Corporación Otraparte

Conferencia

Gabo y el grupo
de Barranquilla

Historias de La Cueva

Agosto 22 de 2013

La Cueva

Gabriel García Márquez

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Heriberto Fiorillo nació en Barranquilla, en la 59 con Líbano, a dos cuadras de “La Cueva”, por donde pasaba de la mano de su padre para ir a los dobles del cinema San Jorge, en el mismo barrio Boston. Después, Bogotá, Nueva York y el mundo se lo llevarían en un periplo profesional que ha producido 5 películas, 5 noticieros de televisión, varios premios y 6 libros, incluido el de “La Cueva y el grupo de Barranquilla”, conformado según él por la gente más loca, interesante, admirable y divertida que ha habitado su cuidad natal. Pronto publicará “Escrito sobre el tiempo”, un libro de ensayos. Es fundador y director de la Fundación La Cueva, que restauró el legendario bar-restaurante y desarrolla proyectos en beneficio de la juventud como el Carnaval Internacional de las Artes y La Cueva por Colombia.

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Fundada en 1954, La Cueva es un antiguo bar de cazadores que se volvió famoso por los artistas, escritores e intelectuales de renombre que lo frecuentaron y visitaron, así como por los numerosos episodios que se vivieron en él. Entre los contertulios más ilustres figuran Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Alejandro Obregón, Orlando “Figurita” Rivera, Enrique Grau, Fernando Botero, Nereo López, Luis Vicens, Noé León, Juan Antonio Roda, Cecilia Porras, Luciano Jaramillo, Rafael Escalona, Enrique Scopell, Ricardo González Ripio, Marta Traba, Próspero Morales Pradilla, Bernardo Restrepo Malla, Angel Loockhartt, Luis Ernesto Arocha, Roberto Prieto, Eduardo Vilá, su dueño administrador, y el industrial Julio Mario Santodomingo, entre otros. Desde 1955 y hasta finales de los sesenta, La Cueva —también restaurante, galería y, por supuesto, tertuliadero— es el segundo nombre con el que se identifica al legendario Grupo de Barranquilla.

La Fundación La Cueva es una entidad sin ánimo de lucro, conformada desde 2002 por un grupo de empresarios e instituciones inspirados en el Grupo de Barranquilla y unidos por el deseo de fomentar la identidad y estimular a los nuevos talentos. Luego de la publicación de “La Cueva: crónica del grupo de Barranquilla”, la asociación respaldó al escritor y periodista Heriberto Fiorillo, autor del libro, para llevar adelante el proyecto de restauración de la casa, que fue cedida por la familia Char Abdala. Después de que otras personas y empresas del país se sumaran al proyecto, el Ministerio de Cultura designó La Cueva como Bien de Interés Público y Cultural de la Nación. Gracias a ello, los visitantes pueden disfrutar de la conversación, la música, la poesía y leer los textos del grupo e imaginar y revivir escenas y ocurrencias que se dieron allí relacionados con la muerte, el arte y la literatura, temas que influyeron en el universo de cada uno de los artistas que la frecuentaban.

Por medio de su programa “La Cueva por Colombia” la Fundación pretende multiplicar y acercar a todo el país la maravillosa historia y el recorrido que se encuentra ligado a este Patrimonio Cultural del Caribe colombiano. En 2013 han visitado Soledad, Ciénaga, Neiva, Popayán, Armenia, Manizales, Cúcuta y San Gil. Hoy traen a Otraparte la conferencia “Gabo y el grupo de Barranquilla”, en la que se cuenta la vida y obra de Gabriel García Márquez y otros artistas y escritores. La velada estará a cargo de Heriberto Fiorillo, director de la Fundación, columnista de El Heraldo y El Tiempo y director del Carnaval Internacional de las Artes.

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Heriberto Fiorillo

Heriberto Fiorillo

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Fundación La Cueva

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Así que grupo sí hubo.

Grupo de ron, de conversación, de arte, de periodismo y de literatura. Y sobre todo grupo para el que la amistad, esa entrega cómplice que posibilita todo lo anterior, fue siempre una prioridad de su existencia.

Era tan grupo el grupo que no hubo necesidad de legitimarlo con un sello y varias firmas. Era además un grupo al que, de verdad, no le gustaban los grupos.

Así que grupo, sí hubo.

Heriberto Fiorillo

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La Cueva

Gabriel García Márquez, Pepe Dominguín, Alejandro Obregón y Álvaro Cepeda Samudio.

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El Nobel de Barranquilla

Por Heriberto Fiorillo

A principios de los 90, durante una entrevista colectiva para la televisión inglesa, Gabriel García Márquez le reiteró a su carnal Alfonso Fuenmayor —en presencia del otro mosquetero macondiano, Germán Vargas Cantillo— lo que ya había dicho tiempo atrás en Estocolmo y en Roma: “La parte más importante de mi vida fue la que pasé en Barranquilla con ustedes. A mí se me abrieron muchas ventanas. De todos modos, hubiera sido un escritor porque esa era mi vocación, pero sin ustedes, otra dirección hubiera tomado. Sin Barranquilla, no hubiera sido Premio Nobel”.

En 1983, Gabo conversó con María Teresa Herrán en una entrevista que siempre valoramos, en relación con sus amigos de Barranquilla. “Amigos son los que uno quiere como son —le dijo GGM a María Teresa—. Hoy, las afinidades laborales suelen crear más amistades que las circunstancias casuales”. Y para responder por qué había escogido a Álvaro Cepeda Samudio, a Alfonso Fuenmayor y a Germán Vargas como sus más grandes amigos, Gabo explicó: “Los he escogido porque, primero, tienen una buena formación literaria; segundo, porque poseen muy buen criterio y, lo más importante de todo: que de verdad verdad me dicen lo que piensan, así sea lo más doloroso”.

“Sus amigos —había dicho Germán Vargas— estábamos seguros de que Gabito llegaría a ser un gran escritor, y hay constancia escrita de ello. Creo que él compartía también esa certidumbre, por cuanto conocía sus espléndidas capacidades mejor que nadie: su disciplina, su consagración al trabajo literario. Por lo demás, no se necesitan especiales condiciones de adivino para darse cuenta de que en el García Márquez de entonces había ya un gran escritor futuro”.

“Como yo era el menor —explicó Gabo a María Teresa—, me convertí un poco en el hermano que había que sacar adelante. Ellos fueron decisivos en mi formación intelectual, orientaron mis lecturas, me ayudaron, me prestaron libros y, como amigos, a pesar de todas las circunstancias de mi vida, ellos siguen siendo los mejores”.

