Corporación Otraparte

Lectura y Conversación

Hernán Rivas

Septiembre 15 de 2005

Hernán Rivas Barrera

Hernán Rivas Barrera
Fotografía de 2011

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Con la participación de Hernán Darío Rivas Barrera. Ha realizado estudios de antropología, teatro e investigación cultural, y actualmente de psicología en la Universidad de Antioquia. Es pianista. Aprendió composición musical con Luis Guillermo Quijano y en el Conservatorio del Palau, Barcelona. Ha incursionado en la literatura con novelas, obras de teatro y otros escritos cortos. Realizó en Luna Tucumana una exposición de sus escritos y piezas musicales sobre estos con pinturas de Natalia Tobón.

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Los insomnes

—Capítulos I y II—

Por Hernán Rivas

I

El fin de todo comenzó cuando ya no tenía fuerzas para luchar, cuando las hondas heridas de mi alma se habían comido toda mi carne, cuando no era más que un montón de huesos negros y secos sostenidos por el dolor que siempre he llevado adentro.

En mi cabeza veo el rostro de Martín, indeleble, gritando sin hacer ruidos, queriéndome decir en todos los instantes que él había sido el culpable de todo, que era él quien debía de estar muerto. No lo odié esa vez, nunca lo hice y creo que nunca lo haré. Me quedé quietecita y callada mirando su flagelado rostro, sus ojos reventados y rojos llenos de hematomas. Haciendo lo posible por no escuchar lo que sus miradas me habían dicho, por despertarme de ese sueño en el que me había metido mucho antes de comenzar a recordar, de ese sueño en el que se convirtieron nuestras patéticas vidas.

II - Laura

Vi la muerte de frente. La vi acercarse y mirarme con sus múltiples ojos. La vi llenar todo con su mirada. Un frío se me fue metiendo adentro, se fue ruñendo mis huesos y llenando de vacío mi estómago. La muerte es vacío. Enfoqué su rostro pero estaba oscuro, parecía que no hubiese visto el día en muchos años. Era pálida como la luna amarilla de las ciudades con montañas. Tenía el sinsabor de no haber estado nunca enfrente del mar. La muerte le teme al mar. Por eso sus muertos se quedan flotando y sus almas hacen el rugido que se lamenta con las olas. Se acercó más a mí y vi las curvas de sus ojos, vi sus pupilas dilatadas y la angustia de ser el verdugo del mundo. Tenía el rostro de mi padre, tenía sus manos cancerosas y su risa podrida. Tenía el rostro de Martín también, era suave y hermosa. Cerré los ojos y la seguí viendo, la vi por dentro sorbiéndome. Me quedé en silencio y me fui quitando la ropa. Me senté frente a ella y abrí las piernas. Entonces decidió irse. No sé cuando vuelva, me dejó para el dolor, me inundó de desesperanza.

—¿Qué me dejas?

—El infierno— dijo.

El infierno somos nosotros, los Gallardo, los que nos miramos a los ojos con vergüenza.

Ya nada me complace, el mundo se ha llenado de indiferencia, de falta de sueños. Así uno no tiene cómo asirse a él. Se va flotando sin peso. Los sueños pesan, le ponen plomo a los huesos. De pequeña debí soñar. De pequeña la vida era viva, se pendía de mis camisas y mis medias, se amarraba de los cordones de mis zapatos. Ahora es muerta, se llenó de angustia. La vida es oscura también. La vi pegarse a mí y mirarme a los ojos. Su mirada se mete y trastoca las entrañas. La vida tiene rencor. Es perdedora, tiene celos. Es como una mujer herida. Siente desengaño. La vida es también vacío. Por eso vivo en la muerte, por eso para los Gallardo se perdió el día, por eso la reina de la noche camina como nuestra sombra. Marcos se entregó a ella. El sacrificador se hizo ofrenda, el verdugo se hizo ejecutado.

—¿Por qué me dan tus manos alivio?

—Porque son manos de muerte— me contestó. Hoy maté una niña, tenía tu rostro, era pálida como el viento de las tormentas.

Marcos el iluso, mataba para no morirse, mataba porque la vida le pedía a gritos que lo hiciese.

—Estoy cansada de huir. Quiero unirme a la muerte.

—Debo morir primero yo, ya sabrás cuando vendrán por ti, esas certezas siempre nos llegan.

—¿Vas a dejarte morir entonces?

—No. Creo que van a matarme. Alguien tiene que parar esta maldita carrera— respondió. Le sobé la cabeza llenándola de lágrimas, pero un desánimo se le había metido adentro. No cerró los ojos ni se metió en uno de sus trances.

—Estoy flotando ahora, tu rostro se me está confundiendo con la memoria, siéntate que voy a acariciarte yo.

—No quiero que me des más vida— le dije.

—La vida se da al atardecer, ahora es de noche. Sólo quiero acariciarte.

Vimos aparecer la luna tarde. La vimos salirse de las nubes por un hueco que estaba justo arriba de las montañas. Nosotros somos sus hijos, tenemos el rostro manchado de ella.

Marcos no dijo nada al salir. Se fue poniendo frío y tembloroso. Mi encanto había pasado ya. Mis manos le eran indiferentes. No volvería más. La carne se le había soltado del todo del cuerpo, el cuero le estaba flotando y el aliento se le estaba aflojando. A mí me unen las angustias, se pegan a mis tendones y me llenan de peso el estómago. Debí haber muerto cuando pude.

Primero rezaba a dios, luego a los santos y luego al demonio. Ahora no rezo, no gasto mis pensamientos en agradecer a alguien que ha dejado que sufra tanto. Puede que se lo haya aprendido a Martín, él nunca rezó, siempre dijo que no era posible que dios, si existía, se fijase en los parientes lejanos.

