Corporación Otraparte

Presentación

El estudiante de
la mesa redonda

Mayo 4 de 2013

“El estudiante de la mesa redonda” de Germán Arciniegas

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Germán Arciniegas (Bogotá, 1900) fue abogado de la Universidad Nacional y fundador de Ediciones Colombia. Como integrante del grupo de Los Nuevos creó la Federación de Estudiantes de Colombia. En 1928 se vinculó al diario El Tiempo, donde fue director de la sección editorial, jefe de redacción, director del Suplemento Literario y columnista. Durante su carrera periodística creó y dirigió diversas revistas culturales, la última de las cuales fue “El Correo de Los Andes”. Fue parlamentario y Ministro de Educación, defensor de la democracia y la libertad. En 1929 comenzó su carrera diplomática como vicecónsul de Colombia en Londres; posteriormente fue embajador de Colombia en Buenos Aires y representó el país ante los gobiernos de Italia (1959), Israel (1962), Venezuela (1966) y la Santa Sede (1976). Sus libros están escritos en una prosa accesible y amena. Entre sus publicaciones se destacan “El estudiante de la mesa redonda” (1932), “América, tierra firme” (1937), “Este pueblo de América” (1945), “Biografía del Caribe” (1945), “Entre la libertad y el miedo” (1952), “Italia, guía para vagabundos” (1958), “América en Europa” (1975) y “Bolívar y la revolución” (1984). Falleció el 30 de noviembre de 1999.

Presentación del autor por Gabriela Arciniegas (Colombia) y Marcos Aguilar (México).

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Esta, la edición mexicana de El estudiante de la mesa redonda de Germán Arciniegas, está acompañada de un prefacio que el autor colombiano escribió para la primera edición de 1932, publicada en España bajo el sello de Juan Pueyo. También incluye el texto conmemorativo “Hace veinticinco años”, preparado para su reedición argentina, por Edhasa, en 1957; además del ensayo “La generación quemada”, que se publicó en la sección dedicada al artista Alberto Arango del libro Historia de la caricatura en Colombia 4, de 1988, y la introducción “Don Germán está de vuelta”, que redactó para la publicación colombiana de El estudiante, por Planeta, en 1991. Se presenta, como material complementario, el artículo “El estudiante de la mesa redonda”, que apareció en el diario El Tiempo, de Colombia, en 1995. Todos estos, textos de Germán Arciniegas, tratan de explicar el contexto y los personajes que lo acompañaron, en mente y en espíritu, durante la escritura de su primera obra literaria, además de la carta-manifiesto —que se encuentra al final del libro— que Vasconcelos le envió a Germán en 1923.

Las ilustraciones que acompañan el libro son los originales que el artista de Manizales, Colombia, Alberto Arango, realizó para la primera edición de El estudiante de la mesa redonda, pero que no fueron utilizadas sino hasta la reimpresión del texto por Plaza & Janés de 1982, edición en la que no fueron usadas en su totalidad. Por lo que esta es la primera ocasión en que se reproducen todos los dibujos del artista liberal que murió de manera inesperada en 1941.

Los Editores

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“El estudiante de la mesa redonda” de Germán Arciniegas

Ilustración por Alberto Arango

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Don Germán está de vuelta

Por Germán Arciniegas

Han pasado sesenta años de ese noche larga que no se me acaba, repasando papeles de estudiante. La misma lámpara de petróleo. Parpadea. Parece que va a perder la llama, y no la pierde. La taberna, igual. La historia, idéntica. Ahora, unas sombras de estudiantes. Las de Eduardo Esguerra, Hernando de la Calle, Guillermo Londoño... En esta misma mesa hablábamos de fundar la Federación de Estudiantes con Carlos Pellicer, que llenó nuestras noches bogotanas con su vozarrón magnífico, dibujando en la sombra las danzas de Tórtola Valencia, y haciendo evocaciones de Bolívar como antes no las habíamos oído jamás.

