Corporación Otraparte

Presentación

Cuervo

Junio 19 de 2012

“Cuervo” de Marco Antonio Mejía Torres

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Marco A. Mejía T. (Caldas, 1956) es ensayista, poeta, novelista, cronista, cineasta y documentalista. Se licenció en Filosofía y Letras de la Universidad Pontificia Bolivariana y es especialista en Periodismo Investigativo de la Universidad de Antioquia. Ha sido docente de filosofía, literatura y periodismo en ambas universidades. Se desempeñó como coordinador del programa del Museo Histórico del Palacio de la Cultura del Departamento de Antioquia y del Departamento de Gestión e Investigación Cultural de Comfenalco Antioquia. Ha publicado “La fragancia de la identidad” (ensayos sobre la identidad cultural latinoamericana, 1992), “Cuerno de imagen” (ensayos sobre la imagen en la literatura latinoamericana, 1997), “Los disidentes del camposanto” (crónicas, 1998), “El mar de la gracia” (novela, 2003), “Las llaves del periódico” (crónica, 2008) y “Cuervo” (novela, 2011). En 1985 recibió el premio de poesía de Antioquia por el poema “La reja inconclusa” y en 1997 obtuvo el Premio Latinoamericano de Ensayo UPB por el libro “Cuerno de imagen”.

Presentación del autor
por Gabriel Jaime Arango

Ediciones Otraparte

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En París, ciudad en la que reside desde hace 30 años, Rufino José Cuervo rememora en 1911 la vida de su padre y en ella su propia vida y la de su país. Narrada en primera persona, la novela recrea 101 años de episodios fundamentales de la historia de Colombia y de la historia personal de Cuervo, empeñado en construir una obra imposible: un diccionario de construcción y régimen que comprende cerca de un millón de ejemplos y acepciones, empresa descomunal que le lleva a un encierro voluntario de años para tratar de alcanzar un propósito que, al parecer de muchos, limita con la locura.

En compañía de su hermano Ángel —protector y albacea—, y motivados por la nostalgia de la patria y las infaustas noticias de una guerra que se perpetúa año tras año, regresan por medio de los recuerdos del padre a los acontecimientos que los llevaron al elegido exilio. Así descubren hechos y circunstancias que testimonian la frustrada construcción de una nación que es víctima de sus luchas intestinas. En esta memoria desfilan, al lado del padre, los protagonistas de una lucha por el poder de la cual él fue testigo excepcional. Simultánea a esa remembranza se va perfilando la figura de Cuervo, su solitaria niñez, la influencia de los maestros, el encuentro con el misterio de las palabras, el afán y la necesidad de conocimiento, las disputas con los académicos y la obstinada dedicación a crear su inconcebible obra.

La configuración de la historia colombiana y el encuentro con la cultura francesa: la catedral de Chartres, la obra de Víctor Hugo, la libertad de Delacroix, la bailarina de Degás, la construcción de la torre Eiffel —mientras él elabora su torre de Babel—, la aparición de la fotografía y del cinematógrafo y la influencia de las doctrinas liberales, contextualizan las reflexiones que sobre el arte, la lengua, la patria, la religión, la condición humana, la amistad, el amor y la muerte emergen en la voz de Cuervo, entrañable personaje que hizo de su trabajo el único motivo de su existencia.

Cuervo es una novela que experimenta con la temporalidad de la crónica, la conceptualización del ensayo, la intimidad del diario y la objetividad de la realidad histórica para dar cuenta de la vida obsesiva, discreta y solitaria de un hombre cuya grandeza todavía es desconocida.

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Marco Antonio Mejía Torres (Caldas, 1956)

Marco Antonio Mejía Torres

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Cuervo

Fragmento

Me consuelo con la magia de una edad detenida en mi fotografía. Pienso en esos ejemplares circulando de mano en mano, imagino a los lectores reconociendo mi rostro y han de creerme tal como allí me ven, lo cual me produce un cierto agrado pues es como si gozara de una eternidad ilusoria, que anula el obrar del tiempo y la distancia. Han trascurrido diez años desde nuestra partida y me desconozco cada vez más en lo que fui y me reconozco en mi debilidad por lo que aquí, ante mi realidad, indefenso en el cuerpo, alerta en mis pensamientos, no hago otra cosa que dejar actuar al clima, a la medicina y al temperamento de los médicos. A los deterioros de salud, siempre en avance, he sabido cómo hacerles el quite: el otoño es de mi dominio y puedo pasarlo indistintamente en cualquier lugar; el invierno siempre ideal para mi trabajo, me lanza al Hotel Mallet en Marlotte; en la primavera me defiendo cubriendo todos los resquicios a ese sol que no parece serlo; en los veranos ya me hice a la idea —que antes me parecía moda— del receso en los balnearios y que se me hicieron más que gratos. De todos modos las jaquecas, el inseparable catarro y ciertas debilidades del estado físico reinciden en cualquier época; el asunto es cómo atenuarlas; están siempre ahí, pero a estas alturas no me podía imaginar en Bogotá con sus corrientes de aire persiguiendo el poco vigor que requería para mi trabajo; de pronto, de no haber sido posible evitar el regreso, en vez de la sabana hubiese atendido el consejo de intentar en Medellín por esa primavera sin ese falso sol que en París tanto me engaña.

