Corporación Otraparte

Presentación

La Casa de la Belleza

Abril 16 de 2015

“La Casa de la Belleza” de Melba Escobar de Nogales

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Melba Escobar de Nogales (Cali, 1976) estudió literatura en la Universidad de Los Andes, donde se graduó con una tesis sobre periodismo literario. Ha sido profesora de periodismo cultural y periodismo literario en la Universidad Jorge Tadeo Lozano e investigadora y redactora en diversos proyectos de literatura infantil: “Colección Los siete mejores” (Norma), “Clásicos para niños” (Intermedio Editores), “Titi aprende a ser responsable” y “Los pequeños salvajes” (Editorial Presencia). Ha publicado “Johnny y el mar” (Tragaluz, 2014), “Duermevela” (Planeta, 2010) y “Bogotá sueña, la ciudad por los niños” (Icono, 2007), obra distinguida con una Beca Nacional de Creación del Ministerio de Cultura. Escribe en el diario El País de Cali, donde en 2013 fue reconocida como mejor columnista de opinión. Ha sido becaria internacional del Departamento de Estado para Asuntos Culturales (Estados Unidos, 2012) y beneficiaria de una residencia de escritura en Santa Fe University of Art and Design, Nuevo México, Estados Unidos. Sus trabajos periodísticos aparecen en medios nacionales e internacionales y algunos de ellos han sido traducidos al inglés y al italiano. “La Casa de la Belleza” es su tercer libro de ficción.

Presentación de la autora
por Esteban Carlos Mejía

Emecé Editores

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Si es posible decirlo con una expresión traída del periodismo, es una literatura “pura y dura”, que no se detiene en interiorizaciones farragosas, porque si se trata de reflexión, de manera paradójica, la novela es en sí misma una reflexión. Reflexión en el sentido más preciso. Vuelta de la mirada sobre algo.

Francisco Celis

Karen es una esteticista cartagenera que se muda a Bogotá en busca de mejores condiciones económicas, pero al llegar no solo consigue trabajo aplicando cera en La Casa de la Belleza, también se convierte en la clave para resolver la muerte de una de sus clientes.

Entre conversaciones íntimas y confesiones, Karen acabará siendo la confidente de una psicoanalista, de la esposa de un congresista, de una famosa presentadora de televisión y de una madre desolada que busca justicia en un país donde la verdad solo le pertenece a quien puede pagar por ella.

Melba Escobar ha explorado este universo femenino complejo para armar el rompecabezas de un thriller con gran ambición literaria en el desarrollo exhaustivo de cada personaje. La Casa de la Belleza es una novela sin par en el panorama de la narrativa colombiana reciente.

Los Editores

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Melba Escobar de Nogales

Melba Escobar de Nogales

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La Casa de la Belleza

Fragmento

Desde bien pequeñitas las negras y las mulatas se alisan el cabello con la plancha, con crema, con secador, con píldoras masticables, se hacen la toga o la vuelta, se ponen mascarillas, duermen con medias veladas en la cabeza, usan un sellador de puntas de silicona. Tener el pelo liso es tan importante como usar un sostén, es parte imprescindible de la feminidad, y hay que hacer lo que hay que hacer, armarse de valor, llenarse de pinzas metálicas, y estar dispuesto a aguantar tirones y a pasar horas en esa cuestión que es dispendiosa e incómoda, pero también necesaria si quieres conseguir el lacio perfecto, dice Karen con su voz de tambor.

¿Y las niñas pequeñas, ellas también tienen que hacer eso?

Muy pequeñas, no, pero ya señoritas, o sea de ocho, nueve, ya ahí sí todas con su cabello liso, cómo no, dice retirando las vendas.

Karen me dijo que al llegar le gustó la ciudad. Y sí. Para muchos, es bella. Precisamente por esa tristeza leve que la caracteriza y que a veces se rompe con una mañana soleada de domingo tan radiante como inesperada.

Dejó a su niño de cuatro años con su madre en Cartagena y se vino a Bogotá. Una colega suya había montado un centro estético en Quirigua y le ofreció trabajo. Le prometió a su mamá que mandaría plata mensual para Emiliano, cosa que ha hecho. Su madre vive en una casa del barrio San Isidro, con el tío Juan, que es solterón y achacoso. Ambos subsisten principalmente de una pensión del tío, por sus treinta años trabajando en la oficina de correos, y de las remesas que ella manda.

