Corporación Otraparte

Lectura y Conversación

Marco Antonio Mejía

Agosto 25 de 2005

Marco Antonio Mejía Torres

Marco Antonio Mejía T.
Ver “El rostro impenetrable”

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Marco Antonio Mejía Torres (1956), filósofo de la Universidad Pontificia Bolivariana y especialista en periodismo investigativo y cultural de la Universidad de Antioquia. Ha publicado “La Fragancia de la Identidad” (ensayos sobre historia y cultura, 1991), “Cuerno de Imagen” (1997), “Los Disidentes del Campo Santo” (crónica, 2000) y “El Mar de la Gracia” (novela, 2003). Ha colaborado con ensayos, cuentos y poemas en los literarios de El Colombiano, El Mundo y El Espectador, además de las revistas Señas en la Hoguera (de la que también fue miembro fundador), Escritos (UPB) y Cielo Roto. Dirigió la serie documental “La Casa”, producida por Comfenalco y Mincultura, y participó en la realización de los mediometrajes “Cierra Ojos” (1981), “Oración para Asustar el Miedo” (1982), “El Cargador de Hombres” (1983), “El Tajamar y la Astromelia” (1984). Primer Premio Poesía del Magisterio Antioqueño (1988), Segundo Premio Concurso de Cuento Municipio de Medellín (1992), Medalla Pluma de Oro (1993), Premio de Poesía Ciro Mendía (1994) y Primer Premio Concurso de Ensayo Latinoamericano René Uribe Ferrer (1996). Actualmente se desempeña como Coordinador de Fomento y Divulgación Cultural de Comfenalco Antioquia.

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El Mar de la Gracia

La novela El Mar de la Gracia utiliza un contexto geográfico e histórico entre los años de 1940 a 1980 en un pueblo nombrado como Calles de Piedra, que sintetiza la geografía del suroeste antioqueño y la arquitectura de Santa Fe de Antioquia. Narrada en forma alternada entre una tercera persona y la primera persona del protagonista, se tejen los hilos de cuatro historias que emergen bajo el pretexto de una búsqueda, la indagación por el sentido de la Gracia que debe encontrarse en medio del dominio de la desgracia como característica del estado espiritual del mundo en nuestra época.

El maestro, de quien desconocemos su nombre, acosado por una culpa del pasado y ansioso por liberarse del peso en su conciencia, va encontrando una serie de personajes en cuyas vidas va configurándose la de un hombre que como un Gaspar Hausen parece encarnar el concepto de la Gracia. En sus conversaciones la historia de Calles de Piedra, así como sus imágenes cotidianas: los caminos, las montañas, el mercado, el río, el puente, el archivo, el salón fotográfico, el teatro, el almacén, las casas y quienes hacen cada oficio dan cuenta de un imaginario que reconstruye una memoria de acontecimientos mezclados entre la ficción y la realidad.

La reconstrucción de las historias se realiza siguiendo la manera de la crónica periodística y originando cortos capítulos que permiten una lectura independiente, aunque ligada al núcleo del relato: la pregunta por la Gracia, siguiendo los rastros de un protagonista casi invisible pero alrededor del cual han girado numerosas vidas.

La novela es finalmente una reflexión y un debate sobre la condición humana, a través de sus páginas se recogen las concepciones del autor sobre asuntos de la filosofía, la ética, el arte y la creación en sus diversas manifestaciones. Los personajes prestan sus voces para este diálogo en el que se configuran las pasiones y se le da protagonismo al destino humano sometido a las contradicciones que se generan por vivir en esa perdida de la condición de la Gracia.

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Fragmento de
El Mar de la Gracia

La bebida con un sabor amargo y de consistencia viscosa lo obligó a un gesto de desagrado. Pasaron unos pocos minutos mientras la sustancia recorría su cuerpo imponiendo su dominio, luego estalló en su cerebro.

Sintió una erupción no violenta como la de un surtidor, un líquido rojo se dispersaba por su pensamiento, una nueva mirada nació desde un fondo desconocido de su ser. Multiplicidad de sonidos brotaban al mismo tiempo, eran murmullos, vocecillas provenientes de las plantas, del aire, de las nubes; se trataba de un vocerío universal, pero de ninguna manera estridente. Todo era sonido, el mundo seguía visible, pero no tenía consistencia de materia sino de voces.

La erupción bajó del cerebro hasta los pies. Todo quedó mudo y el afuera empezó a cambiar. Los colores cobraron intensidad, los objetos irradiaban luminosidad como la aureola de los santos. Salió al patio, y la mirada interna lo devolvió al exterior, por un breve instante todo volvió a la percepción normal. Miró el cielo limpio y estrellado, fijó la mirada sobre el fondo oscuro del universo, y como si alguien estuviera pintando la bóveda celeste vió cómo, uno a uno, los colores se extendían sobre el infinito; detalló las estrellas: sus centros se movían girando en sí mismos y sus formas estelares se tornaron difusas como si fueran los brochazos de un pintor.

El agua del aljibe lo convocó a mirar el patio: cantos brotaban del centro de la fuente, voces masculinas salían de los chorros y voces femeninas del agua del pozo. Sintió sed, mucha sed; en la pared, el dibujo del desierto parecía tener movimiento, se acercó a él, las dunas empezaron a ser barridas por el viento, en el horizonte perdido una figura negra. “Arabia”, dijeron sus labios. “¿Lawrence?” No, no era un figura, eran tres mujeres de negro, pero no tenían mesa, ni tomaban té, tal como debería ser aquella escena, sus figuras negras las envolvían corrientes de arena amarilla y las convertía en imágenes de arena.

Fuente:

Comunicación personal.

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