Corporación Otraparte

Lectura y Conversación

Luis Miguel Rivas

Julio 19 de 2011

Los amigos míos se viven muriendo - Por Luis Miguel Rivas - Ilustración de Daniel Gómez Henao

Ilustración de Daniel Gómez Henao
para Los amigos míos se viven muriendo

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Luis Miguel Rivas Granada (Cartago, Valle, 1969) es comunicador social, docente, realizador audiovisual y escritor. Actualmente escribe el blog “Tareas no hechas” en el periódico El Espectador, es colaborador de los periódicos Clarín de Argentina y Universo Centro de Medellín, y de las revistas El Malpensante y Soho. En 2007 el Fondo Editorial Eafit publicó su libro de cuentos “Los amigos míos se viven muriendo”, y ahora prepara “Alcohol” (cuentos) y “Hoy no quiero metáforas” (poesía). Ha recibido las siguientes distinciones: Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja (1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá, 1997) y Primer Puesto Concurso Nacional de Cuento Universidad Autónoma Latinoamericana (2007).

Lectura de poemas y otros
textos de Luis Miguel Rivas

Blogs.elespectador.com/tareasnohechas

Tareasnohechas.blogspot.com

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Rivas tiene un estilo directo, fluido, que no le teme al coloquio paisa, y que sin embargo, gracias a su música pausada y a veces íntima, no se convierte en un relato localista; de esos que exotizan a Medellín, a sus violencias y realidades, hasta la perversión de la caricatura. Lo que importa aquí son episodios o hechos comunes que, ya sean triviales o insólitos, cambian para siempre la vida de estos personajes del común. Después de cada cuento nos queda el sabor de que ya nada podrá ser igual, que, como se dice en la contraportada del libro, “a estos personajes se les ha dado permiso para salirse de su día a día”. Incluso la interminable hecatombe de estas ciudades, aquí se nos muestra como un factor más que ha alimentado el miedo, la derrota, o hasta la paranoia de estos personajes solitarios.

Santiago Espinosa

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Mamá habla mucho

—Luis Miguel Rivas—

Mamá habla mucho
como buen hijo
abro los ojos frente a ella
y los pongo en los suyos.
Mamá:
¿no podrías amarme sin hablar?
¿no alcanzas a leer
en medio
de la enfermedad de la vecina
y el novio oportunista
de la hija de tu amiga,
los ojos de tu hijo
que imploran una pausa?

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Luis Miguel Rivas Granada

Luis Miguel Rivas Granada

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Los sueños
escalonados de Leonardo

Por Luis Miguel Rivas G.

García Márquez cuenta la historia de un tipo que se acuesta dormir y empieza a soñar que está soñando y que en ese otro sueño sueña que está soñando que está soñando que está soñando, entrando cada vez en niveles más altos o profundos del sueño. Pero García Márquez no conoció a Leonardo Tangarife Urquijo en la época de sus sueños escalonados.

Leonardo vivía solo en una habitación escueta que constaba de una cama, un pequeño armario y un escritorio con su silla. Sobre la pared lateral colgaba la reproducción desleída de un bodegón mal pintado y en la pared del frente estaba la ventana. Una noche Leonardo llega cansado y se acuesta a dormir. Tiene el espíritu inquieto y además no logra deshacerse de la mirada titilante de una mujer que ha visto en un día soleado de esa semana.

Empieza a soñar que está durmiendo en su habitación, con el bodegón en la pared lateral, el escritorio al lado y la ventana en el muro del frente. Y en ese sueño sueña (en segundo nivel del sueño) que duerme en la misma habitación y que está soñando (en un tercer nivel del sueño) que está acostado soñando que está soñando (en un cuarto piso del sueño).

Hasta ahí no hay problema porque a Leonardo le pasa como al personaje de García Márquez: a veces alcanza hasta diez niveles en los que sueña que sueña y cuando intuye la hora de levantarse empieza a despertar hacia abajo desde el décimo piso del sueño hasta llegar al primero, en el mismo momento en que suena el reloj.

Pero esa noche Leonardo ha alcanzado el cuarto nivel, cuando algo se remueve en la base de los sueños. Empieza con un ruido fuerte, seguido de otro todavía más contundente e imperativo, que se transforma en un remezón, como si estrujaran el cuarto. Alguien quiere pasar la puerta de la habitación del primer sueño. Es la mujer que Leonardo vio en el día soleado y que quién sabe de qué manera ha logrado colarse hasta la puerta del sueño. Leonardo no quiere dejarla entrar, teme enrarecer la acostumbrada armonía de su habitación austera y la cómoda seguridad de sus soledades. Pero la mujer permanece detrás de la puerta.

Leonardo no abre. Un remezón más fuerte que los anteriores sube por los sueños de nivel en nivel, como una onda telúrica creciente. Cruza por el primer sueño haciendo crujir la cama donde duerme Leonardo, tumba algunos libros que reposaban sobre la mesa y ladea el cuadro que cuelga en la pared; sigue hasta el sueño de más arriba donde hace temblar el escritorio, entreabre la ventana y vierte sobre el piso de la habitación el contenido de la jarra pintada en el cuadro; sigue al tercer piso, tumba la silla, desperdiga las frutas del bodegón y balancea con fuerza el lecho del durmiente; y luego llega al cuarto sueño con una fuerza de siete puntos en la escala de Richter, destortilla contra el piso la jarra de la pintura, derrumba el escritorio, zarandea con furia la cama y abre la ventana de par en par con un estruendo de cataclismo. El Leonardo del cuarto sueño se despierta con el corazón en la mano y lo primero que ve es la ventana abierta y la figura difusa de un hombre con sombrero que entra por ella. Tiene esa sensación de extremo terror que nos inmoviliza en los sueños, abre la boca sin que le puedan salir los gritos y quiere reaccionar sin poder hacerlo.

