Corporación Otraparte

Presentación

El hombre detrás
de los espejos

—Abril 9 de 2019—

Portada del libro de cuentos «El hombre detrás de los espejos» de Andrés Alonso

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Andrés Alonso (Medellín, 1969) es comunicador social-periodista de la Universidad de Antioquia y especialista en Hermenéutica Literaria de la Universidad Eafit. Ha participado en talleres de creación literaria en la Universidad de Antioquia y en Yurupary. «El hombre detrás de los espejos» es su primer libro de cuentos.

Presentación del autor y
su obra por Janeth Posada.

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Hilo de Plata Editores

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Los espejos por los que Andrés Alonso se adentra en la ficción constituyen, en su conjunto, un gran prisma. A través de las veinticuatro historias que conforman el libro se van asomando temas, personajes e incluso escenarios que se repiten, pero que no son los mismos, porque la lente se va moviendo para darle lugar a una nueva perspectiva: otro secreto dolor, otra culpa, otro deseo.

Entre todos estos temas hay uno que podríamos denominar el hilo conductor: la pérdida. Trátese del amor o de la inocencia, en la lectura de El hombre detrás de los espejos hay una sensación permanente de que algo se escapa. Paradójicamente, mientras esto sucede, la lectura se enriquece con detalles, frases sugestivas, un humor fino y oscuro que el autor ha pulido con paciencia para el gozo de quien se interne en sus páginas.

Los Editores

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Andrés Alonso

Andrés Alonso

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El hombre detrás
de los espejos

Un cuento

La única luz que le queda

Un silencio rugoso se mueve por el salón. Es como si se derramara de las paredes, a ras cruzara el piso de tierra, trepara con roña por las patas y se depositara finalmente entre las dos velas gastadas, encima de la improvisada mesa de juego.

Solo se oye el breve zumbido de las cartas deslizándose unas encima de las otras. Su enemigo, sentado enfrente, las reparte con la mano izquierda, ayudándose con el muñón de la derecha. Él persigue su recorrido y ve caer las cinco de su mano pensando en las tantas veces que ha esquivado la muerte y ha regresado sano y salvo al rostro de gestos limpios de su mujer. A ese reguero de pecas de niña en la cara y a ese abultado rojo de boca que le quita la sed de vida cada vez que ella lo besa.

Por eso, le parece irónico que ahora tenga que hacerle el último quite a la muerte así, jugando a las cartas. «Ojalá sea un hombre de palabra», piensa con recelo. «Debe serlo», se consuela, sonriendo con desgana.

Recoge las cartas de una en una, con parsimonia, como si quisiera darse un poco más de tiempo, sin perder de vista los ojos turbios del otro. Le parece que la lumbre escasa de un brasero improvisado en un rin de jeep militar se refleja en ellos. Le da miedo. Piensa rehuirle la mirada, pero de inmediato recuerda que el póker también se juega con los gestos.

Entonces decide mirarlo con más fijeza, para que el otro piense que confía en su buena suerte aun sin descubrir las cartas. La luz de una lámpara de campamento colgada de la viga del techo alumbra apenas la estancia, y dos velas enanas sobre tapas de gaseosa en cada extremo de la mesa de juego sombrean su perfil y el del otro. Por las ranuras de los tabiques de madera se mete el frío. Una mosca revolotea nerviosa y se da tumbos contra la ventana. Es un monocorde tac tac infructuoso contra el mosquitero de alambre tupido que no la deja unirse a las que están afuera, rondando los cadáveres arracimados de su tropa, allá en el légamo, cerca del río.

Cuando el otro termina de repartir, él hace una hilada con las cartas y despacio las va deslizando hasta la orilla de la mesa para tallar la mano con el mayor sigilo profesional que puede. Presiona con el dedo índice, y levanta con la yema del pulgar el borde de cada carta. Cuando tiene clara la combinación de mano que más le conviene, las organiza rehaciendo la tirada, y con un golpe seco las deja caer sobre la mesa, satisfecho.

