Corporación Otraparte

Presentación

Cuentos para
vaciar el crepúsculo

Mayo 31 de 2012

“Cuentos para vaciar el crepúsculo” de María Teresa Ramírez

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María Teresa Ramírez Uribe (Medellín) inició su aprendizaje literario en el Taller de Escritores fundado por Manuel Mejía Vallejo en la Biblioteca Pública Piloto, y tiene un diplomado en Literatura de la Academia Cultural Yurupary. En 2006 fue finalista del “Concurso de Novela Iceberg” (España) con la novela “La culpa fue del llano”. En 2007 fue finalista en el “Concurso Caminos de la Libertad” (México) con el ensayo “Detrás del muro”, y en el mismo año ganó el “Concurso Nacional de Cuento Mil Palabras” de la Editorial Planeta con “La boda de Samia”. Ha publicado “Hombre Pacho” (biografía de Francisco Maturana, Editorial Universidad de Antioquia), “La firma de Jota” (novela, Editorial Universidad Pontificia Bolivariana), “Los pasos del exilio” (novela, Fundación Arte & Ciencia, Beca a la Creación Ciudad de Medellín 2008) y “Rocío Vélez de Piedrahíta, vida y obra anclada en la palabra” (Alcaldía de Medellín). Sus escritos aparecen en las antologías “Ellas escriben en Medellín” (Alcaldía de Medellín) y “Mujeres al pie de la letra” (Comfama). y su ensayo “Detrás del muro” fue incluido en una publicación de la Fundación Azteca en México como parte del grupo de trabajos premiados en ese país. Cuentos y artículos suyos han sido publicados en el Suplemento Generación del periódico El Colombiano, revista “Odradek, el cuento”, “Revista Universidad de Antioquia” y “El Pequeño Periódico”.

Presentación de la autora por
Emperatriz Muñoz y Luis F. Macías

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Julio Cortázar dijo alguna vez que si la novela gana por puntos, el cuento gana por knock-out. Mis hermanas dicen que yo puedo escribir un cuento a partir de una receta de cocina. Ambos tienen razón.

Escribir un cuento es para mí una aventura divertida, una especie de pausa y descanso cuando estoy escribiendo una novela, una biografía o un ensayo, que son ejercicios más demandantes. El metro, los autobuses y los consultorios me han servido a veces de inspiración, y las personas con sus prisas, sus vestimentas y sus reacciones, me proveen de historias imaginarias que voy acoplando en mi mente, quizás con un poco de culpa por apropiarme sin permiso de sus vidas. En otras ocasiones la historia nace de un episodio que viví o de una conversación que escuché, pero nunca, mientras escribo un cuento, estoy segura de cuál va a ser su final.

Estos quince cuentos son el resultado de varios años de esas aventuras en las que mi fantasía ha volado sin códigos ni fechas para cumplir. A algunos les tengo más cariño que a otros, pero son ustedes, los lectores, quienes al final de este libro dirán si hubieran querido leer un poco más...

María Teresa Ramírez U.

 

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María Teresa Ramírez Uribe

María Teresa Ramírez Uribe

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La boda de Samia

Por María Teresa Ramírez U.

Cuando Samia se levanta, es temprano todavía. Un cernido de niebla cubre el horizonte y aunque la ceremonia está programada para las cinco de la tarde, desea que el tiempo pase rápido para ponerse el traje nuevo que la convertirá durante ese día en el centro de atención.

Atraviesa el patio interior de la casa buscando a su madre y en ese momento un avión cruza el cielo volando bajo. Entonces tiene miedo de que sea otro bombardeo y corre hacia la cocina. Allí dentro, arden las brasas del fogón y un olor penetrante sale de la olla donde se cocina el cordero para la fiesta. Samia se refugia detrás de un mueble vetusto que hace las veces de armario. Allí permanece quieta, respira el aroma fuerte del cocido y siente un ligero mareo. En ese momento en Kabul, muchos niños, como ella, están escondidos.

Antes de que pueda salir, oye un rumor de voces que se acerca. Son su madre y Sharifa, la hermana menor de Najib, el hombre con quien va a casarse y a quien no conoce todavía. Las mujeres entran a la cocina y la niña oye que su madre la saluda con una inusual cortesía.

¡Salam, Alekum!

¡Alekum Salam! Sobakher, chotor asti, ¿jani yur ast? —Contesta la madre— Hub asti, tashakor.

Es el saludo afgano de rigor, pero en la voz y los modales de la madre se nota que quiere causar una buena impresión.

—Traigo un saludo de Najib, —continúa Sharifa — él dice que pronto vamos a ser una sola familia y quiere que todo se haga según lo acordado.

La madre baja la cabeza como avergonzada y hace un gesto de asentimiento. A continuación, Sharifa abre una bolsa de tela donde tiene guardado un fajo de afganis con algunas monedas y se lo entrega.

Hasta el escondite de Samia llegan las palabras con un signo de interrogación, mientras sigue paso a paso los pormenores de la escena. Entonces ve que su madre recibe el dinero, esbozando una sonrisa extraña.

