Corporación Otraparte

Conferencia

Develando la
perfidia de Santander

Febrero 10 de 2011

Francisco de Paula Santander

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Análisis de las obras literarias “Cartas contra Santander” de Eladio Urisarri,“Santander” de Fernando González y “Las penumbras del general” de Víctor Paz Otero.

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Frank David Bedoya Muñoz (Medellín, 1978). Historiador de la Universidad Nacional y fundador de la Escuela Zaratustra. Ha sido maestro del Gimnasio Internacional de Medellín y de la Escuela de Formación Popular de la Red Juvenil, donde ha desarrollado seminarios sobre las obras de Fernando González y Estanislao Zuleta. Ha participado en varios proyectos de investigación de historias de desarrollo local. Actualmente es coordinador del grupo de investigación de historia política de Colombia de Cedetrabajo (capítulo Antioquia) y es profesor de historia del Pequeño Teatro. Entre sus publicaciones se destacan “1815: Bolívar le escribe a Suramérica”, “Comentarios a las vidas y obras de Simón Bolívar y Friedrich Nietzsche”, “Bicentenario de Colombia: 200 años de la frustración del proyecto político de Simón Bolívar” y “Simón Bolívar: antelación del superhombre de Nietzsche”.

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Santander es un pérfido... Yo no puedo seguir más con él; no tengo confianza ni en su moral ni en su corazón. [...] Ya no pudiendo soportar más la pérfida ingratitud de Santander, le he escrito hoy que no me escriba más porque no quiero responderle ni darle título de amigo... ¡Ingrato mil veces!

Simón Bolívar

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Develando la
perfidia de Santander

Fragmento

Por Frank David Bedoya Muñoz

Advertencia preliminar

Hace pocos días una bella colega historiadora me increpó así: “Frank: usted no es neutral para hacer un estudio sobre Santander”. Yo comprendí el hecho de que ella pudiera llegar a dudar de mi ‘objetividad histórica’ a la hora de establecer un juicio sobre el ‘hombre de las leyes’, dada mi evidente pasión ‘descomunal’ por Simón Bolívar. Hoy tengo que aclararle a ella y a este auditorio que mi manifiesto amor por el Libertador no riñe en modo alguno con el rigor historiográfico y con la seriedad requerida para realizar una disertación sobre su principal antagonista, que con mayor razón, dado su carácter tan polémico, exige un mayor cuidado y pulcritud en el análisis y presentación de la fuentes. Es decir, que mi identificación con la vida y obra del Libertador no significa el abandono del método académico y el rigor crítico, sino por el contrario su reafirmación. Pero, además quiero advertir hoy, que la tal supuesta ‘neutralidad’ que algunos reclaman para hacer juicios sobre la historia, lo único que ha facilitado muchas veces es el encubrimiento y la manipulación que se ha hecho con la historia de Colombia. A mí no me pueden echar el cuento de que por una supuesta ‘ecuanimidad’ uno no puede criticar sacrosantas figuras históricas y protagonistas políticos que “hicieron grandes aportes a la nación”. Con razón todos quieren ser presidentes en este país, pues con este cargo cubren todo. Ya varios demagogos, mezquinos y criminales se han hecho pasar como grandes estadistas. Y así, incompetentes, corruptos y asesinos han pasado de agache por la flamante historia nacional dado que su condición de expresidentes les ha dado eterna inmunidad.

El propósito esencial de esta conferencia es el mismo que hace 70 años expresó nuestro maestro Fernando González:

“Como Santander es un falso héroe nacional, el propósito de este libro es destaparlo. Colombia, guiada por él y sus hijos, que hoy nos gobiernan, va por torcido y oscuro camino que conduce a la enajenación de almas y tierra, cielo, mar y subsuelo. Un instinto poderoso, atracción por la verdad, nos guía en esta obra. Ella sería antipatriótica si realmente el Mayor Santander fuera representativo de los [...] colombianos que poblamos este territorio. Pero no lo es, y una voz nos ordena destaparlo, para que la juventud le evite” (1).

