Corporación Otraparte

Presentación

La Musa Sonámbula

Número 7

—Jueves 13 de diciembre—
Hora: 7:30 p.m.

«La Musa Sonámbula» n.º 7

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«La Musa Sonámbula» es una revista literaria plural, abierta a todos los escritores y lectores de aquí y de allá, es un espacio que tiene como fin publicar a quienes no han tenido la oportunidad de ser leídos en otros medios. Bajo este concepto nació hace dos años, completando ya siete números en dicha labor de difusión y promoción de la cultura y la literatura de nuestra ciudad con una proyección universal. Circula trimestralmente en edición impresa y digital. Es dirigida por José Mario Sánchez y Gustavo Zuluaga con el apoyo de Pablo Quintero como editor y el respaldo de la empresa privada.

Así mismo, como proyecto alterno creamos la «Colección Cuadernos de La Musa Sonámbula» dedicada a la poesía, en la cual se han publicado en su etapa inicial los libros «Eva se enamora de un fantasma» de la poeta Helena Restrepo, «Yo soy Darío Lemos» y «Antología del haikú japonés», compilación de Gustavo Zuluaga. Pronto publicaremos «La sombra de Erató» del poeta José Mario Sánchez.

Poetas invitados: Paula Guarín, Álvaro García, Carlos Alfonso Rodríguez, Juan Rivas y Lorenzo Mejía. Interpretación musical de Hernán Zapata. Presentación a cargo de Gustavo Zuluaga y Mario Sánchez.

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Índice de la revista «La Musa Sonámbula» n.º 7

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Escuchar transmisión en vivo:

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Darío Rueda:
Filósofo de carretera

«Venía yo de Neiva de una feria del libro. Pasando por Pereira miré desde la ventanilla del bus al Filósofo de carrilera. Le di un adiós con la mano. Era el año 2008. Días después desapareció este, en el mismo Pereira. ¿Limpieza social?». (Extracto de una conversación con El Hamaquero).

Por Carlos Sánchez

A catorce kilómetros de Medellín, por la autopista norte, en la acera del bar de don Luis Botero, vive Germán Darío Rueda, de 45 años, filósofo de carretera.

Como no tiene aviso: «Filósofo: se atiende todo el día y la noche» y como es ajeno a todo aseo y cuidado personal, y hace quince años vive en el mismo pedazo de acera, muchas personas al verlo dicen: «inútil», «vago», «loco», «pobrecito». Otras dicen «desechable» o piensan en jabones, en mugre, en basuras, en delitos.

Fui a verlo el domingo 24 de agosto. Estaba sentado ante una mesa, en un rincón del corredor, dándole el frente a la autopista, absorto en la lectura de Platón. Leía y reescribía a Fedón o del alma. Lo recomponía, porque ese libro, dice Darío, «tiene párrafos que lo dejan a uno muy insatisfecho, entonces hay que detenerse y ordenar el párrafo… A veces yo invierto las preguntas, las convierto en respuestas y así compenso mucho. Da muy buen resultado para entender lo confuso».

Ese domingo estuvimos juntos varias horas. Darío habló poco y siempre lo hizo con serenidad, sin usar un solo gesto o ademán. Tal vez porque los considera demasiados mundanos y artificiales ante las palabras que para él se definen solas. Por la frialdad con que habla parece que lo hiciera sin sentimientos. Todo lo que dice se torna enigmático.

Vetas de mugre le recorren el rostro, suben por las profundas entradas de su frente y se apelmazan en la cabeza. Viste al mismo tiempo cinco camisas, un suéter y blue jeans azul, brillantes de mugre y de grasa, y botas de promoción. Nunca se quita la ropa para dormir, los zapatos tampoco. Pero todo eso no es más que mugre, puras cuestiones terrenales, diría él, que hace varios años no se mira en un espejo.

Hace veinte años Germán Darío no encontró nada mejor que hacer que filosofar, cavilar y cavilar detenidamente en el hombre y su «recto pensar» y vagabundear. Un año antes era profesor de religión en Yondó. También lo había sido en Remedios, Segovia y Yalí.

Vagabundear y filosofar son un solo movimiento para Darío, quien solo lee a filósofos antiguos y que, por sobre todo, se considera alumno de Diógenes el cínico, filósofo griego de la antigüedad que vagabundeó despojado de todo bien material, criticando las costumbres de su tiempo.

