Corporación Otraparte

Presentación

Hotel París

Noviembre 14 de 2013

Presentación del libro “Hotel París” de María Isabel Abad Londoño

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María Isabel Abad Londoño (Medellín) estudió antropología y derecho en la Universidad de los Andes. Obtuvo además una maestría en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Autónoma de Madrid, donde investigó los orígenes de la novela y el periodismo en Antioquia. Ha trabajado en proyectos editoriales y educativos. “Hotel París” es su primera novela.

Presentación de la autora
por María Cristina Restrepo López

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Presentación del libro “Hotel París” de María Isabel Abad Londoño

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Hotel París es un sanatorio a las afueras de Medellín que sirve como escenario para entrecruzar distintas historias de vida, que, en el transcurso del libro, se van hilvanando pese a su aparente distancia.

En este espacio, donde cada interno se narra a sí mismo, queda claro que la peor locura de una sociedad que marca diferencias internas tan profundas entre unos y otros, consiste en creer que todos los destinos están desconectados.

Es Raquel, la protagonista coja, quien, obstinada por hacer memoria personal y colectiva, se encarga de armar este tejido de historias que viajan permanentemente en el tiempo, del presente al pasado y viceversa. Por medio de los diálogos que sostiene con los otros internos y de los recuerdos que evoca, actualiza y desentraña una verdad escondida que también tiene resonancias simbólicas. Sólo así Raquel puede erguirse de nuevo.

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María Isabel Abad

María Isabel Abad

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Hotel París

Fragmento

Cantos

En la madrugada de un sábado llegó la noticia: Sebastián estaba preso. Al enterarse, mi madre revoloteó en la cama, repitiendo el gesto que acostumbraba hacer cuando estaba nerviosa, que consistía en rastrillar las uñas contra el cráneo una y otra vez, a costa incluso de desbaratar el peinado que Jorge Humberto, el peluquero, le ponía sobre la cabeza todos los martes.

Desde mi cuarto sólo oía fragmentos,

“¿Preso?, ¿el niño está preso?”

Sí, decía así: el niño, así mi hermano ya bordeara la mayoría de edad y los dos metros de estatura, casi los tres. A veces me parecía que pertenecía a otra familia, la de los gigantes.

Tal vez al preguntárselo una y otra vez encubría la esperanza de que mi padre le dijera,

“No, Inés, el niño está dormido en el cuarto de abajo”, que le dijera,

“Mejor, volteate Inés”, que le contestara,

“No me importunés más Inés con tus pesadillas”.

Pero él no le dijo nada. Todo lo contrario, tras tirar la bocina, agitó un tarro de pastillas, se precipitó por las escaleras arrastrando sus pantuflas de pana y llegó hasta el mueble del bar para sacarle el último trago que le quedaba a una botella de ginebra.

“¡Por Dios!”, dijo después de tragar,

“¡A ese muchacho, a ese muchacho, lo va a matar la ambición!”

Mientras él maldecía, yo miraba perpleja toda la escena sin entender bien qué era lo que pasaba y antes de que pudiera abrir la boca para preguntar, para ordenar en mi mente ese alboroto de media noche, me sorprendieron por la espalda unas órdenes en ráfaga,

“Todo esto es un malentendido, hija, vuelve a tu cuarto, quédate quieta, no digas nada”.

“¿Nada de qué?”

“Nada de nada”. Era mi madre.

Debía ser éste de la misma familia de los malos entendidos que la acompañaban cada tanto. Conocido del que tuvo alguna vez con el policía de tránsito que la acusaba por pasarse un semáforo en rojo,

“¡Pero si estaba en verde, señor agente!”

Hermano del aquel de hace unos años cuando le insinuaron que la Mona estaba enferma,

“Pero qué cosas dice, Piedad si la Mona está perfecta. ¡Piedad, por favor, Piedad!”

Madre de aquél de un día de junio que el médico le anunció en la sala de partos que su hija menor había nacido con displasia de cadera,

“¡No doctor, eso no me puede estar pasando a mí!”, le dijo aquella vez como si tanto ella como yo, neófita en aquel entonces, fuéramos inmunes a la desgracia.

Pero no era un malentendido, ni aquellas veces ni ésta: el semáforo estaba en rojo, la Mona nunca volvió, yo nací coja, Sebastián estaba encarcelado y ella debía ir lo más pronto que pudiera con mi padre a rescatarlo.