Entonces, María Teresa le preguntó si, en su opinión, el hecho de que fueran amigos del Nobel opacaba su propia carrera intelectual, a lo que Gabo opinó: “Sí, pero en el fondo siempre supimos que uno de nosotros tenía que surgir. Era una especie de pacto tácito. Por eso creo sinceramente que ellos aceptan que me haya tocado a mí, con gran satisfacción interna, porque piensan que a ellos también les corresponde parte del mérito”.

Visto así, el Nobel fue también un premio para el Grupo de Barranquilla, por los cuentos de Gabito que criticaron, los libros que le prestaron, las opiniones, el afecto y el apoyo incondicional que le dieron. “Aquellos años febriles fueron los decisivos en mi formación de escritor. Eran unos tiempos raros, en los que todo el mundo se ayudaba, de palabra o de obra, en la Barranquilla libre y liberal de los años 50”.

“Precisamente, en Estocolmo —y esto lo recordaba también Germán—, unos días después de recibir el Premio Nobel de Literatura, al que nos había hecho invitar, Gabo nos convidó y nos dijo: ‘Ahora vamos a hacer únicamente una reunión para mis amigos de Barranquilla’”.

“Éramos solo Alfonso con su mujer, yo con la mía, la viuda de Álvaro, Gabito y Mercedes. Nos reunió en una suite de un hotel distinto del hotel donde estaba alojado él oficialmente, y allí nos presentamos sin decirle a nadie y pasamos todo un día hablando, recordando. Un día que yo llamo dedicado a la nostalgia”.

A la nostalgia de aquellos años decisivos en una ciudad que, gracias a Gabo, pero también a Germán, Álvaro y Alfonso, tiene derecho a seguir sacando pecho por ese Nobel magnífico de hace treinta años.

Fuente:

El Tiempo.com

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La Cueva

Álvaro y Gabo: su encuentro
en el aeropuerto, 1971

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Y en el principio fue
don Ramón, el viejo que
había leído todos los libros

Ramón Vinyes nació el 8 de mayo de 1882, en Berga, una aldea pirenaica de Cataluña, en la provincia de Barcelona, España. Podrá imaginarse el lector cuánto habrán jugado literal y literariamente Álvaro, Gabriel, Germán y Alfonso con ese nombre de lugar, cuna señalada de su maestro, el sabio catalán. Con el perdón de los lectores más quisquillosos, resulta tentador semantizar la escena.

—¿Dónde fue que nació usted, don Ramón?

—Nací en Berga, pero...

—¿Y la recuerda mucho, don Ramón?

Dado su humor, su agudeza y su inclinación más profunda, a Vinyes debieron divertirle también, entre amigos, los juegos de esa índole. O tal vez no, por idénticas razones.

Lo cierto es que en su niñez Vinyes se trasladó de Berga a Barcelona, donde su vocación por la literatura y el arte dramático lo llevaron a publicar en 1909, apenas a sus 17 años, su primera obra, H’ardenta calvalcada, una selección de prosa lírica. A los 21, su nombre figuraba ya en la Enciclopedia Espasa, pero Vinyes vivía muy aburrido de los círculos literarios barceloneses y decidió hacer América. El 13 de mayo de 1911 se embarcó en Ciudad Condal y dos meses después, el 16 de junio, ingresó por Puerto Colombia a la costa caribe colombiana.

“En realidad —escribe él, siempre a mano, siempre en catalán, siempre en tinta violeta— estaba dispuesto a marcharme a cualquier sitio y casi me voy a Australia, cuando un amigo me propuso establecer en Colombia un molino de harina que entonces prometía ser magnífico negocio, gracias a cierta medida proteccionista para esa industria...”.

De Puerto Colombia, Ramón Vinyes pasó por Barranquilla hacia Ciénaga, Magdalena, donde lo esperaban como el nuevo tenedor de libros de la sociedad Correa Hermanos, una exportadora de cacao, gerenciada por Ismael A. Correa, tan versado en finanzas como en historia y literatura. A don Ramón le ofrecerían después meterse a bananero. Ante la alternativa de millonario o literato, el catalán abrazó las letras y desdeñó el dinero. La ambición de El Dorado le había durado el tiempo de su primera travesía en barco. Antes de ver América, Vinyes se habría reconciliado con su más vieja pasión.

“Llegué a Colombia —dice— huyendo de la literatura. Mi huella acaso quedaba señalada en Cataluña por algunos versos: La ardiente cabalgata y Consejas a la luna, cuyos últimos ejemplares rompí con pretendido simbolismo en la travesía por mar que me traía de Barcelona hasta las playas colombianas. También había escrito una obra de teatro, Al florecer de los manzanos, que fue premiada. Yo había creído en la literatura ingenuamente, con un candor más bien místico y los desengaños fueron violentos. Lo suficiente para hacerme romper con ella. Y créame que necesité valor. Ya en el buque, una italiana que venía allí me prestó un ejemplar de La Divina Comedia y al no devolverle nunca el libro, quedó de nuevo pactada una nueva alianza con las letras, que ha perdurado”.

Hace poco, en Barcelona, el escritor Ramón Illán Bacca reveló que las relaciones de Vinyes con la sociedad cienaguera no fueron siempre magníficas y que cierta vez algunos de sus miembros más distinguidos se negaron a colocarle bolas en la mesa de billar del club local. Así lo habría contado el mismo sabio en carta a su amigo Miguel Fornaguera.

En 1914, Ramón se trasladó a Barranquilla, donde fundó —en sociedad con el también inmigrante catalán Xavier Auqué I. Masdeu— la Librería Ramón Viñas y Cia., a la que después se asociaría otro catalán, Paul Vila, un geógrafo de primera magnitud, que organizaría Cataluña como comarca en 1936. Con Auqué Masdeu ya había tenido Vinyes otros negocios: cultivos de algodón, tomate y cebolla en una finca a orillas del río Magdalena, cerca de Mamatoco.

La librería de Auqué y Vinyes era algo más que una tienda donde se vendían libros y papeles. Una investigación de Angelina Vilella i Ros-Auqué, descendiente de Xavier, revela que también se vendían allí objetos de arte, cerámica fina, juguetes y postales.

La investigadora catalana precisa que “la revista Voces fue posible ya que se apoyó en esa librería que la financiaba y en un intelectual cosmopolita que le servía de comadrona: Ramón Vinyes”.

El conocimiento y la perspicacia de Vinyes para recomendar libros le abrieron de inmediato las puertas de los cenáculos intelectuales de la capital del Atlántico que, con escasos cien mil habitantes crecía ya como la ciudad más dinámica de Colombia.