La mujer que me sirve la cerveza me dice: Don Germán no cambia, está igualito... No se da cuenta que estoy llevando el apunte de la melancolía. El recuerdo de las reinas perdidas: María, Elvira, Helena... De esa familia real de bellezas que inventamos para que la mujer entrara en la universidad prohibida. Porque fue en la nuestra, por allá en el 21, cuando se dio el primer baile en diez siglos. Desde que se fundó la Sorbona en París se abrieron las universidades en Santo Domingo, México, Lima... Hasta ese día, en Bogotá, la mujer no podía pisar el patio de la escuela, que era de los varones. Con nosotros empezó el baile... Con Maruja, Elvira y Helena...

Yo me quedé estudiando, cavilando, y he seguido “asistiendo a clase”. Después de ser el más experto organizador de huelgas y revoluciones... Me gustaba estudiar. Nos gustaba. Como el Mono Lemos, que por no entenderse con los profesores de la escuela de medicina, con cierto mal profesor, se declaró en huelga y con un puñado de compañeros resolvió irse a Santiago de Chile. Allá terminaron todos la carrera y se graduaron, cum laude. Se retrataron, a los ocho días de llegar, con Gabriela Mistral.

Entonces, borramos las fronteras. Jóvito Villalta, de la Federación de Estudiantes de Caracas, el de los discursos que hicieron vacilar a Juan Vicente, el que los ponía a trabajar en las carreteras con grillos, el de la Rotonda... Jóvito, escapando a la cárcel, pasó al extremo de Bogotá como Raúl Leoni, que luego fue presidente de Venezuela. Rómulo Betancourt a Barranquilla... Miguel Otero Silva a Curazao... Mariano Picón Salas a Santiago de Chile... Éramos los estudiantes... Con Víctor Raúl en Lima, Deodoro Roca y Raúl del Mazo y Julio V. González y Héctor Ripa Alberdi en Buenos Aires y la Plata... O Julio Barranechea y Santiago la Barca en Santiago de Chile y Benjamín Carrión en Quito... Una cadena de juventud, juventud, torbellino, que iba cantando el soplo eterno, de eterna ilusión. Lo decía el coro de José Gálvez, el peruano, desde Montevideo, antes de que lo llamáramos don José.

Sobrevivientes... tal vez, no quedamos sino Luis Alberto Sánchez y yo. Si vemos los dos, con claridad, es por la circunstancia de tener cataratas en los ojos... El recuerdo es vivo. Se impone entre las sombras.

En todo caso, esta es la taberna, y esta la historia. Estamos en 1991. Sigo de estudiante, con el cuaderno en la mano, y el lápiz. El mundo se acerca al segundo milenio de la Era Cristiana y América a los 500 años de su existencia. América despierta en un amanecer de tupida niebla. No sabemos lo que nos espera a la vuelta de la esquina. En los últimos cien años nuestra Tierra Firme y sin ventura, la de los españoles que se vinieron a buscar otra España, una España que fuera libre y sin rey, republicana y democrática, acabaron ligándose como vagabundos con las indias y con morenas, y con blancos de otras naciones, religiones y lenguas. Después de todo, somos parte de un continente donde todo es distinto, y todos, fugados que se vinieron de Europa para hacer casa aparte. Desde Alaska hasta Patagonia no se han visto sino ingleses saliendo de Inglaterra, polacos de Polonia, irlandeses de Irlanda, suecos de Suecia, rusos de Rusia, alemanes de Alemania, griegos de Grecia, italianos de Italia, holandeses de Holanda... Todos siguiendo los pasos de castellanos saliendo de Castilla, catalanes de Cataluña, gallegos de Galicia, extremeños de Extremadura, vascos de Vasconia, portugueses de Portugal... Todos venidos a América a fundar un Nuevo Mundo republicano. No europeo sino americano. Cuyos 500 años están organizando la fiesta ¡los españoles! ¡Caramba si estas cosas dan ganas de llorar!