Darío vagó por toda Colombia, durante cinco años. Viajó más pobre que la austeridad, viviendo diariamente del árbol del milagro o como también se dice, del clima.

Dice que esos cinco años fueron «un noviciado del sufrimiento, pero no de la tristeza»; que recorrió, observó y vio muchas cosas y que siempre le fue bien. Agrega que tiene muy buena suerte en los viajes.

Cuando regresó, no regresó realmente. El viaje lo había curado de ausencias y ya no venía buscando nada, ni a nadie. Venía de la Costa Atlántica y antes de entrar a Medellín encontró su arcadia entre el estadero El Noral y el estadero Candó, en los bordes mismos de la autopista, poco antes de llegar a Copacabana. Es una sección de carretera dedicada a los negocios de comida, sexo y diversión. Por cada casa de familia, uno encuentra un restaurante o bar de carretera, por cada persona diez o quince carros.

Eso ocurrió hace quince años. Germán Darío no conocía a nadie en ese lugar. Primero durmió en las mangas del estadero El Noral, después en el corredor del restaurante Tolú, luego en la estación de gasolina o en las afueras del Candó o del Nelqueteba y hasta en el retén departamental. Hoy día sigue durmiendo a la intemperie, pero ya es un personaje querido y consagrado en el lugar. De cuando en cuando algún vecino le regala un paquete de cigarrillos o un billete de doscientos pesos o se acercan y le cuentan que se van a casar.

Hace dos años, Darío se instaló en El Nequeteba. Duerme en uno de sus pasadizos y durante el día cavila y reescribe autores antiguos, al frente, en el corredor del bar de don Luis Botero.

Los domingos son el mejor día para los estaderos y restaurantes de carretera. El domingo que lo visité, en el Nequeteba, la música de carrilera y romántica sonaba con todo el volumen de una autopista, al frente don Luis Botero le había puesto todo el volumen a su equipo de sonido para que sus clientes pudieran escuchar tangos y en la caseta de al lado la grabadora sonaba con toda su intensidad en el dial de Latina Estéreo. Además la vía estaba congestionada, suele ocurrir con los miles de paseantes que regresan de sus paseos de fin de semana.

Nada de eso afecta a Darío que en sus veinte años al aire libre, se ha inmunizado contra todo ese riesgo auditivo y emocional. Cuando necesita dormir, duerme ahí tranquilamente. Cuando tiene un dolor de muelas, resiste estoicamente sin una sola queja.

Germán Darío nunca se queja de nada. Hambre, frío, soledad, desprecio, abandono, ignorancia, los toma como simples ejercicios.

—Darío, ¿a usted le gusta el dolor?

—A mi sí… uno entiende que el dolor está ahí…

—Y ¿hay algún dolor que le gusta padecer.

—Yo he sufrido muchos dolores. He perdido denticiones enteras sin acudir donde un dentista. Yo resisto y después cuando se calma el dolor yo encuentro doble satisfacción. A veces cuando me ha tocado aguantar hambre, entonces me doy un régimen de tiempo para poder resistir.

—Darío, ¿el hambre es un dolor?

—El hambre es una necesidad física que los hombres han convertido en dolor psicológico porque se han acostumbrado a darle mucho gusto a sus apetitos. Por eso les duele tanto la pobreza… A mí lo temporal casi no me llama la atención, en cambio le concedo mucho valor al sufrimiento.

—Y ¿qué dolor tiene usted ahora?

—Yo creo que ninguno. Por ejemplo, en este momento no tengo ningún dolor físico y creo que espiritualmente tampoco. Tuviera dolor si por vergüenza no estudiara religión o una bella arte, o cuando no las tolerara… Mi vida ha sido sufrida pero no triste. A mí me ha tocado burlarme de mi propio dolor. A veces lo convierto en dolor cínico o en dolor extravagante, pero no me dejo doblegar del dolor, no de la tristeza.

A propósito de posesiones materiales, a Darío no le gusta decir pobreza o riqueza, prefiere referirse a « lo temporal» y gusta de hacerlo con silogismos, al estilo del propio Diógenes. Para explicarme que la pobreza material lo tiene sin cuidado, me dijo: «De los dioses son todas las cosas, las cosas amigas se pertenecen entre sí, entonces las cosas amigas son comunes para los sabios y los dioses, porque los sabios son amigos de los dioses».