Desde su llegada, Vinyes había asumido un perfil de hombre callado en el exilio. Nada exhibicionista, pero con unos apuntes y unas brillantes recomendaciones de librero que no pasaron desapercibidos para aquellos primeros y agudos tertuliadores que tuvo en la vida. Que lo narre uno de ellos, Enrique Restrepo: “En una ocasión descubrí yo, detrás del mostrador de una librería, a un joven de presencia atractiva y mirada inteligente, que con la misma formalidad recomendaba a sus compradores las obras de didáctica elemental, como las de los autores sicalípticos españoles. Me pareció adivinar cierto sarcasmo en aquellas recomendaciones que los parroquianos tomaban por sinceras. Mis sospechas se confirmaron cuando lo oí elogiar, con una propiedad extraordinaria, las obras de un autor que claramente comprendí que él no había leído. ‘Este es otro guasón’, pensé para mis adentros. Y asumiendo la actitud de parroquiano que quiere informarse, y, por el solo placer de oírlo, solicité su concepto y apreciación sobre alguna obra que conocía y estimaba yo (creo que fue algo de Leopardi), y lo hice hablar extensamente. Aumenté mi sorpresa cuando vi que no sólo sabía, sino que sabía mucho y muy a fondo. Seguí luego averiguando por obras de diversos autores, clásicos y modernos, que no existían en su estante, y quedé maravillado de la cultura que pude adivinar en el guasón de enantes”. Restrepo prosigue: “Llamé la atención de mis amigos del cenáculo (que así llamábamos a nuestras reuniones nocturnas) y en adelante frecuentamos todos al librero, con el pretexto de comprarle libros. A poco habíamos ligado con él una franca amistad”.

Esa amistad convertida en tertulia de todas las tardes estimuló el surgimiento de la revista literaria Voces, que empezó a circular el 10 de agosto de 1917 y logró en poco tiempo un reconocimiento continental. Sus principales integrantes: Julio Enrique Blanco, Julio Gómez de Castro (nombrado director por su gestión eficaz en cristalizar el proyecto), Manuel García Herreros, José Félix Fuenmayor (que apenas publicó en ella una nota), Rafael Carbonell, Héctor Parias, Abraham Zacarías López Penha, Enrique Restrepo y, por supuesto, Ramón Vinyes, su espíritu inspirador. En Barranquilla, a Voces se le decía sencillamente la revista de Vinyes.El mismo Enrique Restrepo —permanente colaborador de la publicación— expresaría años después: “Casi una declaración de principios, el ideario de Voces reflejaba la posición liberal, autónoma y generosa que, en beneficio de lectores e interlocutores, el Vinyes crítico revelaría a lo largo de toda su existencia: “No hablamos de un autor sin que conozcamos su obra. Sabemos que es mucho más fácil dar la opinión de una opinión que la opinión propia, pero no lo hacemos. Procuramos estar al corriente de cuanto sale de nuevo en libros y nuestro criterio es el que los agrupa sin prevención en contra ni afecto en pro. Así creemos que debe hacerse”. Así también, Voces se declaraba espolón de batalla contra el prejuicio, la intolerancia, la exclusión: “Batallamos contra lo negativo, contra los que encuentran en la obra de arte oscuridad, cuando la oscuridad radica en ellos; contra los que no aceptan otra manifestación de la sensibilidad que la suya, estrecha y oscura”.

Voces sacudió el ambiente semi romántico y costumbrista de la literatura colombiana, oxigenando con su amplitud y rebeldía los rincones más tercos de la tradición, algo que reconocieron los grandes valores nacionales de su tiempo. La escritura de León de Greiff halló su más grande eco en la crítica de Vinyes, la poesía de Luis Carlos López encontró en él a uno de sus más lúcidos intérpretes y Gregorio Castañeda Aragón, a su mejor lector y amigo.

Después de ser comparada ventajosamente por la crítica con las grandes revistas de la América Latina, Voces dejó de circular en 1920, el mismo año en que Ramón Vinyes iniciara un repetido periplo de idas y venidas entre Barranquilla y Barcelona. En 1922 vendrá de nuevo a Colombia, se casará en Barranquilla con María Salazar, hija de Clemente Salazar Mesura, y volverá con ella a Barcelona. El incendio de su librería en Barranquilla, por causas que aún permanecen en el misterio, lo hará retornar en junio de 1923 a ésta, su segunda patria.

Pero Vinyes no insistirá jamás en atender a la gente, tras un mostrador, en su papel de librero. Ahora empezará a escribir y publicar en castellano su periodismo en los editoriales de La Nación, diario dirigido por Pedro Pastor Consuegra, ubicado a media cuadra del lugar donde estaba su librería, y desde esa trinchera fustigará a las fuerzas del poder; polemizará con los políticos de derecha y escribirá en latín contra el párroco de la iglesia de San Nicolás, el más influyente de la ciudad. A los derechistas —que beben la ideología de Charles Maurras y León Daudet— les advierte: “¡El Papa va a excomulgarlos!”. Y Su Santidad excomulga a los de la Acción Francesa.

El público devoraba los editoriales de Vinyes.

Un día, el director Pedro Pastor lo abordó para decirle que un grupo de personas estaba interesado en publicar en un tomo, como libro, los mejores editoriales del periódico y le preguntó entonces si, como los suyos nunca llevaban firma, él podría firmarlos como director. Vinyes no se inmutó al responder:

Pero si usted me los ha pagado, don Pedro. Son suyos.

A mediados de los años veinte, los editoriales de La Nación arrecian contra la conducta del entonces Gobernador del Atlántico, el general Eparquio González. La ciudad los atribuye a Vinyes, como atribuirá a esas mismas circunstancias su salida del país. El Gobernador, al parecer, le tenderá una celada. El escritor local Ramón Illán Bacca refiere así el episodio que además devela en Vinyes una condición homosexual:

“En charlas con Germán Vargas, este me comentó el rumor que siempre había acompañado la salida de don Ramón del país en 1925. Conocida su debilidad, el gobernador le puso un señuelo. El escritor acudió a la cita. Una patrulla de la policía prevenida lo arrestó y fue expulsado del país, como ‘extranjero indeseable’, en menos de veinticuatro horas”.

De regreso en Barcelona, Vinyes dedica cuatro años a su actividad de dramaturgo y estrena dos obras de teatro: Qui no es amb mi y Peter’s Bar, recibidas con gran entusiasmo por el público. El escritor empieza a disfrutar apenas del éxito de su última obra cuando decide volver de nuevo a Barranquilla, el 29 de diciembre de 1929. Venía con la chispa política encendida, y en ocasión de la visita a esta ciudad de los entonces activistas venezolanos, Rómulo Betancur y Raúl Leoni, perseguidos por la dictadura de Juan Vicente Gómez, la sociedad barranquillera pudo igualar la agudeza de su verbo a la de su pluma. “Una mañana en el Teatro Municipal —ha dicho el testigo Carlos Mejía— se escuchó la estremecedora oratoria de don Ramón Vinyes contra la vecina tiranía. Orador insuperable, coloso de la palabra”.

