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Lectura y Conversación

Derek Walcott

Derek Walcott

Premio Nobel de Literatura 1992

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Derek Alton Walcott nació en la isla caribeña de Santa Lucía en 1930. Es el mayor poeta y autor dramático anglófono que las Indias Occidentales hayan producido. En 1992 recibió el Premio Nobel de Literatura. Entre sus libros de poesía se destacan “Otra vid”, “Uvas de mar”, “El reino de la manzana estrellada”, “El viajero afortunado”, “Verano”, “El testamento de Arkansas” y “Omeros”. En este último libro, recapitulación de “La odisea”, hace paralelos entre la experiencia griega y la antillana y representa hasta ahora la piedra de toque de su poesía.

En todos sus libros, a partir de “Uvas marinas”, Walcott ha escrito poemas situados en el Caribe, pero también en otros lugares, moviéndose entre culturas, estableciendo un diálogo entre el emblemático “Norte” (los países metropolitanos) y el “Sur” (el Caribe). Su creciente alcance y cosmopolitismo, que expresan una visión global, han estado acompañados por una inquietud equivalente, un sentimiento de distancia de sus orígenes que aumenta de manera progresiva. A lo largo de su vida Walcott ha escrito poemas de una dolorosa autoconciencia y de regreso al hogar. Estos poemas tratan el tema de cuán lejos ha crecido el poeta de su pasado provinciano, de “regreso al hogar sin hogar”. El temor de haber abandonado a la gente que lo rodea (“Yo, que nunca podría solidificar mi sombra / para ser una de sus sombras”) se transforma en el preludio a un compromiso renovado con el hacer del arte antillano.

En el contexto del XXI Festival
Internacional de Poesía de Medellín

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Derek Walcott

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Cuando un jarrón se rompe, el amor que vuelve a juntar los fragmentos es más fuerte que aquel otro que no valoraba conscientemente su simetría intacta. La cola que restaura las piezas es la autenticación de su forma original. Un amor semejante es el que vuelve a reunir nuestros fragmentos asiáticos y africanos, la rota reliquia que, una vez restaurada, devela blancas cicatrices. Esta reunión de trozos es la pena y la nostalgia de las Antillas, y si las piezas son desparejas, si no se ajustan bien, ellas contienen más pesadumbre que su figura original; esos iconos y vasijas sagradas se revisten de una realidad que renueva sus ancestrales lugares. El arte antillano es esta restauración de nuestras historias hechas añicos, de nuestros cascos de vocabulario, lo cual convierte a nuestro archipiélago en un sinónimo de los pedazos separados del continente originario. Y este es el procedimiento exacto para hacer poesía, o eso que debería llamarse, no “hacer”, sino rehacer la memoria fragmentada, la armadura que encierra al dios, incluso el rito que lo entrega a la pira final; el dios armado caña a caña, junco flexible tras junco flexible, cuerda trenzada tras cuerda, tal como los artesanos de Felicity erguían su resonancia divina.

La poesía es como el sudor de la perfección, pero debe parecer tan fresca como las gotas de la lluvia sobre la frente de una estatua; combina lo natural con lo marmóreo, conjuga ambos tiempos: el pasado y el presente; el pasado es la estatua y el presente el rocío o la lluvia sobre su frente. Existe el lenguaje amortajado y el vocabulario individual: y el oficio de la poesía es excavación y descubrimiento de uno mismo. En lo que corresponde al tono, la voz personal es un dialecto; forma su propio acento, su propio vocabulario y su propia melodía, desafiando el concepto imperial del lenguaje; el lenguaje de Ozymandias, de las bibliotecas y los diccionarios, de las cortes de justicia y los críticos, las iglesias, las universidades, el dogma político y la dicción de las instituciones. La poesía es una isla que se separa del continente. Los dialectos de mi archipiélago me parecen tan frescos como las gotas de la lluvia sobre la frente de la estatua; no son sudor brotado del clásico mármol adusto, sino condensación de un elemento refrescante, lluvia y sal.

Derek Walcott
Revista Clave

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"Omeros" de Derek Walcott

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Poemas de
Derek Walcott

Negaciones

Un recorte de diario, la invasión a Biafra:
negros cadáveres envueltos en luz solar
tendidos en el brillo blanco que entra en
¿cómo-es-que-se-llama la ciudad principal?
Alguien que es blanco
ilumina las noticias detrás de la noticia,
quizás, sus ojos brillan de lástima:
“Los Ibos, sabe Ud., son como los judíos,
bastante similar a la situación en la Alemania de Hitler,
me refiero al resentimiento de los Hausas”. Yo trato de entender.

Nunca te conocí, Cristopher Okigbo,
sólo logré verte cuando un actor gritó “¡Las Tribus!
¡Las Tribus!” Columbro
esos rostros ardientes,
e incendiados de los Ibos,
esos tartamudeantes prisioneros de ojos saltones
a merced de un consejo de guerra celebrado en el campo de batalla.

Las sombras con cascos de soldados
podrían haber sido blancas y tuyo
uno de esos cuerpos acariciados por el sol sobre el camino blanco
entrando en escena... las tribus, las tribus, su vergüenza.
¡Cristo!, esa ciudad principal, ¿cuál será su nombre?

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Desenlace

Yo vivo solo
al borde del agua. Sin esposa ni hijos.
He girado en tomo a muchas posibilidades
para llegar a lo siguiente:

una pequeña casa a la orilla de un agua gris,
con las ventanas siempre abiertas
hacia el mar añejo. No elegimos estas cosas.

mas somos lo que hemos hecho.
Sufrimos, los años pasan,
dejamos caer el peso pero no nuestra necesidad

de cargar con algo. El amor es una piedra
que se asentó en el fondo del mar
bajo el agua gris. Ahora, ya no le pido nada a

la poesía sino buenos sentimientos,
ni misericordia, ni fama, ni curación. Mujer silenciosa,
podemos sentarnos a mirar las aguas grises,

y en una vida inundada
por la mediocridad y la basura
vivir al modo de las rocas.

Voy a olvidar la sensibilidad,
olvidaré mi talento. Eso será más grande
y más difícil que lo que pasa por ser la vida.

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Cañaveral marino

La mitad de mis amigos ha muerto.
Te haré unos nuevos, dijo la tierra.
No, grité. Devuélvemelos
tal como eran, con sus fallas y todo.

Esta noche puedo arrebatar su conversación
a la pálida resaca monótona
entre los cañaverales, pero no puedo caminar

sobre las hojas marinas iluminadas por la luna
solo, por ese camino albo
o flotar en el estado de sueño

en que las lechuzas abandonan la carga del mundo.
Oh tierra, el número de amigos que tú guardas
excede en mucho al de aquellos que quedan por amar.

Los cañaverales marinos al borde del acantilado despiden
un fulgor verde y plata;
eran ellos las lanzas seráficas de mi fe,
pero de aquello que se ha perdido nace algo aún más fuerte

que posee el brillo racional de la piedra,
que resiste el claro de luna, más allá de la desesperación,
tan fuerte como el viento, que nos apersona a aquellos que amamos
por entre los cañaverales divisores, tal como eran,
con fallas y todo, no perfectos, simplemente así.

Fuente:

Festivaldepoesiademedellin.org

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