Le pregunté sobre los vecinos que tenía, sobre la amistad, y me respondió:

—El otro ser, sea amigo o enemigo, vecino de al lado o más próximo, es uno mismo.

—Y la gente, los vecinos de por aquí, ¿cómo lo consideran a usted, en qué concepto lo tienen?

—Yo no sé realmente. Yo me siento todo lo que he dicho y al mismo tiempo en un proceso vital.

Un día de septiembre, en uno de los encuentros que tuvimos, inesperadamente me dijo:

—Coloque esto que es muy importante.

Me alegré de oírlo porque a pesar de todo lo que tiene para decir, es avaro con las palabras y siempre hay que preguntarle algo, «ponerlo a hablar». Él empezó a dictarme de memoria el siguiente texto: «En medio de tanta confusión y sufrimiento es necesario que lleguemos a entendernos a nosotros mismos de un modo creador, punto —Sin ese entendimiento previo no es posible la vida de relación y solo mediante la rectitud puede haber entendimiento, punto aparte —Ni los hombres dirigentes, ni una nueva serie de valores, ni un gran plan, pueden darnos esa protección creadora, punto —Solo nuestro propio esfuerzo en la verdadera dirección es lo único que puede traer como consecuencia el recto entendimiento. Así mismo, solo un sentirse intensamente despierto y alerta, permite vivir un constante proceso de auto descubrimiento, el cual siendo verdadero, es creador y liberador, punto aparte —Cuando el sentir está anclado, o sea en estado de dependencia, el entendimiento de lo real no es posible. De lo cual se deduce que solo el recto pensar conduce a la paz. Mayo 21 de 1944, atentamente: Krishnamurti».

Todo el trozo lo dictó lentamente, con el mismo tono, quieta la mirada, sin apoyarse en ningún gesto, sin mostrar ninguna cercanía o debilidad afectiva, como es su costumbre.

—Darío, ¿usted como hace para aprenderse todo eso de memoria?

—Yo recuerdo todo eso sin estar ansioso, sin estudiarlo, como si fuera a presentar un examen… hasta con desapego.

Cuando la cercanía entre él y yo había aumentado, yo sentí que podía preguntarle cualquier cosa, quise saber sobre su relación con las mujeres. «Yo de eso no digo nada», fue todo lo que respondió.

Pero en cambio, con la misma serenidad de siempre, empezó a hablarme de sus hábitos más arraigados, me dijo:

—Yo tengo el hábito del tinto y del cigarrillo. Cuando estoy filosofando y escribiendo, me va muy bien si fumo y tomo tinto. Fumar cigarrillo sin escribir, sin dialogar, produce menos defensas en el espíritu. Uno le entrega hasta pedazos de vida genética al cigarrillo cuando fuma por monotonía… Hay que educar el hábito de fumar, no es para disculparse, pero es más beneficioso porque así se transforma la propia energía, hay más inspiración… De donde se deduce que quienes no saben fumar, son menos aptos para filosofar. Claro que uno puede decirle al cigarrillo: —Aspirarme, no inspira en realidad… Quienes no tienen el hábito del cigarrillo, ni de la bebida, tienden a la crítica destructiva en los campos sociales. No estando sumamente habituada, se envenena más fácilmente… Aprende más fácilmente del medio social el que tiene el hábito del cigarrillo. El temor a coger esos hábitos influye desconfianza, entonces hay menos relación. Negar lo mundano es permanecer en lo mundano, porque la negación es hostilidad. En la vida siempre hay un estado positivo y un estado negativo.

—Y usted, ¿en cual de ellos está?

—Yo estoy en ambos. El bien y el mal, no son más que intérpretes de la vida.

Después, igual de impasible, recuperó su discurso sobre el fumar y continúo diciendo:

—Claro que uno puede decir que se nutre de cigarrillo o de fósforo, por lo que no se puede fumar para quitar el frío o para quitar los nervios o para normalizar la apetencia. La naturaleza humana ya está capacitada, por sí misma, contra esos estados… Si uno le dice al médico que fuma para quitar los nervios, él puede decirle que puede controlarlos sin fumar, pero también puede decirle que no por fumar va a mermar los nervios.

—Entonces, ¿qué es lo que hacen los médicos?

—Ya, hoy en día para no fumar le recetan a uno otros estimulantes.

—Y ¿la marihuana qué?