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Francisco de Paula Santander

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Fuentes y método

Seguramente alguno de ustedes estará pensando que los autores que he elegido como fuentes para esta conferencia son declarados antisantanderistas... y va uno a ver y sí. Pero para que adviertan que acá no nos anima el odio, sino la atracción por la verdad, antes, les muestro el juicio sobre Santander que realizó el historiador John Lynch, profesor emérito de la Universidad de Londres y uno de los hispanistas más prestigiosos de nuestro tiempo: “Santander era un individuo severo, carente de sentido del humor y quisquilloso, al que el dinero le producía un intenso interés y que poseía un vena de crueldad vengativa” (2).

Tengo que comenzar indicando que para esta conferencia no tomo en cuenta la biografía de Santander que elaboró Pilar Moreno de Ángel, puesto que esta obra es tendenciosa y muy favorable a prolongar las manipulaciones que fundó el mismo Santander para velar su historia. El historiador David Bushnell, sobre esta biografía que realizó Pilar Moreno de Ángel, expresó lo siguiente:

Se nota un relativo énfasis sobre el período grancolombiano, pero el libro no soslaya ni la presidencia de Santander en la Nueva Granada y años finales ni la guerra de independencia hasta la victoria de Boyacá. [...] La exposición adolece a veces de algunos rasgos propios, hasta cierto punto, de la historiografía tradicional. La incorporación frecuente de documentos en el texto le quita cierta fluidez. Tampoco resiste la autora la tentación de traer a cuento decretos u otras disposiciones legales sin hacer un verdadero análisis de su contenido y posible aplicación práctica, como si la adopción en sí misma fuera lo suficientemente significativa. [...] La obra amplía exitosa y loablemente nuestro conocimiento de temas ya tratados, pero los nuevos datos aportados no son de índole plenamente novedosa. [...] Como suele suceder en el género biográfico, la imagen que se presenta del biografiado es bastante positiva. No es panegírica, pero sí un poco defensiva, en cuanto la autora no pierde ocasión de rebatir los infundios esparcidos contra Santander. [...] Pilar Moreno no le atribuye [a Santander] errores de visión macropolítica o de manejo administrativo, sino fallas de carácter más personal. [...] Se echa de menos, por otra parte, una caracterización más detallada de los seguidores inmediatos de Santander, ya que, como queda dicho arriba, el esclarecimiento de las bases sociales de las facciones políticas no figuró entre los temas prioritarios de la autora. Queda pendiente, pues, de ulteriores esfuerzos de investigación histórica. Lo mismo podría decirse de la definición concreta del programa político de Santander, más allá del mantenimiento de la constitución y de las libertades públicas como objetivos en sí mismos. O del examen crítico del proceso que lo transformó en nacionalista económico, hacia la época de su presidencia de la Nueva Granada. Y sigue la agenda de interrogantes históricos por resolver, con relación al Hombre de las Leyes (3).

Pues bien, es cierto que David Bushnell habla también de otros pocos aspectos positivos de esta biografía, pero en definitiva esta obra no nos sirve para develar la perfidia de Santander.

Quiénes son pues los autores que nos ayudarán a develar a Francisco de Paula Santander: Eladio Urisarri, Fernando González, Víctor Paz Otero y el mismo Santander, que con sus propios escritos dejó entrever la personalidad que pretendía ocultar.

En el año 1837 Santander publicó un escrito titulado Apuntamientos para las memorias sobre Colombia y la Nueva Granada. Este texto, como era de esperarse, era la versión amañada y desfigurada de la verdad histórica, una especie de autobiografía donde con gran demagogia Santander se justificaba a sí mismo y encubría sus acciones. Inmediatamente Eladio Urisarri, un abogado de la época, bajo el seudónimo “Los sin-cuenta” le escribió a Santander 13 cartas donde le señalaba las falsedades de sus Memorias. Sobre estas cartas Andrés Nanclares Arango en el periódico El Espectador nos cuenta lo siguiente:

Entre el 7 de diciembre de 1837 y el 13 de septiembre de 1838, Santander recibió en su casa, con un intervalo de ocho días, una carta anónima, hasta completar trece. Estaban firmadas por “Los sin-cuenta”. El propósito de esas misivas, según se anticipó en la primera, era “probar con hechos” la falsedad de lo expresado en los Apuntamientos. Esas cartas, que forman parte de una “Miscelánea de cuadernos” distinguida con el N° 454 del Fondo Pineda, se hallan en la Biblioteca Nacional. Ciento sesenta y tres (163) años después, el 20 de mayo de 2000, el doctor Vicente Pérez Silva, historiador y cervantista de renombre, las hizo públicas, en edición limitada, bajo el título de “Cartas contra Santander”. No son muchas, por tanto, las personas que han tenido acceso a estos documentos. En principio, Santander pensó que quien se ocultaba bajo el seudónimo de “Los sin-cuenta” era el presidente José Ignacio de Márquez, a quien él había atacado. Posteriormente, quedó claro que su autor era el abogado Eladio Urisarri, conocido detractor de Santander, y de quien éste, en uno de sus escritos, había dicho: “A Urisarri lo ha enfermado el papel. Ojalá se muriera. Tendríamos un godo menos y un descanso más” (4).

Ya ven el talante de los sentimientos de Santander. Pero no sólo eran palabras, Víctor Paz Otero nos relata que efectivamente en una ocasión Urisarri fue intimidado físicamente por un delincuente enviado por Santander. Las Cartas contra Santander de Eladio Urisarri (5) serán pues la primera fuente que utilizaré.

En segundo lugar, tomo como fuente el libro Santander de Fernando González (6). Reitero lo que ya he expresado en otras ocasiones (7): Fernando González fue el mejor retratista de nuestra alma, de nuestra personalidad, de nuestra historia. Sus obras-retratos siempre le hicieron honor a la verdad, como él mismo decía, a la verdad desnuda; honor a la autenticidad, a la jovialidad, a la crítica. Su obra fue siempre vital, sus Pensamientos de un viejo, su Viaje a pie, su Simón Bolívar, su Maestro de escuela, su Revista Antioquia... Por sólo mencionar algunas de sus obras. Obras llenas de psicología, de sabiduría, de bufonadas, en ellas siempre encontraremos la verdad desnuda acompañada de una carcajada. Su sabiduría parte de su desgarrador conocimiento de sí mismo. De su capacidad para, en primer lugar, reírse de sí mismo. De tomar distancia y retratar con gran maestría nuestras muchas tragedias y comedias. ¿Quién fue Fernando González? El filósofo más auténtico y vital que ha tenido Suramérica. En Colombia, la mayoría de personas aún no conocen sus obras, pues la enajenación del pensamiento aún permanece. Pero todo aquel que ha leído alguna obra de Fernando González se ha sentido liberado y si no, por lo menos, provocado a pensar. Su obra es incitante, liberadora y provocadora, despierta siempre en sus lectores la crítica, la jovialidad y la inteligencia. En 1930, cien años después de la muerte del Libertador, Fernando González publicó Mi Simón Bolívar e inmediatamente desató las más ruidosas polémicas, por las críticas que realizó allí sobre el hombre de las leyes. En 1940, cien años después de la muerte de Santander, publicó su polémico libro sobre el ‘hombre de las leyes’. Ahí el escándalo de la oligarquía fue peor. La polémica fue tanta que el gobierno intentó recoger la edición para impedir su difusión. Santander de Fernando González es pues la obra más incisiva y más lúcida para develar la perfidia de este personaje. Esta obra hace el retrato psicológico más bien logrado de aquel siniestro hombre que siempre se quiso ocultar. Valga anotar que lamentablemente Fernando González no pudo conocer las Cartas contra Santander de Eladio Urisarri, hecho que, por lo demás, le da más valor a las conclusiones comunes de estos dos autores, y resalta la maestría psicológica de Fernando González que no tuvo estas valiosas fuentes.