Vuelve y juega. En 1931, al enterarse de la renuncia de Alfonso XIII y de la instauración de la República en España, Ramón Vinyes regresa el 20 de mayo a Barcelona, donde vive hasta el 24 de febrero de 1939, cuando estalla la guerra civil española y las fuerzas fascistas lo obligan a salir al exilio francés de Toulouse y París.

Pero no es suficiente. En abril de 1939 la situación le amenaza tanto que deberá abandonar Europa. Vinyes piensa en irse a México pero con la cercanía del viaje se revive en él una vieja nostalgia por Colombia. “Si yo hubiera recibido el dinero de Colombia —razona entonces— iría a Colombia. Si voy a México y no me conviene, volveré a hacer de barranquillero”.

Vinyes sale de Toulouse, Francia, el 30 de enero de 1939 y una semana después, el 6 de febrero, se embarca en el vapor San Diego, desde Le Havre rumbo a Barranquilla. Por esos días escribe en su diario: “El doctor Solé y Pía (viejo amigo catalán) ha dado noticias desde Colombia. Está en Barranquilla con todo el séquito. Me dice Terrades que Molner ha recibido unos poemitas para ilustrar. Me digo inmediatamente: son de Amira de la Rosa. Y efectivamente, así es. Amira se hace ilustrar por Molner, vanidosa y acrinolinada como siempre. Ay, el reencuentro con el mundo intelectual colombiano. ¡Aquel Julio Gómez de Castro! Y aquel infecto Mauricio Buitrago”.

Durante el transcurso de su regreso a Barranquilla, Vinyes escribe unas notas de viaje que lo muestran ansioso frente al incierto recibimiento que aqui le espera. El 26 de febrero de 1940 manifiesta su asombro porque el buque San Diego no llega a Puerto Colombia, como antes, sino a nuestro terminal marítimo. “Al salir nuevamente a cubierta —escribe Vinyes— me doy cuenta con grata sorpresa de que tomamos por el Río Magdalena. ¿Serán las Bocas de Ceniza? Estoy esperanzado. Viene el práctico y se confirma que vamos directo a Barranquilla”.

En su diario, Vinyes cuenta que su viejo colega, el periodista Manuel García Herreros, ahora en la emisora La Voz de la Patria está muy contento con su llegada. Que canta, que baila y por radio anuncia el retorno de Ramón Vinyes como algo sensacional. “Es una cosa exaltadísima —anota Vinyes. ‘¡Ha regresado Ramón Vinyes!’, me gusta, a pesar de todo”. También se entera de que ha muerto Julio Gómez de Castro, el exdirector de Voces y recibe el abrazo de un antiguo conocido, José Félix Fuenmayor: “Muestra mucha alegría de verme y me habla de un hijo suyo literato”.

Vinyes se refiere a Alfonso Fuenmayor, por esos días en cama, como él mismo lo recuerda: “... caí enfermo con apendicitis aguda y estuve internado en una clínica por dos meses. Como me aburría le pedí a mi papá, José Félix Fuenmayor, que me llevara libros y un día le pedí Le Voyant de Rimbaud. Cuando mi papá venía para la clínica, se encontró con don Ramón Vinyes, que acababa de regresar de España huyéndole a Franco: don Ramón le preguntó para dónde iba, mi papá le explicó y cuando supo que le había pedido el libro de Rimbaud se interesó en conocerme”.

En Barranquilla, el catalán redescubre un lugar más vivible, de calles asfaltadas y casas llenas de cuadros del Sagrado Corazón. La encuentra más ciudad. “Ha dejado de ser un corral de gallinas”, dice. De visita en El Heraldo (donde comenzará muy pronto a escribir sus breves notas en castellano, mezcla de telegramas y de relámpagos) “encuentro allí a Gilberto García y al hijo de José Félix Fuenmayor (Alfonso). Es un muchacho simpático. Me habla del libro nuevo que ha leído sobre Rimbaud y le atribuye influencias orientales. Me indigno y suelto un discurso que todos aceptan”.

Vinyes siente, en torno a él, una atmósfera de consideración y afecto. Alfonso Fuenmayor le tiene admiración de discípulo y busca ser su amigo. “Son las nueve y vienen visitas”, escribe en su diario. “Adolfo Marta, José Félix Fuenmayor, Alfonso Fuenmayor y el abogadoliterato cuyo nombre no recuerdo. Conversación desordenada y agradable. Leo una buena Oda de José Félix, Alfonso me trae libros y codicia los míos. Me trae poetas.  (...) Se lleva uno de Jean Giraudoux”.

Alfonso va a visitarlo por las mañanas. “Mientras charlamos llaman por teléfono y me dice que Julio Enrique Blanco (Director de Instrucción Pública) quiere hablar conmigo. Voy, acompañado por Alfonso. Al recibirme me ofrece el puesto de director interino del museo del Colegio Barranquilla. Ocupaba el cargo, en propiedad temporal, el doctor Solé y Plá. Acepto. Y estoy contento. En abril ganaré 150 pesos y los 20 de El Heraldo. Paso la tarde todavía con la agradable impresión de la buena noticia. Vienen Fuenmayor y Alfonso Alfaro Alfaro, que es el nombre de ese poeta que venía con Fuenmayor y yo no sabía cómo se llamaba”.

Vinyes estima que debe pasar lo mejor que pueda esos años en Barranquilla. “Y digo años, porque tal como van las cosas, no me parece que pueda tornar a nuestra tierra con la rapidez que lo creían los ilusos de Toulouse. Sea como sea, prefiero estar aquí. Allá no sé que pueda hacer”.

Alfonso se convierte en su interlocutor constante. “El hijo de Félix tiene una locura por los libros y me pide prestados todos los que ve. Tiene France en Pantuflas, un libro desconocido, escrito por el mismo France. En una ocasión nos dijo que se ufanaba de tener la biblioteca más completa sobre Anatole France, uno de sus maestros. ‘En realidad, cuando trabajaba en la Revista de Indias —añadió—, no me botaron seguro porque seguramente Sanín Cano creyó que el que hacía las reseñas con las siglas A.F. era Anatole France’”.

La pasión de Alfonso por la literatura de France era cosa heredada de su padre, José Félix, un consumado lector de aquel. Y, en su índice de autores colombianos, ejercitando su libertad de crítico inmarcesible, Vinyes se había referido así, en 1930 al escritor barranquillero y a su novela Cosme, publicada en 1927: “Quiere hacer crónica a lo Anatole France y narrar una vida como un viejo sabio que aplica ciencia al cuento: no le resulta. Bien el colegio de la señorita Dora y la semblanza de Cosme. ‘Hace falta conservar la hipocresía: con ella se nubla el horror del terrible y grotesco espectáculo de la vida’: Anatole France”.