¿Qué dice don Germán? Pregunta la buena mujer que me trae la cerveza. Y les dibujo en el tablero, con la barrita de tiza que ella me trae, el logotipo de la Comisión Española para la celebración del Descubrimiento: 500. Se arma el bochinche. Y yo feliz como cuando escribí el libro en 1932.

¡Sí, amigos de la Mesa Redonda y de la Loma y la taberna! ¡América es otra cosa! La conquista, como historia, es historia española. La Fiesta de la Raza blanca tiene de contrapunto el reconocimiento del hombre nacido en América y de todas las razas que aquí se reúnen y mezclan para formar la raza cósmica de Vasconcelos. Este es el Continente de Siete Colores. La papa, invención de la cultura peruana, acabó con las hambres que consumían a Irlanda, a Polonia, a Prusia. La Colonia, con todo el oro de sus retablos, la superó la República con la libertad que movió a los Bolívares. Corona es reconquista. ¡Borrarla del tablero!

Tomando el trapo, la borró.

500 años, y, para nosotros, siempre el mismo horizonte... la liberación... Sólo quedó el polvo de talco en las mesas. Hemos llegado al primer día, para hacer un alto y la cuenta y balance del medio milenio de la independencia. Eso tenemos de estar haciendo otro Mundo: El Nuevo. Bastante se ha producido inventándolo todo desde el derecho de gente que nació de los alegatos de Bartolomé de las Casas en favor de los indios y paró en las lecciones de Victoria —primer cambio al derecho Romano en no sé cuántos siglos— hasta los derechos del hombre que empezaron reclamándolos los alzados de Francisco Roldán contra los Colones o santos como Pedro Claver y la redujeron a decálogo los de Filadelfia en la América inglesa. Porque aquí se inventó la república con los ingleses de Jefferson, los negros de Haití y los colombianos de Angostura en el Orinoco. Aquí se inventó el pararrayos con Franklin y esta pequeña frase del indio Juárez de México: El respeto al derecho ajeno es la paz: Después de todos los de toda Europa venidos a América lo hicieron empujados por el mismo resorte: la liberación. Salir de Europa para liberarse. Los españoles fueron los primeros pioneros. Luego, la emigración fue universal. La independencia... 500 años sacándole el cuerpo a la corona de todas las coronas y religiones y fanatismos y dictaduras, Europa ha sido fanática y cruel, con la España de la Inquisición hasta la Alemania de Hitler y la Rusia de Gulag.

Y a América han venido judíos perseguidos por los de España católicos, católicos de Escocia por protestantes de Inglaterra, calvinistas de Francia por católicos, puritanos de Inglaterra por anglicanos, alemanes y polacos y rusos, escandinavos, griegos, húngaros, italianos, holandeses, daneses... Porque no hay nación de Europa que no se sienta estrecha o perseguida alguna vez en su tierra y quiera buscar en el otro lado del océano una Nueva Escocia, Nueva Inglaterra o Nueva España... Y eso hasta hoy, cuando aparecen los Hitler, Mussolini, Franco, Stalin... Salir es vivir. ¿Hacia dónde? ¿América?

Aquí, amigos de la Mesa Redonda, han estado los 500 años de esperanza para el mundo. Aquí ponía su esperanza cada emigrante, cada fugitivo al embarcarse. Era lo que tenía más escondido. Sin comunicárselo ni siquiera a sí mismo. Hace 200 años Bolívar lo declaraba: La libertad de América es la esperanza del Universo. Precisemos: la libertad en América. Es la esperanza del Universo y nuestra esperanza 500 años en busca de nuestra libertad. La casa de la libertad, la de los Derechos del Hombre, la del Estudiante de la Mesa Redonda, ¡la de la taberna de la Historia Iluminada!

Mayo de 1991

Fuente:

Arciniegas, Germán. El estudiante de la mesa redonda. Conaculta, México, 2012.

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