Corporación Otraparte

Presentación

El Ministro

Octubre 11 de 2012

“El Ministro” de Carlos Adriano Cely Maestre

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Carlos Cely Maestre (Bogotá, 1953) se graduó en Electrónica y Comunicaciones y obtuvo un posgrado en Telemática en la Universidad del Cauca. Sin embargo, por inclinación artística, ha dedicado buena parte de su vida y sus esfuerzos al Arte Dramático, tanto como profesor y director de teatro así como actor de teatro y televisión. Su vocación de escritor lo llevó a cursar estudios de Dramaturgia y Guión de Cine y Televisión en la Universidad del Rosario y en la Escuela de Cine Black María. Comenzó escribiendo guiones para televisión, cuentos y artículos periodísticos, y luego, abocado por la necesidad de matar algunos fantasmas que lo acosaban, decidió escribir un ensayo sobre el saqueo y posterior liquidación de la empresa Telecom. Así mismo, la constante violencia social y política que desde hace décadas sacude a Colombia lo impulsó a la escritura de “El Ministro”, novela que conduce al lector en una travesía por diversos apartes de nuestra historia.

Presentación del autor
por Gonzalo Díaz Gaviria

Ediciones Pluma de Mompox

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Extraordinaria novela, en todo sentido; muy bien estructurada y con una excelente caracterización y manejo de personajes. La temática es realmente novedosa; es una de las primeras novelas que trata temas tan riesgosos como la guerrilla y el secuestro que, siendo problemas nacionales, han estado fuera de la gran literatura.

Pedro Claver Téllez

Relato original e innovador que narra la forma dramática en que las relaciones de poder tocan las vidas de Antonio y Laura, en el marco del conflicto colombiano, provocando emociones constantes de identificación y rechazo. En un lenguaje sencillo, pero crítico, la historia nos aproxima a una utopía, exhalando todo el tiempo un agradable aroma cinematográfico. Es de esas novelas que uno quisiera leer en una sola sentada.

Zaralú Ospina

Balzac dice que la novela es la historia privada de las naciones. El novelista Sergio Ramírez sostiene que es al revés: la vida pública se convierte en la historia privada. Este cruce de miradas, este diálogo de visiones complementarias, está presente en El Ministro. Más que una novela, es una valiente revelación velada, una oportunidad generosa y arriesgada de conocer los entresijos del poder. Una sociedad armándose y desarmándose a cada momento, y que se halla plagada de pasiones e intereses nacidos de la necesidad que cada persona tiene de permanecer, de sentirse pisando suelo firme para intentar formar parte de algo, aunque en el fondo se descubra más perdida y más sola. Con El Ministro el poder encontró un espejo en el que mirarse de cuerpo entero.

JJ Junieles

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Carlos Cely Maestre

Carlos Cely Maestre

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El Ministro

—Capítulo 1—

Por Carlos Cely Maestre

Recostada sobre la cama, cubierta apenas con una delicada pijama, María recorría extasiada las viejas páginas de un libro de filosofía hermética, que había llegado a sus manos cuando precisaba, más que nunca, encontrarle sentido a la existencia humana.

La afligía saber que cada día, ante los ojos insensibles de casi todos, morían en la miseria millones de congéneres, mientras, sin escrúpulo alguno, se despilfarraban miles de millones de dólares en guerras sin sentido y en ostentación indolente por parte de los más pudientes. La impresionaba que ni siquiera el Papa, supuesto representante de Cristo en la Tierra, renunciara a lujo alguno para, al menos, solidarizarse con las legiones de menesterosos que se multiplicaban en el planeta.

La impotencia que sentía frente a todos esos temas, con los que tenía contacto directo a través de su actividad diaria como trabajadora social, la hacían caer en continuos estados depresivos, de los que salía de la mano de Antonio, su esposo, con quien siempre compartía sus temas y sus angustias. No era raro encontrarlos a la una o dos de la mañana, intercambiando sus visiones frente a los hechos acaecidos en el transcurso del día.

Él, desde su observatorio como periodista, tenía también una perspectiva privilegiada que le permitía acceder a mucha información, ignorada por el común de la gente. Quienes sabían de su posición valerosa para denunciar, a través de sus columnas periodísticas, los actos ilegales o inmorales de personajes intocables de la vida nacional, no dudaban en entregarle pruebas de toda índole que le permitieran escribir sus artículos con bases sólidas.