Este juicio temprano de Vinyes sobre la obra del viejo Fuenmayor cambiará con los años, fruto de tanta amistad, lectura y tertulia compartida. Después podremos comprobar, sin mucho esfuerzo, cuánto —por más independencia que se tenga— puede influir el afecto en la valoración crítica de la obra de un amigo.

“En la época en que yo lo conocí —recuerda Germán Vargas— don Ramón frecuentaba un café con billares, en la calle de San Juan, que era de propiedad de su paisano don Xavier Auqué i Masdeu, el papá de los Auqué Lara, su socio en el negocio de librería. Allí, en el café, don Ramón, sentado en torno a una mesa, con un reducido grupo de amigos, tomaba coca-cola y escuchaba las noticias de la guerra. Siempre hacía comentarios de ácido humor y se refería a los hechos a veces en forma seria y grave —nunca solemne, sino en son de mamadera de gallo—, y casi siempre con gracia indeficiente. En el mismo café de don Xavier Auqué, se reunía muchas veces con J.J. Pérez Domenech, un español inteligentísimo, que había sido poeta ultraísta y que era persona de una simpatía extraordinaria. Él y don Ramón, ante nuestros asombrados ojos, pasaban larguísimos ratos recordando cuplés y canciones de zarzuelas viejas y nuevas, que les servían para rememorar anécdotas de Barcelona y del Madrid de antes de la guerra”.

Se trataba, al parecer, del Café Americano, que Auqué Masdeu había montado y Vinyes ayudado a financiar, como lo señala Angelina Vilella en una de sus ponencias. El Americano acogió las tertulias alrededor del sabio y, en sus noches más espléndidas, fue ámbito inmejorable de boleros y demás música antillana.

Pensador agudo y conversador incisivo, “Vinyes venía de rechazar la anquilosada poesía española, que daba vueltas alrededor del modernismo de Rubén Darío. Podía citar en sus idiomas respectivos a los clásicos latinos, lo mismo que a Chaucer, o a Rabelais, o a Bocaccio, o a Villon, a Auden o a un juglar de la Edad Media”, anota Alfonso. “Sabía dónde comenzaba la locura de William Blake y por qué Picasso no había seguido pintando cajitas para las uvas pasas; podía distinguir catorce mil matices del verde y advertía cuando a la mayonesa le sobraba una gota de aceite”. Don Ramón, como empezó a llamarlo la nueva generación que comenzó a rodear su mesa, llegaba a sentarse arrastrando sus zapatos crujientes, repeinando sin suerte ese mechón de pelo suyo, indómito y rebelde como el universo de su mente. Disidente perpetuo, nunca tragó entero en relación con la política, atacó sin consideración el autoritarismo de izquierda o de derecha, y desconfió de la democracia.

La admiración de Alfonso por Ramón creció al descubrir que “quizás la mayor virtud del catalán consistía en saber animar en cada individuo sus propias capacidades, esas que en ocasiones jamás despertarían por sí solas. En ese tiempo sus críticas, como las de mi padre, José Félix, eran más que todo orales, no escritas”. El sabio se complacía en decir que no sabía español, que su idioma era el catalán, pero igual, ejercía en ellos una gran influencia, y su Reloj de Torre en El Heraldo tenía un gran poder de síntesis. “Era como un relámpago”, dice Alfonso.

De labios de Vinyes, por ejemplo, los amigos escucharon por vez primera algo predicado y hecho a su manera por León Tolstoi y William Faulkner: desde una aldea americana se podía ser auténticamente moderno en literatura.

En 1945, Ramón Vinyes gana los juegos florales catalanes en Bogotá, con su libro de cuentos En la boca de las nubes, casi todos de ambiente barranquillero, y con el voto de sus íntimos Paul Vila y Juan Solé y Pía en el jurado. García Márquez conoce al sabio entre septiembre de 1948 (cuando conoce a Germán y a Álvaro) y junio de 1949 (cuando, después de su enfermedad en Sucre, Gabo viene a Barranquilla por múltiples razones).

Lo más asombroso es que Vinyes intuye bien pronto en 1947 la potencialidad de Gabriel García Márquez como escritor. Así lo comenta en su diario: “Un buen cuentista colombiano. Gabriel García Márquez. La otra costilla de la muerte es un buen cuento. Un hermano a quien se le acaba de morir el mellizo. Pesadilla, y el cuento. Ha muerto de un tumor. La podredrumbre alcanzará al vivo. Se completaban. El cuento tiene fuerza. Una noche de lluvia. Una gotera en la mitad de la alcoba, con una gota que cae insistentemente. Olor de violetas y formaldehído. La descomposición total. La pesadilla persistente. Pus, noche, filosofía. Bien barajado”. “Don Ramón es un espíritu jovial, bondadoso y accesible —dice Alfonso Fuenmayor—. Estas cualidades le proporcionan innumerables molestias: hasta él llegan en romería permanente los ansiosos de un prólogo, los que ambicionan un auditorio culto y comprensivo. Muchos no vuelven por consejos porque don Ramón es franco —con minúscula— y siempre dice su opinión verdadera. En este sentido su anecdotario es riquísimo. Y va un ejemplo: una vez se presentó hasta su casa de la calle Real, en Barranquilla, un dramaturgo con un stock de dramas tan catastrófico en números como en calidad. Iba en busca de consejos este antípoda de Shakespeare y don Ramón le dijo: ‘En un caso similar se encontró en cierta ocasión Mark Twain y le recomendó a su visitante comer pescado, animal muy rico en fósforo y alimento nutritivo del cerebro. Yo le recetaría a usted lo mismo; y si pregunta qué cantidad debe comer, yo le diría que probablemente usted tendría suficiente con una ballena diaria’”.

Ni sus más íntimos escapan a su mordacidad. Durante un tiempo, don Ramón y Germán Vargas se turnaron, en el diario El Mundo, la columna Escrito con tiza, bajo el seudónimo de Farfa. La nota que sigue salió publicada un día, a cargo de don Ramón:

“En una mesa de café se habla de Germán Vargas.

—Es un poeta —sostiene uno de sus amigos.

—Posiblemente —acepta otro. Un poeta que abroquela su sensibilidad con ironías.

El amigo que lo ha precisado como poeta nos confidencia, con la expresa condición de no divulgarlo, que Germán Vargas tiene dos libros de poemas que revolucionarán la lírica moderna: Sol de temblor y Pozo en los Andes. Un libro de crítica: Entre cojos y cardíacos. Una traducción de Mucho ruido por nada, comedia de un tal Shakespeare.