Oye crepitar el rescoldo de la madera en el rin, y por la ventana ve la figura del paisano empañada por la niebla. Es el dueño del rancho raquítico que les sirve de casino. Está vestido con un largo mantón con capucha y, con enviones recios del machete, corta los leños para atizar el fuego de la pira en donde seguramente van a quemar los muertos que dejó la sitiada.

—¿Cartas? —le pregunta retador el otro, con un dejo de sorna en la voz.

Él se queda cruzado de brazos. Permanece callado un momento, tratando de contrarrestar el miedo, diciéndose que tal vez la suerte empieza a jugar por fin a su favor. Un repentino silencio airado del otro lado de la mesa sobrevuela la estancia. Ve que su enemigo, impaciente, se quita el quepis de un manotazo y esconde sus cartas debajo del muñón.

—No quiero —responde él con firmeza. Y vuelve a sonreír, esta vez definitivamente confiado.

Apenas queda un resto de la mecha en el quinqué de petróleo colgado a un extremo de la viga. Su luz empieza a oscilar y la vela que alumbra el otro lado de la mesa es un pabilo en una costra de parafina. Con los nudillos le da un golpe seco a la mesilla. Suspira y desliza las palmas sobre las perneras del camuflado, secándose el resto del sudor de las manos. Luego, perfila los labios y los contrae para dejar salir un silbo corto. Desafiante, se cruza otra vez de brazos.

La premura nerviosa con la que su enemigo, al otro lado de la mesa, se espanta la mosca que había ido a parar a uno de sus galones raídos, le da el primer indicio de que tal vez empieza a perder el aplomo; de que desconfía. Después de un revoloteo impreciso, la mosca se posa sobre el mazo de cartas. La vela del otro lado por fin se apaga.

—¿Está seguro de que no quiere cambiar ninguna? —le pregunta el otro, con una mueca de sonrisa incrédula, casi burlona.

—Estoy seguro —responde él, puntilloso y solemne.

Percibe que a su enemigo la sonrisa se le va apagando poco a poco, hasta quedar reducida a una mueca, y que la intensidad del reflejo de la lumbre en sus ojos, al inicio de la partida, ha desaparecido. En el brasero improvisado solo quedan ascuas. Lo ve tasar de nuevo su mano, desplegar las cartas mirándolo por encima, cerrarlas y ponerlas sobre la mesa mientras, con el muñón, corre el mazo hasta el extremo. Con desgano le ordena a uno de sus secuaces que le acerque el brasero hasta su lado de la mesa.

—Entonces no vamos a necesitar más cartas —dice por fin con presumida altanería.

Tira la carta de encima del mazo al rescoldo y después, de a montones, el resto. El fuego se aviva y las cartas terminan abrasadas por una furtiva llama naranja. Ve que la última imagen en desdibujarse es la del bufón del comodín. Enseguida oye la risotada del otro; lo conmueve, pero no lo asusta del todo.

«Es un facha de mierda», piensa. «Es imposible que tenga mejor juego que el mío», se consuela de inmediato. Cuando termina con la quema, el otro se arrellana en la silla de espaldar alto, y casi ceremonioso acaricia por encima de la funda la cacha del revólver. Por instinto, él empuña su chapa de identificación, en donde aparecen grabados sus apellidos, su nombre, su tipo de sangre y su religión.

—Usted sabe que tampoco va a ganar esta partida, ¿cierto? —le pregunta el otro, sin dejar de acariciar la funda.

—¿Cuánto apuesta? —responde él, careándolo. Esta vez la sucia risotada del otro le hace apretar los dientes con rabia.

—¿Sabe? ¡No debería andarse con bravuconadas! Usted ya apostó lo único que le queda, y perdió —le dice el otro, intentando recuperar la compostura. El ronquido lejano de una motosierra le aguijonea el miedo y le provoca un nudo en el estómago. Entonces, se inclina hasta la mesa y coge las cartas dispuesto a acabar de una vez por todas con la incertidumbre.

—¿Qué tiene? —le pregunta con un hilo de voz.