Su actividad periodística investigativa y su posición pública contra la intensificación de la guerra, y a favor de los diálogos de paz, le habían generado enemistad con varios miembros del Gobierno, y estaban a punto de arrastrarlo a atroces experiencias que, de haberlas intuido, lo hubieran hecho renunciar a sus propósitos o, al menos, moderar sus ataques temerarios contra un monstruo gigantesco, cuyos tentáculos no se percibían a simple vista.

María detuvo su lectura y miró el reloj despertador que marcaba las siete de la noche; cerró el libro y lo puso en la mesita; enseguida, tomó el control remoto del televisor y lo encendió. Estaban en los titulares del noticiero. Uno de ellos acaparó su atención: “El Ministro asegura que las acusaciones del periodista Antonio Rodríguez son falsas, y que lo denunciará por calumnia e injuria”.

—¡Antonio, ven! —gritó, excitada—. ¡Empezó el noticiero!

Unos segundos después, apareció Antonio en calzoncillos y con una toalla pequeña en las manos. Se sentó en la parte delantera de la cama, muy cerca del televisor. Se notaba bastante nervioso. Era un hombre de mediana estatura, delgado, pero atlético, trigueño y de facciones fuertes.

—El Ministro dice que te va a denunciar por calumnia —anticipó María, mientras terminaban los titulares, que ya estaban en la parte correspondiente a la farándula.

—Siempre dicen lo mismo —repuso Antonio.

El presentador saludó a la audiencia internacional, y empezó con la lectura de las noticias: “El Ministro aseguró esta tarde, a los diferentes medios de comunicación, que las acusaciones del periodista Antonio Rodríguez son mentirosas, y que lo denunciará, penalmente, ante la Fiscalía. Esto dijo El Ministro”.

El Ministro, un hombre muy alto y corpulento, de pelo escaso, cincuenta años de edad y vestido con elegancia, rodeado de micrófonos, trataba de hablar pausado y con calma, pero la ira le hacía temblar el rostro: “Todas las afirmaciones que ha hecho el señor Rodríguez, desde su columna dominical, son falsas; por eso, mañana mismo, entablaré contra él una denuncia penal por calumnia e injuria”. Uno de los periodistas le preguntó: “Entonces, ¿de dónde saca el periodista Antonio Rodríguez todos los graves señalamientos que ha hecho contra usted, Ministro?”. “Yo no veo ningún grave señalamiento; esa es una lectura suya, bastante equivocada. Todas son invenciones malintencionadas de un... mandadero que persigue hacerle daño a los intereses de la patria. No quiero entorpecer las labores que están adelantando nuestros organismos de inteligencia, pero existen serias sospechas de que todo hace parte de un montaje, encaminado a desacreditar este Gobierno. Tenemos evidencias de vínculos cercanos entre el señor Rodríguez y una organización, clandestina, que busca desestabilizar nuestras instituciones”.

El noticiero continuó con otros sucesos, pero Antonio ya no prestaba atención. Cerró los ojos con fuerza y dejó caer la cabeza.

—¡Miserables! —gritó, tratando de exorcizar la rabia que sentía.

María apagó el televisor y se quedó mirándolo, desde la cabecera de la cama, sin saber qué decir.

—Yo creo que tus pruebas contra El Ministro son muy sólidas —musitó, tímidamente—. No debería preocuparte tanto lo que él dice.

Antonio se volvió hacia ella y la observó casi con pesar, mientras negaba con la cabeza.

—Ojalá la mayoría de la gente fuera tan inocente como tú. No sé con qué ojos miras tú las noticias. Por lo visto no entendiste lo que dijeron.

—Pero claro que entendí —refutó María, ofendida—. El Ministro te va a denunciar por calumnia.

Antonio se levantó sin contestar, fue al baño, se lavó los dientes y regresó. Enseguida, se metió en la cama y miró a su esposa que lo observaba curiosa.

—Bueno, explícame qué fue lo que tú entendiste y yo no.

—Me están vinculando con el terrorismo.

—Pero ¿de dónde sacas eso? Yo no oí hablar nada de terrorismo.

—¿Qué crees que quiso decir El Ministro, cuando afirmó que hay evidencias de vínculos míos con una organización clandestina que busca desestabilizar al país? ¿A qué organización crees que se refiere?

—¿A la guerrilla? —preguntó, insegura.

—Pero claro que a la guerrilla. La usan para enlodar y deslegitimar a todo el que se les atraviese. El Gobierno lo dice, los medios de comunicación lo amplifican y todo el mundo lo cree. Esa es la fórmula universal desde el 11 de septiembre. Lo que huela a oposición lo vinculan con el terrorismo y lo destruyen.

Fuente:

Cely Maestre, Carlos Adriano. El Ministro. Ediciones Pluma de Mompox, Cartagena, 2012.

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