Karen creció escuchando vallenato, bachata y más tarde champeta. Su madre, apenas dieciséis años mayor que ella, fue una vez la reina del barrio, con lo que pensó que saldría de pobre, pero terminó preñada de un rubio que poco hablaba español y del que supuso era un marinero. Con esa visita furtiva del amor, nació la mulata que compartía con su madre no solo el apellido, sino también la belleza y la escasez.

Doña Yolanda Valdés vendió chance, fritanga, fue empleada doméstica, copera en un bar del centro y finalmente se dedicó a cuidar a su nieto, a aguantarse la artritis y a lamentarse por haber parido hembra en vez de varón. A sus cuarenta años era casi una anciana.

Los amoríos de doña Yolanda le habían causado dos embarazos más, en ambas ocasiones de varones, con tan mala suerte que uno nació muerto y el segundo falleció a los pocos días de nacido. Yolanda Valdés decía que las mujeres de su familia estaban rezadas. Una especie de maleficio caía sobre ellas cuando menos lo esperaban para someterlas a la soledad como único destino.

Karen recuerda la misa de las siete de la mañana los domingos y el despertar con el canto de los canarios. Recuerda el sancocho de pescado de los morros y la piel tirante y la vista mareada de luces blancas cuando dejaba su cuerpo flotar por largo rato. Con el paso del tiempo, el ritual de encerrarnos en esa cabina en soledad, cobijadas por su juventud, su cadencia de mar, el vigor de su mano firme y suave, se convirtieron para mí en una necesidad tan feroz como el hambre.

Desde la primera vez que la vi, quise saber quién era. Con delicadeza, casi con ternura, la fui colmando de preguntas mientras ella pasaba las yemas de sus dedos por mi espalda. Fue así como supe que llegó a Bogotá en enero de 2013, durante la temporada de sol. Primero se instaló en Suba, en el barrio Corinto, donde una familia alquilaba un pequeño apartamento con baño y cocineta por trescientos mil, incluidos los servicios. Ganaba el mínimo. A fin de mes no tenía un peso extra, ni podía mandar nada a la casa, sin contar que el barrio era inseguro y Karen vivía con miedo. La madrugada en que un borracho les disparó a dos personas por estar obstaculizando la vía pública en una celebración familiar, Karen decidió buscar otro lugar dónde vivir.

Se fue a Santa Lucía, al sur, cerca de la avenida Caracas, pero ahora tenía que atravesar toda la ciudad para llegar al salón donde trabajaba.

Cuando su colega le comentó que estaban buscando a alguien en un centro estético muy exclusivo en el norte, Karen consiguió una entrevista. Fue a comienzos de abril. La ciudad sucumbía entre aguaceros. Karen llevaba apenas un par de semanas en la nueva casa y presentía que el diluvio podía ser una señal de abundancia.

La Casa de la Belleza está ubicada en la Zona Rosa. La edificación blanca sugiere desde afuera un aire de limpieza y sobriedad, mezcla de clínica dental y boutique de moda. Al atravesar sus puertas de vidrio se encuentra uno en medio de una tierra de mujeres. La recepcionista, detrás del mostrador, saluda con su mejor sonrisa. Varias empleadas uniformadas, maquilladas, peinadas y sonrientes ofrecen cremas, perfumes, sombras y mascarillas de las mejores marcas, ubicadas en el almacén que está en la primera planta. Las pilas de revistas se amontonan en la mesita de centro de la sala de espera.

Karen recuerda haber llegado un cinco de abril a eso de las once y treinta de la mañana. Tan solo cruzar el umbral de las puertas de vidrio, un aroma a vainilla, almendras, agua de rosas, laca, champú y lavanda, impregnó su piel.

La recepcionista, a quien ya tendría tiempo de conocer mejor, le pareció una muñeca de porcelana. La nariz respingada, los ojos grandes y los labios redondos de color cereza. ¿Qué labial usará?, se preguntó mientras se dirigía a la sala de espera.

Al fondo hay un espejo grande y dos sillas de peluquería donde un par de mujeres hacen depilación de cejas, maquillaje y prueba de productos. Todas llevan pantalón azul claro y blusa de manga corta del mismo color. Parecen enfermeras, pero a diferencia de ellas, van bien peinadas y pintadas, tienen las manos impecables y cintura de avispa. Una tiene un tono de bronceado perfecto; en un botón que lleva puesto en el pecho se puede leer su nombre: Susana.