—¿Todo está listo para esta tarde?— pregunta Sharifa.

—¡Ah, sí, sí...! Ya estoy preparando la comida y cuando lleguen los invitados, Samia estará lista.

—¿La niña sabe algo?

—No, pierde cuidado. Por nada del mundo dejaríamos que se enterara.

—Está bien. Entonces nos veremos más tarde en la boda. — Y se despide:

Khuda hafez.

Khuda hafez.

Samia permanece en su escondite sin entender nada, hasta que un movimiento involuntario la delata.

—¡Ea niña! —dice la madre, en tono brusco— ¿Qué estás haciendo allí? ¿Acaso no sabes que debes prepararte para la boda?

—Sí, madre, ya voy.

Samia no sabe exactamente en qué consiste una boda, pero está feliz. Desde hace varias semanas ha notado cambios en el comportamiento de la familia: su madre la halaga con golosinas y regalos que nunca ha tenido y sus hermanos la tratan con especial consideración. Si su padre no hubiera muerto en la guerra, seguro que se lo explicaría. Entre ella y su padre siempre existió una comunicación especial. Por ahora, lo único que sabe es lo que le ha dicho su madre: que no debe jugar más con sus compañeras de la escuela a pesar de que la escuela está cerrada desde hace algunos meses y los pocos muros que quedan en pie son ideales para jugar a las escondidas. También le ha dicho que una esposa debe obedecer y vivir junto al marido, y piensa, con su lógica infantil, que cualquier sitio es igual para seguir con hambre. No obstante, ese día desea con todas sus fuerzas ponerse el vestido de novia que su madre le ha comprado en un bazar de Kabul.

En la tarde, la madre empieza a arreglarla. La baña con esmero en una tina con poca agua, la seca y luego frota su cuerpo con un paño untado de aceites con un olor dulzón. Samia se siente alegre; le agradan las caricias de su madre y no recuerda que lo haya hecho antes con tanta solicitud. A la madre los reproches del alma se le dibujan en la cara, pero permanece en silencio como si una sola palabra salida de su boca pudiera delatarla.

Comienza a vestirla. Los hombros y los pechos nacientes de Samia quedan cubiertos por el vestido blanco mientras sus pupilas verdes chispean sobre la tarde como dos incógnitas. Para terminar, la madre peina el pelo negro de la niña que cae en bucles sobre su espalda y lo sujeta a los lados con dos peinetas adornadas con diminutas flores blancas. Después conduce a la niña al cuarto vacío donde debe esperar hasta el momento de ser presentada a su prometido.

Los invitados comienzan a llegar, pero hombres y mujeres entran a la casa por puertas diferentes. Las mujeres esconden sus ojos detrás de las burkas azules y los hombres lucen los Salwar Kameez bombachos, de color caqui, con el gorro tradicional. Al entrar, hombres y mujeres toman asiento en cuartos separados, mientras en el centro, tres muchachos jóvenes tocan una melodía pegajosa con un laúd, una bandurria y un tambor. El redoble de tambores anuncia la llegada de la novia y los hombres mayores de cada familia se ponen de pie para dar inicio a la ceremonia. La pequeña Samia aparece en el umbral vestida de novia y se escucha un murmullo de admiración. Todos quedan en silencio eclipsados con su belleza, y aunque su piel pálida acaba de despedir los rubores de la niñez, su sonrisa coincide con una urgente necesidad de vivir. La niña camina despacio hacia el centro del salón y en su pecho el corazón palpita desbocado, repitiendo latidos. De repente, en el otro extremo se abre una puerta. Los invitados giran las cabezas hacia el umbral vacío y contienen la respiración. La música continúa sonando con una melodía taciturna. Entonces, Najib, el novio, entra en el recinto ayudado por otros dos hombres. Sus pasos cortos e inseguros avanzan escasos centímetros y su cabeza blanca está tocada por el gorro distintivo de los ex combatientes de guerra. El vestido de gala no logra disimular la delgadez de su cuerpo y en la cara flácida, surcada de arrugas, los ojos ciegos miran erráticos como dos planetas sin destino.

Samia queda parada frente a él, pero un vacío y una sensación de hielo recorren su cuerpo. De su semblante desaparece la sonrisa y se adelanta temblorosa para encontrarse con su prometido en la mitad del salón. Entonces, los dos hombres mayores que representan a las familias toman las diestras de los contrayentes y las ponen una sobre otra para sellar su unión hasta la muerte.

La fiesta continúa y los novios se sientan en el suelo en una esquina del salón. De la cocina llegan las bandejas con comida: cordero, arroz, tomate, pepino y pan. Los invitados comen con las manos y se limpian la boca con un pañuelo grande que comparten entre todos.

La música suena y la tarde pinta en el rostro de la niña un color distinto. Samia fija su vista en la pared de enfrente y su tristeza es suficiente para llenar y vaciar el crepúsculo.

Fuente:

Ramírez Uribe, María Teresa. Cuentos para vaciar el crepúsculo. Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, 2012.

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