le entendía cambiando de tema. Mientras, aferraba mi mano al sostén de la puerta e intentaba distinguir entre la negrura algo conocido, por lo menos el tipo de vegetación que golpeteaba contra el auto en cada curva, entre el rechinido de las llantas y los chifliditos que hacía el conductor a cada final de frase. Pensé que tú y Carolina tenían razón y aún no sé si fue muy imprudente de mi parte viajar hasta acá sin investigar antes a dónde me dirigía.

Después fue peor. Ya con algo de alcohol en la sangre y más tranquilo pensando que una cosa es la carretera y otra la ciudad, le pregunté al hombre de Empresas Públicas que me recibió en el hotel y me llevó a un restaurante que si el ejército tenía pleno control del trayecto. Me respondió que sí, pero que en la noche cualquier camino, como en todo el mundo, era algo peligroso debido a los salteadores. Los bandidos de Río Frío. La única pena de muerte que queda en México. Mi abuelo hablándome de la Revolución. Todo junto. Y, mientras, miraba a Walter, el ingeniero mulato con el que estaré trabajando a partir de mañana. Pero él permanecía con su sonrisa como si lo dicho fuera de lo más normal. Entonces tal vez sintió mi consternación o, simplemente, era parte de lo que hay que decirle a todos los turistas —Moctezuma’s going to visit you tomorrow, pinche gringo—, entonces siguió con sus consejos, en un afán de serenarme, que lo único que logró fue exactamente lo contrario.

—Claro, doctor, si usted va para el centro es mejor guardar el reloj, el celular y no traer alhajas, como en todo el mundo, usted sabe. O mirar hacia atrás cuando va por la calle o...

La retahíla. Y siempre agregando que a tal o cual conocido le había pasado tal o cual cosa en Venecia o en Zürich “por andar de confiado y delicioso”. Nunca están de más las precauciones, cierto, pero cuando son tantas y van seguidas de una justificación, no le dejan a uno otra cosa qué pensar más que estar bien seguro de que se acaba de meter en la jaula de los leones, que justo se sacó la rifa del tigre.

Cuando el río suena, bien puede ser pura imaginería.

Porque Walter no es ningún alarmista sino que parece una persona de sangre liviana y sonrisa fácil. Así que por lo mismo le dije que no tuviera cuidado, que en la ciudad de México había que estar igual de alerta para no pasar un mal rato.

Ahora al ver el periódico, la foto del periódico, ya no sé si la comparación sea válida. Lo que sí es que el hombre se alegró y me dijo que no me iba a arrepentir, que tendría más rumba que nunca en mi historia. Le creí. Pero como sé por ti, Xico, que la soledad y la distancia son muy hábiles para jugarnos bromas, cuando Walter me dijo que en sus ratos libres, aparte de bailar y estar con su familia, daba asesorías a organizaciones por fuera, yo me apunté.

—Pues qué alegría, mi hermano, justo voy a comenzar con una cooperativa y tal vez aparezca un hospitalito.

De ahí en delante ya no me dijo “doctor” y eso me pareció un avance. Sobre todo porque me recuerda que tal vez nunca vaya a cursar un doctorado. Terminamos de cenar y bebimos ron contando anécdotas de la universidad. Noté que en algunas mesas había tipos con finta de guardaespaldas.

—Los ricos tienen miedo, ellos sí tienen miedo porque son los que procuran la miseria —me dijo.

Al regresar al hotel tomé este periódico para alimentar mi paranoia y luego bajé a charlar con el botones. Quería tener otra opinión de la ciudad. El botones es güero. No puedo negar que me provoque cierta sorpresa que el ingeniero con el que voy a trabajar sea negro, o mulato, y el hombre que carga las maletas aquí sea blanco. De hecho, cuando vi a Walter pensé que me iba a hablar en inglés porque los únicos negros que he visto en mi vida son gringos: en Nueva York o de turistas en Guadalajara. Pero el botones es un botones, habla como tal y así, muy tranquilito, me dijo que de Medellín nadie salía vivo. Hizo una pausa para mirar bien mi rostro: pero no por la violencia, mi señor, por las mujeres. Me reí de compromiso como deben de hacerlo todos los extranjeros. Luego regresé al cuarto donde acomodé mis cosas para hacerme a la idea de que no me iré a las primeras de cambio. Ya no hay vuelta. Hay que sacar las camisas y colgarlas en los ganchos, doblar la ropa interior y guardarla en los cajones, poner el cepillo de dientes y el rastrillo en la chunche ésa que está arriba del lavabo. Ya no hay vuelta. El desodorante tras el espejo, la impresora portátil en el escritorio, la agenda. Uno no sabe. Olvidé hablarle a Carolina pero le mandé un mail, otro a mi padre y uno más a ti, Xico, para recordarte la dirección electrónica de esto. Si algo llegara a pasar quiero que tú te hagas cargo, que mantengas tranquilos a todos. Tú sabes que en otras circunstancias no lo estaría haciendo. Tú sabes cómo soy, cómo ha sido mi padre, mi infancia. Por si cualquier cosa, ya tienes el número de la tarjeta que me dio Conacyt [Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología]. Si Carolina empieza a desesperarse y a imaginar tonterías, por favor mantenía tranquila.

Al fin y al cabo esto lo hago por ella, aunque no haya querido acompañarme.

Fuente:

Lomelí, Luis Felipe. Cuaderno de flores. Tusquets Editores, México D.F., primera edición, enero de 2007, p.p.: 15 - 22.

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