La aseadora lleva un uniforme también azul, pero de un tono más oscuro. Se acerca y le ofrece una agüita aromática. Karen acepta. Ve entrar a esa cantante de tropipop conocida como Rika. Es morena, voluptuosa, con un bronceado envidiable y posiblemente más años de los que aparenta. Lleva puestas unas gafas de sol a manera de diadema, un anillo dorado en cada dedo y muchas pulseras. Al igual que ella, se presenta en la recepción y se sienta a su lado con una revista.

La espera doña Fina, puede pasar, anuncia la recepcionista.

Gracias, dice Karen, tratando de impostar la «s» y la «r» para ocultar su acento.

Sube por una escalera en caracol. Pasa de largo la segunda planta para seguir al tercer piso. A mano derecha, cuatro puestos de pestañas, tres de uñas. En medio, cuatro cabinas y, al fondo, a la izquierda, la oficina de doña Josefina de Brigard. Karen se acerca a la puerta entreabierta y escucha una voz del otro lado que la invita a seguir. En medio de una sala cálida, con claraboyas que dejan ver una mañana luminosa, una mujer de edad indefinida con zapatos de tacón bajo, pantalones caqui, blusa beige y collar de perlas, con el blower impecable y un maquillaje sutil, le da la bienvenida.

Siéntese, le dice con voz grave.

Doña Josefina la mira caminar hasta la silla que se encuentra al otro lado del único escritorio en la habitación. La escanea de arriba abajo, con sus ojos verde pozo y alzando ligeramente las cejas.

Luego deja perder su mirada en los ojos de Karen, quien agacha la cabeza.

Déjeme ver las manos, le dice.

Karen se las acerca, en una súbita regresión a la escuela primaria. Pero doña Josefina no saca la regla para reprenderla, simplemente deja que la mano de la muchacha descanse sobre la suya un momento; se pone las gafas, la examina con curiosidad, repite la operación con la mano izquierda y luego le pide que se siente.

Ella, en cambio, se pasea por la sala. «Si tuviera esa edad y esa figura, tampoco me sentaría», piensa Karen.

¿Sabe cuántos años tiene La Casa de la Belleza?

¿Veinte?

Cuarenta y cinco. Para entonces ya tenía a mis tres hijos. Con decirle que ahora soy bisabuela.

Se fija en su cintura, envuelta delicadamente en un cinturón de cuero de culebra. Las uñas rosa pálido. Los ojos almendrados, los pómulos salientes tienen aspecto de ópalo, pálido y perlado. La mujer que tiene en frente hubiera podido ser una estrella de cine.

La Casa de la Belleza y mi familia son todo lo que tengo. Por lo mismo soy exigente y no hago concesiones.

Entiendo, dice Karen.

Sí, chinita, tienes cara de entendida. Pasaste de un centro exclusivo en Cartagena a uno corriente en Bogotá. ¿Por qué?

Porque gano mejor aquí que allá, o al menos eso pensé cuando dejé la Costa.

Siempre el dinero…

Tengo un niño de cuatro años.

Todas lo tienen.

¿De cuatro años?, dice Karen sin pensar.

Veo que no le falta sentido del humor, dice doña Josefina regresando al usted de forma abrupta. Este es un buen lugar para las mujeres serias y discretas, dispuestas a trabajar doce horas diarias, que hagan bien su trabajo y entiendan que la belleza requiere de un profesionalismo absoluto. Teniendo en cuenta que tiene garbo, estoy segura de que puede llegar a irle muy bien aquí. Verá usted: las clientes pueden tener dinero, algunas muchísimo dinero, pero a menudo son tremendamente inseguras de su feminidad. Todas tenemos miedo y, a medida que empezamos a envejecer, ese miedo aumenta. Es por eso que en la Casa las mujeres debemos ser excelentes en nuestro trabajo, pero también cálidas, comprensivas y saber escuchar.

Entiendo, dice Karen automáticamente.

Claro que no entiende, niñita. No tiene edad para entender.

Karen calla.