El rostro de El Hombre está oculto bajo el ala del sombrero. Se acerca hacia Leonardo con pasos lentos, suficientes, seguros. En el momento más agudo del terror sin nombre, Leonardo se logra incorporar y camina de espaldas mientras el del sombrero se acerca. Desesperado gira la cabeza en todas las direcciones pero no encuentra salida posible. Entonces mira hacia abajo y ve en el nivel inferior al Leonardo que duerme soñándolos a él y a El Hombre. Da un brinco.

Cae en la habitación del tercer nivel del sueño. El Hombre lo sigue con los movimientos parsimoniosos del que desprecia el esfuerzo porque sabe segura su meta. Leonardo lo siente. La única manera posible de acabar con El Hombre es despertar a quien lo sueña. Pero el Leonardo del cuarto piso sabe que acabar con el sueño es acabar consigo mismo. Las criaturas de los sueños también poseen ese inútil instinto de conservación en momentos en que desaparecer es la única manera de salvarse. Leonardo continúa su huída deslizándose hasta el sueño del nivel inferior.

Una vez en el segundo piso sólo atina a esconderse debajo de la cama en que duerme el Leonardo de ese nivel. Desde allí, oyendo el ronquido de quien está soñando a alguien que lo está soñando a él, ve los zapatos lustrados de El Hombre que recorre la habitación. Siente el pavor del acorralado sin esperanza. Los pasos de El Hombre se desplazan por el cuarto, pero no se acercan a la cama, como si a propósito quisiera prolongar la tortura del que ya sólo quiere ser encontrado. Los pies se detienen a una corta distancia y allí permanecen sin moverse. Desesperado, Leonardo sale arrastrándose, agarra las pantorrillas y muerde con todas sus fuerzas. El Hombre cae tapándose la boca mientras mira hacia la cama del durmiente. Leonardo descubre que su persecutor también teme desaparecer con el despertar de quien los sueña. Se pone en pie antes de que El Hombre se reponga y rápidamente baja hacia el primer sueño.

El Leonardo del primer sueño está roncando. El Leonardo perseguido corre hacia la ventana de la habitación y se dispone a escapar a través de ella. La abre y al otro lado se encuentra con una habitación escueta que consta de una cama, un pequeño armario y un escritorio con su silla. Sobre la pared lateral cuelga la reproducción desleída de un bodegón mal pintado y en la pared del frente hay una ventana. Detrás de la ventana abierta de ese cuarto se alcanza ver, al fondo, una habitación escueta que consta de una cama, un pequeño armario... El Leonardo perseguido se da cuenta de que el sueño no sólo tiene niveles verticales sino prolongaciones horizontales, como si se tratara de un infinito edificio residencial formado por la misma habitación eternamente multiplicada.

Cierra la ventana y al dar vuelta se encuentra de frente con El Hombre. Por primera vez ve sus ojos debajo del ala del sombrero. Esa mirada está hecha de la misma desprotección, incertidumbre y esperanza de la mujer que el Leonardo despierto encontró en el día soleado. El Hombre da un paso hacia adelante y Leonardo decide acabar con la angustia a como dé lugar. Antes de lanzar el grito para despertar a quienes lo están soñando, algo le revela que la única manera de desaparecer completamente, sin el peligro de quedar viviendo en niveles equívocos del sueño, es empezar a despertar en orden desde el sueño de arriba e ir haciéndolo paulatinamente en los niveles inferiores, para llegar a la vigilia sin dejar rastros que enrarezcan la vida despierta del Leonardo que los sueña a todos. Se escabulle de El Hombre y sube buscando el nivel del sueño que le corresponde.

Cuando llega al tercer nivel es alcanzado por El Hombre. Forcejean y con el estruendo de su lucha despiertan al Leonardo durmiente que en ese momento estaba soñando con una habitación que estaba vacía porque el que allí dormía había huido perseguido por un hombre de sombrero que entró por la ventana. El recién despertado Leonardo del tercer nivel mira a su alrededor y se ve a si mismo revolcándose en el suelo con El Hombre del sombrero que acaba de ver en sueños. La situación le produce tal impresión que mete un grito descomunal.

El grito despierta al Leonardo del segundo nivel que estaba soñando que se despertaba en un cuarto y veía una prolongación de sí mismo forcejando con un hombre de sombrero. La sensación es tan terrorífica que lanza un alarido.

El alarido despierta al durmiente del primer nivel que vuelve al mundo con la respiración atosigada y la sensación vívida de un peligro abstracto, de una angustia que todavía se demora en aclarar su carácter ficticio. Y en ese momento suena el despertador.

Leonardo Tangarife Urquijo abre los ojos con una desazón aguda y amordazada, como un pavor pasado por cedazo o una angustia con sordina. Se incorpora sobre la cama. Reconoce el mundo. Respira. En ese instante tocan la puerta.

Fuente:

Tareasnohechas.blogspot.com

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