Al ver que se apresuraban a salir y que no iban a invitarme, regresé a mi cuarto para dormirme, pero al advertir que ya no podía; corrí hasta el carro a riesgo de contrariarlos, que era, desde luego, mejor que quedarme despierta contestando las llamadas de los amigos insomnes de la familia quienes seguro oirían la noticia en La Emisora Antioquia de la boca de Rubiano, el mismo locutor que dieciséis años más adelante me despertaría con las mismas palabras una de las mañanas del Hotel París, el sanatorio al cual el destino me conduciría para averiguar mi propia historia.

(*)

Buenos días queridos oyentes, quiero saludar de nuevo a todos los que diariamente nos acompañan y darles la bienvenida en esta madrugada fría del veintisiete de marzo del dos mil uno en el que Colombia se levanta, como siempre, con una gran noticia...

Pero en lugar de oír “la gran noticia del día” que Rubiano prometía, inocua por lo general, hice una cuenta rápida de los días que llevaba internada en ese lugar. Mal contados sumaban quince. Pocos, pensé, a pesar de todo el tiempo que sentía que había transcurrido, aunque en el sanatorio la cotidianeidad fuera en apariencia invariable y la rutina la misma.

Ya sabía, por ejemplo, que lo siguiente en el orden del día en esos días largos del Hotel París, era la imagen de las duchas llenas y bullosas. Y lo inmediato: la sensación de tener la boca pastosa y los sueños todavía pegados a los ojos, los mismos en los que, de noche en noche, navegaba por el río con Laura y Daniel hasta que amanecíamos y atracábamos los tres de un tajo en ese puerto seco que era la cama de la habitación doscientos seis; tiesa, metálica, y hospitalaria en su peor sentido.

Les habla Ignacio Rubiano —continuó la voz de la radio—. También los saluda la Moni Flores, la Mona, pero con i —intervino una mujer que mientras yo ajustaba la temperatura, anunció—: doce grados en Bogotá, dieciocho en Medellín y veintidós en Cali.

Después de oírla me incliné, empecé a enjabonarme de abajo hacia arriba y canté: —la punta de pie la rodilla, la pantorrilla y el peroné —y ahí, entre el canto y la espuma, pude ver, gracias al agua que corría entre mis piernas descovaladas, a la canoa ahí, meciéndose de un lado a otro en mi entrecejo.

Para mi mente, aún en duermevela, Laura, Daniel y yo seguíamos río adentro.

Hoy —exclamó la Moni sacándome de mi ensueño— lo invitamos a que opine sobre los milagros, pero antes tenemos un clasificado: se busca vendedor —preferiblemente una dama o un caballero— para prestigiosa empresa de finca raíz. Los interesados pueden llamar al dosseisochosietesietesdostres, repito, dosseisochosietesietesdostres.

Como una oyente sumisa repetí el número mientras dejaba que la presión del agua me golpeara de frente para dejar que transcurrieran unos minutos antes de unirme al grupo de mujeres que ocupaban conmigo el pabellón femenino del Hotel París por esos días.

Ahora sí —apuntó Rubiano— es mejor Moni que de una vez vayamos al grano.

—¿Un grano? —exclamó Alicia apenas me vio entrar a los camerinos. (Alicia, las demasiadas sorpresas, Alicia, habitación doscientos cuatro, Alicia, pelo blanco, Alicia, temblor en las manos, Alicia, la ficha número uno de mi rompecabezas).

—No, Alicia, no es un grano, es un lunar —le aseguré después de amarrar con un nudo fino mi toalla y de auscultar su espalda blanca, llena de pliegues, de pecas rojas, de pequeñas cicatrices y de lunares.

—¡Ay! De cierta edad en adelante uno no sabe si le están naciendo o muriendo pedazos —dijo arropándose con su bata después de untarse una crema sobre sus párpados—. ¿No te parece Raquel que el volumen del radio está muy alto? —añadió olvidándose por un instante de su vejez, que así ella no lo admitiera seguía avanzando con su nadadito de perro.

—¿Qué perro, Raquel? —me preguntó extrañada.

—Ninguno Alicia —le dije y añadí—: lástima que no pueda sintonizar mejor este radio.

—A ver, a ver —me dijo agachándose para ajustar la perilla— veamos a ver si así funciona.

