Corporación Otraparte

Presentación

Las enfermedades
que cura la literatura

—Noviembre 22 de 2018—

“Las enfermedades que cura la literatura” de Faber Cuervo

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Faber Cuervo es activista de la lectura y de la conservación de árboles, por vocación. Economista redistribuidor por conciencia. Escéptico por naturaleza. Su religión: el silencio. Sus creencias: los hechos reales que demuestran qué podemos esperar de las personas, y las utopías, únicas regiones donde existe la esperanza. Su política: el gobierno de sí mismo. Su ética: hacer lo justo sin pedir recompensa. Su ciencia: levantarse cada mañana con los pies polo a tierra. Sus amores y alegrías: todas las personas que despliegan sus dones naturales. Su dolor: pertenecer a la única especie animal que destruye su propia casa. Su felicidad: una finca que le presten, o un perro ajeno, o un libro, o los triunfos altruistas de cualquier homo sapiens. Ha publicado: “¿Cómo nos ve el reino animal?” (cuentos), “La frágil tolerancia de Occidente” (ensayos), “El sol nació de la luna” (ensayo), “Locos por las amazonas” (novela), “Cometas y peñascos” (poesía), “Vidas huidizas” (cuentos), “El gesto como resistencia” (cuentos) y “Las enfermedades que cura la literatura” (ensayos). Es autor del ensayo “La prehistoria de Fernando González”.

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Faber Cuervo Jiménez

Faber Cuervo Jiménez
(Autorretrato)

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Robert Musil y sus
mujeres en la novela
El hombre sin atributos

“¿Qué es el hombre? ¿Cómo sucede que haya algo así en el mundo que como un caos, fermenta y se pudre igual que un árbol seco y nunca se desarrolla hasta la madurez? ¿Cómo permite la naturaleza que exista este agraz entre sus dulces uvas?”.

Friedrich Hölderlin

Robert Musil

El autor se vale de las aventuras del joven Ulrich para ahondar en su autoconocimiento y describir las paradojas de una sociedad moderna que se abre paso con sus avasallantes desarrollo y progreso. Al igual que Ulrich, Musil fue matemático, ingeniero y militar; todo indica que también lo obsesionó su relación con el sexo opuesto, una de las grandes dificultades que muestra el antihéroe de la novela. Después de licenciarse en ingeniería, Musil estudió psicología experimental; antes de escribir El hombre sin atributos publicó “Uniones” y “Tres mujeres”, relatos acerca de los caracteres femeninos. Fueron trabajos exploratorios que sirvieron, luego, para lanzarse a la audaz disección de las mujeres en su novela totalizante.

Para aproximarnos a la vida de Musil, no hay mejor texto que su portentosa novela autobiográfica, la cual es prácticamente un estudio a fondo de sus inquietudes filosóficas, morales, familiares, afectivas. Musil es mucho de Ulrich, y éste es un joven que resiste las atractivas ofertas que hace la sociedad de su tiempo a las nuevas generaciones. Ulrich quiere vivir en el pasado dentro de una casa que imita los castillos de la aristocracia; niega el presente con una actitud crítica sin dar margen a construcciones propositivas. Se forma como un pensador frío, retratista de la ascendente burguesía de Kakania, demoledor de las costumbres de mujeres y hombres que juegan a ser importantes en la preparación de una fiesta estúpida y peligrosa. A estas reuniones acude gente gregaria y lisonjera, individuos sin norte, cazadores de fortuna, mujeres en busca de marido, hombres en busca de placeres.

Los personajes de Musil inspiran miedo o repulsión, lástima o desprecio, compasión y solidaridad. Condensan la maraña enfermiza que observa perplejo el escritor; pero que sabe son parte de un germen que el también lleva adentro. Son un amasijo abigarrado funcional a la piñonería codiciosa de la máquina económica que despega una nueva fase de acumulación en las dinámicas de poderes y confrontaciones imperiales. Como seres que no tienen escapatoria, son atrapados en una inmensa red de ilusiones similar a una manada de búfalos que siguen un líder macho hacia un despeñadero. Hombres y mujeres terminan siendo tornillos y tuercas de una conspiración internacional que deriva en una guerra. En este mar de confusiones y aburrimientos, de seres atribulados con pobres sentidos de la vida, emerge Ulrich, el desencantado de todo, el crítico implacable, el seductor irresistible. Tasa todos los asuntos de la vida con reglas matemáticas, es agudo, inteligente, lector voraz, crítico social, pensador independiente, estratega militar, psicólogo, sociólogo, estudioso de la moral, analista político. Paradójicamente, Ulrich está dotado de muchos atributos, pero estos no son valorados como tales en la sociedad que habita. Y tampoco son apreciados por él mismo. Los atributos que pide dicha sociedad para ser reconocido como alguien de valía son los de diplomático, militar activo, rico, político, noble, funcionario, entre otros. Los individuos revestidos de estos oficios conforman la elite que asiste y empuja el carruaje de la Acción Paralela.