Entonces, como iba diciendo, no se les contesta a las clientes; si quieren conversar, se les conversa; si quieren callar, nunca debe ser usted quien inicie una conversación. Pedir propina o favores de cualquier índole son razón de despido. Contestar al celular en horas de trabajo es razón de despido. Ausentarse del centro sin autorización previa es razón de despido. Llevarse cualquier implemento sin autorización es razón de despido. Las vacaciones se dan después del primer año, las pensiones y la salud corren por cuenta de ustedes. Lo mismo las vacaciones, que son realmente un permiso no remunerado, jamás pueden exceder las dos semanas contando días feriados. Las limas, cremas, aceites, espátulas y demás implementos van por cuenta de ustedes.

¿Puedo preguntar cuánto es el sueldo?

Depende. Por cada servicio, ustedes reciben el cuarenta por ciento. Si tienes éxito y las clientes piden muchas citas contigo, al cabo de un par de meses podrás ganarte un millón, incluyendo las propinas.

Acepto.

Doña Josefina deja escapar una sonrisa.

No tan rápido, chinita. Esta tarde hago dos entrevistas más.

A Karen le llamaba la atención cómo una mujer elegante y de apariencia educada podía pasar tan fácilmente del tú al usted, sin respetar regla alguna.

Solo quiero decirle que estoy muy interesada, agregó optando por permanecer en el usted.

En un par de días te daremos respuesta.

Cuando Karen iba saliendo, doña Josefina la detuvo:

Y otra cosa, a quién no le gusta el acento costeño. Déjalo quieto, a nadie, ni en este país ni en ningún otro, le gusta como hablamos los cachacos.

Al cabo de una semana, Karen hacía parte de La Casa de la Belleza. «Si hubiese estado en la sección de cejas, maquillaje y pestañas, habría tenido dificultades para competir con Susana», me dijo entonces. Como cada una tenía su fortaleza, pronto se convirtió en la reina de la segunda planta. Le asignaron la cabina número tres, donde haría limpiezas faciales, masajes y depilaciones. Su belleza, mezclada con su prudencia y profesionalismo, la hacían una de las favoritas, especialmente para las depilaciones. Descubrió que cuando las bogotanas venían por el bikini completo, casi nunca era por decisión propia. Iban porque el marido se los pedía, o el novio, o el amante. Me contaba de sus clientas y de las otras colegas de la Casa. Fue así como apareció en la conversación el nombre de Sabrina Guzmán.

Karen sabe quién tiene un lunar de nacimiento en la cadera, quién sufre por las varices, quién tuvo problemas con sus prótesis mamarias, quién está por separarse, quién tiene un amante, a quién le ponen los cuernos, quién viaja a Miami por el puente, a quién le diagnosticaron cáncer la semana pasada y quién se hace masajes diarios para reducir cintura sin decírselo a su marido.

Aquello que se confiesa en la cabina no sale de ahí, tal como ocurre en el diván. Como el terapeuta o el confesor, la esteticista tiene un voto de silencio.

La camilla se le parece al diván. Es ahí donde la mujer tiende su cuerpo indefenso, en un gesto de entrega. Obedeciendo al mensaje de «Descanse, apague su celular», entra a la cabina dispuesta a desconectarse por un rato. Quince minutos, media hora, quizá más, estará aislada del mundo, únicamente conectada a su cuerpo, al silencio y, a menudo, a la conversación íntima, donde van apareciendo confidencias, pocas veces compartidas, siquiera con los más cercanos.

Sabrina Guzmán llegó un jueves en medio de un chaparrón apestando a aguardiente, con el pelo emparamado, el uniforme del colegio y apenas media hora antes del cierre. Le explicó que el novio la invitaba a una cena romántica con remate en un hotel cinco estrellas. Hasta donde entendía, era el mismo novio que en dos ocasiones anteriores había venido a coronarla, pero se había ido sin hacerle los honores, por no estar pelada como una manzana, según le argumentó la cliente.

Venía a Bogotá por dos días, así es debía aprovechar. No le explicó aprovechar para qué, pero Karen asumió que se refería a aprovechar para desflorar a la muchachita. Fue una tortura para las dos. Sabrina, su cliente, se quejaba demasiado y cuando Karen vio salir unas gotas de sangre, tuvo una oscura premonición.

Cuando la muchacha se va, Karen se queda mirando esa chispa de sangre sobre el cobertor de la camilla y se pregunta cómo quitarla. Intenta con agua, jabón, amoniaco, pero apenas si logra difuminar la mancha a un rosa pálido que habrá de acompañarla por el resto de sus días en la Casa.

Fuente:

Escobar, Melba. La Casa de la Belleza. Emecé Editores, Bogotá, 2015.

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