Corporación Otraparte

Noche de Campo Literaria

El invierno es
para las mujeres

50 años de la
muerte de Sylvia Plath

Febrero 17 de 2013

Sylvia Plath (1932-1963)

Sylvia Plath
(1932-1963)

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Noche de Campo Literaria
en El Café de Otraparte:
Literatura a manteles:
Sylvia Plath

Aún entre las más feroces llamas
puede plantarse el loto dorado*

Sylvia Plath es hija de la noche y hermana menor de la muerte: “Morir es un arte, como todo. Yo sé hacerlo excepcionalmente bien”. Su vida, estrechamente ligada al sentido de su obra, es un tránsito a través de la fiebre. Quiso comprender cada rostro, el más bello, pero también el más terrible, quiso ir hasta el fondo, palpar la humedad de las preguntas que nadie nunca podrá responder. Sylvia era una mujer sola, una inmensa estación de lluvias.

Ella enmudece, hace agujeros en los muros para tener la alternativa de huir, pero no lo hace. Su mundo es un estanque inquieto en la parte más alejada del jardín. Desde el comienzo fue un deshacer de agujas, un no poder detenerse cuando estuvo próximo el filo, y fue por la Poesía que asumió todos los riesgos, no quiso conformarse con ver, bajo el agua, el brillo de la orfandad, el desasosiego y la desolación. ¿Quién viene? Nadie viene. Dibujar la piedra y tropezar a cada paso. Muchas cosas le fueron ajenas; sin embargo, pudo comprender, con dolor, el sentido de lo que nunca estuvo pero trazó las líneas de su noche.

Ella muere en cada rincón del poema, que es su casa y la de sus hijos, pero no renuncia al poder vivo de levantarse una vez más, pese al hielo de la dificultad. La Poesía es su fuerza.

Poemas como estallidos, como anuncios de una antigua tormenta de pájaros, poemas cuyas palabras fueron aprendidas en el punto más alto de la fiebre y escritas al fin con la furia de quien descubre los dédalos de la hipocresía reunidos en su contra: “Ya no, ya no / ya no me sirves, zapato negro / en el cual he vivido como un pie / durante treinta años, pobre y blanca...”.

Sylvia habla con el mismo impulso ciego de lo demencial, y muchas veces, leyéndola, caemos en el pozo de un extravío: el miedo, la incertidumbre. Once, dos veces tres, tres veces uno, treinta, números que señalan un camino, una mañana y esa “griega necesidad” de ser algo más que un dios, un dios imperfecto, un dios de sangre, un dios en cuyo abandono todo cabe.

En los últimos meses, ella escribía casi a diario su pregunta, su sentirse inquieta. El poema como un enunciado del dolor, y es por eso que a 50 años de su muerte continúa teniendo vigencia, continúa hablando para nosotros: “Volver a hacer y rehacer a contra el flujo incesante; convertir el instante en algo permanente. Esa es la labor de toda mi vida... Creo que mi vida no se vivirá hasta que haya libros y cuentos que la devuelvan a la existencia perpetuamente en el tiempo”.

Sylvia, para quien la vida se resolvió de manera contradictoria en su escritura, quien para defenderse del hastío y el grave peso de la rutina cuidaba una colmena en el jardín de su casa, y para quien la muerte representaba mucho más que la muerte, ofrece a un dios secreto —en la mañana del 11 de febrero de 1963— el ritual de decir la última palabra sin que nadie más que ella la escuche. Prepara el desayuno para sus hijos, también señalados por la sombra, y luego se inclina sobre sí, sobre lo que representaba no sólo como poeta sino también como mujer, tras abrir la perilla del gas.

Respirar, ese fue siempre su oficio, respirar hasta el fondo, hasta donde la vida y la palabra descienden y conmueven: “He terminado”.

* Epitafio de Sylvia Plath.

Lectura de textos y audiciones

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Sylvia Plath

(1932-1963)