Igual que a Musil, el mundo social y político no le interesa ni una pizca a Ulrich. Si se acerca a ellos es por alguna casualidad o porque va detrás de alguna presa. Ulrich se instala en el mundo desde el hemisferio de la lógica y las ciencias exactas. Desde allí juzga el exterior y construye su “estar” como una conciencia critica, mas no como un creador que recrea el afuera que le molesta, o como un formulador de propuestas para transformar las incoherencias. Un nihilista. Ni siquiera un anarquista. Una lástima, porque si alguien, en ese largo desfile de sapiens, tiene los vectores suficientes para visualizar mundos alternativos y alados es él. Posee una dimensión integral para aprehender los acontecimientos; sin embargo, en su interior se echan de menos las ausencias que no logra nombrar, como por ejemplo los filtros imaginarios que pudieran aportarle las artes. A este Ulrich se opone Musil con su inteligencia sensible, desbordada en una literatura interiorista, ricamente matizada, de ambientes surreales, multitud de elegantes metáforas.

En sus sueños y monólogos, Ulrich logra unir sus hemisferios cerebrales y describir profundas radiografías del alma humana, de los síndromes sociales, del sin sentido. Es un gran crítico social y analista psicológico; pero es un vago sin rumbo. No es feliz como tampoco lo es ninguno de los personajes de la novela, la mayoría apocada por una estrecha visión o saber, atrapada en una pequeña ventanita que no le permite disfrutar de las multiplicidades de la vida. Ulrich intima con cualquier mujer que se le insinúa, y su mayor placer es abandonarlas, olvidarse de ellas. Ve pasar sus días arrastrado por la sensualidad hasta que se encuentra con su hermana Agathe, la única que lo enamora y lo domina.

Aparece, entonces, en la novela, este sugestivo personaje que llena cientos de páginas. Pareciera que Musil hace un largo rodeo para llegar a ella, la provocadora, la que encarna la dualidad sin ningún pudor. Brilla, inicialmente, como un ángel dechado de virtudes, para luego ir enseñando los pequeños demonios que lleva. Agathe junto con Clarisse terminan levantándose como pedestales por la fuerza que tienen como personajes, por la caracterización elaborada y prolija, por todo lo que sugieren. Sin duda, la curiosidad e investigación acerca de la psicología de la mujer es, en gran parte, lo que mueve las expectativas intelectuales del autor austríaco. Quizás fue el hilo conductor de sus investigaciones literarias, a excepción de su novela Las tribulaciones del estudiante Torless, donde se concentra en las incidencias que tuvieron en la madurez psicológica de éste diversos sucesos en un instituto militar. El constante ejercicio de profundizar en los caracteres femeninos permite a Musil esculpir dos grandes figuras que son piezas estelares en la novela El hombre sin atributos: Clarisse y Agathe. En el siguiente acápite podremos mirar más detenidamente el logro alcanzado por el autor al caracterizar dos mujeres singulares de la literatura universal, las que pudiéramos poner al lado de grandes construcciones como Madame Bovary y Ana Karenina.

Mujeres

La novela El hombre sin atributos es un universo de hombres y mujeres atiborrados de cualidades; uno de ellos, Ulrich, evita ser engullido por grupo alguno, capotea las seductoras carnadas que le lanza un orden social incómodo por no poderlo clasificar. Sin embargo, este escurridizo gandul queda enganchado como secretario de una gran fiesta patriótica. La responsable de este desliz espectacular es su bella y famosa prima, Diotima, alrededor de la cual gravitarán otros hombres, pero también mujeres, quienes más que poseer atributos, son atribuladas, y a cuya suerte intentaremos aproximarnos. Leona, Bonadea, Diotima, la esposa del comandante, Klementine, Gerda, Clarisse, Agathe, son algunas de las féminas creadas por Robert Musil.

Ser, tanto en el hombre como en la mujer, es la suma de lo que se hace, lo que se sueña, lo que se piensa, lo que se siente, básicamente. Sin embargo, en el caso de la mujer, su ser se constituye fundamentalmente a partir de lo que se siente y lo que ensueña, no en vano Honorato de Balzac diría que la vida de una mujer es la historia de sus afectos; la mujer posee más inteligencia emocional que los hombres, lo cual la hace más proclive a padecer alteraciones nerviosas y crisis asociadas al impacto de las emociones. Esto se ilustra con sutiles diálogos y descripciones en la novela de Musil, quien se sumerge en diversas y complejas variantes que atraviesan e incrustan el ser de mujer, hace un barrido minucioso en el radio de acción que, tradicionalmente, se ha asignado a sus roles y capacidad de subjetivar, para hacer aparecer en un exuberante firmamento femenino a la mujer irremediablemente lujuriosa, la mujer masoquista, la mujer de sentimientos misteriosos y prohibidos, la mujer entelerañada de veleidades, la mujer usada como relacionista pública, la mujer cazadora de estrellas inexistentes, la mujer que personifica el mal, la mujer suicida. Tampoco falta en ese espectro de mujeres, la depresiva, la melancólica, la dominante, la demandante, mujeres que por excéntricas razones se hacen fascinantes para algunos hombres.

Fuente:

Cuervo Jiménez, Faber. Las enfermedades que cura la literatura. Medellín, 2018.

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