En la actualidad trabaja en el prólogo que ha de llevar la obra Iceberg, de don Alirio Bernal, cuya publicación anuncia con gran pompa nuestro colega El Tiempo de Bogotá, para dentro de un par de meses”.

Don Ramón tenía, dice Alfonso, “una columna en El Heraldo llamada Reloj de Torre, en la que más que nada trataba temas políticos, especialmente relacionados con la situación de España. Don Ramón, como buen catalán y como buen republicano, seguía de cerca los actos de Franco y no perdía oportunidad de condenarlos”.

Como buen contertulio, jamás hablaba de los problemas de España mientras estuviese con sus amigos criollos en la mesa. Para hacerlo tenía otros momentos y una noche en especial, la de todos los miércoles, cuando se reunía con su sanedrín de media docena de catalanes, entre los cuales se destacaba, con su barba blanca de profeta mayor, el profesor Solé y Pía.

Ramón Vinyes sostuvo siempre que el catalán no era un dialecto sino un idioma pero ese día que lo encontró en el café hablando lo suyo con don Xavier Auqué, Alfonso Fuenmayor pudo tener idea de su vasta cultura.

“En algún sitio del establecimiento —dice Alfonso— había un receptor de radio sintonizando la B.B.C. de Londres. El aparato debía de ser muy fino porque con transparente pureza distribuía el sonido en el ámbito del salón, que no era de grandes dimensiones.

En determinado momento, la música cesó con los inequívocos acordes que suelen concluir las obras de los grandes y no tan grandes compositores, que en esto se parecen entre sí.

—Es el Festín de Baltasar, de Sir William Walton— nos dijo don Ramón.

Vinyes era, desde luego, un erudito musical. Walton no es de los compositores más conocidos en el contexto de la llamada música culta.

Con don Ramón, el grupo de amigos creó la rutina de irse de novedades literarias todas las mañanas. Ahí estaba la Librería Nacional que había nacido en Barranquilla, en La Avenida 20 de Julio, con heladería incluida y, claro, la de los amigos, la Librería Mundo.

Jorge Rondón, su dueño, les pedía que le ayudaran a marcar los catálogos. El sabio y sus muchachos pedían lo que les interesaba. Como les llegaban las revistas Sur y Papeles de Buenos Aires; Nosotros, Romances, El Hijo Pródigo, de México, sabían de lo que acababa de salir.

“Así —dice Gabito— cada vez que llegaba una caja, hacíamos fiesta”.

Gabito recuerda que eran libros de Sudamericana, de Losada, “aquellas cosas magníficas que traducía Borges. Y estaban también esos libros que traducía Lino Novas Calvo —Contrapunto de Huxley, los de Faulkner—, que era jefe de redacción de Bohemia, en La Habana, y que aparecían editados en la Argentina”.

“Periódicamente —dice Alfonso— nos visitaba un tipo sumamente inteligente que era vendedor de Emecé, escritor y amigo de Borges, de Sábato, se llamaba Dávalos y llegó a ser un escritor relativamente importante. Era un vendedor que sabía lo que vendía”.

“Teníamos un librero —dice Germán— a quien le hacíamos los pedidos y lo manejábamos y lo llevamos a la ruina. Al principio no perdió, pero después se nos fue la mano en los pedidos”.

La rutina mañanera culminaba en los periódicos y en los demás sitios de trabajo, pero después del mediodía ya había muchos contertulios de regreso a los libros. La librería cerraba a las seis de la tarde y de ahí caminaba don Ramón unos cuantos metros hasta su mesa de siempre en el Café Colombia, en el mismo edificio.

“¿Te acuerdas del Café Colombia?” —le pregunta Alfonso a Germán, más de treinta años después, sentados en sendas mecedoras de una casona en esta ciudad, donde los ha reunido el periodista Antonio Morales Riveira, el hijo de Próspero, bautizador del Grupo. “Íbamos a mi casa y yo sacaba la antología tan buena y empezábamos a leer Walt Whitman con Gabito”.

“En torno a la mesa de don Ramón —recuerda Germán— nos reuníamos los entonces jóvenes barranquilleros, entre ellos García Márquez, a discutir a gritos sobre todos los temas imaginables, ante el escándalo que los vocablos y los asuntos tratados producían en los demás parroquianos”.

En ese café, dice Gabito, “nos enseñábamos a leer y a escribir los unos a los otros. Apenas pasábamos de los veinte años, pero teníamos mucho que ver con la orientación de los periódicos y la vida cultural de la ciudad. Don Ramón Vinyes, el sabio catalán, presidía la mesa dos veces al día, y lo hacía con tal autoridad que nadie distinto de nosotros se atrevía a sentarse sin ser invitado”.

“Su inquietud intelectual —dice Rafael Marriaga— sólo era igualada por el sortilegio de su conversación y en ésta residía uno de los más finos encantos de su personalidad”. Con su palabra y su estímulo, dice Germán, don Ramón “fue agrupando a unos cuantos jóvenes barranquilleros que leían libros, escribían en la prensa, veían y discutían películas, iban a los partidos de fútbol en Barranquilla y a los de béisbol en Cartagena y hacían una amable y, muchas veces, prolongadísima bohemia”.

Con Ramón Vinyes los jóvenes discuten los últimos sucesos políticos y literarios; se recuerdan versos y se aventuran otros, mientras Gabito tararea los que acaba de inventar y dar a conocer Rafael Escalona.

“Vinyes —dice Armando Barrameda Moran— se expresa en un jugoso español, levemente afectado por las interferencias de la fonética catalana. Jovial como un abuelo, no se arrepiente de sus calaveradas, comprensivo por sus experiencias, sus rápidas observaciones sobre personas y cosas del incesante devenir de la vida en común, son cortantes, clásicas y a la vez graciosas. Los contertulios ocasionales o ‘profesionales’ escuchan al maestro y, sin que a veces él lo advierta, le dan cuerda a su reloj de ingenio. Pero vaya, es hora de marcharse. El trabajo aguarda. Los contertulios han pedido la cuenta. Don Ramón —tan corto de denarios como puede estarlo cualquier artista honrado en esta época en que tan poca demanda tiene el pan espiritual— se apresura a cancelar el valor de las copiosas tandas de café negro, de anilinas con hielo y azúcar y de cajetillas de cigarrillos que hemos consumido mientras él nos ilustraba sobre los embelecos del existencialismo, o daba cuenta de la lectura de un nuevo autor alemán, o refería anécdotas de sabor local, o llamaba la atención sobre el surgimiento de una nueva poética en el panorama de la literatura universal. Antes de salir, don Ramón recoge 3, ó 4, ó 6 periódicos del día, y dos o tres revistas del mes recién llegados a la librería y que él ha comprado en la esquina antes de entrar al café”.

