Corporación Otraparte

Conferencia

¿Es posible relacionarnos con el
conocimiento de una forma distinta?

Reflexiones de
la Escuela Zaratustra

Septiembre 1 de 2011

Escuela Zaratustra

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Frank David Bedoya Muñoz es historiador de la Universidad Nacional de Colombia, coordinador de la Escuela Zaratustra, profesor de historia del Pequeño Teatro e investigador social de la Corporación Universitaria Lasallista. Autor del libro “1815: Bolívar le escribe a Suramérica”.

Tertulia sobre las cuestiones más acuciantes de nuestras relaciones actuales con el conocimiento, a propósito de un primer balance de la experiencia de la Escuela Zaratustra, que nació hace 7 años en la Casa Museo Otraparte, el lugar privilegiado de nuestro maestro Fernando González: ¿Cómo nos relacionamos con el conocimiento? ¿Información o sabiduría? La educación en la modernidad. Crítica a la universidad en tiempos de globalización. Meditación sobre la lectura y la escritura en el siglo XXI. Balance sobre los derroteros y anhelos de la Escuela Zaratustra.

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Así habló Zaratustra

Fragmento

Por Frank David Bedoya M.

Nietzsche ha comenzado su vida solitaria y errante, a partir de 1881 decidirá pasar los veranos en Sils-Maria y los inviernos en Niza. En esos dos lugares escribirá su más sublime creación.

Así habló Zaratustra es el libro más singular de Nietzsche. Aunque contiene en gran parte su pensamiento, en su forma no se parece a ninguno de los restantes libros de toda su prodigiosa obra. Su lenguaje no sólo es extraño para su propio tiempo, finales del siglo XIX, sino que es insólito a la hora de compararlo con los discursos propios de la filosofía occidental. Aunque su forma es literaria y poética, este libro no se puede considerar, ni como literatura, ni como poesía, dado que su esencia es netamente filosófica. El mismo Nietzsche, más adelante sugerirá algo más sorprendente aún: “Acaso sea lícito considerar el Zaratustra entero como música” (1).

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A partir de la magistral introducción que Andrés Sánchez Pascual elaboró para la edición castellana de Así habló Zaratustra, quiero presentar algunos pasajes fundamentales de esta obra. Quiero aclarar que son una muestra, que de suyo siempre se quedará corta, el Zaratustra es como un pozo profundo, donde siempre se puede encontrar algo distinto, dependiendo además de quién sea el que se acerque a él. No he optado hoy por hacer un resumen, eso sería un absurdo, mucho menos por pretender explicar todo lo que ofrece este libro. Lo que sí podemos apreciar hoy, es una breve muestra de lo que se puede encontrar allí. Al final procuraré hacer una exposición, de los análisis más relevantes que se han hecho sobre esta obra.

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En su introducción Andrés Sánchez Pascual nos trae un fragmento de una maravillosa obra literaria de Stefan Zweig titulada La lucha contra el demonio. Yo creo que es importante seguir recordando esta pieza literaria, puesto que ésta recrea con mucha más efectividad que cualquier estudio biográfico la vida del filósofo autor del Zaratustra. El texto es el siguiente:

Un mezquino comedor de una pensión de seis francos al día, en un hotel de los Alpes o junto a la ribera de Liguria. Huéspedes indiferentes, la mayor parte de las veces; algunas señoras viejas en small talk, es decir, en menuda conversación. La campana ha llamado ya a comer. Entra un hombre de espaldas cargadas, de silueta imprecisa; su paso es incierto, porque Nietzsche, que tiene “seis séptimos de ciego”, anda casi tanteando, como si saliese de una caverna. Su traje es oscuro y cuidadosamente aseado; oscuro es también su rostro, y su cabello castaño va revuelto, como agitado por el oleaje; oscuros son igualmente sus ojos, que se ven a través de unos cristales gruesos, extraordinariamente gruesos. Suavemente, casi con timidez, se aproxima; a su alrededor flota un silencio anormal. Parece un hombre que vive en las sombras, más allá de la sociedad, más allá de la conversación, y que está siempre temeroso de todo lo que sea ruido o hasta sonido; saluda a los demás huéspedes con cortesía y distinción y, cortésmente, se le devuelve el saludo. Se aproxima a la mesa con paso incierto de miope; va probando los alimentos con una precaución propia de un enfermo del estómago, no sea que algún guiso esté excesivamente sazonado o que el té sea demasiado fuerte, pues cualquier cosa de ésas irritaría su vientre delicado, y sí éste enferma, sus nervios se excitan tumultuosamente. Ni un vaso de vino, ni una jarra de cerveza, nada de alcohol, nada de café, ningún cigarro, ningún cigarrillo; nada estimulante; sólo una comida sobria y una conversación de cortesía, en voz baja, con el vecino de mesa (como hablaría alguien que ha perdido el hábito de conversar y tiene miedo de que le pregunten demasiado).

Después se retira a su habitación mezquina, pobre, fría. La mesa está colmada de papeles, notas, escritos, pruebas; pero ni una flor, ni un adorno, algún libro apenas y, muy raras veces, alguna carta. Allá en un rincón, un pesado cofre de madera, toda su fortuna: dos camisas, un traje, libros y manuscritos. Sobre un estante, muchas botellitas, frascos y medicinas con que combatir sus dolores de cabeza que le tienen loco durante horas y más horas, para luchar con los calambres del estomago, los vómitos, para vencer su pereza intestinal y, sobre todo, para combatir con cloral y veronal su terrible insomnio. Un horrible arsenal de venenos y de drogas, que es la única ayuda que puede encontrar en el vacío de un cuarto extranjero, donde no le es posible encontrar otro reposo que el obtenido por un sueño corto, artificial, forzado. Envuelto en una capa y una bufanda de lana (pues la chimenea hace humo, pero no da calor), con sus dedos ateridos, sus gruesos lentes tocando casi el papel, escribe rápidamente, durante horas enteras, palabras que sus mismos ojos no pueden luego descifrar. Durante horas está allá sentado escribiendo, hasta que sus ojos le arden y lagrimean; una de las pocas felicidades de su vida es que alguien, apiadado de él, se ofrezca para escribir un rato, para ayudarle. Si hace buen día, el eterno solitario sale a dar un paseo, siempre solo con sus pensamientos. Nadie lo saluda jamás, nadie le para jamás. El mal tiempo, la nieve, la lluvia, todo eso que él odia tanto, lo retienen prisionero en su cuarto; nunca abandona su habitación para buscar la compañía de otros, para buscar a otras personas. Por la noche, un par de pastelillos, una tacita de té flojo, y enseguida otra vez la soledad eterna con sus pensamientos. Horas enteras vela junto a la lámpara macilenta y humosa sin que sus nervios, siempre tensos, se aflojen de cansancio. Después echa mano del cloral a otro hipnótico cualquiera, y así, a la fuerza, se duerme, se duerme como las demás personas, como las personas que no piensan ni son perseguidas por el demonio” (2).

No hay nada más excepcional en las rutinas de Nietzsche, nada mejor que esta página literaria para describir la vida de este solitario, aparentemente una vida sin acontecimientos sorprendentes, sólo sus dolencias, su soledad y sus pensamientos... Atención, sus pensamientos, en sus pensamientos es donde se suceden las más grandes acciones y luchas. Los pensamientos de un hombre que creará el Zaratustra.

Notas:

(1) Friedrich Nietzsche, Ecce homo, Alianza Editorial, 2002, p. 103.
(2) Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Alianza Editorial, 2002, p. 8.

Fuente:

Conferencia dictada en la Casa Museo Otraparte el 15 de diciembre 2007, en el marco del seminario-taller Escuela Zaratustra II. Descargar texto completo aquí.

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