Sylvia Plath, llamada Sivvy familiarmente, nació el 27 de octubre de 1932 en Boston, Massachusetts, Estados Unidos. Era hija de los maestros Otto Emil Plath, profesor universitario de alemán y biología en la Universidad de Boston (además de especialista en abejas), y Aurelia Schober, profesora de inglés y alemán. Ambos eran de ascendencia alemana. Sylvia tenía un hermano menor llamado Warren, nacido en 1935. En el momento del nacimiento de Warren la familia Plath se trasladó a Withdrop, localidad costera que provocó un vital contacto con el mar para la pequeña Sylvia. Con pocos años comenzó a escribir poesía. Era una niña frágil, sensible, inteligente e insegura, inseguridad que fue amplificada cuando en 1940 falleció su padre a causa de la diabetes. Sufrió habituales depresiones y desórdenes mentales desde su adolescencia. Tras la muerte de Otto la familia Plath se mudó a Wellesley. En el instituto publicó su primer texto, un relato corto titulado “And Summer Will Not Come Again”, que vio la luz en la revista “Seventeen”. “Sunday At The Mintons”, publicada en 1952 durante su etapa universitaria en la revista “Mademoiselle”, fue su primera historia galardonada. Dos años antes Sylvia había ingresado al Smith College de Northhampton. En este centro permaneció entre 1950 y 1955, período en el que se intentó suicidar por primera vez. Más tarde, tras conseguir una beca Fulbright, viajó a Inglaterra para estudiar en la Universidad de Cambridge. En 1956 y en el Reino Unido se casó con Ted Hughes. Tuvieron dos hijos, Frieda, nacida en 1960, y Nicholas, quien nació en 1962. Su primer título publicado fue el poemario “El Coloso” (1960). Su principal libro es la novela La campana de cristal (1963), de carácter autobiográfico y firmada con el seudónimo de Victoria Lucas. Poco tiempo después de la aparición de este libro, Sylvia, poeta y novelista de gran sensibilidad y rica imaginería, se suicidó el 11 de febrero de 1963 en Londres. De manera póstuma aparecieron los libros de poemas Ariel (1965), uno de los títulos clave en su bibliografía, Cruzando el agua (1971) y Árboles invernales (1972). En 1981 se le otorgó el Premio Pulitzer por su obra poética recogida en Poemas completos y un año después aparecieron sus Diarios (1982). También ha sido publicado un libro de relatos titulado Johnny Panic y La Biblia de sueños.

Fuente:

Alohacriticon.com

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Escuchar “Daddy” en Youtube

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Sylvia Plath (1932-1963)

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Poema de Sylvia Plath

Papi

Tú ya no, tú ya no
Me sirves, zapato negro
En el que viví treinta años
Como un pie, mísera y blancuzca,
Casi sin atreverme ni a chistar ni a mistar.
Papi, tenía que matarte pero
Moriste antes de que me diera tiempo.
Saco lleno de Dios, pesado como el mármol,
Estatua siniestra, espectral, con un dedo del pie gris,
Tan grande como una foca de Frisco,
Y una cabeza en el insólito Atlántico
Donde el verde vaina se derrama sobre el azul,
En medio de las aguas de la hermosa Nauset.
Yo solía rezar para recuperarte.
Ach, du.
En tu lengua alemana, en tu ciudad polaca
Aplastada por el rodillo
De guerras y más guerras.
Aunque el nombre de esa ciudad es de lo más corriente.
Un amigo mío, polaco,
Afirma que hay una o dos docenas.
Por eso yo jamás podía decir dónde habías
Plantado el pie, dónde estaban tus raíces.
Ni siquiera podía hablar contigo.
La lengua se me pegaba a la boca.
Se me pegaba a un cepo de alambre de púas.
Ich, ich, ich, ich,
Apenas podía hablar.
Te veía en cualquier alemán.
Y ese lenguaje tuyo, tan obsceno.
Una locomotora, una locomotora
Silbando, llevándome lejos, como a una judía.
Una judía camino de Dachau, Auschwitz, Belsen.
Empecé a hablar como una judía.
Incluso creo que podría ser judía.
Las nieves del Tirol, la cerveza rubia de Viena
No son tan puras ni tan auténticas.
Yo, con mi ascendencia gitana, con mi mal hado
Y mi baraja del Tarot, y mi baraja del Tarot,
Bien podría ser algo judía.
Siempre te tuve miedo: a ti, a ti
Con tu Luftwaffe, con tu pomposa germanía,
Con tu pulcro bigote y esa
Mirada aria, azul centelleante.
Hombre-pánzer, hombre-pánzer, Ah tú...
No eras Dios sino una esvástica
Tan negra que ningún cielo podía despejarla.
Toda mujer adora a un fascista,
La bota en la cara, el bruto
Bruto corazón de un bruto como tú.
Mira, papi, aquí estás delante del encerado,
En esta foto tuya que conservo,
Con un hoyuelo en el mentón en lugar de en el pie,
Mas sin dejar por eso de ser un demonio,
El hombre de negro que partió
De un bocado mi lindo y rojo corazón.
Yo tenía diez años cuando te enterraron.
A los veinte intenté suicidarme
Para volver, volver a ti.
Creía que hasta los huesos lo harían.
Pero me sacaron del saco
Y me amañaron con cola.
Y entonces supe lo que tenía que hacer.
Creé una copia tuya,
Un hombre de negro, tipo Meinkampf,
Amante del tormento y la tortura.
Y dije sí, sí quiero.
Pero, papi, esto se acabó. He desconectado
El teléfono negro de raíz, las voces
Ya no pueden reptar por él.
Si ya había matado a un hombre, ahora son dos:
El vampiro que afirmaba ser tú
Y que me chupó la sangre durante un año,
Siete años, en realidad, para que lo sepas.
Así que ya puedes volver a tumbarte, papi.
Hay una estaca clavada en tu grueso y negro
Corazón, pues la gente de la aldea jamás te quiso.
Por eso bailan ahora, y patean sobre ti.
Porque siempre supieron que eras tú, papi,
Papi, papi, bastardo, he terminado.

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Sylvia Plath (1932-1963)

Sylvia Plath en 1953, tres años
antes de conocer a Ted Hughes.

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