—La marihuana no produce desorden emocional. El cigarrillo tampoco. Los desórdenes surgen de la nutrición diaria de la vida cotidiana. La acción cotidiana se influye astrológicamente para predecir los acontecimientos. La hora vesperal o vespertina, la hora meridiana y la hora matinal influyen sobre los actos del día y sobre los sueños.

Pero sobre ellos influye la instrucción. Por ejemplo, por la instrucción, esas horas se convierten en desayuno, almuerzo y comida, que siendo dependencias físicas se convierten así en dependencias psicológicas influyendo en los ánimos… Es la vida cotidiana la que hace que tengamos diligencia o negligencia, que seamos activos o pasivos.

En el encuentro siguiente yo le recordé su discurso sobre la falta de pericia social de los no fumadores y quise saber quién había definido el bien y el mal como meros intérpretes de la vida. Darío me respondió que seguramente muchos sabios los habían definido así.

Por esos días el calor era cada vez más insoportable porque completábamos dos meses de verano. Darío, vestido con sus cinco camisas y suéter azul de algodón, seguía imperturbable ante el calor como una estatua o como una verdad. En esa ocasión me habló del trabajo, del tiempo, de los ricos y de los sueños.

—Yo no le trabajo a nadie aunque sea muy rico. Yo no les tengo ni respeto, ni admiración a los ricos. Los ricos comen desmedidamente y se creen Budas de la buena suerte, pero no son más que vejigas de gloria. Son muy desfavorecidos los ricos, yo no les tengo sino mucha consideración. A los conductores también les tengo mucha consideración, porque vivir a tanta velocidad desfavorece mucho la vida. Yo a veces les regalo libritos de conferencias. Me da mucho pesar de los que tienen autos, no comprenden el tiempo.

—Y usted, ¿comprende el tiempo?

—El tiempo es una defensa psicológica que hay que superar. Se ha convertido en autoridad psicológica tanto en la escuela como en la sociedad. Lo plasma muchas veces una norma de conducta, una norma ya establecida, y marchar por ese surco se considera peligroso, inteligente prudente… El tiempo es una autoridad que depende de las circunstancias, influencias y presiones del mundo, pero en el fondo no lo hemos podido medir, ni valorar. Las horas, los minutos, son una invención para el uso de las costumbres de la sociedad… Un minuto sigue a otro como un pensamiento sigue a otro pensamiento en su divagación y distracción… No estoy de acuerdo con que se mida el tiempo en horas y minutos porque al hacerlo está uno midiendo lo que hace.

—El tiempo por lo menos trae experiencias— le digo.

—Con el tiempo, no nos enseñan nada. Nos dicen que puede ser el mejor amigo del hombre, que vale oro, que trae experiencia. El tiempo no trae ninguna experiencia.

Darío es como todo lo que ha dicho, sin faltarle un milímetro. Se conoce a sí mismo con una percepción elemental, desprovista de toda psicología. Esto le permite nombrar al mundo con dos o tres adjetivos.

Esos adjetivos garrapateados y repetidos en sus cuadernos es lo único que admite como equipaje, en su costal verde de fibra plástica. En realidad lo único que su costal contiene son harapos y cuadernos, el resto de cosas mortales las lleva por dentro o no las necesita.

—Hay que producir sueños. Los sueños son filosofía esperanzada —dice de pronto.

En una ocasión, inesperadamente, sin que le hubiera preguntado nada, me reveló su sistema onírico y me contó un sueño:

—Yo duermo cuatro o cinco horas diarias. A veces un instinto de conservación me despierta y me hace soñar cosas menos precipitadas. Yo sueño que me voy a bajar de un bus por la puerta de atrás y no encuentro la calle, como si fuera por el aire, y veo al resto de pasajeros riéndose de mí. A veces sueño cantando, pero me han tocado sueños difíciles. Eso es lo que me ha templado los nervios. A mí no se me da nada soñar lo que sea.

Un día le pregunté:

—Darío, ¿a usted para qué le ha servido la filosofía? Él estaba sentado muy recto y descansado, tenía las manos sobre las piernas, juntas como para orar, velludas y mugrosas, me respondió sin pensarlo:

—La filosofía… pues para el desapego… uff como un verriondo…

Fuente:

Sánchez, Carlos. «Darío Rueda: filósofo de carretera». En: El contra sueño, historias de la vida desechable. Editorial Universidad de Antioquia, colección periodismo, 1993. Reproducido en la revista La Musa Sonámbula n.º 7, 2018.

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