En tercer lugar tomo como fuente la reciente obra Las penumbras del general de Víctor Paz Otero (8). Biografía que se editó en agosto del 2009. Víctor Paz, poeta e historiador, se ha dedicado a escribir obras históricas, con un gran soporte documental y con una maestría extraordinaria. Entre sus obras se destacan La vida estrafalaria de Tomás Cipriano de Mosquera, Bolívar, delirio y epopeya... y esta obra Las penumbras del general dedicada a la vida y muerte de Francisco de Paula Santander. Observemos la presentación que hace de esta obra Villegas Editores:

El personaje que surge de las páginas de este libro es una criatura sin duda perteneciente al mundo de las penumbras. Personaje oscuro, casi siniestro y cínico, ornamentado de virtudes puramente negativas. Personaje enmascarado y encubierto, cuyas motivaciones lo alejan de toda la posible grandeza que puede caracterizar a un héroe y le niegan esa calidad de símbolo para representar la dignidad de una nación. Sin embargo, hay que aclarar que este libro no pretende la construcción perversa e imaginaria de un personaje, ni nos inventa una figura arbitrariamente construida por un escritor que pretende tomar partido en pro o en contra de un personaje histórico. Aquí no hay hechos o circunstancias inventados por el autor para fabricar un monstruo o un ser esencialmente mezquino. Con rigurosidad y responsable soporte histórico y documental, Paz Otero nos entrega una figura que habla con su propia voz y con sus propios actos. [...] El frío y cortante lenguaje de este libro parece corresponderse con esa especie de criatura de sangre fría en la que se nos convierte el general Santander, sorprendido en medio de sus muchas penumbras (9).

Y, finalmente, como ya lo había anunciado, mi última fuente será los propios Apuntamientos para las memorias sobre Colombia y la Nueva Granada de Francisco de Paula Santander (10). Ya verán ustedes que no tiene que ser uno un psicoanalista para identificar en las palabras de la propia escritura de Santander sus más profundas y perversas intenciones.

He ahí señaladas las fuentes. Un abogado contemporáneo de Santander, que se atrevió a desenmascararlo y que padeció personalmente los ataques del ‘hombre de las leyes’. Nuestro más grande filósofo, el pensador de Otraparte, quien develó la falacia del falso héroe nacional cien años después de su muerte. Y un poeta e historiador contemporáneo que terminó de trazar con gran maestría la vida y muerte de este general de las penumbras.

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Santander y su codicia

Si en la historia de la independencia de Colombia encontramos hombres que dieron totalmente su vida por la causa de la libertad, también encontramos otros que encontraron en la causa patriótica una posibilidad de conseguir fortuna y satisfacer sus ambiciones narcisistas. De estos últimos, el ejemplar más destacado es el Mayor Santander.

La codicia de Santander fue su característica más visible, algunos autores afirman que su ambición por el dinero era patológica. Es sabido que la base de toda la fortuna que acumuló Santander en su vida correspondió a las épocas en que fue vicepresidente de Colombia y posteriormente, cuando fue presidente de la Nueva Granada, después de la muerte de Bolívar. Bastante se ha hecho ya la comparación, de que mientras Bolívar nació con una rica herencia familiar que comprendía las mayores riquezas de ese entonces, y que luego en el transcurso del proceso de independencia el Libertador se gastó todo esta fortuna en la gastos de la guerra y en la formación de la nación, hasta el punto de morir sin tener con qué costearse un viaje que le evitara ver más traiciones, y morir con una camisa prestada y en la Quinta de una amigo; mientras Bolívar siempre dio muestras del mayor desprendimiento de lo material, nuestro personaje de hoy, Francisco de Paula Santander, que comenzó sin un solo centavo a partir de los “pagos por los servicios prestados a la patria”, logró morir con una fortuna desproporcionada, que hoy pudiéramos tipificar como producto del enriquecimiento ilícito; además de las propiedades y tierras, cuentas bancarias en el exterior, muchas de ellas a nombre de sus amigos testaferros, y todo el dinero que acumuló de los intereses que logró en tanto que se convirtió además en un prestamista que sagradamente cobraba los altos intereses a sus desvalidos compatriotas que acudían a pedirle prestado. Burocracia y corrupción administrativa fueron las fuentes de su riqueza. Codicia y tacañería fueron sus más relevantes cataduras.

