Corporación Otraparte

Presentación

La calle ciega

y otros cuentos

Agosto 20 de 2015

“La calle ciega y otros cuentos” de José Manuel Correa Salazar

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José Manuel Correa (Medellín, 1962) nació en una época en la cual no había urbanizaciones cerradas en la ciudad y el contacto con la calle era un acto cotidiano. Desde pequeño se inclinó por la literatura, afición que ha alternado con su profesión de ingeniero, la cual aún ejerce como consultor. En 2013 participó con cuatro cuentos en “Relatos a la deriva”, una creación colectiva de siete autores. Actualmente dirige la Fundación Librosbarco, cuyo objetivo es la promoción de la lectura y la escritura en la ciudad.

Presentación del autor
por Daniel Tobón Arango

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LibrosbarcoEl Nido Publicaciones

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La calle ciega es una selección de 17 cuentos y tres poemas que cuentan las vivencias, sueños y ficciones del autor y sus personajes por las calles de la ciudad. Son breves historias urbanas que recrean lugares de Medellín y otras ciudades al tiempo que narran esos miedos inexplicables, anhelos y alegrías de sus personajes en viajes exploratorios por bares, barrios y tiendas mixtas, que son como refugios para atenuar los peligros y también para celebrar las alegrías.

En suma, es un libro generoso en homenajes a los amigos, a las conversaciones sostenidas al caer la noche y a las certezas endebles de una época incierta y de unos lugares que presenciaron muchos de nuestros recorridos.

Los Editores

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José Manuel Correa Salazar

José Manuel Correa Salazar

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La visa

Cuento

El edificio de la embajada aparece en mi retina luego de un largo viaje en bus desde una ciudad intermedia hasta la capital. La impresión que me deja es abrumadora, parece un bunker preparado como para un ataque nuclear. Dicen los rumores que aunque el edificio no es alto, sí tiene una profundidad de varios pisos hacia abajo.

La siguiente imagen que veo es desalentadora: una fila inmensa de más de doscientos metros que le da la vuelta a toda la periferia de la embajada. Me lleno de paciencia y me ubico en la cola.

Luego de unas dos horas de fila a la intemperie y con el azote de un viento frío propio de las mañanas capitalinas, llego a la ventanilla.

—Buenos días —le digo a la gringa.

—No me responde ni me mira.

Sus papeles por favor. Dice la gringa. No le entrego nada y me acerco al micrófono incrustado en el vidrio verdusco gruesísimo. Es que yo no vengo a solicitar visa. Le digo con tono apagado. La gringa hace ojos de china, sin entender muy bien qué dije. Vengo a devolver la visa.

En ese momento la gringa abre un poco más los ojos y la atención.

—¿Cómo dice?, me pregunta en su español agringado.

—Que vengo a devolver la visa de residente.

—No le entiendo señorita. —Me dice con acento de indio sioux de las películas de vaqueros.

—Si, vengo a devolver mi visa de residente. Le repito.

Ella vuelve a poner sus ojos de china como sin entender o entendiendo pero sin creer.

—Espéreme un momento. Dice al fin y sale de su puesto a buscar otra persona.

Al momento regresa acompañada de otra mujer de puras facciones chibchas.

—Señorita, ¿qué desea usted? —Me pregunta.

—Devolver mi visa de residente. Le respondo.

—¿Está usted segura de lo que me está diciendo?

—Sí, claro que sí.

—¿Ve usted la fila detrás de usted?, son más de doscientas personas esperanzadas en que les otorguen una visa para ingresar a los Estados Unidos ¿y me dice usted que quiere devolver la visa?

—Sí, señora, me da pena y quisiera poderla ceder a alguien pero la verdad es esa, quiero devolver mi visa.

—Y me puede explicar el motivo de su decisión.

—Muy simple señora. Tengo visa de residente porque mi madre, que vive en los Estados Unidos como ciudadana, me la gestionó, he ido varias veces pues debo entrar mínimo cada seis meses y permanecer por lo menos un mes allá, pero la verdad es que no he logrado amañarme, eso no es lo mío, lo mío está aquí, con la gente que conozco, con la gente que quiero y antes de que me la cancelen, la quiero devolver.

—Debo decirle que si devuelve la visa no se le podrá volver a conceder.

—Sí, estoy segura de lo que quiero hacer y soy consciente de eso.

—Si está tan segura, por favor llene este formato.

—Gracias.

Me apresto a llenar el formato, leyendo detenidamente cada pregunta.

—Señora, este formato es para solicitar visa.

—Si, así es, es que no existe un formato para devolver visa.

—Pero eso es lo que quiero.

No se puede hacer, lo que le recomiendo que haga es que solicite la visa de turista que dura cinco años y no tiene que ingresar cada 6 meses.

—Ah bueno, entonces sí.

Termino de diligenciar el formato, se lo entrego a la gringa, lo estudia detenidamente y al rato me dice, ¡Bienvenida a los Estados Unidos!

Fuente:

Correa, José Manuel. La calle ciega y otros cuentos. Editorial El Nido / Librosbarco, Medellín, 2015.

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