Corporación Otraparte

Presentación

Después el aire

—Marzo 15 de 2018—

“Después el aire” de Diego Alexander Vélez Quiroz

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Diego Alexander Vélez Quiroz (Popayán, 1987) es poeta, narrador, ensayista y crítico de cine. Licenciado en Español y Literatura, cursó estudios de maestría en Literatura Latinoamericana. Es autor de los libros de poesía “Elizabeth y las manzanas” (Ediciones Oblicuas, España), “Para llegar a puerto” (Diablura Ediciones, México), la antología “Para llegar a puerto y otras heridas” (Klepsidra Editores) y la novela “Después el aire”, por la cual recibió el Premio Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira 2016. Actualmente se desempeña como profesor de Literatura y Crítica Literaria en la Universidad Tecnológica de Pereira y en la Universidad del Valle.

Presentación del autor y su
obra por Mauricio Quintero

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Se trata de una novela sólida en lenguaje y construcción. [...] Intrigas, malos entendidos, acciones equívocas de alcance indeterminado, desenlaces paradójicos y lamentables, ligan inteligencia a una notable urdimbre imaginativa. Nos referimos a una novela en la que no quedan cabos por atar. Y con final inesperado. Toda una constelación, en fin, de razones para sumergirse en ella y recomendar enfáticamente su lectura.

Mauricio Peñaranda

Después el aire es un manifiesto de nuestra historia reciente. Relata lo difícil que puede llegar a ser relacionarse con los otros, crear vínculos verdaderos en un mundo en el que lo artificial y lo estrictamente virtual han ocupado una porción importante de la realidad. El autor construye un mundo en el que la soledad (o el desamparo) está en todo, como una peste medieval que aísla y destruye a sus portadores. Vélez Quiroz agota todos los recursos narrativos para construir una novela audaz, estimulante y profundamente estética. Ciertamente una novela extraña para la narrativa colombiana.

Veredicto del Jurado

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Diego Alexander Vélez Quiroz

