Corporación Otraparte

Lectura y Conversación

José Manuel Arango

La sien en el puño

—Julio 12 de 2018—

José Manuel Arango

José Manuel Arango

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Lectura y conversación en torno a la vida y obra de José Manuel Arango a propósito de la reciente publicación en España de la antología “La sien en el puño” (EOLAS Ediciones). Invitados: Gloria Arango, Javier Naranjo, Juan José Hoyos y Pedro Arturo Estrada.

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José Manuel Arango Pérez (Carmen de Viboral, 1937 - Medellín, 2002) fue poeta, traductor y ensayista, profesor de Lógica Simbólica durante varios decenios en la Universidad de Antioquia. En los años sesenta residió en Estados Unidos, donde obtuvo su maestría en Filosofía y Literatura y conoció los principales movimientos poéticos contestatarios de ese momento: beatniks, imagismo y la contracultura hippie. Sin embargo, su poesía buscó raíces más hondas, desde la tradición clásica e hispanoamericana, pasando por la mejor poética anglosajona e incluso del lejano Oriente. Escritores como Walt Whitman, Emily Dickinson, William Carlos Williams, Ezra Pound y Denise Levertov tuvieron siempre en su obra una profunda ascendencia espiritual y estilística.

Fundó, junto a otros intelectuales, revistas de gran prestigio: “Acuarimántima” (1973-1982) y “DesHora” (1996-2002), y participó en el Consejo de Redacción de “Poesía” (1986-1989). En 1988 recibió el Premio Nacional de Poesía, otorgado por la Universidad de Antioquia como reconocimiento a su trabajo literario, y en 1997 el Premio a las Artes y las Letras de la Secretaría de Educación y Cultura de Antioquia. Publicó “Este lugar de la noche” (1973), “Signos” (1978), “Cantiga” (1987), “Poemas escogidos” (1988), “Poemas” (1991), “La sombra de la mano en el muro” (1992), “Tres poetas norteamericanos” (traducciones de Whitman, Dickinson y Williams, 1993), “En mi flor me he escondido” (traducción de Emily Dickinson, 1994), “Montañas” (1995), “Poemas reunidos” (1997) y “La tierra de nadie del sueño” (póstumo, 2002). Casi toda su obra se compone de poemas cortos que recogen, de un lado, un enorme acervo cultural, y de otro, una sensibilidad que se expresa en monólogos y en alusiones herméticas.

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Firma de José Manuel Arango

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Nota

Es difícil saber hoy lo que debe ser la poesía. Hubo tiempos en los que su lugar parecía claro. Hasta no hace mucho, en realidad. Los poetas se unían en movimientos y escuelas, se escribían manifiestos. Parecía haber una causa común, aun si se daban corrientes discrepantes y hasta contradictorias. La última vez que esto sucedió fue en los años sesenta, que como se sabe fueron utopías. Ahora cada quien escribe desde el retraimiento, buscando solo su camino. La aparente riqueza que resulta de la diversidad de voces puede ser también un signo de orfandad.

Quizá el poema nazca de la exploración de una circunstancia compartida, o como respuesta a una experiencia personal, dolorosa o alegre. Unas contadas palabras que serán reflexión, no del intelecto solamente, sino del ser todo de carne y hueso. Detrás de ellas estará por supuesto todo eso que se llama una visión del mundo: convicciones religiosas y políticas, aprendizajes o escarmientos. Desde allí se habla y se valora, tal vez dudando, otras equivocándose. Desde allí se trata de distinguir lo verdadero de lo falso, en la emoción y en la palabra, lo honesto de lo ficticio, o retórico, o sentimental.

Pero el poema, más que de una visión del mundo, surgirá de lo que Unamuno llamó un sentimiento de la vida. Está hecho no sólo de enunciados, de afirmaciones y negaciones, sino de los verbos y sustantivos de una lengua que tiene su historia, de palabras que por sus sonoridades y cadencias despiertan ecos y asociaciones, está hecho de imágenes y de ritmos, de rupturas y silencios. Por eso es difícil decir en prosa, herramienta del intelecto, lo que dice o muestra un poema si es verdadero, lo que bregan decir esos textos fallidos en los que generalmente nos quedamos.

Creo que hay una manera más comprensiva de acercarse a las cosas y a los hombres, y que está justamente en la poesía. Hasta me empeño en no creer que no existan los dioses o que hayan muerto. Es un anacronismo, por supuesto, pero tal vez un anacronismo necesario, en esta hora, para la poesía. Siempre me ha acompañado la convicción de que lo sagrado, lo que Lezama Lima llama sobrenaturaleza, no puede negarse impunemente. Sólo que no es cosa del otro mundo. Son esas fuerzas que uno encuentra por todas partes: en un árbol, en un pájaro, en un niño. Hasta en los pícaros y tahúres y matones que ahora nos acorralan. Tales dijo hace ya siglos que todo está lleno de diosecitos... o de demonios. Yo quisiera, si fuera posible, ser su discípulo en esa especie de politeísmo, o polidemonismo, o pandemonismo.