El café cerraba a las nueve de la noche y la mayor parte de los amigos se iba entonces al Bar]api o al Café Americano. Entusiasmado con la charla, Ramón Vinyes decidía en ocasiones acompañar a los muchachos y seguir allí bebiendo coca-cola o se veía más tarde con ellos, de nuevo sin alcoholes duros, en el Café Roma.

Ya entrada la noche regresaba caminando a su casa de dos pisos, contigua al Banco Comercial, pasando el Paseo Bolívar, al otro lado de la iglesia de San Nicolás. No era Vinyes un hombre de parranda. Era un intelectual. Los amigos más roneros del grupo, con la excepción de Alfonso y de Germán, jamás lo conocieron.

“Yo a Ramón nunca lo vi”, dice Enrique Scopell, íntimo de Cepeda, fotógrafo, merodeador de ámbitos excéntricos y visitante esporádico de librerías. Scopell sostiene que los muchachos iban a los lugares donde estaba el sabio catalán. “Él era muy diferente, era más bien un hombre serio, no dado a la bebida, como usualmente lo éramos nosotros. Vinyes no era amigo de esas cosas. Gabo y Cepeda lo conocieron seguro mucho más y tuvieron alguna cercanía más con él”.

Scopell se fue a los Estados Unidos con Cepeda en mayo de 1949 y regresó como él a Barranquilla en junio del año siguiente, cuando ya Vinyes había retornado a su tierra en Cataluña. Es difícil imaginar, en consecuencia, un momento en que hubiesen estado juntos, por lo menos, Álvaro, Gabito y Vinyes, a menos que esto hubiese ocurrido en septiembre de 1948, cuando García Márquez conoció con seguridad a Álvaro y a Germán. Lo más probable, empero, es que este cuadro de conversación nunca se haya dado, como si se dio varias veces el de Álvaro, Gabito y José Félix.

En todo caso, el Café Colombia sería cerrado definitivamente a mediados de 1950, pocos meses después del regreso imprevisto de Ramón Vinyes a Cataluña. García Márquez escribe en El Heraldo un magistral retrato de su adiós.

“De la noche a la mañana remató sus libros”, dice Gabito. “Le dio un cuadro a Germán Vargas y otro a Alfonso Carbonell. Se dejó decir media docena de discursos y hasta tuvo la precaución de tomar en serio más de tres. Y antes de que sus amigos hubiéramos comprendido con exactitud lo que estaba haciendo —creo que antes de que lo hubiera comprendido él mismo— lo estábamos despidiendo en el aeródromo. Para viajar se vistió de paño oscuro y llevó el sobretodo a la mano porque alguien le dijo que en Nueva York estaba nevando. Y algo más insólito hizo en esa ocasión: se puso sombrero. Ya desde el aeródromo había cambiado por completo: resultó ser un hombre torpe para el manejo del pasaporte, los pasajes, los certificados de salud y los cartoncitos del equipaje. Se le formó una caótica complicación de bolsillos y Alfonso Carbonell tuvo que regalarle el llavero para que no fuera a confundir las llaves con la goma de mascar. Y a pesar de todo eso, nos dio la mano, subió al avión y se fue. Entonces tenía sesenta y cuatro años y había tomado coca-cola en medio mundo. Pero cuando nos dijo adiós desde la ventanilla no parecía un viejo de sesenta y cuatro años en la butaca de un avión, sino un muchacho con el palo y el atadillo de ropa al hombro, fugándose de su casa rumbo a Barcelona”.

Será Gilard quien revele también que en agosto de 1949, tras una insufrible vida familiar con su esposa, María Lucía Salazar, Vinyes se vaya de su casa de la Calle Real, junto a la iglesia de San Nicolás, hasta la de su amigo Héctor García, en la calle Caracas con Olaya Herrera, antes de regresar de modo definitivo a Cataluña.

Esto ocurrió el 15 de abril de 1950. Jorge Rondón, el dueño de la Librería Mundo, captó en una fotografía memorable el testimonio vivo del grupo de amigos que gustaba tanto de la charla inteligente como de la literatura. Álvaro regresará en dos meses de Nueva York. Obregón no logra amañarse en Europa.

La correspondencia que sostenga Ramón Vinyes con Germán Vargas durante los próximos dos años, mantendrá viva la presencia del sabio catalán entre sus amigos hasta su muerte. El 13 de marzo de 1951, Germán le escribe: “Nos reunimos hace unas cuantas noches en Salgar para festejar a (Rafael) Marriaga; asistimos los mismos de siempre y desde luego Bob (Prieto Sánchez) recitó los fáciles versos sobre el castillo viejo y yo canté vallenatos, en vista de que Gabito, quien ahora anda por Cartagena dizque terminando estudios, no pudo hacerlo”.

Don Ramón habla en sus cartas de la enfermedad que lo aqueja: trastornos circulatorios durante días alternos de crisis y de relativo bienestar, en los que el humor es casi siempre su único tablón de náufrago. El sabio se muestra, sin embargo, muy interesado en el curso del semanario Crónica y, particularmente, en la carrera literaria de García Márquez y en la de Cepeda Samudio: “El cuento de Gabito sobre la mujer del cuarto de hora me pareció muy bueno, pero un poco alargado en su última parte. Interesantes ‘Los gaticos’ de Álvaro”.

El 14 de febrero de 1952, don Ramón le escribe a su amiga la poetisa barranquillera Meira Delmar, contándole que un amigo músico ansiaba musicalizar dos o tres de los poemas de su libro Secreta Isla. “No ha desistido de su propósito —dice— lo que me hace esperar que, a mi retorno, podré hacerle a mano una muestra de la certeza de la afirmación de él, que no he rechazado”.

Contra todo pronóstico, Vinyes había decidido regresar a Barranquilla. Cuando estaba aquí, extrañabaa Cataluña. Ahora por allá, el calor de sus amigos del Caribe le hacía falta. “Si la luz cantara, diría sus versos, Meira: son vientos de seda. Libro bello y sensible. Más que eso. Abre puertas a la sensibilidad. Su libro, Secreta isla, va muy solo, Meira: sin afeites, su desnudo puro deja la línea y se convierte en perfume. Secreta isla, Meira, parece no tener palabras: la poesía va cayendo en copos y cubriendo una realidad que, en vez de quedar fríamente blanca, queda albamente descorporizada. Y qué mal acompañado se ha visto su libro de poemas sobre mi mesita de noche, Meira, entre tubos de inyecciones, frascos inverosímiles de específicos, botellas de líquidos turbios y, un par de veces, con mi muerte, parada junto a la primaveral aroma de sus páginas”.