Evasivo, empeñado en hacerlo recular, el otro recoge la ristra de su lado de la mesa, escoge una carta y la descubre. Un as.

Él lo mira a los ojos y le parece que el otro recupera de un golpe el aplomo de hace un rato, cuando lo obligó a sentarse frente a él, le repartió las cartas y le dijo que le apostaba lo que le quedaba de vida a una mano de póker.

—Y… ¿usted? ¿No va a destapar ninguna? —le dice su enemigo, mientras le tira en la cara su risa de guasón. Las cartas tiemblan en sus manos. Reprime una arcada. Con el antebrazo se seca la frente perlada de sudor y con desdeño derrotado descubre sus cartas sobre la mesa. Cuatro ases y un rey.

El otro ni siquiera se toma el trabajo de mirar la tirada sobre la mesa, y finge ignorar que lo están observando. Retira el revólver de la funda, lo apoya sobre el muñón y le apunta.

—Es feo hacer trampa en el juego —es todo lo que se le ocurre decir a él, impostando un gesto tranquilo.

—En la guerra todo se vale… Y el que pierde, no se da cuenta o lo olvida pronto —le responde el otro con sobrado desdén.

Lo ve pararse de la silla con modorra, venir hasta su lado de la mesa, rodearlo y detenerse junto a él. De un tirón le arranca la placa de identificación y se la guarda en el bolsillo de la chaqueta, como si fuera un trofeo de guerra. Sopla recio, pero la vela que queda prendida oscila y no se apaga. Va hasta la puerta. «Hay que echarle petróleo a eso», le dice a uno de sus secuaces señalando el quinqué sin luz. Está asomado a la ventana. Desde ahí tira gritos y órdenes que él, sentado en la mesa, ya no escucha.

Entonces trae la mirada de la ventana a la vela. El pabilo está inclinado. Y rojo. Deja escapar un suspiro que pasa cerca de la llama y la empequeñece. El baile de sombras que produce alrededor se detiene un momento. La oscuridad amenaza con cerrarse en torno a la mesa. Enseguida la corriente de aire se desvía. La llama recobra su estatura y la luz decidida se acuesta sobre la madera expandiéndose en círculos concéntricos a través de las vetas. «Si pudiera tirar una piedra de espalda a ese lago de luz amarilla pediría un deseo», piensa y sonríe.

La red de sombras contra la pared imita las ramas de los árboles que el viento mueve afuera. De repente todo se convierte en una suave penumbra agradable de ver. En una fiesta de claroscuros contoneándose como polleras de tul al ritmo del parpadeo de la candela. El hombre acerca una mano. La llama se remueve un poco a la izquierda como dándose ánimo, dispuesta a defenderse. Da otro bandazo, y la espanta.

A medida que la mano se aleja de la llama, su sombra en la pared pierde los contornos y desaparece. Con un movimiento brusco, casi errático, regresa como una polilla seducida por la luz que hasta hace apenas un momento parecía no estar a su alcance. Despacio la mano rodea la llama y se impregna de ese rojo rabioso que le recuerda una boca antes del beso de despedida. Un nuevo tumbo rebelde y decidido obliga a la mano a alejarse. Los revuelos de humo dibujan figuras en la penumbra. De entre tantas, al hombre le parece vislumbrar el rostro de una mujer. «Es linda», piensa cerrando los ojos. Y sonríe feliz, porque ese destello de recuerdo es la única luz que le queda.

Una hilada de esperma se desprende de la ranura que se ha formado en el borde izquierdo de la vela, más consumido que el derecho. El humo impregna el aire de un olor acre. Espeso. Una costra se ha ido formando en la madera de la mesa. Pronto la vela, igual que la otra, no será más que un pabilo que sobreagua en medio de un charco. Un chisporroteo; una lluvia de luces que se esparcen como las pecas en su cara. El suspiro vuelve a pasar cerca. La llama tiembla, duda. ¡Pum! Y se apaga.

Fuente:

Alonso, Andrés. El hombre detrás de los espejos. Hilo de Plata Editores, Medellín, 2019.

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