Diego Alexander Vélez Quiroz

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Después el aire

Fragmento

Cartagena, 21 de julio de 2015

Magdalena. Mi querida Magdalena. Al escribirte pienso en cuál es la mejor forma de saludarte, cómo debo empezar, no sé cuándo un saludo es demasiado formal o poco formal, no sé si te alcanza el cariño con el que escribo estas palabras. Espero que sí, que te alcance y te envuelva. Luego es más fácil, lo complicado es empezar, digitar la primera línea. ¿Cómo lo logras? Yo no soy como tú o como Józef, o como Carles, ustedes pueden escribir mucho y muy fácil. Tal vez sea porque saben todas esas cosas de historia, de política, de arte y de filosofía que yo no entiendo muy bien. Nunca fui buena para esas cosas, en la escuela siempre debía estudiar horas extras al final del año, siempre porque no podía con las clases que tenían que ver con filosofía y esas cosas. Pero ustedes son muy buenos, he leído lo que escriben, me sorprende ver todo lo que saben, todas las cosas que entienden sobre el mundo. También leí lo que escribes, mientras estuve contigo leí lo que escribías. Al final, cuando no estabas en casa, revisaba los papeles que dejabas sobre la mesa, bueno, no los revisaba, nada más los ojeaba porque me parecía extraña tu costumbre de imprimir todo lo que escribes. A veces alcanzaba a leer una frase que me gustaba, entonces leía todo el texto. Escribes muy bien ¿te lo han dicho? creo que sí, cualquiera podría verlo. Si yo leyera tanto como ustedes también podría escribir así de bien, tal vez podría hablar de filosofía, y de política, y de arte, y de todas esas cosas interesantes de las que ustedes siempre están hablando. Si leo un poco más creo que hasta podría hablar con la misma extravagancia de Carles ¿crees que sea posible? Yo no, no se me da muy bien la lectura, tardo un mes entero en leer un solo libro. Pero sí leo, Edmundo me enseñó que leer es bueno. En las mañanas, cuando estoy tomando café, antes de salir al mundo, ese momento en que todo es silencio y queda un espacio, un pequeño espacio para uno mismo, en esos momentos pienso en las conversaciones que teníamos. Bueno, no en las conversaciones que teníamos, en las conversaciones que ustedes tenían, yo nunca lograba entender. Repaso muchas veces esas conversaciones en mi mente. En ocasiones, mientras hablo con otra gente o debo charlar sobre algo, me robo algunas de sus palabras, las uso como si fueran mías. Recuerdo esas palabras que resuenan enormes «epistemología», «elaboración», «postmodernidad», «otredad». Ahora solo recuerdo esas, hay muchas más que a veces recuerdo ¿no te parece que suenan como si fueran palabras grandes? Siempre recuerdo sus conversaciones, siempre recuerdo que Józef tenía la razón ¿te dio esa impresión también? Es extraño, pero repaso una y otra vez esas conversaciones y en todas Józef tiene la razón, es como si lo supiera todo sobre todo. A veces también descubro palabras suyas en mi boca, pero no quiero escribir o decir sus palabras. En todo lo que Józef dice hay algo de soledad, no sé qué es, creo que es su tono, el tono de sus palabras, las palabras de Józef tienen algo solitario, no puedo explicarlo. Tú sabes más de esas cosas ¿has leído lo que escribe Józef? Claro que lo has leído. Yo también, lo he leído muchas veces, no solo por lo que sucedió con Edmundo, no, también leo otras cosas que escribió, en todas hay una soledad tremenda, abundante, la soledad de Józef escala todas esas palabras grandes y luego lo alcanza a uno. No sé si me entiendas. Hace tiempo que no escribe nada nuevo ¿sabes qué le pasó? ¿Sabes a dónde fue Józef? Pienso en él todo el tiempo, lo extraño. Siento ira por extrañarlo, no debería hacerlo. Siento mucha ira conmigo por extrañarlo, pero no lo puedo evitar. Pienso y pienso en él, no hago sino recordar su soledad. Józef es un hombre muy solitario, parece que no, pero lo es. Nunca creí demasiado en su pose de intelectual, cuando un hombre se esfuerza tanto por destacar, cuando le interesa tanto ser descubierto, cuando parece que lo dice todo, en verdad oculta algo. La sinceridad absoluta es la más sospechosa de todas las virtudes, Edmundo me enseñó eso. El secreto de Józef es su soledad. Solo puedo hablar de esto contigo, no podría decírselo a nadie más. A veces quisiera odiar a Józef, odiarlo por haberme traicionado, por haberme usado en sus juegos tontos. Quisiera odiarlo porque puso todo por encima de mí, no le importó lo que yo sentía. Quisiera odiarlo pero no puedo, me doy cuenta de que el odio es una carga demasiado pesada, un lazo que me uniría a él para siempre ¿Piensas que soy exagerada? No, yo no lo creo, he amado, he amado mucho, con todo el desprendimiento y la angustia que provoca el amor. Sé que algún día dejaré de amar, es posible dejar de amar. Incluso a veces dudo del amor que siento, dejo el amor a un lado por un momento. Es posible dejar de amar, pero no de odiar, el odio es un sentimiento mucho más intenso, mucho más persistente, cuando se ama puede dejarse de amar, pero cuando se odia, cuando se odia es para siempre. Por eso no puedo permitirme odiar a Józef, a nadie.