José Manuel Arango

“Nota”, en: La sombra de la mano en el muro. Antología. Sevilla, Palimpsesto, 2002.

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“La sien en el puño” de José Manuel Arango

Ver documental La humildad del jardinero de César Augusto Montoya y oír en la voz de José Manuel Arango el poema “Pensamientos de un viejo” y un comentario suyo sobre Fernando González.

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Tres poemas de
José Manuel Arango

Guayacán

El guayacán
de copa
ahusada
           vencido
de racimos de flores
amarillas
           qué llamarada

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Ella

De qué manera silenciosa
trabaja.
Sin dejarse oír,
como si fuera
—lo mismo que una bailarina—
en puntas de pies.
Sin dejarse ver,
como si no fuera.

Ella,
la que poco a poco lo ensordece,
la que imperceptiblemente lo ciega,
la que, delicadamente,
le tuerce los huesos.

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Ocupaciones apacibles

Un café, un periódico, un cigarrillo.

Y las acciones suben en la bolsa,
los aviones salen a la hora prevista,
los oidores oyen,
los asesinos asesinan.

Hay camiones cargados de fruta
que hacen cola en la calle del mercado.
Un perro orina contra
el grueso tronco de la acacia.

En fin, las ocupaciones apacibles
de un momento antes del acabóse.

Fuentes:

Arango, José Manuel. Cantiga (1987); Montañas (1995).

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Entrevista a
José Manuel Arango

Este es un fragmento de una entrevista que tuvo lugar un fin de semana de 2001, momento en el cual conocí personalmente a Arango, gracias a un escrito mío sobre su libro “Poemas reunidos”.

Por Luis Hernando Vargas Torres

LHVT: A mí me gusta mucho Mutis. Por poner un solo ejemplo, el “Nocturno en Al-Mansurāh” es espléndido, pero a veces me pasa como... ¿Usted cómo se lleva con Borges?

JMA: Me encanta...

LHVT: ¿Sí? ¿El poeta?

JMA: Pero es que yo creo que Borges es poeta en todo lo que escribe. Borges me parece muy ceñido. Creo que Borges le enseñó a la poesía hispanoamericana a no ser “pajuda”, a decir las cosas con las palabras esenciales. Pero ¿qué impresión tiene usted?

LHVT: Yo soy amante del Borges de los relatos, del Borges narrador. Pero con los poemas no puedo. Hace un rato, cuando usted dijo que mientras Clara va a misa usted se va a leer un periódico, me acordé del poema a Whitman, ese que comienza: “El olor del café y de los periódicos...”. No le he podido entrar... al Borges poeta.

JMA: Bueno. Menos mal que tenemos un primer desacuerdo. Nos estaba haciendo falta.

Yo siento que Borges es poeta hasta en las entrevistas. Si la poesía es un lenguaje que no se deja llevar del impulso, sino que es preciso, exacto, Borges es poeta siempre, hasta en las entrevistas, en los cuentos y en los ensayos. Pero, de todos modos, si a mí me pusieran los relatos y los ensayos y me pusieran los poemas, yo me quedaría con los poemas. Es un poeta muy cerebral. Pero en el caso de Borges lo cerebral no deja de ser conmovedor. Por supuesto que no digo que en todos sus poemas. Usted acaba de citar algo que suena un poco retórico. Pero por ejemplo se podía citar ese poema donde se habla de esa cierta falsedad de fondo que hay en toda literatura (mientras la realidad está allá, estoy yo aquí hablando de ella) y que termina: “y hombres de labios podridos que sienten frío en los dientes”. Ante poemas como ese uno se queda frío. O ese poema que le dedica a un teólogo y clérigo norteamericano (“y en el centro puntual de la maraña”), un tipo que no predicaba sino el infierno, uno de esos como fundamentalistas protestantes que trabajan a base de miedo... Y el “Otro poema de los dones”, ¡por Dios!, donde empieza a dar gracias por un mundo de cosas. Da gracias por “Verlaine, inocente como los pájaros”, da gracias por san Francisco que ya escribió el poema, da gracias porque el poema no se puede escribir y entonces estamos tratando de escribirlo, da gracias por “Schopenhauer que quizá descifró el universo”, da gracias por el “lenguaje, que puede simular la sabiduría”. Da gracias... ¡No! Ese poema a mí me tumba. Fernando González usaba esa expresión, “me tumba”: una cosa que lo deja a uno pasmado. “Me tumba”. O ese “Poema de los dones”: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche”.

LHVT: ¿Y el tono de ese poema? ¿La andadura es como... como muy modernista?

JMA: No. No. Él viene del modernismo, por supuesto. Lo ha dicho él mismo. Él viene de Lugones, de Darío. Luego, después de su periodo juvenil, de su movimiento de vanguardia, se zafó de todo eso. Y volvió a hablar de Lugones, de Darío; pero evidentemente en Borges no hay la retórica modernista.

Fuente:

Comunicación personal.

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