Observemos al respecto qué nos dicen nuestros autores.

Eladio Urisarri, en la carta décimo primera, le escribe a Santander lo siguiente:

Después de haber estado explotando la República desde el año 1819, nada tiene de raro que posea Ud. una gran fortuna, mientras que otros que han servido a la patria con honor y probidad no tienen al fin de la jornada sino una pobreza honrosa y la buena conciencia de haber cumplido sus obligaciones, y de no haberse manchado con crímenes. [...] La patria que ha costado a muchos sus crecidos caudales, lo ha vestido a Ud. [...] Dice Ud. que “ninguna recompensa le ha sido dada por privilegio especial”, y nos admira semejante descaro. Es necesario no tener vergüenza para estampar tales expresiones (11).

Y más adelante, en la carta décimo segunda, le dice:

“Los préstamos que Ud. ha hecho han sido señalados y han costado caro a los que la necesidad urgente obligó a recurrir a Ud. El cobro seguía de cerca al préstamo, y estimaba Ud. por tan gran favor un pequeño suplemento, que creía comprar con él la sumisión de la voluntad del agraciado. Otras veces no guardaba la reserva que en tales casos exigen las consideraciones debidas a la amistad y a la confianza que hace el que pide prestado. [...] Desde antes de mandar al general López cuatro o quinientos pesos que le pidió prestados, ya lo sabía todo Bogotá” (12).

Por su parte Fernando González con su gran lucidez y e ironía escribió:

Yéndonos lejos en la prehistoria o historia racial de Santander, encontraremos, no que descendiera de Mercurio o Marte, sino algo mejor: ¡era antioqueño!... Por allá en mil setecientos y tantos, en la ciudad de Antioquia hallamos a un tal Rodrigo de Santander, perteneciente al grupo que entró por el sur con Belalcázar. Rodrigo dizque engendró un hijo, que fue cura, y también otro que no se sabe qué se hizo... Aparecen los Santanderes en la costa atlántica y después en la villa del Rosario de Cúcuta: la sangre antioqueña es como mancha de aceite que va cubriendo toda la nacionalidad. [...] ¡Y qué bella es la psico-biología! ¿Cómo explicar, sino por antioqueño, por los recuerdos prehistóricos del feto, el que Santander amara tanto el dinero, y el que fuera tan astuto para manejarlo? “Organizador de la victoria”. Dejó bellas haciendas, casonas en la Calle Real, becerros, morrocotas y sobre todo créditos... Daba en mutuo, a interés. Todo eso es antioqueño. Apuntaba para publicarlas las limosnas que daba, como los antioqueños. En la agonía pretendió contrato leonino con Dios: la mangada del cielo a cambio de remordimientos. En todo es héroe nacional (13).

(...)

Santander tiene el alma fría. El único en toda la Nueva Granada que posee un programa. Ya es el hombre de la revolución: sabe lo que puede; los medios con que cuenta y su fin. Su programa es aprovechar toda oportunidad para subir y enriquecerse de mando y dineros; su capacidad es el rápido conocimiento de los hombres; sus medios, simular y cubrirse de apariencias: pedir certificados, cartas, coleccionar las apariencias de sus simulaciones. Sobre todo, fingir como propio el deseo latente en el alma de la multitud. El calculador está perfecto ya (14).

(...)

Un muchacho, pobre, humillado, que tiene la revelación nítida de su personalidad y que se dedica a conseguir su fin decididamente, usando de hombres y acontecimientos como medios. Su fin es el poder y la riqueza. Por eso es el único que se salva de la hecatombe y huye a Los Llanos, a esperar la ocasión de volver a manejar a su gente para el logro de sus propósitos (15).

