Corporación Otraparte

Presentación

El humano adjetivo

La poesía de Borges

Febrero 21 de 2013

“El humano adjetivo - La poesía de Borges” de Inés Posada

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Inés Posada es comunicadora social-periodista de la Universidad de Antioquia y especialista en Literatura de la Universidad Pontificia Bolivariana, donde se desempeña como profesora de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras. Ha publicado los libros de poesía “Metáforas del miedo” (1985), “Entre las hojas” (1994), “Me llamarás amor” (2000), “Sólo la vida” (2000), “Sé que voy a morirme” (2006) y “Libreta de quejas: la escritura del silencio” (2006). Entre sus investigaciones se cuentan “Antología poética comentada: la divina noche” (Semillero de Investigación La Escritura y la Experiencia Poética, 2000) y “Formas de la resistencia: una mirada desde el psicoanálisis, la poesía, el cine y los habitantes de calle” (capítulo de libro, 2011). Ha recibido los premios de poesía "Gustavo Ibarra Merlano" (Universidad Tecnológica de Bolívar / Casa de Poesía Silva, 2004) y "Escrito a la manera de..." (Casa de Poesía Silva, 2009), así como las menciones de honor en los concursos del periódico Excélsior de México (1983) y el proyecto Educa en Costa Rica (1985). Desde 1979 realiza el programa “Poesía universal” en la Emisora Cultural de la Universidad de Antioquia.

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Presentación de la autora por
Iván Darío Carmona Aranzazu

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Inés Posada Agudelo

Inés Posada Agudelo

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Como una confidencia, como un rumor extraño y a la vez íntimo, como algo que sucede: el silencio de un pájaro, el delicado perfume de la noche, el aliento de una simple y cotidiana palabra, el ignorado color de una rosa en un jardín lejano, el misterio del alba o del poniente.

Como una invitación, como un secreto, como algo tan silencioso y a la vez tan impregnado de esa sabiduría sencilla del lenguaje. Como lo es siempre la poesía, “sagrada, alada, liviana”, “sonrisa de las letras”.

Así, este viaje de interior, este viaje poblado de memorias de un habitar humano, y de sus sensaciones, emociones, pensamientos y gestos. Esta conversación con Borges, el cercano maestro, “El último delicado”, el poeta.

Los Editores

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La poesía para Borges

Fragmento Capítulo 3

... esas cosas, acaso, son el poema.

El Sur

Un hombre está sentado en una banca del parque. Un hombre atento y delicado. Mira, escucha, siente. La “realidad” suspendida en ese momento, como un demorado atardecer, se deja sentir. Todo habla en su preciso lenguaje simultáneo de sensaciones, recuerdos, emociones, pensamientos. El cuerpo, en el instante, sabe algo antiguo y eterno. Está aquí y ahora; allí, entre las cosas tangibles e intangibles: el cuerpo y esa hermosa y “torpe intensidad” que es su alma. Ya no precisa bordes ilusorios, ya sabe que la totalidad intercambia sus signos —sus símbolos— en una conversación sin propósito que abarca la comprensión más profunda de la vida: la poesía.

Ese hombre, tocado en lo profundo y en lo liviano, en el silencio y en la palabra, en el gesto que conduce a los sencillos actos del asombro, sí, sobre todo en el gesto, en su amplitud, en su destino de diálogo universal con todos, es decir, con cada uno, escribe sobre la palma de su mano “el poema”. Sabe secretamente que eso es el poema, sabe que la poesía es sobre todo eso, acaso eso. No está tocando la verdad, no está sembrándola en el mundo para detenerla y fijarla. No acude a los razonamientos, a las explicaciones, ni siquiera a las dudas. Tal vez recuerda en su memoria, poblada siempre de multitud de voces, algún verso, alguna imagen, alguna perplejidad. Ese hombre podría decirnos muchas cosas sobre la poesía, cosas inteligentes, síntesis asombrosas que recogieran la historia y la complejidad que ha encontrado en su destino de lector.

Pero, alguien en él —pues él se sabe a la vez múltiple y singular— elige sus palabras; alguien que conoce su música secreta (la suya y las de sus palabras). Son pocas, son precisas, y nos tocan “como la cercanía del mar”...

Son las palabras del cuerpo y en el cuerpo, la voz que se levanta y susurra, nombra y entonces, enumera, ¿Qué...? ¿Lo oculto? ¿Lo enigmático? ¿La Esencia, acaso el Ser? ¿El misterio del ser revelado? ¿La clave, la cifra, la sentencia que nos entrega el conocimiento y la verdad?

No. Ese hombre —aunque ha visto en cada cosa todas las cosas del tiempo y el espacio, aunque sabe reconocer el pensamiento de lo infinito en lo finito, aunque ha mirado con terror los espejos y desde ellos se sabe tan irreal —pero tan cierto— como la fría lisura con la que sus manos tropiezan al buscarse entre ellos; ese hombre elige, no; tal vez es elegido por las simples palabras de cada día —las que trabajan adentro del lenguaje— cómo decir y señalar la modesta complejidad que nos habita y que habitamos desde la banca de un parque, en el sur... la humedad, el arco del zaguán, las antiguas estrellas, el olor del jazmín y la madreselva, el círculo del agua en el secreto aljibe (cosas cercanas, de todos los días).Y sus palabras no arden, no estallan, no perturban el diálogo entre la vida y el pensamiento (que él sabe, acaso como otra forma de la vida). No. Sus palabras son dulces y nos hieren como el silencio del pájaro dormido. Sus palabras son una insinuación, una invitación, sugieren un estado de alma tan liviano y profundo, tan venido de los países de esa infancia dormida, tan claramente poesía, que aún nuestra “pálida razón” participa del corazón profundo de cada una de sus imágenes, porque ellas se ven, se escuchan, se sienten, tocan el claro misterio de la vida, penetran, reposan, duermen.

Ese hombre, sentado en una banca del parque en el sur, en el siempre sur de sus asombros, es en verdad “El Hacedor”: el hombre que cuenta y canta, el hombre que juega siempre el ajedrez misterioso de la poesía cuyo tablero y cuyas fichas conoce y sobre las cuales se inclinará —en ese tiempo sin tiempo— aún después de haber muerto.

Y esa conversación con las estrellas, con el silencio, con la humedad... es acaso el poema...

El Sur

Desde uno de tus patios haber mirado
las antiguas estrellas,
desde el banco de
la sombra haber mirado
esas luces dispersas
que mi ignorancia no ha aprendido a nombrar
ni a ordenar en constelaciones,
haber sentido el círculo del agua
en el secreto aljibe,
el olor del jazmín y la madreselva,
el silencio del pájaro dormido,
el arco de zaguán, la humedad,
-esas cosas, acaso, son el poema.

Fuente:

Posada Agudelo, Inés. El humano adjetivo - La poesía de Borges. Editorial UPB, Colección Estudios Literarios, Medellín, 2012.

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