El que partió no es el mismo que soy ahora; tampoco es ese mi rostro prematuramente envejecido: “Quantum muta Tus”, mi calva se continúa con el espinazo, pero aun con esta nostalgia de querer ser aquél, no puedo devolver los días y debo reprocharme esta ingratitud, porque de no estar aquí en nación extraña, pero acogedora, no hubiera logrado lo hecho y en nuestro país me hubieran devorado los acontecimientos. Siempre he sido viejo. No me adolece, no me atormenta este precipitado deterioro. A veces de soslayo percibo un rostro que, ilusiono, no envejece en ese espejo ante el cual ejerzo la obstinada pulcritud de cada día. Más saben los dioses por eternos que por temporales. Y esa eternidad es el cúmulo de una ancianidad que engrandece el poder del dios. ¿Qué cosa hay de grande en ser joven? Nada que sea sólido. La vejez se me vino encima cuando aún gozaba de las presunciones de una juventud que nunca lo fue. No añoro el desliz sensual, ni las furias del cuerpo, tampoco las horas que se desperdician en la embriaguez. He vivido la felicidad tal como me ha sido dada o tal como yo la he usado, en una navegación, aventura sin sacudidas ni enviones que durante años y años se ha abismado en auscultar palabras.

El correo y las fotografías, conforman el par que mayores emociones me han proporcionado en la correspondencia con todos mis amigos, porque además de la intima cercanía de la carta —que nos revela una voz entre las líneas— pude ver las caras que, distantes en otros países, surcaban los mares o los caminos montañosos y se nos mostraban en su realidad. No sé qué extraño don tenía, pues jamás se equivocó mi intuición al trazar en mi mente los rasgos de mis desconocidos corresponsales, que al comprobarlos en sus retratos coincidían con la imagen que de ellos me había forjado.

La fotografía que puse a circular en mis tarjetas de visita, no es como la del grabado de Walery, que mandó estampar mi hermano sobre una porcelana y que luce en el estudio —me veo allí más viejo que en el espejo—, sino como la del Periódico Ilustrado. No me atrevería —acuso en esto una mediana vanidad— a enviar una imagen diferente a la de aquella primera foto, deseo quedarme ahí, sin revelar esta ancianidad prematura, detenido en esa juventud que se me escapó como el día de una mariposa. “Con un gran lente que me da alguna vista, he conocido a U. mi querido D Rufino. ¡Cuánta gana de abrazarle! No suponía que fuese tan joven, pues para mí es casi un niño. Después de mis días lo conservará mi hija en su álbum con el mismo vivo interés con que lo ha colocado. Allá va, en correspondencia, el retrato de su anciano amigo”. ¡Cuánto se equivoca sobre mi verdadero aspecto el devoto P Fermin Cevallos, si supiera que ahora parezco más viejo que cualquiera de los ancianos del hospicio de la Caridad!

Soy de alguna manera, para quienes dejé atrás en mi ciudad, este retrato jovial que acompañan las agudas palabras de mi amigo Miguel Antonio. Aquí en París, no me importa ahora tanto quién soy, acaso el espectro que recorre en las tardes el Passy por las orillas del Sena, o aquel que ha hecho de las salas de la biblioteca su hogar matinal cada uno de los días de estos años, o el que desde hace algunos meses a ninguno acude y a quien ya casi nadie visita; sombra que se disminuye en su cuarto. Los pocos con quienes contacto y relaciono se han acostumbrado a ver la prisa que tiene el otoño en mí, el árbol que no floreció, solitario en su jardín, esperando la tibieza de los días de sol o intentando un viaje, que algún día ya no podré hacer, a la Ville de Marié Theresse para aliviar un cuerpo que parece haber perdido sus raíces.

Siempre di respuesta a las cartas, si por razones de algún quebranto de salud no contestaba a tiempo, me acosaba la sensación de tener una carta de respuesta a la espera, un sentimiento inconcluso; me creía ser un ofensor, aunque nunca me sentía ofendido si alguien no me respondía, suponía sus razones desde el extravió de la carta hasta alguna molestia que yo inconsciente le hubiese causado. Escribir, recibir, responder y de nuevo recibir, fueron creando un orbe que abrumé de preguntas, me dio respuestas, comprendí asuntos para mí extraños, me reveló saberes y me otorgó la nobleza de la amistad.

Amistad ha sido ella mi única riqueza, el tesoro del cual he sido su más celoso curador. He cuidado la amistad tanto, o quizás más que las palabras y un poco menos que mi soledad, por ésta no tengo que esforzarme: ha estado siempre a mi lado y es la soledad quien me cuida, no intento ahuyentarla; por su desértica extensión ha recorrido con sus ávidos pasos —y más de las veces torpes— toda mi existencia. De las palabras he intentado decirlo todo, pero con la amistad me siento en deuda en relación a todo lo que en la amistad pude hallar, es parco mi decir y soy prudente y avaro al intentar expresar, sin reprimirme, todo el sentimiento que de la amistad debería escribir.

“Mi reino por un caballo”, dice el infame Ricardo Tercero. Mi vida por un amigo leal, digo yo y a su vez dudo de mis cualidades para serlo. ¿Se puede ser amigo en solitario? ¿Cómo es posible que desde este aislamiento voluntario pueda sostener una amistad? ¿Es la mía una amistad entre seres rodeados de soledad? Fama tengo “del lujo” —así ironizan— y lo escasa que es una de mis visitas, y me extraño que por ello no me hayan retirado los afectos: por tan visible abandono. Sin embargo quien sabe un poco acerca del propósito que me impuse, sabe disculpar las ausencias y me apoya, más bien, desde esa imaginaria línea de la distancia que no implica separación. Amigo de mis amigos a quienes mi pobre amistad en nada les aprovecha y simplemente vuelta admiración para sostener el lazo que, ante mis actitudes, pudieran con razón cortar.

Fuente:

Mejía Torres, Marco Antonio. Cuervo. Ediciones Otraparte, Envigado, 2011.

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