(...)

Santander no ama; ama LAS LEYES como medio para su éxito personal, y desde 1819 blandirá esa arma de dos filos contra el Libertador (16).

Sobre la codicia del General Santander, Víctor Paz Otero en Las penumbras del general nos relata:

Conservar y nunca dilapidar dinero, cuidarlo como cosa santa, era la inclinación marcada en todo su universo de familia. Y él había heredado y hasta había exagerado al máximo ese amor y ese extraño culto por las mágicas cualidades del dinero (17).

(...)

“Fue siempre más ambicioso de dinero que de gloria” (18).

Más vergonzosa su tacañería y falta de escrúpulos. El general le consiguió casa a su amante Nicolasa, “pero la escritura fue suscrita a nombre del general Santander y cuando, tiempo después, sobrevino la ruptura en su relación, Nicolasa se vio forzada a devolver aquella casa, esa casa que fue mudo testigo de sus tortuosos amores” (19). Y no sólo le quito la casa, además le pidió que le devolviera otras pertenecías que le había regalado en la época del cortejo.

El dinero era para él sagrado, verdadero atributo divino que no podía ser nunca despilfarrado. El dinero no sólo era su felicidad, sino que cabía imaginar que en él estaba fundada la felicidad futura de todos los hombres y de todos los pueblos del mundo. Claro que aceptaba que no estaba mal que los pueblos tuviesen algo de idealizada libertad. Lo que era terrible era que esa libertad demandase tanto dinero para ser conseguida (20).

Por ejemplo, cuando le negaba a Bolívar los recursos para terminar la guerra de la independencia en el sur.

Santander nunca fue partidario de llevar la guerra más allá de las fronteras de la Nueva Granada. Y mucho menos podía ser partidario de abrazar un proyecto como éste, si percibía que eso demandaba importantes costos financieros. Su especial y enfermiza relación con el dinero, que le hacía suponer que ese dinero era algo así como dinero de su propia procedencia, le hacía ver siempre como riesgosa y demencial cualquier empresa. Su proverbial tacañería, que la convirtió en razón de Estado y en razón política para amparar sus procederes de gobernante, lo llevó de manera continua a negar los auxilios y los recursos requeridos por Bolívar (21).

La tacañería además le impedía imitar bien al Libertador, y más bien quedaba en ridículo.

Después del triunfo de Boyacá, enterado Bolívar de que la viuda de don Camilo Torres padecía privaciones y miserias, determinó que de su sueldo se le asignase a tan digna señora una pensión de 1.000 pesos. Santander, que en esos tiempos de euforia quería “imitar en todo” al gran héroe, que también era su comandante en jefe, decidió que de su sueldo se le asignase a la viuda de don Joaquín Gutiérrez de Caviedes una pensión de 12 pesos mensuales (22).

Cuando Bolívar le conmuta la pena de muerte a Santander, que se había merecido por la conspiración septembrina, y éste consigue finalmente el exilio, se va a vivir a Europa, y en esa época consignó en el banco de Nueva York 12.000 pesos, una suma que a él le parecerá mezquina, ya lo verán más adelante, y otras sumas en otros bancos que nunca reconoció. ¿Un exiliado con tantas cuentas bancarias? Cuando tuvo que dar explicaciones de ello, con el mayor de los cinismos “propuso finalmente que entregaría la hacienda de Hatogrande a quien demostrara que él había hecho depósitos de dineros en bancos extranjeros” (23). Como siempre, se cuido de que no se hallaran pruebas. Su biógrafo pregunta entonces con qué suplió los gastos de su viaje de turista por todo el viejo mundo. Pero esto no es lo peor, cuando regreso de su exilio, que más bien fue un paseo con esclavos y sirvientes a su disposición, tuvo la desfachatez de cobrarle al Estado los perjuicios por “su destierro”.