Siempre recuerdo a Józef, lo extraño. Perdóname por contarte todo esto, pero siento que necesito sacármelo de dentro y solo a ti puedo contártelo, a nadie más en el mundo. Eres la única que ha estado siempre conmigo. Echo de menos a Józef, es por eso que siempre estoy viajando, que siempre me estoy moviendo de un lado para el otro. Es por eso que siempre debo estar haciendo algo, porque si me alcanza el silencio empiezo a recordar. Lo recuerdo todo, recuerdo sus conversaciones, sus palabras, sus gestos, su soledad, todo. Hace unos días vagaba por la ciudad y vi un gato que era igual a Agatha ¿viste alguna vez a Agatha? es una gatita que adoptamos Józef y yo, la encontré en medio de la calle, era apenas una cachorrita cuando la vi. Estaba tirada en medio de la calle, se arrastraba con los ojitos cerrados hacia la orilla, creo que todavía no podía caminar, estaba recién nacida. Corrí para recogerla antes de que un automóvil la aplastara, se me vino a la cabeza la imagen de un auto pasando por encima de la gatita, tuve que cerrar los ojos para no verla morir. Cuando la recogí alcancé a escuchar lo que parecían maullidos que salían de uno de los edificios de esa calle. Busqué un buen rato hasta que por fin di con el edificio del que salían los maullidos. Le rogué al portero para que me dejara entrar. Cuando llegué al piso toqué la puerta de los maullidos. Un hombre mayor me abrió, se veía malhumorado, me miró con algo de despreció cuando descubrió que llevaba la gatita entre los brazos. ¿Qué quiere? me dijo sin saludar. Vengo a traerle a esta gatita, creo que es suya, estaba tirada en medio de la calle, le respondí. Pude ver otros dos gatitos que se arrastraban por el suelo del piso del hombre, era evidente que la gatita era de él. Sí, yo la dejé allí, no la quiero. Si usted la quiere puede quedársela, sino déjela en la calle. Dijo eso y me tiró la puerta en las narices, era un desgraciado. ¿Qué podía hacer yo? me fui con la gatita a tocar la puerta de Józef, no te imaginas su cara cuando me vio llegar con la gata en brazos ¿Qué es eso? me preguntó. Parecía enojado, se quedó parado en medio de la puerta esperando a que le respondiera. Es una gatita que estaba en medio de la calle, un hombre la tiró, no tiene donde vivir. Józef ni se inmuto, me miraba enojado, no le gustó para nada que yo apareciera con la gatita. Se quedó callado un momento, luego me preguntó ¿Qué vas a hacer con ese animal? No le hables así, le dije, es una gatita, no te ha hecho nada malo, no tienes por qué hablarle así. Está bien, pero ¿Qué vas a hacer con ella?, preguntó otra vez. No sé, le dije mientras lo miraba con mis ojos más dulces, tratando de que se compadeciera de la gatita. Creo que vio cuáles eran mis intenciones. Pues no sé qué harás con ese animal. ¡Qué no le hables así!, le dije. ¡Lo que sea! no sé qué vas a hacer, pero no lo quiero en mi casa. No respondí, me quedé mirándolo desde el sillón. No se puede quedar, me dijo otra vez, no me gustan los animales, no hay espacio en este lugar, no tengo tiempo para cuidarlo. Debe estar por ahí, en los techos, o en las montañas, donde sea que deban estar los gatos, pero no en mi casa. Definitivamente no se va a quedar en mi casa ¿No crees que estaba siendo muy cruel? A él no le costaba nada quedarse con la gatita. Le juré que yo la cuidaría, que iría todos los días a llevarle comida y todo lo que necesitara. No podía tener la gata en mi casa, Edmundo era alérgico al pelo de los animales, ya una vez tuvo que internarse en el hospital, cuando Francisco apareció con ese perro enorme. Si no lograba que Józef aceptara, tendría que llevar la gatita a la protectora, he escuchado que allí matan a los animales que nadie se quiere llevar. Insistí durante dos o tres horas, tenía que convencerlo. Al final aceptó a regañadientes. Está bien, dijo, pero solo unos días, mientras encuentras quién se quede con ella, no puedo tenerla viviendo aquí ¿Cómo se llama? No sé, le respondí, no le he puesto nombre ¿Qué tal Emili? tiene cara de llamarse Emili. ¡Claro que no! cómo es eso de que tiene cara de llamarse Emili, es una gata, no tiene cara sino hocico. Emili no es un nombre de gata, es un nombre de persona, hay que ponerle otro nombre. Agatha, A-ga-tha, ese es un nombre de gata. Agatha, así la llamaremos. Así fue como Agatha terminó viviendo con Józef. Al principio estuvo un poco esquivo con ella, pero con los días se encariñó, luego ya nunca quiso que se fuera. Algunas veces, cuando iba al piso de Józef en las tardes y estábamos juntos, Agatha veía desde el suelo como los pies de Józef se movían, se quedaba mirándolos durante un buen rato y de repente ¡saz!, se lanzaba y le mordía o le arañaba los dedos de los pies. Józef se levantaba iracundo, salía a perseguir a la gata por todo el piso, era cómico verlo, con lo alto que es, correr desnudo por todo el lugar persiguiendo a Agatha que al final se metía bajo un mueble o debajo de la cama. Siempre recuerdo esas cosas, soy un poco ridícula. ¿Recuerdas que en el edificio de Józef había algo así como una terraza? Llevaba una mesa y su computadora para trabajar allí, decía que el viento en sus orejas le ayudaba a pensar. Agatha solía dormirse a sus pies mientras él trabajaba. Un día Józef vio a la gata mirando entretenida hacia uno de los ladrillos que sostenían el techo de plástico de la terraza, descubrió que allí anidaba una familia de canarios, Agatha quería atraparlos. Desde entonces nunca más dejó que Agatha lo acompañara a la terraza, así era de tierno. Cuando subía a la terraza llevaba migajas de pan o maíz para los canaritos, regaba las migajas en el suelo de la terraza y llamaba a los pájaros como si de verdad le fuesen a responder. ¡Pajarito, pajarito, pajarito!, llamaba con un tono infantil, algo ridículo. Alargaba la “o” al final pensando que así le entenderían los canarios. Yo me reía de sus tonterías. Luego, incluso cuando los canarios se fueron del ladrillo de su terraza, yo le pedía que llamara al pajarito, él hacía lo mismo, ¡pajarito, pajarito, pajarito!, llamaba. Yo lo abrazaba, lo besaba.