Una noche, frente a la cama de Raquela, se quedó perdido en las curvas del techo y luego de un rato la miró con los ojos trastocados por el dolor.

—Lo he matado—dijo.

—¿A quién has matado?— le preguntó Raquela.

—A dios. Vi a mi madre sorbiéndose su sangre. Estaba pálido. Tenía el rostro de Marcos.

Luego se quedó callado de nuevo, respiró profundo un par de veces y lloró. Martín jamás lloraba por fuera, a él las lágrimas se le cristalizan en el esófago, por ahí por donde el alma camina.

Martín se afianzaba en la vida con la muerte, era como un dios, escribía el destino de muchos con sus manos. Paría con dolor a sus víctimas. Era el ángel de los Gallardo. Vivía en un mundo de sueños y alucinaciones.

He sacado a dios de mi existencia. Ha sido lo único que he aprendido sola. Lo he aprendido del miedo. Ya no tengo a que temer. También me he hecho miedo.

Amábamos a Martín sobre todo, a sus gestos y a sus pasos, a la agonía viva de su padecimiento.

De niña pensaba que él moriría pronto, su belleza era como la de las orquídeas que florecían en marzo cuando los cuervos llegaban. Se reía igual que Marcos, las carcajadas de alegría inundaban toda la casa. Nunca sabíamos quién era el que reía, era lo único que tenían iguales. Ahora pienso que se alejaron el uno del otro porque su alegría se cayó para siempre. En la distancia se han ido reclamando. Ya los ojos se les parecen. Ya las marcas de la vida se posaron sobre los dos dibujando un mapa igual. Ahora lo único que tienen de distinto son los movimientos. Marcos suena por sí solo. Es angustia en su andar. Por eso lloré viendo su rostro en el féretro, muerto ya no sonaba, era igual a Martín. Se había hecho bello.

Un barraquero se paraba frente a mí en las mañanas. Cantaba solo. Le tenía lástima, yo podía ver a Pedro saltar y a los mellizos cargarse el uno al otro. No entendía que estaba vislumbrando mi destino.

Somos dolor y miedo, el producto de una sociedad sin nombre, el fruto final de un montón de migraciones. Somos hijos de los rezagados, de los que huyen. Tenemos el estómago lleno de dolores que desfallecen nuestros ánimos. No hemos necesitado haber visto el sufrimiento para llegar a este punto. No hemos necesitado vivir el holocausto intenso de muchos pueblos. Nosotros somos el sufrimiento. El dolor de ellos ha llegado hasta nuestras entrañas, hemos nacido con él pegado. Nos hemos hecho de él.

Laura la loca. La vidente, la que no sabe vivir. La que se toma de un sorbo lo que le queda de sueños. La que padece y en su padecer ha perdido la risa. La que Raquela mira con lástima. La que Pedro ama, Marcos necesita y Martín teme. La que se ha hecho madre de la maldad. La que vive encerrada en un cuartito blanco donde se refleja el mundo.

Pienso en Pedro con lástima. Pienso en sus ojos tristes y enajenados. Pienso en su mirada de amor, en ese amor que nos ha condenado.

Quiero quedarme contigo— me dijo una noche en el sanatorio cuando estuvo enfermo.

—No puedes, nuestros caminos deben separarse ya. La vida nos anda reclamando las culpas, nos ha tocado esa parte. Redimimos las penas de nuestros hermanos asesinos.

—He dado mucha vida.

—Sabes que no has sido tú, ha sido Marcos. Es él quien cura.

—Los he acariciado también.

—Pero tus manos sólo pueden dañar. No eres limpio.

—¿Acaso ellos lo son?

—No. Pero no lo saben, es la angustia la que te tiene vivo. Tienes que dejarla ir. Tienes que dejar que sus alas crezcan y se hagan aire. Que contamine el canto de las aves.

Nunca supe muy bien qué decirle. Para mí era el padre bueno, el que conforta las noches sin luna. Lo vi salir del sanatorio y deseé amargamente volverlo a ver.

Pedro tenía el dolor clavado más adentro que yo. Cargaba con la culpa y el arrepentimiento. Se le veía en sus ojos tristes y en las inmensas ojeras que lo hacían parecer muerto. Se le veía en el pálido de su piel, un pálido que no lograban coger los niños blancos ni con la anemia.

Comencé a quedarme sola como los barraqueros y un leve réquiem fue tomando forma en mí. Ya Pedro se había ido. Ya Raquela se había despedido con un beso. Ya Marcos estaba muerto y Jacobo comenzaba su ocaso. Los Gallardo se estaban difuminando, la familia al fin comenzaba a extinguirse.

Estoy condenada a un mundo de demonios, a un mundo que no existe más afuera de mí, al mundo de los que no tienen descanso y pasan una tras otra todas las noches en vela, como condena a sus vidas. Insomnes. Tan solo repitiendo una y otra vez la misma noche, el conjunto de los miles de instantes de las doce horas de oscuridad de estas tierras tropicales.

Amo la mañana, siempre me he creído una mujer de la luz y el día. Pero no puedo contemplarla. No puedo llenar mis pulmones con su aire fresco. A veces trato de seguir despierta, pero el cansancio que con el alba relaja mi mente me hace dormir en un profundo sueño sin sueños, en un vacío donde pierdo las únicas horas en las que podría curarme.

¿Dónde te perdiste Laura? ¿Dónde quedaron los sueños de tu niñez? ¿Dónde los juegos, las risas y el superficial dolor de los golpes? ¿A qué hora te cambió el mundo? ¿A qué hora dejaste de respirar alegría? ¿A qué hora comenzaste a morir? En un instante. En un instante mientras dormía. En un instante Laura. En un instante.

Fuente:

Comunicación personal.

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