A todo esto se suma los escándalos por los empréstitos que autorizó para iniciar la tradición escandalosa de las deudas externas de la nación, de grandes cantidades de dinero que se gastaron finalmente en la burocracia y en la corrupción. Primeros corruptos de nuestra historia nacional, beneficiarios de la administración de Santander, en tanto que todos aquellos hombres nuevos funcionarios y abogados que trabajan para el ‘hombre de las leyes’; Santander es pues, el fundador de la tradición de crear testaferros en el país.

Pero leamos al propio Santander, cómo se devela así mismo en sus Memorias, cuando se intenta excusar al respecto. Una obra maestra de demagogia burocrática. Veamos:

El empréstito decretado por el congreso en 1821 y contratado en Europa en 1824 ha sido una mina inagotable de donde mis émulos han sacado el caudal de diatribas y calumnias con que me han zaherido en todas ocasiones, y cualquiera que fuese la cuestión que se ventilaba. De nada han valido para ellos las multiplicadas publicaciones que la imprenta ha hecho, ora del origen, curso y término de esta operación, ora de las cuentas del empréstito y de los decretos del congreso. Cuando las pasiones tienen más fuerza que la razón se cierran de intento los ojos para no verla y los oídos para no escucharla. [...] Ni yo fui recaudador del empréstito, ni me correspondía guardar sus productos, ni pagar los gastos; la República tenía tesoreros y un secretario de hacienda a quienes tocaban estas operaciones y la obligación de rendir las correspondientes cuentas. Bastantes esfuerzos hice en 1827, después de haber entregado el mando a Bolívar, para que se examinase este negocio y se averiguasen los fraudes, que se decía haberse cometido; hasta una recompensa de todos mis bienes ofrecí públicamente a quien comprobase que yo tenía alguna cantidad de dinero o valores en bancos de Europa o América. [...] Después de estos acontecimientos han visitado la Europa muchos de mis compatriotas, y estoy seguro de que no hay uno solo que haya oído hablar de las pretendidas riquezas que se decía haber yo depositado en los bancos de Inglaterra, Holanda, Francia y Hamburgo. Puedo decir ahora con toda verdad, y del modo más solemne, que ni entonces ni ahora ni nunca he tenido valor ninguno en dichos bancos, ni acciones contra ellos. El único banco donde a mi llegada de Francia deposité, para mis gastos, la mezquina suma de 12 mil pesos, fue en el de Nueva York de los Estados Unidos. Desafío todavía a que este relato se desmienta con pruebas correspondientes (24).

Pero la desfachatez, la codicia, no paran ahí, observen lo que el general Santander escribe más adelante sobre su fortuna, juzguen ustedes mismos:

Después de haber obtenido desde 1819 las primeras magistraturas y por medios legítimos, nada tiene de raro que posea una fortuna capaz de hacerme independiente del gobierno, y aun de los particulares. Los destinos que he servido han sido dotados con sueldos considerables para el país (sin que yo haya tenido parte en dar las leyes del caso), y el tesoro me los ha satisfecho, como a todos los demás servidores de la patria. Yo ignoro todavía quién es el que, habiendo sido presidente o vicepresidente antes o después que yo, haya servido gratuitamente el destino. Nariño, Lozano, Álvarez, Bolívar, Castillo, Mosquera, Caicedo, Obando y Márquez, todos han cobrado sus respectivos sueldos y dispuesto de ellos libremente. ¿No es un encarnizamiento odioso el notarlo sólo en mí? Cada vez que me veo en actitud de ocurrir decentemente a las obligaciones de mi estado y posición, de servir a mis amigos, de socorrer la mendicidad y de auxiliar los establecimientos de piedad, educación y beneficencia con los bienes que la patria me ha concedido, me glorío de verles un origen tan noble y tan honroso. Ninguna ocasión oportuna he desperdiciado para confesar que todo lo debo a mi patria, concediéndome generosas y superabundantes recompensas por mis pocos servicios a su independencia y libertad. Pero ninguna recompensa me ha sido dada en contravención de las leyes; ninguna por privilegio especial. Me concedió tierras desnudas de ganados y mieses, y una pequeña casa, porque la ley hizo igual concesión a los que tuvimos la constancia para hacer la guerra en los calamitosos años de 1816 a 1819. Me satisfizo la tesorería los sueldos de vicepresidente y presidente porque la ley mandó satisfacerlos a cuantos ciudadanos ejerciesen dichos destinos. Yo he procurado hacer buen uso de esta fortuna; en 1820 he regalado al tesoro seis mil pesos para la guerra del sur; también le cedí los sueldos de general desde el 15 de febrero hasta el 21 de septiembre de 1819; la mitad de los sueldos de vicepresidente de Cundinamarca me los pagaron en vales de crédito público, que aún conservo; muchas viudas de los mártires de la independencia y de los de la libertad han recibido pensiones mensuales de mi renta; he pagado la educación de algunos huérfanos, he auxiliado con dinero las escuelas públicas y casas de educación, he socorrido a los arruinados por los terremotos de Pasto y Santa Marta, he ayudado a reedificar iglesias, he dado de comer a los hambrientos y de vestir a los desnudos, he acudido a servir con préstamos a bastantes personas; en fin, mi bolsillo ha estado abierto para ser útil a mis conciudadanos. Ninguna reclamación he hecho por perjuicios causados en mi destierro, ni por las revueltas de 1830; otros los han reclamado, como el actual presidente Márquez, a quien se indemnizó de los perjuicios que le causaron en sus bienes por la revolución de Mares en Tunja. Siento repugnancia de hablar más sobre una materia de suyo odiosa. Yo puedo decir con orgullo: aquí están mis bienes; si hubiera sido egoísta o indiferente a la suerte de mi patria, yo no los tendría; pero abracé su causa con ardor, la he seguido con fidelidad, le he prestado los servicios que han estado a mi alcance, y la patria me ha hecho rico en honores, en premios, en reputación y bienes” (25). (Subrayado mío).

Notas:

(1) Fernando González, Santander, Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, 1994, p. 17.
(2) John Lynch, Simón Bolívar, Crítica, Barcelona, 2006, p. 177.
(3) David Bushnell, Laguna historiográfica remediada, Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 21, Volumen XXVI, 1989. En: Banrepcultural.org
(4) Andrés Nanclares Arango, Trece catilinarias contra Santander. En: Blogs.elespectador.com
(5) Eladio Urisarri, Cartas contra Santander, Editorial Planeta, Bogotá, 2000.
(6) Fernando González, Santander, Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, 1994.
(7) Frank David Bedoya Muñoz, La visión crítica y provocadora de Fernando González sobre la Independencia de Colombia, Simón Bolívar y Santander.
(8) Víctor Paz Otero, Las penumbras del general, Villegas Editores, Bogotá, 2009.
(9) Ibíd., Presentación contra carátula.
(10) Francisco de Paula Santander, Apuntamientos para las memorias sobre Colombia y la Nueva Granada. En: Eladio Urisarri, Cartas contra Santander, Editorial Planeta, Bogotá, 2000.
(11) Eladio Urisarri, Cartas contra Santander, Editorial Planeta, Bogotá, 2000, p. 125.
(12) Ibíd., p. 133.
(13) Fernando González, Santander, Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, 1994, p. 33.
(14) Ibíd., p. 72.
(15) Ibíd., p. 78.
(16) Ibíd., p. 83.
(17) Víctor Paz Otero, Las penumbras del general, Villegas Editores, Bogotá, 2009, p. 133.
(18) Ibíd., p. 167.
(19) Ibíd., p. 221.
(20) Ibíd., p. 227.
(21) Ibíd., p. 270.
(22) Ibíd., p. 266.
(23) Ibíd., p. 289.
(24) Francisco de Paula Santander, Apuntamientos para las memorias sobre Colombia y la Nueva Granada. En: Eladio Urisarri, Cartas contra Santander, Editorial Planeta, Bogotá, 2000, p. 193.
(25) Ibíd., p. 217.

Fuente:

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