Corporación Otraparte

Presentación

La poesía y los
límites de lo posible

—Mayo 2 de 2019—

Portada del libro «La poesía y los límites de lo posible» de Diego Alexander Vélez Quiroz

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Diego Alexander Vélez Quiroz (Popayán, 1987) es poeta, narrador, ensayista y crítico de cine. Licenciado en Español y Literatura, cursó estudios de maestría en Literatura Latinoamericana. Es autor de los libros de poesía «Elizabeth y las manzanas» (Ediciones Oblicuas, España, 2012), «Para llegar a puerto» (Diablura Ediciones, México, 2016) y la antología «Para llegar a puerto y otras heridas» (Klepsidra Editores, 2015), así como de la novela «Después el aire», por la cual recibió el Premio Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira 2016, y el libro de ensayos «La poesía y los límites de lo posible» (Klepsidra Editores, 2015). Actualmente se desempeña como profesor de Literatura Clásica y Literatura Latinoamericana en la Universidad Tecnológica de Pereira.

Presentación del autor y su
obra por Marco A. Mejía Torres.

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Klepsidra Editores

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En la ecuación que nos integra al mundo, las palabras ejercen su tarea como un doble agente, nos permiten aproximarnos a la experiencia y, al mismo tiempo, nos alejan de ella. Son la ventana y el límite o —en palabras Martin Heidegger— «el lenguaje le retira al hombre lo que el lenguaje, en su decir, tiene de simple y grande». Solo existe una forma de romper ese límite: la poesía. El poeta es el bombardero de la especie, su palabra mina los límites y los traspasa, abre para nosotros grietas a través de las cuales se abren paso nuevos sentidos que nos aproximan, cada vez más, a nosotros mismos.

El Autor

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Diego Alexander Vélez Quiroz

Diego Alexander Vélez Quiroz

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La poesía y los
límites de lo posible

La poesía: lo inefable

Fragmento

Si hay un límite, ¿qué hay más allá del límite? Someternos a la palabra es someternos al misterio. Pues si la palabra es el límite, el límite es todo aquello que ha sido nombrado por la palabra: es todo. Recordando que Emerson dijo que el lenguaje es poesía fósil, J. L. Borges afirmó en su Ars magna que todas las palabras abstractas [no hay palabras concretas] son, de hecho, metáforas, incluso la palabra «metáfora» que en griego es traslación. Como Borges, pienso que las palabras tienen otro objetivo más allá que el decir, que al crearlas buscamos expresar algo más, algo para lo que la palabra es, después de todo, un recurso literario, metáforas según el poeta argentino. ¿Metáforas de qué? Otra vez: de todo, suponiendo ingenuamente que todo cabe en las palabras. Claro que la palabra no es el único lenguaje y mucho menos la única metáfora, el mismo Borges puso en boca de Walter Pater aquello de que todas las artes aspiran a la condición de la música e incluso se puso del lado de Eduard Hanslick, quien pensaba que la música es una lengua que podemos usar y entender, pero que no podemos traducir. Consideraciones parecidas podríamos hacer sobre la pintura, sobre la escultura, sobre la danza e incluso sobre nuestra proxemia cotidiana. Todo significa, la palabra es tan solo el vehículo más privilegiado para la significación, pero no el único.

Sin embargo, el privilegio de las palabras supone la configuración de una mentalidad, esto es, una forma de estar en el mundo, lo que comúnmente llamamos cultura. Dudo que una cultura en la que se privilegie la imagen o la música en lugar de la palabra se desarrolle de la misma forma en que la nuestra lo hace, dudo incluso que una cultura de ese tipo construyera su condición ética a partir nociones como lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso; esta cultura quizás tuviera otra forma de representarse la experiencia, otra forma de dotarla de sentido. En nuestro caso la palabra estructura los sistemas ideológicos, es decir, nuestras ideas que son, también, nuestros pensamientos. En palabras simples, cotidianamente pensamos lo que las palabras nos permiten pensar. Extremando esta condición, diré que reconocemos en el mundo lo que las palabras nos permiten reconocer, aquello que hemos nombrado. Al otro lado, allende del silencio, está lo inefable.

Produce un horror tremendo el pensar que hay un mundo que simplemente no podemos expresar. Instintivamente vinculamos ese mundo al otro lado del límite con las tinieblas, con la oscuridad que se parece a la ignorancia, con lo que no es posible; lo percibimos como un vacío y ya sabemos lo que se dice sobre el horror vacui. Negamos la posibilidad de que nuestra palabra, que «es» sagrada e incluso «se hizo» carne, no pueda campear libre y poderosamente en todas las madrigueras del mundo, por oscura que estas parezcan. Es un pavor natural en una cultura que lleva tantos siglos adorando la ratio —esa «luz» sagrada— como la herramienta y bien supremo de nuestra evolución; la posibilidad de que algo sea inaccesible a través de sus armas, más aún, de que ésta (la razón) esté formada sobre un andamio tan rígido —por artificial— como la lengua, hace que se estremezca toda la estructura de nuestro pensamiento, de nuestro mundo.

Hay que invertir esos valores. Lo inefable, lo diré de una vez, es eso imposible a lo que aspira la poesía. El combate en el que el poeta debe someter a las palabras, ponerlas a su servicio para ampliar los límites de lo posible, tiene como fin acercarnos, aunque sea un poco, a eso inefable que late más allá de la lengua y para lo que la razón no nos ha preparado. Lo inefable no es un vacío que temer, es un instinto que nombrar, el destino de toda poesía.

Fuente:

Vélez Quiroz, Diego Alexander. La poesía y los límites de lo posible. Klepsidra Editores, Pereira, 2018, pp: 30-32.

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