Ramón Vinyes i Cluet murió el 5 de mayo de 1952. A los pocos días, enviado por una compañía trasatlántica, llegó a su casa el pasaje de barco que él mismo había solicitado para retornar definitivamente a Barranquilla, donde ahora sus discípulos recibían la triste noticia.

“Todos fuimos encontrándonos —escribió Alfonso—. Nadie había convocado a esa cita. Pero allí estábamos, más silenciosos que nunca, participando de una consternación a la que no podíamos ser ajenos. Faltaba Alejandro Obregón, ausente por Europa. Faltaba Juan B. Fernández R., ahora en Harvard. Faltaba Alfonso Carbonell, quien, en ese momento, en la otra vida acaso, ya había reanudado con él el diálogo que hace dos años se interrumpió en el aeródromo con un abrazo que más que despedida parecía un profundo querer quedarse entre nosotros. ¿Qué mejor lugar que la librería de Jorge Rondón para recordar al hombre que, en una mañana de esta primavera catalana, fue encontrado muerto en su dormitorio de Barcelona? Porque cuando Ramón Vinyes no estaba escribiendo con la tinta violeta de siempre: cuando no se encontraba en algún espectáculo: cuando no estaba sentado en esa mesa en la que ‘hubiera estado Faulkner, si Faulkner viviera en Barranquilla’ se le podía ver allí en la librería, no como el hombre ilustre y eminente que era, sino casi como uno cualquiera de nosotros (digo nosotros en el mismo sentido que decía ustedes) con esa manera suya de ir poniendo una sonrisa, muchas veces imperceptible en esos mismos temas que para otros son demoledoramente serios y circunspectos”.

Lo que sigue es de Germán Vargas: “Cuando hace algunos años murió Antoine de Saint Exupéry, don Ramón Vinyes, al conocer el comentario que yo había escrito sobre el admirable autor de Tierra de hombres, me dijo, subrayando la frase con su imperecedera sonrisa escéptica: ‘Me gustaría morirme para que Ud. me escribiera una nota así’. Don Ramón ha muerto hace unas semanas y, francamente, me creo incapaz de escribir sobre él. Y es que en el caso de Saint Exupéry era mucho más fácil hacerlo porque, huelga decirlo, nunca fuimos, él y yo, amigos personales. Existió apenas y subsiste aún, aumentada con los años, la admiración entusiasta del lector por quien es una de las más puras voces de la literatura y de la decencia humana de Francia. Era, si se quiere, una amistad unilateral y sin conocimiento personal directo. Pero en el caso de don Ramón, como en el de Alfonso Carbonell, otro amigo absurdamente muerto, surge la dificultad de escribir unas palabras que vienen a ser el reconocimiento total de que es cierto que él no va a llegar cualquier día a la mesa del café o a la librería a reanudar una conversación interrumpida hace unas horas o hace unos años mientras tomaba coca-cola y nosotros —Jorge, Alfonso, Álvaro, Roberto, Rafael, Gabito— bebíamos tinto o una cerveza”.

Mucho tiempo después, a sus 72 años y poco antes de morir, Germán Vargas donó a la Casa de Poesía Silva, en Bogotá, las ediciones príncipes de El Libro de las Canciones, de Federico García Lorca y de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda, las mismas que le había regalado Ramón Vinyes, en 1950, antes de regresarse a Barcelona.

El Ramón Vinyes que surge de las nuevas investigaciones, sobre todo la del estudioso francés, Jacques Gilard, adquiere dimensiones universales. Su síntesis es un creador de kilates, con un enorme sentido del humor, irreverente y fecundo, que se enfrentó a los poderes tanto en Barranquilla como en Cataluña.

En su análisis de la vida y la obra de Vinyes, Gilard identifica el profundo conflicto de un escritor que influye en una cultura de habla castellana pero sigue pensando y escribiendo en catalán toda la vida, el mismo escritor que escribe su primer cuento en castellano, dedicado a García Márquez, sólo cuando regresa a Cataluña, poco antes de morir. Gilard lo ha dicho mejor que nadie sobre la singular parábola vivida por Vinyes entre sus dos mundos, sus dos historias, sus dos culturas, sus dos idiomas, sus dos lugares. “Cataluña fue la patria, y la tierra de la creación artística. Barranquilla fue el mundo donde se podía actuar y sembrar; un mundo por el que Vinyes sintió más de una vez desprecio o impaciencia, pero en el que a pesar de todo, algo se podía hacer y donde efectivamente hizo mucho; más, en todo caso de lo que él jamás sospechó. El conmovedor detalle del pasaje póstumo indica al menos que Vinyes murió reconciliado con la ciudad que hasta ahora ha sabido mantener su recuerdo. Con sus amigos, desde luego, no hubo nunca la menor ruptura”.

A la abuela desalmada, que descubre en el Ulises enamorado de su Eréndira cierto aire angelical, el muchacho responde que quien llevaba alas era su abuelo. Quizás se refería a un señor muy viejo con unas alas enormes, quizás al mismo ángel caído, que en Baile de títeres imagina su autor, el sabio catalán.

Para Gabito, como para don Ramón, se ha tratado siempre de llegar a lo mismo, por distintos caminos: a la obra de arte. “Por encima del realismo, del clasicismo, del modernismo —dijo una vez don Ramón— buscamos la belleza donde se halle, como se busca el oro entre las piedras”.

A propósito y aconsejado por Germán Arciniegas, Alfonso Fuenmayor quiso y buscó hasta su muerte la manera de levantarle a Ramón Vinyes una estatua.

Fuente:

Fiorillo, Heriberto. La Cueva - Crónica del Grupo de Barranquilla. Promigás S.A., Henkel Colombiana S.A., Fundación Mario Santo Domingo, diciembre de 2006.

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La Cueva

En medio del ruido del festival, Álvaro y Gabito intentan escuchar la música que sale de la guitarra. Roberto Pavajeau explica a su vecino fuera de cámara por qué Gabito está agachado. Foto de Gustavo Vásquez.

La Cueva

Foto tomada en 1950 por Jorge Rondón, dueño de la Librería Mundo, durante la cena de despedida a Ramón Vinyes, con motivo de su último viaje de regreso a Barcelona. De pie: (izq. a der.) Alfredo Delgado, Carlos de la Espriella, Germán Vargas, Fernando Cepeda y Roca, Orlando Rivera. Sentados: Roberto Prieto Sánchez, Eduardo Fuenmayor, Gabito, Alfonso Fuenmayor, Ramón Vinyes y Rafael Marriaga.

La Cueva

La Cueva, 1956

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