Solo puedo pensar en esas cosas, Magdalena. Si paro un momento, si me detengo en algún sitio empiezo a pensar en esas cosas, me duele recordar. Siento ira conmigo por recordarlo todo, por no poder olvidarme de Józef. Me traicionó, Magdalena, me traicionó. A veces pienso que por eso Edmundo está muerto. Me culpo y culpo a Józef por la muerte de Edmundo. Sé que es tonto, ya me has dicho que no fue culpa de nadie, pero a veces siento culpa. Magdalena, Józef me usó para conseguir lo que quería. Siento ira conmigo por no descubrirlo a tiempo. Debí sospecharlo cuando lo conocí, tanta amabilidad, tanta complacencia, tanta autosuficiencia. Siempre me causó mucha angustia su autosuficiencia, su completud, no sé cuál es la palabra adecuada. Supe desde el principio que se bastaba a sí mismo para ser feliz, que las cosas que necesitaba del mundo las tenía en sí mismo, que su relación con los otros era una arandela, diamantes que le incrustaba a la corona de su ego. Siempre supe que no necesitaba de nadie. Debí sospechar algo, debí imaginarme que yo también era un diamante, que también a mí me estaba utilizando ¿Me entiendes?

No sé qué hacer, Magdalena. Últimamente pienso mucho en él, en todo lo que hizo. No quiero cargar más con esto. ¿Crees que estoy loca? ¿Crees que le estoy dando demasiada importancia? No lo sé, dime algo, quisiera escucharte, siempre me ayudas con estas cosas. También a ti te echo de menos, Magdalena, quisiera verte, perdóname por no escribir mucho y por contarte todo esto, pero tengo que sacármelo de dentro. Espero que me escribas.

Te mando un abrazo grande. Quiero verte.

Gloria

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