¿Cree usted —dijo entonces el locutor con más nitidez— querido y querida oyente en los milagros?

—¡Qué confianza con la que lo tratan a uno! —comentó Alicia mientras organizaba en fila todos sus tarros y sus cremas en uno de los estantes del camerino— ¿No te parece, Raquel?

—Mejor oigamos lo que opina la gente —le sugerí.

Pero Rubiano sin complacerme, anunció, —Vamos a hacer una pausa para comerciales pero aquí quedamos pendientes, atentos, aguardando su llamada...

(*)

“Contestá rápido Francisco, que ese debe ser el niño”, gritó mi madre desde su cama esa noche en la que muchos años atrás Sebastián no llamó sino hasta entrada la madrugada.

“¿Aló?”

“Soy yo papá, me detuvieron...u-n-a-i-n-j-u-u-u-sticia”, alcanzó a decir mi hermano a pesar de la onda distorsionada del teléfono.

“Eso no importa, hijo”, le respondió mi madre que le había arrebatado la bocina de un solo tirón, “solo dinos dónde estás que allá llegamos”.

La dirección que mi hermano le dio quedaba detrás del río el cual, bajo la luz de la luna, brillaba como un espejo antiguo. Si en creciente o menguante, no lo sé, hay un punto en el que se ven igual. Lo cierto es que nuestro destino, la inspección, que sobresalía en un barrio de casas pequeñas se veía de un azul casi dulce, cercano al blanco, a esas horas altas o más bien bajas de la madrugada, lo cual no se correspondía con lo que realmente había en su interior: un despacho viejo de paredes verdes de donde colgaban una cruz, un escudo y un cartel en el que Simón Bolívar aparecía desdibujado pero sobrevestido y altivo solapando con un fajón rojo el desengaño por sentir que todos sus anhelos se habían hecho agua.

Debía ser por eso que las paredes de los despachos oficiales estaban llenas de humedades. Y en esa, en especial, las lágrimas del Libertador arqueaban y desdibujaban un calendario de mujeres que fumaban de perfil con la misma satisfacción que lo hacía Alicia, las demasiadas sorpresas, Alicia, temblor en las manos, Alicia, pelo blanco, Alicia, habitación doscientos cuatro, que después de salir de los camerinos, me invitó a hablar en el corredor, el del fondo del Hotel París, que para ese momento ya se había convertido en el centro de operaciones desde el cual nos reconstituíamos mutuamente todas la mañanas con torrentes de palabras lanzadas al azar.

Al principio ella permaneció callada mientras yo me concentraba en el ruido de un camión que aceleraba en la autopista, en el canto alborotado de un pájaro y en el chapaleo de una mariposa que no se acomodaba, en fin, en los sonidos de esa finca de retiro adónde habíamos ido a parar todos los que habíamos sido expulsados del paraíso.

—Mi primera vida era un purgatorio —me dijo ella de repente.

—¿Y uno cómo sabe, uno cómo sabe que está en el purgatorio si no conoce nada más? —la interpelé.

—Pues cuando conoce el cielo —me contestó agarrando su pocillo del té con las dos manos.

—O el infierno ¿No cree, Alicia?

Pero antes de responderme metió la nariz dentro de la taza hasta donde le cupo, tragó y me dijo,

—Con tus años, querida, no deberías estar hablando de los infiernos.

—¿Un purgatorio, entonces? —añadí un poco avergonzada por mi exageración.

—Sí, un purgatorio —confirmó y apuntó—. De aquellos días me acuerdo que me casé con un hombre bueno, tuve dos hijos buenos y que fui una buena mujer.

—¿Y dónde está lo malo?

—No te fíes, Raquel. No hay nada más triste que la gente feliz —me dijo mirándome detrás de sus gafas, ahora empañadas por el vapor del agua.

—¿Qué era lo que le molestaba?

—Raquel, querida —me dijo esbozando una sonrisa— llevamos apenas unos minutos hablando. No seas tan ansiosa que los dolores se cuentan despacio.

—Ya sé. O a veces ni se cuentan. Pero sólo decime una cosa, ¿Hasta cuándo duró eso?

(*)

“No se me apresure”, le contestó el inspector.

Fuente:

Abad Londoño, María Isabel. Hotel París. Amazon Digital Services, septiembre de 2013.

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